Apologías itálicas (VIII)

Tras un noventero periplo, volví a la tierra del Dante, de los condes sin Rey y de la augusta bizarría. Solitarias plazoletas rococó, callejuelas distraídas, vieja luz de pintores. Tráfico, ruido, voces, la magnífica consistencia vital. Con la edad que afina la vista, tanto el norte como el sur (miembros de una misma familia que se critican a las espaldas) renovaron en mí todos los amores. En la ciudad del bardo Jannacci, seguía Verdi paseando la atildada figura por el salón del Grand Hotel et de Milan, donde vivió postrera etapa. Yo me alojaba allí, y la habitación siempre era pequeña, con la piel de maderas viejas y sábanas de hilo, como en el madrileño Wellington de los toreros. La capital lombarda no necesita reivindicarse con piedras legendarias, su leyenda está hecha de letras libres, ricos con buen gusto y esa reminiscencia franca, la erre (moscia) pronunciada como los galos.

Luego están las rusas, reciente riqueza humana que ha acogido la urbe húmeda. Nada más aterrizar, llamé a la señorita Lobakina para que me llevara por ahí, primeramente a algún bar que sirviera dry martini a la americana. En Milán gustan los cócteles, aquel spritz originariamente vermú con agua carbonatada y que determinada marca comercial ha hecho suyo, cambiando también el agua por un vino espumoso corriente. Además, prolifera el gusto por el negroni o el insustancial mojito, rebosante de hielo y hierba, verdadera plaga mundial. Tales cosas suelen pedirse a la hora del aperitivo vespertino, acompañadas de emparedados y chucherías varias. Es esa una institución milanesa. En cuanto al dry martini -decía a la manera americana-, lo prefiero en diminuto recipiente, porque en Italia se ha impuesto una copa de dimensiones extravagantes, donde cabrían todas las esperanzas de I promesi sposi (Los novios).

Así las cosas, hallamos un recoleto restaurante donde la ginebra helada, apenas casada con una gota de Martini seco, era servida en copitas de tres tragos, exacta medida del cóctel. Tras unos cuantos trasiegos las cosas se pusieron caprichosas. Yo veía, alma apaciguada por efecto del líquido, a la Lobakina alimentando con mi steak tartar a un perro labrador de la mesa vecina. Eran dos fieras magníficas, de pelo dorado. La ginebra suele despertar un hambre canina, perdí la cuenta de copas y carne roja que desfilaron ante nosotros, mujer, hombre y can, a cuyos dueños no hacía ya ni el menor caso. En verdad, me hubiera quedado allí un par de siglos, contemplando esa prueba de belleza rutilante.

Abierta la calle, el espíritu colmado mas deseando todavía combates en la oscuridad, vimos a Enzo Jannacci, alma de San Siro, su gabardina beige, zapatos alados y mirada milanesa, burlona. Claro, salía del restaurante, porque los artistas no sólo pintan o escriben música, también y sobre todo se sujetan a las amarras de la vida mundana. Jannacci había estado allí sin percatarlo nosotros, a pocos metros, en el cielo de aquella animalesca escena de carne cruda, italiano de acento ruso y ginebra seca. No tuvimos el oído suficiente para advertirlo, y es que “ci vuole orecchio / bisogna avere il pacco / immerso dentro al secchio / bisogna averlo tutto / anzi parecchio / per fare certe cose / ci vuole orecchio.”