Apologías itálicas (III)

En la gruta civilizada (fotografía de Miguel Navarro)

El camino era abrupto y la pequeña Autobianchi A112 comenzaba a quejarse. Creo recordar que, antes de llegar a destino, debimos frenar, abrir el capó humeante y refrescar el motor con agua destilada. ¿Y cuál era el destino? Pues un gran agujero excavado en la tierra para fermentar, mezclar, resguardar y embotellar el báquico elemento. A decir verdad, tanto mi amigo Miguel Navarro, fotógrafo venido de Barcelona, como el que esto escribe no estábamos en mejores condiciones que nuestro agotado vehículo. Veníamos de larga noche templada con caldos del Friuli y nos comprometía una cita en la meseta italiana lindante con Eslovenia. Serían las diez de la mañana cuando, sentados ya a la mesa junto a sus rudos jornaleros, Edi Kante, ordeno y mando, nos plantó una ración de macarrones con panceta y jarra de vino común. Dijo: “ahora comer, después fumar, luego partir.”

Partimos, sí, cambiando la Autobianchi por un magnífico Range. Al volante aquel esloveno parco en palabras, creador de soberbios, minerales caldos blancos de vitovska. Para alcanzar el citado agujero atravesamos el Carso agreste, por rutas en que los caminos desaparecían y uno se acordaba de los fantasmas que pueblan la tierra, inmenso cementerio de la Primera y la Segunda guerras mundiales. También de las últimas matanzas allí perpetradas. Silos a los que partisanos del mariscal Tito arrojaban (vivos) a italianos de todo jaez, militares, mujeres, campesinos, sospechosos. Ocurrió hacia las postrimerías del conflicto, firmado ya el armisticio. Hay cálculos, unas veinte mil víctimas. La metodología era la siguiente: encadenaban a una fila de prisioneros entre ellos, se ametrallaba a los primeros, situados junto al abismo, y cuando comenzaban a caer por el silo arrastraban a los demás a las profundidades. Después de todo eso, el mariscal y su flamante república de autogestión socialista fueron premiados con la península de Istria. Cosas de la “memoria histórica”: hasta 2005 los italianos no se enteraron de tales crímenes.

Con los reponedores macarrones y el vinillo en la panza, entramos en la bodega foso con Edi. Construcción ovoide, tres plantas hacia el fondo, a saber: la primera donde sacaba el mosto de la uva, la segunda donde se fermentaba en cubas de acero y una tercera, la más honda, donde el vino crecía en barricas bordolesas. Cuanto más abajo nos encontrábamos menor era la temperatura y mayor la humedad: las paredes babeaban moho, bacterias. Un mérito de aquella costosísima obra era que había sido excavada en la roca viva. Allí, y tras catar varios caldos, todo se animó. Los tres cumplimos unas vueltas al circuito de barricas, la entera sala, corriendo al trote ágil y beodo sobre la madera francesa. Kante lo hacía con destreza, hasta que, finalizando un épico giro a gran velocidad y calculadas zancadas, dijo: “Ahora, a comer. Tengo una anguila viva en la bañera de casa. Mi mujer nos la preparará con spaghetti.”

Edi Kante camina sobre su vino (fotografía de Miguel Navarro)

Si este diario debiera hacer algún modestísimo favor a la vida, tanto que ver con Italia, no podría soslayar el vino, tampoco el aceite y la sensualidad cotidiana de sus gentes. El vino, allí, su industria, las grandes bodegas, las míticas haciendas familiares, los garagistas afrancesados o este señor Kante son -como aquí- materia cristiana y sustento de pasiones terrenales. A los españoles, hermanos bebedores, nos resulta prácticamente desconocida la excelsa geografía vinícola italiana, del mar azul meridional al viejo puerto austrohúngaro. Literatura y teatro cotidiano se bañan, todavía (aleluya), en líquidos rojos para hallar su medida, su comodidad, el habla antigua. Seguiremos aventuras, tierras y palacetes donde desayunan aún con un calice, mientras el milenario viñedo se despereza entre el sol y el rocío.

(Nota publicada en Ok Diario)

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