De aquí a la eternidad

Caminando el tiempo en prisión “perimetral”, según léxico pandémico-autonómico, se amontonan las horas domiciliares. Barcelona, sin ocio, cerradas a cal y canto sus puertas al exotismo y la calidez, tiene aire de gran camposanto. Urbe de tráfico provinciano y paseantes a la fuerza, postula un momento abúlico. Sólo los locos guardan dudas sobre el hundimiento, urdido por los votantes, por los elegidos en las urnas y acelerado por este fantasmal virus de corte chino, comunistizante. La pareja bufa Sánchez-Iglesias pergeña unos presupuestos insolventes, condenados a la muerte europea. Serán, según los anhelos de la oposición, la muerte del PSOE. Que remite a los viejos asesinos de socialistas y sus cómplices, hoy demócratas impolutos al calor de Zapatero. Pero aquí no habrá ningún funeral: de Fouché a Sánchez una tradición de ejercicio político va renovándose.

En Cataluña, los nacionalistas han colmado su capacidad de hacer daño y manejan los hilos de un poder ridículo, cuales espíritus condenados a vagar eternamente. Sus cuitas, antaño trascendentales, son sólo sainetes a los que, en general, nadie atiende ni comprende. El gran paso adelante del pujolismo ha resultado en conclusión dramático: del control absoluto de una próspera y orgullosa comunidad a un puñado de siglas ininteligibles, PDCAT, JPCAT, etcétera. Y Rufián de estrellita de variedades, que es su concepto del parlamentarismo. Por la parte municipal, Colau desapareció un día de marzo, quizá haya decidido retirarse y leer algún buen libro de no ficción. Podría ser esta una feliz consecuencia del virus. En cualquier caso, su ausencia, pasados todos los ridículos de corte feminista, ecologista, antimilitarista, anticapi de chicha y nabo, resulta elocuente. Como lo es la constatación de una palmaria inutilidad para el cargo en condiciones normales (no digamos en las actuales). En Cataluña en general, y en la Ciudad Condal en particular, el pueblo soberano se entregó hace sólo ocho años, con espíritu corajoso y sin pertrecho alguno, a dudosas aventuras, conducido por Artur Mas y el sistema de periodistas y comentaristas palmeros. De aquellas siembras nacional-populistas, esta desolación.

La gran cuestión patria tiene mucha enjundia: el derribo del edificio aflora consecuencias culturales, hondas. Era la nuestra mundología de estética familiar, suave, hecha de fidelidades. Ya saben, historia y vida a refugio de un viaje, de una mesa compartida, de las Navidades, las fiestas con sus pregones y la Semana Santa; el fútbol, la gran industria del cotilleo, el bipartidismo; los cumpleaños, las bodas de plata y los funerales. De aquellas maneras pasamos al españolito cautivo entre las paredes del miedo y el hastío. Y con sus pecados capitales, que tan bien sirvieron a Fernando Díaz-Plaja para retratarnos, restringidos. Por ahí sale, puntual a su cita con la Historia, la ministro Montero-Savonarola y sus emocionadas reflexiones, su acalorada fe. Le sugeriría que prohibiera ya las relaciones sexuales entre hombres y mujeres y creara una hoguera-observatorio para la cremación de los penes. Que diera rienda suelta a eso que tanto excita su concepto de justicia amatoria. Consecuencias de tal panorama, me recomendó un abogado visionario que invirtiera en asuntos de divorcio y separación de bienes.

Exceptuando la comida (allí donde se puede comer) y los restos del arte salero en pelotas (allí donde se celebra, proscrito), toda información generada estos días resulta ingrata y muy pesada. Conmovedor es el desaliño de las autoridades y el absoluto desamparo al que han llevado a los ciudadanos. Y supongo que algún peso deberá caer de igual forma sobre esos ciudadanos, a no ser que nos encontremos con la primera sociedad limpia de polvo y paja. No habrá, presumo, un Böll que ponga en la figura de un payaso el elocuente azote y la miseria de los tiempos nuevos. Quién sabe si recordaremos, a la vista de unos lustros o antes, este maltrecho espíritu mediterráneo, cuna de genios, luz que agoniza. Quizá evoquemos entonces la comunidad que fuimos, algo pintoresca, feliz y consagrada a la nada, en expresión de Eugenio D’Ors. ¿Cómo invocaremos a España, tras su enésimo deceso? “Camisa blanca de mi esperanza / A veces madre y siempre madrastra”, aproximaba la voz de una vieja sociata, Ana Belén, un canto vano.

Carne y libertad

Apurando el régimen setentero, sentenciado a muerte desde dentro según moda del actual populismo, me decido por el placer de la carne. Reacción contra esa mojigatería de nuevo púlpito que ha encontrado en la pandemia su oportunidad puritana. En cada neoprogre se esconde un censor. No pido ostras, champán y un cigarro, siguiendo el común criterio de quienes van a ser ejecutados, aunque tampoco estaría mal. Sugiero, en cambio, una chuleta. El propietario del mesón me mira y, cerrando un poco los ojillos cual espíritu salaz, pronuncia la palabra “buey” sin esperar respuesta, innecesaria en tal caso. Basta un ligero asentimiento con la cabeza para poner en marcha la civilización. Instantes después, lo veo cruzar la sala sosteniendo un entero lomo entre las manos, hasta recostarlo sobre un gran pedazo de madera custodiado por una hilera de refulgentes cuchillos.

Una televisión ambienta a los parroquianos con la deletérea carraca, mezcla inmunda de medias verdades, amarillismo, griterío y ejemplaridad. Esta es la feliz tarea encomendada a los mass media en pro del aturdimiento general. La cosa más graciosa es que lo llaman “información”. Y su complemento ilustrado sería la Wikipedia, donde uno puede alcanzar la alta cultura con artículos bodrios de gramática insostenible. Bien, culminada la borrachera populista, las masas, tan ofendidas como obedientes al poder (pobres criaturas), se creen armadas para decidir todo destino. Alguien, desde las alturas, ha procurado en la última década una lluvia ideológica, fina, constante, y así estos nuevos protagonistas de la Historia creen serlo, cuando en realidad son mera y necesaria comparsa de oscuros intereses. Si queman una iglesia en Chile o se arrodillan ante un smartphone no hacen sino reproducir aquella categoría consustancial del títere, ridícula servidumbre.

“Un quilo y cien”, informa el mesonero mientras descorcha una botella de la Rioja alavesa. El corte ya descansa sobre las brasas, evocador del suave sacrificio que es la vida, alimentarse de otros vivos, elevar al altar del agradecimiento su mejor muerte, carne sobre carne. Pero incluso dicho código natural está siendo refutado, monstruosidad del régimen antiguo, claman los animalistas, románticos ignorantes de su propia animalidad. Así, aquí y allá, en el plato, en las palabras o en el sexo, la revolución halla su emotividad y arrojo. Observando el caso español, ejemplar en la universal deriva populista (fuimos ensayo del último conflicto mundial con nuestra guerra civil), beau Sánchez es fruto fresco de esa actualidad inculta y soberbia. Y, como el anterior edificio franquista demolido por sus hijos -algunos de ellos intachables falangistas-, nuestra democracia imperfecta camina cabizbaja hacia el cadalso conducida por quienes habitan palacios y engordan el BOE. Ya la soga ha sido dispuesta para abrazar, prontamente, aquella pompa y circunstancia constitucional, monárquica, demodé, hasta ahogarla. Yo, que no soy Tomás Moro pero tengo ajustados mis intereses a unos cuantos principios, como el de la carne escarlata, derivo el placer a la chuleta, recién llegada a la mesa, brillante, dulce, libérrimo vestigio. Cuiden y defiendan, apreciados lectores, esa dieta tolerante, abierta, recia cultura. Nos va la libertad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Las edades de la corbata. Historia de un trapo

El ser humano es una fábrica de caprichos. Digamos que, en dos mil años de civilización occidental, nos ha dado tiempo a construir misterios apasionantes como Bizancio y, del mismo modo, alumbrarnos individualmente gracias a un trocito de tela. Poner luz sobre todas las cosas, grandes y pequeñas, ha sido tarea ineludible, no siempre plácida, del historiador. Quedémonos ahora con el trocito de tela.

La corbata. Small is beautiful, ladró Snoopy parafraseando a un economista británico sobre la crisis mundial de 1973. Parece casi justo reconocer que la corbata, compañera del hombre durante siglos, está sin embargo huérfana de literatura contemporánea. Su existencia, frívola para quien someramente la juzgue, no ha merecido tratados, ni versos aclamatorios, apenas unos pocos libros justicieros. Esto es extraño si pensamos que dicha prenda, a punto de morir varias veces, ha estado en mil batallas -también amorosas-, en incontables congresos, cumbres, hoteles, salones, oficinas y despachos, garitas, platós, asesinatos, funerales, bodas, cocktails, guerras, duelos, fiestas y lugares de toda luz. Si la corbata tuviera alma -de hecho la tiene: el alma es la entretela de su interior, la que le procura vida- sería desde luego propicia a establecer un juicio sobre los hombres, sobre los millones de hombres que, elegantes, desarrapados, reyes, porteros, cantantes o mafiosos han envuelto sus cuellos con esa misteriosa tira de tela. No hay objeto tan sencillo y elocuente, tan evocador de un estado de ánimo y de un carácter, tan feliz en definitiva, como la corbata. No es un adorno, sino un símbolo, afirmó Giovanni Nuvoletti, ejemplo del bon ton y la ironía.

Para dar cuenta de las edades de nuestra heroica prenda tenemos el libro Elogio de la corbata (Mariarosa Schiaffino e Irvana Malabarba), prologado por el mismo Nuvoletti, dandy contemporáneo despojado de la habitual aureola maldita; conde que vivió como un señor, marido de una hermana del célebre abogado Agnelli. En segundo lugar, están las páginas de Arte de ponerse la corbata (1827), del conde Della Salda, en edición barcelonesa de 1832. Es este conde quien advierte, premisa fundamental, que todos los nudos parten del gordiano, el que Alejandro Magno deshizo por las buenas con su espada: advertencia histórica para quienes se anudan la corbata sin atender a las normas. Se calculan treinta y dos nudos, dependiendo del carácter, la profesión o el humor de cada cual. Hay un nudo Byron para románticos empedernidos, un nudo de gastrónomo o un nudo matemático para los estudiantes de esa materia.

Los autores que han escrito la historia de la corbata -profundamente François Chaille en Grande histoire de la cravate– coinciden en situar su primitivo origen en el focale, pañuelo largo anudado sin muchas atenciones que lucían algunos legionarios del ejército imperial romano. Esto puede apreciarse en ciertas escenas de la Columna de Trajano (Roma). A partir de las invasiones bárbaras, la caída del imperio y el comienzo de la Edad Media, no se tienen noticias de prenda similar al focale. Repasando los tipos de atuendos de aquellos tiempos lejanos, ningún trapo complementaba a tabardos, balandres, mantos o capas, ya sea para el código noble como para el vasallo. Quizá la capucha, aceptada en ropajes como los citados, bastara para proteger las gargantas de los caballeros. La habitual oscuridad medieval supone, a falta de documentación, que nadie llevaba nada que tapara su cuello. Es delicioso el misterio que ocupa en nuestra cultura la Edad Media, nebuloso tiempo de caballeros, espadas, aventuras e ideales que se convierten en leyes, búsqueda de la verdad en el interminable bosque europeo. Pero sin corbata.

Desde el siglo XIV hasta -al menos en Francia- la época de Luis XIII se cubrieron los cuellos con gorgueras, fino decorado que llegaba hasta la barbilla. Fue este rey quien puso de moda el cuello de encaje. En La rendición de Breda, de Diego Velázquez, pueden apreciarse dichos cuellos y, también, en el personaje central tras Spínola, una gorguera bastante discreta. En todo caso, el primer documento tras siglos de silencio medieval es un retrato del poeta Ivan Gundulič encorbatado (1662). Éste señor era croata, dato coincidente con el origen moderno de la corbata: la cravat, pañuelo que llevaban los mercenarios croatas del ejército francés en la Guerra de los Treinta Años, unas décadas antes del citado retrato.

En la Francia cortesana era habitual que las ocurrencias del monarca, a veces atinadas, otras extravagantes, fueran imitadas por los nobles siguiendo una lógica estrictamente jerárquica. El rey Luis XIV inventó una extraña corbata, muy complicada, con nudos de seda de colores y nubes de encaje. Existe un retrato ecuestre, de Charles Le Brun (hacia 1668), en que se aprecia un caballo de doradas crines, la mirada triste del rey y su corbata, vaporosa como una cascada del Paraíso. En la España del XVIII se usó la corbata según instruía la ordenanza: “Bien ajustada, metida bajo la chupa o retorcida y metida en un ojal de la casaca.” Luis XV de Francia y de Navarra, el Bienamado rey rococó, tuvo la originalidad de crear el puesto de portacorbatas, criado encargado de ponerle y quitarle dicha prenda. Durante aquel tiempo, en Inglaterra también pasaron cosas: nació y se puso de moda el neck-stock, una tira de lino rígida sujetada en la nuca con un broche, en ocasiones muy lujoso. La época vio nacer modas extravagantes, como las macaronis, corbatas que popularizaron miembros de un club del mismo nombre que, habiendo viajado a Italia, lucían ropas muy llamativas.

El ministro Talleyrand observó una vez que solo quien vivió en Francia antes de los hechos de 1789 había podido conocer la douceur de vivre. La Revolución Francesa acabó con un mundo, y la corbata no fue ajena a tal impacto. Digamos que, como símbolo aristocrático, se vio arrastrada hacia la guillotina en compañía de pelucas, chorreras y bordados. Aunque, verbigracia de los revolucionarios de ayer y hoy, los líderes de las muchedumbres aparecen retratados con bellas corbatas y aristocráticos aires, Robespierre el primero y más elegante. Una prenda que consiguió sobrevivir al Terror debería considerarse en su gran fortaleza, pues ni siquiera los sans-cravates consiguieron eliminarla. Los sueños y pesadillas revolucionarios, muertos en el amanecer del Congreso de Viena, dieron paso a la alegría, desmedida quizás, aunque comprensible: enormes corbatas de tejidos y colores variados, adornadas diversamente. Cuenta un episodio que el general Lassalle, amante de una rara corbata doble, negra y blanca, salvó la vida gracias a esa dicotomía textil, encontrando un proyectil incrustado en las telas después de la batalla.

Tras el uso de los opulentos y asfixiantes pañuelos del XVIII, la corbata inició su inconcluso reinado en la primera mitad del siglo XIX. No es posible decir cosas acerca del vestir y no tener en cuenta a George Bryan Brummell, señorito inglés convertido en canon de la moda contemporánea, no tanto por sus ropajes de época como por la regla principal que significa: el sentido de la medida, la elegancia informal. Sobre el Beau recae una imagen de auge y caída, una historia universal en cuanto repetida infinitamente, sólo que en su caso es paradigmática por grandilocuente, bella y triste, melancólica en suma. Pasó de ser imprescindible para el rey Jorge IV a morir en la ruina y loco en Francia, creyendo ser el anfitrión de fiestas inexistentes para todos menos para él. Existen unos versillos, anónimos aunque atribuidos a veces al Beau, sobre la corbata:

Mi corbata constituye mi primera preocupación

Ya que nosotros juramos tales normas de elegancia,

y me cuesta cada mañana muchas horas de trabajo

hacer que parezca anudada a toda prisa.

A mediados del siglo XIX se impuso la corbata negra, no sin haber recorrido un tortuoso camino hasta su aceptación social. En principio, se consideró este color distintivo de los sans-gênes demócratas, y cuando Don Pedro de Brasil se presentó en casa de un primo suyo con una corbata negra el asunto mereció un comentario en el periódico Illustration. Debemos a las recomendaciones de Filippo de Pisis, en los años 1920, el aspecto actual de la corbata: “sencilla, de seda o lana, con un tono profundo”, aspectos que definen la popularización de la prenda hasta nuestros días. Los mejores materiales son la lana en invierno y la seda en cualquier estación. En cuanto al nudo, el que prevalece en la actualidad es el four-in-hand.

Todo el siglo XX (y hasta nuestros días), las tendencias comprenden la recuperación de formas ya existentes (el corbatín existencialista de los años setenta), materiales novedosos (la piel teñida, de moda en los ochenta) y decoraciones extravagantes (una asombrosa libertad de estampados y colores a partir de los noventa). Algunos personajes nacionales, como Jaime de Mora o el periodista televisivo Carrascal, acentuaron su imagen con corbatas de motivos y colores estrafalarios. Atrevimientos que, en la actualidad, son difíciles ver. Nuestra querida prenda permanece hoy viva, casi exclusivamente, en ambientes laborales, eventos familiares y en el mundo de la política, donde, en cualquier caso, ha visto amenazado su tradicional reinado. Quizás por un sentido laxo de las formas, de la estética fuerte que representa la corbata, declarada enemiga por los atribulados pancartistas en camiseta que ocupan escaños e instituciones públicas.

Los nuevos púlpitos

Tengo, a veces al escribir, la oscura intención de ser pedagógico. Es esta, en mi opinión, cosa a evitar, si bien no resulta fácil hacerlo. De manera muy fuerte, casi indiscutible, lo compruebo en muchos comentaristas radiofónicos y televisivos de la actualidad política catalana. Ya notaba Pemán que pedagogía, pediatría y pedantería tienen idéntica raíz, y alude a los niños. En cuanto a los comentaristas, auténticos renacentistas del saber (no existe tema que se les resista), dudo de su hoy inevitable aportación a la sociedad del conocimiento. Heterogénea tribu formada por periodistas obscenos, cantantes sin giras, profesores patrioteros, economistas vedettes, gentes sin profesión conocida, hijos de, graciosos pancarteros y demás farándula con eslogan al uso.

Por aquí, Barcelona, las cosas están regular, informo. La pasada Diada fue un chasco absoluto y, sin tener en cuenta unas pocas concentraciones de emocionadas abuelitas y jóvenes atribulados, la ciudad se vio huérfana de la habitual invasión de pueblerinos. Gentes de bien que venían a pasar el día a la capital, conmoverse un rato cantando Els segadors (canto a la violencia) y, momento ineludible, comer en algún restaurante (“Barcelona és cara de collons”, he escuchado en ocasiones a tales turistas políticos tras pagar la minuta, antes de volver al villorrio, donde todo es más fácil y grato, sin duda).

El procés ha cumplido aquella metáfora de Taine sobre los revolucionarios franceses del siglo XVIII, a quienes atribuía las fases de comportamiento del borracho: primero se muestra alegre y eufórico y más tarde cede a pulsiones irracionales. Esto tuvo su culminación con la violencia de octubre del pasado año, si bien las cabecitas de muchos comentaristas de TV3 muestran un preocupante atasco en la ya citada fase última de Taine: el actor Joel Joan considera que a los catalanes España no nos deja “ni respirar”. El asunto de la libertad es todavía eje de un discurso que se diluye en lo ridículo, en la aspiración, en cualquier caso, de mantener un sueldecito, una ayudita pública por parte del propagandista en cuestión (los hay numerosísimos).

Esto de la libertad tiene su intríngulis. En el caso catalán, se acepta no ya que el hombre nace libre, sino que la nación entera también lo hizo (genealogía milenaria), pero permanecerá esclava hasta el decisivo momento de su emancipación. En realidad, todo es al revés: el hombre nace esclavo y dependiente, imbécil según Ferraris. Así, “la imbecilidad masiva, la estupidez hiperdocumentada, es ya un fenómeno reconocido y en el fondo la primera revelación de nuestra época”. Para el Principado catalán, y me permito otra cita, recomendaría a esos televisivos y radiofónicos ocupados en extraviar a la ciudadanía esto de Montaigne: “debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”. Si los vocingleros a sueldo siguen este consejo, Cataluña se ahorrará cien años más de grisura y desorientación nacionalista. Aunque ellos podrían perder su sueldo. Nadie escapa a la pedagogía.

(Nota publicada en Ok Diario)

España una

Los españoles, insufribles sobre todo para nosotros mismos, ponemos a prueba los límites de la Nación cada cincuenta años, más o menos. Es la edad máxima a que llegan los regímenes políticos en este apéndice europeo. Luego amamos eso de nombre España, sangre y palabras derramadas. Y que nadie se lleve a engaño: quienes dicen odiarla, quienes la cambiarían por otra cosa o quienes pretenden ignorarla son los más enamorados de ella. Perdidamente enamorados del ‘ser español’, conciben esa relación en términos barrocos. Honor herido y consiguiente drama.

Un caso último y encendido de tales romances patrios es el catalán. Madariaga dice que el separatismo es la “fuerte conciencia de lo distintivo y lo diferenciado en el yo, la tendencia profundamente española que hallamos en el alma del catalanismo”. Y sigue con el ejemplo de un prohombre, Rovira i Virgili, periodista y diputado por ERC durante la Segunda República: “Sería difícil hallar en toda la Península un tipo más español que el de este hombre que sinceramente se imagina no serlo.”

La cualidad de la intransigencia, el retorcimiento de los hechos al calor de la pasión intelectual pueden comprenderse en el ámbito del carácter, de la cultura política. Piel vieja de los que habitamos la fortaleza, Reino de España. Pero esa explicación resulta incompleta. Hay una organización política del Estado a la que podemos considerar un enorme y enrevesado sistema clientelar. Fabulosa red de instituciones pequeñas, medianas y portentosas que obligan a la pleitesía de quienes las dirigen por turnos, sean las derechas o las izquierdas.

Los nacionalismos periféricos han sido, en el actual régimen autonómico, los que han comprendido mejor esa corrupción conceptual del Estado, extendida con puestos de trabajo y funcionarios acólitos. Iliberal. Para muestra, un botón: cuenten cuántos servicios meteorológicos existen en el territorio nacional. Y así todo.

La resolución de las eternas perezas y vicios hispanos parece, en estos momentos críticos, lejana. Ni siquiera es fácil imaginarla. Quizás la actual crisis (menos dinero, más desnudez política) podría disolver los casticismos disonantes, llamados cínicamente “históricos”. O, en sentido contrario, animar a los millones de compatriotas ofendidos (sin motivo) a fundar un nuevo desorden republicano. Es decir, a aumentar la polifonía de derechos identitarios hasta hacerla un mero e insoportable arte y ensayo. España, una.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (y XII)

Contra todo asalto a la libertad, una provocación, una metafórica defensa del castillo. Iba a dejar de fumar, pero el ministro Illa (soberanista tras su cortina de humo sanchista) me ha convencido de no hacerlo mientras dure esta legislatura. Les pongo en situación: subí con mi amigo Planas a comer al Tibidabo, montaña de fe barcelonesa que ya quisieran tomar los infieles, y la cosa comenzó con cierta antipatía. Abrimos la puerta de hierro de La Venta, restaurante en las alturas, y, tras obligado saludo, le dijimos al maître que queríamos tomar un aperitivo en la terraza abierta y fumar un cigarro. El hombre accedió a regañadientes: “no debería dejarles, ayer los propios clientes me conminaron a no permitirlo, porque está prohibido”, espetó. Creo que esto es inexacto, la censura del tabaco está sometida al misterio de la distancia social, monstruo amenazante, enemigo del amor y los negocios civilizados; del grueso afectivo de nuestro mundo cristiano, sus ritos cotidianos y pequeños deslices morales.

En cualquier caso, mientras el hilo azul del cigarro ascendía hacia la eterna morada del Doctor Andreu, artífice del Tibidabo, Planas confesó una idea brillante. Se iba a hacer con unos cuantos cartones de Camel en previsión de venderlos a un precio desorbitado en el futuro mercado negro. Su duda técnica, a despejar, es si congelando los paquetes evitará la sequedad de los cigarrillos, circunstancia que pondría a mi amigo ya no sólo como contrabandista, sino también como estafador. Veremos qué sucede tras la prueba de congelación.

De los planes a los platos, nos sirvieron un fino salmón marinado, las inevitables croquetas (no recuerdo ágape sin observar a Planas deleitarse con dichas esferidades rebozadas, fueran de chipirón, de setas o de cocido), bacalao y merluza. Cocina límpida y ordenada, en un establecimiento habitado por la superviviente burguesía del barrio, divina comunidad que el capitalismo conserve muchos siglos. Al acabar de comer, llegamos hasta el Balconet, perspectiva de la ciudad que se desliza y acaba por bañarse en el mar azul. Incluso le hice notar a mi amigo la casa de otro querido mío, Raimon, con sus piscinas abalconadas. Cada piso con su rectángulo añil, una noche diez sirenas chapoteaban bebiendo champaña y besando el cielo. Todo eran recuerdos desde la mal llamada montaña del Diablo, leyenda negra de otras épocas que el Sagrado Corazón abatió con su evangélico amor. Relucían las rocas en el whisky, discutimos alegremente sobre Schopenhauer y las deconstrucciones culinarias, broma trascendental que por fortuna nadie se toma ya en serio. Luego, un coche vino a buscarnos y fue un descenso admirable, apología del deber barcelonés cumplido. Una vez más.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (XI)

En Barcelona suceden dos cosas, últimamente. Primero, la bolsa de delincuentes profesionales ha cambiado de público objetivo. Sin turistas, estos lobos importados de África abandonan su geografía habitual para subir, en dirección al Sagrado Corazón que corona la ciudad, buscando presas autóctonas. Yo comprendo que venir a la España buena y labrarse un presente mediante el robo es una opción viable y conocida en sus países de origen. Entiendo también la tendencia a la animalidad del comportamiento humano en determinadas situaciones. Pero, digamos, por eso nos hemos dotado de hombres y mujeres que detentan el ejercicio legítimo de la violencia. Son los que deben protegernos de la jauría, que, además, muestra ya en Barcelona una creciente agresividad. Hay una larga sucesión de noticias, de acontecimientos, desde que tiene la vara Inmaculada Colau, que no animan al optimismo respecto a la seguridad de los ciudadanos.

Y aquí abordo la segunda cosa anunciada al comienzo de esta nota: los políticos que gobiernan la urbe, después del desaguisado cometido (“papeles para todos”, conflictos con la Guardia Urbana, desarticulación de la idea del orden), han desaparecido de escena. No estoy seguro de que eso sea una mala cosa, si bien alguien debería tomar alguna decisión urgente sobre el asunto que nos preocupa. La secular aspiración barcelonesa de ser diferente tiene, además, otro nuevo hito: lidera las ocupaciones ilegales de domicilios. En realidad, Colau habría así alcanzado un sueño romántico, que le viene de su época activista. Ya casi tiene aquella ciudad de ciclistas y okupas, anticapitalista. De la ciudad de los prodigios a la ciudad de las desgracias.

Estuve, antes de largarme a la Costa Brava, paseando unos días por el Ensanche, barrio cuadriculado, vieja utopía burguesa. A los rigores de la política pandemista se une el rigor habitual de agosto en un barrio mucho menos turístico que el centro. Saliendo de la zona noble de este inmenso distrito, se encuentra la paradoja entre una belleza antigua, soportada en puertas, balcones, fachadas, y la fealdad reiterativa de esos establecimientos de chinas oscuridades, badulaques rotulados en catalán (aunque el empleado apenas ni habla castellano) y portales de memoria desbrozada, la garita del portero habitada ya solo por un mocho y un cubo. La depauperación de la clase media asoma en terrazas con sillas de plástico, medianas de cerveza sin vaso, dominicanas de culos desorbitados, jóvenes tatuados liando cigarrillos, un hombre solo apuntando con la mirada triste su postrimería; la carga simbólica de un anhelo arrasado por la vulgaridad. Es esta, también, una Barcelona sujeta al desplome general.

(Nota publicada en Ok Diario)

Si no estaba

Si en los topes del amor no estaba una canción, una chica, las cervezas del jueves y el gris de una ciudad que ya quisieran los colores posteriores. Si no estaba la camiseta roja de The Jam o de los Bulls, un bocadillo caliente de lomo y queso, vapores y besos. Si no estaba el frío de la calle y el temblor al volver a casa portando un rotundo fracaso. Si no estaba, echado en la cama con los tejanos puestos, una ojeada al póster de los Chesterfield Kings, la foto de magia y precisión de los cabellos alborotados de ella, de espaldas, desnuda. Si no estaban las soledades de chico mirando al suelo, rumbo al local de ensayo, con la Fender a cuestas. Si no estaban las carreras por la calle María porque habían llegado al bar los Centuriones. Si no estaba la llamada un domingo, un amigo se había matado en accidente de moto. Si no estaba, después de todo, otra Estrella Dorada en el Drugstore David, hacer de la diversión la cosa más molesta a los demás clientes. Si no estaba bajar hasta la calle Platería, sombras que acumulaban roña inmemorial. Si no estaba el sentido fuerte de la inmortalidad. Si no estaba todo eso, no era mil novecientos noventa.

Historias de Barcelona (VII)

La semana pasada, estas suelas de cuero inglés pisaron con extraña sensación la Barcelona comanche, recuperada para los autóctonos pero sin apenas presencia de estos. Desaparecidos los invasores de albos cabellos, chanclas y tripas cerveceras, los lugareños, por alguna razón que no alcanzo, desprecian el (inédito) paseo oreado, a Colón solitario frente al mar. Hay quien querría tumbarlo, los bárbaros no llegan ya del frío, han nacido aquí, hijos de viejos y desorientados cristianos. A propósito del descubridor de América, el cronista Ricardo Suñé calificaba en 1942 de “solemne y sencilla” la Fiesta de la Hispanidad que celebraba los 450 años del gran acontecimiento.

De tales vestigios, todavía humeantes en plazas, palacios y bronces, mis pasos vuelven al suelo acostumbrado. Allí donde los barceloneses vemos cumplido el deseo de tener la ciudad a nuestros pies. Desde la Diagonal hasta el Tibidabo del doctor Andreu, retornamos a los años setenta del pasado siglo. Edificios, porterías, establecimientos, señoras y niños con uniforme de colegio florecen desde aquella maravillosa década, sin cambios aparentes. Paradoja, tenemos un Gobierno de socialistas y comunistas de tres al cuarto clamando por la distancia social, pero en estos barrios dicha distancia ha sido asumida con canónica naturalidad: entre la filipina que limpia y su señora, entre el portero y los muchachos del tercero, que vuelven a casa de jugar a tenis. Ni siquiera con los atolondrados embates del procés y la militancia cachonda de pijos en la CUP (formación antisistema), la Barcelona alta ha dejado nunca de parecer lo que auténticamente es: una sociedad conservadora.

Hay lugares que abundan en la inconfundible burguesía barcelonesa, juzgada indolente, aunque eso excluya al patrimonio propio, siempre a resguardo. Respecto al dinero, no existe abulia hispana que lo descuide. En el bar Escocés (1955), don Miguel López atiende con diligencia a una clientela clásica en sus gustos ideológicos y alcohólicos. El dry martini, el negroni y algunas tapas inmortales (las ensaladillas variadas y el morro en vinagre) discurren por su barra de madera. Allí vemos americanas holgadas, corbatas con alfiler dorado, viejas víctimas del bisturí y la silicona, copas solitarias de cava. Invitación a la melancolía, una figura está sentada al fondo de la sala, bajo un cuadro de dama con sombrero. El camarero se dirige a ella por su nombre, señora Carmina. Son las cálidas penumbras que van huyendo, lentamente, hasta el día en que la señora permanezca ahí cual ausencia, para siempre. En la barra, más animada, hay incluso quien exige su sitio por veteranía. Dos gruesos hombres comentan las dificultades de la vida: “El deterioro físico de María José, en los últimos treinta años, ha sido espectacular”, informa uno de ellos. El discreto encanto de ya saben ustedes qué, amables lectores.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VI)

(Plaza Real, Barcelona, julio de 2020)

Una mañana de julio, por ocurrencia del señor Planas, nos dirigimos junto a don Iñaki Ellakuría hasta donde Barcelona acaricia el mar y los olores se hacen más intensos. La (feliz) ocurrencia de nuestro amigo consistía en darse un garbeo por los límites del distrito quinto, en pleno verano y sin turistas.

Imposible recordar la estampa de unas Ramblas apenas transitadas, sus quioscos sin clientes, algún comercio ya clausurado y muchos vacíos. La puerta de Boadas (coctelería en activo más antigua de la ciudad, fundada en 1933) no se abría frenética, como ha sucedido desde siempre, y las calles que penetran en el viejo Chino eran solo habitadas por algún morito con gorra y la secular señora con su carro de la compra. Tal ausencia humana devolvía recuerdos: viejas tiendas de discos de Tallers, casi todas cerradas; Cazalla, el bar más pequeño de la ciudad (unos dos metros cuadrados), que fuera abierto en 1912 y aun sobrevive sirviendo mojitos, esa otra epidemia. Quisimos los tres excursionistas tomar aperitivo en el Círculo del Liceo, pero nos faltó la chaqueta reglamentaria para poder entrar. Así, pasamos por el mercado de San José (Boquería), ánimo renovado en la barra del Pinocho, donde se despidió del mundo Cabau tras enseñarle a la burguesía barcelonesa la gran cuisine, seria, republicana. Parece ser que el prócer marmitón ingirió una píldora de cianuro con un vasito de agua ante el actual propietario y alma del establecimiento, don Juanito Bayén, brioso octogenario, perico de pro. En Pinocho éramos escasos comensales, destacando una característica figura barcelonesa que los nativos distinguimos al instante: hombre maduro con sombrero, algún extravagante detalle en el vestir (corbata y americana violetas), acompañado de una muchacha latina veinte o treinta años más joven que él. Juanito propuso mejillones en vinagreta y los legendarios garbanzos con morcilla, y comentó su extrañeza al contemplar la barra sin agolpamientos, sin cañas volando entre manos y sin fotos de los turistas. Para despedirnos, lanzó sonriente un mensaje de ánimo españolista, a pesar de los sombríos momentos que el club está viviendo.

A poca distancia, la Plaza Real, sitio de flamencas catacumbas, permanecía en el silencio vacuo. Sus grandes terrazas huérfanas, los camareros mirando al infinito. Pensé en ese raro panorama y en los cuerpos que yacen bajo las baldosas de la plaza (primitivo convento capuchino demolido): imaginé que verían aquella desolación con una erudita sonrisa; los muertos siempre acaban teniendo la razón.

(Nota publicada en Ok Diario)