Los nuevos púlpitos

Tengo, a veces al escribir, la oscura intención de ser pedagógico. Es esta, en mi opinión, cosa a evitar, si bien no resulta fácil hacerlo. De manera muy fuerte, casi indiscutible, lo compruebo en muchos comentaristas radiofónicos y televisivos de la actualidad política catalana. Ya notaba Pemán que pedagogía, pediatría y pedantería tienen idéntica raíz, y alude a los niños. En cuanto a los comentaristas, auténticos renacentistas del saber (no existe tema que se les resista), dudo de su hoy inevitable aportación a la sociedad del conocimiento. Heterogénea tribu formada por periodistas obscenos, cantantes sin giras, profesores patrioteros, economistas vedettes, gentes sin profesión conocida, hijos de, graciosos pancarteros y demás farándula con eslogan al uso.

Por aquí, Barcelona, las cosas están regular, informo. La pasada Diada fue un chasco absoluto y, sin tener en cuenta unas pocas concentraciones de emocionadas abuelitas y jóvenes atribulados, la ciudad se vio huérfana de la habitual invasión de pueblerinos. Gentes de bien que venían a pasar el día a la capital, conmoverse un rato cantando Els segadors (canto a la violencia) y, momento ineludible, comer en algún restaurante (“Barcelona és cara de collons”, he escuchado en ocasiones a tales turistas políticos tras pagar la minuta, antes de volver al villorrio, donde todo es más fácil y grato, sin duda).

El procés ha cumplido aquella metáfora de Taine sobre los revolucionarios franceses del siglo XVIII, a quienes atribuía las fases de comportamiento del borracho: primero se muestra alegre y eufórico y más tarde cede a pulsiones irracionales. Esto tuvo su culminación con la violencia de octubre del pasado año, si bien las cabecitas de muchos comentaristas de TV3 muestran un preocupante atasco en la ya citada fase última de Taine: el actor Joel Joan considera que a los catalanes España no nos deja “ni respirar”. El asunto de la libertad es todavía eje de un discurso que se diluye en lo ridículo, en la aspiración, en cualquier caso, de mantener un sueldecito, una ayudita pública por parte del propagandista en cuestión (los hay numerosísimos).

Esto de la libertad tiene su intríngulis. En el caso catalán, se acepta no ya que el hombre nace libre, sino que la nación entera también lo hizo (genealogía milenaria), pero permanecerá esclava hasta el decisivo momento de su emancipación. En realidad, todo es al revés: el hombre nace esclavo y dependiente, imbécil según Ferraris. Así, “la imbecilidad masiva, la estupidez hiperdocumentada, es ya un fenómeno reconocido y en el fondo la primera revelación de nuestra época”. Para el Principado catalán, y me permito otra cita, recomendaría a esos televisivos y radiofónicos ocupados en extraviar a la ciudadanía esto de Montaigne: “debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”. Si los vocingleros a sueldo siguen este consejo, Cataluña se ahorrará cien años más de grisura y desorientación nacionalista. Aunque ellos podrían perder su sueldo. Nadie escapa a la pedagogía.

(Nota publicada en Ok Diario)

España una

Los españoles, insufribles sobre todo para nosotros mismos, ponemos a prueba los límites de la Nación cada cincuenta años, más o menos. Es la edad máxima a que llegan los regímenes políticos en este apéndice europeo. Luego amamos eso de nombre España, sangre y palabras derramadas. Y que nadie se lleve a engaño: quienes dicen odiarla, quienes la cambiarían por otra cosa o quienes pretenden ignorarla son los más enamorados de ella. Perdidamente enamorados del ‘ser español’, conciben esa relación en términos barrocos. Honor herido y consiguiente drama.

Un caso último y encendido de tales romances patrios es el catalán. Madariaga dice que el separatismo es la “fuerte conciencia de lo distintivo y lo diferenciado en el yo, la tendencia profundamente española que hallamos en el alma del catalanismo”. Y sigue con el ejemplo de un prohombre, Rovira i Virgili, periodista y diputado por ERC durante la Segunda República: “Sería difícil hallar en toda la Península un tipo más español que el de este hombre que sinceramente se imagina no serlo.”

La cualidad de la intransigencia, el retorcimiento de los hechos al calor de la pasión intelectual pueden comprenderse en el ámbito del carácter, de la cultura política. Piel vieja de los que habitamos la fortaleza, Reino de España. Pero esa explicación resulta incompleta. Hay una organización política del Estado a la que podemos considerar un enorme y enrevesado sistema clientelar. Fabulosa red de instituciones pequeñas, medianas y portentosas que obligan a la pleitesía de quienes las dirigen por turnos, sean las derechas o las izquierdas.

Los nacionalismos periféricos han sido, en el actual régimen autonómico, los que han comprendido mejor esa corrupción conceptual del Estado, extendida con puestos de trabajo y funcionarios acólitos. Iliberal. Para muestra, un botón: cuenten cuántos servicios meteorológicos existen en el territorio nacional. Y así todo.

La resolución de las eternas perezas y vicios hispanos parece, en estos momentos críticos, lejana. Ni siquiera es fácil imaginarla. Quizás la actual crisis (menos dinero, más desnudez política) podría disolver los casticismos disonantes, llamados cínicamente “históricos”. O, en sentido contrario, animar a los millones de compatriotas ofendidos (sin motivo) a fundar un nuevo desorden republicano. Es decir, a aumentar la polifonía de derechos identitarios hasta hacerla un mero e insoportable arte y ensayo. España, una.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (y XII)

Contra todo asalto a la libertad, una provocación, una metafórica defensa del castillo. Iba a dejar de fumar, pero el ministro Illa (soberanista tras su cortina de humo sanchista) me ha convencido de no hacerlo mientras dure esta legislatura. Les pongo en situación: subí con mi amigo Planas a comer al Tibidabo, montaña de fe barcelonesa que ya quisieran tomar los infieles, y la cosa comenzó con cierta antipatía. Abrimos la puerta de hierro de La Venta, restaurante en las alturas, y, tras obligado saludo, le dijimos al maître que queríamos tomar un aperitivo en la terraza abierta y fumar un cigarro. El hombre accedió a regañadientes: “no debería dejarles, ayer los propios clientes me conminaron a no permitirlo, porque está prohibido”, espetó. Creo que esto es inexacto, la censura del tabaco está sometida al misterio de la distancia social, monstruo amenazante, enemigo del amor y los negocios civilizados; del grueso afectivo de nuestro mundo cristiano, sus ritos cotidianos y pequeños deslices morales.

En cualquier caso, mientras el hilo azul del cigarro ascendía hacia la eterna morada del Doctor Andreu, artífice del Tibidabo, Planas confesó una idea brillante. Se iba a hacer con unos cuantos cartones de Camel en previsión de venderlos a un precio desorbitado en el futuro mercado negro. Su duda técnica, a despejar, es si congelando los paquetes evitará la sequedad de los cigarrillos, circunstancia que pondría a mi amigo ya no sólo como contrabandista, sino también como estafador. Veremos qué sucede tras la prueba de congelación.

De los planes a los platos, nos sirvieron un fino salmón marinado, las inevitables croquetas (no recuerdo ágape sin observar a Planas deleitarse con dichas esferidades rebozadas, fueran de chipirón, de setas o de cocido), bacalao y merluza. Cocina límpida y ordenada, en un establecimiento habitado por la superviviente burguesía del barrio, divina comunidad que el capitalismo conserve muchos siglos. Al acabar de comer, llegamos hasta el Balconet, perspectiva de la ciudad que se desliza y acaba por bañarse en el mar azul. Incluso le hice notar a mi amigo la casa de otro querido mío, Raimon, con sus piscinas abalconadas. Cada piso con su rectángulo añil, una noche diez sirenas chapoteaban bebiendo champaña y besando el cielo. Todo eran recuerdos desde la mal llamada montaña del Diablo, leyenda negra de otras épocas que el Sagrado Corazón abatió con su evangélico amor. Relucían las rocas en el whisky, discutimos alegremente sobre Schopenhauer y las deconstrucciones culinarias, broma trascendental que por fortuna nadie se toma ya en serio. Luego, un coche vino a buscarnos y fue un descenso admirable, apología del deber barcelonés cumplido. Una vez más.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (XI)

En Barcelona suceden dos cosas, últimamente. Primero, la bolsa de delincuentes profesionales ha cambiado de público objetivo. Sin turistas, estos lobos importados de África abandonan su geografía habitual para subir, en dirección al Sagrado Corazón que corona la ciudad, buscando presas autóctonas. Yo comprendo que venir a la España buena y labrarse un presente mediante el robo es una opción viable y conocida en sus países de origen. Entiendo también la tendencia a la animalidad del comportamiento humano en determinadas situaciones. Pero, digamos, por eso nos hemos dotado de hombres y mujeres que detentan el ejercicio legítimo de la violencia. Son los que deben protegernos de la jauría, que, además, muestra ya en Barcelona una creciente agresividad. Hay una larga sucesión de noticias, de acontecimientos, desde que tiene la vara Inmaculada Colau, que no animan al optimismo respecto a la seguridad de los ciudadanos.

Y aquí abordo la segunda cosa anunciada al comienzo de esta nota: los políticos que gobiernan la urbe, después del desaguisado cometido (“papeles para todos”, conflictos con la Guardia Urbana, desarticulación de la idea del orden), han desaparecido de escena. No estoy seguro de que eso sea una mala cosa, si bien alguien debería tomar alguna decisión urgente sobre el asunto que nos preocupa. La secular aspiración barcelonesa de ser diferente tiene, además, otro nuevo hito: lidera las ocupaciones ilegales de domicilios. En realidad, Colau habría así alcanzado un sueño romántico, que le viene de su época activista. Ya casi tiene aquella ciudad de ciclistas y okupas, anticapitalista. De la ciudad de los prodigios a la ciudad de las desgracias.

Estuve, antes de largarme a la Costa Brava, paseando unos días por el Ensanche, barrio cuadriculado, vieja utopía burguesa. A los rigores de la política pandemista se une el rigor habitual de agosto en un barrio mucho menos turístico que el centro. Saliendo de la zona noble de este inmenso distrito, se encuentra la paradoja entre una belleza antigua, soportada en puertas, balcones, fachadas, y la fealdad reiterativa de esos establecimientos de chinas oscuridades, badulaques rotulados en catalán (aunque el empleado apenas ni habla castellano) y portales de memoria desbrozada, la garita del portero habitada ya solo por un mocho y un cubo. La depauperación de la clase media asoma en terrazas con sillas de plástico, medianas de cerveza sin vaso, dominicanas de culos desorbitados, jóvenes tatuados liando cigarrillos, un hombre solo apuntando con la mirada triste su postrimería; la carga simbólica de un anhelo arrasado por la vulgaridad. Es esta, también, una Barcelona sujeta al desplome general.

(Nota publicada en Ok Diario)

Si no estaba

Si en los topes del amor no estaba una canción, una chica, las cervezas del jueves y el gris de una ciudad que ya quisieran los colores posteriores. Si no estaba la camiseta roja de The Jam o de los Bulls, un bocadillo caliente de lomo y queso, vapores y besos. Si no estaba el frío de la calle y el temblor al volver a casa portando un rotundo fracaso. Si no estaba, echado en la cama con los tejanos puestos, una ojeada al póster de los Chesterfield Kings, la foto de magia y precisión de los cabellos alborotados de ella, de espaldas, desnuda. Si no estaban las soledades de chico mirando al suelo, rumbo al local de ensayo, con la Fender a cuestas. Si no estaban las carreras por la calle María porque habían llegado al bar los Centuriones. Si no estaba la llamada un domingo, un amigo se había matado en accidente de moto. Si no estaba, después de todo, otra Estrella Dorada en el Drugstore David, hacer de la diversión la cosa más molesta a los demás clientes. Si no estaba bajar hasta la calle Platería, sombras que acumulaban roña inmemorial. Si no estaba el sentido fuerte de la inmortalidad. Si no estaba todo eso, no era mil novecientos noventa.

Historias de Barcelona (VII)

La semana pasada, estas suelas de cuero inglés pisaron con extraña sensación la Barcelona comanche, recuperada para los autóctonos pero sin apenas presencia de estos. Desaparecidos los invasores de albos cabellos, chanclas y tripas cerveceras, los lugareños, por alguna razón que no alcanzo, desprecian el (inédito) paseo oreado, a Colón solitario frente al mar. Hay quien querría tumbarlo, los bárbaros no llegan ya del frío, han nacido aquí, hijos de viejos y desorientados cristianos. A propósito del descubridor de América, el cronista Ricardo Suñé calificaba en 1942 de “solemne y sencilla” la Fiesta de la Hispanidad que celebraba los 450 años del gran acontecimiento.

De tales vestigios, todavía humeantes en plazas, palacios y bronces, mis pasos vuelven al suelo acostumbrado. Allí donde los barceloneses vemos cumplido el deseo de tener la ciudad a nuestros pies. Desde la Diagonal hasta el Tibidabo del doctor Andreu, retornamos a los años setenta del pasado siglo. Edificios, porterías, establecimientos, señoras y niños con uniforme de colegio florecen desde aquella maravillosa década, sin cambios aparentes. Paradoja, tenemos un Gobierno de socialistas y comunistas de tres al cuarto clamando por la distancia social, pero en estos barrios dicha distancia ha sido asumida con canónica naturalidad: entre la filipina que limpia y su señora, entre el portero y los muchachos del tercero, que vuelven a casa de jugar a tenis. Ni siquiera con los atolondrados embates del procés y la militancia cachonda de pijos en la CUP (formación antisistema), la Barcelona alta ha dejado nunca de parecer lo que auténticamente es: una sociedad conservadora.

Hay lugares que abundan en la inconfundible burguesía barcelonesa, juzgada indolente, aunque eso excluya al patrimonio propio, siempre a resguardo. Respecto al dinero, no existe abulia hispana que lo descuide. En el bar Escocés (1955), don Miguel López atiende con diligencia a una clientela clásica en sus gustos ideológicos y alcohólicos. El dry martini, el negroni y algunas tapas inmortales (las ensaladillas variadas y el morro en vinagre) discurren por su barra de madera. Allí vemos americanas holgadas, corbatas con alfiler dorado, viejas víctimas del bisturí y la silicona, copas solitarias de cava. Invitación a la melancolía, una figura está sentada al fondo de la sala, bajo un cuadro de dama con sombrero. El camarero se dirige a ella por su nombre, señora Carmina. Son las cálidas penumbras que van huyendo, lentamente, hasta el día en que la señora permanezca ahí cual ausencia, para siempre. En la barra, más animada, hay incluso quien exige su sitio por veteranía. Dos gruesos hombres comentan las dificultades de la vida: “El deterioro físico de María José, en los últimos treinta años, ha sido espectacular”, informa uno de ellos. El discreto encanto de ya saben ustedes qué, amables lectores.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VI)

(Plaza Real, Barcelona, julio de 2020)

Una mañana de julio, por ocurrencia del señor Planas, nos dirigimos junto a don Iñaki Ellakuría hasta donde Barcelona acaricia el mar y los olores se hacen más intensos. La (feliz) ocurrencia de nuestro amigo consistía en darse un garbeo por los límites del distrito quinto, en pleno verano y sin turistas.

Imposible recordar la estampa de unas Ramblas apenas transitadas, sus quioscos sin clientes, algún comercio ya clausurado y muchos vacíos. La puerta de Boadas (coctelería en activo más antigua de la ciudad, fundada en 1933) no se abría frenética, como ha sucedido desde siempre, y las calles que penetran en el viejo Chino eran solo habitadas por algún morito con gorra y la secular señora con su carro de la compra. Tal ausencia humana devolvía recuerdos: viejas tiendas de discos de Tallers, casi todas cerradas; Cazalla, el bar más pequeño de la ciudad (unos dos metros cuadrados), que fuera abierto en 1912 y aun sobrevive sirviendo mojitos, esa otra epidemia. Quisimos los tres excursionistas tomar aperitivo en el Círculo del Liceo, pero nos faltó la chaqueta reglamentaria para poder entrar. Así, pasamos por el mercado de San José (Boquería), ánimo renovado en la barra del Pinocho, donde se despidió del mundo Cabau tras enseñarle a la burguesía barcelonesa la gran cuisine, seria, republicana. Parece ser que el prócer marmitón ingirió una píldora de cianuro con un vasito de agua ante el actual propietario y alma del establecimiento, don Juanito Bayén, brioso octogenario, perico de pro. En Pinocho éramos escasos comensales, destacando una característica figura barcelonesa que los nativos distinguimos al instante: hombre maduro con sombrero, algún extravagante detalle en el vestir (corbata y americana violetas), acompañado de una muchacha latina veinte o treinta años más joven que él. Juanito propuso mejillones en vinagreta y los legendarios garbanzos con morcilla, y comentó su extrañeza al contemplar la barra sin agolpamientos, sin cañas volando entre manos y sin fotos de los turistas. Para despedirnos, lanzó sonriente un mensaje de ánimo españolista, a pesar de los sombríos momentos que el club está viviendo.

A poca distancia, la Plaza Real, sitio de flamencas catacumbas, permanecía en el silencio vacuo. Sus grandes terrazas huérfanas, los camareros mirando al infinito. Pensé en ese raro panorama y en los cuerpos que yacen bajo las baldosas de la plaza (primitivo convento capuchino demolido): imaginé que verían aquella desolación con una erudita sonrisa; los muertos siempre acaban teniendo la razón.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (V)

Me lo temía: Inmaculada Colau tiene un modelo para Barcelona. Qué desagradable noticia. Algunos comentaristas (yo mismo) han puesto el acento en las estrechas facultades intelectuales de la señora. Ya no lo considero importante: en lo pernicioso de su gestión municipal se mezcla indolencia y demagogia. Y seguiría siendo así aunque estudiara (¡por fin!) en Eton. ¿Qué habríamos de esperar de una activista con la vara de mando de la segunda urbe de España y un salario de casta política? Por ser noticioso, entre otras importantísimas y urgentes cosas, acudió a una clínica privada a retocarse. Pero, sin abandonar nunca el romanticismo de pancarta que la hace tan popular entre su electorado populista, arengó a los trabajadores de Nissan. Bañito de masas para no olvidar el pasado vocinglero. Los sectores productivos de la Ciudad Condal la aborrecen, esos fascistas.

Su modelo es la República Popular en Bicicleta. Más o menos recuerda a los paraísos marxista-leninistas de postguerra, si bien aquellos líderes leían a Gorki y a Cervantes. La Tirana de Hoxha, los obreros en bici, la ecológica plaza Skanderbeg sin autos. Un sueño, o paradigma, implementado con nocturnidad y alevosía (¿democracia para qué?) mientras permanecíamos confinados. Calles cortadas, bolardos en vías importantes y una total impunidad para ciclistas y patinadores, que, además de calles, invaden aceras. El peatón es hoy un insólito lumpen, atenazado por el régimen nuevo. De la ciudad de los prodigios a la ciudad idiota, así se escribe la historia.

Pero todo régimen impúdico encuentra su resistencia. Y los barceloneses, no obstante, seguimos siendo espíritus dionisíacos, dos mil años nos contemplan. Existen aún orgiásticos lugares donde resistir. Unos inmorales, otros igualmente burgueses. Es el caso del restaurante Bonanova, sito por allí arriba, donde la ciudad escala hacia el Sagrado Corazón de Jesús, Tibidabo. A menudo, con los restaurantes pasa como con las relaciones humanas y tecnológicas, al cabo del tiempo comienzan a salir aristas. No me ha ocurrido así, todavía, con el local de Adolfo y Carlos Herrero. Ofrece un bogavante imperial, azul borbónico que torna rojo al calor del fuego hispano, ardemos marmitones desde Felipe V, también Colau. Tradición familiar, primoroso cuidado de la cocina de mercado, los Herrero han comprado recientemente una isla de cocina que es como el Bugatti de esos quehaceres. Formidable cosa, instrumento de acero con el que imprimir conocimiento y gusto, al fin cultura golosa, notable en el Bonanova.

Post scriptum: El lunes vi un documental en Televisión Española sobre Ángel Pawlowsky (Rivera, Argentina, 1941), artista del espectáculo barcelonés ya retirado. Por ahí aparecieron Colita y Núria Ribó hablando de aquella Barcelona, compendio de gente extraordinaria, única y tal. El cuento barcelonés de siempre, la gauche divine de Sagarra, el Bocaccio y demás. Me calenté una miaja, y por aliviarme en la certeza llamé a una señora de Muntaner, muy vivida. Amiga de sus amigas -incluyo al sexo masculino-, le pregunté qué le parecía el documental: “¡Ay, qué gracia, el Pawlowsky! ¡Pero cuánta imaginación!”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (III)

Antes de iniciar esta serie, estuve cavilando si titularla “Historietas de Barcelona”, habida cuenta que la ciudad hizo gala de explicarles la vida a los españoles mediante el género del tebeo, en el pasado siglo. Sensible y heterodoxa, habitada por mesetarios mediterráneos, en la Condal pervive una cosa romana: la ligereza a los pies de unas columnas que todavía sostienen la idea del templo.

En fin, dejemos suelta a la poesía, que corra por las calles pendientes, venas entre los mundos barceloneses, endémicamente dispares. El asfalto en la ciudad de los prodigios, en esas ocasiones que nos toca morderlo, es poroso y salado. A nuestro Gil de Biedma le pasaba que, noche cerrada y cuando la ciudad ya le había consumido, ésa le regalaba cuatro versos, como una consideración. En tal sendero me encontraba yo, terraza de farolillos y amigos mediante, cuando una gran señora le regaló a su hijo un episodio de Galdós: “Gracias, mamá. Es el mismo que me regalaste el año pasado, era muy bueno, aunque no lo leí.”

La querida fauna, siempre tan delicada, fue desfilando entre copas: apareció un insigne médico, tan alto como la estatua de Colón, para saludar y despacharse en dos minutos con un constructo todavía vigente entre ciertas clases acomodadas: “Franco hizo cosas buenas, el sistema de salud, los pantanos… ¡Y eso que era socialista!” No se sorprenda nadie, la lista de simpatizantes y amigos políticos del dictador entre lo que luego fue el catalanismo dominante (ERC incluida, amigo Rufián) es abultada. Pero para estos asuntillos no hay memoria histórica que valga.

Como decía, Barcelona es madre y señora del tebeo, arte ágil y suculento. A unos metros de mi mesa celebraban encuentro cinco o seis muchachas de Sarriá, de esas que cambiaron el bolso Vuitton por un bulto de tela, y el voto a CiU por las candidaturas antisistema de la CUP. Una especie de contestación imbécil, aunque al final intrascendente para el patrimonio familiar. Estéticamente, la burguesía local se ha descuidado hasta límites insospechados, si bien sigue habitando fincas con portero y ficus franquistas y acudiendo a esquiar a Baqueira. No es el caso de Bernat Dedéu, figura de una derecha independentista llegada ya a la estación del fracaso político, a Dios gracias. Un chico educado, pulcro y bien peinado, gustaría tanto a las señoras de Núñez de Balboa como a las de la barcelonesa avenida Pearson, sin distingo. Además, haría pendant, como dicen los italianos, con el cortinaje y la porcelana de Sèvres. Al final, las tribulaciones políticas catalanas se diluyen en la cuestión marxista de las clases.

Nota del lento desconfinamiento: abrieron Via Veneto y allí me comí una tortilla de comté y camembert que me hizo olvidar, durante unos instantes, el socialismo totalitario gobernante y los detritus del procés. Mientras paladeaba la untuosa receta, de un ambarino celestial, una voz susurró: “no podrán con nosotros.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)