Coordenadas de una soledad (carta a Víctor Colden)

 

Pisar las calles cuando la ciudad no ruge, y se relame después de triunfos y derrotas. Una urbe, colmada de gente, patria de la soledad. El grueso de transeúntes ha marchado a sus casas. Sin embargo, para algunos, salir a mesar una barra de madera barnizada tiene el alcance del hogar. En ocasiones se acompañan de un libro, lo abren y admiran su compañía, incondicional. Hay pocos solitarios en los bares, se ha instalado la costumbre de ir escoltado a todos sitios. Y la figura del hombre solo parece rancia, herrumbrosa. Cultura que está siendo laminada. La soledad, acabado su oro, sería un dolor consolado. Un espinazo que soporta humores, movimientos, la dignidad del solitario. El barman posa el vaso e, inmediatamente, lo recoge otra mano. Misántropo trago, anclado en el silencio de robles centenarios, huella de podredumbre. Ya el vaso ocupa todo el campo visual. El vidrio está pensado para la noche, es cuando se ve su alma, la propia del espejismo en el desierto. Falta otra calada al pitillo, el humo penetra y da una ligera idea de las contingencias. En la cartera, soledades. Carísimas algunas. La solitud es una inversión ruinosa, deleite. Se supone que lleva a la reflexión. Podría, aunque me inclino a creer que conduce al ensimismamiento. La vida es pensar en ella misma y llegar a pocas conclusiones. Luz crepuscular, las garras de la ciudad, cansada, dejan escapar a los solitarios. Vagan, dibujan sombras en las aceras, firman secretas vanidades. Los vemos allí, en el espejo. 

Esta nota trata de responder a la publicada por Víctor Colden en Fronterad, que puede leerse en el siguiente enlace: https://www.fronterad.com/vosotros-los-solitarios/

El mundo de ayer

Dejar la luz encendida al salir de una habitación. Coger siempre el ascensor. Subir el aire acondicionado. Recibir en casa el Gold Gotha. Tener tarjeta de presentación. Perderse en la ciudad y preguntar a otro transeúnte. Escribir una frase con miedo a errar. Comprar periódicos de papel. Pasear. No ir a Ibiza. Aprovechar los minutos de silencio para observar el entorno. Disimular ante la belleza. Concertar una cita desde el teléfono de casa. Ir en taxi a todos sitios. Soltar un taco sedativo. Dar pocos besos. Abominar del trato de “cariño”. Roger Moore como James Bond. Marilyn Monroe. Spencer Tracy. Las mujeres con falda de tubo. Las mujeres que hablan sin manotear. Las señoras peinadas de peluquería. Regalar una estola de visón. Rescatar algo del olvido usando sólo la memoria. Tildar “sólo” cuando es menester. Afianzarse en el sillón con un libro. No ir por ahí con ropa deportiva. Pensar en los demás de un modo abstracto. Estar ilocalizable y que nadie se entere. Escribir una misiva con el objeto de acabar una relación. O de iniciarla, declarando el amor. Hacer el amor con la mirada. Seducir tratando de usted. Beber muy despacio. Desplegar un mapa sobre la mesa y recorrer con el dedo una ruta imaginaria. Escuchar a Bach. No encender la televisión. Saludar con la mano recta. Abandonar un grupo de personas poniendo tierra de por medio. Hablar bien de Berlusconi. Leer siempre a Chesterton. Leer a Wodehouse. No opinar de todo. No salir de Europa. Vestir una teba. No casarse. No divorciarse. No separar las basuras. Cazar. Ir a los toros. Pedir rabo de astado. Ver boxeo. Acudir a un limpiabotas. Beber dry martini. Preferir el tenis de saque y volea al juego de fondo. Llevar vacíos los bolsillos del pantalón. John Wayne. Discutir sobre la autoría de una canción. Citar de memoria. Hablar con alguien durante horas frente a un café. Grabar en la mente aquella vianda. El pan blanco. La leche de vaca. Toda la carne del mundo. Azúcar refinado. Pedir un guiso de tortuga. Comerse una becada. Alargar hasta la noche una sobremesa. Las cortinas de Via Veneto. Escribir postales desde el extranjero. Guardar en grandes álbumes fotografías de papel. Tomar notas a lápiz. Escribir la lista de deseos. Ir a una librería. Ser estricto con los desconocidos. Abrir la puerta a la mujer que nos acompaña. Tratar de usted a casi todo el mundo. Nunca preguntar a nadie por su profesión. No hablar de trabajo con las amistades. No mencionar el dinero. No tatuarse. Fumar un puro. Amar sin ínfulas. John Ford. El bar Richelieu. Milán en otoño. Las flores blancas del Ritz. Aburrirse. Vivir disimulando, morir como en el teatro.

Nota publicada en Ok Diario

La derecha (y una nota final)

Al momento que escribo estas frases, España sigue con sus juegos antagónicos. Los restos de Franco descansan en el Valle de los Caídos y la Tercera República española habita en los corazones de una ruidosa minoría de compatriotas. Es decir, la temperatura política se circunscribe a renglones de realismo mágico. Podría ser inspiración para un gran poema con un fantasma a caballo (el general) y un régimen de ensoñaciones (la república de nunca jamás). Así todo, como pesado referente, parecería que Francisco Franco Bahamonde inventara en España esa cosa singular llamada “derecha”. Pero esto no fue exactamente así. Veamos. El misterio de la derecha residió en Cánovas; en otro general, Primo de Ribera; también en el prosista Conde de Foxá y en el empresario Cambó; en el sable de Sanjurjo y, líquido, en las lágrimas de Arias Navarro. Una familia política, digamos, peculiar. Además, toda la tinta del ABC, al menos durante cien años, es río por donde han navegado esa y otras derechas. Como la febrícula fascista que representó Jose Antonio, las crónicas de postguerra de Pla o las finas letras andaluzas de un Pemán. Todos ellos, tan dispares, podrían representar lo que se ha venido en denominar “hombres de orden”. Y algunos tan solo fueron “reaccionarios”, surgidos de la comparación con las izquierdas republicanas y sus fantásticos desórdenes. 

Muerto el dictador, principal depositario de sus esencias, la derecha quedó representada en la figura de Fraga Iribarne, activo hombre a quien no dolía en prendas presentar en sociedad al jefe de los comunistas o mimar a las corrientes democristianas del moribundo régimen. Hasta Aznar, y con él, las muecas ideológicas del conservadurismo fueron renovándose poco. Permanecía esa inmortal estampa del “español de bien”, sus raigambres e imágenes distópicas, estas mayoritariamente ingeniadas por la izquierda. Surgió con Aznar, así, un orgullo conservador, patriótico. Pero la política es retorcida y aquel orgullo quedó atrapado en mil dificultades, también en los problemas comunicativos del personaje. En cualquier caso, la iniciativa FAES (think tank) indicaba que al fin alguien en el conservadurismo español había identificado el problema: la falta de creatividad intelectual. Tradicional dejadez hispana, el barroquismo de ir cada uno a su aire, reino poblado de reyes. Por más que un editor catalán (Vallcorba) editara profusamente a Chesterton y que Gregorio Luri (La imaginación conservadora) ilumine hoy una historia muy poco reconocida.

Si exceptuamos al ultramontano Blas Piñar y a los nacionalismos periféricos (con sus dinámicas propias), el Partido Popular monopolizó durante cuarenta años la voz y acción de la derecha española. Ocurrió así hasta el segundo mandato Rajoy, conservador de viejo estilo. Este monopolio excluía un tipo de discurso que, en Europa, ya se producía con cierta soltura desde hacía dos décadas. A saber, el reencuentro con la noción cristiano-nacionalista. Un ejemplo notable sería el Frente Nacional en Francia. La reciente aparición de VOX hace aflorar la actual guerra civil conservadora. Una atomización (Rivera también está en liza) que nos muestra un territorio de confusas fronteras y vagos principios. 

La derecha es un espacio de poder, pero sus moradores y pretendientes tienen poco interés en amueblarlo. No digamos decorarlo, apelo a Scruton. En algunas conversaciones que he mantenido con personas situadas en tal espectro político, se ha hecho siempre el silencio al llegar al tema de la cultura. El problema bascula entre un completo reduccionismo y una extraordinaria distancia. No ocurre así a la izquierda, que entendió y entiende muy bien esta cuestión (el PSOE de González respecto a la Movida o el PSC de Maragall en la Barcelona del cómic son dos ejemplos). La derecha, o sus generales, siguen ignorando la cultura, reduciéndola a un conjunto de cosas bellas (o singularidades) que no molestan. Es esta una asignatura, identificar sus manifestaciones, asimilar contenidos, articularse con las herramientas que ofrece, particularmente, la acción cultural.

(Columna publicada en Ok Diario)

¿Qué diablos le pasa a la izquierda?

Una señora de muchas lecturas y en absoluto conservadora me dijo un día que yo le había echado un cable al franquismo por escribir que “Franco fue un gobernante muy popular”. En el antifranquismo sin franquismo hay un aspecto melancólico, e incluso podría haber un principio freudiano. Archivé para mis adentros que echarle un cable a un régimen muerto hace cuarenta años tenía gracia. Así, ¿de qué manera, dotado de qué extraordinario vigor pudiera reflotar, por ejemplo, el hundido Imperio Austrohúngaro? Escribir para resucitar. Pero no a Franco, a quien no guardo ninguna simpatía, sino a Francisco I.

Los muertos, los imperios y los regímenes extinguidos solo resucitan en la fantasía o las películas, podría haber contestado a mi querida señora. Pero nunca lo hice porque la severidad requiere tiempo y sosiego. De hecho, no existe nada tan severo como el tiempo. A ningún historiador puede sorprender que un gobernante, dictador o autócrata que ostenta tantas décadas el poder haya gozado en alguna época de cierta popularidad. Ocurrió, por ejemplo, con Nicolae Ceaucescu, a quien el pueblo adoraba en los años sesenta y después acabó detestando como se detesta a un padre sobre el que hemos descubierto un terrible secreto.

Esta indisposición sobrevenida de la izquierda respecto a Franco es impostura. Tiene relación con ciertas expectativas, con la aspiración al poder. Nada que ver con justicias históricas ni urgentes conquistas sociales, aunque el discurso insista en tales elementos. Tampoco con una súbita afición por la Historia: de otros episodios, como la dictadura de Primo de Rivera, en la que el PSOE colaboró, nadie se acuerda. Del mismo modo, conviene omitir el nefasto papel del socialismo (Largo Caballero) durante la República y la Guerra Civil. Un uso grosero (y consuetudinario) del pasado. Por lo que atañe a las grandes conquistas sociales, el trabajo está acabado. El Estado social europeo es viejo; incluso vetusto, en naciones como Francia. Ya en el siglo XIX, Bismarck y el positivismo burgués hicieron mucho más por las clases bajas que Marx, Engels y todo el ejército anglosajón de frikis igualitaristas. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la izquierda dominante (comunismo) se presentó alternativa revolucionaria al Estado burgués. También en España. Si bien nuestra particular guerra civil dejó esas opciones fuera del juego político, durante cuarenta años. Y Franco, favorecido por la dinámica de la Guerra Fría, hizo su Estado social. En democracia, el PSOE significó la revancha, pero bajo la forma socialdemócrata, por supuesto antirrevolucionaria. Los socialistas de Felipe González prefirieron así olvidarse del general que (todavía) guarda reposo en el Valle de los Caídos.

Tras la caída del muro de Berlín y muerte del modelo socialista real, la lenta reacción de la izquierda fue ir moviendo su discurso hacia terrenos de sentimentalismo pop, algo que ya había abonado Foucault: las identidades, la condición sexual; o los pobres animales y plantas que se mueren por culpa del capitalismo y sus exigencias. A esta corriente mundial se suma el fenómeno (local) de la nostalgia por Franco. Pero el cinismo pseudo-revolucionario comienza a encantarse. Y, sin duda, se encallará. Mientras, la derecha, a remolque cultural, participa también de la histeria igualitarista. Todo esto ocurre en un mundo al galope sobre la inconsistencia intelectual. Un Occidente fatuo, hechizado con ciertas boberías. Entretenido en un aquelarre de imbecilidades mientras el salón sigue ardiendo. Interesa persuadir al votante de que el fantasma del caudillo continúa habitando despachos, instituciones y palacios de este país. Al menos hasta que Sánchez asegure la poltrona.

Nota publicada en Ok Diario: https://okdiario.com/opinion/que-diablos-pasa-izquierda-4510440

Y de repente, el último verano

Fue durante el ardiente mediodía, en una terraza barcelonesa. Se sucedían los habituales accidentes: la desgana de los camareros, el “hola chico”, la mesa sucia y el presagio de una comanda equivocada. También en esto Madrid puede ofrecernos buenas lecciones. A nosotros, que tuvimos la más grande y animada terraza del país, el Café Español, propiedad del señor “Pepet” Carabén. De eso hace mucho, ahora nos gustamos en una contumaz soberbia, que es decadentismo. Abunda un barcelonés disminuido por exceso patriótico. Reblandecido su otrora orgullo de ciudad, se relame en su versión catalanista. Diría que el neogramsciano Juliana parió intelectualmente a la criatura: el català emprenyat, escolti. Especialista, la izquierda le puso su estética. Ella, siempre ávida de participar en los peores inventos. Luego, coherentes, alzamos de jefe a un Nerón que toca la lira mientras la ciudad arde, exclamando “¡Qué gran artista se pierde el mundo!”, según el tópico cinematográfico.

Siervo de todas las perezas, pedí un café tardío. Ojeé la prensa. Durante la noche habían acuchillado a un hombre para robarle el reloj. “Un reloj de lujo”, se destacaba. En el cómputo de esta Barcelona que vuelve a la navaja aparecía incluso un embajador. Por caridad, qué manía la de internacionalizar nuestros asuntos. Era el sexto o séptimo acero encarnado en unas semanas, quizás tenga que ver con la política del “mal menor”.

Caía el sol sobre la pérgola, corona de fuego. Alcé la vista del café y allí estaba, a unos metros de mi mesa. Vestía de largo vaporoso, tela que predecía divinas órbitas. Voluptuosa prusiana. Carne celeste incendiando toda misantropía. Cruzó las piernas imperiales y vi sus pies, en los que me detuve desconcertado. Unas chanclas. Las chanclas azules con rayas blancas de las clases de natación de la niñez, sobre las que algún gurú ha debido proclamar su homologación callejera. Si algo bueno acarrean esas modas es, por cotejo, la feliz marginalidad de la elegancia, misterio siempre intuitivo.

La dama estaba contenta, incluso parecía feliz. Bebió zumo verde, se hizo un millar de selfies, comió vegetales y sorbió con entusiasmo la familiaridad de la globalización. Providencial, Barcelona, ajena a sus viejas penumbras, no la contradecía. En todo caso la reafirmaba con su carácter friendly todas las causas bonitas, las del entero mundo. Política naif. El gran abrigo de Occidente en su estertor. Por comparación, anoté mis hábitos reaccionarios, la tostada de huevos con panceta, un vino y café con cinco cubitos. Casi nadie piensa en la fragilidad, combustible de este Bizancio tecnológico, imperio moribundo al fin. Un voluntarismo que, navajas y deshielo de los Polos, incendio luciferino del Amazonas, cobija miedos muy antiguos.

Verano, Greta y el Open Arms

En verano, una vieja costumbre anima a los periódicos a publicar relatos, cuentos breves y reportajes biográficos. En efecto, perdura la idea del veraneante sobrado de tiempo y apetecido de alimento para el alma. Sería una dieta específica, paréntesis ocasional en la sobrealimentada vida política. Sin embargo, una tropa de disertadores y activistas está empeñada en que no se debilite el nervio ideológico. Así, tenemos este agosto dos embarcaciones que llaman la atención del mundo. Son portadoras de mensajes, su crucial empresa.

La primera, un velero, navega hacia América cruzando el Atlántico y, a bordo, se encuentra la niña Greta Thunberg. La conocemos por sus discursos lacrimógenos y un supuesto activismo en favor de no se sabe qué medidas contra el cambio climático. Sufre por los animales y la naturaleza de un modo, digamos, paródico. Su tierna edad y que no haya estudiado nada no han supuesto freno alguno al estrellato mundial como “voz autorizada” en cuestiones de clima. El comentario pertinente se refiere a la utilización política y comercial de la criatura. El comentario jocoso es cuándo comenzaremos a verle las costuras a este asunto. Y el interrogante apunta a la pérdida de soberanía (o de compostura, si prefieren) de algunas altas instituciones, que han dado pábulo a una farsa de tal magnitud. Todo lo veremos, Greta navega para salvarnos.

El segundo barco tiene pintado sobre su casco “Open Arms” y, según proclama la organización, se dedica al rescate de personas en el mar. Merece esto unas consideraciones generales. El buque no está construido ni habilitado con ese fin. Tampoco tiene, obviamente, el permiso requerido de las autoridades para desarrollar tales operaciones. Esa labor la acometen, con garantías y transparencia, los barcos, medios aéreos y personal de Salvamento y Seguridad Marítima. Recordemos que se cuentan en casi 50.000 los inmigrantes rescatados por esta institución en 2018, principalmente en el Mar de Alborán y aguas del Estrecho. El buque de Open Arms opera estos días, de manera ilegal y con pabellón español, frente a las costas de Libia. Parece que recibe a bordo a los “rescatados” directamente desde barcazas libias. Desconocemos los detalles del trato entre las mafias de tráfico de personas y el buque español, una vez se halla este cerca de las aguas del país africano. En todo caso, no se ajusta a la verdad afirmar que socorre o rescata a nadie en alta mar. Una vez la carga humana se encuentra en el buque español, este tiene como destino innegociable Italia o nuestro país. En su último periplo, se negó a atracar en Malta, sin que sepamos todavía las razones.

Intentando enfocar un poco este turbio affaire, no debemos desdeñar sus motivaciones políticas. Italia y Grecia soportaron durante años, con poca ayuda europea, por cierto, la presión migratoria derivada de la guerra de Siria y del colapso del Estado libio. También la marina italiana, como la de España, cumpliendo la legalidad y el deber de socorro, ha rescatado y sigue rescatando a miles de inmigrantes en el mar. Pero conviene más a cierta prensa (y no digamos a algunos políticos) omitirlo, señalar al ministro Salvini, “ese fascista”, y hacerlo responsable de las aventuras del Open Arms.

Así transcurre el verano, entre perezas literarias, baños de sol y tribulaciones marítimas. Tenemos a Greta surcando el océano, cumpliendo un alto deber en su cándida imaginación. Cuando llegue a América, será recibida por el establishment demócrata como una heroína del clima. Lo de la ONG española tiene otra temperatura, es una historia política con tráfico de personas. Demagógica, repugnante.

Nota publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/verano-greta-open-arms-4490027

La política y la playa

España en la playa, aunque la política no hace vacaciones. Esto nos condena a orillar sueños y lirismos. Nada de escribir sobre atardeceres frente al homérico azul, las casas blancas y las coloridas buganvillas. Obviemos la sensualidad de cenar bajo una pérgola, el vino blanco, la camisa de lino y los dulces frutos marinos. Los políticos nos animan a seguir abrochando detalles de la vida nacional. No sabemos de cierto dónde están ellos en agosto, pero su presencia virtual no cesa. Mientras, las medias clases se entregan a todos los tics veraniegos: el baño de sol, la cervecita antes de comer, el arroz, la siesta patriótica. Las vagas fantasías de riqueza, erotismo de una existencia imposible. Por ejemplo, la de aquel afortunado grueso, reloj de oro, que baja del yate junto a una señorita rubia. Viéndolo soñar, cabe suponer que al español, en realidad, se la trae al pairo si hay o no Gobierno. O si en Navarra se ensaya una oscura coalición. Las luchas por el poder, sus obscenidades, pertenecen a esa lejana vida aplastada por la jornada laboral, aunque noticieros y columnas impresas sigan sus detalles. Y sus gruesas exigencias. La última es que enterremos el recuerdo de ETA, mas no el de Franco, estrella mediática desde la tumba. La cargante memoria histórica es ideológicamente selectiva. Sin embargo, el español estival tiene otros asuntos: ahora su dilema no es ETA o Franco, sino pedir paella o decantarse por la fideuá. Surgen suaves problemáticas de ese tipo, comer hoy o mejor mañana con los Gutiérrez, que veranean en el mismo pueblo. O si cambiar el ajo por la sandía en el atávico gazpacho. Es el ibérico un ejemplar que disimula muy bien en agosto, cuando percibe que la vida, gozosa, le pertenece un poco. Atrás quedan los imponderables de este mundo. Se le ha visto partir en multitud, calor y huelgas. Incluso llevando consigo a la suegra, que sería la más poderosa prueba de continuidad del contrato familiar. Y también del estoicismo que regula los matrimonios. Para conjugar el veraneo, el héroe recorre distancias extraordinarias y salva muchas dificultades. Luego, se agolpa en un conjunto cultural sobre la arena, armado del más complejo aparataje: cremas, toallas, nevera, flotadores y todo aquel cementerio de sueños en la cabeza. Quizás no apreciamos lo suficiente el alto precio de tales fruslerías, de la vida articulada. De esa felicidad de clase estaban hechas las quimeras del welfare, sus guerras fratricidas, el fantasmagórico rastro en la playa de Omaha. También las del Tercer Reich, todo hay que decirlo: vacaciones en familia a bordo de un Volkswagen modelo Kraft durch Freude, traducido “fuerza a través de la alegría”. La política es un largo y delirante veraneo.

Nota publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/politica-playa-4464445