Los nuevos púlpitos

Tengo, a veces al escribir, la oscura intención de ser pedagógico. Es esta, en mi opinión, cosa a evitar, si bien no resulta fácil hacerlo. De manera muy fuerte, casi indiscutible, lo compruebo en muchos comentaristas radiofónicos y televisivos de la actualidad política catalana. Ya notaba Pemán que pedagogía, pediatría y pedantería tienen idéntica raíz, y alude a los niños. En cuanto a los comentaristas, auténticos renacentistas del saber (no existe tema que se les resista), dudo de su hoy inevitable aportación a la sociedad del conocimiento. Heterogénea tribu formada por periodistas obscenos, cantantes sin giras, profesores patrioteros, economistas vedettes, gentes sin profesión conocida, hijos de, graciosos pancarteros y demás farándula con eslogan al uso.

Por aquí, Barcelona, las cosas están regular, informo. La pasada Diada fue un chasco absoluto y, sin tener en cuenta unas pocas concentraciones de emocionadas abuelitas y jóvenes atribulados, la ciudad se vio huérfana de la habitual invasión de pueblerinos. Gentes de bien que venían a pasar el día a la capital, conmoverse un rato cantando Els segadors (canto a la violencia) y, momento ineludible, comer en algún restaurante (“Barcelona és cara de collons”, he escuchado en ocasiones a tales turistas políticos tras pagar la minuta, antes de volver al villorrio, donde todo es más fácil y grato, sin duda).

El procés ha cumplido aquella metáfora de Taine sobre los revolucionarios franceses del siglo XVIII, a quienes atribuía las fases de comportamiento del borracho: primero se muestra alegre y eufórico y más tarde cede a pulsiones irracionales. Esto tuvo su culminación con la violencia de octubre del pasado año, si bien las cabecitas de muchos comentaristas de TV3 muestran un preocupante atasco en la ya citada fase última de Taine: el actor Joel Joan considera que a los catalanes España no nos deja “ni respirar”. El asunto de la libertad es todavía eje de un discurso que se diluye en lo ridículo, en la aspiración, en cualquier caso, de mantener un sueldecito, una ayudita pública por parte del propagandista en cuestión (los hay numerosísimos).

Esto de la libertad tiene su intríngulis. En el caso catalán, se acepta no ya que el hombre nace libre, sino que la nación entera también lo hizo (genealogía milenaria), pero permanecerá esclava hasta el decisivo momento de su emancipación. En realidad, todo es al revés: el hombre nace esclavo y dependiente, imbécil según Ferraris. Así, “la imbecilidad masiva, la estupidez hiperdocumentada, es ya un fenómeno reconocido y en el fondo la primera revelación de nuestra época”. Para el Principado catalán, y me permito otra cita, recomendaría a esos televisivos y radiofónicos ocupados en extraviar a la ciudadanía esto de Montaigne: “debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”. Si los vocingleros a sueldo siguen este consejo, Cataluña se ahorrará cien años más de grisura y desorientación nacionalista. Aunque ellos podrían perder su sueldo. Nadie escapa a la pedagogía.

(Nota publicada en Ok Diario)

El váter

Imagen efectista, el inodoro rosa descansaba bajo un árbol, en una importante vía barcelonesa. Serían las cinco de la tarde, antaño “hora punta”, cuando el tráfico se hacía intenso. Sin embargo, la calle Jaime Balmes, con su retrete simbólico, permanecía tranquila, silenciosa. Apenas un taxi sin clientes pasaba de vez en cuando, ni el habitual trajín de coches y bocinazos. Me paré frente al cuadro: al fondo, tras la pieza de las soledades fisiológicas, veía un hotel de cuatro estrellas, cerrado desde marzo y sin visos de un mejor futuro próximo. Inevitablemente, recordé mis tribulaciones literarias sobre el COVID-19, que bauticé “virus para la posverdad”: la corrupción del vigente gabinete de inútiles (no se aclaran ni al redactar un decreto) está en su concepción del ejercicio político, y tiene dos manantiales: el de un populista bolivariano y el otro de un lúbrico mediático.

No sólo ellos, otros personajes del momento hispano iluminan el desastre. Inmaculada Colau, junto a su mano derecha Jaume Collboni, han visto en la llamada pandemia una oportunidad para cumplir ciertos deseos, iliberales objetivos de una urbe de estrecheces ecologistas. En efecto, unas manzanas más arriba de la calle se instalaron bolardos, que dificultan sobremanera el fluir de los vehículos. También se ocupaban zonas de aparcamiento para poner bicicletas y la vía del autobús de Travessera de Gracia provocaba recientemente un grave accidente al ser de sentido contrario al resto del tráfico (un sinsentido).

Hay que felicitarse por la incansable matraca populista de la señora alcaldesa y la labor cooperativa de los socialistas. El PSC no sirve ya ni para gestionar con racionalidad el municipio. Me alejé de tal panorama, pobre Balmes (todavía no le han quitado la calle por conservador, por facha, hecho extraordinario), mirando por última vez aquel inodoro, inspiración que es resumen de lo que nos ha quedado a los barceloneses. Les ahorro mayores y escatológicas explicitaciones.

España una

Los españoles, insufribles sobre todo para nosotros mismos, ponemos a prueba los límites de la Nación cada cincuenta años, más o menos. Es la edad máxima a que llegan los regímenes políticos en este apéndice europeo. Luego amamos eso de nombre España, sangre y palabras derramadas. Y que nadie se lleve a engaño: quienes dicen odiarla, quienes la cambiarían por otra cosa o quienes pretenden ignorarla son los más enamorados de ella. Perdidamente enamorados del ‘ser español’, conciben esa relación en términos barrocos. Honor herido y consiguiente drama.

Un caso último y encendido de tales romances patrios es el catalán. Madariaga dice que el separatismo es la “fuerte conciencia de lo distintivo y lo diferenciado en el yo, la tendencia profundamente española que hallamos en el alma del catalanismo”. Y sigue con el ejemplo de un prohombre, Rovira i Virgili, periodista y diputado por ERC durante la Segunda República: “Sería difícil hallar en toda la Península un tipo más español que el de este hombre que sinceramente se imagina no serlo.”

La cualidad de la intransigencia, el retorcimiento de los hechos al calor de la pasión intelectual pueden comprenderse en el ámbito del carácter, de la cultura política. Piel vieja de los que habitamos la fortaleza, Reino de España. Pero esa explicación resulta incompleta. Hay una organización política del Estado a la que podemos considerar un enorme y enrevesado sistema clientelar. Fabulosa red de instituciones pequeñas, medianas y portentosas que obligan a la pleitesía de quienes las dirigen por turnos, sean las derechas o las izquierdas.

Los nacionalismos periféricos han sido, en el actual régimen autonómico, los que han comprendido mejor esa corrupción conceptual del Estado, extendida con puestos de trabajo y funcionarios acólitos. Iliberal. Para muestra, un botón: cuenten cuántos servicios meteorológicos existen en el territorio nacional. Y así todo.

La resolución de las eternas perezas y vicios hispanos parece, en estos momentos críticos, lejana. Ni siquiera es fácil imaginarla. Quizás la actual crisis (menos dinero, más desnudez política) podría disolver los casticismos disonantes, llamados cínicamente “históricos”. O, en sentido contrario, animar a los millones de compatriotas ofendidos (sin motivo) a fundar un nuevo desorden republicano. Es decir, a aumentar la polifonía de derechos identitarios hasta hacerla un mero e insoportable arte y ensayo. España, una.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (y XII)

Contra todo asalto a la libertad, una provocación, una metafórica defensa del castillo. Iba a dejar de fumar, pero el ministro Illa (soberanista tras su cortina de humo sanchista) me ha convencido de no hacerlo mientras dure esta legislatura. Les pongo en situación: subí con mi amigo Planas a comer al Tibidabo, montaña de fe barcelonesa que ya quisieran tomar los infieles, y la cosa comenzó con cierta antipatía. Abrimos la puerta de hierro de La Venta, restaurante en las alturas, y, tras obligado saludo, le dijimos al maître que queríamos tomar un aperitivo en la terraza abierta y fumar un cigarro. El hombre accedió a regañadientes: “no debería dejarles, ayer los propios clientes me conminaron a no permitirlo, porque está prohibido”, espetó. Creo que esto es inexacto, la censura del tabaco está sometida al misterio de la distancia social, monstruo amenazante, enemigo del amor y los negocios civilizados; del grueso afectivo de nuestro mundo cristiano, sus ritos cotidianos y pequeños deslices morales.

En cualquier caso, mientras el hilo azul del cigarro ascendía hacia la eterna morada del Doctor Andreu, artífice del Tibidabo, Planas confesó una idea brillante. Se iba a hacer con unos cuantos cartones de Camel en previsión de venderlos a un precio desorbitado en el futuro mercado negro. Su duda técnica, a despejar, es si congelando los paquetes evitará la sequedad de los cigarrillos, circunstancia que pondría a mi amigo ya no sólo como contrabandista, sino también como estafador. Veremos qué sucede tras la prueba de congelación.

De los planes a los platos, nos sirvieron un fino salmón marinado, las inevitables croquetas (no recuerdo ágape sin observar a Planas deleitarse con dichas esferidades rebozadas, fueran de chipirón, de setas o de cocido), bacalao y merluza. Cocina límpida y ordenada, en un establecimiento habitado por la superviviente burguesía del barrio, divina comunidad que el capitalismo conserve muchos siglos. Al acabar de comer, llegamos hasta el Balconet, perspectiva de la ciudad que se desliza y acaba por bañarse en el mar azul. Incluso le hice notar a mi amigo la casa de otro querido mío, Raimon, con sus piscinas abalconadas. Cada piso con su rectángulo añil, una noche diez sirenas chapoteaban bebiendo champaña y besando el cielo. Todo eran recuerdos desde la mal llamada montaña del Diablo, leyenda negra de otras épocas que el Sagrado Corazón abatió con su evangélico amor. Relucían las rocas en el whisky, discutimos alegremente sobre Schopenhauer y las deconstrucciones culinarias, broma trascendental que por fortuna nadie se toma ya en serio. Luego, un coche vino a buscarnos y fue un descenso admirable, apología del deber barcelonés cumplido. Una vez más.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (XI)

En Barcelona suceden dos cosas, últimamente. Primero, la bolsa de delincuentes profesionales ha cambiado de público objetivo. Sin turistas, estos lobos importados de África abandonan su geografía habitual para subir, en dirección al Sagrado Corazón que corona la ciudad, buscando presas autóctonas. Yo comprendo que venir a la España buena y labrarse un presente mediante el robo es una opción viable y conocida en sus países de origen. Entiendo también la tendencia a la animalidad del comportamiento humano en determinadas situaciones. Pero, digamos, por eso nos hemos dotado de hombres y mujeres que detentan el ejercicio legítimo de la violencia. Son los que deben protegernos de la jauría, que, además, muestra ya en Barcelona una creciente agresividad. Hay una larga sucesión de noticias, de acontecimientos, desde que tiene la vara Inmaculada Colau, que no animan al optimismo respecto a la seguridad de los ciudadanos.

Y aquí abordo la segunda cosa anunciada al comienzo de esta nota: los políticos que gobiernan la urbe, después del desaguisado cometido (“papeles para todos”, conflictos con la Guardia Urbana, desarticulación de la idea del orden), han desaparecido de escena. No estoy seguro de que eso sea una mala cosa, si bien alguien debería tomar alguna decisión urgente sobre el asunto que nos preocupa. La secular aspiración barcelonesa de ser diferente tiene, además, otro nuevo hito: lidera las ocupaciones ilegales de domicilios. En realidad, Colau habría así alcanzado un sueño romántico, que le viene de su época activista. Ya casi tiene aquella ciudad de ciclistas y okupas, anticapitalista. De la ciudad de los prodigios a la ciudad de las desgracias.

Estuve, antes de largarme a la Costa Brava, paseando unos días por el Ensanche, barrio cuadriculado, vieja utopía burguesa. A los rigores de la política pandemista se une el rigor habitual de agosto en un barrio mucho menos turístico que el centro. Saliendo de la zona noble de este inmenso distrito, se encuentra la paradoja entre una belleza antigua, soportada en puertas, balcones, fachadas, y la fealdad reiterativa de esos establecimientos de chinas oscuridades, badulaques rotulados en catalán (aunque el empleado apenas ni habla castellano) y portales de memoria desbrozada, la garita del portero habitada ya solo por un mocho y un cubo. La depauperación de la clase media asoma en terrazas con sillas de plástico, medianas de cerveza sin vaso, dominicanas de culos desorbitados, jóvenes tatuados liando cigarrillos, un hombre solo apuntando con la mirada triste su postrimería; la carga simbólica de un anhelo arrasado por la vulgaridad. Es esta, también, una Barcelona sujeta al desplome general.

(Nota publicada en Ok Diario)

Si no estaba

Si en los topes del amor no estaba una canción, una chica, las cervezas del jueves y el gris de una ciudad que ya quisieran los colores posteriores. Si no estaba la camiseta roja de The Jam o de los Bulls, un bocadillo caliente de lomo y queso, vapores y besos. Si no estaba el frío de la calle y el temblor al volver a casa portando un rotundo fracaso. Si no estaba, echado en la cama con los tejanos puestos, una ojeada al póster de los Chesterfield Kings, la foto de magia y precisión de los cabellos alborotados de ella, de espaldas, desnuda. Si no estaban las soledades de chico mirando al suelo, rumbo al local de ensayo, con la Fender a cuestas. Si no estaban las carreras por la calle María porque habían llegado al bar los Centuriones. Si no estaba la llamada un domingo, un amigo se había matado en accidente de moto. Si no estaba, después de todo, otra Estrella Dorada en el Drugstore David, hacer de la diversión la cosa más molesta a los demás clientes. Si no estaba bajar hasta la calle Platería, sombras que acumulaban roña inmemorial. Si no estaba el sentido fuerte de la inmortalidad. Si no estaba todo eso, no era mil novecientos noventa.

Historias de Barcelona (X)

La muy hispana y condal Barcelona despierta este agosto con estupor. Aquí y allá oigo voces lastimeras, hondas miradas al vacío, negros augurios. Qué extrañeza, una ciudad que se creyó capaz de todo (o de casi todo) marchando en procesión de duelo. La patria de Luján, la Seat y los jeroglíficos interclasistas. Viene un varapalo, bofetada al infantilismo político, a las chorradas ideológicas por las que ha transitado últimamente la urbe, con sus votaciones ridículas, sus dirigentes esperpénticos; la ligereza, en suma, de creer en la vida regalada, en que todo el mundo es bueno y, venga, juguemos al juego de la Historia, aunque estemos, intelectualmente hablando, en pelotas.

Luego, cualquier estafador nos ha parecido salvífico. ¿Elecciones? ¿Para qué si no prometen el Cielo en la Tierra? La suma del idiotizante trabajo periodístico, educacional (en casa, en las escuelas) surte efecto: Barcelona, los barceloneses en general, somos selectos zombies de este siglo nacido en la podredumbre de los peores ismos filtrados de la anterior centuria. Un zumo repugnante por cuanto artificioso e indigesto. Alguien advirtió que las sociedades, cuando deciden suicidarse, lo hacen en su totalidad, sin excepción, por supuesto llevándose a los refractarios, a quienes deseaban vivir. Colau y el procés son símbolos de todo ello. En tales circunstancias, el liberalismo, su misión histórica, debe librar una nueva batalla.

Todavía hay quien refugia los ánimos en el tema culinario; aquellos que tienen pendiente apuntar entre sus notas la debacle estúpida de los años dos mil. Siguen encantados, como yo, náufragos en su isla, que el mar va engullendo. Hasta que no quede ni una maldita barra, ni una mesa decente sobre la que sobrevivir. La acostumbrada nobleza de saber uno qué come y qué bebe. Hablar de las cosas sencillas, sin infectarlas por defecto de la insidiosa política. Esta candente, abierta capacidad de cabrearnos, es prueba ineluctable de postrera decadencia. La vehemencia del corazón hispano, que refería el historiador Pompeyo Trogo (40 a.C.).

Quedan migajas, pequeñas esperanzas, el mediterráneo anhelo de belleza en torno a un plato. Sujeto a ciertos hábitos seculares, pequeñoburgueses, yo también voy a cenar con mis amigos periodistas, con mis amigos empresarios y con los de sin oficio conocido; o a comer frutos del mar y tacos de lengua cocida con Cristina Losada. Son estas singladuras barcelonesas de puro trotar, buscar, hallar finalmente un salón acogedor, que tanto nos gusta. Pero el tono general resulta absorto y afligido, a pesar del vino y los dulces mariscos. Y ligero: recientemente disfruté de uno de esos momentos, botón más de la decadencia burguesa, cuando el hijo de una familia acomodada le dijo a su padre que estaba a favor de las bicicletas y el progenitor le respondió que “luego cierran fábricas de coches”. Si bien asomó la esperanza de clase y ambos coincidieron al final con un apoteósico: “el vasco (Urkullu) le da cien vueltas a Torra”. Así pasa el verano, entre el debido entretenimiento y la verosimilitud del naufragio.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (IX)

Bochorno barcelonés. Estaba don Carlos Janovas contado las cálidas horas en su magnífico salón, repantingado sobre el sofá, hasta que dio un respingo, cogió el móvil y lo organizó todo. Como siempre, en el último momento, minutos antes de que el definitivo fin de la civilización cristiana pudiera dar al traste con el plan. Nos llegamos a donde lo de los hermanos Herrero, el Bonanova, sala que fue de billares y ahora es de festines culinarios. Pronto se sumaron los señores Jonquères d’Oriola y Calafell, y la mesa iba siendo abultada: pasaron sobre el mantel de hilo el gazpacho andaluz, las cigalas, el tomate, los mejillones franceses, las albóndigas de calamar, el atún a la plancha y un arroz seco con espardeñas. Jonquères d’Oriola nos contó sus dudas abiertas sobre qué raza de can comprarse y, ciertamente, escuché ideas algo dispares, que si un lulú de Pomerania, que si un cocker spaniel inglés; o incluso un podenco, pero éste último bajo el imperativo de pasearlo con pamela por los jardines del castillo en el que vive nuestro amigo.

De un asunto candente a otro, se comentó el bañador de Prada decorado con plátanos, recién adquirido, y a la insufrible señorita que va aireando asuntos que, en cualquier caso, ofrecen un vivo retrato de ella misma. Del cómo y de qué ha vivido, quiero decir. Contra Corinna, falsa princesa, se alborotó un tanto la mesa y ahí fue cuando Calafell nos regaló algunos de sus encuentros con gente aristocrática y la imposible adaptación del plebeyo a la idea de una graciosa nobleza. Las formas, claro: “Letizia -¡con zeta, por el amor de Dios!- se traga una escoba en cuanto alguien se le dirige con el debido tratamiento protocolario.” Por otra parte, sigue ella la pauta de aquel ministro socialista que decidió que España no podía permitirse tener alta costura. Luego se lamentarán de que la regia institución sea discutida. Mexicano de pro, una vez Calafell le espetó a un príncipe de Abu Dabi, que le había dicho que no le gustaba Madrid, si prefería la estampa de su abuelo portando cuatro camellos por el desierto o la capital de un imperio presente en tres continentes.

Corría un sauvignon blanc del Loira y, a saber por qué, la cosa derivó de la reina a aquella otra princesa del pueblo, resumen de una sombra ya alargada, pincelada por las televisiones del actual régimen democrático: Belén Esteban, con quien, en cualquier caso, podemos compartir algunas nociones de orden ideológico (no en el caso de Letizia). La sombra, decía, viene del Barroco, pero se hace pétrea y universal gracias a la inestimable labor y el derroche educador de las teles, los papás y las leyes. Y entonces emerge, cándido y poderoso, el pueblo llano de ahora. Lo dijo Janovas en los postres de crema y hojaldre, frase que envidiaría un ejército de sociólogos del ayer: “La clase obrera está desinhibida.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VIII)

En la mesilla de noche reposa el libro de Roger Scruton sobre la belleza. Al lado, una lamparita táctil se ocupa de los claroscuros, culminante imagen contemporánea del hombre solo, concebido para el hotel y viceversa. Fuera, tras el cristal, voces nocturnas, amortiguadas, tan poco interesantes desde esta habitación del Arbaso. Escribo en San Sebastián, he venido ocho días a comer, sobre todo. Pesadamente, cojo el mando de la televisión y viene a mí la ya larga desdicha barcelonesa. Comparable a no sé qué, pues incluso en momentos trágicos de su historia -como cuando Companys ocupaba Palau- la atonía mental no logró vencerla. Ahora, algunos elementos indican que sí. Urgen unos estados generales que barran al ejército de oportunistas instalados en las altas instancias. Que se vayan, han hecho suficiente daño, y a costa de las arcas públicas, pues si pagar un sueldo (¡y qué sueldo!) a Inmaculada Colau o al ahora diputado en Cortes Gerardo Pisarello no es incurrir en fraude que baje Porcioles y lo vea.

Las autoridades catalanas suspiran por otro confinamiento y simulan un poder que no poseen. Aunque, de tal modo, vuelven a apretar las tuercas de esta ruina barcelonesa, anestesiada todavía, inmaculada en su anodino aburguesamiento de patinete y exculpación. De camino a la estación de Sants, el taxista me hizo notar las monstruosas plantas silvestres que crecen en los alcorques de la calle Balmes. Dejadez, ecologismo imbécil, quién sabe la oscura motivación del consistorio y sus decisiones. El caso es que obstaculizan peligrosamente la visibilidad de los coches. Podrá afirmarse que se trata de un detalle, si bien de los detalles están hechas las cosas, sean conquistas o derrotas.

Decía de San Sebastián: limpia, ordenada, segura, trabajadora, orgullosa. Adjetivos extraños a la Barcelona socialista-podemita. El asunto de la educación perdida, eso que antes era la urbanidad. Como todos los sueños de la señora alcaldesa, el de transformar la Condal en ciudad verde se está ejecutando de la peor manera posible. Ocurrió algo parecido a propósito del desmantelamiento de la cárcel Modelo, desastre organizativo para el sistema penitenciario, perpetrado en necesaria colaboración con la Generalitat. Para Colau la urgencia era entonces lucir el eslogan de una urbe sin la institución represiva y todo ese rollo pseudorrevolucionario de feria. En cuanto a la cuestión del ecologismo ideológico, el ayuntamiento ha obrado con nocturnidad (y escaso tacto democrático), durante el confinamiento: corte de calles, bolardos separando carriles y más sorpresas que nos llevaremos. Guerra al coche y al peatón, infante éste convertido en carne de cañón. En efecto, las aceras son el territorio más comprometido, pista para patines y bicicletas, vehículos sin matrícula, sin impuesto de circulación; y al mando hombres y mujeres sólo con derechos, petits Colaus dotados del engreimiento y la grosería neoseculares.

Hay un proceso de desajuste, fatalidad que supone descreer de lo heredado y no tener nada substitutivo a cambio. Barcelona no es ajena a tal circunstancia, hasta diría que se propone vanguardia de la misma. Desde la mesilla de mi habitación, Scruton emerge en palabras: “La belleza está despareciendo de nuestro mundo porque vivimos como si no fuera importante; y vivimos de esa manera porque hemos perdido el hábito del sacrificio y siempre estamos intentando evitarlo.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VII)

La semana pasada, estas suelas de cuero inglés pisaron con extraña sensación la Barcelona comanche, recuperada para los autóctonos pero sin apenas presencia de estos. Desaparecidos los invasores de albos cabellos, chanclas y tripas cerveceras, los lugareños, por alguna razón que no alcanzo, desprecian el (inédito) paseo oreado, a Colón solitario frente al mar. Hay quien querría tumbarlo, los bárbaros no llegan ya del frío, han nacido aquí, hijos de viejos y desorientados cristianos. A propósito del descubridor de América, el cronista Ricardo Suñé calificaba en 1942 de “solemne y sencilla” la Fiesta de la Hispanidad que celebraba los 450 años del gran acontecimiento.

De tales vestigios, todavía humeantes en plazas, palacios y bronces, mis pasos vuelven al suelo acostumbrado. Allí donde los barceloneses vemos cumplido el deseo de tener la ciudad a nuestros pies. Desde la Diagonal hasta el Tibidabo del doctor Andreu, retornamos a los años setenta del pasado siglo. Edificios, porterías, establecimientos, señoras y niños con uniforme de colegio florecen desde aquella maravillosa década, sin cambios aparentes. Paradoja, tenemos un Gobierno de socialistas y comunistas de tres al cuarto clamando por la distancia social, pero en estos barrios dicha distancia ha sido asumida con canónica naturalidad: entre la filipina que limpia y su señora, entre el portero y los muchachos del tercero, que vuelven a casa de jugar a tenis. Ni siquiera con los atolondrados embates del procés y la militancia cachonda de pijos en la CUP (formación antisistema), la Barcelona alta ha dejado nunca de parecer lo que auténticamente es: una sociedad conservadora.

Hay lugares que abundan en la inconfundible burguesía barcelonesa, juzgada indolente, aunque eso excluya al patrimonio propio, siempre a resguardo. Respecto al dinero, no existe abulia hispana que lo descuide. En el bar Escocés (1955), don Miguel López atiende con diligencia a una clientela clásica en sus gustos ideológicos y alcohólicos. El dry martini, el negroni y algunas tapas inmortales (las ensaladillas variadas y el morro en vinagre) discurren por su barra de madera. Allí vemos americanas holgadas, corbatas con alfiler dorado, viejas víctimas del bisturí y la silicona, copas solitarias de cava. Invitación a la melancolía, una figura está sentada al fondo de la sala, bajo un cuadro de dama con sombrero. El camarero se dirige a ella por su nombre, señora Carmina. Son las cálidas penumbras que van huyendo, lentamente, hasta el día en que la señora permanezca ahí cual ausencia, para siempre. En la barra, más animada, hay incluso quien exige su sitio por veteranía. Dos gruesos hombres comentan las dificultades de la vida: “El deterioro físico de María José, en los últimos treinta años, ha sido espectacular”, informa uno de ellos. El discreto encanto de ya saben ustedes qué, amables lectores.

(Nota publicada en Ok Diario)