¡Vivan las cadenas!

Hay una pregunta impertinente: ¿Quieren los hombres y las mujeres ser libres? A veces -la ciencia política sabrá el porqué- una persona o millones de ellas pueden sentir una pulsión irrefrenable por las cadenas, un temor erótico que les empuja a la sumisión. Da igual en nombre de qué uno se entrega para ser dominado. La prisión puede llamarse “libertad”. Los nacionalismos yugoslavos son ejemplo macabro. Sin llegar a meterlos en trenes pintados de verde olivo, sino en cómodos autobuses con aire acondicionado y bolsas con zumo y bocadillo, esos ciudadanos prestan su frágil entidad a un proyecto mayor, a una luz cegadora. El hecho principal es la dación de la propia libertad. Esto lo saben los poderosos, hay una cantera eterna de hombres y mujeres que no desean ser libres, griten lo que griten. Lo dejó apuntado el secretario florentino: “el que quiera engañar encontrará siempre a quien se deje engañar”.

Harakiri barcelonés

La escritura es fina condena; el cronista, prácticamente, un apuesto enterrador. En esta querida afición cuentan siempre los ambientes, Barcelona en el caso. Según un cálculo aproximativo, mi ciudad condiciona hoy, como lo hizo en algunos momentos importantes del pasado siglo, la producción literaria de este país eterno. La escritura local flâneur, Sempronio, Joaquín M. de Nadal, se antoja recuperable: acto de fe y notas para un obituario.

Bajo esa romántica misión, aireo la nariz por el imperio cuadriculado de Cerdá, donde habito. Si uno quiere alzar sobre el ayer una cierta idiosincrasia, estilo melancólico, la Condal posee dotes inmaculadas. El pasado que fue, competencia a Madrid, y la manera en que hoy se retuerce, al galope sobre las paradojas de la nueva política. Es este un sarcástico lenocinio. Tenemos el gótico falso, la playa grasienta y Gaudí escarnecido; al burgués oprimido con lazo amarillo en la solapa, casa en la Cerdaña e hijos anticapitalistas; al President huido y su ventrílocuo, a la alcaldesa bisexual, al futbolista politizado y al ejército de abogados (parece que de ultraderecha) abrazados al cumplimiento de la ley. Por recordar también algunas pérdidas, teníamos unos miles de empresas más que ahora; y el orgullo antiguo de ciudad mediterránea. Un querido amigo barcelonés, bregado en roces, me comentaba hace poco el paisaje de nuestra más célebre calle, La Rambla. Continuidad de souvenirs, turistas pegados a pozales de cerveza, tiendas de chucherías, paellas precongeladas, estatuas humanas. Pero la circunstancia trágica de Roma no es que el Coliseo esté ruinoso e inservible, sino que no haya ya romanos que lo usen.

A unos kilómetros de aquella tragedia ramblera, puede trazarse un itinerario de charm burgués, biempensante; aunque quizás sea arqueología. Caminando la calle Jaime Balmes, príncipe conservador, me adentro en una librería de gusto gauche. Vago entre las salas y acabo en una donde una chica presenta un libro. De su parlamento, micrófono en mano, rescato las siguientes cacofonías: “libro guay”, “emociona mogollón” y la deliciosa confesión “voy a hablaros del libro en plan aquel comentario de texto que hice en el instituto sobre Galdós y que no había leído” (risas). Es común que las carencias intelectuales se suplan con ideología. En el caso de esta chica se suplen con nihilismo de colegio, parece. Echo una ojeada instintiva a mi alrededor, con la esperanza de que Marsé ande por aquí y monte un literario escándalo; pero no, solo oigo un crujido hondo que proviene de la estantería en que dormitan Kant y Schopenhauer.

Con ánimo luciferino, compro un libro sobre la heroica del kamikaze y me lanzo a la atronadora calle Mallorca, frente a las Esclavas del Sagrado Corazón. En los paseos barceloneses uno suele toparse, de vez en cuando, con advertencias metafísicas, la necesidad de autodisciplina. Así, enfilo el paso bajo las celindas del Pasaje Mercader. Ya luce la primavera, la violencia de sus colores, hecho cultural que acota la institución del paseo a la circunstancia del otoño, el cromatismo parisien. Pongo la vista sobre una pequeña verja, en la parte alta de esa breve y agradable vía. En efecto, mi rumbo, escrupulosamente clasista, hace escala en Belvedere, su pequeño jardín con mesas de hierro, farolillos y enredaderas. Un lugar donde, a la luz de un dry martini, hojear el libro recién adquirido y, si el espíritu lo pide, comerse un steak tártaro o una perdiz alcántara rodeado de maderas y cuadros con marcos dorados, conversaciones discretas y silente arte del servicio.

Abro mi libro al azar y encuentro a Minamoto no Yoshitsune, quien a los treinta años se hizo el harakiri; paradigma de la derrota heroica, o cómo llegar a la victoria por la derrota, en palabras del autor, Ivan Morris. Veo estos asientos de piel en Belvedere y las proverbiales maderas, la barra acariciada incontables veces, los vidrios flagelados por el tiempo. Se hace uno la idea de la fragilidad, también de los caminos victoriosos, y las paradójicas derrotas. Constato una circunstancia barcelonesa, refiere a esa clase social que puso el escenario para un mundo feliz y que está ahora cimentando su ocaso. Despidiendo una época quizás. Síntoma de esto, y su gravedad: el despiste total en las formas, que todo lo son.

Pasan las horas, en la terraza hay un escritor, una anticuaria y un incipiente romance. Las esferas del entretenimiento se solapan, los negroni marcan el crepúsculo. El farolillo de la entrada resucita, dickensiano. Un manto oscuro no detiene la urbe, sólo acentúa sus contrastes. Camino a casa me cruzo con dos asuntos humanos: un viejo premio Planeta que trata de articular una frase mientras batalla, llave en mano, con el portal de una finca modernista. Es admirable lo que el alcohol ha hecho por la literatura. En Enrique Granados, solazada por sus terrazas, veo a un viejo cosaco rebuscar en un contenedor de basura. Rememoro el haiku escrito por un kamikaze muerto en combate con 22 años:

“¡Si por lo menos pudiéramos caer

Como flores de cerezo en primavera

Tan puras y radiantes!”

La libertad

Estaba en el club comportándome como un perfecto hombre contemporáneo, o lo que se espera de él: estoicismo sobre una máquina de remo, treinta minutos bogando con la satisfacción de permanecer anclado en el mismo sitio. Vi Barcelona a los pies. Sobre el mar, la montaña de Montjuic, su castillo, el camposanto en la ladera sur, el estadio olímpico llamado Lluís Companys, quizás por el récord de asesinatos bajo su funesta y breve presidencia. Y, recónditas, las calles de los aviadores del Plus Ultra, entre ellos un tal Ramón Franco, hermano del último caudillo y diputado por Esquerra Republicana de Catalunya.

Después del remo, bajé a la piscina. Allí, unos señores maduros conversaban ligeramente, cigarrillo en mano. Suelen pasar un buen rato en remojo en el jacuzzi de agua salada, situado sobre una pequeña terraza. Son camisas viejas, ustedes ya me entienden; no desentonan con el aire de esta nota. Mi club, como España, tiene dos almas, invocaciones: la que habita en la convicción del movimiento permanente y la que prefiere el viejo valor de la templanza. En un estado de franca incoherencia, están los que vagan entre el mundo de las máquinas, pesas y bicicletas, y el universo epicúreo de los chesterfields de cuero, copas y puros del área social, edificio cuya humanidad alumbra algunos templos de la urbe, restaurantes, saunas, bancos. Quizás en las dos almas, e incluso contando la tercera, el asunto sea la perseverancia de los ritos, las tradiciones de la microhistoria.

Una vez acabado el baño de sol, tomé con paso firme la calle Anglí, empinada, presidida por un palacete burgués en que se celebran fiestas del inmemorial género ya mostrado en el Papiro Erótico de Turín, cito ejemplo muy antiguo. Cruzando la Vía Augusta, llamé a un amigo periodista por si andaba por la zona. Estaba comiendo en La Focaccia de Dante Gori, donde el primogénito de Dante atiende a la clientela con imperiales modulaciones. Teniendo en cuenta la legión de ofendidos en TripAvisor, este señor merece todos mis respetos. Para el café nos sentamos en una cercana terraza, mientras la apacible vida de Tres Torres discurría en loor de filipinas con bebés, niños de uniforme con escudo bordado al pecho, niñas de uniforme con falda príncipe de Gales, obreros manchados de yeso en busca del carajillo, porteros con bata azul, señoras tomando café y alguna serpiente caribeña.

Mi amigo no estaba de un gran humor y la conversación pasó de las amistades comunes a España, el tema, nuestro tema. Se me ocurre que todos aquellos compatriotas agoreros son los hispanos inconmensurables, los que procuran a esta nación el grado de eternidad. De carga histórica. Sumando está el asunto del entorno, la actualidad de la cual mi amigo sólo hallaba dolores de cabeza, tristezas y decepciones. El procés, ya instalado, incluso acomodado entre nosotros y sin visos de esfumarse. Advertía John Stuart Mill, teórico de la libertad, que en un ambiente de esclavitud mental pueden existir grandes pensadores, si bien no deberían abrigarse esperanzas de encontrar un pueblo activo intelectualmente. Es una hipótesis, o una frase ocurrente. O un hundimiento. Pero no hay nada más inútil que llorar por los muertos.

¡Qué tarde la de aquel día!

Durante la tarde del domingo electoral, algunos mundos se iban gustando en la desvaída pátina de la civilización. La consabida zozobra tras unos milenios de desgaste. Pasé el rato en la calle Santaló. Se citaban viejos blasones: onírico iberismo, aperitivos y camareros con chaqueta blanca. En aquella terraza las conversaciones eran sobre la nieve que cubre los Pirineos o lo difícil que es, en días festivos, conseguir un pollo asado del pollero A pluma (¡hay que llamar antes!). De igual modo, se escapaba alguna frase como un rubor feliz: “Son las primeras elecciones en que votamos para que salga ‘tal’, y no para que no salga ‘cual’.” Alguien comentaba un artículo leído y se tenía entonces la convicción de que no estaban (ni están) huérfanos los sistemas cognitivos y sus simpatías periodísticas. Ambos comparten boca y alma secas con el público náufrago; primeras y últimas fraternidades del náufrago, mientras la infinita agua de eso que llaman ‘realidad’ se las traga. En fin: el mar de animosidades y el dulce bamboleo de una satisfacción temblorosa, de una democracia delicada, diría incluso.

Santaló, empinada vía; resistencia cultural al torbellino pop de la alcaldesa. En la terraza, las señoras fumaban y bebían champagne con hielo. Los señores se complacían en tragos cortos. De vez en cuando, pasaba una ejemplar familia, los niños besaban a las señoras del cigarro (estandarte) y del repentino guirigay brotaban delicias del tipo “partido de tenis en el Godó”, “Cerdaña” o “¿Sabías que Marita se ha ido a vivir a Madrid?”. Nadie curioseaba por el sentido del voto, no hacía falta ninguna. Apenas la posibilidad de afinar un poco la ideología.

Después de unos caracoles con sal y pimienta, decidí alimentarme en otro ambiente, una coctelería. Vestido de madera, ese bar había sido, años ha, lugar predilecto de hombres y señoritas, policías de paisano, periodistas y literatos, tan proclives todos a hacer de la existencia un encierro golfo. Casi no quedan rastros de esa alegría, pues el personal ha sido sustituido, en parte, por parejitas de turistas que piden la carta de cocteles (horror) y se hacen fotografías desde dentro de la barra (depravación). Solo dos o tres personas habitaban el local; recordé la crónica que Maruja Torres escribió del 23 F, día en que acudió a la misma coctelería a beber y fue atendida por el histórico barman Carbonell, imperturbable, como si más allá de la cortina verde de la entrada nada extraordinario sucediera.

Caían las horas. Desierto rojo, los camareros mirando al techo, el leve tintineo del hielo golpeando el vidrio. Una calidez abrigaba los corazones cuando, de pronto, la democracia se hizo luz. Recordé todas aquellas botellas de champagne, las copas manchadas de carmín, el aroma de las últimas pieles. Una fiesta que, como todas las fiestas, encierra un final. Los resultados, imaginé, despedían la ilusión de un mundo solo ideado, hecho ya de bagatelas, de inservibles anacronismos. Bien, al día siguiente los viejos burgueses volverían a ocupar sus sillas en Santaló, a saludar con afecto antiguo al camarero, a encender un cigarrillo y esperar la copa de rigor.

Melancolías en campaña

Escribir melancolías, ayer como hoy, aprieta las letras. A estas me las imagino un mojón informe en mitad del páramo, como aquel en el que Holmes buscaba a un perro sin (casi) saberlo. Qué sortilegio la primavera política. Serían malos tiempos para cierta lírica, murió este mes Sánchez Ferlosio; y casi nadie recuerda a Bachelard, que nació en Champagne en junio de hace ciento treinta y cinco años. Estamos envueltos en el lío de la campaña (electoral, dicen) y el páramo, aunque se extienda raso y tedioso, está sembrado de trampas dialécticas, trucos prerromanos, aromas necios y no sé si, incluso, duelos morales. Yo pongo mi pequeño charco de letras, bajo la neblina y las estrellas. El caso es que escribir sobre lo perdido salva lo mismo que entierra.

El probable presidente del Gobierno aloja al sistema y al antisistema; desde este punto de vista, tiene todos los mimbres para quedarse con el Estado. Concentra él tanto al hidalgo Don Quijote como al escudero Sancho Panza, las simbologías con que Cervantes iluminó la modernidad, y aún estamos ahí. Sus rivales, personajes de la obra, han sido traídos a la arena por el clasicismo más exasperante, canónico. Tampoco habría que leer libros de caballerías, su versión cervantina o el tebeo del Capitán Trueno. Están todos los que tienen que estar y formulan lo suyo. No sé hasta qué punto la patria merece obra tan bien tejida. Incluso siento una simpatía proverbial por algunos que están ahí de buena fe, pero que quizás malgastan su patrimonio intelectual. En cualquier modo, imagino al doctor Sánchez regocijándose, como el niño que espera sabiendo que en breve llegará el regalo.

Adenda:

De Ferlosio no me quedaría con su ensayística, más bien prefiero el modelo de fecundidad, su ilusión arisca, su gato de porte sabio, tan leído.

En cuanto a Bachelard, sobre el que escribiré algún día un gran artículo conmemorativo, quiero recordar el tema de la caracola, objeto de sus estudios: nos dice que el poeta, un tal Valéry, se vio falto de imágenes al hablar de ella y “quedó detenido, en su evasión hacia los valores soñados, por la realidad geométrica de las formas.” Luego el filósofo nos conduce al inicio, cuando, en el momento de tomar forma, la caracola puede enrollarse hacia la derecha o hacia la izquierda, decisión de la que dependerán tantos sueños.

La provocación

En tiempos en que las brochas de la política eran más finas, se tenía una idea temerosa de la coherencia. El trazo de un Pasolini (izquierda antiabortista) o de un Foucault (juguetón nietzscheano) vinieron a iluminar contradicciones. No es que fuéramos más coherentes, pero el temor a parecer incoherentes nos hacía poner un poco de cuidado a la hora de decir cosas. Confesión profunda, fin de época, fue la de Vázquez Montalbán ‘asumiendo sus contradicciones’. Luego vinieron los pinceles gruesos, se cargaron los micromarxismos, las disputas ideológicas y los libros saltaron por los aires. Como en una hoguera del olvido. Quizás haya sido esta una finalidad demócrata, la adscripción al partido único de los no leídos. Una inmensa soflama.

En el ámbito certero de las caricias, se han vuelto estas de una aspereza y antipatía elocuentes. Hace unos días, gastaba palabras para lo ocurrido con un acto de la asociación estudiantil S’ha acabat! en la UAB, acto en el que pretendían participar una serie de personas del todo provocativas, como dicta el ambiente y el partido único. Esto me llevó a pensar en los pretéritos tiempos del citado Pasolini, asesinado en las calles de Roma. Intelectual, homosexual, provida y, válgame Dios, a su aire. En el PCI de la época había personas de izquierdas, indeterminadas y de derechas; y fuera, extrañas y atribuladas criaturas. Los italianos, es conocido, renunciaron muchos siglos a tener un Estado para dedicarse a hacer de la política una finezza.

La fineza, en todo caso, ha sido sepultada bajo el marmóreo aire de esta democracia. Aquí puede venir un Pinker a decir que nos rescatemos en la Ilustración, mas, siendo profundamente, inconmensurablemente demócratas, cualquier cosa parece una provocación. Como el acto aquel de la universidad, y gracias al cual retorno a los viejos tiempos. A los tiempos de las temerosas e indiscutibles coherencias. Supongo que se recordará aquella coletilla cuando una muchacha había sido acosada por la calle: “¡Es que iba provocando!”. Pues eso, como Álvarez de Toledo, Pagaza, Arenas. Provocando.

La furia y Álvarez de Toledo

Hay una idea fantástica de la política. Habita en muchos corazones y, cuando desvanece, no tarda el tiempo en revivirla, con otra máscara quizás, pero mismo espíritu. No se corresponde con realidades, es sublime y deshonesta. Del orden de la entelequia. Funciona con el motor de las debilidades. Sus exageraciones pueden llegar a matar. O a convertirnos en hormigas.

Quizá, la mejor forma de la política sea la modulada, aplacada servidumbre. La que soporta una higiénica censura. La democracia liberal de nacionales y viejas, honestas, herrumbrosas raíces. De ella se han esperado, se esperan cosas que no siempre acontecen, milagros que la realidad masacra. El que suspira quimeras, el rehén de los vientos políticos, el melancólico informe, recrea en su mundillo una idea, vagando por las redes, apoyado en una barra mirando el móvil y tomando birras seculares. Es peón de un asalto al poder, pero sin conciencia. La estética brilla en las aristas pseudorrevolucionarias, la furia del pueblo. Detrás, intereses espurios.

La herida, hoy mismo: en mi vieja universidad campa a sus anchas el autoritarismo, en feliz connivencia con la rectora, Margarita Arboix. Otra mujer, Cayetana Álvarez de Toledo, quería hablar. Pero un puñado de ‘estudiantes’ descargó sobre ella la melancolía de una guerra civil. De estas porquerías se sirve el anhelo: la desmesura de quienes se sienten abanderados. Quedarán aquí, disueltos en la barbarie y la antipatía, palabras, escritos, deseos de un reconocimiento inverosímil; el afecto, moho de la memoria. Quedará, sí, la soledad entre enemigos.