La autoridad

En los años ochenta del pasado siglo, encontró un cierto éxito el gritito “¡mucha policía, poca diversión!”, que actualizaba en democracia la tirria progre hacia los temibles grises del general. Los uniformados, en dictadura, hacían cumplir las disposiciones vigentes del régimen y, si era menester, le pasaban la mano por la cara al quinqui de turno, amén de padecer ellos el terrorismo etarra desde finales de los cincuenta. Progresivamente, los gobiernos de la UCD y socialistas fueron liberándolos de la desagradable tarea de controlar si un grupo de púberes se fumaba un porro el viernes por la tarde o de interrogar al hijo de la estanquera, que se había hecho una cresta y llevaba chupa de cuero. Son cosas que hoy nos parecen chocantes, y está bien que así sea, la libertad individual se ha abierto camino. Quizás por eso, aquella cultura política antipolicial, o antiautoritaria, ha decaído en general. Sobrevive en algunos ambientes de Navarra y el País Vasco, ligada al nacionalismo, aunque diría que incluso ahí el reguetón ha desterrado a Kortatu.

Así, la policía (o policías, pues en España somos apasionados coleccionistas de cuerpos, dependientes cada uno de una administración pública diferente) es el elemento categórico sobre el control de la violencia, cedido al Estado. Los episodios estrafalarios del procés en Cataluña dieron al traste con esa función clásica, primordial y ejemplarizante, de someterse y hacer respetar los uniformados el imperio de la ley. Una marranada del politiqueo nacionalista, esos líderes enloquecidos que comían las paellas de Trapero en la Costa Brava, con la Rahola de incansable animadora. El caso es que, a pie de calle, los mossos vieron resquebrajado su prestigio, tanto por la sardanística del volem votar! como por quienes no dudamos nunca de nuestra condición de catalanes, españoles y libres. En Barcelona, gracias a los irresponsables coqueteos de Arturo Mas (no habla catalán en casa) con los antisistema, amigos a su vez de Otegui, se ha instalado la estética del radicalismo ochentero, eso sí, con deportivos NB y la casita de papá en La Cerdaña.

Colau es ferviente servidora de tales cosas, de todo lo que signifique erosionar el sistema democrático vigente. Ella también tiene a su policía, aunque la ha intentado utilizar tan groseramente que se le ha puesto en contra. Significativa e ideológica es la equiparación de delincuentes (manteros) y agentes, asunto destinado a deteriorar la ciudad y su ordenado funcionamiento. En cualquier caso, como en el de aquellos mossos puestos a los pies de los caballos, hay excepciones indecorosas. El pasado sábado, a las 21 horas, y sin cometer ninguna ilegalidad ni violación de las medidas restrictivas del COVID, un agente de la Guardia Urbana, visible tatuaje en el cuello y aros en la oreja, conminó con aires macarras a un ciudadano a hablarle en catalán. Y cuando el citado barcelonés, educado, le contestó que seguiría hablando español, el urbano le soltó: “Vuélvete a tu puto país de mierda”. Quede aquí retratado, superiores del funcionario en cuestión. ¿O es que la cultura Kortatu ha infectado el cuerpo?

Vivir sin Podemos

Las contradicciones tumbarán a Podemos como lo hicieron con el mundo tras el Telón de Acero. Cuando Andrópov subió a la secretaría general del PCUS (1982), los adolescentes rusos ya tenían colgado en la pared del dormitorio un póster de Michael Jackson, mientras sus madres llevaban a casa algún bote de berenjenas comprado a un vecino con carnet del partido. El problema de las altas expectativas (a los rusos se les habló durante setenta años del paraíso socialista) reside en la intrínseca dificultad de cumplirlas y la consiguiente depresión ante tal incumplimiento.

La muerte (no tan lenta) de la formación morada se está retransmitiendo en directo, desde sus mismas tripas y corazón, en entrega diaria de tuits cada vez más agónicos y sinceros. Así, leemos al líder máximo que, aprovechando una escena de la última serie que está viendo, amonesta a algún rival mediante sibilina referencia televisiva. O proclama, para ruina de la decencia, que Puigdemont es como un exiliado republicano. La imagen de Iglesias, aunque no se haya reproducido en medios, aparece clara en el imaginario nacional: moño y desaliñada postura, repantingado en el sofá mientras, ahí fuera, un puñado de guardias civiles a la intemperie le protegen. Y la vida sigue su curso. Tenemos también a la señora, ministra Montero por gracia del nepotismo revolucionario, quien alcanza tuiteando la idea cristiana de la compasión, pobre Irene. Ella es más gráfica que su hombre. En los pensamientos compartidos asoma un grito novelesco, ficción de corte Disney políticamente correcta. El suyo es un chillido desesperado, intelectualmente anodino y de una ingenuidad próxima al ridículo. Recuerda a las consuetudinarias batallitas políticas de pubertad en torno a cuatro cervezas: fervorosas, imaginarias, fuera de toda realidad. El triunvirato de la constelación comunicativa podémica se cierra, a la espera de mayores genialidades, con el diputado Echenique. Como un temible Beria, es feroz censor de quienes integran la espuria lista de socialdemócratas, liberales, conservadores, pasotas y libérrimos varios; es decir, todos los demás. Los críticos con el líder y sus tejemanejes orgánicos fueron ya purgados, para gloria del partido. La leche agria es ingrediente principal de la mensajería de este argentino al que el maldito régimen del 78 le paga una magnífica soldada.

Pero las diatribas de esos faros de la política nacional no se limitan a sus adversarios, o sea, a todos menos los independentistas vascos y catalanes (incluyendo a Bildu). Con idéntico salero soviético, su labor ejemplarizante incluye al mismísimo Gobierno, del que forman parte. Esta maravilla dialéctica no sólo obedece a la cultura leninista, poso de épocas estudiantiles. Iglesias, de turismo político y cenas secretas en Cataluña, aprendió muchas cosas del independentismo, entre otras a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. En efecto, y como algunos venimos escribiendo, el procés es clave para comprender el fenómeno Podemos, su éxito en el camino hacia el poder. Una cosa barcelonesa, de elites políticas y económicas nacionalistas, engrasada con los formatos televisivos made in Barcelona.

El título de esta nota, vivir sin Podemos, no es tan alegórico como premonitorio. Hay que desconfiar de los adivinos, si bien el periodismo de opinión también vive de la cabalística. Y no está mal que así sea, siempre que no se anuncie el fin del mundo o del whisky de malta, noticias en exceso desagradables. Mi pronóstico es que el partido lila ha entrado en su fase melancólica madura, antesala de la insignificancia. La prueba más sólida es la literatura (breve y reveladora) que generan sus jefes. Comunicaciones de una ridícula desesperanza, de un inconfesable pero latente temor al castigo ganado, que se materializará en los próximos comicios, cuando los haya. Tengan paciencia, o no la tengan si no quieren, pero un día no tan lejano viviremos sin Podemos. Y viviremos mejor, desde luego.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (VII)

Las ventanas se hicieron para mirar el mundo, o un pedazo de ese. También para encerrar al que mira, enmarcarlo como un deseo. Esto elucubraba yo, después de haber leído algo del profesor Ruiz-Domènec, una mañana inclemente de 1997. Recuerdo la circunstancia de una cita, el reloj advirtiendo la hora de salir y el panorama ahí fuera, un hormigueo de paraguas bajo la ventisca. Era una mujer la que esperaba. Me ajusté la gabardina y pensé en el bello sexo, que, por fortuna, había abandonado las ventanas y bajado de las torres, muriendo la imagen medieval que explicaba el viejo profesor.

De camino constaté que la lluvia tenía el efecto de una descarga de alfileres sobre el rostro, en la justa medida de causar un dolor sostenido. Pero la idea del combate sensual es incluso más fuerte que los dichosos elementos. El romanticismo, reserva literaria, se nutre de las cosas más banales, informalismos de toda ralea, muchos indecorosos. Yo esto ya lo había aprendido en la época que relato. También que la seducción debe tener en cuenta la naturaleza impúdica del romanticismo y modularse. A partir de aquella conciencia, propuse para la cita un lugar donde sólo se comía cerdo cocido y huevos (también cocidos). Un figón interclasista visitado tanto por curtidos obreros de chato y bocadillo de panceta como por abogados y periodistas gruesos, platazo de morro, manitas, pernil, salchichas y botella de vino. El puerco, del rabo a la cabeza, se cocía en grandes recipientes de acero que ocupaban la entera barra, inundando los vapores aromáticos todo el establecimiento. Los camareros eran de una antipatía proverbial, y la comunicación con ellos apenas se reducía a las órdenes propias de comida, bebida y nota. Y a algún gruñido por su parte, un más o menos inteligible “¿mostaza?”

Así las cosas, la tarde transcurrió prendada entre mordiscos a orejas, morros, muslos y gruesas longanizas, mientras el vinillo ayudaba a templar todos los fríos (los carnales y los demás). Del figón nos llegamos a una bodega donde las copas, mojadas de barbaresco, sobrevolaban nuestras cabezas y se posaban en manos y labios, conjuro de la noche goliárdica que venía. Vino y fruta, lecho de púrpura, cortinajes barrocos, maderas centenarias que crujían, lozanas curvas trotando allegro prestissimo con fuoco. ¡Roma, Roma!

La resaca no es algo digno, amén de una crueldad metafórica. La sera leoni, la mattina coglioni. Busqué al amanecer, por los pasillos, el cuarto de baño y, luego, una redentora cafetera. Desde la cocina se veían los tejados de Piazza Borghese. Una voz femenina susurró en mi cabeza un recuerdo, domani andremo da papà, in Toscana. Eso sucedía antes del siglo melancólico. No eran tiempos de culpabilidades inducidas. La libertad y sus accidentes (apelación de la Deneuve) dominaban la imaginación de la mayoría, feliz. Ahora que la mujer corre el riesgo de volver a la ventana, a la torre, fuera de la aventura y del mundo infinito, rememoro las epicúreas jornadas en el castillo toscano, después de la noche blanca, romana. Pero esa es otra historia.

La España cargante

En los años noventa, se puso de moda aquello (un poco cursi) de la evasión. “¡Evádete!”, exclamaban las revistas de portada a todo color, contagiando de alegre lisura a una España más briosa que la actual. Cada nicho entendía el tema a su manera, y lo buscaba y consumía de acuerdo a gustos y apetencias. Para entendernos, la evasión en un muchacho como yo comprendía adquirir un ejemplar de 1984 (revista de cómics para adultos editada por Toutain); mientras que el vecino alemán optaba por evadirse organizando una fiesta en pelotas en su piscina. El obrero se evadía una semana con la señora y los hijos en Benidorm y el burgués de Barcelona hacía una escapadita hasta la barra del Pub 2’40 (ay, si aquella moqueta hablara). Como se ve, los productos culturales eran muy diversos y cada cual hallaba el suyo en un país de verdad libre, liberal si me apuran, donde no habían hecho aún aparición las actuales huestes de la izquierda sentenciosa.

Todo lo bueno acaba y España, país dado a impetuosas ventoleras, a teatrales aspavientos, tiene hoy una curiosa forma de evadirse: a través de la política. En efecto, la crónica rosa parece uno de los postreros mundos que resisten a la uniformización del entretenimiento, aunque esté ya dando señales de debilidad. Las señoras de mesa camilla y tarde junto al televisor han sido secuestradas por el fango de la actualidad politiquera. Todo esto tiene un precedente, una fundación, en los formatos confeccionados en Barcelona (productoras en La Sexta y TV3) y bajo la experiencia del procés: aquella turba de puretas zombies, sobrealimentados de jarabe ideológico, que en lugar de quedarse en casa y hablar del penalti no pitado o del último y escandaloso divorcio se lanzaron a la calle cual revolucionaria troupe. Bonita manera de acabar los días, atribulados abuelos formando cadenas humanas por la república catalana que no existía, idiota.

Quizás alguien pueda pensar que el asunto de la evasión sea secundario. Sin embargo, no lo es. Da la medida de lozanía del paisanaje, voluntad innegociable de airearse respecto a los episodios nacionales. Por desgracia, nos vemos cada vez más prisioneros de una posverdad chillona, instaurada a machamartillo. La televisión, en líneas generales, sucumbe, con indigente léxico, a la fascinación del alarmismo y la realidad contada para un público potencialmente imbécil. Loable quien todavía se empeña en distraernos con algún programa de números musicales o aquel concurso que pone a prueba el conocimiento, esa cosa tan desprestigiada. Evádanse, queridos lectores, al estilo que más les plazca, y verán el próximo fin del mundo con algo de perspectiva.

(Nota publicada en Ok Diario)

Illa en el camino

Vuelve un señor, nacido en la Roca del Vallés, a las tierras de los catalanes, la suya y la mía. Vuelve tras un periodo en la capital del Reino, con una misión (a juzgar por los datos objetivos) desastrosamente incumplida. Uno podría pensar que vivir una temporada en Madrid a cualquiera le va bien, le es propicio para aprender alguna cosa, como abrir las neuronas y la vista al espíritu liberal, abierto, de aquella gran ciudad. Pero el viaje, la experiencia de sentarse en el Consejo de Ministros y ser la voz del amo en incontables ruedas de prensa, no parece haber mejorado a nuestro compatriota. Ahora se le ha propuesto para una segunda misión, apuntalar el poder socialista con nuevos pactos en la Generalitat, y en tal papel le veremos hasta conseguirlo, si es que llega a hacerlo.

Su campaña ha comenzado con una entrevista al medio del Conde de Godó. Allí ha resumido, con notable sinceridad, el principio rector de sus intenciones: acariciar a la bestia, el nacionalismo catalán, excitado ante la posibilidad (nada romántica) de la independencia. A coste de la marginación social y política de millones de ciudadanos. «Todos tenemos parte de responsabilidad en lo que ha pasado en Cataluña. Todos nos hemos equivocado», ha dicho. Esto no debería sorprender a casi nadie que conozca el serpenteante trayecto del PSC en cuestiones como la inmersión lingüística o la condición jurídica de Cataluña, grandes totems del nacionalismo. Nada que ver con la igualdad y por tanto con el deber (plausible) de un socialista, que debiera ser, precisamente, preocuparse por las desigualdades y no darles cobijo.

Está el poder, con todas las prebendas y tiranteces, sus negocios y acomodaticias dinámicas. Con ese panorama funcionó la España de las Autonomías y fue el nacionalismo (de Pujol) pieza clave en su desarrollo. Casi todo era susceptible de pactarse, excepto la independencia. Lo que sucedió después es harto sabido, está documentado y sentenciado en juicio: ruptura y salto adelante, liberación de la bestia. En las jornadas de octubre de 2017, millones de catalanes observamos un flagrante intento por parte de las autoridades de liquidar nuestra condición de catalanes y españoles. Vimos también quemar contenedores, violentar la paz, atentar contra la convivencia. Los demócratas nos quedamos en casa y sólo salimos a la calle para manifestar pacíficamente que tenemos idénticos deberes y derechos que los demás, que nuestros vecinos enloquecidos y sus líderes autoritarios. El ministro, sin embargo, nos hace a todos culpables por igual. Se trata, a mi juicio, de la mayor ofensa que podría habernos dedicado a quienes hemos padecido el azote del opresor nacionalismo en sus días más enfervorizados. Sigue con la misma agenda, por cierto, candidato Illa, mientras nosotros, catalanes que no traicionamos ni a Cataluña ni a España, nos pudrimos entre su grosera equidistancia y el despotismo patriotero.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (VI)

Sacrario Militare di Redipuglia. Quizá a muchos españoles esto no nos dice gran cosa. Por dos motivos, creo: está anclado en los límites austrohúngaros de Italia (remotos), lejos de las ciudades turísticas; y España no participó en los dos conflictos mundiales del pasado siglo (una cierta dinámica histórica de ir a nuestro aire). En cualquier caso, se trata del mayor monumento funerario italiano (y uno de los más grandes del mundo) y acoge, en la septentrional localidad que le da nombre, los cuerpos de cien mil caídos de la Primera Guerra Mundial. Fue inaugurado en 1938 sobre la colina Sei Busi, provincia de Gorizia, sitio de crudas batallas, regado literalmente de sangre.

La visita a Redipuglia tiene, debido a su diseño, una lógica que no puede ser transgredida. Primero, uno toma la “via eroica”, flanqueada por placas de bronce de diecinueve metros de longitud. Allí están grabados los nombres de las localidades donde se registraron los combates más duros. Después, accede a una gran explanada, base del monumento, donde se halla, en el centro, la tumba de Emanuele Filiberto de Savoia-Aosta, comandante de la Tercera Armada, custodiado, a derecha e izquierda, por las sepulturas de sus generales. A partir de ahí, y ocupando la entera colina, se extiende una gigantesca escalinata: veintidós escalones de más de dos metros de altura y doce de fondo cada uno. Forman las tumbas de 39.867 caídos identificados. Ya en la cima, dos fosas comunes acogen a 60.330 caídos no identificados. Todo el conjunto está coronado por tres cristianas cruces.

Redipuglia fue alzado bajo las terribles secuelas de la guerra, en el contexto del régimen de Mussolini. Si otras naciones mantuvieron una red de cementerios nacionales en viejas áreas de combate, dejando reposar a millares de sus finados en el extranjero (caso de alemanes en Francia), el fascismo los monumentalizó. El resultado es un cuerpo único que extravía el vestigio de cualquier identidad individual, ya comprometida por el número e ingente proporción de cadáveres sin reconocer. Teatralidad colosal, culto patriótico a la muerte: en cada gran escalón, esculpidos, infinitos nombres y apellidos, gobernados por un incesante «presente». Todavía acuden allí descendientes de aquellos hombres de vida brevísima. Aquí y allá, un modesto ramo de flores, diminuto punto colorido, rescata a la vida a piedras y bronces.

Finalizo con un ejercicio mínimo, memorialesco. Palabra de combatiente, acercamiento a la terrible experiencia personal de la guerra. Un testimonio describe la degradación intelectual en las trincheras, profundas y, normalmente, de un solo metro de anchura. Dice: «Nuestros cerebros se vuelven perezosos en el ejercicio único y limitado de la cotidianeidad, siempre igual, bajo tierra». Otro deja escrito: «Estamos a pocos pasos del enemigo y la guerra parece lejana. Quien figure gritos y fusiles se ha hecho de la guerra una idea fantástica y convencional, diferente de la realidad. Una acción decisiva es mucho más que eso, es un martillo infernal, el exterminio, un horrendo huracán de hierro y fuego, del que se sale como de un cataclismo; pero una acción decisiva es rara, ocurre sólo en las grandes avanzadillas, y es el resultado último de una larga y compleja preparación, que a veces dura meses y sobre la que nosotros no tenemos más que vagos y raros indicios: un trabajo inmenso, colosal, que se cumple con la majestuosa y terrible lentitud de semana en semana, y que no alertamos precisamente por su vastedad, si bien vivimos en su interior». Infantes de Redipuglia, sangre de las piedras, almas prendidas en la guerra atroz.

Apologías itálicas (V)

De todas las cosas buenas que uno puede hacer en Italia, el asunto báquico ocupa un lugar preminente. Debe ocuparlo, diría incluso. A no ser que nos hallemos esclavizados por algún tipo de conciencia posmo, poderosa y última enemiga de la civilización. «Donde no hay vino no hay amor; ni ningún otro goce para los mortales», proclama Eurípides en Las Bacantes. Así, una vez nuestras suelas pisen aquel milagro de tierra ensartado en el Mediterráneo, abandonemos prejuicios y adocenamientos, y hagamos volar la cartera. De Italia se debe volver colmado de placeres y sin dinero; o no volver.

Nación que venera el vino, los italianos beben de costumbre poca cerveza, como sucede en el norte de España. Dejemos unos días el hábito gozoso de la caña (madrileñismo) y abracemos, ya desde el aperitivo, los caldos transalpinos, que los hay de toda piel y en divina abundancia. Degustemos un fresco grecanico de Sicilia, quizás frente a un plato de fritura marina, y después una vieja añada de marsala con trenzas (treccine) a la miel, cuales senadores imperiales. Con pasta y almejas va bien un greco di tufo vesubiano, antes de repantingarnos en el hotel y mirar con igual placer que temor al gigante dormido, al otro lado de la bahía napolitana, sobre la villa de Herculano. En la Ciudad Eterna podremos deleitar el gusto con alcachofas judaicas, sesos y un frascati reserva de uva malvasía, servidos por curtidos camareros con pajarita sobre mantel blanco del clásico restaurante Nino (allí comía cierto Presidente della Repubblica).

Conquistando el país hacia el norte, las cosas comienzan a ponerse muy serias a partir de la Toscana, paisaje de viñedos míticos. El que esto escribe, por esas circunstancias del amor, fue invitado una vez a un castillo con lago, señor y vino chianti. El chianti ganó (mala) fama hace décadas por aquellas botellas de cuello largo y camisa de esparto, contenedoras de líquidos infames pero vistosas en los films del último Hollywood dorado. Olvidemos tales dramas: las colinas de Chianti están salpicadas de bodegas centenarias que producen tintos de extraordinaria categoría, astringentes y elegantes como caballeros de otras épocas. Seguramente, así lo afirma su fama, Bolonia sea todavía capital culinaria de Italia, allí donde la exigencia de tradición en el plato se torna tan categórica como salvífica: el recetario antiguo y su puesta en práctica provoca debates encendidos y memoriales de ofensas. Todo un triunfo, esa veneración. Para contradecir un poco el campanilismo (nacionalismo de campanario) yo les recomendaría pedir en Bolonia (región de Emilia-Romagna) una cottoletta alla bolognese (ternera en salsa), pero acompañarla de un chianti (región Toscana) de los marqueses de Antinori.

Decía antes que en el norte las cosas se ponen muy serias. Aligeren crédito, despréndanse de billetes a cuenta de los más venerables vinos de Italia. Hasta un galo cargado de chauvinismo borgoñón o bordelés deberá quitarse el sombrero ante la grandeza de estos y otros nombres de la constelación vinícola sita en Piemonte, Lombardía, Veneto y Friuli-Venezia Giulia: Aldo Conterno, Romano dal Forno, Gaja, Roberto Voerzio, Ca’ del Bosco, Prunotto, Vie de Romans. Allí donde la niebla se espesa y el frío arriba del vasto continente, donde la cocina nos abraza con carnes porcinas, verduras de peso, quesos nobles y guisos de caza, pueden ustedes, también y sin remilgos, enamorarse de las burbujas del franciacorta, elegante, finísimo epílogo de este viaje a uno mismo, a los orígenes vivos de la civilización.

Apologías itálicas (IV)

Una forma de acariciar la piel napolitana consiste en subir a un taxi y dejarse llevar, al mismo precio. Cuénteme, ¿quiénes son las personas retratadas que pueblan el salpicadero? Aquellas pequeñas fotografías bajo el pendulante San Genaro y un rosario bailarín, colgados ambos del retrovisor, y a los que la entera humanidad de Nápoles debe respeto y amor. Abigarrada ciudad de tipos, profesiones y alturas sociales se hallan en la constricción de la napolitanidad, pasión y juego desordenados dentro de un orden. Insalvable condición, mismo cielo de quienes han nacido en Posillipo o en una callejuela de Gli spagnoli; de quien vive entre cipreses y estatuas de una villa burguesa, del artesano de figuritas del Belén, del pizzaiolo y del ratero. Endémicas riqueza y pobreza, escenografía farragosa de templos, palacetes, plazas, capillas, oscuras esquinas con vírgenes. Orgullo y humildad del pueblo llano, quien escupe al suelo maldiciendo, sabiéndose en cualquier caso habitante de la más bella postal del mundo, el golfo con el Vesubio al fondo.

Corría la jornada, y el taxista, señalando con el dedo la colina de Vomero, dijo «allí viven los malditos ricachones». Venía yo de ver alguna cosa en Capodimonte, palacio borbónico de incontinencia barroca, a sus salas y depósitos subterráneos me refiero. Después de eso, el destino había fijado cita en un restaurante de pescado. De pescado camorrista que traían barcas a diario para los paladares del poder. En efecto, al verme acompañado de un cierto personaje muy influyente en la época, la sala fue cerrada a cualquier visitante, que recibía del camarero el insólito argumento «estamos llenos», aunque todas las mesas, menos la nuestra, lucían huérfanas de clientela. La enjundia de la situación, ligeramente cinematográfica, se complementaba con la presencia de un coleccionista temeroso de salir por ahí y ser secuestrado.

Hablar de comer en Nápoles es hablar de la pizza, religiosa cosa que la pureza dicta aderezar con tomate rallado, ajo y aceite (pizza marinara). El recto napolitano no se desviará de tal receta, so pena de parecer un memo presuntuoso. Pero esa pizza, metáfora de la ciudad donde sólo cabe honra y destino, deja paso, también, a una cocina extraordinaria. Afortunada huerta campana y mar antiguo. La blanca, mambla mozzarella de leche de búfala sobre el plato, se sirve primero, viuda, apenas bañada de aceite de oliva. Y los pescados y mariscos atraen el hábito gourmand de comerse crudos, milenaria costumbre reservada a gente opulenta. En aquel restaurante en que nuestro anfitrión había sido recibido por el propietario con dos besos, desfilaron, vírgenes del fuego, gambas, cigalas, almejas, doradas, lubinas, atún.

Ya la tarde trajo una imagen que, por cuanto repetida, era bizarra belleza, olores salados, lucecitas del vino blanco y el mar en boca. No había ya españoles en Nápoles, aunque los palacios reales cargaban sombras sobre el paso de los transeúntes. También el mito de l’America, hijos que fueron y volvieron para encontrar en casa, de nuevo, la fatídica pobreza, murió. Amarga poesía emigrante, deslome de italianos en una Italia próspera y moderna que sospecha, aún, del napolitano per se. «Nápoles es un sueño, que conoce todo el mundo, pero nadie sabe la verdad», cantó la divina Mina.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (III)

En la gruta civilizada (fotografía de Miguel Navarro)

El camino era abrupto y la pequeña Autobianchi A112 comenzaba a quejarse. Creo recordar que, antes de llegar a destino, debimos frenar, abrir el capó humeante y refrescar el motor con agua destilada. ¿Y cuál era el destino? Pues un gran agujero excavado en la tierra para fermentar, mezclar, resguardar y embotellar el báquico elemento. A decir verdad, tanto mi amigo Miguel Navarro, fotógrafo venido de Barcelona, como el que esto escribe no estábamos en mejores condiciones que nuestro agotado vehículo. Veníamos de larga noche templada con caldos del Friuli y nos comprometía una cita en la meseta italiana lindante con Eslovenia. Serían las diez de la mañana cuando, sentados ya a la mesa junto a sus rudos jornaleros, Edi Kante, ordeno y mando, nos plantó una ración de macarrones con panceta y jarra de vino común. Dijo: “ahora comer, después fumar, luego partir.”

Partimos, sí, cambiando la Autobianchi por un magnífico Range. Al volante aquel esloveno parco en palabras, creador de soberbios, minerales caldos blancos de vitovska. Para alcanzar el citado agujero atravesamos el Carso agreste, por rutas en que los caminos desaparecían y uno se acordaba de los fantasmas que pueblan la tierra, inmenso cementerio de la Primera y la Segunda guerras mundiales. También de las últimas matanzas allí perpetradas. Silos a los que partisanos del mariscal Tito arrojaban (vivos) a italianos de todo jaez, militares, mujeres, campesinos, sospechosos. Ocurrió hacia las postrimerías del conflicto, firmado ya el armisticio. Hay cálculos, unas veinte mil víctimas. La metodología era la siguiente: encadenaban a una fila de prisioneros entre ellos, se ametrallaba a los primeros, situados junto al abismo, y cuando comenzaban a caer por el silo arrastraban a los demás a las profundidades. Después de todo eso, el mariscal y su flamante república de autogestión socialista fueron premiados con la península de Istria. Cosas de la “memoria histórica”: hasta 2005 los italianos no se enteraron de tales crímenes.

Con los reponedores macarrones y el vinillo en la panza, entramos en la bodega foso con Edi. Construcción ovoide, tres plantas hacia el fondo, a saber: la primera donde sacaba el mosto de la uva, la segunda donde se fermentaba en cubas de acero y una tercera, la más honda, donde el vino crecía en barricas bordolesas. Cuanto más abajo nos encontrábamos menor era la temperatura y mayor la humedad: las paredes babeaban moho, bacterias. Un mérito de aquella costosísima obra era que había sido excavada en la roca viva. Allí, y tras catar varios caldos, todo se animó. Los tres cumplimos unas vueltas al circuito de barricas, la entera sala, corriendo al trote ágil y beodo sobre la madera francesa. Kante lo hacía con destreza, hasta que, finalizando un épico giro a gran velocidad y calculadas zancadas, dijo: “Ahora, a comer. Tengo una anguila viva en la bañera de casa. Mi mujer nos la preparará con spaghetti.”

Edi Kante camina sobre su vino (fotografía de Miguel Navarro)

Si este diario debiera hacer algún modestísimo favor a la vida, tanto que ver con Italia, no podría soslayar el vino, tampoco el aceite y la sensualidad cotidiana de sus gentes. El vino, allí, su industria, las grandes bodegas, las míticas haciendas familiares, los garagistas afrancesados o este señor Kante son -como aquí- materia cristiana y sustento de pasiones terrenales. A los españoles, hermanos bebedores, nos resulta prácticamente desconocida la excelsa geografía vinícola italiana, del mar azul meridional al viejo puerto austrohúngaro. Literatura y teatro cotidiano se bañan, todavía (aleluya), en líquidos rojos para hallar su medida, su comodidad, el habla antigua. Seguiremos aventuras, tierras y palacetes donde desayunan aún con un calice, mientras el milenario viñedo se despereza entre el sol y el rocío.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (II)

Dejó escrito Madame de Staël acerca de los italianos y su modo de andar por el mundo que, para ellos, “la vida no es nada más que un abandono soñador bajo un bello cielo”. Esta señora, y muchos otros visitantes europeos de la geografía transalpina, cargaron tintas sobre el carácter de sus habitantes, indignos de altas expectativas: no se correspondían con el idealizado clasicismo de los viajeros del grand tour. Yo leía esas cosas, una tarde en el Grand Hotel et de Milán, y me parecían aseveraciones inmodestas y, gastado el tiempo, entretenidas. Visiones de guiris encandilados (Stendhal se quedó a gusto en sus reflexiones sobre el ser itálico) que sirven todavía a los flageladores contemporáneos para sus particulares flagelaciones.

Sorbí el último trago de un dry martini y abandoné la lectura con la firme idea de adentrarme en la noche milanesa. Mi tío Albert me había enviado allí desde Barcelona a cumplir cierta misión, que fijé para la mañana siguiente, pudiendo así darme un garbeo disoluto. De Milán nace, en 1881, el tópico de ser “capital moral” de Italia, a la luz de la manía septentrional respecto a la corrupta Roma. Y se alimenta después dicho mito por su potencia industrial, por ser referencia de la resistencia en la última guerra y aparecer como puntal de la modernidad, moda incluida. La capital de Lombardía representa, también, un libertinaje extraño a una nación tan conservadora. Incrustada en el continente, ha sido una ciudad culta e interesante, “la más europea”, apunta su orgullo. Si en España nos pensamos campeones de una defectuosa nacionalización, cenen algún día con una familia lombarda o véneta y, una vez trasegado algo de vino, saquen a la conversación el Sur, que mentalmente comienza donde el Tíber serpentea bajo el mausoleo de Augusto y finaliza en Sicilia. De Milán han dicho los demás, con ese aire inmemorial de, pongamos, un florentino, que es fea. Yo la he visto siempre bellísima. De adoquines mojados, tardes largas, siluetas esbeltas bajo los paraguas y escaparates tan discretos como deslumbrantes.

A la puerta del hotel me esperaba un coche deportivo, demasiado pequeño para tres. La señorita Lobakina tuvo que sentarse sobre mis rodillas, y yo veía las lágrimas en la ventanilla, las gabardinas y los tacones veloces, aquella feliz estampa milanesa, un poco afrancesada, elegante, atildada. Me llevaron a un piso grande, abarrotado de oros, cortinajes azules y tigres de porcelana. Unas maniquís rusas, ocupando un sofá apartado, fumaban y hablaban entre ellas. Pensé en el gusto decorativo de Dolce & Gabbana mientras alguien anunció el restaurante y la sala de fiestas a los que acudiríamos. De la cena apenas recuerdo una lubina al azafrán, que una de las rusas había destrozado con el tenedor sin probar bocado. Más tarde, en la sala de fiestas, los destrozos se concentraron en carnes propias y ajenas, ligera de trapos la troupe femenina. Había por allí dos muchachos libios con séquito que competían por ver quién gastaba más en botellas de Dom Pérignon. Precisamente al fenecido Gadafi deben los italianos el término “bunga bunga”, un “vero puttanaio” aireado en el proceso contra Berlusconi.

Despuntando el alba y una gran resaca metafísica, me hice cargo de la misión por la que estaba en Italia. Debía pedirle en préstamo a un millonario coleccionista de pintura barroca un cuadro, que se exhibiría en Madrid. En aquel estado semimoribundo, llegué con la señorita Lobakina hasta el despacho del coleccionista, uno de esos mundos que ciudades como Milán esconden celosamente tras portales burgueses de madera y latón. Apenas mostradas mis credenciales y a la vista de la belleza salvaje de los Urales, aposentada en un sillón tapizado de Missoni, todo fue coser y cantar. De camino a Fiumicino en un taxi, la radio cantaba un viejo hit de Fabio Concato: “partire quando Milano dorme ancora/vederla sonnecchiare/e accorgermi che è bella/prima che cominci a correre e ad urlare”.

(Nota publicada en Ok Diario)