Aquellas Navidades apócrifas

No querría que el título de esta pieza llevara a algún disgusto trascendental. Celebramos, incluso los incrédulos y desde luego los nihilistas, un nacimiento. Festejaba hasta Enver Hoxha en familia después de haber declarado oficialmente a Albania el primer Estado ateo de la historia (1967). Nosotros, por el momento menos normativos, alzamos también esas fechas en las más tristes circunstancias, como hicieron otros en épocas de catacumbas, de terror jacobino o bajo las bombas de acero. La fe no sería arrodillarse, sino perseverar en lo que nos abriga; amar y bregar contra el olvido.

Sin embargo, esta fe atesora enemigos, sobre todo internos. Uno tiene la natural sensación de que cualquier hecho pasado, por muy grave, forma parte del etéreo imaginario. Un patrimonio bajo la alfombra, dicho de un modo menos solemne. Así, el miedo pandémico (una de las principales ramificaciones del virus, junto a pobreza y autoritarismo) nos trajo unas Navidades extrañamente destempladas. Como si el ritual de rescatar del desván el árbol y decorarlo, el gesto de abrir con los dedos el papel encerado que envuelve un mantecado o la parsimonia de la olla hirviendo el caldo navideño fueran restos de lejanas alegrías.

En medio del temor general, brotaron muestras de perseverancia navideña. Esperanza. Un clavo ardiendo al que se aferraron familias desmembradas por decreto: uno llevó los langostinos cocidos, otro los turrones, el apasionado de siempre los licores. Otro perdió toda la tarde, de farmacia en farmacia, buscando tests de antígenos. Y a pesar de la desazón, el calor retornó de pronto a las vidas allí reunidas. Todo volvió a un pasado procreador, a la entrañable palabra, a las risas, a los ruidos del cristal y al humor del alma que se acalora. Y a la melancolía íntima que se presentó, entre el mantecado y la copita de coñac, en recuerdo de la tía que no estuvo por vez primera o el padre ausente desde una década.

No fue asunto baladí: la Navidad estuvo a un suspiro de volver a la clandestinidad, sus viejos orígenes. Por cuestión de “salud pública” y “responsabilidad” (desde qué púlpito nos ordenaron) ciertos políticos asomaron la garrita mandona, sus indisimulados deseos de dictar y ser obedecidos. Pero, de una manera u otra, no pudieron con aquella fe articulada en torno a la mesa, bañada de nostalgias, dulces nevados y regalos inútiles. No hubo esplendor en esa nueva tragicomedia posmoderna, pero resistió, como una luz arcaica (que diría Pla), la convicción de la Navidad.

Postal catalana

(Publicado en El Mundo, 3/1/2022)

El tiempo pasa y los catalanes nos vamos poniendo recios. Los que se mecen, aún deprimidos, en la historieta de una nación milenaria no tienen intención de abandonarla nunca. Son románticos empedernidos; también un pelín gafes, según nos enseña la Historia. Y los que, en otra dimensión, sufrimos sus gestas de pacotilla, tampoco vamos a bajarnos del barco de la realidad. Entre los otros catalanes hay quien ha hecho ya las maletas y quien las lleva haciendo, mentalmente, desde que Artur Mas se puso mesiánico (fascio estilo). A propósito, se rescata del viejo léxico el término “resistencia” para señalar a los refractarios al nacionalismo imperante. Pero la moda de recrear en el imaginario belicosos tiempos pretéritos, un juego nada inocente, no derivará en verdadera gimnasia mientras esa gente de lacito gualdo mantenga el poder.

Viendo el parlamento catalán de hoy y recordando que un día no tan lejano ganó las elecciones Ciudadanos, me tengo que pellizcar. ¿Fue un sueño? Quizás sí. Y después, o incluso en el mismo instante en que se cerró la última urna (2017), todo siguió su cauce habitual. Es decir, el parné controlado por los “buenos catalanes”, como gustaba deslizar a Marta Ferrusola cuando la entrevistaban en la televisión de su marido. Desconozco la opinión de la señora -si es que la tiene- sobre un nuevo miembro de la gran familia (o casta) nacional. Cataluña, tierra de acogida, ha visto llegar a Iglesias, confirmación de que las cosas siempre pueden ir peor. Apadrinado por el empresario trotskista, esperamos ansiosos su próxima aportación al mal rollo general. Obsesionado Pablo, como su jefe, con una España oscura que no existe salvo en ellos mismos, parece poco probable que nos deje finalmente en paz. Qué duda cabe que seguirá bregando para las elites del privilegio (nacionalismos) y contra la igualdad de todos.

Mientras, Barcelona, gran víctima del populismo nacionalista y de las izquierdas reaccionarias, agoniza. Ambos fantasmas políticos la aborrecen por su tradicióncosmopolita y abierta. Inmaculada Colau, que anuncia dar el salto a la arena estatal, ha finalizado con éxito la tarea de deprimir a la segunda urbe de España. En este sentido, y con la colaboración del quintacolumnista PSC, es una alumna aventajada de lo que practica el nuevo socialismo en Hispanoamérica: degrada la economía y la moral, corroe las instituciones a fin de permanecer en el poder. Todo aquel esfuerzo (y mérito) de inspiración constitucional para convertir a la Condal en una ciudad prestigiosa, realizado en los años noventa, ha desaparecido. Una mixtura de ambición tribal, clamorosa ineptitud e irrelevancia intelectual ha logrado, en un puñado de años (2012 a esta parte), cargarse un prodigio de tesón.

Esta agorera postal termina con un deseo. La soledad política de tantos compatriotas, apenas mitigada por una gran manifestación y cuatro voluntariosas palabras del Rey, debe revocarse. No se trata de idealismo, el niño de Canet resume una alambrada invisible que rodea la libertad de quienes, todavía, nos apreciamos españoles e iguales. La unidad de España no es simbólica, ni tampoco decorativa: ilumina derechos y deberes. A los políticos que amparan, justifican o sencillamente ignoran esa fría alambrada les diría que no merecen nuestra estima, la de millones de catalanes mermados de ropajes constitucionales, semidesnudos y a la intemperie de sus mezquinos intereses. El deseo urgente es que podamos deshacer la maleta y volvamos, cuerpo y ánima abrigados, a nuestra casa, Cataluña.