‘También para ti.’ Battisti, ¿un cantautor de derechas?

Era septiembre de 1998 y, como siempre, iba comenzar el curso. Los estudiantes preparaban calendarios mentales y burocráticos, perspectiva de un nuevo año lectivo. Yo, extranjero y por tanto obligado a presentar incluso más papeles timbrados que los patrios compañeros de facultad, miraba a la calle desde aquel ventanal de Corso Italia. Ahí fuera, Leopoldo I sostenía sobre su mano izquierda un globo terráqueo coronado con la cruz cristiana, defensa ante el turco y la peste del XVII. De pronto oí una voz: «¡Battisti ha muerto!» Luego, la secuencia fue más o menos así: abandono de la actividad que estuviese en curso en ese momento, encendido de radios, de televisores, llamadas telefónicas, un dolor general. Mis compañeros lloraban, alguien sacaba una cassette, otros miraban al suelo, rebuscando en la fría tierra una vieja melodía.

Mito antes de morir, Lucio Battisti expiró a los 55 años. Aquel 9 de septiembre, mientras Italia plañía su pérdida, todo ocurrió como de costumbre: hermetismo, arcano, continuación del mito. La dirección del hospital San Paolo (Milán), donde permanecía el cadáver, trataba de hacer equilibrios entre la avalancha de periodistas y las estrictas directrices de la viuda, Grazia Letizia Veronesi. Con ella (y un hijo, Luca) se había retirado del mundo la estrella, hasta hacerse invisible en su casa búnker de Molteno, un pueblecito entre lagos; reacio a cualquier tipo de relación con esa cosa informe y voluptuosa llamada fama. En coherencia, el funeral se desarrolló sin cámaras, testigos ni cronistas.

En vida, la gloria acarició a Battisti con melodías. De su sensibilidad, tan contenida como indisimulable, nacieron canciones sobre el amor, sobre la cotidianidad salpicada de emociones. «Se sobrevive a todo para enamorarse», afirmó. Fue a mediados de la década de 1960, en Milán, cuando se produjo el encuentro entre él y Mogol, quien escribiría las letras más afortunadas del pop italiano durante más de dos décadas (su separación, en 1985, ha sido atribuida al influjo de Grazia Letizia sobre su marido). El trabajo de ambos hombres, un compositor intimista y esquivo y un poeta alado, daría a muchos compatriotas la banda sonora de sus vidas. Con arriesgada entonación, puntas de voz a veces desafinadas, descifró la respiración del amor, su cadencia, derrotas y triunfos en un paseo bajo la lluvia, en la cola del supermercado, conduciendo entre el tráfico de la ciudad.

Luego estuvo la cuestión política, otro de los misterios que envuelven a nuestro personaje. Durante los años dorados de su carrera, la década de los setenta, Italia padecía una efervescencia ideológica. Afirma Massimiliano Trovato que «en Battisti no hay más espacio que para la música, servida pura y nunca con corteza de ideología». Tal grado de apoliticismo fue considerado desprecio a la causa. Y, como suele ocurrir en ese tipo de procesos revolucionarios, la sospecha cayó sobre él. Al principio etiquetándolo de «producto pequeñoburgués». Después, acusado de fascista (en el término clásico, no el actual, degenerado) e, incluso, de financiar a un grupúsculo ultra. Cuestiones nunca aclaradas por el cantante (habría declarado en privado que esas cosas «alimentan la leyenda»), corrían de igual modo enigmáticas pistas musicales. Así, por ejemplo, en la canción La collina dei ciglieggi (La colina de los cipreses), un verso dice «planeando sobre bosques de brazos en alto» (saludo romano); o, en el tema Il veliero (El velero), Battisti susurraría «acercaos a la patria».

La mayoría de sus canciones tienen al amor, decíamos, por temática. Sin referencias políticas, que supuestamente no le interesaron nada. ¿Pero a quién cantaba, entonces, este caballero de los sentimientos, en medio del sofocante ambiente de los años de plomo? Una bellísima canción (Anche per te) parece desvelarlo: «Para ti que todavía de noche ya preparas tu café/Que te vistes sin mirar al espejo tras de ti/Que después entras a la iglesia y rezas despacio/Y mientras piensas en el mundo, ahora tan lejano de ti.» En efecto, el individuo Battisti se dirigía a otro individuo, un acto social, sí, pero no necesariamente colectivo, como afirma Trovato. Interpelaba a quien escuchaba sus obras, con los pequeños enigmas y las certezas de lo cotidiano, en torno, siempre, a un enamoramiento: «Trabajo y pienso en ti/Vuelvo a casa y pienso en ti/La llamo y pienso en ti/“¿Cómo estás?” Y pienso en ti…»

Volviendo del pasado, podríamos inferir que la obra de Lucio Battisti tuvo como propósito señalar la importancia del amor sobre los grandes temas que ocupan la actualidad, tragedias y líos gruesos que distraen el asunto individual e interesante de nuestras vidas. En su época fue la Guerra Fría, el terrorismo político o la mafia; hoy, esta pandemia y la crisis de la democracia liberal. Son estas impugnaciones al hecho insoslayable de que, en cualquier caso, ahora y más tarde, siempre, seguiremos amando.

A las orillas del Duero

(Publicado en El Mundo, 18/11/2021)

Por la serpenteante ruta de lo que Cunqueiro tuvo a bien en versar “la cocina cristiana de occidente”, que más que cocina es un mensaje total, una celebración total, me recogí un par de días en el Valle del Duero. Fue en noviembre, estación que tiñe de siena, oro y colorado las laderas del río donde nuestros hermanísimos lusos sacan de una naturaleza nostálgica el néctar brillante, voluptuoso de los vinos de Oporto. Una enorme figura del hombre de Sandeman, capa y sombrero, se alzaba sobre una colina cercana, como nuestro toro de Osborne lo hace en la meseta para celebrar la dicha de sus olorosos y demás sherry. Viejas villas familiares, iglesias barrocas y neblinas caprichosas salpicaban aquel mundo de tradiciones, riqueza y estrecheces, perseverancia de los hombres por llevar a través del tiempo la prueba de Dios, la cultura.

Invitado allí por la señorita Gutiérrez Costas, no digo que no mirara todo aquel panorama desde la embriaguez, que es como uno debe mirar y admirar las cosas bellas. A cada instante, desde la mañana a la noche, aparecía delante una copa de tawny o de otros vinos de la zona, como el magnífico Quinta de Ventozelo Essência Tinto (2014) o el agradable malvasía de Colares. Pero, dicho con La Rochefoucauld, “lo que nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios”, y, así, en el caserón regentado por Six Senses desfilaban las pitanzas sin solución de continuidad.

El cocinero español Marc Lorés, rescatado del lejano oriente, hacía gala en cocina de una exacta comprensión moral: del mar, de la granja y del huerto (la salvaje vida) al plato (la excelsa muerte) hay que adornar poco y ensalzar las cualidades del producto. Si una buena mesa es un desfile de condenas, las más tiernas hojas de espinaca, unas setas todavía henchidas, la trucha ahumada o un lomo de buey pasaban esplendorosos a su Olimpo que es nuestro paladar, nuestra felicidad. Una noche en el wine bar, el oficio del chef nos regaló una retahíla de petiscos, las tapas portuguesas. A saber: torricada (tostada de hogaza a la brasa) con tomate, alioli de ajo negro, jamón e hinojo fresco; ostras con vinagreta de chalotas; croquetas de carne ahumada; escabeche de pescado; espárragos a brás; setas con vinagre de Oporto; ensopado de conejo; pulpo estofado con patata. En materia golosa, los brillos llegaron en forma de pao de Ló de Ovar (bizcocho), de arroz con leche y de tarta de naranja con helado de limón y albahaca.

Tras todo aquello, corrió el Oporto sobre el tapete de la mesa de billar, los planetas de colores rodando hacia el agujero negro de la nocturnidad. «Del tesón duro la mortal resaca», indica elpoemario español. Si la resaca es una penitencia, la perseverancia tiene idéntica bendición. Y así, cuando el astro Sol iluminaba ya las viñas y la plata del Duero, supimos que habíamos amado, que seguíamos sorteando el último resplandor. A orillas del río sabio, en Portugal.

https://www.elmundo.es/cataluna/2021/11/18/619623b7fdddff6f198b45d7.html

¡Hala Madrid!

(Publicado en El Mundo, 29/10/2021)

No soy futbolero, pero sí madridista voluptuoso. En un pasado pre Colau (es decir, pre bárbaro) fui, como el cronista Joaquín M. de Nadal, barcelonista apasionado. Él usaba ese término no con la actual acepción balompédica, sino para expresar que era hincha de la Cuidad Condal en tiempos en que el entramado social barcelonés brillaba esplendoroso. Ahora, dos mujeres, una iliberal y sin dotes intelectuales y otra libertaria y armada de sentido común, me han hecho cambiar las pasiones urbanitas. Aunque, ciertamente, no debería cargar las causas del abandono y del enamoramiento a esa cosa que en España llamamos política, y que podríamos en realidad considerar solipsismo nacional. Colau sería sólo un producto de estos momentos en que la catalana capital arroja las peores noticias, la más ramplona estética. Y Madrid, un lugar que concentra turgentes fascismos por los que suspiran las personas cabales: la libertad y la vida sin corsés ideológicos.

Lo dijo otro catalán (Albert Boadella): la capital del Reino es una de las ciudades europeas más interesantes. Esta afirmación fuerte se basa en la feliz circunstancia del laissez faire (et laissez passer, Madrid va de lui même) en colorida versión hispana. No resulta fácil alcanzar tal estado de gracia, se ha de cuidar el pasado, el presente y el futuro de la máquina virtuosa (civis), no manosearla mucho, pues es tremendamente delicada. El acontecimiento general, la efervescencia madrileña, tiene algo de curiosidad histórica: si en el XVIII el mejor alcalde de Madrid fue Carlos III, la mejor alcaldesa, hoy, es Isabel Díaz Ayuso.

Así las cosas, a qué barcelonés condenado a la melancolía no puede complacer, al menos dos o tres veces al año, curarse el alma con una visita mesetaria, aunque suponga advertir la incomparecencia de Barcelona en la secular competencia con la otra gran urbe española. Cuando mandaba, Maragall advirtió, cursilería propia del político catalán, que «Madrid se iba». Yo desconozco dónde querían irse el oso y su madroño, si bien puedo asegurar que la que ha acabado yéndose ha sido Barcelona, y no escribo exactamente dónde por no resultar escatológico. Madrid, entonaba el malogrado Juan Antonio Canta, «no está en un lugar/Es tu manera de vivir:/El pecho alante, la mano atrás/Porque aquí estamos y nos vamos a quedar.» Resumen de España, allí suelo cotizar en tres o cuatro lugares a los que guardo mucho aprecio. El bar Richelieu (tres dry martini), Hevia (tres dry martini y un solomillo rebozado), Casa Rafa (ensaladilla rusa) o Salvador (merluza). Lugar éste que Savarín, conde de los Andes, nombra en su guía de los años setenta como «uno de los sitios donde mejor se come en Madrid». Ya al caer la noche, entre las sombras de plaza Margaret Thatcher, nos regalamos con Hughes una sesión espiritosa que si se repite el año venidero podría comenzar a sospecharse tradición. Avisada queda la izquierda existente. ¡Hala Madrid!

Todo seguía igual

(Publicado en El Mundo, 13/09/2021)

El Gobierno, merced al dinero fresco europeo, había anunciado un asunto de alcance: pondría en los bolsillos de cien escritores y dibujantes una bonita suma (no tan bonita que hiciera olvidar a los agraciados la condición de siervos de su señor) con el fin de emprender un garbeo por el extranjero. De tal expedición debían volver los aventureros plumillas con noticias extraordinarias, qué maravillas escondían con tanto celo las enigmáticas sociedades del septentrión. Todo a despecho del ministro de Universidades, quien había decretado, romántico sesentayochista, que cualquier información necesaria sobre lo que fuera se encontraba ya en Google, chimpún. En definitiva, conocimiento low cost y el fin de la memoria.

«¿Memoria?», pensó, todavía adormecido, el director general de la Dirección General de Memoria Democrática, dependiente de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, mientras se tomaba el primer café con leche matutino. Ajustó el volumen de la radio y miró por la ventana, Madrid seguía ofreciendo, obstinadamente, la monumentalidad de épocas pasadas. De cuentas por resolver, según la misión que el Gobierno le había encomendado: aquellos principios de «verdad, justicia, reparación y no repetición» contenidos en el Real Decreto 373/2020. «No repetición», masculló tras el último sorbo a la taza. Una nación, o nación de naciones, decretaba así el final de las guerras civiles, aleccionando al mundo entero con una solución tan sabia y sencilla.

Pero, entonces, si el Reino de España iluminaba a los bárbaros sobre sus destinos poniendo fin a la belicosidad, ¿qué debían descubrir los cien hijos de su matria por los oscuros andurriales, allende los Pirineos? Claro, el presidente, en su afinadísimo juicio, superior al de todos los demás, incluso al de Zapatero, iba a enviar a los escritores y dibujantes no para averiguar cosas, sino para enseñar. Francos, normandos, ítalos, suabos y demás se verían por tanto ilustrados con las buenas nuevas que de España emanaban.

Mientras esos pensamientos se solapaban sin orden de continuidad, el ministro de Universidades proseguía en su despacho la cruzada contra la memoria que, como se sabe, es tema confuso, difícil de comprender entre inhumaciones franquistas, porfías lorquianas y tantas matemáticas obligatorias. En un momento de lucidez política, el ministro echó al vuelo un fajo de papeles y exclamó para sí: «¡Ya lo tengo! ¡Ni mates, ni suspensos, y que vivan la wikipedia y las chuletas! ¡Todos artistas!» Llamó a dictado a su secretaria, que tomó asiento frente a un ordenador, mientras él fijaba la vista sobre Madrid. Allá, entre la bruma de polución, adivinaba la sede de los de la memoria histérica, qué se habían creído, a él con esa exaltación de la memoria. Y ordenó, cual emperador decidiendo el asedio de una provincia revoltosa: «Escriba, escriba, Margarita, que después no nos acordaremos…»

Iglesias ha muerto. ¡Viva Iglesias!

Leía en prensa a la señora Méndez sobre el caído Iglesias. Según ella, el día que ése mudó de Vallecas a Galapagar dejó de ser Iglesias. Como si tal viaje contradijera lo que, en abultada sustancia, fue y es el susodicho personaje. Como si las caras esencias hubieran pagado el precio del siempre denostado acomodamiento. Pero no, nunca dejará de ser él hasta que muera. E incluso después. Los hombres no hacen a la política, es la política la que, con sus contracciones matriarcales, les da vida y, con suerte dispar, los amamanta. Todos sucumben, o sucumbimos, a la erótica del Leviatán; lo alimentamos a cambio de una especie de identidad, digamos, fabulosa, delirante. Y, en cualquier caso, Pablo, príncipe republicano, no ha permutado su mayor patrimonio: la elucubración.

Ahí percibimos una inmaculada profesionalización. Se ha mecido de joven en los clásicos demagogos, querido acervo. Ha aprendido de ellos la necesidad de alimentar el fuego político para derivarse, después, el usufructo de tal acción. En esto ha sido fundamental el método, carcomer la verdad con mil mentiras y presentarse salvador de las consecuencias que uno mismo ha promovido. No cambiará de receta el llamado a salvarnos de los malos. Hay por ahí videos del púber que, vistos con perspectiva, hablan de una carrera perfectamente conducida; un hilo que, más que finalizar en Galapagar (la dacha), nos ha arrojado a todos al ambiente de su imaginación. Es decir, a su sensualidad, a la erección por la crisis del sistema. En términos generales, al fango que ya soñaba desde los tiempos de estudiante. Calores avivados tras lecturas y asambleas (también dinerito despistado). El chalé es anecdótico, claro. Su proyecto no acaba con la escena doméstica de aburguesamiento en la piscina y viendo series de televisión.

Hay que conocer las fuentes sagradas de Iglesias para resumir una evidencia: no se domestica a un revolucionario hasta que puede presumir de haber cumplido su misión destructiva (fin efectivo del régimen contra el que se alzó) o bien ante la visión de la guillotina (que es comúnmente alzada por los viejos camaradas). Y aquí sí surge una duda: ¿hasta qué punto la vagancia certificada de los podemitas (y de su antiguo líder, o líder en la sombra del descanso) se arrellanará en la evidencia de que el partido es, ya, una magnífica máquina de repartir y disfrutar de dinero público? ¿O, en cambio, prevalecerá aquel espíritu subversivo? Me inclino a pensar que vencerá la primera opción. Pero, insisto, no me parece en absoluto contradictoria con la carrera de nuestro héroe en zapatillas. El alcalde Tierno Galván, quizás sin pretenderlo, ya había dado en 1984 con la clave de la nueva izquierda: “¡El que no esté colocado, que se coloque y al loro!”

La izquierda y el dinero

(Publicado en El Mundo, 12-7-2021)

Hay una relación extraña de la izquierda con el dinero. También con el paraíso. Digamos que, por su original pecado -el de la refundación del hombre bajo una pseudo religión socioeconómica-, vive una especie de neurosis respecto al poderoso caballero. En cuanto al paraíso, todo son ajustes prematuros de cuentas (en Rumanía, durante unas décadas, los obreros fueron felices e inmortales iluminados por el matrimonio Ceaucescu y la sopa de cerdo diaria) e inmensas decepciones (La Vendée, primer episodio de una tradición antirrevolucionaria). 

 

Cuando Marx ponía las bases del materialismo histórico estaba cometiendo un acto de incalculable tristeza. Este tipo de trance suele ocurrir a los alemanes importantes, cada cierto tiempo. Fíjense, sin necesidad de acudir a otros ejemplos más bizarros, en el pobre Grass, que de tanto pelar la cebolla biográfica llegó a su tierna militancia en las Waffen SS. El laberinto alemán está lleno de pasiones autoritarias (yo mismo fui de izquierdas y Bismarck me parecía interesantísimo), cuando no de un farragoso europeísmo. El barbudo de Tréveris, con su magnífica cabeza, inauguró el tiempo largo (todavía dura) de las desesperanzas, del hastío filosófico. Qué digo, calculen la tragedia de semejante cosa: ha habido personas desde la fundación del marxismo que se han bebido una cerveza o han echado un polvo como actos de abatimiento. 

 

Con esa losa sobre la conciencia -la del indiscutible materialismo- la angustia ha condicionado cualquier ideita que la izquierda haya podido engendrar. De ahí su afición autoritaria. Y si de Robespierre a Lenin ha tenido muy claro qué hacer con la libertad, ¿qué pasa con el dinero? En mi humilde aunque ya no tan corta experiencia, he comprobado aquella relación extraña, un deseo inconfesable batiéndose contra el dogma anti-dinerario. En la Ibiza de los ochenta, los jipis rezagados desplegaban con idéntica soltura tanto un rollo vitalista (en los márgenes del sistema) como un acervo comercial que ya quisiera el mercader veneciano. Nadie escapa al fascinante brillo. Y el capitalismo, si algo logra, es confundir a la coherencia: vemos a actores de fama con simpatías comunistas; a políticos de viejo orden justificar revueltas antidemocráticas; o a empresarios millonarios fascinados por Trotski. Todo esto ocurre sin existir la Unión Soviética, con Venezuela pasando hambre, Cuba siempre arruinada y Corea del Norte encarcelando a su pueblo. El FMI lleva tiempo insistiendo (según la prensa) en que hay que meter mano en los ahorros privados, medida que humedece las fantasías despóticas de medio arco político. El fenómeno quizás nuevo es, por tanto, que las elites mundiales se están volviendo de izquierdas de forma acelerada. O sea, bobas estéticamente. Parece que han adquirido de pronto (mala) conciencia social y se dedican a jalear o a financiar a movimientos antisistema; y a hacer yoga y comer hierbas indigestas en lugar de cocina civilizada. Todo recuerda a un ridículo fin de fête, cuando los impenitentes insisten en alargar su anunciada muerte.

¡Pedalead, pedalead, malditos!

(Publicado en El Mundo, 21/6/2021)

El Gobierno de España, a través del siempre atlético ministro Ábalos, anunció hace unos días nuestro futuro. Esta vez el oráculo sanchista habló de la movilidad, y pudimos conocer así que, tras el insoportable desarrollo del motor durante ciento cincuenta años, volveremos a las vigorosas piernas que la Providencia nos dio. Sepan, pues, que aquel viaje en Rolls por la Alcarria, los paseos de Miss Daisy o la caravana que atrapó a Esteso con destino a Benidorm pasan a ser no más que recuerdos de una era oscura y finalmente superada. No digamos la indeseable costumbre de Fulanita o de Menganito, empeñados en acudir a sus puestos de trabajo cogiendo el coche, cuando podrán hacer la distancia pedaleando, rumbosos hacia el futuro socialista.

Además de revolucionar con cadenas este mundo motorizado, el plan, bautizado Estrategia Estatal de la Bicicleta, guarda detalles suculentos. Comenzando por el nombre, esa rémora mesopotámica que llaman Estado y que nos aproxima a la cosa, a su naturaleza. A saber, se anuncian una red de infraestructuras (obras son amores), enseñanza del manejo del vehículo en colegios (adoctrinamiento orgánico bicicletero), implantación de las “bicis de empresa” (intervencionismo en el sector privado) y nuevas sanciones (más manos ávidas en el bolsillo del contribuyente). Cabe esperar que la conciencia social de estos socialistas tendrá en cuenta algún tipo de figura laboral para cubrir los retrasos que sin duda se producirán en las plantillas de las empresas. Algo como “ausentismo a causa de una pájara”. Mención aparte merece otro punto del documento. Se denomina “desarrollo de la ciclologística” y está pensado para las labores de reparto de mercancías en las ciudades. Delata una inspiración, digamos, cruelmente tercermundista de las inteligencias del Gobierno para con los repartidores, sector en alza. Yo le hubiera llamado al plan Estrategia Chiringuito No Alineado de la Bicicleta.

La nota de color rojo-morado se la da al asunto la inevitable matraca del “cambio cultural”. Cada vez que escucho a alguien (no digamos a un político) hablar de “cultura” me vienen a la cabeza cosas terribles: antropólogos a sueldo metiendo sus narices en tribus lejanas, la farándula nunca suficientemente pagada del cine nacional y lo de Mao, o lo de Ceaucescu y su “hombre nuevo”. También me asaltan oscuros pensamientos sobre la alegría de las masas, fervorosas consumistas de un batido ideológico en que cabe desde la diosa bicicleta hasta la hamburguesa vegana o el amor apasionado (a la par que platónico) por cualquier bicho viviente que no sea humano. Militantes del capitalismo progresista mundial, vivirán esas muchedumbres como atletas para acabar feneciendo de sanas. Es mundo nuevo que apunta al masoquismo como principal psicopatía, si bien disfrazada de sentido de responsabilidad. Un masoquismo eco friendly, LGTBI, antifa y demás etiquetas. Así, la postrera prueba a la capacidad de soportar (y adorar) una vida de argumentos y sacrificios idiotas, tiene a la bici por unidad de destino en lo universal. ¡Pedalead, pedalead, malditos!

Aborto

(Publicado en El Mundo, 8 de junio de 2021)

«Me siento traumatizado por la legalización del aborto, porque la considero, como muchos, una legalización del homicidio. En los sueños, y en el comportamiento cotidiano -cosas comunes a todas las personas- yo vivo mi vida prenatal, mi feliz inmersión en las aguas maternas: sé que allí yo era existente. […] Que la vida es sagrada resulta obvio: se trata de un principio todavía más fuerte que cualquier principio de la democracia.» Estas palabras las escribió Pier Paolo Pasolini en 1975, a propósito del debate sobre la legalización del aborto en Italia. Que el mayor (y más libre) intelectual de la izquierda se rebelase contra la claudicación de sus compañeros políticos en un asunto como aquel es materia ya olvidada. No hay ninguna duda hoy sobre la pétrea y automática respuesta del progresismo respecto a eso que denominan «decidir». Y para la derecha existente es un tema a soslayar. A evadir, en razón de evitar problemas. En suma, es un asunto muerto y sepultado.

Parecería un triunfo de la democracia, visto así. Un magnífico consenso. Si bien debiéramos recordar que, en ocasiones, se han alcanzado consensos gracias a la existencia de oscuros ministerios de propaganda. Sobre lo que pudiera parecer una claudicación general, Pasolini define el aborto legal como una gigantesca molicie de las mayorías, una libertad tácitamente decretada e introducida en nuestros hábitos por el consumismo ramplón, que él identifica como un «nuevo fascismo».

A estas alturas de las convenciones demócratas, las palabras del intelectual boloñés parecen un hilo de anacronismos. Desconozco si la guerra cultural que tímidamente comienzan a citar algunas voces de la derecha mayoritaria española contempla la interrupción del embarazo y sus ramificaciones éticas. De la izquierda nada puede ya esperarse, excepto el combate del enemigo declarado, el ahondamiento en la única guerra habida en que uno de los bandos ni se defiende. El debate sobre el aborto no se menciona, o se corta de raíz, violenta y teatralmente, con el nauseabundo tono de la indignación. Siquiera la posibilidad argumental de un humanismo agnóstico es tolerada. Pero las cifras de semejante cosa, que tratan de ocultarse, están ahí, se reproducen anualmente como un vertedero de la democracia que nadie desea ver. Y no sólo hablan esos números de personas que no lo serán, sino también de mujeres en situaciones dramáticas. Y de una gran derrota colectiva.

Acabo esta nota citando a otro italiano, un músico de nombre artístico Jovanotti, quien, muchos años más tarde que su compatriota aquí antes referido, nos dejó estos versos:

«Hay bebés que no tienen futuro

Porque quizás alguien lo ha decidido

Hay bebés que no nacerán

Y van directamente al Paraíso

Porque no hay lugar para ellos entre nosotros

Hay bebés que no nacerán

Porque nos hemos rendido.»

La república de los viles

(Publicado en El Mundo, 19/05/2021)

Como en una pesadilla recurrente, el gobierno en ciernes de la Generalitat anuncia su pretensión de continuar la agenda de las maravillas. Preámbulo del paraíso nacional, al fin los catalanes podremos vivir el éxtasis de convertirnos en suecos, con la ventaja de esta brisa mediterránea y aquellas gambas rojas que tanto nos gustan. En realidad, y a tenor de las promesas, no se comprende que más de un cincuenta por ciento de compatriotas seamos refractarios a tal perspectiva. Y, sin embargo, sí se entiende el fervor y la ilusión (aunque cada vez más alicaídos) del resto, movidos por la credulidad y el complaciente sentimiento de verse como lo que no son ni nunca serán, escandinavos sardanísticos. Hay un componente sentimental, si quieren infantil, en el asunto de la Cataluña imaginada, deseada. Y conecta con el devenir general de Occidente: la visión de una realidad trágica pero edulcorada, con soluciones fáciles. Suerte de vuelta a la postguerra de los años veinte del pasado siglo, la demagogia galopando sobre un mundo nuevo. En un orden romántico, resulta enternecedor y comprensible que la gente, grosso modo, se guste de oír alabanzas y llamamientos a su superioridad con el fin último de hacer justicia. En resumen, es lo que hicieron, con gran gasto de dinero y medios públicos, quienes empezaron la fábula del procés. Todavía se recuerda la campaña de Artur Mas en plan Moisés, liberando al pueblo elegido.

Y aquí un problema del asunto, los líderes. Al que ha querido conocer un poco, hay un largo trabajo periodístico acerca de tales personajes. Un trabajo de infames retratos que concluye lo que algunos ya sabían: son, precisamente, los más ejemplares traidores a la patria catalana quienes conducían (y conducen todavía) nuestros destinos. El mismo Mas, oscuridad pretérita, fue condenado en juicio, aunque conserve escolta cuando pasea ufano por la calle Tuset. Qué decir de los Pujol y su fortuna desperdigada por cuentas bancarias paradisíacas. O de toda la lista de creadores de opinión al servicio de los amos. También los retoños burgueses jugando a la revolución pero disfrutando de las propiedades de papá en Cerdaña o Menorca (cuperos ya apadrinados por Mas en 2015). Los que frecuentan Barcelona y salones saben de tantas historias protegidas por aquel oasis que se materializó charca inmunda tras la entrada de la policía en el Palau de la Música (2009). Fue el inicio real del procés, la necesidad de protegerse la elite podrida (con la connivencia de Madrid). El argumento, aún esgrimido por el PSC, de la sentencia del Constitucional sobre el Estatut de Maragall (que nadie pedía) fue la trampa dialéctica de una izquierda servil al nacionalismo. Siempre el partido de las dos almas (cínicamente obrero, cómodamente capitalista) bailando con el más rico de la fiesta.

Pobres catalanes romantizados, reinaxença de abuelos en chándal convertidos a la coreografía juche. En verdad, el trabajo arduo de estos españoles nacionalizados en el paraíso consistiría en asimilar no ya que fueron engañados, sino que lo fueron a manos de unos aprovechados. No será tarea agradable, en cualquier caso necesaria. Por Cataluña, para empezar por la geografía breve, condenada a todas las pobrezas del aldeanismo pancartero.

Abril flemático

Al atardecer, después de la gresca, la guerra y el amor, suelo escuchar a Bill Evans. Su concierto en París (1984), la grabación Waltz for Debby, quizás el aterciopelado Blue in Green. La música desafía al tiempo y al mal humor general, endémico; ese piano y las manos blancas acompañan la melancolía. O la curan un poco, no sabría decir. Tengo una marcada fe en las cosas que ocurrieron, un poco antes de morir el día. Antes de la bancarrota, entre sábanas blancas y mil ideas destilándose hasta el sueño final. No suelo cenar apenas, me siento en el salón y observo un rato. Tras los balcones hay un bulevar con animados veladores y árboles enroscados unos a otros. Forman, esos, una gran planta, simbólica de lo que somos. Más allá del conjunto de seres (arriba los árboles abrazados, abajo los que prueban la distancia frente a un café) se abre un enorme hueco. Antes había una casa. Y en el último piso, a estas horas penumbrosas, una lucecita iluminaba la figura de una mujer. Leía cada tarde, sentada en su sillón. A veces miraba hacia mi balcón, en el preciso momento en que yo también la observaba, y nuestras presencias se cruzaban, por encima del bulevar y las ramas. Los años dieron con la familiaridad de la imagen, inmarcesible. Siempre ella allí, leyendo bajo una lámpara, a una distancia estética inalterable, emocionalmente cercana. Pero un año la mujer murió. Y después el edificio fue derruido, dejando un vacío de piedras, madera, vida. Desde entonces, con la voluntad de atestiguar la propia existencia, giro los ojos hacia el punto en que hubo una ventana, un sillón, una mujer con un libro alargando el mundo. En ocasiones me ha parecido verla, ocupando aquellos metros de cielo. Alada añoranza, servitud de esta circunstancia finita.