¡Hala Madrid!

(Publicado en El Mundo, 29/10/2021)

No soy futbolero, pero sí madridista voluptuoso. En un pasado pre Colau (es decir, pre bárbaro) fui, como el cronista Joaquín M. de Nadal, barcelonista apasionado. Él usaba ese término no con la actual acepción balompédica, sino para expresar que era hincha de la Cuidad Condal en tiempos en que el entramado social barcelonés brillaba esplendoroso. Ahora, dos mujeres, una iliberal y sin dotes intelectuales y otra libertaria y armada de sentido común, me han hecho cambiar las pasiones urbanitas. Aunque, ciertamente, no debería cargar las causas del abandono y del enamoramiento a esa cosa que en España llamamos política, y que podríamos en realidad considerar solipsismo nacional. Colau sería sólo un producto de estos momentos en que la catalana capital arroja las peores noticias, la más ramplona estética. Y Madrid, un lugar que concentra turgentes fascismos por los que suspiran las personas cabales: la libertad y la vida sin corsés ideológicos.

Lo dijo otro catalán (Albert Boadella): la capital del Reino es una de las ciudades europeas más interesantes. Esta afirmación fuerte se basa en la feliz circunstancia del laissez faire (et laissez passer, Madrid va de lui même) en colorida versión hispana. No resulta fácil alcanzar tal estado de gracia, se ha de cuidar el pasado, el presente y el futuro de la máquina virtuosa (civis), no manosearla mucho, pues es tremendamente delicada. El acontecimiento general, la efervescencia madrileña, tiene algo de curiosidad histórica: si en el XVIII el mejor alcalde de Madrid fue Carlos III, la mejor alcaldesa, hoy, es Isabel Díaz Ayuso.

Así las cosas, a qué barcelonés condenado a la melancolía no puede complacer, al menos dos o tres veces al año, curarse el alma con una visita mesetaria, aunque suponga advertir la incomparecencia de Barcelona en la secular competencia con la otra gran urbe española. Cuando mandaba, Maragall advirtió, cursilería propia del político catalán, que «Madrid se iba». Yo desconozco dónde querían irse el oso y su madroño, si bien puedo asegurar que la que ha acabado yéndose ha sido Barcelona, y no escribo exactamente dónde por no resultar escatológico. Madrid, entonaba el malogrado Juan Antonio Canta, «no está en un lugar/Es tu manera de vivir:/El pecho alante, la mano atrás/Porque aquí estamos y nos vamos a quedar.» Resumen de España, allí suelo cotizar en tres o cuatro lugares a los que guardo mucho aprecio. El bar Richelieu (tres dry martini), Hevia (tres dry martini y un solomillo rebozado), Casa Rafa (ensaladilla rusa) o Salvador (merluza). Lugar éste que Savarín, conde de los Andes, nombra en su guía de los años setenta como «uno de los sitios donde mejor se come en Madrid». Ya al caer la noche, entre las sombras de plaza Margaret Thatcher, nos regalamos con Hughes una sesión espiritosa que si se repite el año venidero podría comenzar a sospecharse tradición. Avisada queda la izquierda existente. ¡Hala Madrid!

Iglesias ha muerto. ¡Viva Iglesias!

Leía en prensa a la señora Méndez sobre el caído Iglesias. Según ella, el día que ése mudó de Vallecas a Galapagar dejó de ser Iglesias. Como si tal viaje contradijera lo que, en abultada sustancia, fue y es el susodicho personaje. Como si las caras esencias hubieran pagado el precio del siempre denostado acomodamiento. Pero no, nunca dejará de ser él hasta que muera. E incluso después. Los hombres no hacen a la política, es la política la que, con sus contracciones matriarcales, les da vida y, con suerte dispar, los amamanta. Todos sucumben, o sucumbimos, a la erótica del Leviatán; lo alimentamos a cambio de una especie de identidad, digamos, fabulosa, delirante. Y, en cualquier caso, Pablo, príncipe republicano, no ha permutado su mayor patrimonio: la elucubración.

Ahí percibimos una inmaculada profesionalización. Se ha mecido de joven en los clásicos demagogos, querido acervo. Ha aprendido de ellos la necesidad de alimentar el fuego político para derivarse, después, el usufructo de tal acción. En esto ha sido fundamental el método, carcomer la verdad con mil mentiras y presentarse salvador de las consecuencias que uno mismo ha promovido. No cambiará de receta el llamado a salvarnos de los malos. Hay por ahí videos del púber que, vistos con perspectiva, hablan de una carrera perfectamente conducida; un hilo que, más que finalizar en Galapagar (la dacha), nos ha arrojado a todos al ambiente de su imaginación. Es decir, a su sensualidad, a la erección por la crisis del sistema. En términos generales, al fango que ya soñaba desde los tiempos de estudiante. Calores avivados tras lecturas y asambleas (también dinerito despistado). El chalé es anecdótico, claro. Su proyecto no acaba con la escena doméstica de aburguesamiento en la piscina y viendo series de televisión.

Hay que conocer las fuentes sagradas de Iglesias para resumir una evidencia: no se domestica a un revolucionario hasta que puede presumir de haber cumplido su misión destructiva (fin efectivo del régimen contra el que se alzó) o bien ante la visión de la guillotina (que es comúnmente alzada por los viejos camaradas). Y aquí sí surge una duda: ¿hasta qué punto la vagancia certificada de los podemitas (y de su antiguo líder, o líder en la sombra del descanso) se arrellanará en la evidencia de que el partido es, ya, una magnífica máquina de repartir y disfrutar de dinero público? ¿O, en cambio, prevalecerá aquel espíritu subversivo? Me inclino a pensar que vencerá la primera opción. Pero, insisto, no me parece en absoluto contradictoria con la carrera de nuestro héroe en zapatillas. El alcalde Tierno Galván, quizás sin pretenderlo, ya había dado en 1984 con la clave de la nueva izquierda: “¡El que no esté colocado, que se coloque y al loro!”

¡Pedalead, pedalead, malditos!

(Publicado en El Mundo, 21/6/2021)

El Gobierno de España, a través del siempre atlético ministro Ábalos, anunció hace unos días nuestro futuro. Esta vez el oráculo sanchista habló de la movilidad, y pudimos conocer así que, tras el insoportable desarrollo del motor durante ciento cincuenta años, volveremos a las vigorosas piernas que la Providencia nos dio. Sepan, pues, que aquel viaje en Rolls por la Alcarria, los paseos de Miss Daisy o la caravana que atrapó a Esteso con destino a Benidorm pasan a ser no más que recuerdos de una era oscura y finalmente superada. No digamos la indeseable costumbre de Fulanita o de Menganito, empeñados en acudir a sus puestos de trabajo cogiendo el coche, cuando podrán hacer la distancia pedaleando, rumbosos hacia el futuro socialista.

Además de revolucionar con cadenas este mundo motorizado, el plan, bautizado Estrategia Estatal de la Bicicleta, guarda detalles suculentos. Comenzando por el nombre, esa rémora mesopotámica que llaman Estado y que nos aproxima a la cosa, a su naturaleza. A saber, se anuncian una red de infraestructuras (obras son amores), enseñanza del manejo del vehículo en colegios (adoctrinamiento orgánico bicicletero), implantación de las “bicis de empresa” (intervencionismo en el sector privado) y nuevas sanciones (más manos ávidas en el bolsillo del contribuyente). Cabe esperar que la conciencia social de estos socialistas tendrá en cuenta algún tipo de figura laboral para cubrir los retrasos que sin duda se producirán en las plantillas de las empresas. Algo como “ausentismo a causa de una pájara”. Mención aparte merece otro punto del documento. Se denomina “desarrollo de la ciclologística” y está pensado para las labores de reparto de mercancías en las ciudades. Delata una inspiración, digamos, cruelmente tercermundista de las inteligencias del Gobierno para con los repartidores, sector en alza. Yo le hubiera llamado al plan Estrategia Chiringuito No Alineado de la Bicicleta.

La nota de color rojo-morado se la da al asunto la inevitable matraca del “cambio cultural”. Cada vez que escucho a alguien (no digamos a un político) hablar de “cultura” me vienen a la cabeza cosas terribles: antropólogos a sueldo metiendo sus narices en tribus lejanas, la farándula nunca suficientemente pagada del cine nacional y lo de Mao, o lo de Ceaucescu y su “hombre nuevo”. También me asaltan oscuros pensamientos sobre la alegría de las masas, fervorosas consumistas de un batido ideológico en que cabe desde la diosa bicicleta hasta la hamburguesa vegana o el amor apasionado (a la par que platónico) por cualquier bicho viviente que no sea humano. Militantes del capitalismo progresista mundial, vivirán esas muchedumbres como atletas para acabar feneciendo de sanas. Es mundo nuevo que apunta al masoquismo como principal psicopatía, si bien disfrazada de sentido de responsabilidad. Un masoquismo eco friendly, LGTBI, antifa y demás etiquetas. Así, la postrera prueba a la capacidad de soportar (y adorar) una vida de argumentos y sacrificios idiotas, tiene a la bici por unidad de destino en lo universal. ¡Pedalead, pedalead, malditos!

Aborto

(Publicado en El Mundo, 8 de junio de 2021)

«Me siento traumatizado por la legalización del aborto, porque la considero, como muchos, una legalización del homicidio. En los sueños, y en el comportamiento cotidiano -cosas comunes a todas las personas- yo vivo mi vida prenatal, mi feliz inmersión en las aguas maternas: sé que allí yo era existente. […] Que la vida es sagrada resulta obvio: se trata de un principio todavía más fuerte que cualquier principio de la democracia.» Estas palabras las escribió Pier Paolo Pasolini en 1975, a propósito del debate sobre la legalización del aborto en Italia. Que el mayor (y más libre) intelectual de la izquierda se rebelase contra la claudicación de sus compañeros políticos en un asunto como aquel es materia ya olvidada. No hay ninguna duda hoy sobre la pétrea y automática respuesta del progresismo respecto a eso que denominan «decidir». Y para la derecha existente es un tema a soslayar. A evadir, en razón de evitar problemas. En suma, es un asunto muerto y sepultado.

Parecería un triunfo de la democracia, visto así. Un magnífico consenso. Si bien debiéramos recordar que, en ocasiones, se han alcanzado consensos gracias a la existencia de oscuros ministerios de propaganda. Sobre lo que pudiera parecer una claudicación general, Pasolini define el aborto legal como una gigantesca molicie de las mayorías, una libertad tácitamente decretada e introducida en nuestros hábitos por el consumismo ramplón, que él identifica como un «nuevo fascismo».

A estas alturas de las convenciones demócratas, las palabras del intelectual boloñés parecen un hilo de anacronismos. Desconozco si la guerra cultural que tímidamente comienzan a citar algunas voces de la derecha mayoritaria española contempla la interrupción del embarazo y sus ramificaciones éticas. De la izquierda nada puede ya esperarse, excepto el combate del enemigo declarado, el ahondamiento en la única guerra habida en que uno de los bandos ni se defiende. El debate sobre el aborto no se menciona, o se corta de raíz, violenta y teatralmente, con el nauseabundo tono de la indignación. Siquiera la posibilidad argumental de un humanismo agnóstico es tolerada. Pero las cifras de semejante cosa, que tratan de ocultarse, están ahí, se reproducen anualmente como un vertedero de la democracia que nadie desea ver. Y no sólo hablan esos números de personas que no lo serán, sino también de mujeres en situaciones dramáticas. Y de una gran derrota colectiva.

Acabo esta nota citando a otro italiano, un músico de nombre artístico Jovanotti, quien, muchos años más tarde que su compatriota aquí antes referido, nos dejó estos versos:

«Hay bebés que no tienen futuro

Porque quizás alguien lo ha decidido

Hay bebés que no nacerán

Y van directamente al Paraíso

Porque no hay lugar para ellos entre nosotros

Hay bebés que no nacerán

Porque nos hemos rendido.»

Abril flemático

Al atardecer, después de la gresca, la guerra y el amor, suelo escuchar a Bill Evans. Su concierto en París (1984), la grabación Waltz for Debby, quizás el aterciopelado Blue in Green. La música desafía al tiempo y al mal humor general, endémico; ese piano y las manos blancas acompañan la melancolía. O la curan un poco, no sabría decir. Tengo una marcada fe en las cosas que ocurrieron, un poco antes de morir el día. Antes de la bancarrota, entre sábanas blancas y mil ideas destilándose hasta el sueño final. No suelo cenar apenas, me siento en el salón y observo un rato. Tras los balcones hay un bulevar con animados veladores y árboles enroscados unos a otros. Forman, esos, una gran planta, simbólica de lo que somos. Más allá del conjunto de seres (arriba los árboles abrazados, abajo los que prueban la distancia frente a un café) se abre un enorme hueco. Antes había una casa. Y en el último piso, a estas horas penumbrosas, una lucecita iluminaba la figura de una mujer. Leía cada tarde, sentada en su sillón. A veces miraba hacia mi balcón, en el preciso momento en que yo también la observaba, y nuestras presencias se cruzaban, por encima del bulevar y las ramas. Los años dieron con la familiaridad de la imagen, inmarcesible. Siempre ella allí, leyendo bajo una lámpara, a una distancia estética inalterable, emocionalmente cercana. Pero un año la mujer murió. Y después el edificio fue derruido, dejando un vacío de piedras, madera, vida. Desde entonces, con la voluntad de atestiguar la propia existencia, giro los ojos hacia el punto en que hubo una ventana, un sillón, una mujer con un libro alargando el mundo. En ocasiones me ha parecido verla, ocupando aquellos metros de cielo. Alada añoranza, servitud de esta circunstancia finita.

Panorama veraniego

Entre todos los juicios fabulosos a los que debería la izquierda española someterse algún día (en un mundo ideal) está el que trata de los derechos. Sobre la destrucción de los deberes, otra conquista, hace tiempo que terminó su trabajo histórico. Votos son amores. Ahora, el PSOE montaraz, de la mano de su asociado, planea sobre el periodismo libre, la propiedad privada y los pocos ahorros del españolito medio. Voy a adelantarme unos meses, hasta el futuro estival. Puede que quien frustre el ansiado veraneo en Benidorm no sea el virus chino, sino el hachazo impositivo de Moncloa. Siempre podrá uno quedarse en el pisito familiar, informarse verazmente con el programa de Jorge Javier Vázquez y, de paso, impedir que los okupas entren y se instalen. Mientras, la señora y los niños disfrutarán en casa de los suegros, en el pueblo, que sale más barato.

Quizás les parezca a ustedes precipitado decir cosas ahora sobre el venidero estío. Pero ese tiempo anuncia tropelías, y es normal que nuestros queridos líderes aprovechen el relajamiento habitual (atontamiento por las altas temperaturas, dicho de un modo más prosaico) del compatriota para acometerlas. Un impulso ejemplar del Gobierno Sánchez se centrará en socavar el equilibrio de poderes. La tarea de desmontar un poder judicial independiente del ejecutivo viene de su previo debilitamiento mediático. La campaña (Sexta y demás medios ocupados en ella) comenzó con el eslogan machacón, mil veces repetido, de que en España los jueces no son independientes. Y la paradoja es que, a partir de tal afirmación, se pretendía llegar a lo de ahora. Es decir, a que realmente no lo sean. Que se plieguen a la voluntad del Gobierno, de los políticos, al fin. Semejante maniobra, en un país tan crédulo, tuvo su gran público. ¡Pero si lo dice Évole y el Wyoming! ¿Cómo no vamos a creerlo? Y así nos ha ido: hay una opinión pública vacunada contra cualquier espíritu crítico, que necesita a diario su píldora ideológica antes de irse a dormir.

En el trabajo del Gobierno Bulldozer va a estar (está) no sólo la demolición de un Estado homologable en Europa, sino también la destrucción de la socialdemocracia. De una izquierda clásica, ya residual, llevada al cementerio de los elefantes, donde descansa el espíritu de la Transición. Aquella deriva autoritaria que señala el profesor Ovejero está al servicio de un nuevo paradigma, el de la identidad. Y a partir de eso la izquierda pretende una novedosa igualdad o sometimiento al citado paradigma. Conserva, en todo caso, la cultura profunda, su fascinación por someter al pueblo. Manipularlo, retorcerlo, porque, en realidad, ni lo comprende (nunca lo ha comprendido), ni le gusta. El drama freudiano de esa izquierda es que el objeto de sus deseos -“la gente”, dice Iglesias- no se comporta conforme al ideal. Y entonces se le castiga.

Así que, llegados a este punto, y con el riesgo de un próximo verano demasiado caliente para nuestra todavía joven democracia, yo recomendaría un ejercicio dual. Sensual incluso: sueñen con la playa, las noches estrelladas, la caricia de la brisa junto al mar; abracen la idea de vivir sin mascarilla. Hagan el amor, si les apetece. Pero no olviden votar siempre que se presente la oportunidad, no sea que, de repente, sea este el último verano.

(Nota publicada en Ok Diario)

Las amantes

La institución de las amantes sigue gozando de predicamento. Hay, de hecho, larga literatura al respecto. Si aquella cosa de que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer” podría argumentarse, discutirse e, incluso, ser asignatura en las facultades de Historia y Ciencias Políticas, no debería solo comprenderse en el restringido ámbito del matrimonio. Yo el champán lo bebo siempre en copas pompadour, referencia ineluctable del amantismo. Lo sabe casi todo el mundo, esa copa tiene la medida del seno de la citada madame, amante oficial de Luis XV, poderosa hembra. Cuando uno sorbe las burbujas que acaban donde los ángeles para gloria del placer, ampara con su mano y en voluptuoso acto, además, la mama de una gran cortesana. ¿Para qué beber Ruinart en copitas aflautadas, sostenibles sólo desde un atildado y chorra posmodernismo -se cogen por el pie de vidrio, dicen- cuando podemos sopesar una teta francesa mientras hablamos del hundimiento?

El poder, la civilización, trata de tales cosas. Detalles que pueden parecer ínfimos, cuando son pilares, qué digo, columnas ideales de la obra europea; de Francia para abajo, o mejor, de Roma hasta aquella nación espléndida para la política del eros, el Rey Sol, Mitterrand, Sarkozy. No tiene España fama de tantos roces y alcobas, aunque los hubo y los hay. Aquí seguimos en la simbólica cuerda, ya floja, de Olivares (nuestra inauguración del carácter hispano alzado a las altísimas cumbres imperiales) que instituyó la escuela del “sobre todo aparentar supremacía” en todo momento, aunque las fortalezas reales sean débiles.

Les cuento todo esto porque don Pablo, pobre hilo de la Historia española, lleva sus asuntos amatoriales con más pena que gloria, si bien, al disponer de un trocito del pastel presupuestario, se muestra agradecido a las carnes tocadas. “Niña, estás como para ponerte un piso en Triana”. O para hacerte un hueco en las listas electorales, cosa de tino decimonónico, Galdós lo ponía en letras. De eso al cine del destape, Pajares, Esteso u Ozores, computa la eterna renovación del macho ibérico, sus tribulaciones y adoración de las faldas. Y, por descontado, la forma que tenemos los ibéricos de saber echar una cana al aire y agradecer. Ni Marx ha podido con tales cimientos culturales, el revolcón y el heteropatriarcado.

(Nota publicada en Ok Diario)

Una despedida

Como a uno le educaron en las formas, las buenas quiero decir, es deber la despedida. De igual modo el primer saludo, aunque el saludado nos lastime con su presencia, con su existencia, al caso. Más gozosa será entonces la despedida, exhalación educada de la repugnancia que pueden provocarnos ciertas personas. Yo he venido hoy, aquí, a decirle adiós a un hombrecillo que llegó a vicepresidente del Gobierno del Reino de España. ¿Recuerdan aquel dicho de que “cualquiera puede llegar a ser presidente de los EEUU”? Pues esta vieja nación nuestra se lo ha tomado al pie de la letra. Y no porque no hayan personas capacitadas, incluso inteligentes, sino a causa del baño de la opinión pública en el lodazal mediático, desde 2008, aproximadamente. De aquella crisis nacieron todos esos personajes atribulados, incultos, sin experiencia ninguna en la gestión. Idóneos para la demagogia de taberna.

También él, Pablo, campeón de las huestes revolucionarias, es un subproducto de la decadencia hispana, educativa, moral y estética. Mucho se ha escrito sobre sus nexos con Venezuela y con Irán; sus simpatías con cualquier cosa que estuviera en el lado podrido de la democracia, los nacionalismos vasco y catalán. Queda, en cualquier caso, conocer más elementos formales y sombríos, su relación con Roures, los compromisos ocultos con el insurreccionalismo catalanista. Acabaremos sabiéndolo, apenas su poder e influencia se diluyan. Y cuando la Justicia, que él tanto desprecia, le ponga en su lugar.

Llega, pues, el momento más deseado, decirle adiós. Despedir con una sonrisa a quien ha malgastado nuestro precioso tiempo. A quien ha llenado de chatarra ideológica la conversación pública. A quien ha fomentado el mal rollo entre españoles. A quien ha colocado a dedo a familiares y amiguetes, a cual más inútil, a costa del erario. A quien ha fomentado la destrucción del Estado de Derecho con sus ataques al poder judicial. A quien le regaló una serie de televisión al Rey “para que le diera las claves de la crisis política”. A quien aparecía en el Congreso en camisa sucia y sudando. A quien, en definitiva, ha aportado un grueso de fealdad imperdonable a la vida política de España.

El acto de despedirse parece siempre metafórico, porque, en realidad, hay solo una despedida indudable, ustedes ya saben cual es. Para lo que nos ha ocupado hoy aquí, el deseo no es un final físico, sino una muerte política, con forenses del star system que agachen la cabeza y la firmen. El gozoso espectáculo de la verdad, iluminando, al fin, sobre semejante personaje. Adieu!

(Nota publicada en Ok Diario)

Una mujer

Quiero hablarles de una mujer a la que no conocí, pero que me parece conocer bien. Por esas circunstancias de la general tragedia, murió antes de nacer yo, y entonces todas las historias, los recuerdos de su vida, fueron arremolinándose, durante años. En las preguntas, en sus respuestas y en los silencios. Bañando objetos que ella había tocado, pomos de puertas, sábanas de hilo, vajillas y vidrios tallados, broches de oro y brillantes. Los cuadritos que pintaba a la acuarela, especialmente motivos florales y paisajes bucólicos, siguen colgados de las paredes en la casa donde ella vivió, que mi madre habita hoy. Hay también un buen puñado de fotografías en blanco y negro, con bordes de sierra, pues mi abuelo era aficionado y tenía cámaras. En una de esas fotos, ella está sentada en la cubierta de un barco, mirando el mar. Creo que ambos se dirigían a Mallorca o a Ibiza, pues existen en los álbumes imágenes de las dos islas, la Catedral de Palma, las murallas ibicencas sobre el puerto.

Ella fue esposa, madre de dos hijos y ama de la casa. No sé si cocinaba o más bien daba instrucciones al servicio sobre cómo elaborar tal o cual receta, pero en aquel piso se comía muy bien y todavía mi madre rememora un cardo gratinado con almendras o la merluza al horno rellena de gambas. Mi abuela fue una persona esencialmente feliz, con todos los accidentes que la vida reproduce, e hizo por tanto feliz a su marido. Su extraordinario poder sobre la casa, incluido mi abuelo en ella, se basó en aparentar no tenerlo. Él se ocupaba de la fábrica, iba cada día al casino y llevaba una metódica existencia. Sus pequeñas manías, como tener las zapatillas, un coñac y el batín preparados cuando llegaba a casa, eran cumplidas puntualmente. También cenar cada noche del año dos huevos fritos con puntillas y, después, escuchar música clásica en el despacho. Y disponer de todos los trajes, camisas y corbatas en estado de revista. Tuvo, así, siempre, la impresión de que en aquella casa se hacía lo que él decía. Que mandaba él sobre todos los asuntos. Sin embargo, esto no era así, ni mucho menos. Ella, sencillamente, se limitaba a hacer cumplir esas costumbres, que a él le parecía que regían sobre el buen funcionamiento de las cosas domésticas. Pero todo lo decidía y resolvía ella, incluyendo por supuesto las cuestiones importantes, las decisiones gruesas, el motor de aquellas vidas. Hasta que una enfermedad se la llevó, dejando a mi abuelo como un monarca sin reina, en un palacio memorial, abarrotado de silencios.

Ahora que el neofeminismo se encrespa en demagogias, he pensado en ella, en mi abuela. Qué opinaría de este río bárbaro, enternecedor vocerío de la ministra que lo es gracias a su hombre, fatalidades del machismo. De esta cateta degradación del bello sexo, al que desearían las libertadoras encerrar entre sus barrotes totalitarios y feos. No puedo saber qué opinaría ella; sin embargo, me parece verla allá arriba, esbozando una media sonrisa, conocedora de una certeza indisoluble a la vida.

(Nota publicada en Ok Diario)

Yo me quedo

Me quedo, pero no a la manera de aquellos versos que cantaba Pablo Milanés, propaganda del criminal régimen caribeño. Me quedo por la sombra blanca de un destino. Me quedo como mi tía Maribel, que no se ha ido aunque su cuerpo ya no esté. Me quedo por la visión del Tibidabo, allá arriba, cada mañana cuando salgo de casa. Me quedo porque Julio, camarero gallego y de larga retranca, me da los buenos días. Me quedo también por este piso centenario que no lograrán nunca incendiar, ni con su TV3 ni con sus algaradas. Me quedo por Cristina Losada, querida amiga, siempre compañera. Y por Ricardo Pobla, que me llama para tomar un dry martini. Me quedo por el bar Anahuac, parece de Chamberí y eso nos gusta. Por Via Veneto, legendario, Gorría, casa nuestra, y por el Miguelitos, su esforzada familia de un pueblito andaluz, construyendo la mejor Cataluña. Por los pocos libreros que quedan, los limpias y el eco de la farándula, Violeta La Burra. Me quedo aunque broten lágrimas mientras escribo esto, porque recuerdo a mi padre, subiendo en coche, calle Ganduxer, la iglesia redonda, yo en el asiento de atrás y él mirándome en cada semáforo. Me quedo porque viene mamá en primavera a darse largos paseos y luego me da el parte de tiendas. Me quedo por mi amigo Carlos Jánovas, ácido y clasista. Me quedo por esa mujer que estoy conociendo. Me quedo por Angelito, cuántas noches en Tirsa y en otros lugares inconfesables. Y por Ignacia de Pano, una señora de la resistencia, pero la educada, la del discreto charme. Me quedo por Ignacio Iturralde, el mejor tipo que uno pueda tener cerca. Me quedo por el rat pack de los viernes, Ellakuría, Planas, Garayoa y Trillas, últimas voces de la opinión certera y salvaje. Me quedo por los miles de quilómetros de barra acariciados, por el Dry Martini y el maestro Ceferino. Me quedo por el caudal melancólico, estas aceras pateadas, la manera barcelonesa de la memoria. Y miren, me quedo a pesar de todo lo demás. Me quedo porque les jode y querrían echarme, como a tantos otros catalanes. Me quedo contra mis enemigos políticos, qué digo, sociales, estéticos, y sus votos suicidas. Me quedo porque si muero quiero ver cómo morimos todos, juntos, ellos también, por supuesto.

(Nota publicada en Ok Diario)