Servir para algo

(Fotografía del autor)

Es común estos días de confinamiento encontrar en prensa el entrañable género del diario de la pandemia. Muchos nos hemos lanzado a trazarlo, algunos mediante el teclado qwerty y los más con la rudimentaria memeteca, confeccionando una lista pavorosa de series en Netflix o, de un modo encantador, en repetidos monólogos silenciosos mientras la leche se calienta en el microondas. La domiciliación de las conciencias tiene, estos días, algunas ramificaciones estéticas: el solitario que protege su naturaleza tras esas cortinas que nunca se descorren; la jovencita en mallas que hace spinning frente a un público encantado, en el edificio de enfrente; la familia que sale a armar ruido al balcón cada tarde. De estas cosas, observadas desde la propia vivienda, sospechamos la concentración doméstica de la vida y sus pequeños dramas. Por ejemplo, el hartazgo de comer en lata todos los grandes platos de legumbres de la cocina española, día sí y día también; vestirse como si uno tuviera reunión del consejo de administración para en realidad repantingarse todo el día en el sofá. Incluso podríamos elaborar un mapa anímico, aquella enquistada monotonía que la diaria distancia física disimulaba y que ahora se torna exasperante; o el severo roce durante estas jornadas de obligado acercamiento. Todas las pulsiones se han debido concentrar, pero de manera obligada, lo cual puede sacar de quicio hasta al más pintado.

Hay un breve momento del día en que vemos a un señor sacar la cabeza por la ventana y fumarse uno de esos cigarrillos estoicos, y resulta admirable. Asimismo, oímos, lejanamente, quién sabe en qué piso, algarabía de los sexos y, cuando la noche extiende su manto negro, un silencio exótico, ausente desde tiempos muy lejanos, quizás desde la última guerra. Desconozco cuál será el consumo de recuerdos, con todo este periodo de soledades y cifras escalofriantes, pero podría la melancolía estar librando una de sus batallas, como suele de tanto en tanto. Veremos, cuando abandonemos los hogares, el índice de quiebras, personales y colectivas. Por otra parte, deben existir grupos familiares boyantes, casas enloquecidas con niños y abuelos perseverando en la disciplina, desbaratada por las manías del menor de la prole o los despistes del padre. Todos esos retratos me quedan lejos, al otro lado del teléfono, cuando llamo para interesarme por los allegados.

Se alcanza una certeza gracias al confinamiento y es que, aun en condiciones de forzada soledad, buscamos por cualquier medio sabotearla. El animal casero tiende a la feliz idea de la comunidad, aunque en verdad le importen tres rábanos los problemas y pasiones de los demás. También propende, como aquel Richard Sherman en La tentación vive arriba, a la imaginación sensual, esa que brota inesperadamente entretanto la tortilla se cuaja en la sartén humeante. Los diarios de la pandemia desempolvan un género individualista, principio denostado por la muy iliberal campaña política del confinamiento. De todo este extraño periodo, refutación de lo posmoderno, retorno a la Historia por vía de una pandemia, no sé si la literatura se verá enriquecida o si estaremos, tras su paso, demasiado ocupados en olvidar, ejercicio aquí siempre practicado. Ambas soluciones, en cualquier caso, me remiten a un concepto vago de utilidad, servir o no para algo.

Un virus para la posverdad (V)

En la gestión de la pandemia, este Gobierno ha colocado a España en cotas de leyenda negra. Lo cual, digamos, ahonda en una funesta tradición -inventada o no, exagerada por ciertos intereses patrios y extranjeros, alimentada durante el Franquismo- que el país había conseguido quitarse de encima en las últimas décadas, amén de la modernización iniciada por unos ya lejanos tecnócratas y consolidada en democracia. Embarrado por un atropello de tardías y pésimas decisiones y una abultadísima cifra de fallecidos, el actual caso político nos pone en un desprestigio nacional e internacional con el que se deberá cargar en los próximos y decisivos tiempos. Un estado de melancolía con importantes pretendientes a su rescate y los riesgos derivados. La corrupción del vigente gabinete de inútiles (no se aclaran ni al redactar un decreto) está en su concepción del ejercicio político, y tiene dos manantiales: el de un populista bolivariano y el de un lúbrico mediático. El primero aguarda la oportunidad para, desde el Estado, subvertir el constitucionalismo en otra cosa, partisana, nacionalizadora, de espíritu anticapitalista (en la CEOE lo tienen claro y así lo han manifestado públicamente). El segundo es un animal político, no parece seguir ningún ideario, excepto el que hoy pueda instrumentalizar para perpetuarse mañana en Moncloa. Ambos personajes convergen en una perversión gigantesca, la del poder que tiene a la mentira (la posverdad) como principal herramienta de uso, sin ningún tipo de sonrojo ni precaución. El resultado es una democracia en horas bajas, merced a una oposición (hay gratas excepciones, como el sorpresivo Almeida) que carga todavía con complejos de inferioridad, aplanada por una época de valores blandos y referentes idiotas. Panorama poco halagüeño, los medios afines trabajan denodadamente para que cualquier atisbo de crítica sea denigrado, por cuenta de las exitosas etiquetas (caverna, ultraderecha). Luego está la reina televisión (la web no la mató), abono diario de la estulticia por vía del entretenimiento político (ahorren ingenuidades del tipo “ofrecemos un servicio público”, somos enanos pero viejos). Incluso, y excusen esta vía de escape argumental, los humoristas y demás farándula, siervos de la izquierda, nos proponen sus infectas ocurrencias; lo hacen para retener algo del botín público. Es quizás éste el sector menos dado a la coherencia entre lo que proclama y lo que en realidad ha hecho siempre y sigue haciendo. Todas las toneladas de demagogia se vierten sobre el español medio, una gruesa bolsa humana que, antes, estaba rendida a la institución familiar, con sus entrañables sistemas de verificación, como los problemas de papá en el trabajo, derivados de un jefe envidioso, o las croquetas de mamá, insuperables. Pero “aquellas familias ya no existen, en su lugar se ha instalado la web, un espacio que permite hacer conjeturas sobre lo que se quiera. Y todo ello para satisfacer la más grande esperanza que pueda motivar a un ser humano: la de ser reconocido por sus semejantes, aunque sea solo por un like”, escribe Ferraris. Respecto al juego de la política, en una nación abotargada, empachada de eslóganes y debates estériles, el cuerpo electoral sanciona lo que sanciona. Inyectada la plebe en burdos conceptos ideológicos, en la casi imposible comprobación de la veracidad del relato (al que habría que comenzar a denominar, por salud mental, ‘cuento chino’), los líderes deben brindar ufanos, conocedores de una circunstancia tan benévola a su maraña de posverdad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Españolerías

«Cada pueblo tiene sus cóleras, y ya el padre Gracián, que no rechazaba los Cariñena, pese a su delicado estómago, advertía que la ‘cólera natural del español exige la libertad de palabra’», escribía Álvaro Cunqueiro para justificar sus letras sobre saberes, invenciones y gozos de la imaginación coquinaria y vinícola. Con parecido espíritu, que no pluma, inicia Barcelonerías un blog coquinario, o cocinólogo, término éste de Xavier Domingo.

Si gustan, pueden ya comenzar a leer esas españolerías, que irán publicándose periódicamente, pinchando en el siguiente enlace:

Españolerías

Gracias por su amable atención.

Un virus para la posverdad (IV)

Más de trece mil fallecidos. El cómputo macabro, cuando sobrepasa ciertas cifras, deja de conservar un valor, digamos, espiritual para presentarse frío, carente de emotividad. En una consideración desiderativa, vale lo mismo un muerto que diez mil, pero la gran suma es ya sólo eso, estadística. Difícil acercar un único relato siendo tantos los que contiene, particulares, dramáticos para muchas familias. Consideremos, además, la lista de daños colaterales, personas que esperaban una intervención y que no han podido ser atendidas. Doy un dato, que no pretende culpabilizar sino poner luz: en el hospital general de Vall d’Hebron (Barcelona) hay operativos solamente cinco quirófanos de veinte. 

Luego está el tema cultural. España, me da la impresión, nunca ha sido muy buena recordando, a pesar de la machacona propaganda de la memoria. Eso nos lo pueden explicar los parientes y amigos de los asesinados por el terrorismo, por ejemplo. Digamos que es la nuestra una nación en que la simbología de los caídos está sujeta al desprecio, sea por desidia, pereza o por algún interés político. 

No iba a ser menos en el aspecto de la tabula rasa, del olvido sinuoso, este Gobierno de la posverdad. Recorrido un camino lleno de obstáculos, salvados todos con las artes de un príncipe maquiavélico, el presidente se ha acomodado en las charlas televisivas y en las ruedas de prensa a su medida, que quizás le parezcan a él suficiente compensación a los dislates de la gestión gubernamental de la pandemia. En cualquier caso, Sánchez debe conocer bien la distendida psicología de los españoles, a la que fía su juicio para la posteridad, o sea, el secular mecanismo patrio de vivir en un presente sin melancolías. Y a otra cosa, mariposa. Los muertos, ausentes de cualquier crónica, de toda imagen que no sea el estremecedor y siempre caduco número, no merecen ni un postrero adiós y sus allegados lloran invisibles en pisitos, tras los balcones tristes donde no suenan ni aplausos ni canciones del Dúo Dinámico. 

Sánchez está construido a la medida del populismo y sus maneras. Estas no incluyen necesariamente la verdad, como sabemos, sino las múltiples e intercambiables verdades según la necesidad del momento. “Nadie (aparte del Mesías) tiene la pasión de la verdad, a menos que no sea la propia”, escribe Giuliano Ferrara. Superando lo posmoderno, nuestro líder -que es un líder de su tiempo- se apoya en la sacrosanta credulidad del nuevo milenio: aunque se demuestre la falsedad de un argumento, el éxito de la denuncia se ahoga en el relativismo. Así, no existe una verdad, existen muchas y podemos echar mano de la que más nos guste cuando convenga. Este es el magnífico fruto, esplendoroso principio de aquel renacimiento nietzscheano que las izquierdas fecundaron el siglo pasado. Un monstruo que ahora nos domina.

Con el decreto del estado de alarma, Sánchez prueba una cosa populista: el cesarismo. Deslegitimada la fuente de autoridad del saber, estos políticos de inédita talla erotizan la práctica del poder con la otra secular fuente de autoridad, el imperium, como bien apunta el filósofo Ferraris. A dicho fenómeno tenemos que añadirle, inmaculado adorno de la posverdad, el papel que el emperador de Galapagar y su partido juegan en la actual trama: gesticulación, insolvencia intelectual, pero también descrédito del régimen vigente (socavar el capitalismo es tarea más enjundiosa). Resultan entrañables las alocuciones públicas de estos señoritos, arañazos al léxico y ensombrecimiento estético del poder: como soñador bolivariano, Iglesias advierte de la existencia de un golpismo, y uno ya va teniendo la mosca detrás de la oreja respecto a tales mensajes, en absoluto inocentes. La próxima semana, si es que no lo hemos hecho todavía, hablaremos de la imbecilidad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (III)

La semana pasada cerraba mi nota con tonos bélicos, recordando que la Gran Guerra (1914-1918) supuso el final de un mundo, el largo siglo decimonónico. Hoy, la vuelta al planeta Tierra del COVID-19 podría tener las consecuencias culturales de un conflicto mundial, pues ya intuimos que, tras su paso, nuestras sociedades no serán las de antes, aunque el ‘antes’ se sitúe solo dos o tres meses en el calendario finado. Dicen las almas agoreras que experimentaremos una especie de posguerra. Sobre ello, una puntualización: se habla muchas veces de las posguerras (la nuestra de los años cuarenta, por ejemplo) como periodos durísimos. Sí, durísimos, pero ¿comparados con qué? ¿con las anteriores bombas, masacres y campos de batalla? Bien, advirtamos el pasado para el futuro, si es que de algo pudiera servir a alguien, además de asustarnos todos.

El apocalipsis ya está aquí (en realidad nunca se fue, pero la tesitura le brinda una magnífica ocasión para publicitarse), y nos coge encerrados en el domicilio, donde las ideas y los temores tienen poca posibilidad de airearse. Gracias a las redes, que lo son todo en un mundo de posverdad, los bulos, las tergiversaciones y los chistes más o menos malos, más o menos realistas, se transmiten de un modo abultado. El mecanismo de este nuevo mundo que ya no es el posmoderno sino el postruista, según las tesis de Ferraris que aquí seguimos, es fácil: las redes sociales convierten al receptor de ‘noticias’ en productor y transmisor. Todos podemos expresar nuestra opinión, aunque no sea razonable, aunque sea una imbecilidad, con el perjuicio de que, además, tal opinión puede tener éxito.

Pero el poder conserva su espíritu, mayormente dedicado a la propia supervivencia. Gozamos de un Gobierno que disimula su incompetencia con propaganda populista. Cada mala noticia deriva de aquella torpeza. Y Sánchez intenta mitigarlas con charlas sentimentales en televisión y turnos de preguntas de estilo régimen autoritario (periodismo gregario). Por su parte, Iglesias sigue como un postruista ad hoc, paladín de la posverdad. Así, sale de su ministerio simbólico y ordenancista una idea tan vieja como diseñada para la actual ocasión: los empresarios son malos, se aprovechan del pobre trabajador. De tal manera, allana el terreno con demagogia para una posterior acción, la de la marginación del eterno enemigo de la izquierda, el cruel patrono. Quizás la renovación de un discurso populista rancio encuentre fortuna, pues el terreno está, ideológicamente, bastante llano desde 2008, merced a una incesante campaña mediática. Hay unos cuantos millones de españoles extraños a la crítica ilustrada, fenómeno que Ferraris explica así: “Ajeno a toda cautela crítica, impermeable a cualquier desmentido, el postruista verá en las voces disidentes los hilos de una telaraña universal, de una maniobra organizada por poderes fuertes, aristocracias intelectuales.”

Como es público y notorio, el fin de semana, con nocturnidad, el Gobierno siguió la senda de hundir la economía y flirtear con la inseguridad jurídica, sin consultar a nadie (ni a empresarios, ni a la oposición, ni a Europa). Las formas del gabinete son, por tanto, del secular y muy castizo ordeno y mando. En cuanto al fondo, resulta preocupante evocar la conocida erótica del poderoso que avanza en su particular control de los gobernados, al fin súbditos y no ciudadanos. En cualquier caso, quiero finalizar esta nota semanal, querido lector, con esperanza reformadora y plausible optimismo. Estando el país en confinamiento y los españoles con mucho tiempo a su disposición, exorcicemos las sombras que se ciernen sobre la nación y alberguemos una posible ganancia: lo dejó escrito Samuel Johnson, “todo progreso intelectual deriva del ocio”.

(Nota publicada en Ok Diario)

Huir tras la propia sombra

En las cuestiones del público parecer, como en las del emparejamiento carnal (la peligrosa confianza en el amado) o en las de enajenación socializadora (estas modas políticas), simpatizo con los destemplados. Propensos a cambiar el punto de mira y dar un golpe de timón, ignorando temores, sabiendo lo de Valéry: “Toda persona es inferior a su obra más bella.” La vida, una correría contra el melindroso aburguesamiento de bautizo, (buena) boda y (mejor) funeral. Por ejemplo, aquellos victorianos que, en una ventolera, levantaban el culo del sillón del club, frente a la sempiterna chimenea, dejaban caer al suelo el Times y ponían rumbo a las tinieblas del África negra.

A tales individuos se les suele llamar contradictorios, un adjetivo que infunde terror. En una sociedad un poco pacata, que guarda admiración por un sentido, digamos, tan imperturbable como hipócrita del deber, los cambios de opinión son debilidades, cuando no traiciones. Lo identifico con la necesidad de erotizar. Aflora en el imaginario una representación magnífica, férrea, que mantiene sus convicciones contra cambios climatológicos. Como consecuencia de un modo tan poco laxo de observar (y observarse), al descubrimiento de que un héroe tiene ropa por lavar, o cualquier otra menudencia, lo sentimos acero hundiéndose en nuestra sensible y adorable carne.

¿Deberíamos poder cambiar de opinión? Es probable. No imagino una vida intelectual más aburrida que la de un tipo, pongamos por caso, aficionado a la etiología de las coles de Bruselas con quince años, con cuarenta y en el final de su viaje. Alguien quizá valorará la perseverancia, quedarse quieto esperando que la Historia le dé la razón. Pero ese señor es, sencillamente, un creyente.

Una plausible salida a todo lo anterior podría ser la burla, aparato cruelísimo y eficaz. Hagan la prueba. Mírense en el espejo del hall, ese que está tan mal situado, en el que nunca pueden verse enteros, en su total dimensión. Realidad paisajística e impertinente metáfora. Muevan ligeramente las columnas que les sostienen, conquisten la imagen doméstica de un príncipe palatino. Consulten sottovoce: ‘¿quién es el más bello, Luis Alberto de Cuenca, Silvio Berlusconi o yo?’ Entonces, como un milagro, verán su entera imagen, el espejo ha hablado. Serán rescatados por un manto de ternura. Descifrarán la impertinencia de Carlyle y de la humanidad entera. Y, sobre todo, economizarán infinitos dolores de cabeza.

Un virus para la posverdad (II)

(Ilustración de Fernando Krahn)

Segunda semana de pandemia, si bien queda meridianamente diáfano que el COVID-19, en su vertiginosa vuelta al mundo, se había paseado por España con anterioridad. La temperatura política, tradición que nunca abandonamos en esta tierra de reyes, va en aumento conforme la enfermedad destapa con crueldad la fragilidad humana y las capacidades intelectuales de quienes nos gobiernan. No así sus irrefrenables raptos dionisíacos. El presidente Sánchez, desde aquel iracundo Consejo de Ministros que decidió el estado de alarma, toma por hábito una indecorosa impuntualidad en sus apariciones televisivas. Como esas estrellas rutilantes de Hollywood, demora la cita, mientras los ibéricos, en sus domicilios, entre veloces visitas al cuarto de baño, una carrera a la nevera a por una cervecita o un cigarrillo rápido en el balcón sospechan algún anuncio importantísimo. Pero no, el presidente, a la par que impuntual (esas formas) se ha convertido ya, con sus cálidas y dilatadas charlas, en un miembro más de la gran familia hispana: mientras habla, el lapso sentados en el retrete se alarga, la nevera ofrece más información que su charla y el hilo azul de los cigarrillos, al negro fresco de la noche, dibuja el cielo serenamente. 

La cifra de finados y de enfermos se mezcla, como un torbellino de ansiedades, temores y buenos sentimientos, con la talla de nuestros representantes públicos. No vivimos tiempos gloriosos, a los dirigentes me refiero, mezclados en cuitas y cálculos miserables, sonrojante camarilla aplaudida por el periodismo mezquino. Hobbes afirmó que “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Me parece que la frase cobra un sentido fuerte hoy, del mismo modo que sugiere la cuestión de si los gobernantes veían la verdad antes de que fuera demasiado tarde. O si alguna vez la verán. En el lado bueno están quienes de manera ejemplar sostienen, momentos ásperos y tristes, la civilización, este común acuerdo, sus viejas columnas. Habrá, quizás, un frenesí de heridas morales no cerradas, un debe y un haber a revisar, cuando todo haya acabado, en la posguerra que se anuncia muy difícil. Cuando España, la de los honrosos médicos, enfermeros, soldados, barrenderos, camioneros, agricultores, ganaderos, empresarios, policías y un largo demás pueda mandar a sus casas a las huestes de la demagogia. Estos incapaces, hijos de la picaresca, que tanta fama, dinero y poder acumulan desde la ya lejana crisis de 2008.

Hay estampas de divergente tono. Donde habito (Barcelona) y en un orden zoológico menor, pintoresco, algunos jabalíes comienzan a bajar desde la montaña de Collserola para colonizar una ciudad vacía. Esta semana se vio a un magnífico ejemplar paseando por la Diagonal, imagen nueva que substituye a abogados en corbata y a señoras que han quedado con las amigas para tomar un gin & tonic en alguna terraza. También subrayo, alegre, la progresiva extinción de las colúmbidas, aves detestables. Es esta pequeña alegría una vorágine de la posverdad: todo paradigma tiene su romanticismo. 

Volviendo al homo sapiens, la alcaldesa de Guayaquil, señora doña Cynthia Viteri, ha surgido al mundo noticioso peleando por ganarse un lugar en el altar del postruismo: impidió con malas artes y redes sociales (espacio divino de la posverdad) que un avión aterrizara en su ciudad para repatriar a compatriotas nuestros. Puso incluso en peligro la vida de la tripulación cuando ordenó ocupar con vehículos la pista del aeropuerto. La muesca moral del episodio no tiene mucha discusión; en cuanto al mecanismo -lo que lo hace funcionar políticamente- no tengamos tampoco dudas: vivimos en el régimen que es fruto corrupto de lo posmoderno, que ya es decir. En palabras de Ferraris, impera “la estetización de la política, su popularización (la política debe tratarse con las masas, exaltarlas, persuadirlas)”. El miedo es, en cualquier caso, un viejo recurso para la finalidad (espuria) del populista. Culturalmente, el COVID-19 puede ser al siglo veintiuno lo que la Gran Guerra fue al largo diecinueve: el epílogo de un mundo conocido. 

Un virus para la postverdad (I)

En la mañana en que escribo esta nota, el panorama de pueblos y ciudades casi desiertos es general. El estado de alarma ha sido ampliamente obedecido. Incluso por los perseverantes lúdicos (nada sabemos de los lúbricos crónicos). Si esta es una pequeña muerte, no descontemos el fallecimiento general, flacidez estética definitiva, fin de todas las pasiones grecorromanas. Se han producido algunas aglomeraciones en ferrocarriles y metro. La imagen no altera una realidad que el sábado pasado parecía rotunda: desolación. Quizás también miedo, camarada mayor, siempre. En el transcurso de una semana los acontecimientos aparecen dispares, incoherentes. Primero, miles de personas (y autoridades) se manifestaron apretadas las filas, en Madrid. Era un ejemplo clásico de manipulación de las masas por el poder. Unos días después, episodio fantástico, la vida quedó arrancada de la calle, del bar, del restaurante, del contacto sensual con lo consuetudinario. Como si la anterior existencia, antes de la perturbación de las costumbres, hubiera sido un sueño. Este es un vocablo riguroso, porque nos sumerge en una especie de alucinación modulada, experiencia de los extraños nuevos días. De las muchedumbres reivindicativas, con miles de infectados (entre ellos, miembros del Gobierno), al decreto de alarma y la campaña de confinamiento (el populismo biempensante de “yo me quedo en casa”). Esta última circunstancia nos remite al despertar del sueño, el apremio: ¿cómo compraremos la comida y pagaremos las facturas si no acudimos a trabajar? Es lo que Boris Johnson -el inglés que recita de memoria a Homero- ha decidido hacer prevalecer, la economía, mientras los mediterráneos comenzamos a penetrar en otra misión histórica, según repiten los políticos: “ganar esta batalla”. Tengo mis dudas sobre esto último, al menos en el plazo suficiente para que España se vaya, líquida, al pozo de la historia. Para la propagación cultural del virus interviene el instrumento principal de la posverdad: las redes sociales. El sueño de la lucha contra la pandemia puede vencernos y concebir rutilantes situaciones, abajo, en la verdad que asoma aún de la civitas. El Ejecutivo pone en la calle a Ejército y policía para controlar el rumbo y destino de los transeúntes, cosa inquietante en nuestra común vida de europeos postruistas (felices homo web de la posverdad). No vierto sombra ninguna sobre las fuerzas de seguridad, son muy respetables, mucho más que un Gobierno falaz. Pero sospecho que la inoperancia intelectual de los actuales dirigentes -y la capacidad de acción que les otorga el estado de alarma- pueden traernos no ya escenas inimaginables, sino de una gravedad poco calculada.

(Nota publicada en Ok Diario)

Contra Colau

En el cómputo de la estulticia neosecular, en la galería de sus mejores ejemplos, de sus mayores procuradores, está la alcaldesa de la Ciudad Condal, doña Inmaculada Colau Ballano. Corren precisos retratos, apuntes del natural de la magnitud, que es resumen y tragedia barcelonesa. Están su descaro y picaresca, ya articulados en torno a la crisis de finales de la última década, cuando se forjó el personaje anti-establishment. Defensora de los más débiles, clamaba; impostada heroicidad, ha demostrado. Está también la manifiesta ineptitud gestora y la dilaceración de un prestigio urbano con mucho esfuerzo ganado. El retorcimiento de la pública institución al erial de su mentalidad, su ideología funesta (aunque decir ideología sea del todo conmiserativo en este caso). Reina, además, del nepotismo, del enchufismo tribal, enterramiento cínico de la meritocracia. Si aquella recesión económica de antaño tuvo abigarrados padres, vergonzantes bandoleros con corbata, logró de igual modo parir sorpresivos monstruos, el resultado estético que ahora padecemos. No alcemos ingenuidades, tanto en la fiesta como en el funeral participaron muchos, el pueblo si se quiere: la alcaldesa que venía a salvarle fue votada, refrendada en un episodio democrático para mayor depresión del propio sistema.

Resalto en la semblanza política del personaje su mayor pecado: la ignorancia. La torpeza no ya gramatical, sino el desconocimiento de la ciudad que gobierna, de la historia y la complejidad social y cultural que esa alberga, como toda gran concentración humana. Una cuestión que se torna oscurantismo ideológico, política municipal grosera, hecha de golpes de efecto para su siempre indignada (y por otra parte acomodaticia) parroquia. Lo escribía Albert de Paco tiempo ha: en la Condal habita un considerable número de Colaus, personas que piensan que el mundo les debe algo por el solo hecho de existir. Una comunión electoral de infantes mentales orgullosos de serlo, sin límites al propio engreimiento, desdeñosos de cualquier libertad ajena que juzguen inapropiada. Fascistoide transformación de la izquierda, que abandonó para siempre aquel “prohibido prohibir”. El rodillo soez, pasado sin clemencia por una coalición de asnería y rufianesca, deja un panorama desolador. Uno imagina el asesinato civil por esta ralea de endiosados indoctos y fantasea, pesaroso, con un Lenin o un Marat, que, no por criminales, lucían una altura intelectual nada despreciable. La de nuestros nuevos izquierdistas es una revolución en versión barrio sésamo con checas digitales.

Barcelona era una fiesta, no ya por lo que en los años noventa se conoció mundialmente como renacimiento de la ciudad, vía Juegos Olímpicos, y creación de la ‘marca’ de éxito. Los patrimonios fueron algunos más, anteriores: la libertad, el libertinaje, la extraordinaria creatividad, también en época dictatorial. Delicioso desorden. Hoy, la primera autoridad municipal suma, luce y resume cual listado de fracasos todas las pérdidas irrecuperables. Es esa su obra, intangible en lo material, perfectamente identificable en lo ambiental. El tono grisáceo representativo de la nueva política, servil a los particularismos y ajena a cualquier tipo de grandeza.

(Nota publicada en Ok Diario)

Volviendo a una tradición

Que la izquierda sea, otra vez, la que interponga entre los españoles y España todos los escollos y premuras ideológicas imaginables no debería sorprender. Atiende a una tradición muy suya, en cierto modo desmentida por los gobiernos de Felipe González. La misión de este no fue exactamente darle la razón a la vieja (y quizás apócrifa) frase del canciller Bismarck, aquello de los hispanos trabajando sin denuedo y largamente por la destrucción de su patria. Que demostraría ser, con la resistencia a morir a manos de sus hijos, la nación más fuerte del mundo. Los socialistas fueron, en consonancia con los intereses de la Europa liberal, el partido ideal en el momento justo. El hecho, un poco misterioso, es que consiguieran recoger los frutos del antifranquismo habiendo estado ausentes durante toda la dictadura del general. Volviendo al cainismo, se podrá decir, en cualquier caso, que España es un enigma aún indescifrado y que tal cosa permite diversas definiciones, contradictorias. Un país esquizofrénico entre afectos y desafectos. Y ahí, por la inconmensurable afición de los íberos a las cuitas y desgarros políticos (también Bartrina y Ortega advirtieron tales males), el diseño de la Transición, afianzado por González tras el trabajo sucio de Suárez, resultó muy oportuno.

Pero, querido lector, como no hay régimen español que cincuenta años dure, aquel ambiente ha caducado. Merced a las últimas aventuras del inquilino actual de Moncloa, quien primero se adueñó del partido del puño y la rosa, y después metió en el poder a los antagonistas de siempre, renovados: comunistas y nacionalistas de duro pelaje. Una obra política que no ha hecho más que comenzar. La coyuntura cultural, creo importante decirlo, les es favorable, amén de un nivel de exigencia intelectual que nos remite, en lineas generales, a una imaginación orwelliana. Un país de distraídos gobernados por un comité de perversos astutos. Fervorosamente fatuos, por cierto. Pero conocedores de las máximas maquiavélicas para conservar el poder. Parecen alumnos aventajados de Mitterrand, al que cito por su práctica cerrada de la política por la política, la ambición que alimenta a la ambición. Aunque habrían superado a aquel Mito Errante galo con el uso indisimulado, pornográfico, de la mentira. Con la inestimable promoción del periodismo televisivo, genuflexo a la homilía oficial del izquierdismo. ¡Si hasta Matías Prats se ha apuntado a la demagogia del neofeminismo!

En términos de actualidad, la deriva española es ya tema internacional: si fuimos afrancesados (González), después atlantistas (Aznar) y más tarde galleguistas (Rajoy), ahora estamos en la seducción venezolana. Ahí tenemos a nuestro atareado Zapatero, agente del totalitarismo tropical. En estas cuestiones, como en otras de orden interno (señalar y estigmatizar al oponente para disfrazarlo de enemigo), la izquierda hispana retoma hoy una tradición. La camaradería con los archiespañoles hostiles a España, nacionalismos periféricos y atolondrados comunistas. El mayor temor es que parece agotado el tiempo de las modulaciones, imprescindibles para el (buen) funcionamiento de la cívica democracia.

(Nota publicada en Ok Diario)