La Barcelona ociosa

Ustedes ya habrán oído (y leído) muchas veces lo del catalán laborioso, dedicado con empeño a su negocio o profesión, continuador de una larga tradición de esforzados compatriotas. “¡Aqui es treballa, escolti!” Tan abigarrado ha sido el afán de crear riquezas en este rincón hispano que hubo que llamar, hace unos sesenta años, a todo un ejército de recios meridionales porque no se daba abasto. Esa cultura del trabajo se vio, en décadas democráticas, nacionalizada por Pujol, padre de todos los catalanes, que recibían así la bonita misión de pencar para construir una Cataluña libre, fer país.

Pero no quiero hablarles aquí de la laboriosidad de mis paisanos, sino de quienes la contradicen, aquellos que, dicho coloquialmente, no pegan sello. Por circunstancias de la vida, me he visto (y me veo) rodeado de esos ejemplares distraídos de los asuntos serios, rémoras del sistema, alarma de todo orden. Son personas privadas de cualquier sentido colaborativo, ajenos al significado de comunidad, caprichosos malandrines que no han conseguido nunca tomarse demasiado en serio. Por sus rentas los reconocerás, suelen vagar entre la soltería y los enamoramientos, maravilla sensual de la indolencia. Algunos, los menos, debieron asumir el matrimonio por requisito familiar, y los ves siempre escapándose a las terrazas o los comedores, hábitat de necesaria libertad donde se alargan hasta comprobar en el móvil unas cuantas llamadas de la esposa.

Durante las horas largas de la mañana, la mirada se pierde en el tráfico, el autobús que pasa (“¿qué es un autobús?”, pregunta uno), y la civilización describe una curva descendente, inevitable ya. A veces pueden observarse en sus ojos los alpes suizos, o el azul del último veraneo en el mar Egeo. Y de pronto otro suelta amarras: “vamos a Via Veneto a comer tortilla de comté”. Allí, entre cristales y conversaciones en voz baja, la rutilante rutina. Y pese a lo que pueda pensarse, todos ellos, nuestros héroes rentistas, tienen conciencia social. Mucho más articulada que Montalbán haciéndose el comunista en una mesa del restaurante Reno; contribuyen como nadie al progreso y a la belleza del mundo, gastando los días, ajenos al pulso de los tiempos. Alados en mocasines Tods, ¡vivan los vitelloni barceloneses!

(Nota publicada en El Mundo, 9/4/2021)

Las amantes

La institución de las amantes sigue gozando de predicamento. Hay, de hecho, larga literatura al respecto. Si aquella cosa de que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer” podría argumentarse, discutirse e, incluso, ser asignatura en las facultades de Historia y Ciencias Políticas, no debería solo comprenderse en el restringido ámbito del matrimonio. Yo el champán lo bebo siempre en copas pompadour, referencia ineluctable del amantismo. Lo sabe casi todo el mundo, esa copa tiene la medida del seno de la citada madame, amante oficial de Luis XV, poderosa hembra. Cuando uno sorbe las burbujas que acaban donde los ángeles para gloria del placer, ampara con su mano y en voluptuoso acto, además, la mama de una gran cortesana. ¿Para qué beber Ruinart en copitas aflautadas, sostenibles sólo desde un atildado y chorra posmodernismo -se cogen por el pie de vidrio, dicen- cuando podemos sopesar una teta francesa mientras hablamos del hundimiento?

El poder, la civilización, trata de tales cosas. Detalles que pueden parecer ínfimos, cuando son pilares, qué digo, columnas ideales de la obra europea; de Francia para abajo, o mejor, de Roma hasta aquella nación espléndida para la política del eros, el Rey Sol, Mitterrand, Sarkozy. No tiene España fama de tantos roces y alcobas, aunque los hubo y los hay. Aquí seguimos en la simbólica cuerda, ya floja, de Olivares (nuestra inauguración del carácter hispano alzado a las altísimas cumbres imperiales) que instituyó la escuela del “sobre todo aparentar supremacía” en todo momento, aunque las fortalezas reales sean débiles.

Les cuento todo esto porque don Pablo, pobre hilo de la Historia española, lleva sus asuntos amatoriales con más pena que gloria, si bien, al disponer de un trocito del pastel presupuestario, se muestra agradecido a las carnes tocadas. “Niña, estás como para ponerte un piso en Triana”. O para hacerte un hueco en las listas electorales, cosa de tino decimonónico, Galdós lo ponía en letras. De eso al cine del destape, Pajares, Esteso u Ozores, computa la eterna renovación del macho ibérico, sus tribulaciones y adoración de las faldas. Y, por descontado, la forma que tenemos los ibéricos de saber echar una cana al aire y agradecer. Ni Marx ha podido con tales cimientos culturales, el revolcón y el heteropatriarcado.

(Nota publicada en Ok Diario)

Una despedida

Como a uno le educaron en las formas, las buenas quiero decir, es deber la despedida. De igual modo el primer saludo, aunque el saludado nos lastime con su presencia, con su existencia, al caso. Más gozosa será entonces la despedida, exhalación educada de la repugnancia que pueden provocarnos ciertas personas. Yo he venido hoy, aquí, a decirle adiós a un hombrecillo que llegó a vicepresidente del Gobierno del Reino de España. ¿Recuerdan aquel dicho de que “cualquiera puede llegar a ser presidente de los EEUU”? Pues esta vieja nación nuestra se lo ha tomado al pie de la letra. Y no porque no hayan personas capacitadas, incluso inteligentes, sino a causa del baño de la opinión pública en el lodazal mediático, desde 2008, aproximadamente. De aquella crisis nacieron todos esos personajes atribulados, incultos, sin experiencia ninguna en la gestión. Idóneos para la demagogia de taberna.

También él, Pablo, campeón de las huestes revolucionarias, es un subproducto de la decadencia hispana, educativa, moral y estética. Mucho se ha escrito sobre sus nexos con Venezuela y con Irán; sus simpatías con cualquier cosa que estuviera en el lado podrido de la democracia, los nacionalismos vasco y catalán. Queda, en cualquier caso, conocer más elementos formales y sombríos, su relación con Roures, los compromisos ocultos con el insurreccionalismo catalanista. Acabaremos sabiéndolo, apenas su poder e influencia se diluyan. Y cuando la Justicia, que él tanto desprecia, le ponga en su lugar.

Llega, pues, el momento más deseado, decirle adiós. Despedir con una sonrisa a quien ha malgastado nuestro precioso tiempo. A quien ha llenado de chatarra ideológica la conversación pública. A quien ha fomentado el mal rollo entre españoles. A quien ha colocado a dedo a familiares y amiguetes, a cual más inútil, a costa del erario. A quien ha fomentado la destrucción del Estado de Derecho con sus ataques al poder judicial. A quien le regaló una serie de televisión al Rey “para que le diera las claves de la crisis política”. A quien aparecía en el Congreso en camisa sucia y sudando. A quien, en definitiva, ha aportado un grueso de fealdad imperdonable a la vida política de España.

El acto de despedirse parece siempre metafórico, porque, en realidad, hay solo una despedida indudable, ustedes ya saben cual es. Para lo que nos ha ocupado hoy aquí, el deseo no es un final físico, sino una muerte política, con forenses del star system que agachen la cabeza y la firmen. El gozoso espectáculo de la verdad, iluminando, al fin, sobre semejante personaje. Adieu!

(Nota publicada en Ok Diario)

Una mujer

Quiero hablarles de una mujer a la que no conocí, pero que me parece conocer bien. Por esas circunstancias de la general tragedia, murió antes de nacer yo, y entonces todas las historias, los recuerdos de su vida, fueron arremolinándose, durante años. En las preguntas, en sus respuestas y en los silencios. Bañando objetos que ella había tocado, pomos de puertas, sábanas de hilo, vajillas y vidrios tallados, broches de oro y brillantes. Los cuadritos que pintaba a la acuarela, especialmente motivos florales y paisajes bucólicos, siguen colgados de las paredes en la casa donde ella vivió, que mi madre habita hoy. Hay también un buen puñado de fotografías en blanco y negro, con bordes de sierra, pues mi abuelo era aficionado y tenía cámaras. En una de esas fotos, ella está sentada en la cubierta de un barco, mirando el mar. Creo que ambos se dirigían a Mallorca o a Ibiza, pues existen en los álbumes imágenes de las dos islas, la Catedral de Palma, las murallas ibicencas sobre el puerto.

Ella fue esposa, madre de dos hijos y ama de la casa. No sé si cocinaba o más bien daba instrucciones al servicio sobre cómo elaborar tal o cual receta, pero en aquel piso se comía muy bien y todavía mi madre rememora un cardo gratinado con almendras o la merluza al horno rellena de gambas. Mi abuela fue una persona esencialmente feliz, con todos los accidentes que la vida reproduce, e hizo por tanto feliz a su marido. Su extraordinario poder sobre la casa, incluido mi abuelo en ella, se basó en aparentar no tenerlo. Él se ocupaba de la fábrica, iba cada día al casino y llevaba una metódica existencia. Sus pequeñas manías, como tener las zapatillas, un coñac y el batín preparados cuando llegaba a casa, eran cumplidas puntualmente. También cenar cada noche del año dos huevos fritos con puntillas y, después, escuchar música clásica en el despacho. Y disponer de todos los trajes, camisas y corbatas en estado de revista. Tuvo, así, siempre, la impresión de que en aquella casa se hacía lo que él decía. Que mandaba él sobre todos los asuntos. Sin embargo, esto no era así, ni mucho menos. Ella, sencillamente, se limitaba a hacer cumplir esas costumbres, que a él le parecía que regían sobre el buen funcionamiento de las cosas domésticas. Pero todo lo decidía y resolvía ella, incluyendo por supuesto las cuestiones importantes, las decisiones gruesas, el motor de aquellas vidas. Hasta que una enfermedad se la llevó, dejando a mi abuelo como un monarca sin reina, en un palacio memorial, abarrotado de silencios.

Ahora que el neofeminismo se encrespa en demagogias, he pensado en ella, en mi abuela. Qué opinaría de este río bárbaro, enternecedor vocerío de la ministra que lo es gracias a su hombre, fatalidades del machismo. De esta cateta degradación del bello sexo, al que desearían las libertadoras encerrar entre sus barrotes totalitarios y feos. No puedo saber qué opinaría ella; sin embargo, me parece verla allá arriba, esbozando una media sonrisa, conocedora de una certeza indisoluble a la vida.

(Nota publicada en Ok Diario)

Yo me quedo

Me quedo, pero no a la manera de aquellos versos que cantaba Pablo Milanés, propaganda del criminal régimen caribeño. Me quedo por la sombra blanca de un destino. Me quedo como mi tía Maribel, que no se ha ido aunque su cuerpo ya no esté. Me quedo por la visión del Tibidabo, allá arriba, cada mañana cuando salgo de casa. Me quedo porque Julio, camarero gallego y de larga retranca, me da los buenos días. Me quedo también por este piso centenario que no lograrán nunca incendiar, ni con su TV3 ni con sus algaradas. Me quedo por Cristina Losada, querida amiga, siempre compañera. Y por Ricardo Pobla, que me llama para tomar un dry martini. Me quedo por el bar Anahuac, parece de Chamberí y eso nos gusta. Por Via Veneto, legendario, Gorría, casa nuestra, y por el Miguelitos, su esforzada familia de un pueblito andaluz, construyendo la mejor Cataluña. Por los pocos libreros que quedan, los limpias y el eco de la farándula, Violeta La Burra. Me quedo aunque broten lágrimas mientras escribo esto, porque recuerdo a mi padre, subiendo en coche, calle Ganduxer, la iglesia redonda, yo en el asiento de atrás y él mirándome en cada semáforo. Me quedo porque viene mamá en primavera a darse largos paseos y luego me da el parte de tiendas. Me quedo por mi amigo Carlos Jánovas, ácido y clasista. Me quedo por esa mujer que estoy conociendo. Me quedo por Angelito, cuántas noches en Tirsa y en otros lugares inconfesables. Y por Ignacia de Pano, una señora de la resistencia, pero la educada, la del discreto charme. Me quedo por Ignacio Iturralde, el mejor tipo que uno pueda tener cerca. Me quedo por el rat pack de los viernes, Ellakuría, Planas, Garayoa y Trillas, últimas voces de la opinión certera y salvaje. Me quedo por los miles de quilómetros de barra acariciados, por el Dry Martini y el maestro Ceferino. Me quedo por el caudal melancólico, estas aceras pateadas, la manera barcelonesa de la memoria. Y miren, me quedo a pesar de todo lo demás. Me quedo porque les jode y querrían echarme, como a tantos otros catalanes. Me quedo contra mis enemigos políticos, qué digo, sociales, estéticos, y sus votos suicidas. Me quedo porque si muero quiero ver cómo morimos todos, juntos, ellos también, por supuesto.

(Nota publicada en Ok Diario)

Vivir sin Podemos

Las contradicciones tumbarán a Podemos como lo hicieron con el mundo tras el Telón de Acero. Cuando Andrópov subió a la secretaría general del PCUS (1982), los adolescentes rusos ya tenían colgado en la pared del dormitorio un póster de Michael Jackson, mientras sus madres llevaban a casa algún bote de berenjenas comprado a un vecino con carnet del partido. El problema de las altas expectativas (a los rusos se les habló durante setenta años del paraíso socialista) reside en la intrínseca dificultad de cumplirlas y la consiguiente depresión ante tal incumplimiento.

La muerte (no tan lenta) de la formación morada se está retransmitiendo en directo, desde sus mismas tripas y corazón, en entrega diaria de tuits cada vez más agónicos y sinceros. Así, leemos al líder máximo que, aprovechando una escena de la última serie que está viendo, amonesta a algún rival mediante sibilina referencia televisiva. O proclama, para ruina de la decencia, que Puigdemont es como un exiliado republicano. La imagen de Iglesias, aunque no se haya reproducido en medios, aparece clara en el imaginario nacional: moño y desaliñada postura, repantingado en el sofá mientras, ahí fuera, un puñado de guardias civiles a la intemperie le protegen. Y la vida sigue su curso. Tenemos también a la señora, ministra Montero por gracia del nepotismo revolucionario, quien alcanza tuiteando la idea cristiana de la compasión, pobre Irene. Ella es más gráfica que su hombre. En los pensamientos compartidos asoma un grito novelesco, ficción de corte Disney políticamente correcta. El suyo es un chillido desesperado, intelectualmente anodino y de una ingenuidad próxima al ridículo. Recuerda a las consuetudinarias batallitas políticas de pubertad en torno a cuatro cervezas: fervorosas, imaginarias, fuera de toda realidad. El triunvirato de la constelación comunicativa podémica se cierra, a la espera de mayores genialidades, con el diputado Echenique. Como un temible Beria, es feroz censor de quienes integran la espuria lista de socialdemócratas, liberales, conservadores, pasotas y libérrimos varios; es decir, todos los demás. Los críticos con el líder y sus tejemanejes orgánicos fueron ya purgados, para gloria del partido. La leche agria es ingrediente principal de la mensajería de este argentino al que el maldito régimen del 78 le paga una magnífica soldada.

Pero las diatribas de esos faros de la política nacional no se limitan a sus adversarios, o sea, a todos menos los independentistas vascos y catalanes (incluyendo a Bildu). Con idéntico salero soviético, su labor ejemplarizante incluye al mismísimo Gobierno, del que forman parte. Esta maravilla dialéctica no sólo obedece a la cultura leninista, poso de épocas estudiantiles. Iglesias, de turismo político y cenas secretas en Cataluña, aprendió muchas cosas del independentismo, entre otras a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. En efecto, y como algunos venimos escribiendo, el procés es clave para comprender el fenómeno Podemos, su éxito en el camino hacia el poder. Una cosa barcelonesa, de elites políticas y económicas nacionalistas, engrasada con los formatos televisivos made in Barcelona.

El título de esta nota, vivir sin Podemos, no es tan alegórico como premonitorio. Hay que desconfiar de los adivinos, si bien el periodismo de opinión también vive de la cabalística. Y no está mal que así sea, siempre que no se anuncie el fin del mundo o del whisky de malta, noticias en exceso desagradables. Mi pronóstico es que el partido lila ha entrado en su fase melancólica madura, antesala de la insignificancia. La prueba más sólida es la literatura (breve y reveladora) que generan sus jefes. Comunicaciones de una ridícula desesperanza, de un inconfesable pero latente temor al castigo ganado, que se materializará en los próximos comicios, cuando los haya. Tengan paciencia, o no la tengan si no quieren, pero un día no tan lejano viviremos sin Podemos. Y viviremos mejor, desde luego.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (VII)

Las ventanas se hicieron para mirar el mundo, o un pedazo de ese. También para encerrar al que mira, enmarcarlo como un deseo. Esto elucubraba yo, después de haber leído algo del profesor Ruiz-Domènec, una mañana inclemente de 1997. Recuerdo la circunstancia de una cita, el reloj advirtiendo la hora de salir y el panorama ahí fuera, un hormigueo de paraguas bajo la ventisca. Era una mujer la que esperaba. Me ajusté la gabardina y pensé en el bello sexo, que, por fortuna, había abandonado las ventanas y bajado de las torres, muriendo la imagen medieval que explicaba el viejo profesor.

De camino constaté que la lluvia tenía el efecto de una descarga de alfileres sobre el rostro, en la justa medida de causar un dolor sostenido. Pero la idea del combate sensual es incluso más fuerte que los dichosos elementos. El romanticismo, reserva literaria, se nutre de las cosas más banales, informalismos de toda ralea, muchos indecorosos. Yo esto ya lo había aprendido en la época que relato. También que la seducción debe tener en cuenta la naturaleza impúdica del romanticismo y modularse. A partir de aquella conciencia, propuse para la cita un lugar donde sólo se comía cerdo cocido y huevos (también cocidos). Un figón interclasista visitado tanto por curtidos obreros de chato y bocadillo de panceta como por abogados y periodistas gruesos, platazo de morro, manitas, pernil, salchichas y botella de vino. El puerco, del rabo a la cabeza, se cocía en grandes recipientes de acero que ocupaban la entera barra, inundando los vapores aromáticos todo el establecimiento. Los camareros eran de una antipatía proverbial, y la comunicación con ellos apenas se reducía a las órdenes propias de comida, bebida y nota. Y a algún gruñido por su parte, un más o menos inteligible “¿mostaza?”

Así las cosas, la tarde transcurrió prendada entre mordiscos a orejas, morros, muslos y gruesas longanizas, mientras el vinillo ayudaba a templar todos los fríos (los carnales y los demás). Del figón nos llegamos a una bodega donde las copas, mojadas de barbaresco, sobrevolaban nuestras cabezas y se posaban en manos y labios, conjuro de la noche goliárdica que venía. Vino y fruta, lecho de púrpura, cortinajes barrocos, maderas centenarias que crujían, lozanas curvas trotando allegro prestissimo con fuoco. ¡Roma, Roma!

La resaca no es algo digno, amén de una crueldad metafórica. La sera leoni, la mattina coglioni. Busqué al amanecer, por los pasillos, el cuarto de baño y, luego, una redentora cafetera. Desde la cocina se veían los tejados de Piazza Borghese. Una voz femenina susurró en mi cabeza un recuerdo, domani andremo da papà, in Toscana. Eso sucedía antes del siglo melancólico. No eran tiempos de culpabilidades inducidas. La libertad y sus accidentes (apelación de la Deneuve) dominaban la imaginación de la mayoría, feliz. Ahora que la mujer corre el riesgo de volver a la ventana, a la torre, fuera de la aventura y del mundo infinito, rememoro las epicúreas jornadas en el castillo toscano, después de la noche blanca, romana. Pero esa es otra historia.

Illa en el camino

Vuelve un señor, nacido en la Roca del Vallés, a las tierras de los catalanes, la suya y la mía. Vuelve tras un periodo en la capital del Reino, con una misión (a juzgar por los datos objetivos) desastrosamente incumplida. Uno podría pensar que vivir una temporada en Madrid a cualquiera le va bien, le es propicio para aprender alguna cosa, como abrir las neuronas y la vista al espíritu liberal, abierto, de aquella gran ciudad. Pero el viaje, la experiencia de sentarse en el Consejo de Ministros y ser la voz del amo en incontables ruedas de prensa, no parece haber mejorado a nuestro compatriota. Ahora se le ha propuesto para una segunda misión, apuntalar el poder socialista con nuevos pactos en la Generalitat, y en tal papel le veremos hasta conseguirlo, si es que llega a hacerlo.

Su campaña ha comenzado con una entrevista al medio del Conde de Godó. Allí ha resumido, con notable sinceridad, el principio rector de sus intenciones: acariciar a la bestia, el nacionalismo catalán, excitado ante la posibilidad (nada romántica) de la independencia. A coste de la marginación social y política de millones de ciudadanos. «Todos tenemos parte de responsabilidad en lo que ha pasado en Cataluña. Todos nos hemos equivocado», ha dicho. Esto no debería sorprender a casi nadie que conozca el serpenteante trayecto del PSC en cuestiones como la inmersión lingüística o la condición jurídica de Cataluña, grandes totems del nacionalismo. Nada que ver con la igualdad y por tanto con el deber (plausible) de un socialista, que debiera ser, precisamente, preocuparse por las desigualdades y no darles cobijo.

Está el poder, con todas las prebendas y tiranteces, sus negocios y acomodaticias dinámicas. Con ese panorama funcionó la España de las Autonomías y fue el nacionalismo (de Pujol) pieza clave en su desarrollo. Casi todo era susceptible de pactarse, excepto la independencia. Lo que sucedió después es harto sabido, está documentado y sentenciado en juicio: ruptura y salto adelante, liberación de la bestia. En las jornadas de octubre de 2017, millones de catalanes observamos un flagrante intento por parte de las autoridades de liquidar nuestra condición de catalanes y españoles. Vimos también quemar contenedores, violentar la paz, atentar contra la convivencia. Los demócratas nos quedamos en casa y sólo salimos a la calle para manifestar pacíficamente que tenemos idénticos deberes y derechos que los demás, que nuestros vecinos enloquecidos y sus líderes autoritarios. El ministro, sin embargo, nos hace a todos culpables por igual. Se trata, a mi juicio, de la mayor ofensa que podría habernos dedicado a quienes hemos padecido el azote del opresor nacionalismo en sus días más enfervorizados. Sigue con la misma agenda, por cierto, candidato Illa, mientras nosotros, catalanes que no traicionamos ni a Cataluña ni a España, nos pudrimos entre su grosera equidistancia y el despotismo patriotero.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (III)

En la gruta civilizada (fotografía de Miguel Navarro)

El camino era abrupto y la pequeña Autobianchi A112 comenzaba a quejarse. Creo recordar que, antes de llegar a destino, debimos frenar, abrir el capó humeante y refrescar el motor con agua destilada. ¿Y cuál era el destino? Pues un gran agujero excavado en la tierra para fermentar, mezclar, resguardar y embotellar el báquico elemento. A decir verdad, tanto mi amigo Miguel Navarro, fotógrafo venido de Barcelona, como el que esto escribe no estábamos en mejores condiciones que nuestro agotado vehículo. Veníamos de larga noche templada con caldos del Friuli y nos comprometía una cita en la meseta italiana lindante con Eslovenia. Serían las diez de la mañana cuando, sentados ya a la mesa junto a sus rudos jornaleros, Edi Kante, ordeno y mando, nos plantó una ración de macarrones con panceta y jarra de vino común. Dijo: “ahora comer, después fumar, luego partir.”

Partimos, sí, cambiando la Autobianchi por un magnífico Range. Al volante aquel esloveno parco en palabras, creador de soberbios, minerales caldos blancos de vitovska. Para alcanzar el citado agujero atravesamos el Carso agreste, por rutas en que los caminos desaparecían y uno se acordaba de los fantasmas que pueblan la tierra, inmenso cementerio de la Primera y la Segunda guerras mundiales. También de las últimas matanzas allí perpetradas. Silos a los que partisanos del mariscal Tito arrojaban (vivos) a italianos de todo jaez, militares, mujeres, campesinos, sospechosos. Ocurrió hacia las postrimerías del conflicto, firmado ya el armisticio. Hay cálculos, unas veinte mil víctimas. La metodología era la siguiente: encadenaban a una fila de prisioneros entre ellos, se ametrallaba a los primeros, situados junto al abismo, y cuando comenzaban a caer por el silo arrastraban a los demás a las profundidades. Después de todo eso, el mariscal y su flamante república de autogestión socialista fueron premiados con la península de Istria. Cosas de la “memoria histórica”: hasta 2005 los italianos no se enteraron de tales crímenes.

Con los reponedores macarrones y el vinillo en la panza, entramos en la bodega foso con Edi. Construcción ovoide, tres plantas hacia el fondo, a saber: la primera donde sacaba el mosto de la uva, la segunda donde se fermentaba en cubas de acero y una tercera, la más honda, donde el vino crecía en barricas bordolesas. Cuanto más abajo nos encontrábamos menor era la temperatura y mayor la humedad: las paredes babeaban moho, bacterias. Un mérito de aquella costosísima obra era que había sido excavada en la roca viva. Allí, y tras catar varios caldos, todo se animó. Los tres cumplimos unas vueltas al circuito de barricas, la entera sala, corriendo al trote ágil y beodo sobre la madera francesa. Kante lo hacía con destreza, hasta que, finalizando un épico giro a gran velocidad y calculadas zancadas, dijo: “Ahora, a comer. Tengo una anguila viva en la bañera de casa. Mi mujer nos la preparará con spaghetti.”

Edi Kante camina sobre su vino (fotografía de Miguel Navarro)

Si este diario debiera hacer algún modestísimo favor a la vida, tanto que ver con Italia, no podría soslayar el vino, tampoco el aceite y la sensualidad cotidiana de sus gentes. El vino, allí, su industria, las grandes bodegas, las míticas haciendas familiares, los garagistas afrancesados o este señor Kante son -como aquí- materia cristiana y sustento de pasiones terrenales. A los españoles, hermanos bebedores, nos resulta prácticamente desconocida la excelsa geografía vinícola italiana, del mar azul meridional al viejo puerto austrohúngaro. Literatura y teatro cotidiano se bañan, todavía (aleluya), en líquidos rojos para hallar su medida, su comodidad, el habla antigua. Seguiremos aventuras, tierras y palacetes donde desayunan aún con un calice, mientras el milenario viñedo se despereza entre el sol y el rocío.

(Nota publicada en Ok Diario)

De aquí a la eternidad

Caminando el tiempo en prisión “perimetral”, según léxico pandémico-autonómico, se amontonan las horas domiciliares. Barcelona, sin ocio, cerradas a cal y canto sus puertas al exotismo y la calidez, tiene aire de gran camposanto. Urbe de tráfico provinciano y paseantes a la fuerza, postula un momento abúlico. Sólo los locos guardan dudas sobre el hundimiento, urdido por los votantes, por los elegidos en las urnas y acelerado por este fantasmal virus de corte chino, comunistizante. La pareja bufa Sánchez-Iglesias pergeña unos presupuestos insolventes, condenados a la muerte europea. Serán, según los anhelos de la oposición, la muerte del PSOE. Que remite a los viejos asesinos de socialistas y sus cómplices, hoy demócratas impolutos al calor de Zapatero. Pero aquí no habrá ningún funeral: de Fouché a Sánchez una tradición de ejercicio político va renovándose.

En Cataluña, los nacionalistas han colmado su capacidad de hacer daño y manejan los hilos de un poder ridículo, cuales espíritus condenados a vagar eternamente. Sus cuitas, antaño trascendentales, son sólo sainetes a los que, en general, nadie atiende ni comprende. El gran paso adelante del pujolismo ha resultado en conclusión dramático: del control absoluto de una próspera y orgullosa comunidad a un puñado de siglas ininteligibles, PDCAT, JPCAT, etcétera. Y Rufián de estrellita de variedades, que es su concepto del parlamentarismo. Por la parte municipal, Colau desapareció un día de marzo, quizá haya decidido retirarse y leer algún buen libro de no ficción. Podría ser esta una feliz consecuencia del virus. En cualquier caso, su ausencia, pasados todos los ridículos de corte feminista, ecologista, antimilitarista, anticapi de chicha y nabo, resulta elocuente. Como lo es la constatación de una palmaria inutilidad para el cargo en condiciones normales (no digamos en las actuales). En Cataluña en general, y en la Ciudad Condal en particular, el pueblo soberano se entregó hace sólo ocho años, con espíritu corajoso y sin pertrecho alguno, a dudosas aventuras, conducido por Artur Mas y el sistema de periodistas y comentaristas palmeros. De aquellas siembras nacional-populistas, esta desolación.

La gran cuestión patria tiene mucha enjundia: el derribo del edificio aflora consecuencias culturales, hondas. Era la nuestra mundología de estética familiar, suave, hecha de fidelidades. Ya saben, historia y vida a refugio de un viaje, de una mesa compartida, de las Navidades, las fiestas con sus pregones y la Semana Santa; el fútbol, la gran industria del cotilleo, el bipartidismo; los cumpleaños, las bodas de plata y los funerales. De aquellas maneras pasamos al españolito cautivo entre las paredes del miedo y el hastío. Y con sus pecados capitales, que tan bien sirvieron a Fernando Díaz-Plaja para retratarnos, restringidos. Por ahí sale, puntual a su cita con la Historia, la ministro Montero-Savonarola y sus emocionadas reflexiones, su acalorada fe. Le sugeriría que prohibiera ya las relaciones sexuales entre hombres y mujeres y creara una hoguera-observatorio para la cremación de los penes. Que diera rienda suelta a eso que tanto excita su concepto de justicia amatoria. Consecuencias de tal panorama, me recomendó un abogado visionario que invirtiera en asuntos de divorcio y separación de bienes.

Exceptuando la comida (allí donde se puede comer) y los restos del arte salero en pelotas (allí donde se celebra, proscrito), toda información generada estos días resulta ingrata y muy pesada. Conmovedor es el desaliño de las autoridades y el absoluto desamparo al que han llevado a los ciudadanos. Y supongo que algún peso deberá caer de igual forma sobre esos ciudadanos, a no ser que nos encontremos con la primera sociedad limpia de polvo y paja. No habrá, presumo, un Böll que ponga en la figura de un payaso el elocuente azote y la miseria de los tiempos nuevos. Quién sabe si recordaremos, a la vista de unos lustros o antes, este maltrecho espíritu mediterráneo, cuna de genios, luz que agoniza. Quizá evoquemos entonces la comunidad que fuimos, algo pintoresca, feliz y consagrada a la nada, en expresión de Eugenio D’Ors. ¿Cómo invocaremos a España, tras su enésimo deceso? “Camisa blanca de mi esperanza / A veces madre y siempre madrastra”, aproximaba la voz de una vieja sociata, Ana Belén, un canto vano.