Breve diccionario podemita

Publicado en El Español, 23/11/2022

A la espera de la próxima purga, de la última batalla por quíteme ahí un trans, un gato con más derechos que un ser humano o un maltratador de mujeres libre de prisión, recogemos aquí un breve vocabulario podemita. Se trata de vocablos imprescindibles para que el lector curioso obtenga así un preciso conocimiento de aquel mundo nacido (formalmente) en 2014 y que ha enriquecido extraordinariamente el léxico político. Actualizado a día de hoy, no se descartan próximas ediciones ampliadas.

Animalismo. Doctrina exaltada que busca igualar en derechos a todos los animales de la Tierra. Se prevé que en detrimento de los seres humanos, en particular de las mujeres que sean víctimas de maltrato, pues el delito y la pena se verán igualados al caso de maltrato a, pongamos, un gatito.

Ayuso. Musa de la derecha, es un caso freudiano para la izquierda. Centro de todas sus iras, representa en realidad un oscuro deseo, el drama de que esa mujer con desparpajo, formas de barrio madrileño y chupa de cuero no pertenezca al mundo podemita y sí al tenebroso de la derecha.

Derecha. En realidad hablar de la derecha a secas no interesa a Podemos. Sin el adjetivo «ultra» que la preceda la palabra deviene ya tibia, incapaz de tensar el espíritu y los genitales políticos de la militancia.

Escrache. Bonita e inmaculada manera de ejercer la democracia directa. Es decir, impedir que unos fascistas como Begoña Villacís, Álvarez de Toledo o los estudiantes de S’ha Acabat! puedan ofrecer una charla en algún foro. El escrache comenzó como una estrategia leninista de hostigamiento a políticos del Partido Popular, aunque en la actualidad, muy popularizado, incluso se ha extendido a los propios camaradas. La Historia tiene esos giros.

Fascismo. Gracias a la formación fundada por Pablo Iglesias, el fascismo ha salido de sus catacumbas para volver a campar por todos los rincones de España. El fascismo, como aquél de los años treinta del siglo pasado, es ubicuo. Puede estar dentro de un chuletón de buey, en un chaleco plumífero, en Tamara Falcó o en una anciana a la que han okupado la vivienda.

Feminismo. Última víctima de las ideas y ocurrencias legales podemitas, fue un movimiento de larga tradición que buscaba la igualdad entre hombres y mujeres. Actualmente, se le da ya por prácticamente desaparecido tras los demoledores embates de la ministra Irene Montero.

Franco Bahamonde, Francisco. Militar y dictador español cuyo régimen habría desaparecido tras su muerte y la posterior aprobación de la Ley para la Reforma Política, en 1976. Sin embargo, pasados cuarenta años de democracia, la inteligencia y sagacidad podemita hizo ver a los españoles que seguían viviendo, hipnotizados, bajo la vieja dictadura del general.

Galapagar. Emulación de la dacha que todo capitoste del PCUS poseía en el campo, el matrimonio Iglesias se hizo con este chalet situado a las afueras de Madrid. Dotado de servicio doméstico y protección policial, ha sido el hogar de la pareja y su linaje hasta la reciente huída del hombre a catalanes sitios.

Higiene. Fue durante una sesión parlamentaria cuando el líder morado (en un sentido sólo político, queremos pensar) se presentó desarrapado, con una camisa perceptiblemente sobada y el cabello, digamos, apelmazado. Todo el fascismo se abalanzó sobre él, haciendo alusión a la higiene, o falta de ella. Pero Iglesias marcaba un camino estético y, sobre todo, ético: el jabón y los detergentes son altamente contaminantes y se fabrican quebrantando cualquier principio de ecología y sostenibilidad ambiental. Y, aun así, dicen las malas lenguas que el ambiente en la sala, tras un rato, quedó francamente enrarecido.

Jueces. Pérfido conjunto de señores togados, última resistencia del Fascio del 78 (o Régimen del 78), empeñado en hacer cumplir las leyes malas, o sea, aquellas que no ha elaborado Podemos.

Matria. Penúltimo invento del léxico podemita, se trataría, según palabras de Teresa Rodríguez, «de algo que cuida, que trata por igual a todas las partes, que no discrimina a nadie». «Son los hospitales, son las escuelas, es la ayuda a la dependencia, el apoyo a las familias vulnerables… Esa es la matria». Es decir, y a riesgo de parecer demasiado convencionales, es el Estado con un nuevo nombre más chuli.

Niñes. El mundo entero tembló de emoción al escuchar a Irene Montero pronunciar tal palabro. Fue un momento de enorme transcendencia histórica, de inconmensurable ingenio. Al fin alguien había encontrado un modo de justicia para ese género abstracto que desafía a la biología. La biología, por si no lo saben, también es una cosa fascista, quizás la más fascista de todas. Después de eso, los libros de texto y muchos maestras, maestros y maestres comenzaron a llenar de confusión sexual las cabecitas de los mocosos. Y así andan, pidiendo hormonarse a los diez añitos.

Okupa. Especie de héroe que basa su acción en meterse en casa ajena, cambiar la cerradura, pinchar el suministro y vivir sin pagar un duro de alquiler. Naturalmente protegido por la legislación, es una avanzadilla de ese mundo más justo que Podemos pretende alcanzar. En Cataluña, tierra de grandes esperanzas, el héroe okupa campa a sus anchas.

Paella estilo Honecker. Receta misteriosa elaborada por el ministro de Consumo, Alberto Garzón. No se conocen bien los ingredientes, pero sí su espíritu: debe cocinarse portando una sudadera conmemorativa de la República Democrática Alemana.

Refugio climático. Gran hallazgo de la alcaldesa de Barcelona, Inmaculada Colau. Ante la emergencia climática y el fin del mundo, consiste en clavar un cartelito bajo un árbol que indica, para los despistados, que se encuentran en un salvífico «refugio climático». Vamos, a la sombra.

Señoro. Lo contrario al hombre blandengue, al hombre que ha asumido su culpa antropológica y va por ahí portando la bolsa de la compra y abominando de su propia naturaleza. Un señoro es un anacronismo empecinado, se resiste a cambiar, sigue luciendo corbata, toma copas con otros hombres y abre la puerta a las mujeres en los restaurantes.

Jorge Javier Vázquez se pone derechón

(Publicado en El Español, 26/10/22)

En un reciente tuit, Jorge Javier Vázquez (Badalona, 1970) proponía Eurovisión en el madrileño hospital Zendal. Parecería sorna, pero su argumento de peso era que así quizás podría recuperarse «alguno de los millones (150) que se despilfarraron para construir ese garaje que está maravillando al mundo». La musical sugerencia se acompañaba de una fotografía del animador catalán junto a la política Mónica García, también ella izquierdista acaudalada. Ambos entran en esa adorable categoría de justicieros que no predican con el ejemplo, si bien nunca pierden ocasión de dar lecciones. La señora García aparecía hace unos días luciendo camiseta con el lema «tax the rich» («impuestos para los ricos»), extraña propuesta, a tenor de su envidiable situación patrimonial. Pero estas son las cosas de la nueva política, un entretenimiento bufo, un juego de embaucadores hiperventilados. No hay personaje podemita que resista un cotejo entre su estilo de vida y los eslóganes que proclama. En misa y repicando.

Algo parecido le ocurre a Vázquez, últimamente encendido ante tantas injusticias. Azote de la ultraderecha, del fascismo y de las sombras heteropatriarcales, le hemos visto aleccionar al respetable desde su colorido plató, allí donde discurren emociones, disputas y miserias del corazón y la entrepierna. Vociferó un día que el suyo era un programa «de rojos y maricones», aunque tengo la sospecha de que sea en realidad una formidable fábrica de ninis. Y un negocio poco escrupuloso, a la vista del inventario de cadáveres. Pero si Sálvame es un circo triste, con sus payasos repetitivos y los elefantes cada vez más viejos, el presentador se ha puesto fuerte. Políticamente recio, comparte con los amigos de la izquierda la obsesión por Isabel Ayuso. Este es un caso llamativo, fenómeno de odio en que termina cualquier feminismo (e incluso igualitarismo) de la ralea socialista, podemita y demás. Aborrecen a la presidenta de la Comunidad porque en el fondo la adoran, envidian sus maneras de barrio madrileño, sus chupas de cuero y el desparpajo de sus políticas libérrimas. No entienden que Isabel no sea de su cuerda, del lado correcto, sino del mundo de las sombras conservadoras y liberales. Y claro, al mirar a la propia bancada y ver a Lilith Verstringe o a Pablo Echenique la depresión comparativa deviene inevitable. En la ira fóbica de la izquierda, como también en el arrobo de los ayusers, hay un fabuloso componente sensual.

Con ánimo formativo, me he dedicado estas jornadas a escudriñar las andanzas de nuestro Jorge Javier, ya saben, la propaganda vital que son las redes sociales. He descubierto que le gustan los galgos y viajar por el mundo. También comer en restaurantes de postín, como Mugaritz de Rentería (menú de 242 euros), donde confesaba que no servían platos, sino «felicidad». Nuestro hombre posee una cierta sensibilidad y si en ocasiones no reprime algún selfie narciso con el torso desnudo, deja a veces un destello culto citando a Benedetti: «estamos rotos pero enteros», mar azul de fondo y mirada al horizonte. Todo esto es muy bonito, pero queda un poco ofuscado frente a la mala leche que se le atribuye, la fama no entiende de justicia. Sus presuntos problemas con el fisco despertaron la cólera mediática. «No hay organismo más injusto que Hacienda», bramó en el plató cual exaltado ultraliberal. La broma sobre el Zendal, eso de celebrar allí el bodrio wokista Eurovisión (ay, el lobby LGTBI) no es de muy buen gusto. Tampoco suena mucho a tradición izquierdista ser hostil a un hospital público por donde han pasado miles de ciudadanos enfermos. Y es que, cuando uno menos se lo espera, al españolito exaltado le sale el ramalazo totalitario. Aunque vista americana rosa, cultive el amaneramiento y conduzca un show de pretensiones salvíficas.

Carta barcelonesa a Benzema

(Publicado en El Español, 20/10/22)

Aborrezco el fútbol. Ya sé que ustedes podrán decir, con toda razón, que eso a quién le importa. Pero es que escribo esta columna con una terrible contractura y, además, mi chica me ha dejado, por lo que estoy convencido de que ustedes tendrán algo de compasión y seguirán leyendo. No aborrezco el juego, la táctica, los regates y la plasticidad de sus momentos. Tampoco las zancadillas duras (se supone que es un deporte de hombres), los jugadores que sobreactúan o los que meten un gol con la mano, maestro Maradona. Incluso me gusta lo que tiene de juego a veces injusto, merecimos ganar pero la mala suerte de los palos, y esas cosas. Aborrezco al público en general, que aquí no se le puede llamar respetable, como en la fiesta taurina o la ópera. Su tribalismo, el griterío insultante, no digamos los cánticos de rancio orgullo. Les confieso que lo conozco porque, durante unos años, iba al estadio del Fútbol Club Barcelona, cuando los tiempos en que el gran Johan Cruyff entrenaba. Recuerdo, por citar, a una adolescente adorable insultando del modo más soez al árbitro y ser felicitada por su padre, que le acompañaba en tribuna. Menuda educación.

De todas maneras, y como exbarcelonista o traidor a mis viejos colores, no voy a discutir el mito de la afición del Real Madrid, señorío y exigencia. Todo culé sufre madriditis, es decir, en otra vida hubiera querido ser del equipo blanco. Segundo club de Cataluña (que me perdonen mis amigos pericos), los odios que despierta en los seguidores del Barça harían las delicias del doctor Sigmun Freud, tan retorcido él. Hasta mi querido Armand Carabén, hijo de aquel hombre que nos trajo al flaco holandés, forofo consumado, sabe ver la ironía que arrastra todo hincha azulgrana, una pesadumbre, la conciencia melancólica que siempre encuentra su razón de ser en las derrotas. En este sentido, el mejor presidente que ha tenido el FCB, el que representa el alma del club, ha sido José Luis Núñez.

Como debo ceñirme un poco al tema que mi jefe me ha señalado esta mañana, aparco ya las confesiones y voy al asunto: Karim Benzema, mago albo, artista balompédico del momento, ha ganado el preciado Balón de Oro. Lo que le faltaba a la madriditis después del baño sufrido por los chicos de Xavi Hernández (Visca Catalunya i Qatar lliures) en el Santiago Bernabéu el pasado domingo. Otro de los aspectos agradables del fútbol es el mérito artístico, que sólo posee una minoría elegida, como el galardonado francés. Es algo muy diferente a, pongamos, el supuesto valor que puede tener un Kílian Jornet, correr por las montañas como alma que lleva el Diablo. El delantero del Madrid es un virtuoso, ha entendido que las dos piernas no sirven sólo para trotar y se lo ha enseñado al mundo acariciando un balón. Con un destino certero (no un vagar los riscos o el césped a lo loco): tocar la red de la portería contraria. Meterla, coño. ¡Y hala Madrid!

El funeral del procés en TV3

Publicado en El Español, 5/10/2022

Para celebrar las últimas honras fúnebres al procés y bajo enorme riesgo espiritual, estos días me he empachado de televisión autonómica. Como algunos compatriotas refractarios, desde hacía lustros saltaba con el mando a distancia el número 3 de la catódica parrilla. En el recuerdo permanecía otra muerte a computar, la del periodismo catalán, salvo honrosas excepciones como la de Joaquín Luna. Veníamos de aquel editorial conjunto en la prensa escrita barcelonesa a favor de un Estatut que nadie pedía ni quería, excepto unos políticos ya en competición nacionalista. Eso fue en 2009, pistoletazo de salida de una enorme y fraudulenta operación en la que se vieron envueltos todos los catalanes y cuya cima fue el amorfo referéndum de 2017. Millones de horas volcadas por TV3 (entre otros medios) para el lavado de cabeza y excitación ideológica de la ciudadanía.

En cualquier caso, la primera conclusión a la que llego tras dos semanas de empape televisivo es que la emisora ya no es lo que era. Incluso diré que el funeral del 1-O, tras cinco otoños de agonía, me ha parecido bastante deslucido, un poco forzado incluso. Casi birrioso, como hecho a desgana. Nada que ver con el fervor de tiempos pasados en que se desplegaban ingentes medios (¡que no falte de nada!) a la hora de retransmitir las coloridas performances de la liberación catalana. En un ambiente enrarecido por la guerra civil independentista, apenas unas cuantas piezas monográficas celebraban la conmemoración de otro fracaso histórico. Parece que los catalanes estamos condenados, desde 1714 o incluso desde la caída de Wifredo el Velloso, a festejar derrotas. Un pueblo gafe, vaya.

Estos días de luto, conforme veía desfilar en la pantalla a jovenzuelos con camiseta cupera, a mujeres ajadas vestidas de amarillo y sin teñir, a tanta tercera edad con la mirada afligida y la voz temblorosa, me inundaba una terrible zozobra. El fin de la ilusión. Quién sabe cuántas décadas deberemos esperar los catalanes la tierra prometida, otra vez. La tarea del columnista pasa a veces por descender hasta las sensualidades más insospechadas. Así, el drama por la muerte del procés, simbolizado en urnas de plástico chinas llenas de papeletas inservibles, expresado, micrófono en mano, por personas que o no se han enterado todavía de la cosa o no tenían mejor plan para el domingo, iba cargando de emociones la jornada. Estaban también los irreductibles («¡Lo volveremos a hacer!»), quienes daban la pincelada ochentera al ambiente y, quizás, apuntaban el futuro del movimiento: vuelta a las batallitas internas, a las catacumbas de las épocas románticas, cuando cada once de septiembre (Diada) se quemaba la puerta del McDonalds de la Rambla y se practicaba la carrerita delante de la policía, qué nostalgia del franquismo.

TV3 es un buen canal. También la voz de su amo, pero eso a los españoles no debe sorprendernos tratándose de una televisión pública. Mi vuelta a sus transmisiones se ha visto sorprendida por una especie de baño de realidad, aquella realidad que un Artur Mas enloquecido (no digamos Carles Puigdemont) parecía discutir o incluso negar para gusto de la ciega parroquia. He visto programas sobre el heroico recuerdo e incluso para la aceptación afligida de la muerte. Una pieza lacrimógena relataba la bravura y el ingenio de las gentes de Sant Martí Sesgueioles (300 habitantes), donde los campesinos cruzaron sus tractores a la entrada para impedir el paso a la Guardia Civil y un tumulto protegió una urna de cartón mientras la del referéndum (¡la de plástico chino, la buena!) se escondía en el garaje de un vecino. La Benemérita se llevó la falsa.

Entre tanta remembranza, no pudo faltar la referencia a la represión. «Era una fiesta. Y cuando vimos las imágenes antes de votar, la gente ensangrentada aquí en los colegios de Barcelona, fue un shock», decía una señora. «A garrotadas. Se nos presentó la Guardia Civil alineándose como si fueran legiones romanas», afirmaba un señor con sombrerito de paja de la Assemblea Nacional Catalana. La cadena tampoco olvidó las imágenes de mujeres histéricas por el suelo o agarradas a una valla, mientras la policía intervenía por orden judicial, tras la advertencia de rigor. El locutor alumbraba: «sin pactar la normal convivencia ciudadana» y «a pesar de todo votaron más de 2.300.000 de personas».

El acto oficial de entierro del procés fue cubierto por la televisión autonómica con desdén. Las cámaras enfocaron algunas pancartas severas: «Botifler, yo no te votaré», «políticos traidores» o incluso una en que aparecía el logotipo de TV3 con la banderita española. «Nos engañaron a todos», confesaba un ama de casa que pululaba por allí. La clave la dio el testimonio de un chico de orígenes orientales, ojos rasgados: «Quizás deberíamos cambiar de líder». Inferí que había mamado escuela maoísta.

Canto ahogado en la nostalgia, en el saber que no volverán los conmovedores acontecimientos de la liberación final, los señores de la tele catalana deben pensar que es hora de pasar página, de entretener con otras cosas. La ruptura ya no vende, no digamos la melancolía, lo que no quita que el canal siga siendo a ratos luz del nacionalismo, la defensa de la lengua única, etc. Su retransmisión del funeral fue digna de los tiempos que corren. Las elites andan a codazos por la hegemonía autonómica, el dinero y los privilegios. La aventura ha finalizado y TV3 da buena cuenta.

La política y el tenis

(Publicado en El Español, 18/9/2022)

La semana pasada, Mónica García, diputada por Más Madrid, reproducía en Twitter una fotografía de Serena Williams alzando el puño en la cancha del OPEN de EEUU tras ganar un punto. Disputaba la americana el que sería el último encuentro de su carrera (adiós a un tenis vulgar y físico) y la avispada política no quiso dejar pasar la ocasión de hacerse notar. Titulaba el tweet con un «gracias por tanto, Serena». No era conocida la afición de la madrileña por la raqueta, si bien cabe sospechar que su rendido homenaje a la jugadora de Michigan era de carácter político: ¿Cómo no aprovechar la imagen de una célebre mujer negra con el puño en alto? El podemismo en fase hiperactiva resulta, además de ridículo, cristalino. Cuando lo dirigía Pablo Iglesias, la pereza dominaba al partido; aquello era comunismo de vuelva usted mañana. Ahora, con las mujeres al borde de un ataque de nervios, no hay día que pase sin una gran idea, ejemplaridad estajanovista. A la formación morada se le han visto siempre las costuras, aunque el artificio, la palabrería y afectación mediáticas encandilara en su momento a un millón de compatriotas.

El tenis es un deporte individual (salvo en los partidos de dobles, que a casi nadie importan), opuesto a lo colectivo, al grupo, al tribalismo del fútbol, por ejemplo. Su fama, además, carga con la etiqueta del elitismo, una cosa de pijos bronceados, con suéter de pico y zapatillas blancas. Naturalmente, esto pudo ser así en épocas pasadas, pero desde hace muchos años en España proliferaron pistas públicas y clubs modestos, signo de una popularización irrefrenable. Los éxitos cosechados por nuestros campeones en los años noventa y, más tarde, por Rafael Nadal tienen algo que ver. El país cuenta hoy con más de 5.300 canchas y 1.128 clubes; y supera los tres millones de practicantes.

Por otra parte, se trata de un juego muy técnico que requiere de facultades, esfuerzo y competitividad, a la par que una cierta nobleza. Extrañas, gruesas y viejas cualidades para un futuro woke al que la turbia agenda internacional pretende condenarnos. Además, el tenis puede llegar a ser muy bello, como demostraron Roger Federer o Justine Henin cuestionando así la moda imperante de los recios luchadores, los sacadores gigantes y los reveses a dos manos. Representa, simbólicamente, un ideal conservador (estoy recordando las lecciones de Roger Scruton), opuesto a los ideales igualitaristas de estos gobernantes, que desprecian el mérito porque cumplen un programa social para uniformar por abajo (y no por arriba). Así, en el mundo ideal al que nos conduce la mencionada agenda, por la que suspira esta izquierda autoritaria, será muy improbable la explosión de un Carlos Alcaraz, como tampoco la de cualquier sujeto dispuesto a romperse los cuernos para triunfar.

Entre los muchos frentes que abarca el wokismo morado, tales como la pobreza sostenible, el feminismo anti-mujer y la cartilla de racionamiento vegana, destaca últimamente la cuestión del mérito. Lilith Verstrynge, otra canterana de la Complutense y ya secretaria de Estado para la Agenda 2030, decía este verano que «la cultura del esfuerzo y la meritocracia» generan «fatiga estructural» y «epidemia de ansiedad». Y un Pablo Iglesias pedagógico afirmaba que «ningún ejemplo de superación individual puede justificar la desigualdad social». Buen revés marxista-leninista de nuestro esforzado campeón.

Para mayor inri, parece que los grandes tenistas están despolitizados. Es decir, formarían parte del fascismo emboscado, según el frentepopulismo podemita. El asunto es que el gobierno resulta coherente con su propio discurso sobre el esfuerzo y el mérito. En el consejo de ministros (veintidós ministerios) hay muy poco músculo curricular, no digamos experiencia laboral, la vida ahí fuera. Intelectualmente anodino, este multitudinario gabinete, su vanguardia más neurótica, legisla sobre la entrepierna hoy y mañana vaya a usted a saber. Como mide el mundo desde su pequeñez, desde sus estrecheces ideológicas y sus resentimientos, no descartemos un día de estos alguna arremetida contra ese juego de clase y denuedo, el triunfal tenis patrio.

El hombre blando

(Publicado en El Español, 1/1/2022)

De Luis Cantero Rada (El Fary), sentado junto a una piscina, prieto bañador de licra y libro en las manos, conocimos un aviso, una advertencia: el hombre blandengue. No porque el personaje lo fuera, sino porque veía una amenaza. Se presentaba tal criatura llevando la bolsa de la compra o el carrito del niño, cosas que, en recia apreciación antropológica, le parecían un desmantelamiento de los roles sexuales.

La libertad es un eufemismo más viejo que el rigodón -incluso la garantiza la Constitución- y uno de sus rutilantes ejemplares es ese varón blando, que hoy estaría ya socialmente normalizado. Una alegoría de la estética modulada, un verdadero hombre de paz. En otro mundo, numantino, un puñado de machos recalcitrantes se empeña todavía en vivir desaforadamente y vestirse por los pies, desde el convencimiento de una igualdad imposible e innecesaria.

Así, el nuevo hombre prescinde de rituales arcaicos para parecerse a la mujer (¿a qué mujer imaginada?). Y asume un charm distópico de gracia discutible y suaves pensamientos. Yo mismo he temido agradar a demasiada gente desde que compré aquellos pañuelos en Etro y abandoné los puros de la Montiel. También cuando, llevado por mi recta y abultada educación erótica, no distinguía, entrado el nuevo siglo, entre visones y zorros. Siempre hay que volver al Barroco, a sus claroscuros, para situar las bellas apologías. El gran drama social comenzó, concerti grossi, con un espíritu -cómo no- colectivista. La cosa envenenada de sublimar las detestables tareas del hogar mientras los niños, desde el sofá y con mando a distancia, convenían un nuevo totalitarismo.

Nunca hubiéramos debido permitir que la moral general invadiera, como un comisario soviético, nuestras casas. Se había desencadenado a la mujer del ámbito doméstico, se inculcó la monstruosidad del igualitarismo vital deformando las relaciones y, después de eso, lo que tenemos es a una mujer que trabaja fuera y en casa, a un hombre que trabaja fuera y en casa y a un leviatán al que no se le puede ni soplar. En suma, hemos actualizado el esclavismo con la tríada de una hembra sometida, de un macho afeminado y un mocoso ya sospechado por Elías (“un día os gobernarán los niños, y será el peor de vuestros días”).

No sabemos en qué acabará esta historia del hombre que no quiso serlo. Que no quiso reinar acuciado por la sospecha de que su antiguo papel se redujo a una dominación grosera, en lugar de seductora y frágil. Militante converso de un régimen pavoroso, enmarañado de eslóganes y culpabilidades ideológicas, languidece. Le vemos, hoy, no ya con el carrito, sino cual carrito al que la Historia conduce por sus caminos tristes, condenado a la melancolía. Es un ser despistado y sin misión. En realidad, José Pla, muchos años antes que El Fary, había escrito sobre el fenómeno: “¡Mira, Conchita, qué orquídeas tan bonitas!, oí de uno de esos maridos poéticos, flácidos y empalagosos que van por el mundo llevando los paquetes de su señora.”

La última fijación de Ada Colau

(Publicado en El Español, 25/8/2022)

La calle Enrique Granados es la última fijación del ayuntamiento de Inmaculada Colau. Hace unos años, esta vía era más bien oscura y de un aire algo fantasmal. Lúgubre, comenzó a iluminarse cuando se ensancharon sus aceras, se redujo el tráfico a un sólo carril y el comercio despertó de su letargo. Donde hubo una cacharrería hay hoy un restaurante francés. Y el local que ocupaba un negocio de repuestos para automóviles ofrece ahora tostadas integrales de aguacate. Los viejos habitantes se fueron muriendo y en sus pisos pernoctan turistas alérgicos a los hoteles. No es extraño ver, cualquier día, cómo unos forzudos operarios van sacando de un portal muebles de añeja madera, espejos tallados y butacas con la tapicería gastada. Una vida se ha acabado y, en su lugar, llegará otra adornada de anodinos enseres diseñados en Suecia. Hay algún extranjero que, llamado por la buena fama de la calle y su excelente localización, se compra incluso una vivienda, como mi nuevo vecino, un mexicano que pagó casi dos millones de euros al antiguo propietario.

El caso, o la fijación de la alcaldesa por esta vía, es económico. Se dice que no hay calle en todo el distrito con más terrazas. Uno puede comer mexicano, cocina clásica catalana, tapas modernas, pizza o platos del lejano oriente. Hay incluso un restaurante espectáculo con enanos y señoritas disfrazadas de indígenas americanas, con plumas en la cabeza y muy ligeras de ropa. Subsiste todavía algún negocio de antaño, como el puticlub Pep’s Corner, el restaurante Sense Pressa (qué paletilla de lechazo, qué ensalada de cigalas) o la (excelente) pescadería Frederic. Bien, la maniática y obsesiva Colau ha decidido perjudicar en la medida de lo posible el éxito de Enrique Granados: a partir de ahora todas las terrazas deberán cerrar a las once de la noche. Lo que supone que sobre las diez y media los clientes deberán levantar el culo de los asientos. Nada de sobremesas y a la cama pronto. La medida se aplica sólo a la calle, no a las adyacentes, que seguramente se frotarán las manos ante la expectativa de una traslación del terraceo.

Me comentaba un restaurador que no va a poder servir ya cenas fuera, a no ser que aparezca algún guiri de esos que comienzan a zampar a las ocho. El asunto es que, gracias al ayuntamiento y por si no hubiera sido poco el periodo pandémico, bajará su facturación un veinte por ciento, aproximadamente. Deberá, así, reducir plantilla. Lo que se conoce, vaya, como políticas sociales de la nueva izquierda. “¡Que nadie se quede fuera!”, repiten. Será fuera de la cola del paro. En el fondo, dichas políticas buscan precisamente crear un paisaje chavista, el empobrecimiento general y la destrucción de la actividad económica privada. Y, en el caso particular de Barcelona, matar todos sus brillos, tan trabajosamente conseguidos durante los años del municipalismo de sentido común, en el que, por cierto, participaba un PSC-PSOE que ahora devasta la ciudad. No hay día en que la infantil y peligrosísima Inmaculada no tenga una ocurrencia.

El contribuyente está ya pagando las faraónicas obras del nuevo tranvía, absurda y cara obsesión pudiendo reforzar la flota de autobuses, algo mucho más barato y eficaz. Una mañana, un vecino baja a comprar el pan y encuentra que su calle está plagada de bloques o bolas de hormigón (ya han causado graves accidentes de motoristas) y el pavimento lo han pintado de colorines. A esto le llama el equipo de gobierno “urbanismo táctico” y comprende también la implantación de prohibitivos carriles bici, aunque los ciclistas sigan yendo por donde les da la gana. Pero sobre todo, tal urbanismo es una guerra declarada a la racionalidad de Barcelona, la cuadrícula prodigiosa. Y, cómo no, la intención de teñir de la fealdad y tristeza propias del podemismo.

Eternamente, Yolanda

(Publicado en El Español, 27/7/2022)

“Por decir en una metáfora, lo que a mí me seduce […] es esta imagen tan triste, tan hermosa y tan tierna en la niña afgana que se ha convertido en viral en Twitter […] bueno yo creo que estamos en política todas nosotras por la sonrisa de esa niña.” Estas palabras, labradas ya en los mármoles de la nueva política, fueron pronunciadas por Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno, en un discurso que algunos periodistas del régimen populista han calificado de “histórico”.

Yolanda es una mujer sensible. Encerrada en ese marco emocional, no puede resistirse a la bonita misión de evangelizar la política, tan fea y austera antes de su providencial aparición. Así, lanza al viento de la nación cosas nacidas del alma, que repite una y otra vez: “cariño” y “alegría”. ¿Y qué puede haber más importante que el cariño y la alegría en un país con un 13% de paro (27% en menores de veinticinco años)? Se podría decir que ella no es la responsable del desastre, si bien, que sepamos, es ministra de Trabajo. Tengamos, pues, fe y entreguémonos al alborozo y al amor, enemigos letales del desempleo. Sobre este grave asunto, la receta de Yolanda (el cariño, en suma) ha consistido en regar de ayudas a los futuros votantes. Aquello mismo que el pituso Íñigo Errejón confesó sin rubor hace unos años: crear redes, es decir, redes clientelares. El sector de la hostelería aclaraba la situación hace unos días, en declaraciones a ABC: “Te viene mucha gente diciendo ‘no me hagas contrato, porque estoy cobrando una ayuda’”.

Luego está la cuestión de los viajes “oficiales” de la señora. Aficionada a visitar al papa (al argentino lo ven como un filón publicitario de la izquierda internacional), no queda clara la naturaleza de dichos encuentros. Transparencia no ha recibido todavía una explicación convincente al respecto. El último periplo, baratísimo según el Gobierno (224 euros en concepto de dietas), podría haberse financiado con dinero público, Falcon y escolta mediante. Por cierto, sepan que las dietas de los funcionarios de policía llevan congeladas desde 2002.

Otra belleza que ha aportado Díaz a la historia de la retórica española resonó en el Matadero de Madrid, con motivo de la gala de Sumar y ante la presencia del avieso Juan Carlos Monedero: «La política es escuchar, escuchar, escuchar…” Es decir, la vieja escuela del análisis y la actuación, e incluso la del escuchar poco y que los técnicos hagan su trabajo, ha muerto, según nuestra heroína. En verdad, y escuchando sus giros verborreicos imposibles, sus frases inconexas, da la impresión de que ella está en política para escucharse a sí misma. O que tiene una relación compleja con la realidad. Me recuerda al colegio, cuando el profesor me espetaba: “¡García, no se enrolle, no ha estudiado la lección!” Con fortuna, y después de mucho ejercicio, quizás llegue a darse cuenta de la interminable palabrería con la que ha inundado el discurso general. Un aluvión de nadería intelectual.

Por humanidad, deberíamos compadecernos de que un ser de luz, con tan nobles intenciones, no dé pie con bola. Si la puesta de largo de su nueva formación Sumar le llenó de alegría, el proyecto inicial no ha hecho sino restar con el tiempo. Primero conquistó para la causa, paseando ufanas por las decadentes Ramblas, a una Colau ya imputada. Después se cayó del cartel Oltra, investigada por un repugnante caso de presunta pederastia. Y ahora, abnegada, comunica a una nación tan necesitada de su afecto que Sumar no se presentará ni a municipales ni a autonómicas. Un varapalo.

Ahondando en la sensibilidad de nuestra querida ministra, faro entrañable de la nueva izquierda, recupero unos versos de Pablo Milanés, autor con el que Yolanda comparte pasión por el Manifiesto Comunista: “Si alguna vez me siento derrotado, renuncio a ver el sol cada mañana, rezando el credo que me has enseñado, miro a tu cara y digo en la ventana: Yolanda, Yolanda. Eternamente, Yolanda.”

Las edades de la corbata. Historia de un trapo.

El ser humano es una fábrica de caprichos. Digamos que, en dos mil años de civilización occidental, nos ha dado tiempo a construir misterios apasionantes como Bizancio y, del mismo modo, alumbrarnos individualmente gracias a un trocito de tela. Poner luz sobre todas las cosas, grandes y pequeñas, ha sido tarea ineludible, no siempre plácida, del historiador. Quedémonos ahora con el trocito de tela.

La corbata. Small is beautiful, ladró Snoopy parafraseando a un economista británico sobre la crisis mundial de 1973. Parece casi justo reconocer que la corbata, compañera del hombre durante siglos, está sin embargo huérfana de literatura contemporánea. Su existencia, frívola para quien someramente la juzgue, no ha merecido tratados, ni versos aclamatorios, apenas unos pocos libros justicieros. Esto es extraño si pensamos que dicha prenda, a punto de morir varias veces, ha estado en mil batallas -también amorosas-, en incontables congresos, cumbres, hoteles, salones, oficinas y despachos, garitas, platós, asesinatos, funerales, bodas, cocktails, guerras, duelos, fiestas y lugares de toda luz. Si la corbata tuviera alma -de hecho la tiene: el alma es la entretela de su interior, la que le procura vida- sería desde luego propicia a establecer un juicio sobre los hombres, sobre los millones de hombres que, elegantes, desarrapados, reyes, porteros, cantantes o mafiosos han envuelto sus cuellos con esa misteriosa tira de tela. No hay objeto tan sencillo y elocuente, tan evocador de un estado de ánimo y de un carácter, tan feliz en definitiva, como la corbata. No es un adorno, sino un símbolo, afirmó Giovanni Nuvoletti, ejemplo del bon ton y la ironía.

Para dar cuenta de las edades de nuestra heroica prenda tenemos el libro Elogio de la corbata (Mariarosa Schiaffino e Irvana Malabarba), prologado por el mismo Nuvoletti, dandy contemporáneo despojado de la habitual aureola maldita; conde que vivió como un señor, marido de una hermana del célebre abogado Agnelli. En segundo lugar, están las páginas de Arte de ponerse la corbata (1827), del conde Della Salda, en edición barcelonesa de 1832. Es este conde quien advierte, premisa fundamental, que todos los nudos parten del gordiano, el que Alejandro Magno deshizo por las buenas con su espada: advertencia histórica para quienes se anudan la corbata sin atender a las normas. Se calculan treinta y dos nudos, dependiendo del carácter, la profesión o el humor de cada cual. Hay un nudo Byron para románticos empedernidos, un nudo de gastrónomo oun nudo matemático para los estudiantes de esa materia.

Los autores que han escrito la historia de la corbata -profundamente François Chaille en Grande histoire de la cravate– coinciden en situar su primitivo origen en el focale, pañuelo largo anudado sin muchas atenciones que lucían algunos legionarios del ejército imperial romano. Esto puede apreciarse en algunas escenas de la Columna de Trajano (Roma). A partir de las invasiones bárbaras, la caída del imperio y el comienzo de la Edad Media, no se tienen noticias de prenda similar al focale. Repasando los tipos de atuendos de aquellos tiempos lejanos, ningún trapo complementaba a tabardos, balandres, mantos o capas, ya sea para el código noble como para el vasallo. Quizá la capucha, aceptada en ropajes como los citados, bastara para proteger las gargantas de los caballeros. La habitual oscuridad medieval supone, a falta de documentación, que nadie llevaba nada que tapara su cuello. Es delicioso el misterio que ocupa en nuestra cultura la Edad Media, nebuloso tiempo de caballeros, espadas, aventuras e ideales que se convierten en leyes, búsqueda de la verdad en el interminable bosque europeo. Pero sin corbata.

Desde el siglo XIV hasta -al menos en Francia- la época de Luis XIII se cubrieron los cuellos con gorgueras, fino decorado que llegaba hasta la barbilla. Fue este rey quien puso de moda el cuello de encaje. En La rendición de Breda, de Diego Velázquez, pueden apreciarse dichos cuellos y, también, en el personaje central tras Spínola, una gorguera bastante discreta. En todo caso, el primer documento tras siglos de silencio medieval es un retrato del poeta Ivan Gundulič encorbatado (1662). Éste señor era croata, dato coincidente con el origen moderno de la corbata: la cravat, pañuelo que llevaban los mercenarios croatas del ejército francés en la Guerra de los Treinta Años, unas décadas antes del citado retrato.

En la Francia cortesana era habitual que las ocurrencias del monarca, a veces atinadas, otras extravagantes, fueran imitadas por los nobles siguiendo una lógica estrictamente jerárquica. El rey Luis XIV inventó una extraña corbata, muy complicada, con nudos de seda de colores y nubes de encaje. Existe un retrato ecuestre, de Charles Le Brun (hacia 1668), en que se aprecia un caballo de doradas crines, la mirada triste del rey y su corbata, vaporosa como una cascada del Paraíso. En la España del XVIII se usó la corbata según instruía la ordenanza: «Bien ajustada, metida bajo la chupa o retorcida y metida en un ojal de la casaca.» Luis XV de Francia y de Navarra, el Bienamado rey rococó, tuvo la originalidad de crear el puesto de portacorbatas, criado encargado de ponerle y quitarle dicha prenda. Durante aquel tiempo, en Inglaterra también pasaron cosas: nació y se puso de moda el neck-stock, una tira de lino rígida sujetada en la nuca con un broche, en ocasiones muy lujoso. La época vio nacer modas extravagantes, como las macaronis, corbatas que popularizaron miembros de un club del mismo nombre que, habiendo viajado a Italia, lucían ropas muy llamativas.

El ministro Talleyrand observó una vez que solo quien vivió en Francia antes de los hechos de 1789 había podido conocer la douceur de vivre. La Revolución Francesa acabó con un mundo, y la corbata no fue ajena a tal impacto. Digamos que, como símbolo aristocrático, se vio arrastrada hacia la guillotina en compañía de pelucas, chorreras y bordados. Aunque, verbigracia de los revolucionarios de ayer y hoy, los líderes de las muchedumbres aparecen retratados con bellas corbatas y aristocráticos aires, Robespierre el primero y más elegante. Una prenda que consiguió sobrevivir al Terror debería considerarse en su gran fortaleza, pues ni siquiera los sans-cravates consiguieron eliminarla. Los sueños y pesadillas revolucionarios, muertos en el amanecer del Congreso de Viena, dieron paso a la alegría, desmedida quizás, aunque comprensible: enormes corbatas de tejidos y colores variados, adornadas diversamente. Cuenta un episodio que el general Lassalle, amante de una rara corbata doble, negra y blanca, salvó la vida gracias a esa dicotomía textil, encontrando un proyectil incrustado en las telas después de la batalla.

Tras el uso de los opulentos y asfixiantes pañuelos del XVIII, la corbata inició su inconcluso reinado en la primera mitad del siglo XIX. No es posible decir cosas acerca del vestir y no tener en cuenta a George Bryan Brummell, señorito inglés convertido en canon de la moda contemporánea, no tanto por sus ropajes de época como por la regla principal que significa: el sentido de la medida, la elegancia informal. Sobre el Beau recae una imagen de auge y caída, una historia universal en cuanto repetida infinitamente, sólo que en su caso es paradigmática por grandilocuente, bella y triste, melancólica en suma. Pasó de ser imprescindible para el rey Jorge IV a morir en la ruina y loco en Francia, creyendo ser el anfitrión de fiestas inexistentes para todos menos para él. Existen unos versillos, anónimos aunque atribuidos a veces al Beau, sobre la corbata:

Mi corbata constituye mi primera preocupación

Ya que nosotros juramos tales normas de elegancia,

y me cuesta cada mañana muchas horas de trabajo

hacer que parezca anudada a toda prisa.

A mediados del siglo XIX se impuso la corbata negra, no sin haber recorrido un tortuoso camino hasta su aceptación social. En principio, se consideró este color distintivo de los sans-gênes demócratas, y cuando Don Pedro de Brasil se presentó en casa de un primo suyo con una corbata negra el asunto mereció un comentario en el periódico Illustration. Debemos a las recomendaciones de Filippo de Pisis, en los años 1920, el aspecto actual de la corbata: «sencilla, de seda o lana, con un tono profundo», aspectos que definen la popularización de la prenda hasta nuestros días. Los mejores materiales son la lana en invierno y la seda en cualquier estación. En cuanto al nudo, el que prevalece en la actualidad es el four-in-hand.

Todo el siglo XX (y hasta nuestros días), las tendencias comprenden la recuperación de formas ya existentes (el corbatín existencialista de los años setenta), materiales novedosos (la piel teñida, de moda en los ochenta) y decoraciones extravagantes (una asombrosa libertad de estampados y colores a partir de los noventa). Algunos personajes nacionales, como Jaime de Mora o el periodista televisivo Carrascal, acentuaron su imagen con corbatas de motivos y colores estrafalarios. Atrevimientos que, en la actualidad, son difíciles ver. Nuestra querida prenda permanece hoy viva, casi exclusivamente, en ambientes laborales, eventos familiares y en el mundo de la política, donde, en cualquier caso, ha visto amenazado su tradicional reinado. Quizás por un sentido laxo de las formas, de la estética fuerte que representa la corbata, declarada enemiga por los atribulados pancartistas en camiseta que ocupan escaños e instituciones públicas.

¿Y si gobernara la derecha?

(Publicado en El Español, 29/6/2022)

¿Qué ocurriría si, gobernando la derecha, murieran veintitrés inmigrantes en la valla de Melilla? ¿Y si ese mismo gobierno de derechas impusiera el silencio por tratarse de una “cuestión sensible”? ¿Y si, además, el presidente de derechas elogiara a la gendarmería marroquí? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas regalara el Sahara a Marruecos? ¿Y si, tras esa decisión, se enemistara con Argelia, proveedora de gas, qué ocurriría? ¿Qué ocurriría si se disparase la inflación bajo un gobierno de derechas? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas forzara la dimisión del presidente del INE?¿Qué ocurriría si, con un gobierno de derechas, el precio de la luz batiera todos los récords? ¿Y si hubieran más de tres millones de parados, qué ocurriría?

¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas acogiera en España una cumbre de la OTAN? ¿Qué ocurriría si un secretario de Estado de derechas se manifestara en la calle contra esa misma cumbre? ¿Y si ese gobierno nombrara fiscal general del Estado a una ministra? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas controlara por asalto una gran multinacional, como Indra? ¿Qué ocurriría si, en una coalición de derechas, un vicepresidente elevara a ministra a su mujer? ¿Y si un gobierno de derechas indultara a un condenado por secuestrar a su hijo? ¿Y qué ocurriría si, en una autonomía de derechas, la vicepresidenta hubiera sido imputada por supuesto encubrimiento en un caso de pederastia?

¿Qué ocurriría si la segunda ciudad del país se hubiera convertido en la perla del crimen organizado siendo gobernada por la derecha? ¿Y si esa misma alcaldesa de derechas estuviera imputada por prevaricación? ¿Qué ocurriría bajo un gobierno de derechas si el presidente hiciera un uso indiscriminado del Falcon? ¿Y si ese mismo presidente mintiera con desparpajo al atribuir a la guerra en Ucrania la ralentización de la economía? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas vetara a periodistas molestos en sus ruedas de prensa? ¿Y si ninguneara dicho gobierno a la oposición en las sesiones de control parlamentario? ¿Qué ocurriría si un gobierno de derechas negociara la legislatura con viejos terroristas?

La respuesta a todas estas preguntas la ofreció Adriana Lastra unos días antes de la debacle electoral en Andalucía, cuando animó a votar correctamente para “no tener que salir a las calles” contra la derecha.