El plan quinquenal catalán y el fuet de Bompreu

Publicado en El Español, 17/10/2021

Con el cómic QRN en Bretzelburg, los geniales Frankin y Greg situaron a sus aventureros héroes en un país imaginario de Centroeuropa. El álbum fue publicado en los años 1960 y, aunque Bretzelburg no existía (ni nunca existió), el lector podía identificar en él ciertas características comunes a los regímenes comunistas de la época. Por ejemplo, una viñeta que muestra a unos hombres esperando el autobús en una avenida. Debido a la escasez, sus trajes están confeccionados con periódicos. En un momento dado, uno de los hombres lee en el traje de otro que el primero de mayo habrá una oferta de asado de cerdo en una famosa carnicería. Se produce un alboroto, pues la fecha de la ganga es ese mismo día. Sin embargo, al fijarse en el año, reparan que se trata de un periódico antiguo, de antes del racionamiento. Un agente de seguridad, atraído por la algarabía, oye ese “de antes” y se lleva detenido al hombre. Cuando los demás suben al autobús, vemos que el vehículo es impulsado por pedales, situados bajo el asiento de cada pasajero.

Resulta siempre oportuno recordar, sea a través del humor o de páginas sesudas, que el comunismo alcanzó abultadamente lo grotesco. La represión corría paralela a una especie de ensimismamiento según el cual nada, es decir, nada de lo que el Partido decía, podía cuestionarse, aunque el máximo órgano político afirmara, pongamos, que las colas frente a los comercios ejemplificaban la perseverancia del pueblo por llegar al paraíso socialista. A los albaneses, su gobierno criminal les hizo creer durante décadas que vivían en el mejor de los mundos, hasta que la cruda realidad terminó por aflorar, no sin un coste elevadísimo de víctimas y con un país arruinado. Hoy, los coreanos del norte subsisten bajo una ficción dictatorial -sin precedentes históricos- que cubre hasta el más remoto rincón de la intimidad del individuo, como pone de relieve el estremecedor documental Under the sun, del director Vitaly Mansky.

Esta superlativa manipulación de la realidad no es exclusiva del comunismo, como sabemos. También en las democracias liberales, a pesar de los mecanismos de control establecidos, pueden confluir tendencias y tics autoritarios. La puerta de entrada al sistema de los actuales quintacolumnistas son los plebiscitos. Cuando en Cataluña, a partir de 2017, turbas de niños, adultos y ancianos salieron a las calles como un solo cuerpo reivindicativo, se estaba produciendo tal mecanismo. Un presunto pueblo, iluminado por sus elites, marchando hacia la liberación (concepto éste del todo resbaladizo, en cualquier caso). Parecía que en aquellos siniestros días el sentido común había abandonado a miles, quizás a millones, de compatriotas. Raudos, los comentaristas se pusieron a buscar respuestas. Los catalanes, antes tomados por una comunidad ordenada y pacífica, estaban montando una rebelión, salían a las calles emulando (con el inevitable desorden mediterráneo) las coloridas y marciales paradas de Pionyang. Alguien sacó a la luz (de nuevo) el viejo Programa 2000 de Pujol y encontró la explicación a tamaña cosa: todo estaba allí planteado, programado, intelectualizado. Es difícil establecer la infalibilidad de esos papeles, incluso la capacidad real para llevar a cabo la empresa. Sin embargo, sí podemos concluir que, gracias al ingente dinero gastado, el prócer convergente pudo ensanchar sus sueños de estadista. Para ello contó con un gran ejército de funcionarios, empresarios y periodistas, amén de infinidad de asociaciones culturales de purísima catalanidad.

Luego está la imagen y la semejanza. Pujol, ni que pasen unas cuantas generaciones, tiene reservado ya el papel de padre de la Cataluña contemporánea y democrática. La discreción, el íntimo silencio, es una última fase, algo dolosa, de la admiración que muchos catalanes le siguen guardando. Omnímodo poder, gastaba la fama de hombre afable, listo y culto. Su antipatía cuenta con testimonios (la mayoría privados); su sagacidad puede medirse en relación a la de González y Aznar; su solidez cultural es un mito, sólo mantenido por algún empleado. Respecto a esto último, aplicaba la picaresca, el oportunismo de leer alguna cosa efectista en el coche oficial antes de ir a ver a alguien y soltársela, para admiración de los sempiternos bobos.

Volviendo a Bretzelburg y a la fatalidad europea, las metáforas recalan en una repetición histórica, la del autoritarismo que acaba edificando un régimen de cartón piedra. Un poco como esa república catalana que tantos sentían en sus corazones antes de existir legalmente. Quizás porque, en realidad, existía ya, aún incompleta y fantasmal, pero perceptible en cada patriota. Pujol, mandatario que escribía él mismo las preguntas y las respuestas de sus “entrevistas” y después las mandaba publicar, no fue precisamente un liberal. Su sueño político, aprendido de Prat de la Riba (casi todo Pujol está ahí), se cargaba de un sentido reaccionario y elitista, es decir, antiespañol, pues no hay nada más de izquierdas que la unidad de España, en tanto igualdad de todos; en tanto confiscación jacobina de los antiguos y nuevos privilegios de algunas minorías (vascuences, catalanas). Tras la forzada marcha del líder máximo, llegó el desorden, la desorientación. La consumada rebelión catalana, en sus gloriosas jornadas puigdemónicas, ofreció pistas, digamos, inquietantes (sometimiento del poder judicial por el ejecutivo). Cataluña podría haber sido un nuevo Bretzelburg, habitado por felices súbditos de la república, haciendo cola en la puerta del supermercado Bonpreu cada primero de octubre para recibir, con descuento del 3%, un bocadillo de fuet elaborado en China.

De Ferran Adrià a la nada

Publicado en El Español, 26/7/1021

 

Tomé asiento en aquella barra, tras la cual el servicio se confundía con la cocina. Frente a los comensales danzaban unos presuntos camareros. Locuaz verborrea, mensajes culinarios de una tiranía extraña al modélico laborar de siempre, el de las venerables barras españolas. En Barcelona, años ha, la del Botafumeiro había ganado fama nacional por la diligencia, el despliegue de confort, los galones y el salpicón de bogavante. Los camareros de ahora, ataviados con delantales de color caca, traían noticias de lo que se cocía unos metros atrás en los fogones. Me recordó al modelo McDonalds, las patatas fritas cayendo sobre el acero, los pitidos de las máquinas que avisan de la exacta fritura y las mangas industriales depositando la cantidad precisa de salsa barbacoa sobre las hamburguesas. Con algo más de finura y espectáculo de gestos (aunque parecida pornografía), yo veía a los pinches y cocineros concentrados en el arte de soasar unos muslos de codorniz o decorar un huevo poché con una fina lluvia de cebollino. Había leído de un comentarista que ese era el mejor restaurante de Europa, pardiez, así que me puse en manos del señorito con delantal, lo traté de tú como él a mí y me mecí por un rato en una ingenuidad, digamos, de cartón piedra. 

 

Mientras trasegaba un vino de nombre imposible y antipática astringencia -casi digno de ser cortado con agua, como hacían los griegos-, observaba el quehacer bajo las campanas de humo: sifones, goteros y muchas cosas conservadas en bolsas de plástico al vacío. Hay que ser siempre favorable al progreso, incluso el de inspiración druídica. En la breve experiencia que es la vida debemos admitir, con la soltura de que seamos capaces, nuestra condición de conejillos de Indias. Pero hacerlo a cualquier precio y en manos de quien sea ya es otro cantar. Y en esta orgía ideológico-culinaria que inspira al nuevo siglo hay tantos druidas como curanderos y charlatanes en el lejano oeste. Recordé los sueños del esplendor adrianista (no el emperador), a su prole barcelonesa, la ridícula y acrítica adulación del genio de El Bulli. Si algo trasciende de la ingenuidad de los hombres, o conejillos, es su primorosa volubilidad. Hubo un matrimonio de teutones (está recogido el testimonio en un documental grabado en el nombrado restaurante de Roses) que concibieron su cena allí como una experiencia ritual, cuasi sagrada, cargada de silencio y constricción ante lo que se ponía sobre la mesa. Uno llega muchas veces al ridículo, cuidémonos de hacerlo a edades ya maduras y con cámaras filmando; no seríamos entonces dignos de respeto, sino de chanza.  

 

Alcé la copa y rogué al camarero un Ribera del Duero, ojalá aterciopelado y robusto como las posaderas de una diosa. Pero fui levemente censurado en consideración a lo que estaba comiendo. La cocina profesional, grotesco templo de la gran nación de imbéciles, no le permite a uno desear nada fuera del ideal. Un ideal amarrado por una especie de estilo hipócrita avanzado (siguiendo los ciclos del viejo Von Rumohr aplicados a la gastronomía: estilo severo, estilo amable y estilo hipócrita). Citaba antes a los aduladores de Adrià, fenómeno tanbarcelonés, eco deformado de cultura gastronómica. Hombre, después de la debacle fin de siècle (el abrazo del turista) y a tenor de lo que queda del cocinero de Hospitalet de Llobregat, todo parece más bien esperpéntico. Uno de los “argumentos” de dicho clan es que Adrià trajo la higiene a la cocina española. No se puede afirmar algo así excepto desde una profunda ignorancia aderezada de extraordinaria osadía. Si bien el fenómeno no es extraño a una tradición española de obrar según la carga testicular y compitiendo por el tamaño de las filias y las fobias. Tampoco hubo mucho debate sobre esto, ni se echó en falta, aunque Santamaría escribiera en la época un libro razonable. Decía Revel que “hay gastronomía cuando hay polémica permanente entre antiguos y modernos y cuando hay un público capaz, por su competencia y riqueza, de arbitrar tal querella.” Leídos ciertos libelosperiodísticos a propósito de la muerte del de Can Fabes, figura crítica con la cocina molecular de los Adrià y Blumenthal (qué bonito y sugestivo hubiera sido esto en Francia), sólo permanece la melancolía. Bueno, y la insufrible legión de chefs adrianistas que ha poblado durante años las cocinas del país. De esto no tendría culpa directa el cocinero de El Bulli, si bien es difícil no señalar, por ejemplo, a Friedrich por intoxicar con su monstruoso El caminante sobre el mar de nubes a tantas generaciones posteriores. 

 

Antes de pagar la cuenta, abultada según las leyes no escritas de la experiencia gastronómica, pedí perdón al camarero por no haber sabido atenerme al canon de su menú, ni en los tiempos ni en las abigarradas instrucciones de uso de cada manjar. También por mi resistencia a eso que llaman maridaje, aburridísima letanía sobre el vino y la comida. Pedí un taxi, aboné la minuta (no tengo amigos restauradores, ni deseo tenerlos, soy sólo un cliente con una larga cartera) y volví a las calles de Barcelona, sus sueños de piedra y amores quebradizos. Me preguntaba qué nos ha quedado, cuál ha sido la ganancia de todo el estruendo gastronómico. Quizás nada, aparte de una simpática enajenación que nos lleva todavía a declararnos con pompa lo que ya no somos (y probablemente nunca fuimos). Queda la inconsistencia barcelonesa, tan proclive a las ventoleras culinarias como a las políticas. Mientras, los demás siguen trabajando al galope del futuro, y así siempre.   

 

Madrid frente al suicidio de Barcelona

Publicado en El Español, 9/6/2021

Subí al dragón de hierro veloz y “sostenible” -etiqueta insoslayable del nuevo orden mundial- rumbo a la capital del Reino. Decir, o suspirar siquiera, “capital” y “Reino” en tierras catalanas es hoy entrar en la lista oficial de los indignos, inventario que maneja con soltura el nacionalismo montaraz (Generalitat y medios dependientes) de la mano servil del PSC-PSOE. Pero esta, la del confinamiento civil, es una marca social ya perfectamente asumida por quienes sostenemos, con gran fragilidad y soledades, el sueño de la igualdad nacional de todos los españoles. Un asunto constitucional, la igualdad, en vías de extinción. En cualquier caso, subí a aquel tren con dos deseos confesables. El primero, iluminarme en mesas con mantel blanco y terrazas como Dios manda. El otro, comprobar cómo la ciudad umbraliana se había quitado de encima la amenaza del populismo gauche, que tiene tan poco de divino y tanto de prosaico. O soez.

Si en mi última visita a Madrid reservé tiempo para leer, pasear y ensoñar sobre su significación, sus muestras somáticas y etéreas, esta ocasión debía ser mucho más sencilla y plástica. Todo debía ocurrir sobre el mantel, país sensual. Y al alcance: aguerrido y sin brisas literarias, a viva voz del yantar y la botella; con amigos madrileños, una refundación helenística. Miren, los barceloneses proscritos no necesitamos comprensión, ni por supuesto que nos quieran. Sólo querríamos si acaso el aliento sentencioso de la verdad limpia de tópicos plurinacionales y de la filfa federalista. Nos sabemos ya expulsados del contrato general, las primaveras se amontonan y, disimuladamente, hemos comprendido la medida exacta del abandono. 

Así, por las mesas del Madrid mundano, vi desfilar cosas estupendas, traídas por manos diligentes, venidas de todos los rincones de la patria herida. Fue la consolidación de la alegría, esa que escapa cada vez más de Barcelona. Espárragos de Navarra, pescado del Cantábrico, cigalas gallegas, mojama andaluza, vinos de la Rioja. Ya casi nadie llama nación a eso, el ramillete florido de tantos trabajos y siglos. Henchido por tales causas justísimas, cancelé en mi mente todos los ismos que inundan hoy la Ciudad Condal de la mano de Colau y Collboni (recuerden siempre este apellido junto al de la alcaldesa). A saber, cada vez que mi boca probaba las ferrosas huevas de maruca, se hundía un poco el feísmo militante del social-podemismo catalán y su compinche indepe. Cuando cataba una perdiz en escabeche, podrida al punto exacto, veía alejarse el autoritarismo económico de los consellers repartidores de dinero público. Mientras la piel crujiente del cochinillo se rompía rítmica al paso del cuchillo, el feminismo grosero dejaba en paz a las mujeres libres. Me sirvieron un arroz meloso con setas y el fascismo nuevo, el de la cultura de la cancelación, huía cual alimaña atenazada por la belleza. La higiene culinaria (que no debemos a Adrià, como afirma por ahí un ignaro de la historia gastronómica española) se ponía al servicio de la causa mayor, la libertad. Y lo hacía con los buenos modos antiguos. Pero para saber eso uno ha debido leer antes a Revel o a Luján, por ejemplo. 

El léxico da la medida de una vida, o de las aspiraciones. De noche, en una terraza de Serrano, el localismo verbal de taco exacto y modos dandis se desenvolvía entre tragos de ginebra helada. Cualquiera podría juzgar esto con ligereza, pero la cultura es tan frágil. Pende de un delgadísimo hilo. Por ejemplo, del brillo que los farolillos regalaban a quienes sorbíamos el líquido inglés, seco y potente, civilizatorio en suma. Y de la ironía, también del sentir de los que, ante un dry martini, aflojan sus ataduras y se mecen en la conversación aparentemente inocua. El humor madrileñí está anclado, todavía, en el barroco, sus imponderables. La conversación era animada, libre de las rémoras catalanas, tristes, agotadoras. Yo me divertía, había olvidado por un momento el desencanto de las calles de mi Ensanche, barrio al que las autoridades están condenando con mil trampas antieconómicas. Celebré la amnesia, calculé mi fortuna y caminé, de madrugada, hacia el hotel. Todas las hazañas de la vetusta gloria imperial, oh Madrid, las vi aquella noche, mientras estaba ya escribiendo, de nuevo, las más tristes páginas de la historia barcelonesa. Su proverbial suicidio, su burguesa idiocia, sus maltratadores municipales. Que alguien te abrigue, Condal urbe, de esos amigos, vieja ciudad, amada siempre. 

El hombre blando

Publicado en El Español (1/1/2022)

De Luis Cantero Rada (El Fary), sentado junto a una piscina, prieto bañador de licra y libro en las manos, conocimos un aviso, una advertencia: el hombre blandengue. No porque el personaje lo fuera, sino porque veía una amenaza. Se presentaba tal criatura llevando la bolsa de la compra o el carrito del niño, cosas que, en recia apreciación antropológica, le parecían un desmantelamiento de los roles sexuales.

La libertad es un eufemismo más viejo que el rigodón -incluso la garantiza la Constitución- y uno de sus rutilantes ejemplares es ese varón blando, que hoy estaría ya socialmente normalizado. Una alegoría de la estética modulada, un verdadero hombre de paz. En otro mundo, numantino, un puñado de machos recalcitrantes se empeña todavía en vivir desaforadamente y vestirse por los pies, desde el convencimiento de una igualdad imposible e innecesaria.

Así, el nuevo hombre prescinde de rituales arcaicos para parecerse a la mujer (¿a qué mujer imaginada?). Y asume un charm distópico de gracia discutible y suaves pensamientos. Yo mismo he temido agradar a demasiada gente desde que compré aquellos pañuelos en Etro y abandoné los puros de la Montiel. También cuando, llevado por mi recta y abultada educación erótica, no distinguía, entrado el nuevo siglo, entre visones y zorros. Siempre hay que volver al Barroco, a sus claroscuros, para situar las bellas apologías. El gran drama social comenzó, concerti grossi, con un espíritu -cómo no- colectivista. La cosa envenenada de sublimar las detestables tareas del hogar mientras los niños, desde el sofá y con mando a distancia, convenían un nuevo totalitarismo.

Nunca hubiéramos debido permitir que la moral general invadiera, como un comisario soviético, nuestras casas. Se había desencadenado a la mujer del ámbito doméstico, se inculcó la monstruosidad del igualitarismo vital deformando las relaciones y, después de eso, lo que tenemos es a una mujer que trabaja fuera y en casa, a un hombre que trabaja fuera y en casa y a un leviatán al que no se le puede ni soplar. En suma, hemos actualizado el esclavismo con la tríada de una hembra sometida, de un macho afeminado y un mocoso ya sospechado por Elías (“un día os gobernarán los niños, y será el peor de vuestros días”).

No sabemos en qué acabará esta historia del hombre que no quiso serlo. Que no quiso reinar acuciado por la sospecha de que su antiguo papel se redujo a una dominación grosera, en lugar de seductora y frágil. Militante converso de un régimen pavoroso, enmarañado de eslóganes y culpabilidades ideológicas, languidece. Le vemos, hoy, no ya con el carrito, sino cual carrito al que la Historia conduce por sus caminos tristes, condenado a la melancolía. Es un ser despistado y sin misión. En realidad, José Pla, muchos años antes que El Fary, había escrito sobre el fenómeno: “¡Mira, Conchita, qué orquídeas tan bonitas!, oí de uno de esos maridos poéticos, flácidos y empalagosos que van por el mundo llevando los paquetes de su señora.”

El declive de Occidente

Publicado en El Español (07/09/2021)

La empatía. Meditar. Reinventarse. Fluir. El ayuno intermitente. Esto no, lo siguiente. El poliamor. La ropa deportiva. El chandalismo. El calzado con plataforma. Los museos de arte contemporáneo. Los libros de autoayuda. La depilación masculina. El Satisfyer. Las señoras que no se tiñen las canas. La histeria climática. El buenismo. Los millennial. Los patinetes eléctricos. Oye, Siri. El veganismo. La quinoa. Gluten free. Las tostadas con aguacate. El cruasán integral. La carne sintética. Los alimentos quilómetro cero. El yoga. La ginebra sin alcohol. Los vinos de autor. El jarabe de vinagre de Módena. El tuteo. El lenguaje inclusivo. Las oenegés. Fairplay. Las camisetas imperio. Las camisetas de la RDA. El póster del Che. Yo te creo. #MeToo. La copa menstrual. Los animalistas. Los antitaurinos. Los infantes tiranos. Pasar de curso sin aprobar. La equidistancia. La memoria histórica. La cultura de la cancelación. La autocensura. Los youtubers. Los trending topics. Las videollamadas. El gin tonic con tropezones. Los abstemios. El hombre blandengue. Las empoderadas. El fin del piropo. El destierro del sujetador. El burka. Like. Los bazares chinos. Las peluquerías chinas. El Partido Comunista Chino. La república independiente de tu casa. La wikipedia. La publicidad emocional. Las apps de citas. Currárselo. Doscientos por cien. El género no binario. Cari. Detox. La comida sana. La cerveza artesanal. Lo eco. El ramen. Premium. El running. El crossfit. La perspectiva de género. Las asambleas universitarias. Las ciclogénesis explosivas. El gazpacho de sandía. Los makis. Las esferificaciones. Las cocinas a la vista. Los menús con maridaje. Botellón. Las líneas aéreas low cost. Los afterwork. Los anglicismos. La serie que te has perdido. Las precuelas cinematográficas. Los talent show. El trap feminista. El rock català. Los tatuajes. Los piercings. El orgullo sexual. La estelada. Las lenguas inventadas. Los nombres propios cantonales. Tú sí que vales. Las gafas de pasta de colorines. El pacifismo. La política exterior estadounidense. El VAR. El ojo de halcón. Los nuevos deportes olímpicos. Los actores que aleccionan. Los pelmas subvencionados. Los monologuistas. Los pancarteros con acta de diputado. El folclore identitario. Las minorías autoritarias. El nacionalismo. Los burgueses antisistema. El cultivo de la fealdad. El pesecé. Las zonas de baja emisión. El carril bici. La demagogia rampante. La posverdad. Ada Colau.

Aquellas Navidades apócrifas

No querría que el título de esta pieza llevara a algún disgusto trascendental. Celebramos, incluso los incrédulos y desde luego los nihilistas, un nacimiento. Festejaba hasta Enver Hoxha en familia después de haber declarado oficialmente a Albania el primer Estado ateo de la historia (1967). Nosotros, por el momento menos normativos, alzamos también esas fechas en las más tristes circunstancias, como hicieron otros en épocas de catacumbas, de terror jacobino o bajo las bombas de acero. La fe no sería arrodillarse, sino perseverar en lo que nos abriga; amar y bregar contra el olvido.

Sin embargo, esta fe atesora enemigos, sobre todo internos. Uno tiene la natural sensación de que cualquier hecho pasado, por muy grave, forma parte del etéreo imaginario. Un patrimonio bajo la alfombra, dicho de un modo menos solemne. Así, el miedo pandémico (una de las principales ramificaciones del virus, junto a pobreza y autoritarismo) nos trajo unas Navidades extrañamente destempladas. Como si el ritual de rescatar del desván el árbol y decorarlo, el gesto de abrir con los dedos el papel encerado que envuelve un mantecado o la parsimonia de la olla hirviendo el caldo navideño fueran restos de lejanas alegrías.

En medio del temor general, brotaron muestras de perseverancia navideña. Esperanza. Un clavo ardiendo al que se aferraron familias desmembradas por decreto: uno llevó los langostinos cocidos, otro los turrones, el apasionado de siempre los licores. Otro perdió toda la tarde, de farmacia en farmacia, buscando tests de antígenos. Y a pesar de la desazón, el calor retornó de pronto a las vidas allí reunidas. Todo volvió a un pasado procreador, a la entrañable palabra, a las risas, a los ruidos del cristal y al humor del alma que se acalora. Y a la melancolía íntima que se presentó, entre el mantecado y la copita de coñac, en recuerdo de la tía que no estuvo por vez primera o el padre ausente desde una década.

No fue asunto baladí: la Navidad estuvo a un suspiro de volver a la clandestinidad, sus viejos orígenes. Por cuestión de “salud pública” y “responsabilidad” (desde qué púlpito nos ordenaron) ciertos políticos asomaron la garrita mandona, sus indisimulados deseos de dictar y ser obedecidos. Pero, de una manera u otra, no pudieron con aquella fe articulada en torno a la mesa, bañada de nostalgias, dulces nevados y regalos inútiles. No hubo esplendor en esa nueva tragicomedia posmoderna, pero resistió, como una luz arcaica (que diría Pla), la convicción de la Navidad.

Postal catalana

(Publicado en El Mundo, 3/1/2022)

El tiempo pasa y los catalanes nos vamos poniendo recios. Los que se mecen, aún deprimidos, en la historieta de una nación milenaria no tienen intención de abandonarla nunca. Son románticos empedernidos; también un pelín gafes, según nos enseña la Historia. Y los que, en otra dimensión, sufrimos sus gestas de pacotilla, tampoco vamos a bajarnos del barco de la realidad. Entre los otros catalanes hay quien ha hecho ya las maletas y quien las lleva haciendo, mentalmente, desde que Artur Mas se puso mesiánico (fascio estilo). A propósito, se rescata del viejo léxico el término “resistencia” para señalar a los refractarios al nacionalismo imperante. Pero la moda de recrear en el imaginario belicosos tiempos pretéritos, un juego nada inocente, no derivará en verdadera gimnasia mientras esa gente de lacito gualdo mantenga el poder.

Viendo el parlamento catalán de hoy y recordando que un día no tan lejano ganó las elecciones Ciudadanos, me tengo que pellizcar. ¿Fue un sueño? Quizás sí. Y después, o incluso en el mismo instante en que se cerró la última urna (2017), todo siguió su cauce habitual. Es decir, el parné controlado por los “buenos catalanes”, como gustaba deslizar a Marta Ferrusola cuando la entrevistaban en la televisión de su marido. Desconozco la opinión de la señora -si es que la tiene- sobre un nuevo miembro de la gran familia (o casta) nacional. Cataluña, tierra de acogida, ha visto llegar a Iglesias, confirmación de que las cosas siempre pueden ir peor. Apadrinado por el empresario trotskista, esperamos ansiosos su próxima aportación al mal rollo general. Obsesionado Pablo, como su jefe, con una España oscura que no existe salvo en ellos mismos, parece poco probable que nos deje finalmente en paz. Qué duda cabe que seguirá bregando para las elites del privilegio (nacionalismos) y contra la igualdad de todos.

Mientras, Barcelona, gran víctima del populismo nacionalista y de las izquierdas reaccionarias, agoniza. Ambos fantasmas políticos la aborrecen por su tradicióncosmopolita y abierta. Inmaculada Colau, que anuncia dar el salto a la arena estatal, ha finalizado con éxito la tarea de deprimir a la segunda urbe de España. En este sentido, y con la colaboración del quintacolumnista PSC, es una alumna aventajada de lo que practica el nuevo socialismo en Hispanoamérica: degrada la economía y la moral, corroe las instituciones a fin de permanecer en el poder. Todo aquel esfuerzo (y mérito) de inspiración constitucional para convertir a la Condal en una ciudad prestigiosa, realizado en los años noventa, ha desaparecido. Una mixtura de ambición tribal, clamorosa ineptitud e irrelevancia intelectual ha logrado, en un puñado de años (2012 a esta parte), cargarse un prodigio de tesón.

Esta agorera postal termina con un deseo. La soledad política de tantos compatriotas, apenas mitigada por una gran manifestación y cuatro voluntariosas palabras del Rey, debe revocarse. No se trata de idealismo, el niño de Canet resume una alambrada invisible que rodea la libertad de quienes, todavía, nos apreciamos españoles e iguales. La unidad de España no es simbólica, ni tampoco decorativa: ilumina derechos y deberes. A los políticos que amparan, justifican o sencillamente ignoran esa fría alambrada les diría que no merecen nuestra estima, la de millones de catalanes mermados de ropajes constitucionales, semidesnudos y a la intemperie de sus mezquinos intereses. El deseo urgente es que podamos deshacer la maleta y volvamos, cuerpo y ánima abrigados, a nuestra casa, Cataluña.

 

‘También para ti.’ Battisti, ¿un cantautor de derechas?

Era septiembre de 1998 y, como siempre, iba comenzar el curso. Los estudiantes preparaban calendarios mentales y burocráticos, perspectiva de un nuevo año lectivo. Yo, extranjero y por tanto obligado a presentar incluso más papeles timbrados que los patrios compañeros de facultad, miraba a la calle desde aquel ventanal de Corso Italia. Ahí fuera, Leopoldo I sostenía sobre su mano izquierda un globo terráqueo coronado con la cruz cristiana, defensa ante el turco y la peste del XVII. De pronto oí una voz: «¡Battisti ha muerto!» Luego, la secuencia fue más o menos así: abandono de la actividad que estuviese en curso en ese momento, encendido de radios, de televisores, llamadas telefónicas, un dolor general. Mis compañeros lloraban, alguien sacaba una cassette, otros miraban al suelo, rebuscando en la fría tierra una vieja melodía.

Mito antes de morir, Lucio Battisti expiró a los 55 años. Aquel 9 de septiembre, mientras Italia plañía su pérdida, todo ocurrió como de costumbre: hermetismo, arcano, continuación del mito. La dirección del hospital San Paolo (Milán), donde permanecía el cadáver, trataba de hacer equilibrios entre la avalancha de periodistas y las estrictas directrices de la viuda, Grazia Letizia Veronesi. Con ella (y un hijo, Luca) se había retirado del mundo la estrella, hasta hacerse invisible en su casa búnker de Molteno, un pueblecito entre lagos; reacio a cualquier tipo de relación con esa cosa informe y voluptuosa llamada fama. En coherencia, el funeral se desarrolló sin cámaras, testigos ni cronistas.

En vida, la gloria acarició a Battisti con melodías. De su sensibilidad, tan contenida como indisimulable, nacieron canciones sobre el amor, sobre la cotidianidad salpicada de emociones. «Se sobrevive a todo para enamorarse», afirmó. Fue a mediados de la década de 1960, en Milán, cuando se produjo el encuentro entre él y Mogol, quien escribiría las letras más afortunadas del pop italiano durante más de dos décadas (su separación, en 1985, ha sido atribuida al influjo de Grazia Letizia sobre su marido). El trabajo de ambos hombres, un compositor intimista y esquivo y un poeta alado, daría a muchos compatriotas la banda sonora de sus vidas. Con arriesgada entonación, puntas de voz a veces desafinadas, descifró la respiración del amor, su cadencia, derrotas y triunfos en un paseo bajo la lluvia, en la cola del supermercado, conduciendo entre el tráfico de la ciudad.

Luego estuvo la cuestión política, otro de los misterios que envuelven a nuestro personaje. Durante los años dorados de su carrera, la década de los setenta, Italia padecía una efervescencia ideológica. Afirma Massimiliano Trovato que «en Battisti no hay más espacio que para la música, servida pura y nunca con corteza de ideología». Tal grado de apoliticismo fue considerado desprecio a la causa. Y, como suele ocurrir en ese tipo de procesos revolucionarios, la sospecha cayó sobre él. Al principio etiquetándolo de «producto pequeñoburgués». Después, acusado de fascista (en el término clásico, no el actual, degenerado) e, incluso, de financiar a un grupúsculo ultra. Cuestiones nunca aclaradas por el cantante (habría declarado en privado que esas cosas «alimentan la leyenda»), corrían de igual modo enigmáticas pistas musicales. Así, por ejemplo, en la canción La collina dei ciglieggi (La colina de los cipreses), un verso dice «planeando sobre bosques de brazos en alto» (saludo romano); o, en el tema Il veliero (El velero), Battisti susurraría «acercaos a la patria».

La mayoría de sus canciones tienen al amor, decíamos, por temática. Sin referencias políticas, que supuestamente no le interesaron nada. ¿Pero a quién cantaba, entonces, este caballero de los sentimientos, en medio del sofocante ambiente de los años de plomo? Una bellísima canción (Anche per te) parece desvelarlo: «Para ti que todavía de noche ya preparas tu café/Que te vistes sin mirar al espejo tras de ti/Que después entras a la iglesia y rezas despacio/Y mientras piensas en el mundo, ahora tan lejano de ti.» En efecto, el individuo Battisti se dirigía a otro individuo, un acto social, sí, pero no necesariamente colectivo, como afirma Trovato. Interpelaba a quien escuchaba sus obras, con los pequeños enigmas y las certezas de lo cotidiano, en torno, siempre, a un enamoramiento: «Trabajo y pienso en ti/Vuelvo a casa y pienso en ti/La llamo y pienso en ti/“¿Cómo estás?” Y pienso en ti…»

Volviendo del pasado, podríamos inferir que la obra de Lucio Battisti tuvo como propósito señalar la importancia del amor sobre los grandes temas que ocupan la actualidad, tragedias y líos gruesos que distraen el asunto individual e interesante de nuestras vidas. En su época fue la Guerra Fría, el terrorismo político o la mafia; hoy, esta pandemia y la crisis de la democracia liberal. Son estas impugnaciones al hecho insoslayable de que, en cualquier caso, ahora y más tarde, siempre, seguiremos amando.

A las orillas del Duero

(Publicado en El Mundo, 18/11/2021)

Por la serpenteante ruta de lo que Cunqueiro tuvo a bien en versar “la cocina cristiana de occidente”, que más que cocina es un mensaje total, una celebración total, me recogí un par de días en el Valle del Duero. Fue en noviembre, estación que tiñe de siena, oro y colorado las laderas del río donde nuestros hermanísimos lusos sacan de una naturaleza nostálgica el néctar brillante, voluptuoso de los vinos de Oporto. Una enorme figura del hombre de Sandeman, capa y sombrero, se alzaba sobre una colina cercana, como nuestro toro de Osborne lo hace en la meseta para celebrar la dicha de sus olorosos y demás sherry. Viejas villas familiares, iglesias barrocas y neblinas caprichosas salpicaban aquel mundo de tradiciones, riqueza y estrecheces, perseverancia de los hombres por llevar a través del tiempo la prueba de Dios, la cultura.

Invitado allí por la señorita Gutiérrez Costas, no digo que no mirara todo aquel panorama desde la embriaguez, que es como uno debe mirar y admirar las cosas bellas. A cada instante, desde la mañana a la noche, aparecía delante una copa de tawny o de otros vinos de la zona, como el magnífico Quinta de Ventozelo Essência Tinto (2014) o el agradable malvasía de Colares. Pero, dicho con La Rochefoucauld, “lo que nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios”, y, así, en el caserón regentado por Six Senses desfilaban las pitanzas sin solución de continuidad.

El cocinero español Marc Lorés, rescatado del lejano oriente, hacía gala en cocina de una exacta comprensión moral: del mar, de la granja y del huerto (la salvaje vida) al plato (la excelsa muerte) hay que adornar poco y ensalzar las cualidades del producto. Si una buena mesa es un desfile de condenas, las más tiernas hojas de espinaca, unas setas todavía henchidas, la trucha ahumada o un lomo de buey pasaban esplendorosos a su Olimpo que es nuestro paladar, nuestra felicidad. Una noche en el wine bar, el oficio del chef nos regaló una retahíla de petiscos, las tapas portuguesas. A saber: torricada (tostada de hogaza a la brasa) con tomate, alioli de ajo negro, jamón e hinojo fresco; ostras con vinagreta de chalotas; croquetas de carne ahumada; escabeche de pescado; espárragos a brás; setas con vinagre de Oporto; ensopado de conejo; pulpo estofado con patata. En materia golosa, los brillos llegaron en forma de pao de Ló de Ovar (bizcocho), de arroz con leche y de tarta de naranja con helado de limón y albahaca.

Tras todo aquello, corrió el Oporto sobre el tapete de la mesa de billar, los planetas de colores rodando hacia el agujero negro de la nocturnidad. «Del tesón duro la mortal resaca», indica elpoemario español. Si la resaca es una penitencia, la perseverancia tiene idéntica bendición. Y así, cuando el astro Sol iluminaba ya las viñas y la plata del Duero, supimos que habíamos amado, que seguíamos sorteando el último resplandor. A orillas del río sabio, en Portugal.

https://www.elmundo.es/cataluna/2021/11/18/619623b7fdddff6f198b45d7.html

¡Hala Madrid!

(Publicado en El Mundo, 29/10/2021)

No soy futbolero, pero sí madridista voluptuoso. En un pasado pre Colau (es decir, pre bárbaro) fui, como el cronista Joaquín M. de Nadal, barcelonista apasionado. Él usaba ese término no con la actual acepción balompédica, sino para expresar que era hincha de la Cuidad Condal en tiempos en que el entramado social barcelonés brillaba esplendoroso. Ahora, dos mujeres, una iliberal y sin dotes intelectuales y otra libertaria y armada de sentido común, me han hecho cambiar las pasiones urbanitas. Aunque, ciertamente, no debería cargar las causas del abandono y del enamoramiento a esa cosa que en España llamamos política, y que podríamos en realidad considerar solipsismo nacional. Colau sería sólo un producto de estos momentos en que la catalana capital arroja las peores noticias, la más ramplona estética. Y Madrid, un lugar que concentra turgentes fascismos por los que suspiran las personas cabales: la libertad y la vida sin corsés ideológicos.

Lo dijo otro catalán (Albert Boadella): la capital del Reino es una de las ciudades europeas más interesantes. Esta afirmación fuerte se basa en la feliz circunstancia del laissez faire (et laissez passer, Madrid va de lui même) en colorida versión hispana. No resulta fácil alcanzar tal estado de gracia, se ha de cuidar el pasado, el presente y el futuro de la máquina virtuosa (civis), no manosearla mucho, pues es tremendamente delicada. El acontecimiento general, la efervescencia madrileña, tiene algo de curiosidad histórica: si en el XVIII el mejor alcalde de Madrid fue Carlos III, la mejor alcaldesa, hoy, es Isabel Díaz Ayuso.

Así las cosas, a qué barcelonés condenado a la melancolía no puede complacer, al menos dos o tres veces al año, curarse el alma con una visita mesetaria, aunque suponga advertir la incomparecencia de Barcelona en la secular competencia con la otra gran urbe española. Cuando mandaba, Maragall advirtió, cursilería propia del político catalán, que «Madrid se iba». Yo desconozco dónde querían irse el oso y su madroño, si bien puedo asegurar que la que ha acabado yéndose ha sido Barcelona, y no escribo exactamente dónde por no resultar escatológico. Madrid, entonaba el malogrado Juan Antonio Canta, «no está en un lugar/Es tu manera de vivir:/El pecho alante, la mano atrás/Porque aquí estamos y nos vamos a quedar.» Resumen de España, allí suelo cotizar en tres o cuatro lugares a los que guardo mucho aprecio. El bar Richelieu (tres dry martini), Hevia (tres dry martini y un solomillo rebozado), Casa Rafa (ensaladilla rusa) o Salvador (merluza). Lugar éste que Savarín, conde de los Andes, nombra en su guía de los años setenta como «uno de los sitios donde mejor se come en Madrid». Ya al caer la noche, entre las sombras de plaza Margaret Thatcher, nos regalamos con Hughes una sesión espiritosa que si se repite el año venidero podría comenzar a sospecharse tradición. Avisada queda la izquierda existente. ¡Hala Madrid!