Todo seguía igual

(Publicado en El Mundo, 13/09/2021)

El Gobierno, merced al dinero fresco europeo, había anunciado un asunto de alcance: pondría en los bolsillos de cien escritores y dibujantes una bonita suma (no tan bonita que hiciera olvidar a los agraciados la condición de siervos de su señor) con el fin de emprender un garbeo por el extranjero. De tal expedición debían volver los aventureros plumillas con noticias extraordinarias, qué maravillas escondían con tanto celo las enigmáticas sociedades del septentrión. Todo a despecho del ministro de Universidades, quien había decretado, romántico sesentayochista, que cualquier información necesaria sobre lo que fuera se encontraba ya en Google, chimpún. En definitiva, conocimiento low cost y el fin de la memoria.

«¿Memoria?», pensó, todavía adormecido, el director general de la Dirección General de Memoria Democrática, dependiente de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, mientras se tomaba el primer café con leche matutino. Ajustó el volumen de la radio y miró por la ventana, Madrid seguía ofreciendo, obstinadamente, la monumentalidad de épocas pasadas. De cuentas por resolver, según la misión que el Gobierno le había encomendado: aquellos principios de «verdad, justicia, reparación y no repetición» contenidos en el Real Decreto 373/2020. «No repetición», masculló tras el último sorbo a la taza. Una nación, o nación de naciones, decretaba así el final de las guerras civiles, aleccionando al mundo entero con una solución tan sabia y sencilla.

Pero, entonces, si el Reino de España iluminaba a los bárbaros sobre sus destinos poniendo fin a la belicosidad, ¿qué debían descubrir los cien hijos de su matria por los oscuros andurriales, allende los Pirineos? Claro, el presidente, en su afinadísimo juicio, superior al de todos los demás, incluso al de Zapatero, iba a enviar a los escritores y dibujantes no para averiguar cosas, sino para enseñar. Francos, normandos, ítalos, suabos y demás se verían por tanto ilustrados con las buenas nuevas que de España emanaban.

Mientras esos pensamientos se solapaban sin orden de continuidad, el ministro de Universidades proseguía en su despacho la cruzada contra la memoria que, como se sabe, es tema confuso, difícil de comprender entre inhumaciones franquistas, porfías lorquianas y tantas matemáticas obligatorias. En un momento de lucidez política, el ministro echó al vuelo un fajo de papeles y exclamó para sí: «¡Ya lo tengo! ¡Ni mates, ni suspensos, y que vivan la wikipedia y las chuletas! ¡Todos artistas!» Llamó a dictado a su secretaria, que tomó asiento frente a un ordenador, mientras él fijaba la vista sobre Madrid. Allá, entre la bruma de polución, adivinaba la sede de los de la memoria histérica, qué se habían creído, a él con esa exaltación de la memoria. Y ordenó, cual emperador decidiendo el asedio de una provincia revoltosa: «Escriba, escriba, Margarita, que después no nos acordaremos…»

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