Historias de Barcelona (VI)

(Plaza Real, Barcelona, julio de 2020)

Una mañana de julio, por ocurrencia del señor Planas, nos dirigimos junto a don Iñaki Ellakuría hasta donde Barcelona acaricia el mar y los olores se hacen más intensos. La (feliz) ocurrencia de nuestro amigo consistía en darse un garbeo por los límites del distrito quinto, en pleno verano y sin turistas.

Imposible recordar la estampa de unas Ramblas apenas transitadas, sus quioscos sin clientes, algún comercio ya clausurado y muchos vacíos. La puerta de Boadas (coctelería en activo más antigua de la ciudad, fundada en 1933) no se abría frenética, como ha sucedido desde siempre, y las calles que penetran en el viejo Chino eran solo habitadas por algún morito con gorra y la secular señora con su carro de la compra. Tal ausencia humana devolvía recuerdos: viejas tiendas de discos de Tallers, casi todas cerradas; Cazalla, el bar más pequeño de la ciudad (unos dos metros cuadrados), que fuera abierto en 1912 y aun sobrevive sirviendo mojitos, esa otra epidemia. Quisimos los tres excursionistas tomar aperitivo en el Círculo del Liceo, pero nos faltó la chaqueta reglamentaria para poder entrar. Así, pasamos por el mercado de San José (Boquería), ánimo renovado en la barra del Pinocho, donde se despidió del mundo Cabau tras enseñarle a la burguesía barcelonesa la gran cuisine, seria, republicana. Parece ser que el prócer marmitón ingirió una píldora de cianuro con un vasito de agua ante el actual propietario y alma del establecimiento, don Juanito Bayén, brioso octogenario, perico de pro. En Pinocho éramos escasos comensales, destacando una característica figura barcelonesa que los nativos distinguimos al instante: hombre maduro con sombrero, algún extravagante detalle en el vestir (corbata y americana violetas), acompañado de una muchacha latina veinte o treinta años más joven que él. Juanito propuso mejillones en vinagreta y los legendarios garbanzos con morcilla, y comentó su extrañeza al contemplar la barra sin agolpamientos, sin cañas volando entre manos y sin fotos de los turistas. Para despedirnos, lanzó sonriente un mensaje de ánimo españolista, a pesar de los sombríos momentos que el club está viviendo.

A poca distancia, la Plaza Real, sitio de flamencas catacumbas, permanecía en el silencio vacuo. Sus grandes terrazas huérfanas, los camareros mirando al infinito. Pensé en ese raro panorama y en los cuerpos que yacen bajo las baldosas de la plaza (primitivo convento capuchino demolido): imaginé que verían aquella desolación con una erudita sonrisa; los muertos siempre acaban teniendo la razón.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (V)

Me lo temía: Inmaculada Colau tiene un modelo para Barcelona. Qué desagradable noticia. Algunos comentaristas (yo mismo) han puesto el acento en las estrechas facultades intelectuales de la señora. Ya no lo considero importante: en lo pernicioso de su gestión municipal se mezcla indolencia y demagogia. Y seguiría siendo así aunque estudiara (¡por fin!) en Eton. ¿Qué habríamos de esperar de una activista con la vara de mando de la segunda urbe de España y un salario de casta política? Por ser noticioso, entre otras importantísimas y urgentes cosas, acudió a una clínica privada a retocarse. Pero, sin abandonar nunca el romanticismo de pancarta que la hace tan popular entre su electorado populista, arengó a los trabajadores de Nissan. Bañito de masas para no olvidar el pasado vocinglero. Los sectores productivos de la Ciudad Condal la aborrecen, esos fascistas.

Su modelo es la República Popular en Bicicleta. Más o menos recuerda a los paraísos marxista-leninistas de postguerra, si bien aquellos líderes leían a Gorki y a Cervantes. La Tirana de Hoxha, los obreros en bici, la ecológica plaza Skanderbeg sin autos. Un sueño, o paradigma, implementado con nocturnidad y alevosía (¿democracia para qué?) mientras permanecíamos confinados. Calles cortadas, bolardos en vías importantes y una total impunidad para ciclistas y patinadores, que, además de calles, invaden aceras. El peatón es hoy un insólito lumpen, atenazado por el régimen nuevo. De la ciudad de los prodigios a la ciudad idiota, así se escribe la historia.

Pero todo régimen impúdico encuentra su resistencia. Y los barceloneses, no obstante, seguimos siendo espíritus dionisíacos, dos mil años nos contemplan. Existen aún orgiásticos lugares donde resistir. Unos inmorales, otros igualmente burgueses. Es el caso del restaurante Bonanova, sito por allí arriba, donde la ciudad escala hacia el Sagrado Corazón de Jesús, Tibidabo. A menudo, con los restaurantes pasa como con las relaciones humanas y tecnológicas, al cabo del tiempo comienzan a salir aristas. No me ha ocurrido así, todavía, con el local de Adolfo y Carlos Herrero. Ofrece un bogavante imperial, azul borbónico que torna rojo al calor del fuego hispano, ardemos marmitones desde Felipe V, también Colau. Tradición familiar, primoroso cuidado de la cocina de mercado, los Herrero han comprado recientemente una isla de cocina que es como el Bugatti de esos quehaceres. Formidable cosa, instrumento de acero con el que imprimir conocimiento y gusto, al fin cultura golosa, notable en el Bonanova.

Post scriptum: El lunes vi un documental en Televisión Española sobre Ángel Pawlowsky (Rivera, Argentina, 1941), artista del espectáculo barcelonés ya retirado. Por ahí aparecieron Colita y Núria Ribó hablando de aquella Barcelona, compendio de gente extraordinaria, única y tal. El cuento barcelonés de siempre, la gauche divine de Sagarra, el Bocaccio y demás. Me calenté una miaja, y por aliviarme en la certeza llamé a una señora de Muntaner, muy vivida. Amiga de sus amigas -incluyo al sexo masculino-, le pregunté qué le parecía el documental: “¡Ay, qué gracia, el Pawlowsky! ¡Pero cuánta imaginación!”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (IV)

(La última Rickenbacker, fotografía del autor)

El taxi subía, a duras penas, las calles que conducen hasta el tanatorio de la Ronda de Dalt. Gran serpiente de asfalto, permite a los barceloneses bordear, como su nombre sugiere, el cuerpo de la Condal; y penetrar en sus tripas hacia el este en el momento que uno desee, más o menos. Desde allí arriba se ve el aguerrido manto hasta el mar, y Colón, símbolo que la novísima reacción odia, aunque ni sepa por qué. Acaba la urbe, exhausta, hundiéndose donde todas las cosas cristianas, civilizadas: mare nostrum, Roma.

Iba al tanatorio a saludar por última vez a un amigo, Nacho Arola. Un viaje de esos que reproduce la cadencia del monstruo melancólico. Viendo al fondo el barrio de Horta, aquel veraneo burgués del diecinueve con sus casitas ajardinadas, acariciaba la ventanilla del taxi. Una vida de subir y bajar a capricho del cliente, vetusto vidrio, piel barcelonesa, quién sabe cuántas carreras y miradas perdidas habría atrapado. Como el destino es una cosa procaz, el taxista sintonizaba rock de los ochenta. El tipo era vieja especie: peinado hacia atrás, camisa negra, una esclava en la muñeca, Ray-Ban oscuras y poca conversación. Sonaban en el coche los hits de otrora, mientras yo acudía al encuentro triste con Carolina Bochaca, Cristina y Edi Arola, Miguel Navarro, Miquel Serrano, y tantos otros. (¿Se han fijado en los nombres y apellidos? Claro, son mixtura de Barcelona.)

Con Nacho, el meollo fue la música, continente salvaje. Tendemos a la idea del heroísmo, y al final nos perdemos en los placeres y las pequeñas tragedias. El ritmo de ese tiempo tan severo e idiota de la adolescencia. Y cada cual escribe su historia, o al menos así lo cree: conocí a Nacho en 1988, cuando un sueño de juventud era tener un grupo de pop, y en esta ciudad las cosas funcionaban con una libertad que ahora parece inimaginable, a la imaginación y sus límites me refiero. Después, a remolque de la decadencia política, todo se complicó, enmarañamiento de acordes y vidas agridulces. La última aventura juntos fue comprar una guitarra Rickenbacker y tomarnos después unas cervezas en un terrado, desde donde veíamos la vida entera, barcelonesa. Bueno, el Tito se ha ido, entrañable, mano temblorosa sosteniendo un cigarrillo, risa dispuesta para cada tontería que surgiera, la simpatía perenne. Qué jodido, marcharte así, a deshora, a la francesa. Y Barcelona ardiendo al fondo.

(Nota publicada en OkDiario)

Historias de Barcelona (III)

Antes de iniciar esta serie, estuve cavilando si titularla “Historietas de Barcelona”, habida cuenta que la ciudad hizo gala de explicarles la vida a los españoles mediante el género del tebeo, en el pasado siglo. Sensible y heterodoxa, habitada por mesetarios mediterráneos, en la Condal pervive una cosa romana: la ligereza a los pies de unas columnas que todavía sostienen la idea del templo.

En fin, dejemos suelta a la poesía, que corra por las calles pendientes, venas entre los mundos barceloneses, endémicamente dispares. El asfalto en la ciudad de los prodigios, en esas ocasiones que nos toca morderlo, es poroso y salado. A nuestro Gil de Biedma le pasaba que, noche cerrada y cuando la ciudad ya le había consumido, ésa le regalaba cuatro versos, como una consideración. En tal sendero me encontraba yo, terraza de farolillos y amigos mediante, cuando una gran señora le regaló a su hijo un episodio de Galdós: “Gracias, mamá. Es el mismo que me regalaste el año pasado, era muy bueno, aunque no lo leí.”

La querida fauna, siempre tan delicada, fue desfilando entre copas: apareció un insigne médico, tan alto como la estatua de Colón, para saludar y despacharse en dos minutos con un constructo todavía vigente entre ciertas clases acomodadas: “Franco hizo cosas buenas, el sistema de salud, los pantanos… ¡Y eso que era socialista!” No se sorprenda nadie, la lista de simpatizantes y amigos políticos del dictador entre lo que luego fue el catalanismo dominante (ERC incluida, amigo Rufián) es abultada. Pero para estos asuntillos no hay memoria histórica que valga.

Como decía, Barcelona es madre y señora del tebeo, arte ágil y suculento. A unos metros de mi mesa celebraban encuentro cinco o seis muchachas de Sarriá, de esas que cambiaron el bolso Vuitton por un bulto de tela, y el voto a CiU por las candidaturas antisistema de la CUP. Una especie de contestación imbécil, aunque al final intrascendente para el patrimonio familiar. Estéticamente, la burguesía local se ha descuidado hasta límites insospechados, si bien sigue habitando fincas con portero y ficus franquistas y acudiendo a esquiar a Baqueira. No es el caso de Bernat Dedéu, figura de una derecha independentista llegada ya a la estación del fracaso político, a Dios gracias. Un chico educado, pulcro y bien peinado, gustaría tanto a las señoras de Núñez de Balboa como a las de la barcelonesa avenida Pearson, sin distingo. Además, haría pendant, como dicen los italianos, con el cortinaje y la porcelana de Sèvres. Al final, las tribulaciones políticas catalanas se diluyen en la cuestión marxista de las clases.

Nota del lento desconfinamiento: abrieron Via Veneto y allí me comí una tortilla de comté y camembert que me hizo olvidar, durante unos instantes, el socialismo totalitario gobernante y los detritus del procés. Mientras paladeaba la untuosa receta, de un ambarino celestial, una voz susurró: “no podrán con nosotros.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (II)

(Fotografía de Josep Postius, con el alcalde Porcioles, 1965)

Como afirmara José María de Areilza y Martínez de Rodas, con la gravedad de unos tiempos más serios que los de ahora, “la idea misma del Estado de derecho se apoya en la existencia de una opinión libre”. Esto lo formulaba el diplomático de Portugalete en favor de un régimen democrático que él mismo ayudó a establecer, después de la dictadura. Bien, el tiempo y los desmemoriados, atribulados hombres, han hecho maravillas y estamos ya en disposición, cuarenta años después, de tener que recordar cosas tan esenciales: el ejercicio de la opinión libre no puede ser censurado; aunque la opinión general, digamos, no es lo que fue.

“Es un fenómeno mundial, no sólo patrio.” Me lo decía, tras unas gafas de sol doradas, don Christophe Jonquères d’Oriola, pieza última de una saga antigua y descendiente del campeón de salto ecuestre, monsieur Pierre. Acababa de volver del chateau familiar, se había comprado un colorido souvenir en Versace, y quedamos a comer en la terraza de Chez Cocó. Es ese un lugar al gusto de las señoras del Turó Park y los abogados del edificio Godó. También de mis amigos que coinciden con Pasolini en instrucción, buen gusto y afición por el mismo sexo. Ahí aparecen, sumadas, cuatro cosas que pondrían bizco al homosexual a la moda, muy poco instruido, chabacano y de izquierdas (no aquella izquierda limpia y valiente de Pasolini).

Los coquelets asados, acompañados de parmentière y ensalada, fueron traídos a la mesa casi al mismo tiempo en que aparecieron volando por allí doña Alba Riu, moreno marbellí de la Vía Augusta, y don Carlos Janovas, ave dorada peregrina en la Barcelona de postín. Se hablaba de las avenencias de esa flamante homosexualidad, que es militancia política desaliñada, vacua y populista. Recordé las pancartas del “orgullo gay”, mercantilización de un hecho que debería ser insustancial, como afirmara Stephen Fry: ¿a quién importa lo que cada uno hace en su cama? Miren, volviendo a una Italia gay, transgresora y culta, el artista Renato Zero cantaba en los setenta: “Mi vendo / un’altra identità / ti do quello che il mondo / distratto non ti da / io mi vendo, e già / a buon prezzo, si sa.”

Mis amigos, animados sin duda por el champagne rosé, ya trazaban la senda de la encendida crítica a la corrección política y su piel fina. Evoqué a dos personajes que habitaron la Ibiza del Sausalito y Ursula Andress. Ambos, teutones, delgadísimos, vestían en Paula’s y con los trapos de la (falsa) Princesa Smilja. Jamás una proclama, una medalla sexual salió de sus bocas. Les conocíamos como los pajaritos, y esto venía a cuento porque aquel mundo marica, elegante y distendido, fue aplastado por un ejército de palurdos ideologizados, ortodoxia muscular.

“¡Felicidad embotellada!” -exclamó David Niven ante la Cardinale a punto del delirio-, el champagne elevaba la gracia barcelonesa, heterodoxa, mientras el cielo caía y a todos gustaba. Un joven cruzó la terraza, cargaba todas las tribales formas, uniforme y eslogan, acervo reaccionario. Fue cuando don Carlos, que cultiva la tradición de la ironía, dijo en un respingo: “¡Yo me meto en el armario, pero que vuelva el Caudillo!”

Historias de Barcelona (I)

Me habían llamado por teléfono con el motivo de organizar una comida, después de estos austeros meses. Busqué un lugar que pudiera acogernos, a los cinco hombres cinco, barceloneses, sin saber muy bien bajo qué condiciones podríamos distraer estómagos y espíritu con el vigente estado de alarma. En una pequeña terraza nos sirvieron con mucha solicitud y las debidas medidas de higiene. Mascarillas, guantes, todas esas horripilantes cosas. Esta normalidad estética que va de Moncloa al pueblo. Pensé que, en cualquier caso, el estado de alarma intelectual durará mientras dure el gobierno, más allá de su vigencia legal.

Las conversaciones se cruzaban por encima de copas y platos, simpática efervescencia tras tanto silencio y represión. Estos almuerzos tienen un buen volumen de por sí, amplificados por el vino y la humana pasión de decir cosas. Pero la invasión del Estado en ámbitos tan delicados e importantes como la libertad y el libertinaje han hecho mella. Incluso un heideggeriano mordaz como Oriol Trillas tardó un rato en desplegar velas y polémicas. Viajaba en verbo Cayetana Álvarez de Toledo (derecha afrancesada), Inmaculada Colau (emperatriz mundial de la bicicleta, tras el cierre de Nissan) y, gracia de la vida, Porfirio Rubirosa, playboy dominicano del que preparo un artículo. A mi amigo Manuel Garayoa le conté que, unos días antes de morir, Luis Racionero pasó, ya muy desgastado, a despedirse de los camareros de la terraza del antiguo José Luis. Qué elegancia. Un señor de Barcelona.

Como las copas tienen a veces un efecto artístico, la mesa se desperdigó y fue entonces cuando, por Infanta Carlota, Pablo Planas y este humilde servidor dábamos tumbos en busca de local. Infructuosa búsqueda, le vi en un momento dado alejarse por avenida Diagonal en dirección sur, rugido de tanques.

Recordé la calle Tuset y me llegué con las esperanzas todavía enteras. Allí se cruzó al paso Alberto, camarero capaz de servir ocho dry martini de una vez sin perder pulso ni porte, clásico, digamos. Iba vestido como Roland Garros antes de salir a pista: zapatillas, pantaloncillo, polo y sueter trenzado de pico, todo blanco, por supuesto. “El lunes abrimos”, me dijo, y se marchó con viento fresco, dejando un cadáver a las puertas de la salvación. Pero el destino tiene sus adornos. Viéndome desarmado, tieso sin saber qué hacer, las señoritas de un bar adyacente me cedieron una mesa, mientras comenzaba a llover como llueve en primavera, violines barrocos, allegro molto. Discurría al lado una cita de esas de red social; una cita a ciegas, como se decía antes. Me pareció inocente y encantador, el brillo de unos ojos que se gustan. Cuántas cosas no habremos hecho a ciegas. Incluso votar al fascismo vero, éste que manda.

Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)

La deriva hortelana de la izquierda

Entre columnas de humo y polvo, borrones de sangre, acero y adoquines, levitaba, por segunda vez, el alma de Marat. Tan querida por aquellas cándidas muchedumbres con escarapela tricolor, repetía su simbólica muerte en París bajo la bandera roja de la Comuna. Tintura decretada para toda la historia de la izquierda, hasta el derrumbe del monstruo soviético. La izquierda, dicho así ligeramente, se ha partido la cara desde su fundación: el Gran Miedo, el Terror, las matanzas de campesinos en la Vendée. Con el vigor de una fiera y un intelecto extraordinario, la violencia política (inducida, ejercida, atenuada según la oportunidad) fue dejando el camino expedito a una idea republicana en que se acomodaría el racionalismo que, ahora, vemos agonizar. Un racionalismo, por cierto, nunca patrimonio exclusivo de la izquierda. Ni mucho menos. 

Atrás quedaron relevantes arritmias de la Historia, provocadas por la fuerza revolucionaria, inmarcesibles episodios en que el hombre se liberó de las cadenas del capitalismo. “La libertad, ¿para qué?”, le soltó Lenin a Fernando de los Ríos, conspicua pregunta que dominaría el mundo socialista hasta que el camarada Gorbachev no pudo ya seguir asumiendo sus contradicciones y, ay Manolo, se cargó el paraíso obrero. Sí, hubieron muchas riñas y desencuentros, incluso algunas bofetadas (en Angola, en los años setenta, pudo producirse un cuerpo a cuerpo entre americanos y soviéticos, desliz de la Guerra Fría) y un mundo fantástico de espías y paraguas búlgaros venenosos; un eurocomunismo, unas trifulcas italianas a costa de los intelectuales, hasta la pasión socialista de nuestro Felipe González Márquez quien, decepción del nacionalismo pecé, metió a España en la OTAN y en la Europa de los mercaderes.

El viaje de la izquierda, visto en perspectiva, resulta fascinante. Y su actual tramo del camino, una broma del historicismo. Hace dos años, Félix Ovejero analizaba en el ensayo La deriva reaccionaria de la izquierda el proceso de mutación de tal cultura política. Recojo algo sobre esa izquierda antiilustrada: “espadachines a sueldo”, “infantilismo”, “frivolidad intelectual”, “apelación al sentimiento”. Retornando un momento a Italia, nación de brillantes intelectos, me gusta citar la altura de Pasolini, ejemplo de aquella crítica tan abandonada, verso suelto, pero qué verso: se declaró, fuera del rebaño de comité central y de los atribulados ácratas boloñeses, contrario al aborto.

La última parada de la izquierda, florida y verde, es la horticultura (¡si Marx y los santones del comunismo levantaran la cabeza!). A saber, la llamada ideológica a cultivar huertos urbanos como barricada política. Sí, querido lector, la lechuga y el pepino curtidos en humos negros de motor como vanguardia de la lucha. Así lo escriben José Luis Fernández Casadevante ‘Kois’ y Nerea Morán Alonso en un artículo reciente: “Los huertos urbanos, ligados a los tejidos vecinales y a las emergentes dinámicas solidarias de proximidad, deben ser un dique más de contención contra los riesgos de que arraiguen en los barrios los valores y actitudes favorables a la extrema derecha”. Añadamos dos vocablos esplendorosos, que dan fe no ya de aquella deriva autoritaria argumentada por Ovejero, sino de, propiamente, una manifestación de estulticia que haría gozar a Maurizio Ferraris: “renaturalización” y “huertopía”.

Finalicemos, derrotas contadas, con una revisión musical, himno actualizado a los tiempos de la nueva izquierda, ya en el salvífico huerto: 

¡Arriba huertanos de la urbe!

¡En pie iphonera legión!

Atruenan los brócolis en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión hortícola a vencer!

El mundo va a cambiar de nabos.

Los verdes de hoy todo han de ser.

(Nota publicada en Ok Diario)

Correr en Barcelona

Esta nota bien podría parecer un epílogo, borrón que cerrara una trayectoria, la mía, trufada de principios, pretextos y soluciones imaginativas a la vida. Sí, yo que he abominado del deporte urbano, de la imagen asidua de un hombre que viste la mañana con corbata, pongamos Marinella, y que en la tarde se abandona, ridículos pantaloncillos, a la agitación del running. Homo agitatus que con escarpelo de filósofo nos detalla Jorge Freire en un reciente ensayo. Pues bien, en una manifestación digna de tal impulso, salí esta mañana a trotar, asestando así, y por la circunstancia última que relataré, un golpe mortal a un decoro tiempo cultivado. 

La primera eventualidad de la carrera al trote es que mis pies, sin duda sabios y afligidos por estas semanas de confinamiento, me condujeron hasta la puerta de Via Veneto, institución sita en la calle Ganduxer. Naturalmente, la situación actual española, de orden marxista-leninista, ha cerrado también esa puerta de madera, trance oprobioso que debe ser invertido a la mayor brevedad. Al volver los pasos hasta Diagonal, pensando en una tortilla con trufa y un pato a la presse, me crucé con Joan Laporta. No se altere nadie, paseaba su figura vistiendo camisa y chaqueta, bronceado como siempre. Le conocí hace unos años en casa de los Carabén, cuando Marjolijn, ya viuda del famoso economista, escritor y dirigente deportivo (fichó a Cruyff para el FCB), celebraba su cumpleaños. Excuso, pero no me dejaré llevar ahora por el natural impulso comunicativo de todo catalán (“Cataluña es un país de grandes chafarderos”, le había dicho Marjolijn a Arcadi Espada en 1999). 

De la tez morena de Laporta salté hasta la acera baja de la avenida, rigurosa frontera para el gran Tito B. Diagonal, cliente de Dom Pérignon, Wodehouse, Lamborghini, Baqueira y el Club de Polo. Allí, en el cruce del antiguo camino de Sarriá, pueblo de mis primeros años, se alza el edificio donde vivió Caterina Lloret, señora de Barcelona, amiga de la familia, estudiosa y gran cocinera, aquellos celestiales ravioli rellenos de calabaza, con salsa de uvas pasas y nueces. Así, perfumando mi trote de agridulces recuerdos (Lloret murió, sorpresivamente, en su residencia de Palau Sator), pasé exhalador ante el Kahala, bar tiki desde 1971, donde siguen sirviendo mai-tais, nui-nuis y zombies, preparaciones todas de los años treinta. Me da que este tiki superviviente es una cosa feliz, una horterada feliz si quieren, venida de los treinta y no de las tristezas politizadas del sesenta y ocho (compárenla, por ejemplo, con el Roxy de Edward Kienholz). 

Ya próximo a mi domicilio, una fugaz mirada a la acera que baja desde Calvo Sotelo por Infanta Carlota me trajo de nuevo las puertas del Mister Dollar, sitio de moral muy distraída que desapareció en 2012. Pero no todo iban a ser fantasmas, dos manzanas más allá se materializó el golpe mortal a mi decoro: allí estaba, sin posibilidad de esquivarlo, mi amigo Carlos Janovas, camisa rosa, pantalón crema, mocasines Tod’s y, horror, móvil en mano para fotografiarme de tal guisa. Lo que pasó después, tras veinte minutos de ilegalidad, pues estábamos violentando el toque de queda, fue una negociación de mucho brillo y mucho oro (como todo lo que compete a Janovas), y de la que, en cualquier caso, no puedo dar más detalles. A merced de ese señorito barcelonés queda mi imagen, y que Dios se apiade de este pobre corredor. 

(Nota publicada en Ok Diario)

Las formas

Sobre las formas en política, eso que en un tono pretendidamente elevado tiende a formularse como ‘estética’, se escribe mucho y muy categóricamente. Desgastado está afirmar que sin ética no hay estética, aunque pueda ser verdad. Quizás debido a una urgencia neosecular, vemos un severo modo de contradecir a la mujer del César, cuando estableció que además de ser honesta había de parecerlo, sibilino asunto. Hay un relajamiento general, señoras derrotadas en ropa de deporte, caballeros de una austeridad pavorosa, aunque acaso sea el reflejo del palacio, de sus sombras y de quienes lo habitan. Únicamente las personas de poco seso no juzgan por las apariencias, sentenciaba religiosamente Oscar Wilde.

Lleguemos ahora hasta China, tal vez sea momento de conjugar argumentos un poco sólidos, amén de no perder nuestra compostura estética respecto a su régimen político, por otra parte rehén de creaciones tan genuinamente occidentales como el marxismo y el capitalismo. El caso es que la cultura china atesora una estricta visión sobre las relaciones entre ética y estética. Según recoge Simon Leys, la búsqueda de la belleza en aquella civilización es “una tentación vulgar, una trampa, una tentativa deshonesta de seducir”. Así, nadie concibe una obra admirable si el autor, sea un poeta, un calígrafo o por extensión el pueblo, no exhibe pureza de corazón.

Volvamos a casa, a Occidente. Giulio Andreotti, estadista menudo que tuvo un entero Estado (el italiano, nada menos) en su cabeza, educado en la Democracia Cristiana de Aldo Moro, aprendió que el arte de la política lo es cuando, además de conspirar, seducir y jugar con numerosos contrapesos, las formas permanecen imperativas, su conocida finezza. Un cuerpo necesario, instrumento con el que gobernarse a sí mismo y a los demás. Aquel señor imperturbable conocía el efecto de las formas cuando estas son las apropiadas, las justas en cada situación. Permítanme que hable un momento de un amigo, del que no revelaré el nombre: una vez le echaron de un lugar, pero la persona que le transmitió la noticia lo hizo de tal forma que más que una invitación a irse parecía una petición de matrimonio. Con lo que no puso objeción alguna a largarse con viento fresco y sin hacer ruido.

Las formas todo lo son, incluso, y volviendo al argumento inicial de la ética y a los chinos, cuando se justifican en lo profundo, en el alma. A modo de ejemplo candente, esta semana el presentador de realities Jorge Javier Vázquez gritó que su programa es “de rojos y maricones y quien no lo quiera ver que no lo vea”. La reacción al aspaviento televisivo por parte de Inmaculada Colau fue que “hacía tiempo que nadie le callaba la boca al fascismo en prime time y con tanto estilo”. Hay aquí un concierto de formas del señorito de las variedades televisivas y de la señora de las varietés políticas, al fin unidos ambos por el cotilleo partisano: se sienten rojos pero viven como perfectos burgueses; conmemoran la quincalla de entreguerras y sacan a relucir al espectral fascismo. Del cual, me temo, no tienen ni pajolera idea, pero da igual. The show must go on!

(Nota publicada en Ok Diario)