¡Pedalead, pedalead, malditos!

(Publicado en El Mundo, 21/6/2021)

El Gobierno de España, a través del siempre atlético ministro Ábalos, anunció hace unos días nuestro futuro. Esta vez el oráculo sanchista habló de la movilidad, y pudimos conocer así que, tras el insoportable desarrollo del motor durante ciento cincuenta años, volveremos a las vigorosas piernas que la Providencia nos dio. Sepan, pues, que aquel viaje en Rolls por la Alcarria, los paseos de Miss Daisy o la caravana que atrapó a Esteso con destino a Benidorm pasan a ser no más que recuerdos de una era oscura y finalmente superada. No digamos la indeseable costumbre de Fulanita o de Menganito, empeñados en acudir a sus puestos de trabajo cogiendo el coche, cuando podrán hacer la distancia pedaleando, rumbosos hacia el futuro socialista.

Además de revolucionar con cadenas este mundo motorizado, el plan, bautizado Estrategia Estatal de la Bicicleta, guarda detalles suculentos. Comenzando por el nombre, esa rémora mesopotámica que llaman Estado y que nos aproxima a la cosa, a su naturaleza. A saber, se anuncian una red de infraestructuras (obras son amores), enseñanza del manejo del vehículo en colegios (adoctrinamiento orgánico bicicletero), implantación de las “bicis de empresa” (intervencionismo en el sector privado) y nuevas sanciones (más manos ávidas en el bolsillo del contribuyente). Cabe esperar que la conciencia social de estos socialistas tendrá en cuenta algún tipo de figura laboral para cubrir los retrasos que sin duda se producirán en las plantillas de las empresas. Algo como “ausentismo a causa de una pájara”. Mención aparte merece otro punto del documento. Se denomina “desarrollo de la ciclologística” y está pensado para las labores de reparto de mercancías en las ciudades. Delata una inspiración, digamos, cruelmente tercermundista de las inteligencias del Gobierno para con los repartidores, sector en alza. Yo le hubiera llamado al plan Estrategia Chiringuito No Alineado de la Bicicleta.

La nota de color rojo-morado se la da al asunto la inevitable matraca del “cambio cultural”. Cada vez que escucho a alguien (no digamos a un político) hablar de “cultura” me vienen a la cabeza cosas terribles: antropólogos a sueldo metiendo sus narices en tribus lejanas, la farándula nunca suficientemente pagada del cine nacional y lo de Mao, o lo de Ceaucescu y su “hombre nuevo”. También me asaltan oscuros pensamientos sobre la alegría de las masas, fervorosas consumistas de un batido ideológico en que cabe desde la diosa bicicleta hasta la hamburguesa vegana o el amor apasionado (a la par que platónico) por cualquier bicho viviente que no sea humano. Militantes del capitalismo progresista mundial, vivirán esas muchedumbres como atletas para acabar feneciendo de sanas. Es mundo nuevo que apunta al masoquismo como principal psicopatía, si bien disfrazada de sentido de responsabilidad. Un masoquismo eco friendly, LGTBI, antifa y demás etiquetas. Así, la postrera prueba a la capacidad de soportar (y adorar) una vida de argumentos y sacrificios idiotas, tiene a la bici por unidad de destino en lo universal. ¡Pedalead, pedalead, malditos!

Aborto

(Publicado en El Mundo, 8 de junio de 2021)

«Me siento traumatizado por la legalización del aborto, porque la considero, como muchos, una legalización del homicidio. En los sueños, y en el comportamiento cotidiano -cosas comunes a todas las personas- yo vivo mi vida prenatal, mi feliz inmersión en las aguas maternas: sé que allí yo era existente. […] Que la vida es sagrada resulta obvio: se trata de un principio todavía más fuerte que cualquier principio de la democracia.» Estas palabras las escribió Pier Paolo Pasolini en 1975, a propósito del debate sobre la legalización del aborto en Italia. Que el mayor (y más libre) intelectual de la izquierda se rebelase contra la claudicación de sus compañeros políticos en un asunto como aquel es materia ya olvidada. No hay ninguna duda hoy sobre la pétrea y automática respuesta del progresismo respecto a eso que denominan «decidir». Y para la derecha existente es un tema a soslayar. A evadir, en razón de evitar problemas. En suma, es un asunto muerto y sepultado.

Parecería un triunfo de la democracia, visto así. Un magnífico consenso. Si bien debiéramos recordar que, en ocasiones, se han alcanzado consensos gracias a la existencia de oscuros ministerios de propaganda. Sobre lo que pudiera parecer una claudicación general, Pasolini define el aborto legal como una gigantesca molicie de las mayorías, una libertad tácitamente decretada e introducida en nuestros hábitos por el consumismo ramplón, que él identifica como un «nuevo fascismo».

A estas alturas de las convenciones demócratas, las palabras del intelectual boloñés parecen un hilo de anacronismos. Desconozco si la guerra cultural que tímidamente comienzan a citar algunas voces de la derecha mayoritaria española contempla la interrupción del embarazo y sus ramificaciones éticas. De la izquierda nada puede ya esperarse, excepto el combate del enemigo declarado, el ahondamiento en la única guerra habida en que uno de los bandos ni se defiende. El debate sobre el aborto no se menciona, o se corta de raíz, violenta y teatralmente, con el nauseabundo tono de la indignación. Siquiera la posibilidad argumental de un humanismo agnóstico es tolerada. Pero las cifras de semejante cosa, que tratan de ocultarse, están ahí, se reproducen anualmente como un vertedero de la democracia que nadie desea ver. Y no sólo hablan esos números de personas que no lo serán, sino también de mujeres en situaciones dramáticas. Y de una gran derrota colectiva.

Acabo esta nota citando a otro italiano, un músico de nombre artístico Jovanotti, quien, muchos años más tarde que su compatriota aquí antes referido, nos dejó estos versos:

«Hay bebés que no tienen futuro

Porque quizás alguien lo ha decidido

Hay bebés que no nacerán

Y van directamente al Paraíso

Porque no hay lugar para ellos entre nosotros

Hay bebés que no nacerán

Porque nos hemos rendido.»

La república de los viles

(Publicado en El Mundo, 19/05/2021)

Como en una pesadilla recurrente, el gobierno en ciernes de la Generalitat anuncia su pretensión de continuar la agenda de las maravillas. Preámbulo del paraíso nacional, al fin los catalanes podremos vivir el éxtasis de convertirnos en suecos, con la ventaja de esta brisa mediterránea y aquellas gambas rojas que tanto nos gustan. En realidad, y a tenor de las promesas, no se comprende que más de un cincuenta por ciento de compatriotas seamos refractarios a tal perspectiva. Y, sin embargo, sí se entiende el fervor y la ilusión (aunque cada vez más alicaídos) del resto, movidos por la credulidad y el complaciente sentimiento de verse como lo que no son ni nunca serán, escandinavos sardanísticos. Hay un componente sentimental, si quieren infantil, en el asunto de la Cataluña imaginada, deseada. Y conecta con el devenir general de Occidente: la visión de una realidad trágica pero edulcorada, con soluciones fáciles. Suerte de vuelta a la postguerra de los años veinte del pasado siglo, la demagogia galopando sobre un mundo nuevo. En un orden romántico, resulta enternecedor y comprensible que la gente, grosso modo, se guste de oír alabanzas y llamamientos a su superioridad con el fin último de hacer justicia. En resumen, es lo que hicieron, con gran gasto de dinero y medios públicos, quienes empezaron la fábula del procés. Todavía se recuerda la campaña de Artur Mas en plan Moisés, liberando al pueblo elegido.

Y aquí un problema del asunto, los líderes. Al que ha querido conocer un poco, hay un largo trabajo periodístico acerca de tales personajes. Un trabajo de infames retratos que concluye lo que algunos ya sabían: son, precisamente, los más ejemplares traidores a la patria catalana quienes conducían (y conducen todavía) nuestros destinos. El mismo Mas, oscuridad pretérita, fue condenado en juicio, aunque conserve escolta cuando pasea ufano por la calle Tuset. Qué decir de los Pujol y su fortuna desperdigada por cuentas bancarias paradisíacas. O de toda la lista de creadores de opinión al servicio de los amos. También los retoños burgueses jugando a la revolución pero disfrutando de las propiedades de papá en Cerdaña o Menorca (cuperos ya apadrinados por Mas en 2015). Los que frecuentan Barcelona y salones saben de tantas historias protegidas por aquel oasis que se materializó charca inmunda tras la entrada de la policía en el Palau de la Música (2009). Fue el inicio real del procés, la necesidad de protegerse la elite podrida (con la connivencia de Madrid). El argumento, aún esgrimido por el PSC, de la sentencia del Constitucional sobre el Estatut de Maragall (que nadie pedía) fue la trampa dialéctica de una izquierda servil al nacionalismo. Siempre el partido de las dos almas (cínicamente obrero, cómodamente capitalista) bailando con el más rico de la fiesta.

Pobres catalanes romantizados, reinaxença de abuelos en chándal convertidos a la coreografía juche. En verdad, el trabajo arduo de estos españoles nacionalizados en el paraíso consistiría en asimilar no ya que fueron engañados, sino que lo fueron a manos de unos aprovechados. No será tarea agradable, en cualquier caso necesaria. Por Cataluña, para empezar por la geografía breve, condenada a todas las pobrezas del aldeanismo pancartero.