VOX, una hipótesis catalana

Un fantasma recorre España. Desmiente, una vez más, la excepcionalidad respecto al continente de que pendemos. Esta premisa general, ser una soberbia anomalía en la Historia, ha seducido a intelectos de toda época y ralea. Incluso Madariaga invocó la geografía -nuestra península sería un castillo inexpugnable y por tanto aislado- para ilustrar algunas dinámicas hispanas, en su magistral ensayo España. Hasta hace dos días, superado el encandilamiento podemita, nuestra última excepción era carecer de ultraderecha.

Sobre VOX se han apresurado algunos comentaristas en busca de una explicación plausible: habitaba el engendro dentro del Partido Popular (madre) y sólo su crisis lo ha emancipado (culpa de Rajoy). Luego está, un poco mejor armado y complejo, el razonamiento que mira desde más alto: por una parte, los dirigentes del socialismo se escoran a la izquierda (las bases ya lo hicieron antes); y, por otra, la cuestión catalana, enquistada. Tanto lo primero como lo segundo, excentricidades sumadas, en efecto cansan a un electorado, digamos, centrista, que vivía más tranquilo en el turnismo PSOE-PP y el oasis pujolista. Un cierto orden. 

En este sentido, el notable peso de Cataluña dentro de España (su irradiación) quedaría, también, en evidencia. El eje político observa desplazamientos y parece gravitar, en ocasiones, desde el Principado. Si aquel tripartito de Maragall (2003-2006) fue un ensayo estético, lo que vino después con Podemos y Mareas era ya la representación al público general, llámese Españas. Un programa de consumo político adaptado a los gustos diferenciales, insolentemente concéntricos, de esta pequeña Europa. Para el caso de la ultraderecha, nuevo fenómeno, podríamos inferir que su éxito andaluz tiene algo de catalán. En el detalle, Cataluña (eufemismo de Barcelona y su área metropolitana) se presentaría, futurible, como la madre de todas las batallas entre los restos de la rebelión independentista, el narcisismo inepto de Colau, los equilibristas naranjas, la cosa llamada PSC, la sorpresa Álvarez de Toledo en el maltrecho PP catalán y el turbador despegue del partido de Abascal. Sobre éste último, Iñaki Ellakuría publicó hace un tiempo un buen análisis de sus raíces y expectativas catalanas, poniendo negro sobre blanco una realidad poco conocida. Según el periodista, el núcleo de VOX en la capital catalana estaría en algunos despachos de abogados barceloneses, sector en el que contaría con bastante predicamento. 

Una observación fría, menos apremiante de lo que se acostumbra, podría incidir en la influencia cultural y política de Barcelona sobre España. Veamos sus productos comunicativos, sus estilos periodísticos y de entretenimiento. Buena porción de los formatos de éxito televisivo de las últimas dos décadas (de Crónicas Marcianas a Salvados) es barcelonesa. De igual modo, el desparpajo de una politización se ha forjado en el ejemplo de la Ciudad Condal: cargos electos que se declaran por encima de la ley, componendas de una indisimulada demagogia y, en constante desenfreno, los governs desde 2012 (ahora tenemos uno en Waterloo y otro en la plaza Sant Jaume). Espectáculo político-mediático que podríamos bautizar estilo catalán posmoderno. Aquella secular, suspirada conquista de España por parte de unas elites catalanas podría haberse cumplido, aunque con hechuras diferentes a las imaginadas. Conquista cultural formativa, triunfo de unos heterodoxos; política en permanente crisis, con sus indeseables e imprevistas consecuencias. 

La moda VOX podría interpretarse como una reacción. Reacción a esa conquista catalana y a los movimientos imitativos (bajo la marca Podemos) de su particular estilo posmoderno. Un empacho general. Desde 2012, el procés, en efecto, ha provocado una invariable miríada de descomposiciones. Y el partido que ahora atrapa a las audiencias tiene tanto de flamante contestación como de vieja osadía. Ganivet, pensando siempre en el misterio español, hablaba del “misticismo, que fue la exaltación poética, y el fanatismo, que fue la exaltación de la acción.” Nuestro intelectual era ciertamente severo, espejo de un momento histórico en que la españolidad había cabalgado sobre todas sus contradicciones. 

Quizás la comedia presenta hoy inéditos giros: en el laboratorio catalán habrá próxima función con las elecciones convocadas. No deberíamos subestimar las capacidades que nos encumbran y que nos hacen tan europeos como, por ejemplo, los alemanes. La mística de la flagelación colectiva. Lo veremos. El régimen constitucional ha visto nacer, en cualquier caso, insólitos y briosos impugnadores desde la última depresión económica, severa, que fue también crisis de confianza. Parece que, en unos cuantos y turbulentos años, haya envejecido y sufra los achaques de una decadencia. Ningún régimen español contemporáneo ha sobrevivido más de cinco décadas.

Una jornada particular

Como caminante barcelonés, estoy desarrollando un canon que hasta a Gombrich conmovería. No solo me ha servido de inestimable ayuda la ruptura de mi relación con el taxi, después de su última alevosía, como ya conté en otra nota. Aquí debo también considerar a la querida alcaldesa, espejo descarnado de estos tiempos y sus hondas lecciones: cada paseo parece una despedida, el tono austrohúngaro de un Zweig haciendo arqueología sentimental, la ciudad de ayer. En cualquier caso, no quiero exagerar más las letras, no vaya a quedar yo como un escritor de mundos cloroformizados. Alcanzaremos, firmes las piernas, henchido el disimulo, una nueva Barcino surgida de la indolencia. 

Este soleado día de marzo quedo para almorzar con un gran paseante. En casa, después de esclarecerme con café, agua, jabón y Acqua di Parma, elijo una camisa azul a rayas y una teba, digamos, algo transgresora, de botones encarnados. Además, y en previsión del viaje, rescato del olvido una bonita mariconera, recipiente de llaves, ibuprofeno, teléfono y otras cosas imaginativas. Al salir, el portero abre aquella puerta monumental de hierro forjado, tras la cual está el mundo pequeño y sus grandilocuencias. Oigo resonar las trombas y timbales de Rameau. Camino ciento cincuenta metros y me asomo a Diagonal. Enfilo rumbo a San Gervasio por la calle Muntaner, madrastra de corazón rocoso, hasta las Mantequerías Pirenaicas. Se trata de un sitio instalado en la idea casi desterrada de ser atendido de usted y, además, comer frugalmente, rápido y bien. Mi cita, que llega también a pie, pide las viandas y yo, el caldo: huevos con trufa, macarrones, una especie de strogonoff orientalizado, Pago de Carraovejas. El caso es que él, al igual que un servidor, pertenece a esa raza de hombres sin permiso de conducir. Seres en los que la tradición del paseo se ve sometida a los principios de Schelle, aunque sea por ciertos imponderables.

El almuerzo va bastante bien. Tras las bondades de los alimentos sólidos, líquidos, espirituales, se me ocurre ir a pasar la tarde al club. Me detengo, de camino, en un café. Fueron cayendo estos establecimientos, batallas entre tradición y ruptura. Ya conocen la dinámica, derrota de la tradición y posterior evocación (soez) del derrotado, extraña victoria. Uno llora tales pérdidas: el mundo, Combray entero y sus alrededores en una taza, la luz barroca, la cucharilla que remueve los pensamientos, el hilo blanco del cigarro y un libro sobre la mesa. Sin esas malditas ínfulas, en las que ya Sándor Márai advertía un romanticismo de pose (“todo escritor húngaro digno de ese nombre pasa su vida en el café”, había dicho), descanso un rato las piernas sobre la nostálgica modernidad, deslumbrante en carteles tan piadosos como il caffè di Florentino, lamparitas tiffany made in India, sillería desgastada de fábrica, un corazón dibujado sobre la crema del capuccino y la promesa de red wifi. Quiero un brandy catalán, afrancesado, pero no tienen ni Hors d’Age ni Mascaró; acabo naufragando en una familiaridad innombrable, acaricia el gaznate como aquella tía ricachona y cruel pellizcaba mis mofletes, hace cuarenta años.

Al acabar la copa, recupero el andar y me llevo a la calle Mandri. Allí, altura del viejo Montesquiu, oigo una inmortalidad: el alto deje barcelonés de una chica que ha estado en Goa y recomienda ir al “norte, norte, norte, que es lo guay”. Certifico que nunca acaban de morir los ochenta de polo, gala melena rubia y osea. He aquí una magnífica resistencia cultural, un eco fértil, cito a Steiner. Animado, tomo Paseo Bonanova para, finalmente y tras coronar la empinada calle Pomaret, llegar al club. Nada reconforta más que desnudarse, envuelto por la somnolencia de la cultura inmaterial (esa cursilada), y amansar en el jardín las heridas del brandy. Hay por allí desperdigados, cuales pompeyanos, unos hombres al borde de sus encantos. Cierro los ojos y voy descabalgando las conversaciones. El discreto know how del homo ludens y sus vitales asuntos: ¡El nuevo camarero del Scotch se queda siempre corto sirviendo la copa! o Antes había allí una joven dando masajes “mucho más simpática” que la de ahora. Se antoja acerada poesía, belleza a la altura de una Victoria de Samotracia. Me abandono al sueño, veo murallas de oro y diamantes, cúpulas de alabastro, agujas de plata y terrazas sobre terrazas relucientes en alto levantadas; es Barcelona, ha expiado su locura, los idiotas, las idiotas, han regresado por fin a sus casas.

Erótica de un proceso

Serán las primaverales fiebres, el indicio salado de sus rizos o porque, en palabras del bardo, “llevo tu luz y tu olor, por dondequiera que vaya”. Será lo que sea, pero estoy en la hipótesis de una conquista. Con gafas de colorines, pañuelos estampados de Jofré y dinero mediático. Evoco al galán: casa regia convertida en hotel, vajilla de la bisabuela recorriendo subastas y libros franquistas quemados. Se me ha aparecido el donjuán, invariable, en Via Veneto, con la indiferencia del potente hacia los adornos, mientras Javier Oliveira, maître, pelaba en el aire una voluptuosa naranja ensartada, elegante malabarismo. 

Retrocedamos. En el principio, fue la seducción. Camisas viejas al pozo del olvido, pues al Generalísimo lo habían ya enterrado. Un poco alocados aquellos tiempos: evoco la operación Roca, suspiro por Cambó; como atrasar el reloj unos cuarenta años, antes del Frente Popular y el puñetazo de Bahamonde en la mesa. Un acaloramiento catalanista, libido historicista. Desde 1978, aproximadamente, había carne fresca a pedir de boca, o sea, un nuevo régimen, otras oportunidades. La pasión catalana, en todo caso, resultó desmedida. Un arranque tipo Richard Burton ante la lolita Sue Lyon. No se llega a la entrepierna, al corazón, sin haber traspasado el rito de un café (infusión demócrata), la caricia recatada, un beso robado. Con el abogado Roca de celestino hubo gran calentura. Luego, el frío modelo alemán (federal, socialdemócrata, Willy Brandt en la cabeza del honorable President) alivió tales furores. Y entonces vino el onanismo: se desató una gran campaña inclusiva, diseñada por el publicista Bassat, de lema Som sis millons (Somos seis millones). Al fin y al cabo, España fue siempre muy complicada, agreste.

Y Barcelona al fondo de la barra. Objeto tan sexy como conveniente. Conocida como ciudad abierta, abierta de piernas, su fama arrastrada. Y en efecto ineducada, ingobernable, “tierra de nadie”, como la Hayworth en Gilda. Los primeros años setenta, Franco en vida, habían sido en exceso creativos, ilusiones subversivas a destajo, José Ribas dixit. En la geografía sucia e irresistible se citaban tanto los salones del Círculo Ecuestre como aquel piso en que dibujaba Max. Transitaban los prodigios de un sitio a otro, gloria de imposible final. Escritores acomodados, grandes empresarios, artistas sin cartel; y la inabarcable liga de refundadores, orígenes extremeños, andaluces, aragoneses. Una criatura exuberante la urbe, en la larga tradición hispana de la multiculturalidad.

Ya en los años dos mil, la Condal fue perdiendo su asilvestrada barahúnda. Había dado comienzo un largo banquete, o estupro, funcionarial. Silencioso, incesante, incestuoso y de incalculables efectos preservativos. Otro galán se había añadido a la fiesta, llamado PSC. Este último controlaba un cinturón urbano, menos obrero pero más subyugado por la erótica lumpen-televisiva. Junto a CiU decidieron la acometida. Así, mucho antes de 2012 los barceloneses (y por consiguiente los catalanes) éramos ya un Estado. Poseíamos incontables organismos para cualquier asunto, vegetación de los Països Catalans, relaciones con el mundo árabe o especulación urbanística. Pujol fue especialista en reciclar a quien pudiera molestarle, aquella panoplia de descarriadas rebeldías que pululaba por la urbe: editores arruinados, maoístas con piso en Sarrià, terroristas, periodistas infamantes, artistas muertos de hambre, y un largo etcétera. Maragall continuó esa dinámica, construcción de la patria por vía de la nómina, el carguito. A cambio de fidelidad nacional.

En 2012, doblegada Barcelona a la sensualidad nacionalista, nuestras elites emprendieron una solución final: ruptura y tránsito a la nadería, perfumada de animosidad y estulticia. No han faltado, en este larguísimo proceso, íntimos episodios: un aragonés cambió nombre y apellidos, y llegó a conseller; otro furibundo republicano de difícil disimulo, nieto de andaluces, tiene hoy asiento en las Cortes. Él representa como nadie el efecto más pernicioso: la ascensión a la bacanal por corrupción estética, y no gracias a algún mérito sin máscara, sin farsa. Flamantes nuevos emperadores del Paralelo, a la vida mórbida me refiero. La conquista heterodoxa, hoy, cuenta con un ejército de urgentes sensibilidades. Allí donde se ha requerido un imbécil siempre maltratado, brotaban suficientes como para cerrar una lista electoral. O para conducir un programa de televisión. Es este un amorío de despachos. En un sentido histórico, comparece nuestra picaresca inmortal; en el sentido trágico del momento, la insoportable levedad de la política.

Hay un objeto de deseo en esta nota, que cubre varias décadas. Invariablemente, de Barcelona a España acariciando Cataluña, la gran pasión que se ha perseguido tiene un solo objetivo: el poder. O el mantenimiento del mismo. La sensación íntima que en la ciudadanía está cuajando, cuajará también para los todavía excitados, es haber sido ramera y, además, poner la cama.

La bodega y la revolución

 

Hace unos años, sería antes del procés, entré en Quimet, una oscura bodega del barrio de Gracia. Son estas instituciones del todo barcelonesas. Abarrotadas los fines de semana con el canónico vermut familiar, en los días comunes hacen caja con cuatro parroquianos y las señoras que compran vi blanc del Penedés para cocinar. Todavía quedan unas cuantas con solera. Solían estar regentadas por un viejo matrimonio (ella ineluctable bata azul de cuadros, él de calle) que vivía en la parte trasera del local, y, como disponían de cocina, uno podía embaularse un plato de cap i pota o unas albóndigas con sepia y degustar la vieja acidez del Priorato. Desde hace tiempo, la moda ha tocado muchos de estos establecimientos con sus habituales delitos: en aquella bodega sonaba música, los camareros vestían delantal negro y al llegar a la mesa te decían “¡hola chicos!”. Asperezas del progreso.

Recuerdo haber pedido anchoas de la Escala y un vaso de cerveza. Escruté entonces el ambiente. A unas mesas, un púber gritaba, excitadas sus imbecilidades de púber por el alcohol, en medio de un ritual que sólo los más crédulos denominarían conversación: ¡No me quiero morir sin ‘mi revolución’! Instintivamente, miré mis zapatos Santoni. Su piel había acumulado, por el uso, el exacto y deseable primor, aquel del cual los viejos ingleses hicieron un propósito grave. La voz aguda del pimpollo, el atropello de tópicos, la atribulada necedad, trajeron a mi mente una conexión resolutiva: la punta del zapato derecho y el culo insurrecto. Probé las anchoas, ajamonadas (Pla se hubiera ofendido, a la manera suave de un ampurdanés) y acabé la cerveza. Cuando salí por la desvencijada puerta, todavía los cristales adornados de adhesivos de La Casera y Estrella Damm, el púber proseguía la anhelada revolución, ya en su entelequia subido a una bicicleta municipal (nada de caballos) y atropellando burgueses encorbatados, u oficinistas, con tal que llevaran corbata.

Recuerdo esta anécdota y al maestro F. Furet: un hilo de la historia, de la cultura política, reproduce tal tipo de escenas y palpitaciones, el moho estético de un Marat, o del Che. La lista de héroes es abultada, también sus millones de víctimas. Sí, la gran revolución fue, en cualquier modo, una gran matanza (hay muy pocas revoluciones civilizadas), inaugural de una fértil época ideológica. Presuntamente finalizada en 1989. Una reunión de mocosos borrachos no es el fin de nada, pero podría ser el principio de algo. Las capacidades del ser humano, en sociedad, son inmensas. Lo ponía, con ironía, Woody Allen en boca de uno de sus mejores personajes, el inefable Harry: “Los récords están para ser superados”, referencia al último holocausto.

Llegando a la calle Balmes, que siempre me salva de los pesimismos, evoco el procés, todos sus días gloriosos, la cárcel y las fugas; y el juicio de estos días. ¿En qué andará hoy nuestro héroe revolucionario de vino agrio de bodega? Miren, voy a ser secamente optimista: a pesar del enorme precio, el procés habrá servido para darles una revolución a todos esos torrentes de natural subversión adolescente y, después, para plantarles un bofetón colmado de realidad. Transitarán el resto de sus vidas con el debido sosiego. Sosiego en ellos, en los hombres con corbata, en las bodegas supervivientes. Ah, y, cómo no, paz para mis espléndidos zapatos Santoni.

El juicio

Es martes, día en que comienza un juicio del Estado al Estado. Togados examinarán a díscolos representantes del viejo Leviatán. Se obtendrá, así, una clara imagen de su estructura ósea y los sistemas somáticos. De los adornos orales, de la estética, aflorarán detalles que los más sensibles fijarán para la literatura mundana. No digamos el acecho del periodismo, en sí un juicio no ya al Estado (las sospechas sobre el tribunal han sido aireadas para gusto del inquisidor que en cada español se amaga), sino a una entera sociedad, con sus alambicadas miserias, temores, irritaciones. Luego vendrá incluso el metaperiodismo, juicio del oficio al oficio, que es como un Estado también, pero asilvestrado por sus discusiones éticas. 

En España no ganamos para tanto tribunal. Toda la vida, armada de tragedia, deslices y pasiones pasa por el gusto del dictamen. Es el españolito un enamorado que busca sentencias a cualquier cosa, que si no anda perdido. 

Y en esto, el juicio, necesaria higiene institucional. En Barcelona, hoy, día soleado, las gentes han ido a trabajar, toman café en las terrazas, abren y cierran los periódicos; continúan fijadas en sus asuntos rutinarios. El daño está hecho: se habla en voz más baja, o no se habla, se tiene una grave y general sensación de apagamiento. Todo eso por lo que se celebra el juicio está anotado, registrado en el peregrinaje del barcelonés, que cada vez parece más un personaje novelesco, en busca de un tiempo perdido. Habrá sentencia, no satisfará a nadie, así son las buenas sentencias. Mas en mi ciudad reinará, por mucho tiempo, la presunción de unas culpabilidades tan enmarañadas, capilares, complejas, mientras nos vamos, literalmente, hundiendo. 

(Nota del hundimiento: nos falta un día, un honorable acusado, un don para sobrevivir.)

La gran belleza

 

Habíamos encumbrado, un periodista poético, la policía exquisita y un servidor, la noche barcelonesa como lo hacen los héroes premodernos, al galope sobre la amistad, el forcejeo dialéctico con los queridos camareros y los verdes billetes (han proscrito los morados). Por supuesto no era sábado, ni viernes, tampoco jueves; esos días son para los que ‘quieren divertirse’. Unas horas más tarde, ya en casa, recostado en el sofá del salón hojeé unos cuantos libros, cogidos de la estantería más cercana. (Si sigo hojeando lograré convertirme en un intelectual hecho y derecho) En las páginas aparecieron personajes del todo respetables. Me servían, todavía hechizado por el perfume nocturno, las dosis precisas de un impertinente entremés. Y así se me ocurrió, no recuerdo ahora la fuente, que casi todo el arte del siglo xx, con su lógica insistencia en lo sublime -un mundo nacido de las guerras-, es la refutación de la idea amable de un tal Hegel de que el alma es bella. 

Nada se salva del horror y su disimulo en el querido veinte que nos vio nacer. Y que amamos, qué remedio, como a un padre insurrecto. Ese preludio (lector) a la gran resaca que vendría me hizo rememorar la noche, trufada de viejas bondades: gastar lo que no se tiene, dejar todas las puertas abiertas y admirarse por igual ante una pajarita bien anudada o aquella chica al fondo de la barra que parecía buscar el futuro en su copa de Manhattan. Una noche como cualquiera, en 1985, 1993 o 2019. Seguíamos incrustados en la vieja centuria: todos esos pequeños mundos eróticos, mientras la conciencia secular paría y volvía a parir monstruos como Miley Cyrus, el gazpacho de sandía, Nanni Moretti, el Sex on the Beach y las camisetas de la alcaldesa.

Abrí otro libro al borde del sofá, decía más o menos: el alma contiene un infierno, por eso en un mundo conflictivo, liberado y jacobino, que se ha cansado del naturalismo, el arte es la comunicación del espanto. El héroe Des Esseintes dice que la naturaleza, “esa sempiterna vieja chocha”, es un modelo agotado para los artistas. La más exquisita y bella de sus obras, la mujer, ya ha sido replicada por el hombre con la locomotora de acero, se afirma. Con eso, el acero dios, llegaron los ismos subversivos, inspiradores francos de ismos sistémicos: comunismo, fascismo, nazismo. (Y las camisetas, vuelvo a pensar.) Cirlot listó todos los ismos; mis amigos y yo, unas horas antes del fin, los diluimos con ron, ginebras y piedras de hielo.

La resaca comenzaba a sustituir al encanto. Era como una infantería pisando la hierba. Todavía resistí, parapetado en unos versos. Supongo que nos gusta la postración al dios Baudelaire, la cosa de que no existe belleza sin nostalgia, sin tristeza, sin infelicidad, en suma. Hoy día, doscientos treinta años después del Gran Desastre Fundacional, el empeño del arte y del folclore político es manifestar que se siente libre e irresponsablemente responsable, por encima de cualquier convención. Un mensaje imponderable del capitalismo con conciencia social, es decir, cínico. Los rayos del sol entraron, groseramente, en el salón. Rebusqué entre decenas de cajitas de papel con nombres maravillosos. Pero no encontré aquella pócima que se fabricaba en San Gervasio, Barcelona, renacimiento en polvo efervescente. Cerebrino Mandri. Lo habrán prohibido nuestros más severos nostálgicos, probablemente.

Breviario ventoso

 

Estos últimos días el viento ha soplado fuerte en Barcelona. Venía del noroeste, tierras de nuestro rey Fernando; rigurosa caricia que nos une, viejos catalanoaragoneses aireados. El viento es la historia, un saludo escalofriante. Es la suma de todas las fuerzas y constatación de la debilidad. “Me dio la ventolera”, decía un tío mío para justificar todo tipo de andanzas, cuando le habían descubierto. 

Desde el balcón, centenaria finca, he visto volar hojas como pensamientos, portados quién sabe adónde, depositados en algún lugar tras la ira. ¿Qué hubiera sido sin el viento, que conduce, frena, se lleva fresco, secuestra, susurra entre las columnas del templo? Hálito de una severa justicia, ordena el mundo entre pérdidas y extraordinarios hallazgos. Éolo es un joven bello rodeado de aves, alegoría de Rubens. Es quien lleva a los conquistadores a la tierra incógnita o, artificio del genial Wilder, levanta la falda a Marilyn Monroe. También, transformado en combatiente suicida, hace estragos en la marina de guerra americana, el kamikaze, divino viento en lengua nipona. Refresca el jardín levantino donde unas muchachas duermen, siesta de Sorolla, y sus blancos hijos excitan la locura romántica del caballero andante. Fiel a su madre patria, la ventisca siembra de cadáveres de la Grande Armée napoleónica la gélida estepa rusa, fatídica retirada de los invasores desde Moscú.

Cae la noche sobre la ciudad, un alarido recorre la calle Córcega, apéndice del ser que barre la Diagonal, a sólo dos manzanas de casa. No se me ha ocurrido abrir el balcón, sacar la nariz fuera. El viento es un querido monstruo para el género de terror. Trae las sombras hasta la casa solitaria; anuncia la muerte golpeando aquella ventana de madera que da al jardín. Victor Sjöström lo filma con maestría y belleza, cine mudo de autor, 1928. En el hotel de Cayo Largo, donde están Bogart, Bacall y G. Robinson, la atmósfera se va tornando asfixiante conforme el huracán, cuarto protagonista, ruge más recio fuera. Silba entre los párpados de Clint Eastwood, hace correr salicornios por la polvorienta calle, preludio del duelo final. Y se lleva a Rhett Butler tras cuatro horas de cargante dramón. Es una fuerza de la naturaleza que Massiel compara, indómita, al amor desgarrado que la atormenta: “Más fuerte que el viento es el dolor de no tenerte más.” Ladrón de amores, palabras, vidas. Y de muertos: en marzo de 2017 un misterioso torbellino, no registrado por la AEMET, destroza un pequeño cementerio en Zamora. Luego están los propios aires: Lope, Quevedo y Swift los subliman, tratan y se entretienen, materia seria de reyes y vasallos. 

Harto de la misma murga, me he retirado al dormitorio con la idea de dormir, pero el incesante coro, fantasmagórico, me sigue: en el patio interior de casa crea unas cacofonías muy desagradables, como de música contemporánea. He cogido un libro de la mesilla, el grueso londinense. En Battersea Park, cuando un niño torturado por la invisible violencia pide a su madre que quiten los árboles para que no haya viento, Chesterton se inspira: “No faltará pues el filósofo moderno dispuesto a mantener con toda firmeza que los árboles hacen al viento”, diserta el escritor. La conveniencia de poner a refugio la necedad o perder el sombrero.