Las edades de la corbata. Historia de un trapo.

El ser humano es una fábrica de caprichos. Digamos que, en dos mil años de civilización occidental, nos ha dado tiempo a construir misterios apasionantes como Bizancio y, del mismo modo, alumbrarnos individualmente gracias a un trocito de tela. Poner luz sobre todas las cosas, grandes y pequeñas, ha sido tarea ineludible, no siempre plácida, del historiador. Quedémonos ahora con el trocito de tela.

La corbata. Small is beautiful, ladró Snoopy parafraseando a un economista británico sobre la crisis mundial de 1973. Parece casi justo reconocer que la corbata, compañera del hombre durante siglos, está sin embargo huérfana de literatura contemporánea. Su existencia, frívola para quien someramente la juzgue, no ha merecido tratados, ni versos aclamatorios, apenas unos pocos libros justicieros. Esto es extraño si pensamos que dicha prenda, a punto de morir varias veces, ha estado en mil batallas -también amorosas-, en incontables congresos, cumbres, hoteles, salones, oficinas y despachos, garitas, platós, asesinatos, funerales, bodas, cocktails, guerras, duelos, fiestas y lugares de toda luz. Si la corbata tuviera alma -de hecho la tiene: el alma es la entretela de su interior, la que le procura vida- sería desde luego propicia a establecer un juicio sobre los hombres, sobre los millones de hombres que, elegantes, desarrapados, reyes, porteros, cantantes o mafiosos han envuelto sus cuellos con esa misteriosa tira de tela. No hay objeto tan sencillo y elocuente, tan evocador de un estado de ánimo y de un carácter, tan feliz en definitiva, como la corbata. No es un adorno, sino un símbolo, afirmó Giovanni Nuvoletti, ejemplo del bon ton y la ironía.

Para dar cuenta de las edades de nuestra heroica prenda tenemos el libro Elogio de la corbata (Mariarosa Schiaffino e Irvana Malabarba), prologado por el mismo Nuvoletti, dandy contemporáneo despojado de la habitual aureola maldita; conde que vivió como un señor, marido de una hermana del célebre abogado Agnelli. En segundo lugar, están las páginas de Arte de ponerse la corbata (1827), del conde Della Salda, en edición barcelonesa de 1832. Es este conde quien advierte, premisa fundamental, que todos los nudos parten del gordiano, el que Alejandro Magno deshizo por las buenas con su espada: advertencia histórica para quienes se anudan la corbata sin atender a las normas. Se calculan treinta y dos nudos, dependiendo del carácter, la profesión o el humor de cada cual. Hay un nudo Byron para románticos empedernidos, un nudo de gastrónomo oun nudo matemático para los estudiantes de esa materia.

Los autores que han escrito la historia de la corbata -profundamente François Chaille en Grande histoire de la cravate– coinciden en situar su primitivo origen en el focale, pañuelo largo anudado sin muchas atenciones que lucían algunos legionarios del ejército imperial romano. Esto puede apreciarse en algunas escenas de la Columna de Trajano (Roma). A partir de las invasiones bárbaras, la caída del imperio y el comienzo de la Edad Media, no se tienen noticias de prenda similar al focale. Repasando los tipos de atuendos de aquellos tiempos lejanos, ningún trapo complementaba a tabardos, balandres, mantos o capas, ya sea para el código noble como para el vasallo. Quizá la capucha, aceptada en ropajes como los citados, bastara para proteger las gargantas de los caballeros. La habitual oscuridad medieval supone, a falta de documentación, que nadie llevaba nada que tapara su cuello. Es delicioso el misterio que ocupa en nuestra cultura la Edad Media, nebuloso tiempo de caballeros, espadas, aventuras e ideales que se convierten en leyes, búsqueda de la verdad en el interminable bosque europeo. Pero sin corbata.

Desde el siglo XIV hasta -al menos en Francia- la época de Luis XIII se cubrieron los cuellos con gorgueras, fino decorado que llegaba hasta la barbilla. Fue este rey quien puso de moda el cuello de encaje. En La rendición de Breda, de Diego Velázquez, pueden apreciarse dichos cuellos y, también, en el personaje central tras Spínola, una gorguera bastante discreta. En todo caso, el primer documento tras siglos de silencio medieval es un retrato del poeta Ivan Gundulič encorbatado (1662). Éste señor era croata, dato coincidente con el origen moderno de la corbata: la cravat, pañuelo que llevaban los mercenarios croatas del ejército francés en la Guerra de los Treinta Años, unas décadas antes del citado retrato.

En la Francia cortesana era habitual que las ocurrencias del monarca, a veces atinadas, otras extravagantes, fueran imitadas por los nobles siguiendo una lógica estrictamente jerárquica. El rey Luis XIV inventó una extraña corbata, muy complicada, con nudos de seda de colores y nubes de encaje. Existe un retrato ecuestre, de Charles Le Brun (hacia 1668), en que se aprecia un caballo de doradas crines, la mirada triste del rey y su corbata, vaporosa como una cascada del Paraíso. En la España del XVIII se usó la corbata según instruía la ordenanza: «Bien ajustada, metida bajo la chupa o retorcida y metida en un ojal de la casaca.» Luis XV de Francia y de Navarra, el Bienamado rey rococó, tuvo la originalidad de crear el puesto de portacorbatas, criado encargado de ponerle y quitarle dicha prenda. Durante aquel tiempo, en Inglaterra también pasaron cosas: nació y se puso de moda el neck-stock, una tira de lino rígida sujetada en la nuca con un broche, en ocasiones muy lujoso. La época vio nacer modas extravagantes, como las macaronis, corbatas que popularizaron miembros de un club del mismo nombre que, habiendo viajado a Italia, lucían ropas muy llamativas.

El ministro Talleyrand observó una vez que solo quien vivió en Francia antes de los hechos de 1789 había podido conocer la douceur de vivre. La Revolución Francesa acabó con un mundo, y la corbata no fue ajena a tal impacto. Digamos que, como símbolo aristocrático, se vio arrastrada hacia la guillotina en compañía de pelucas, chorreras y bordados. Aunque, verbigracia de los revolucionarios de ayer y hoy, los líderes de las muchedumbres aparecen retratados con bellas corbatas y aristocráticos aires, Robespierre el primero y más elegante. Una prenda que consiguió sobrevivir al Terror debería considerarse en su gran fortaleza, pues ni siquiera los sans-cravates consiguieron eliminarla. Los sueños y pesadillas revolucionarios, muertos en el amanecer del Congreso de Viena, dieron paso a la alegría, desmedida quizás, aunque comprensible: enormes corbatas de tejidos y colores variados, adornadas diversamente. Cuenta un episodio que el general Lassalle, amante de una rara corbata doble, negra y blanca, salvó la vida gracias a esa dicotomía textil, encontrando un proyectil incrustado en las telas después de la batalla.

Tras el uso de los opulentos y asfixiantes pañuelos del XVIII, la corbata inició su inconcluso reinado en la primera mitad del siglo XIX. No es posible decir cosas acerca del vestir y no tener en cuenta a George Bryan Brummell, señorito inglés convertido en canon de la moda contemporánea, no tanto por sus ropajes de época como por la regla principal que significa: el sentido de la medida, la elegancia informal. Sobre el Beau recae una imagen de auge y caída, una historia universal en cuanto repetida infinitamente, sólo que en su caso es paradigmática por grandilocuente, bella y triste, melancólica en suma. Pasó de ser imprescindible para el rey Jorge IV a morir en la ruina y loco en Francia, creyendo ser el anfitrión de fiestas inexistentes para todos menos para él. Existen unos versillos, anónimos aunque atribuidos a veces al Beau, sobre la corbata:

Mi corbata constituye mi primera preocupación

Ya que nosotros juramos tales normas de elegancia,

y me cuesta cada mañana muchas horas de trabajo

hacer que parezca anudada a toda prisa.

A mediados del siglo XIX se impuso la corbata negra, no sin haber recorrido un tortuoso camino hasta su aceptación social. En principio, se consideró este color distintivo de los sans-gênes demócratas, y cuando Don Pedro de Brasil se presentó en casa de un primo suyo con una corbata negra el asunto mereció un comentario en el periódico Illustration. Debemos a las recomendaciones de Filippo de Pisis, en los años 1920, el aspecto actual de la corbata: «sencilla, de seda o lana, con un tono profundo», aspectos que definen la popularización de la prenda hasta nuestros días. Los mejores materiales son la lana en invierno y la seda en cualquier estación. En cuanto al nudo, el que prevalece en la actualidad es el four-in-hand.

Todo el siglo XX (y hasta nuestros días), las tendencias comprenden la recuperación de formas ya existentes (el corbatín existencialista de los años setenta), materiales novedosos (la piel teñida, de moda en los ochenta) y decoraciones extravagantes (una asombrosa libertad de estampados y colores a partir de los noventa). Algunos personajes nacionales, como Jaime de Mora o el periodista televisivo Carrascal, acentuaron su imagen con corbatas de motivos y colores estrafalarios. Atrevimientos que, en la actualidad, son difíciles ver. Nuestra querida prenda permanece hoy viva, casi exclusivamente, en ambientes laborales, eventos familiares y en el mundo de la política, donde, en cualquier caso, ha visto amenazado su tradicional reinado. Quizás por un sentido laxo de las formas, de la estética fuerte que representa la corbata, declarada enemiga por los atribulados pancartistas en camiseta que ocupan escaños e instituciones públicas.

¿Y si gobernara la derecha?

(Publicado en El Español, 29/6/2022)

¿Qué ocurriría si, gobernando la derecha, murieran veintitrés inmigrantes en la valla de Melilla? ¿Y si ese mismo gobierno de derechas impusiera el silencio por tratarse de una “cuestión sensible”? ¿Y si, además, el presidente de derechas elogiara a la gendarmería marroquí? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas regalara el Sahara a Marruecos? ¿Y si, tras esa decisión, se enemistara con Argelia, proveedora de gas, qué ocurriría? ¿Qué ocurriría si se disparase la inflación bajo un gobierno de derechas? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas forzara la dimisión del presidente del INE?¿Qué ocurriría si, con un gobierno de derechas, el precio de la luz batiera todos los récords? ¿Y si hubieran más de tres millones de parados, qué ocurriría?

¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas acogiera en España una cumbre de la OTAN? ¿Qué ocurriría si un secretario de Estado de derechas se manifestara en la calle contra esa misma cumbre? ¿Y si ese gobierno nombrara fiscal general del Estado a una ministra? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas controlara por asalto una gran multinacional, como Indra? ¿Qué ocurriría si, en una coalición de derechas, un vicepresidente elevara a ministra a su mujer? ¿Y si un gobierno de derechas indultara a un condenado por secuestrar a su hijo? ¿Y qué ocurriría si, en una autonomía de derechas, la vicepresidenta hubiera sido imputada por supuesto encubrimiento en un caso de pederastia?

¿Qué ocurriría si la segunda ciudad del país se hubiera convertido en la perla del crimen organizado siendo gobernada por la derecha? ¿Y si esa misma alcaldesa de derechas estuviera imputada por prevaricación? ¿Qué ocurriría bajo un gobierno de derechas si el presidente hiciera un uso indiscriminado del Falcon? ¿Y si ese mismo presidente mintiera con desparpajo al atribuir a la guerra en Ucrania la ralentización de la economía? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas vetara a periodistas molestos en sus ruedas de prensa? ¿Y si ninguneara dicho gobierno a la oposición en las sesiones de control parlamentario? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas negociara la legislatura con viejos terroristas?

La respuesta a todas estas preguntas la ofreció Adriana Lastra unos días antes de la debacle electoral en Andalucía, cuando animó a votar correctamente para “no tener que salir a las calles” contra la derecha.

La guerra del vodka

(Publicado en El Español, 6/4/2022)

La guerra es terrible, pero la necedad humana, que se mezcla a veces con el belicismo, puede alcanzar inusitadas cotas de pavor. Paseaba yo una tarde por las alturas barcelonesas cuando, a la entrada de un bar, me fijé en una pizarra, la típica que suele anunciar un menú o la oferta happy hour. Sin embargo, lo que habían escrito allí rezaba sencillamente: “en este establecimiento no servimos vodka ruso”. Desconozco hasta qué punto puede tal medida ayudar a los ucranianos, que llevan ya un tiempo pidiendo sin éxito un puñado de aviones Mig-29 polacos. Lo que sí me parece descifrable es esta ridícula toma de posición por la vía del licor de patata o centeno. Una cosa esteta y de consumo propio que tranquiliza los buenos corazones. Como los de aquellos trasnochados izquierdistas que se manifiestan en las plazas con pitos y megáfonos “contra la guerra” y luego se van de cañas trascendentes.

Los boicots resultan tan tontos como asépticos. Las marcas de vodka que solemos conocer y consumir -un consumo moderado en España, en comparación al vino, la cerveza o la ginebra- no son rusas. Absolut viene de Suecia, Grey Goose y Ciroc son galas, Belvedere se produce en Polonia y Ketel One es de los Países Bajos. Junto a los gigantes Absolut o Eristoff, del que hablaremos luego, un nombre ocupa invariablemente un lugar en los estantes de bares y coctelerías: Smirnoff. La madre Rusia es sólo su primigenio origen. Fue fundada por Pyotr Arsenievich Smirnov, un siervo de la gleba que comenzó trabajando de lavaplatos en Moscú en 1864, labrando fortuna hasta convertirse en proveedor oficial del Zar. Llegaron después los bolcheviques, y su ya conocida manía confiscatoria provocó que los Smirnov huyeran, en un periplo que les llevó de Constantinopla hasta Francia. Finalmente, un mal negocio con un socio venido de Estados Unidos en busca de fórmulas espirituosas convirtió a la marca en americana (hoy es propiedad de los británicos Diageo), donde se produce.

Por su parte, Eristoff fue creada por el georgiano Nicolai Alexandrovich Eristoff en 1806, parece que por encargo del duque de Racha. Un lobo aullando a la luna creciente, logotipo de la marca, evoca la legendaria admiración del citado duque por el misterioso animal. Actualmente, es propiedad del grupo Bacardí, fundado en Cuba por el español Facundo Bacardí Massó. En otro orden, Stolichnaya -con su etiqueta evocadora del estalinista Hotel Moskvá- propiedad del magnate ruso Yuri Shefler, quien ha mantenido un litigio público con el régimen de Putin, ha anunciado que cambiará su nombre por el de Stoli, una forma de “desrrusificar” el producto. Su vodka, preferido por el guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards, se fabrica en Letonia con ingredientes eslovacos.

Entre las curiosidades de la guerra del vodka, Estados Unidos ha prohibido la comercialización de las etiquetas de procedencia rusa, aunque Amazon venda algunas, como la Russian Standard Platinum. Hay también una singular iniciativa suiza: Vodka Zelensky. Sus creadores se comprometen, según la propia página web, a destinar el 100% de los beneficios empresariales a los ucranianos, hasta el año 2026. Y declaran, solemnemente, que “el vodka Zelensky es conocido por su excelente sabor y claridad. Una gran calidad combinada con un enfoque honorable: eso es Vodka Zelensky.”

En la castigada noche del ocio barcelonés -Colau aprovechó la pandemia para degradar una de sus principales industrias-, el empresario Fede Sardà, amante del ilusionismo, se sacó de la chistera una vaga solidaridad con Ucrania con el boicot de la sala de fiestas que regenta, mítica Luz de Gas, a los espirituosos rusos. Quizás desconoce, tal y como hemos tratado de contar aquí, que sus siempre divinas clientas, mientras rememoran los hits de los ochenta, se toman un Moscow Mule preparado con vodka de cualquier lugar del mundo menos la patria de Putin. Lo mismo diríamos del curativo Bloody Mary que los parroquianos de las viejas coctelerías de Barcelona piden tras una noche excesiva. La solidaridad es un asunto siempre complejo, normalmente nacido más para satisfacer al que la practica que al que la recibe. Quizás, si quisiéramos ayudar a Ucrania, fuera más efectiva la compra de alguna etiqueta de ese país bombardeado, como la Kozak, prácticamente desconocida por estos lares de siempre nobles sentimientos.

De la urna a la playa

(Publicado en El Español, 21/6/2022)

Una de las estampas de las elecciones andaluzas nos presenta a un hombre de mediana edad. Está en un aula haciendo cola para votar. Al fondo hay una pizarra y varios dibujos infantiles de encantadores monstruos, enganchados a la pared. Luego está la cosa democrática: las papeletas, una urna, un presidente siempre muy serio y dos vocales que van apuntando. El hombre, nuestro hombre, espera su momento. No sabemos de sus esperanzas políticas, porque el voto es secreto, excepto cuando es un secreto a voces. Pero tenemos algunas pistas valiosas. Viste camiseta y pantanloncillo, calza chancletas de baño y porta una sombrilla enrollada y una nevera portátil. Es decir, es un hombre que vive la democracia con la gravedad de la existencia, cargando todo su peso. Se va o viene de la playa, pero no ceja en el empeño de vislumbrar un futuro y acude a votar, alguien podrá decir que con inocencia, quizás. Si bien el humilde voto nunca es solitario, excepto para Ciudadanos. La papeleta es como la sombrilla y la nevera, proyecciones de un pensamiento, símbolos establecidos de la vida hispana. Si la sombrilla nos protege del sol y la nevera guarda las bebidas frescas, el voto pasa cuentas y, dependiendo del resultado, anuncia el empeño de renovarse.

Nuestro hombre en chanclas es un Ulises contemporáneo volviendo a Itaca, aunque todavía no lo reconozcamos. Es el andaluz que ha derrotado a un enemigo común, esa cháchara corrupta con la que pretendían someternos de nuevo. Es el tipo español que luce las suaves costumbres; el amor romántico y la tragedia y salvación cristianas. La libertad vieja. Si Sánchez no ha gobernado diez años, bien parece una deprimente odisea. Todas las trampas imaginables han poblado desde el inicio su mandato. Que no ha expirado, aunque, herido de muerte, se antoja más peligroso. El varapalo sufrido en Andalucía prevé un futuro sin él y sus socios, la peor banda de caraduras, amigos de la violencia política y alucinados ideológicos. Los más amenazantes: todavía Irene Montero puede continuar con su lunática ingeniería sexual, los independentistas proscribir definitivamente el español en Cataluña y Mónica Oltra ser nombrada embajadora de la infancia. Incluso a Ada Colau se le puede ocurrir aterrizar en Madrid (ya ha cumplido su misión de cargarse Barcelona) o a Yolanda Díaz prologar las obras completas de Stalin para después explicarnos el gulag como una cosa chulísima.

Andalucía ha señalado un retorno al futuro, el de las soporíferas mayorías absolutas. Vivíamos mejor en el bipartidismo o, al menos, España y sus millones de bolsillos sufrían menos angustias. Eran tiempos en que los jubilados hacían la alineación balompédica, las amas de casa hablaban de la crónica rosa, los jóvenes entendían los textos y la gente en general no era clasificada según sus gustos fornicadores o su apetencia biológica. En definitiva, nuestro hombre en chancletas nos ha enseñado que la playa no está bajo los adoquines, sino a un ratito en coche o a pie, tras haber votado en una escuela de barrio.

(La fotografía del héroe es de Carlos Barba para El Mundo)

Cataluña, una lengua, un país

(Publicado en El Español, 1/6/2022)

Allá por la década de los ochenta, una idea fuerza comenzaba a surgir entre el catalanismo. Todavía débil y ceñido a las venturas de una democracia recién nacida, fiaba su futuro a la ilusión de una Generalitat fuerte, depositaria de una tradición política que había sobrevivido a la dictadura. Un casi desconocido Jordi Pujol despachaba en el restablecido Palau desde 1980, primeras elecciones autonómicas. Su triunfo ante la histórica ERC (que lideraba entonces el xenófobo Heribert Barrera), cimentado junto a la gran patronal catalana, había sorprendido a esos románticos de una nación sometida al yugo español. Lo que seguramente no sabían ni imaginaban es que el menudo President tenía sus planes respecto a todo y respecto a todos. Incluidos comunistas, terroristas y demás frikis de la utopía catalana, fuera esta una república de aires medievales o un soviet cuatribarrado. No dejó puntada sin hilo: elaboró el Plan 2000, que sentaba las bases para la construcción de una Cataluña nación, primero, y una Cataluña Estado, más tarde.

 

La idea fuerza del catalanismo efervescente era la lengua única. A diferencia del vasco, marcado por los sueños étnicos de Sabino Arana, el nacionalismo catalán se había desarrollado cien años atrás bajo los postulados de Prat de la Riba. Este señor, sin el cual no puede entenderse a Pujol, fijó el sueño nacional en base a la cultura, a la lengua catalana como estandarte político. Así, el programa de ingeniería social pujolista recogía ese acervo para edificar una Cataluña lo más compacta posible, culturalmente unificada. La “normalización lingüística” se excusaba en los años de represión franquista -ya relativa en la década de los sesenta y setenta, cuando se edita bastante obra en catalán y se funda Òmnium Cultural (1961)-. Su propósito real era hacer desaparecer el español de las aulas y, a ser posible, de los hábitos diarios de la vida pública e, incluso, de la privada. El sometimiento educativo de la sociedad catalana, bilingüe, ha sido ejemplar pero también muy natural. Es decir, no se ha producido apenas resistencia respecto a la estigmatización de la lengua común en las escuelas e instituciones y, sin embargo, se ha continuado hablando en casa, en el mercado o en el bar tanto el español como el catalán. Un bilingüismo, decía, tan natural como histórico. Tan auténtico. Sorprende, pues, que tras muchos años de legislar y publicitar el sueño de la lengua única (y el ingente parné derrochado), no tengamos al anhelado ejército de buenos catalanes monolingües. Incluso podríamos detectar, desde la chaladura del procés, una especie de abandono a los brazos del español, quizás indisciplina ante la desmesurada politización del catalán.

 

Si el viejo Programa 2000 no ha podido alcanzar todas las metas, sí ha logrado establecer una gigantesca estructura clientelar. Pujol, hábil integrador de minorías, tuvo claro que debía alzar un orden autonómico de características pre-estatales (pre-independencia, se entiende). Y eso se hizo ganando competencias y llenando Cataluña de funcionarios perfectamente conscientes de quién les pagaba la nómina. De alguna manera, el President tenía tanto de habilidoso negociador como de disimulado autoritario. Alguien que sabía cómo resultar imprescindible, arropado por la gran empresa y reafirmado por un cuerpo de trabajadores públicos cada vez más orondo. Un hombre al que no se le podía discutir mucho y sabía defenderse con mando, como ocurrió en el caso Banca Catalana, en que impuso, amenazante, un temeroso silencio general. 

 

Por supuesto, el asunto de la lengua fue fundamental, un elemento de control social indiscutido hasta ahora. El fracaso del procésdevuelve al debate la educación monolingüe, si bien se está luchando por un mísero 25%, que los nacionalistas ven cual diablo sobre ruedas, incluido el quintacolumnista PSC. Han puesto el grito en el cielo e incluso parecen haber burlado la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Cuando el Tribunal Constitucional declare contra la artimaña legal de la Generalitat estará presumiblemente gobernando el PP: otra bomba de relojería para los conservadores. Mientras, la afectación nacionalista se siente recompensada. La ilusión de “una lengua, un país” pervive. Es gracioso, por otra parte, constatar el cinismo de los dirigentes catalanes: propugnan y amparan el monolingüismo para el pueblo, pero llevan a sus vástagos a colegios privados trilingües, no sea que peligre su porvenir. Y es que una cosa es el sentimentalismo político, opio del electorado, y otra la custodia del patrimonio familiar, escolti.

La regla de Irene Montero

(Publicado en El Español, 17/5/2022)

La última ocurrencia legislativa de la ministra Irene Montero, que cavila mucho, tiene por objeto la menstruación. “Estoy muy orgullosa de que seamos el primer país de Europa que empieza a hablar de una cuestión tabú”, ha dicho. Yo no sé en qué mundo de oscuridades, en qué convento mental se habrá criado esta señora. Lo que resulta cristalino es su idea de la mujer: un ser triste y apocado que necesita ser salvado por el Estado. Incluso cuando padece dolor menstrual. Una mujer débil, esclavizada por los hombres y por la ignorancia, a la que la ministra dedica sobrehumanos y protectores esfuerzos. Paternalismo al que llaman feminismo, la guerra cultural de la nueva izquierda sangra propaganda. Además, ya se reconocía una baja laboral por dolores asociados a la regla, como por una migraña o una gastroenteritis aguda. La noticia es sistematizar el asunto. Es decir, dejarlo a merced de la conciencia laborativa de cada cual, en un país de mediterráneas fragilidades. Se cifra en seis millones el número de mujeres que podrían acogerse cada mes a este nuevo derecho, con permiso del médico, mero firmante, nuevo sujeto temeroso de la cancelación dominante. El cálculo de la noticia en las empresas puede presuponerse: un desastre para el normal funcionamiento de las mismas. De hecho, la medida no parece pensada (verbo muy optimista aplicado a la ministra) para animar la contratación de mujeres en lo privado. El cálculo entre el funcionariado ya se antoja más relativo.

La mojigatería podemita, versión hispana de una plaga de origen anglosajón, es un bonito aliciente para Pedro Sánchez. Cumple la función de entretener al público, ora un numerito contra las cárnicas, ora un sketch de temática sexual, punto fuerte del partido de Yolanda Díaz, obsesionado con las cosas de la entrepierna. Mientras arde Roma (inflación al galope, paro desbocado), los chicos de Podemos, que son en verdad algo inocentes, se mantienen siempre listos para salir a escena, ruidosamente, y conseguir así despistar al personal de los graves problemas nacionales. Una Montero hiperventilada declaraba en la SER: “Nuestro país ya es un país [sic] feminista.” Por supuesto, un PSOE más bregado en el maquiavelismo que la ministra, al fin y al cabo eterna diletante de la política, se encarga de crearle a la señora la ilusión histórica, el sentido institucional del asunto. Así, se envía a la ministra de Hacienda para “negociar” con la podemita, que “salva” su proyecto a medias (sin la reducción del IVA a los productos de higiene íntima, que pretendía) después de arduas negociaciones. Para Irene resulta un triunfo, un hito en su histórica misión. La vemos acudir a un medio amigo donde despliega su triunfante verborrea, siente que brilla una vez más. La imaginamos luego llegando a casa, el chalé medio vacío (no está el hombre), un abrazo a los retoños, tantas emociones acumuladas.

En realidad, se trata de la última farsa del Gobierno Frankenstein. Gabinete que ya sólo aguanta gracias a la gestualidad de los socios marxistas, su alocada agenda y los puntuales chantajes de los nacionalismos periféricos. Hemos asistido a la postrera comedia, una Montero sobreexcitada, altisonante, legislando una parida. Veremos, mientras a Sánchez convenga, otras funciones de similar calidad y estilo de la mano de la farándula podemita. Una larga temporada de vulgar e ideológico teatrillo. Por cierto, sin causar ninguna baja. Estos chicos parecen aplicarse la regla de san Benito. Lo peor de la imbecilidad, como afirma Maurizio Ferraris, es que nunca descansa.

El plan quinquenal catalán y el fuet de Bompreu

Publicado en El Español, 17/10/2021

Con el cómic QRN en Bretzelburg, los geniales Frankin y Greg situaron a sus aventureros héroes en un país imaginario de Centroeuropa. El álbum fue publicado en los años 1960 y, aunque Bretzelburg no existía (ni nunca existió), el lector podía identificar en él ciertas características comunes a los regímenes comunistas de la época. Por ejemplo, una viñeta que muestra a unos hombres esperando el autobús en una avenida. Debido a la escasez, sus trajes están confeccionados con periódicos. En un momento dado, uno de los hombres lee en el traje de otro que el primero de mayo habrá una oferta de asado de cerdo en una famosa carnicería. Se produce un alboroto, pues la fecha de la ganga es ese mismo día. Sin embargo, al fijarse en el año, reparan que se trata de un periódico antiguo, de antes del racionamiento. Un agente de seguridad, atraído por la algarabía, oye ese “de antes” y se lleva detenido al hombre. Cuando los demás suben al autobús, vemos que el vehículo es impulsado por pedales, situados bajo el asiento de cada pasajero.

Resulta siempre oportuno recordar, sea a través del humor o de páginas sesudas, que el comunismo alcanzó abultadamente lo grotesco. La represión corría paralela a una especie de ensimismamiento según el cual nada, es decir, nada de lo que el Partido decía, podía cuestionarse, aunque el máximo órgano político afirmara, pongamos, que las colas frente a los comercios ejemplificaban la perseverancia del pueblo por llegar al paraíso socialista. A los albaneses, su gobierno criminal les hizo creer durante décadas que vivían en el mejor de los mundos, hasta que la cruda realidad terminó por aflorar, no sin un coste elevadísimo de víctimas y con un país arruinado. Hoy, los coreanos del norte subsisten bajo una ficción dictatorial -sin precedentes históricos- que cubre hasta el más remoto rincón de la intimidad del individuo, como pone de relieve el estremecedor documental Under the sun, del director Vitaly Mansky.

Esta superlativa manipulación de la realidad no es exclusiva del comunismo, como sabemos. También en las democracias liberales, a pesar de los mecanismos de control establecidos, pueden confluir tendencias y tics autoritarios. La puerta de entrada al sistema de los actuales quintacolumnistas son los plebiscitos. Cuando en Cataluña, a partir de 2017, turbas de niños, adultos y ancianos salieron a las calles como un solo cuerpo reivindicativo, se estaba produciendo tal mecanismo. Un presunto pueblo, iluminado por sus elites, marchando hacia la liberación (concepto éste del todo resbaladizo, en cualquier caso). Parecía que en aquellos siniestros días el sentido común había abandonado a miles, quizás a millones, de compatriotas. Raudos, los comentaristas se pusieron a buscar respuestas. Los catalanes, antes tomados por una comunidad ordenada y pacífica, estaban montando una rebelión, salían a las calles emulando (con el inevitable desorden mediterráneo) las coloridas y marciales paradas de Pionyang. Alguien sacó a la luz (de nuevo) el viejo Programa 2000 de Pujol y encontró la explicación a tamaña cosa: todo estaba allí planteado, programado, intelectualizado. Es difícil establecer la infalibilidad de esos papeles, incluso la capacidad real para llevar a cabo la empresa. Sin embargo, sí podemos concluir que, gracias al ingente dinero gastado, el prócer convergente pudo ensanchar sus sueños de estadista. Para ello contó con un gran ejército de funcionarios, empresarios y periodistas, amén de infinidad de asociaciones culturales de purísima catalanidad.

Luego está la imagen y la semejanza. Pujol, ni que pasen unas cuantas generaciones, tiene reservado ya el papel de padre de la Cataluña contemporánea y democrática. La discreción, el íntimo silencio, es una última fase, algo dolosa, de la admiración que muchos catalanes le siguen guardando. Omnímodo poder, gastaba la fama de hombre afable, listo y culto. Su antipatía cuenta con testimonios (la mayoría privados); su sagacidad puede medirse en relación a la de González y Aznar; su solidez cultural es un mito, sólo mantenido por algún empleado. Respecto a esto último, aplicaba la picaresca, el oportunismo de leer alguna cosa efectista en el coche oficial antes de ir a ver a alguien y soltársela, para admiración de los sempiternos bobos.

Volviendo a Bretzelburg y a la fatalidad europea, las metáforas recalan en una repetición histórica, la del autoritarismo que acaba edificando un régimen de cartón piedra. Un poco como esa república catalana que tantos sentían en sus corazones antes de existir legalmente. Quizás porque, en realidad, existía ya, aún incompleta y fantasmal, pero perceptible en cada patriota. Pujol, mandatario que escribía él mismo las preguntas y las respuestas de sus “entrevistas” y después las mandaba publicar, no fue precisamente un liberal. Su sueño político, aprendido de Prat de la Riba (casi todo Pujol está ahí), se cargaba de un sentido reaccionario y elitista, es decir, antiespañol, pues no hay nada más de izquierdas que la unidad de España, en tanto igualdad de todos; en tanto confiscación jacobina de los antiguos y nuevos privilegios de algunas minorías (vascuences, catalanas). Tras la forzada marcha del líder máximo, llegó el desorden, la desorientación. La consumada rebelión catalana, en sus gloriosas jornadas puigdemónicas, ofreció pistas, digamos, inquietantes (sometimiento del poder judicial por el ejecutivo). Cataluña podría haber sido un nuevo Bretzelburg, habitado por felices súbditos de la república, haciendo cola en la puerta del supermercado Bonpreu cada primero de octubre para recibir, con descuento del 3%, un bocadillo de fuet elaborado en China.

De Ferran Adrià a la nada

Publicado en El Español, 26/7/1021

 

Tomé asiento en aquella barra, tras la cual el servicio se confundía con la cocina. Frente a los comensales danzaban unos presuntos camareros. Locuaz verborrea, mensajes culinarios de una tiranía extraña al modélico laborar de siempre, el de las venerables barras españolas. En Barcelona, años ha, la del Botafumeiro había ganado fama nacional por la diligencia, el despliegue de confort, los galones y el salpicón de bogavante. Los camareros de ahora, ataviados con delantales de color caca, traían noticias de lo que se cocía unos metros atrás en los fogones. Me recordó al modelo McDonalds, las patatas fritas cayendo sobre el acero, los pitidos de las máquinas que avisan de la exacta fritura y las mangas industriales depositando la cantidad precisa de salsa barbacoa sobre las hamburguesas. Con algo más de finura y espectáculo de gestos (aunque parecida pornografía), yo veía a los pinches y cocineros concentrados en el arte de soasar unos muslos de codorniz o decorar un huevo poché con una fina lluvia de cebollino. Había leído de un comentarista que ese era el mejor restaurante de Europa, pardiez, así que me puse en manos del señorito con delantal, lo traté de tú como él a mí y me mecí por un rato en una ingenuidad, digamos, de cartón piedra. 

 

Mientras trasegaba un vino de nombre imposible y antipática astringencia -casi digno de ser cortado con agua, como hacían los griegos-, observaba el quehacer bajo las campanas de humo: sifones, goteros y muchas cosas conservadas en bolsas de plástico al vacío. Hay que ser siempre favorable al progreso, incluso el de inspiración druídica. En la breve experiencia que es la vida debemos admitir, con la soltura de que seamos capaces, nuestra condición de conejillos de Indias. Pero hacerlo a cualquier precio y en manos de quien sea ya es otro cantar. Y en esta orgía ideológico-culinaria que inspira al nuevo siglo hay tantos druidas como curanderos y charlatanes en el lejano oeste. Recordé los sueños del esplendor adrianista (no el emperador), a su prole barcelonesa, la ridícula y acrítica adulación del genio de El Bulli. Si algo trasciende de la ingenuidad de los hombres, o conejillos, es su primorosa volubilidad. Hubo un matrimonio de teutones (está recogido el testimonio en un documental grabado en el nombrado restaurante de Roses) que concibieron su cena allí como una experiencia ritual, cuasi sagrada, cargada de silencio y constricción ante lo que se ponía sobre la mesa. Uno llega muchas veces al ridículo, cuidémonos de hacerlo a edades ya maduras y con cámaras filmando; no seríamos entonces dignos de respeto, sino de chanza.  

 

Alcé la copa y rogué al camarero un Ribera del Duero, ojalá aterciopelado y robusto como las posaderas de una diosa. Pero fui levemente censurado en consideración a lo que estaba comiendo. La cocina profesional, grotesco templo de la gran nación de imbéciles, no le permite a uno desear nada fuera del ideal. Un ideal amarrado por una especie de estilo hipócrita avanzado (siguiendo los ciclos del viejo Von Rumohr aplicados a la gastronomía: estilo severo, estilo amable y estilo hipócrita). Citaba antes a los aduladores de Adrià, fenómeno tanbarcelonés, eco deformado de cultura gastronómica. Hombre, después de la debacle fin de siècle (el abrazo del turista) y a tenor de lo que queda del cocinero de Hospitalet de Llobregat, todo parece más bien esperpéntico. Uno de los “argumentos” de dicho clan es que Adrià trajo la higiene a la cocina española. No se puede afirmar algo así excepto desde una profunda ignorancia aderezada de extraordinaria osadía. Si bien el fenómeno no es extraño a una tradición española de obrar según la carga testicular y compitiendo por el tamaño de las filias y las fobias. Tampoco hubo mucho debate sobre esto, ni se echó en falta, aunque Santamaría escribiera en la época un libro razonable. Decía Revel que “hay gastronomía cuando hay polémica permanente entre antiguos y modernos y cuando hay un público capaz, por su competencia y riqueza, de arbitrar tal querella.” Leídos ciertos libelosperiodísticos a propósito de la muerte del de Can Fabes, figura crítica con la cocina molecular de los Adrià y Blumenthal (qué bonito y sugestivo hubiera sido esto en Francia), sólo permanece la melancolía. Bueno, y la insufrible legión de chefs adrianistas que ha poblado durante años las cocinas del país. De esto no tendría culpa directa el cocinero de El Bulli, si bien es difícil no señalar, por ejemplo, a Friedrich por intoxicar con su monstruoso El caminante sobre el mar de nubes a tantas generaciones posteriores. 

 

Antes de pagar la cuenta, abultada según las leyes no escritas de la experiencia gastronómica, pedí perdón al camarero por no haber sabido atenerme al canon de su menú, ni en los tiempos ni en las abigarradas instrucciones de uso de cada manjar. También por mi resistencia a eso que llaman maridaje, aburridísima letanía sobre el vino y la comida. Pedí un taxi, aboné la minuta (no tengo amigos restauradores, ni deseo tenerlos, soy sólo un cliente con una larga cartera) y volví a las calles de Barcelona, sus sueños de piedra y amores quebradizos. Me preguntaba qué nos ha quedado, cuál ha sido la ganancia de todo el estruendo gastronómico. Quizás nada, aparte de una simpática enajenación que nos lleva todavía a declararnos con pompa lo que ya no somos (y probablemente nunca fuimos). Queda la inconsistencia barcelonesa, tan proclive a las ventoleras culinarias como a las políticas. Mientras, los demás siguen trabajando al galope del futuro, y así siempre.   

 

Madrid frente al suicidio de Barcelona

Publicado en El Español, 9/6/2021

Subí al dragón de hierro veloz y “sostenible” -etiqueta insoslayable del nuevo orden mundial- rumbo a la capital del Reino. Decir, o suspirar siquiera, “capital” y “Reino” en tierras catalanas es hoy entrar en la lista oficial de los indignos, inventario que maneja con soltura el nacionalismo montaraz (Generalitat y medios dependientes) de la mano servil del PSC-PSOE. Pero esta, la del confinamiento civil, es una marca social ya perfectamente asumida por quienes sostenemos, con gran fragilidad y soledades, el sueño de la igualdad nacional de todos los españoles. Un asunto constitucional, la igualdad, en vías de extinción. En cualquier caso, subí a aquel tren con dos deseos confesables. El primero, iluminarme en mesas con mantel blanco y terrazas como Dios manda. El otro, comprobar cómo la ciudad umbraliana se había quitado de encima la amenaza del populismo gauche, que tiene tan poco de divino y tanto de prosaico. O soez.

Si en mi última visita a Madrid reservé tiempo para leer, pasear y ensoñar sobre su significación, sus muestras somáticas y etéreas, esta ocasión debía ser mucho más sencilla y plástica. Todo debía ocurrir sobre el mantel, país sensual. Y al alcance: aguerrido y sin brisas literarias, a viva voz del yantar y la botella; con amigos madrileños, una refundación helenística. Miren, los barceloneses proscritos no necesitamos comprensión, ni por supuesto que nos quieran. Sólo querríamos si acaso el aliento sentencioso de la verdad limpia de tópicos plurinacionales y de la filfa federalista. Nos sabemos ya expulsados del contrato general, las primaveras se amontonan y, disimuladamente, hemos comprendido la medida exacta del abandono. 

Así, por las mesas del Madrid mundano, vi desfilar cosas estupendas, traídas por manos diligentes, venidas de todos los rincones de la patria herida. Fue la consolidación de la alegría, esa que escapa cada vez más de Barcelona. Espárragos de Navarra, pescado del Cantábrico, cigalas gallegas, mojama andaluza, vinos de la Rioja. Ya casi nadie llama nación a eso, el ramillete florido de tantos trabajos y siglos. Henchido por tales causas justísimas, cancelé en mi mente todos los ismos que inundan hoy la Ciudad Condal de la mano de Colau y Collboni (recuerden siempre este apellido junto al de la alcaldesa). A saber, cada vez que mi boca probaba las ferrosas huevas de maruca, se hundía un poco el feísmo militante del social-podemismo catalán y su compinche indepe. Cuando cataba una perdiz en escabeche, podrida al punto exacto, veía alejarse el autoritarismo económico de los consellers repartidores de dinero público. Mientras la piel crujiente del cochinillo se rompía rítmica al paso del cuchillo, el feminismo grosero dejaba en paz a las mujeres libres. Me sirvieron un arroz meloso con setas y el fascismo nuevo, el de la cultura de la cancelación, huía cual alimaña atenazada por la belleza. La higiene culinaria (que no debemos a Adrià, como afirma por ahí un ignaro de la historia gastronómica española) se ponía al servicio de la causa mayor, la libertad. Y lo hacía con los buenos modos antiguos. Pero para saber eso uno ha debido leer antes a Revel o a Luján, por ejemplo. 

El léxico da la medida de una vida, o de las aspiraciones. De noche, en una terraza de Serrano, el localismo verbal de taco exacto y modos dandis se desenvolvía entre tragos de ginebra helada. Cualquiera podría juzgar esto con ligereza, pero la cultura es tan frágil. Pende de un delgadísimo hilo. Por ejemplo, del brillo que los farolillos regalaban a quienes sorbíamos el líquido inglés, seco y potente, civilizatorio en suma. Y de la ironía, también del sentir de los que, ante un dry martini, aflojan sus ataduras y se mecen en la conversación aparentemente inocua. El humor madrileñí está anclado, todavía, en el barroco, sus imponderables. La conversación era animada, libre de las rémoras catalanas, tristes, agotadoras. Yo me divertía, había olvidado por un momento el desencanto de las calles de mi Ensanche, barrio al que las autoridades están condenando con mil trampas antieconómicas. Celebré la amnesia, calculé mi fortuna y caminé, de madrugada, hacia el hotel. Todas las hazañas de la vetusta gloria imperial, oh Madrid, las vi aquella noche, mientras estaba ya escribiendo, de nuevo, las más tristes páginas de la historia barcelonesa. Su proverbial suicidio, su burguesa idiocia, sus maltratadores municipales. Que alguien te abrigue, Condal urbe, de esos amigos, vieja ciudad, amada siempre. 

El hombre blando

Publicado en El Español (1/1/2022)

De Luis Cantero Rada (El Fary), sentado junto a una piscina, prieto bañador de licra y libro en las manos, conocimos un aviso, una advertencia: el hombre blandengue. No porque el personaje lo fuera, sino porque veía una amenaza. Se presentaba tal criatura llevando la bolsa de la compra o el carrito del niño, cosas que, en recia apreciación antropológica, le parecían un desmantelamiento de los roles sexuales.

La libertad es un eufemismo más viejo que el rigodón -incluso la garantiza la Constitución- y uno de sus rutilantes ejemplares es ese varón blando, que hoy estaría ya socialmente normalizado. Una alegoría de la estética modulada, un verdadero hombre de paz. En otro mundo, numantino, un puñado de machos recalcitrantes se empeña todavía en vivir desaforadamente y vestirse por los pies, desde el convencimiento de una igualdad imposible e innecesaria.

Así, el nuevo hombre prescinde de rituales arcaicos para parecerse a la mujer (¿a qué mujer imaginada?). Y asume un charm distópico de gracia discutible y suaves pensamientos. Yo mismo he temido agradar a demasiada gente desde que compré aquellos pañuelos en Etro y abandoné los puros de la Montiel. También cuando, llevado por mi recta y abultada educación erótica, no distinguía, entrado el nuevo siglo, entre visones y zorros. Siempre hay que volver al Barroco, a sus claroscuros, para situar las bellas apologías. El gran drama social comenzó, concerti grossi, con un espíritu -cómo no- colectivista. La cosa envenenada de sublimar las detestables tareas del hogar mientras los niños, desde el sofá y con mando a distancia, convenían un nuevo totalitarismo.

Nunca hubiéramos debido permitir que la moral general invadiera, como un comisario soviético, nuestras casas. Se había desencadenado a la mujer del ámbito doméstico, se inculcó la monstruosidad del igualitarismo vital deformando las relaciones y, después de eso, lo que tenemos es a una mujer que trabaja fuera y en casa, a un hombre que trabaja fuera y en casa y a un leviatán al que no se le puede ni soplar. En suma, hemos actualizado el esclavismo con la tríada de una hembra sometida, de un macho afeminado y un mocoso ya sospechado por Elías (“un día os gobernarán los niños, y será el peor de vuestros días”).

No sabemos en qué acabará esta historia del hombre que no quiso serlo. Que no quiso reinar acuciado por la sospecha de que su antiguo papel se redujo a una dominación grosera, en lugar de seductora y frágil. Militante converso de un régimen pavoroso, enmarañado de eslóganes y culpabilidades ideológicas, languidece. Le vemos, hoy, no ya con el carrito, sino cual carrito al que la Historia conduce por sus caminos tristes, condenado a la melancolía. Es un ser despistado y sin misión. En realidad, José Pla, muchos años antes que El Fary, había escrito sobre el fenómeno: “¡Mira, Conchita, qué orquídeas tan bonitas!, oí de uno de esos maridos poéticos, flácidos y empalagosos que van por el mundo llevando los paquetes de su señora.”