Abril flemático

Al atardecer, después de la gresca, la guerra y el amor, suelo escuchar a Bill Evans. Su concierto en París (1984), la grabación Waltz for Debby, quizás el aterciopelado Blue in Green. La música desafía al tiempo y al mal humor general, endémico; ese piano y las manos blancas acompañan la melancolía. O la curan un poco, no sabría decir. Tengo una marcada fe en las cosas que ocurrieron, un poco antes de morir el día. Antes de la bancarrota, entre sábanas blancas y mil ideas destilándose hasta el sueño final. No suelo cenar apenas, me siento en el salón y observo un rato. Tras los balcones hay un bulevar con animados veladores y árboles enroscados unos a otros. Forman, esos, una gran planta, simbólica de lo que somos. Más allá del conjunto de seres (arriba los árboles abrazados, abajo los que prueban la distancia frente a un café) se abre un enorme hueco. Antes había una casa. Y en el último piso, a estas horas penumbrosas, una lucecita iluminaba la figura de una mujer. Leía cada tarde, sentada en su sillón. A veces miraba hacia mi balcón, en el preciso momento en que yo también la observaba, y nuestras presencias se cruzaban, por encima del bulevar y las ramas. Los años dieron con la familiaridad de la imagen, inmarcesible. Siempre ella allí, leyendo bajo una lámpara, a una distancia estética inalterable, emocionalmente cercana. Pero un año la mujer murió. Y después el edificio fue derruido, dejando un vacío de piedras, madera, vida. Desde entonces, con la voluntad de atestiguar la propia existencia, giro los ojos hacia el punto en que hubo una ventana, un sillón, una mujer con un libro alargando el mundo. En ocasiones me ha parecido verla, ocupando aquellos metros de cielo. Alada añoranza, servitud de esta circunstancia finita.

Panorama veraniego

Entre todos los juicios fabulosos a los que debería la izquierda española someterse algún día (en un mundo ideal) está el que trata de los derechos. Sobre la destrucción de los deberes, otra conquista, hace tiempo que terminó su trabajo histórico. Votos son amores. Ahora, el PSOE montaraz, de la mano de su asociado, planea sobre el periodismo libre, la propiedad privada y los pocos ahorros del españolito medio. Voy a adelantarme unos meses, hasta el futuro estival. Puede que quien frustre el ansiado veraneo en Benidorm no sea el virus chino, sino el hachazo impositivo de Moncloa. Siempre podrá uno quedarse en el pisito familiar, informarse verazmente con el programa de Jorge Javier Vázquez y, de paso, impedir que los okupas entren y se instalen. Mientras, la señora y los niños disfrutarán en casa de los suegros, en el pueblo, que sale más barato.

Quizás les parezca a ustedes precipitado decir cosas ahora sobre el venidero estío. Pero ese tiempo anuncia tropelías, y es normal que nuestros queridos líderes aprovechen el relajamiento habitual (atontamiento por las altas temperaturas, dicho de un modo más prosaico) del compatriota para acometerlas. Un impulso ejemplar del Gobierno Sánchez se centrará en socavar el equilibrio de poderes. La tarea de desmontar un poder judicial independiente del ejecutivo viene de su previo debilitamiento mediático. La campaña (Sexta y demás medios ocupados en ella) comenzó con el eslogan machacón, mil veces repetido, de que en España los jueces no son independientes. Y la paradoja es que, a partir de tal afirmación, se pretendía llegar a lo de ahora. Es decir, a que realmente no lo sean. Que se plieguen a la voluntad del Gobierno, de los políticos, al fin. Semejante maniobra, en un país tan crédulo, tuvo su gran público. ¡Pero si lo dice Évole y el Wyoming! ¿Cómo no vamos a creerlo? Y así nos ha ido: hay una opinión pública vacunada contra cualquier espíritu crítico, que necesita a diario su píldora ideológica antes de irse a dormir.

En el trabajo del Gobierno Bulldozer va a estar (está) no sólo la demolición de un Estado homologable en Europa, sino también la destrucción de la socialdemocracia. De una izquierda clásica, ya residual, llevada al cementerio de los elefantes, donde descansa el espíritu de la Transición. Aquella deriva autoritaria que señala el profesor Ovejero está al servicio de un nuevo paradigma, el de la identidad. Y a partir de eso la izquierda pretende una novedosa igualdad o sometimiento al citado paradigma. Conserva, en todo caso, la cultura profunda, su fascinación por someter al pueblo. Manipularlo, retorcerlo, porque, en realidad, ni lo comprende (nunca lo ha comprendido), ni le gusta. El drama freudiano de esa izquierda es que el objeto de sus deseos -“la gente”, dice Iglesias- no se comporta conforme al ideal. Y entonces se le castiga.

Así que, llegados a este punto, y con el riesgo de un próximo verano demasiado caliente para nuestra todavía joven democracia, yo recomendaría un ejercicio dual. Sensual incluso: sueñen con la playa, las noches estrelladas, la caricia de la brisa junto al mar; abracen la idea de vivir sin mascarilla. Hagan el amor, si les apetece. Pero no olviden votar siempre que se presente la oportunidad, no sea que, de repente, sea este el último verano.

(Nota publicada en Ok Diario)

Las amantes

La institución de las amantes sigue gozando de predicamento. Hay, de hecho, larga literatura al respecto. Si aquella cosa de que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer” podría argumentarse, discutirse e, incluso, ser asignatura en las facultades de Historia y Ciencias Políticas, no debería solo comprenderse en el restringido ámbito del matrimonio. Yo el champán lo bebo siempre en copas pompadour, referencia ineluctable del amantismo. Lo sabe casi todo el mundo, esa copa tiene la medida del seno de la citada madame, amante oficial de Luis XV, poderosa hembra. Cuando uno sorbe las burbujas que acaban donde los ángeles para gloria del placer, ampara con su mano y en voluptuoso acto, además, la mama de una gran cortesana. ¿Para qué beber Ruinart en copitas aflautadas, sostenibles sólo desde un atildado y chorra posmodernismo -se cogen por el pie de vidrio, dicen- cuando podemos sopesar una teta francesa mientras hablamos del hundimiento?

El poder, la civilización, trata de tales cosas. Detalles que pueden parecer ínfimos, cuando son pilares, qué digo, columnas ideales de la obra europea; de Francia para abajo, o mejor, de Roma hasta aquella nación espléndida para la política del eros, el Rey Sol, Mitterrand, Sarkozy. No tiene España fama de tantos roces y alcobas, aunque los hubo y los hay. Aquí seguimos en la simbólica cuerda, ya floja, de Olivares (nuestra inauguración del carácter hispano alzado a las altísimas cumbres imperiales) que instituyó la escuela del “sobre todo aparentar supremacía” en todo momento, aunque las fortalezas reales sean débiles.

Les cuento todo esto porque don Pablo, pobre hilo de la Historia española, lleva sus asuntos amatoriales con más pena que gloria, si bien, al disponer de un trocito del pastel presupuestario, se muestra agradecido a las carnes tocadas. “Niña, estás como para ponerte un piso en Triana”. O para hacerte un hueco en las listas electorales, cosa de tino decimonónico, Galdós lo ponía en letras. De eso al cine del destape, Pajares, Esteso u Ozores, computa la eterna renovación del macho ibérico, sus tribulaciones y adoración de las faldas. Y, por descontado, la forma que tenemos los ibéricos de saber echar una cana al aire y agradecer. Ni Marx ha podido con tales cimientos culturales, el revolcón y el heteropatriarcado.

(Nota publicada en Ok Diario)

Una despedida

Como a uno le educaron en las formas, las buenas quiero decir, es deber la despedida. De igual modo el primer saludo, aunque el saludado nos lastime con su presencia, con su existencia, al caso. Más gozosa será entonces la despedida, exhalación educada de la repugnancia que pueden provocarnos ciertas personas. Yo he venido hoy, aquí, a decirle adiós a un hombrecillo que llegó a vicepresidente del Gobierno del Reino de España. ¿Recuerdan aquel dicho de que “cualquiera puede llegar a ser presidente de los EEUU”? Pues esta vieja nación nuestra se lo ha tomado al pie de la letra. Y no porque no hayan personas capacitadas, incluso inteligentes, sino a causa del baño de la opinión pública en el lodazal mediático, desde 2008, aproximadamente. De aquella crisis nacieron todos esos personajes atribulados, incultos, sin experiencia ninguna en la gestión. Idóneos para la demagogia de taberna.

También él, Pablo, campeón de las huestes revolucionarias, es un subproducto de la decadencia hispana, educativa, moral y estética. Mucho se ha escrito sobre sus nexos con Venezuela y con Irán; sus simpatías con cualquier cosa que estuviera en el lado podrido de la democracia, los nacionalismos vasco y catalán. Queda, en cualquier caso, conocer más elementos formales y sombríos, su relación con Roures, los compromisos ocultos con el insurreccionalismo catalanista. Acabaremos sabiéndolo, apenas su poder e influencia se diluyan. Y cuando la Justicia, que él tanto desprecia, le ponga en su lugar.

Llega, pues, el momento más deseado, decirle adiós. Despedir con una sonrisa a quien ha malgastado nuestro precioso tiempo. A quien ha llenado de chatarra ideológica la conversación pública. A quien ha fomentado el mal rollo entre españoles. A quien ha colocado a dedo a familiares y amiguetes, a cual más inútil, a costa del erario. A quien ha fomentado la destrucción del Estado de Derecho con sus ataques al poder judicial. A quien le regaló una serie de televisión al Rey “para que le diera las claves de la crisis política”. A quien aparecía en el Congreso en camisa sucia y sudando. A quien, en definitiva, ha aportado un grueso de fealdad imperdonable a la vida política de España.

El acto de despedirse parece siempre metafórico, porque, en realidad, hay solo una despedida indudable, ustedes ya saben cual es. Para lo que nos ha ocupado hoy aquí, el deseo no es un final físico, sino una muerte política, con forenses del star system que agachen la cabeza y la firmen. El gozoso espectáculo de la verdad, iluminando, al fin, sobre semejante personaje. Adieu!

(Nota publicada en Ok Diario)

Una mujer

Quiero hablarles de una mujer a la que no conocí, pero que me parece conocer bien. Por esas circunstancias de la general tragedia, murió antes de nacer yo, y entonces todas las historias, los recuerdos de su vida, fueron arremolinándose, durante años. En las preguntas, en sus respuestas y en los silencios. Bañando objetos que ella había tocado, pomos de puertas, sábanas de hilo, vajillas y vidrios tallados, broches de oro y brillantes. Los cuadritos que pintaba a la acuarela, especialmente motivos florales y paisajes bucólicos, siguen colgados de las paredes en la casa donde ella vivió, que mi madre habita hoy. Hay también un buen puñado de fotografías en blanco y negro, con bordes de sierra, pues mi abuelo era aficionado y tenía cámaras. En una de esas fotos, ella está sentada en la cubierta de un barco, mirando el mar. Creo que ambos se dirigían a Mallorca o a Ibiza, pues existen en los álbumes imágenes de las dos islas, la Catedral de Palma, las murallas ibicencas sobre el puerto.

Ella fue esposa, madre de dos hijos y ama de la casa. No sé si cocinaba o más bien daba instrucciones al servicio sobre cómo elaborar tal o cual receta, pero en aquel piso se comía muy bien y todavía mi madre rememora un cardo gratinado con almendras o la merluza al horno rellena de gambas. Mi abuela fue una persona esencialmente feliz, con todos los accidentes que la vida reproduce, e hizo por tanto feliz a su marido. Su extraordinario poder sobre la casa, incluido mi abuelo en ella, se basó en aparentar no tenerlo. Él se ocupaba de la fábrica, iba cada día al casino y llevaba una metódica existencia. Sus pequeñas manías, como tener las zapatillas, un coñac y el batín preparados cuando llegaba a casa, eran cumplidas puntualmente. También cenar cada noche del año dos huevos fritos con puntillas y, después, escuchar música clásica en el despacho. Y disponer de todos los trajes, camisas y corbatas en estado de revista. Tuvo, así, siempre, la impresión de que en aquella casa se hacía lo que él decía. Que mandaba él sobre todos los asuntos. Sin embargo, esto no era así, ni mucho menos. Ella, sencillamente, se limitaba a hacer cumplir esas costumbres, que a él le parecía que regían sobre el buen funcionamiento de las cosas domésticas. Pero todo lo decidía y resolvía ella, incluyendo por supuesto las cuestiones importantes, las decisiones gruesas, el motor de aquellas vidas. Hasta que una enfermedad se la llevó, dejando a mi abuelo como un monarca sin reina, en un palacio memorial, abarrotado de silencios.

Ahora que el neofeminismo se encrespa en demagogias, he pensado en ella, en mi abuela. Qué opinaría de este río bárbaro, enternecedor vocerío de la ministra que lo es gracias a su hombre, fatalidades del machismo. De esta cateta degradación del bello sexo, al que desearían las libertadoras encerrar entre sus barrotes totalitarios y feos. No puedo saber qué opinaría ella; sin embargo, me parece verla allá arriba, esbozando una media sonrisa, conocedora de una certeza indisoluble a la vida.

(Nota publicada en Ok Diario)

Yo me quedo

Me quedo, pero no a la manera de aquellos versos que cantaba Pablo Milanés, propaganda del criminal régimen caribeño. Me quedo por la sombra blanca de un destino. Me quedo como mi tía Maribel, que no se ha ido aunque su cuerpo ya no esté. Me quedo por la visión del Tibidabo, allá arriba, cada mañana cuando salgo de casa. Me quedo porque Julio, camarero gallego y de larga retranca, me da los buenos días. Me quedo también por este piso centenario que no lograrán nunca incendiar, ni con su TV3 ni con sus algaradas. Me quedo por Cristina Losada, querida amiga, siempre compañera. Y por Ricardo Pobla, que me llama para tomar un dry martini. Me quedo por el bar Anahuac, parece de Chamberí y eso nos gusta. Por Via Veneto, legendario, Gorría, casa nuestra, y por el Miguelitos, su esforzada familia de un pueblito andaluz, construyendo la mejor Cataluña. Por los pocos libreros que quedan, los limpias y el eco de la farándula, Violeta La Burra. Me quedo aunque broten lágrimas mientras escribo esto, porque recuerdo a mi padre, subiendo en coche, calle Ganduxer, la iglesia redonda, yo en el asiento de atrás y él mirándome en cada semáforo. Me quedo porque viene mamá en primavera a darse largos paseos y luego me da el parte de tiendas. Me quedo por mi amigo Carlos Jánovas, ácido y clasista. Me quedo por esa mujer que estoy conociendo. Me quedo por Angelito, cuántas noches en Tirsa y en otros lugares inconfesables. Y por Ignacia de Pano, una señora de la resistencia, pero la educada, la del discreto charme. Me quedo por Ignacio Iturralde, el mejor tipo que uno pueda tener cerca. Me quedo por el rat pack de los viernes, Ellakuría, Planas, Garayoa y Trillas, últimas voces de la opinión certera y salvaje. Me quedo por los miles de quilómetros de barra acariciados, por el Dry Martini y el maestro Ceferino. Me quedo por el caudal melancólico, estas aceras pateadas, la manera barcelonesa de la memoria. Y miren, me quedo a pesar de todo lo demás. Me quedo porque les jode y querrían echarme, como a tantos otros catalanes. Me quedo contra mis enemigos políticos, qué digo, sociales, estéticos, y sus votos suicidas. Me quedo porque si muero quiero ver cómo morimos todos, juntos, ellos también, por supuesto.

(Nota publicada en Ok Diario)

Vivir sin Podemos

Las contradicciones tumbarán a Podemos como lo hicieron con el mundo tras el Telón de Acero. Cuando Andrópov subió a la secretaría general del PCUS (1982), los adolescentes rusos ya tenían colgado en la pared del dormitorio un póster de Michael Jackson, mientras sus madres llevaban a casa algún bote de berenjenas comprado a un vecino con carnet del partido. El problema de las altas expectativas (a los rusos se les habló durante setenta años del paraíso socialista) reside en la intrínseca dificultad de cumplirlas y la consiguiente depresión ante tal incumplimiento.

La muerte (no tan lenta) de la formación morada se está retransmitiendo en directo, desde sus mismas tripas y corazón, en entrega diaria de tuits cada vez más agónicos y sinceros. Así, leemos al líder máximo que, aprovechando una escena de la última serie que está viendo, amonesta a algún rival mediante sibilina referencia televisiva. O proclama, para ruina de la decencia, que Puigdemont es como un exiliado republicano. La imagen de Iglesias, aunque no se haya reproducido en medios, aparece clara en el imaginario nacional: moño y desaliñada postura, repantingado en el sofá mientras, ahí fuera, un puñado de guardias civiles a la intemperie le protegen. Y la vida sigue su curso. Tenemos también a la señora, ministra Montero por gracia del nepotismo revolucionario, quien alcanza tuiteando la idea cristiana de la compasión, pobre Irene. Ella es más gráfica que su hombre. En los pensamientos compartidos asoma un grito novelesco, ficción de corte Disney políticamente correcta. El suyo es un chillido desesperado, intelectualmente anodino y de una ingenuidad próxima al ridículo. Recuerda a las consuetudinarias batallitas políticas de pubertad en torno a cuatro cervezas: fervorosas, imaginarias, fuera de toda realidad. El triunvirato de la constelación comunicativa podémica se cierra, a la espera de mayores genialidades, con el diputado Echenique. Como un temible Beria, es feroz censor de quienes integran la espuria lista de socialdemócratas, liberales, conservadores, pasotas y libérrimos varios; es decir, todos los demás. Los críticos con el líder y sus tejemanejes orgánicos fueron ya purgados, para gloria del partido. La leche agria es ingrediente principal de la mensajería de este argentino al que el maldito régimen del 78 le paga una magnífica soldada.

Pero las diatribas de esos faros de la política nacional no se limitan a sus adversarios, o sea, a todos menos los independentistas vascos y catalanes (incluyendo a Bildu). Con idéntico salero soviético, su labor ejemplarizante incluye al mismísimo Gobierno, del que forman parte. Esta maravilla dialéctica no sólo obedece a la cultura leninista, poso de épocas estudiantiles. Iglesias, de turismo político y cenas secretas en Cataluña, aprendió muchas cosas del independentismo, entre otras a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. En efecto, y como algunos venimos escribiendo, el procés es clave para comprender el fenómeno Podemos, su éxito en el camino hacia el poder. Una cosa barcelonesa, de elites políticas y económicas nacionalistas, engrasada con los formatos televisivos made in Barcelona.

El título de esta nota, vivir sin Podemos, no es tan alegórico como premonitorio. Hay que desconfiar de los adivinos, si bien el periodismo de opinión también vive de la cabalística. Y no está mal que así sea, siempre que no se anuncie el fin del mundo o del whisky de malta, noticias en exceso desagradables. Mi pronóstico es que el partido lila ha entrado en su fase melancólica madura, antesala de la insignificancia. La prueba más sólida es la literatura (breve y reveladora) que generan sus jefes. Comunicaciones de una ridícula desesperanza, de un inconfesable pero latente temor al castigo ganado, que se materializará en los próximos comicios, cuando los haya. Tengan paciencia, o no la tengan si no quieren, pero un día no tan lejano viviremos sin Podemos. Y viviremos mejor, desde luego.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (VII)

Las ventanas se hicieron para mirar el mundo, o un pedazo de ese. También para encerrar al que mira, enmarcarlo como un deseo. Esto elucubraba yo, después de haber leído algo del profesor Ruiz-Domènec, una mañana inclemente de 1997. Recuerdo la circunstancia de una cita, el reloj advirtiendo la hora de salir y el panorama ahí fuera, un hormigueo de paraguas bajo la ventisca. Era una mujer la que esperaba. Me ajusté la gabardina y pensé en el bello sexo, que, por fortuna, había abandonado las ventanas y bajado de las torres, muriendo la imagen medieval que explicaba el viejo profesor.

De camino constaté que la lluvia tenía el efecto de una descarga de alfileres sobre el rostro, en la justa medida de causar un dolor sostenido. Pero la idea del combate sensual es incluso más fuerte que los dichosos elementos. El romanticismo, reserva literaria, se nutre de las cosas más banales, informalismos de toda ralea, muchos indecorosos. Yo esto ya lo había aprendido en la época que relato. También que la seducción debe tener en cuenta la naturaleza impúdica del romanticismo y modularse. A partir de aquella conciencia, propuse para la cita un lugar donde sólo se comía cerdo cocido y huevos (también cocidos). Un figón interclasista visitado tanto por curtidos obreros de chato y bocadillo de panceta como por abogados y periodistas gruesos, platazo de morro, manitas, pernil, salchichas y botella de vino. El puerco, del rabo a la cabeza, se cocía en grandes recipientes de acero que ocupaban la entera barra, inundando los vapores aromáticos todo el establecimiento. Los camareros eran de una antipatía proverbial, y la comunicación con ellos apenas se reducía a las órdenes propias de comida, bebida y nota. Y a algún gruñido por su parte, un más o menos inteligible “¿mostaza?”

Así las cosas, la tarde transcurrió prendada entre mordiscos a orejas, morros, muslos y gruesas longanizas, mientras el vinillo ayudaba a templar todos los fríos (los carnales y los demás). Del figón nos llegamos a una bodega donde las copas, mojadas de barbaresco, sobrevolaban nuestras cabezas y se posaban en manos y labios, conjuro de la noche goliárdica que venía. Vino y fruta, lecho de púrpura, cortinajes barrocos, maderas centenarias que crujían, lozanas curvas trotando allegro prestissimo con fuoco. ¡Roma, Roma!

La resaca no es algo digno, amén de una crueldad metafórica. La sera leoni, la mattina coglioni. Busqué al amanecer, por los pasillos, el cuarto de baño y, luego, una redentora cafetera. Desde la cocina se veían los tejados de Piazza Borghese. Una voz femenina susurró en mi cabeza un recuerdo, domani andremo da papà, in Toscana. Eso sucedía antes del siglo melancólico. No eran tiempos de culpabilidades inducidas. La libertad y sus accidentes (apelación de la Deneuve) dominaban la imaginación de la mayoría, feliz. Ahora que la mujer corre el riesgo de volver a la ventana, a la torre, fuera de la aventura y del mundo infinito, rememoro las epicúreas jornadas en el castillo toscano, después de la noche blanca, romana. Pero esa es otra historia.

Illa en el camino

Vuelve un señor, nacido en la Roca del Vallés, a las tierras de los catalanes, la suya y la mía. Vuelve tras un periodo en la capital del Reino, con una misión (a juzgar por los datos objetivos) desastrosamente incumplida. Uno podría pensar que vivir una temporada en Madrid a cualquiera le va bien, le es propicio para aprender alguna cosa, como abrir las neuronas y la vista al espíritu liberal, abierto, de aquella gran ciudad. Pero el viaje, la experiencia de sentarse en el Consejo de Ministros y ser la voz del amo en incontables ruedas de prensa, no parece haber mejorado a nuestro compatriota. Ahora se le ha propuesto para una segunda misión, apuntalar el poder socialista con nuevos pactos en la Generalitat, y en tal papel le veremos hasta conseguirlo, si es que llega a hacerlo.

Su campaña ha comenzado con una entrevista al medio del Conde de Godó. Allí ha resumido, con notable sinceridad, el principio rector de sus intenciones: acariciar a la bestia, el nacionalismo catalán, excitado ante la posibilidad (nada romántica) de la independencia. A coste de la marginación social y política de millones de ciudadanos. «Todos tenemos parte de responsabilidad en lo que ha pasado en Cataluña. Todos nos hemos equivocado», ha dicho. Esto no debería sorprender a casi nadie que conozca el serpenteante trayecto del PSC en cuestiones como la inmersión lingüística o la condición jurídica de Cataluña, grandes totems del nacionalismo. Nada que ver con la igualdad y por tanto con el deber (plausible) de un socialista, que debiera ser, precisamente, preocuparse por las desigualdades y no darles cobijo.

Está el poder, con todas las prebendas y tiranteces, sus negocios y acomodaticias dinámicas. Con ese panorama funcionó la España de las Autonomías y fue el nacionalismo (de Pujol) pieza clave en su desarrollo. Casi todo era susceptible de pactarse, excepto la independencia. Lo que sucedió después es harto sabido, está documentado y sentenciado en juicio: ruptura y salto adelante, liberación de la bestia. En las jornadas de octubre de 2017, millones de catalanes observamos un flagrante intento por parte de las autoridades de liquidar nuestra condición de catalanes y españoles. Vimos también quemar contenedores, violentar la paz, atentar contra la convivencia. Los demócratas nos quedamos en casa y sólo salimos a la calle para manifestar pacíficamente que tenemos idénticos deberes y derechos que los demás, que nuestros vecinos enloquecidos y sus líderes autoritarios. El ministro, sin embargo, nos hace a todos culpables por igual. Se trata, a mi juicio, de la mayor ofensa que podría habernos dedicado a quienes hemos padecido el azote del opresor nacionalismo en sus días más enfervorizados. Sigue con la misma agenda, por cierto, candidato Illa, mientras nosotros, catalanes que no traicionamos ni a Cataluña ni a España, nos pudrimos entre su grosera equidistancia y el despotismo patriotero.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (V)

De todas las cosas buenas que uno puede hacer en Italia, el asunto báquico ocupa un lugar preminente. Debe ocuparlo, diría incluso. A no ser que nos hallemos esclavizados por algún tipo de conciencia posmo, poderosa y última enemiga de la civilización. «Donde no hay vino no hay amor; ni ningún otro goce para los mortales», proclama Eurípides en Las Bacantes. Así, una vez nuestras suelas pisen aquel milagro de tierra ensartado en el Mediterráneo, abandonemos prejuicios y adocenamientos, y hagamos volar la cartera. De Italia se debe volver colmado de placeres y sin dinero; o no volver.

Nación que venera el vino, los italianos beben de costumbre poca cerveza, como sucede en el norte de España. Dejemos unos días el hábito gozoso de la caña (madrileñismo) y abracemos, ya desde el aperitivo, los caldos transalpinos, que los hay de toda piel y en divina abundancia. Degustemos un fresco grecanico de Sicilia, quizás frente a un plato de fritura marina, y después una vieja añada de marsala con trenzas (treccine) a la miel, cuales senadores imperiales. Con pasta y almejas va bien un greco di tufo vesubiano, antes de repantingarnos en el hotel y mirar con igual placer que temor al gigante dormido, al otro lado de la bahía napolitana, sobre la villa de Herculano. En la Ciudad Eterna podremos deleitar el gusto con alcachofas judaicas, sesos y un frascati reserva de uva malvasía, servidos por curtidos camareros con pajarita sobre mantel blanco del clásico restaurante Nino (allí comía cierto Presidente della Repubblica).

Conquistando el país hacia el norte, las cosas comienzan a ponerse muy serias a partir de la Toscana, paisaje de viñedos míticos. El que esto escribe, por esas circunstancias del amor, fue invitado una vez a un castillo con lago, señor y vino chianti. El chianti ganó (mala) fama hace décadas por aquellas botellas de cuello largo y camisa de esparto, contenedoras de líquidos infames pero vistosas en los films del último Hollywood dorado. Olvidemos tales dramas: las colinas de Chianti están salpicadas de bodegas centenarias que producen tintos de extraordinaria categoría, astringentes y elegantes como caballeros de otras épocas. Seguramente, así lo afirma su fama, Bolonia sea todavía capital culinaria de Italia, allí donde la exigencia de tradición en el plato se torna tan categórica como salvífica: el recetario antiguo y su puesta en práctica provoca debates encendidos y memoriales de ofensas. Todo un triunfo, esa veneración. Para contradecir un poco el campanilismo (nacionalismo de campanario) yo les recomendaría pedir en Bolonia (región de Emilia-Romagna) una cottoletta alla bolognese (ternera en salsa), pero acompañarla de un chianti (región Toscana) de los marqueses de Antinori.

Decía antes que en el norte las cosas se ponen muy serias. Aligeren crédito, despréndanse de billetes a cuenta de los más venerables vinos de Italia. Hasta un galo cargado de chauvinismo borgoñón o bordelés deberá quitarse el sombrero ante la grandeza de estos y otros nombres de la constelación vinícola sita en Piemonte, Lombardía, Veneto y Friuli-Venezia Giulia: Aldo Conterno, Romano dal Forno, Gaja, Roberto Voerzio, Ca’ del Bosco, Prunotto, Vie de Romans. Allí donde la niebla se espesa y el frío arriba del vasto continente, donde la cocina nos abraza con carnes porcinas, verduras de peso, quesos nobles y guisos de caza, pueden ustedes, también y sin remilgos, enamorarse de las burbujas del franciacorta, elegante, finísimo epílogo de este viaje a uno mismo, a los orígenes vivos de la civilización.