Comunismo de guante blanco

Novedades de Moscú: Alberto Garzón, ministro de consumo. Si esto no refuta cualquier idea fuera de la ironía, que bajen los santones del comunismo y lo vean. El chico, pulcro y tierno, delicado en sus formas cual hijo deseado por toda antañona madre, gozará asiento en la ovalada mesa del Consejo, barniz sobre el que se tratan los grandes asuntos del país. Viendo quién se sentará allí, podemos afirmar que las reuniones tendrán un cariz fantasioso. La fantasía que cubre todo voluntarismo ideológico. Lo creamos o no, la muchedumbre de altos cargos, apretados cada semana en torno al misterio hispano, va a parecerse mucho a un delirante comité central. El de una república popular con Rey, con sus aplausos, sudores y codazos fratricidas. Hay una imaginaria España, un palacio de los sueños, y dentro un señor desmedidamente voluble que, en su desmesura -quizás en su narcisismo- ha querido un consejo de ministros superpoblado. Iberia, sus inmensos y cruentos problemas de los que indudablemente la derecha es culpable -cambio climático, toros, caza y violentos machos- necesita al ejército de salvadores. Fervorosos bolivarianos para quienes, por lógica de sus flácidos principios, Felipe González (y algún barón) debe ser un fascista de tomo y lomo.

Ahí tenemos a nuestro Garzón, en casa con camiseta de la República Democrática Alemana (dictadura que se derrumbó hacia 1989) y en su boda de chaqué, flamante jefe del consumo nacional. ¿Un chico comunista dirigiendo la más asquerosa circunstancia del capitalismo, el consumo y todos sus alambicados intereses y vicios culturales? En este asunto, Sánchez ha podido mostrar tanta ironía como aquel Montilla que, presidente de la Generalitat, nombró ‘conseller’ de interior a Joan Saura, marxista con Porsche. Anuncian las trompetas progresistas que las primeras medidas a tomar para el asunto del consumo van a centrarse en lo que nos llevamos a la boca, a la comida me refiero. Señoras, señores, niños y niñas: comemos demasiado, y cosas que no nos convienen (ahora cobra sentido la camiseta de la RDA). En cualquier caso, Alberto, zurda colección de demagogias, parece encantado por la cartera recibida. Es la eventualidad de la política, sincretismo obligado. Ni el califa rojo Anguita en épocas gloriosas (2.600.000 votos, 21 diputados frente a los 5 de Garzón en las últimas elecciones) traicionó con una poltrona los principios del materialismo histórico. Son otros vientos los actuales de la izquierda, preocupada mayormente por intereses particulares. Hay que alabar la gallardía garzoniana de parlamentar soflamas mientras se acomoda en los salones del Reino más viejo de Europa. La imaginación política no conoce confín. Ministro cocinitas, qué hubieran hecho de ti Honecker y su Stasi al verte viajar en primera clase (¡todavía hay clases!) e inclinarte ante un monarca. Tuvimos en la Transición el eurocomunismo (antisoviético) de Carrillo, presentado en sociedad por Fraga, tiempos de pacto y finezza. Ahora, de la mano del genio tenebroso Sánchez, llega al poder el comunismo de guante blanco. Estética inconsistente de camiseta y frac, repica mientras anda en procesión. Merodea por palacio, las horas nos dirán en qué medida logra agostar esta achacosa monarquía constitucional, cargada ya de enemigos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Barcelona se va

El año 2001, Pascual Maragall publicaba en prensa (El País) un artículo de título ‘Madrid se va’. Este señor, hoy enfermo, no habitaba todavía el despacho de Palau, fortaleza que conservaba Pujol. Lo haría dos años más tarde, en 2003, gracias al desgaste de Convergencia y bajo el aura recordada de la Barcelona olímpica. El argumento principal del citado artículo era la potencia de la capital; la advertencia del mismo se fundamentaba en la periferia, aquellas otras urbes en los bordes peninsulares. Madrid, según el entonces líder del PSC, ‘se iba’, jugaba en una liga internacional de ciudades, obviando su papel de centro político del Reino. Mientras, otras como Barcelona, Valencia o Bilbao quedaban en la España que a la capital interesaba ya relativamente.

Así, Maragall exponía que el Reino estaba siendo descuidado por la vanidad (el crecimiento) de la capital, a quien ya sólo importaban las lejanas regiones en la medida que pudieran servir a su vorágine. Desde un punto de vista político y en clave interna, el programa o caramelo que el futuro President ofrecía era una adaptación del tradicional catalanismo a un positivismo ‘republicano’. La superación del ‘problema catalán’ por vía de la ‘catalanización de España’. Algo que, si ya era viejo en la idea, trataba de ofrecerse como alternativa a la manera de funcionar de Pujol, un comerciante de competencias que despreciaba íntimamente a España.

Después de esto, Maragall quiso superar el problema histórico por otras vías: buscó borrar la honda huella de su predecesor haciéndose más nacionalista, mediante un Estatut que nadie quería ni necesitaba. Aquello resultó, aun artificiosamente, el comienzo de un desastre, la aparición -según fábula del vocero Enric Juliana- del catalán enfadado: en realidad del catalán infectado y manejado por intereses políticos que le eran ajenos.

Han pasado casi veinte años de tales asuntos. Sólo un enajenado o un imbécil político podría resumir este tiempo como constructivo. Siquiera bueno en algún sentido. Barcelona ha perdido miles de empresas, ya no es modelo de nada positivo y los dirigentes políticos se comportan como chiflados. Las elites económicas permanecen ocultas, protegiendo su patrimonio. Hay masas profundamente ideologizadas, al margen de la realidad. Ha habido un asalto nacionalista a la Ciudad Condal, que tardará décadas en recuperar la confianza y el prestigio de antaño. ¿Y Madrid se ha ido, como afirmaba Maragall en 2001? Pues no, no se ha ido a ningún lado. Ha crecido, ha ganado vigor desde entonces; es ahora una de las ciudades europeas más interesantes, con más oportunidades. La que se sí se ha ido es Barcelona. Y no precisamente a jugar una liga mejor, sino a la competición de la decadencia. Una oscura liga de la que es harto difícil ascender.

(Nota publicada en Ok Diario)

La Cataluña alucinada

El año 2009 se celebró en Barcelona una exposición titulada Iluminacions. La Catalunya visionària. Estaba organizada por el Centre de Cultura Contemporània (CCCB) en colaboración con la Generalitat. En líneas generales, la muestra trataba de ofrecer una idea de Cataluña a través de algunas manifestaciones artísticas, iluminaciones creativas desde el Románico leridano a Gaudí, Brossa o Dalí. He querido rescatar el catálogo, coeditado por el Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona. Conforme avanzaba en su lectura, coincidían en mi mente dos torrentes de memoria, o recuerdos si prefieren. Uno traía las viejas perversiones del catalanismo (el pensamiento contemporáneo principal sobre Cataluña) y el otro aportaba el lodo de los desastres acumulados en estos últimos años. Ambos formaban, al unirse, la caracterización de una criatura henchida de ensoñaciones autocomplacientes, formuladas y repetidas con insistencia en las décadas pretéritas. Iluminaciones que figuran como un singular capítulo dentro del canon catalanista. 

En el mencionado catálogo, Pilar Parcerisas daba cuenta de algunas: “Cataluña ha sido un espacio de deseo, de sueños incompletos y no conseguidos”; “En Cataluña se fusionan los dos sentidos de la utopía […], el que reflejan los utopistas «imaginarios» y «fantasistas» y el que ponen en marcha los reformadores sociales”. Unas páginas después, Joan Ramón Resina reconocía en el individuo catalán una circunstancia diferente al resto del mundo: “El catalán es el único ser del universo que «sueña con tortillas». Y que tan pronto «sale del huevo» como «devora curas».”

En todo caso, las iluminaciones se comprenden (bien) en el marco de una obra colectiva, sea el submarino de Monturiol, los pastiches escatológicos de Tàpies o el ojo ubicuo (y clínico) de Zush. De hecho, Resina prolongaba así, fervor poético, su fantasía compartida: “Hace más de un milenio que la sangre de Wilfredo sostiene una creación política con la consistencia de los sueños”. Veamos. El devenir (romántico) de este imaginado país está trufado de reveladores hechos. Sujeto a los humores del molde epistemológico del catalanismo. Del siglo XX, podemos resaltar sus momentos álgidos (lamentos y pataleos históricos) como factores computables a la idea abstracta de la nación. Esto se halla, preclaro, en Prat de la Riba, tótem intelectual de Jordi Pujol. En perspectiva, y como deberíamos haber temido, el asunto de Cataluña es espiritual, mágico. Y el catalán, un ser extraordinario, cautivo de tales fuerzas simbólicas. La problemática catalana (y la asunción orteguiana, de moda otra vez), su sucesión de episodios nacionales, son fantásticas iluminaciones. Identifico en dicho encantamiento, o trance, tanto los sangrientos meses de Companys president (habría gritado, antes de ser fusilado: “¡Por Cataluña!”) como la sincera, profusa militancia franquista catalana durante el régimen del general, indistintamente.

Esos episodios podrían calificarse coyunturales, servidumbres a los tiempos, si no fuera por la magnífica energía que este rincón de la península ha producido y produce en cada época, bajo cada régimen aunque sea antagónico al precedente. Según la hipótesis alucinatoria, conviene citar más ejemplos, quizás menos célebres que los de los años treinta, pero que constituirían una tradición renovada. De toda la legión de delirios contemporáneos, fauna de grupúsculos maoístas, prosoviéticos, marxistas-leninistas, promarihuana, anticapitalistas, asociaciones excursionistas y caus, destaco a Lluis Maria Xirinacs. Sacerdote, enlazó hasta cinco huelgas de hambre a partir de 1970, la primera de ellas en solidaridad con los etarras procesados en consejo de guerra en Burgos. Su pensamiento, razonado en un diario personal, mezcla cristianismo socialista con nacionalismo, muy sensible a los derechos de los pueblos propio y vasco. Entre sus notas, en las que aflora una personalidad bondadosa y politizada, hay este pasaje: “Hace cinco meses que se alzó una gran ola en el mar. Era agosto, el tiempo del calor. Entré en contacto con los héroes del siglo XIX y del XX, aquellos hombres que luchaban y que luchan de verdad por el pueblo. Y decidí jugar del todo a favor del pueblo. No fui yo quien lo decidió.” Xirinacs se suicidó, el año 2007, en los interiores de un bosque. 

El sentir político puede causar verdaderos fulgores de creatividad. Joel Joan (actor y admirador de Xirinacs) reconocía, oh lirismo, que “la independencia [de Cataluña] es un estado de ánimo”. En los interminables anales de las cosas dichas y escritas en estados alucinatorios, pasajeros o permanentes, el asunto de la Historia atesora enjundiosos capítulos, estupideces en grado sumo de paroxismo. Para tal labor ha trascendido últimamente un señor de apellido Cucurull. Afirma, al calor de esa alucinación colectiva denominada procés, que Cervantes, Santa Teresa de Jesús o Colón eran catalanes. En el ambiente historiográfico, la fama de este personaje puede causar risa o malestar. No obstante, un catedrático (Sobrequés) observa: “hoy día, no hay postura más inteligente para un catalán que ser independentista”.

La lista de deslumbramientos parece harto extensa. Y aunque debemos tener en cuenta que las palabras de Joan y Sobrequés -por seguir ambos ejemplos- buscan, sencillamente, acomodarse en el enorme sistema de prebendas catalán, cumplen su función cegadora. Alimentan al pueblo llano: piénsese que en algunos villorrios los vecinos han salido de noche por las calles portando antorchas (paganismo de estética nazi) y que, en Terrassa, un bolardo fue objeto de ofrendas patrióticas. Si el procés puede entenderse como una reacción de ciertas elites catalanas al perder la hegemonía política (los hitos de tal pérdida son los tripartitos de izquierdas, 2003, 2006; el caso Palau, 2009; el caso Pujol, 2014), sus efectos alucinatorios han gozado de enorme implantación. Consuetudinario hechizo de las masas, cautivadas: desfilan por los escenarios (televisivos, mayormente) voces autorizadas iluminando a la crédula plebe con un argumentario delirante. Estos señores, -alguna señora también-, creadores de opinión pública, fingen, son asalariados de una causa. Sin embargo, en algunos casos particulares la enajenación ha podido resultar sincera. Carme Forcadell, presidenta del Parlament cuando se violaron el Estatut y la Constitución (2017), confesaba a su abogado, a las puertas del juzgado en que le esperaba Llarena, que no podía creerse la situación: según ella, nunca hubiera imaginado cualquier circunstancia que no fuera vivir en una neonata República Catalana.  

Así, el momento catalán, borrados ya los ecos de Pla y su idea del compatriota pragmático y melancólico, pone de relieve que el deslumbramiento recurrente, aunque adormecido en algunas épocas, sigue transitando cual flujo histórico. Una suerte de llamada de la naturaleza a la que muchos catalanes no pueden resistirse. En tiempos de Dante, la gente tenía visiones, era un “significativo, interesante y disciplinado modo de soñar”, según T. S. Elliot. Podría pensarse, con rigor, que aquellas legendarias visiones medievales y modernas fueron relegadas en Europa a la oscuridad. Sin embargo, un rincón del continente, Cataluña, hoy, vuelve a ser tierra alucinada, extraña en cualquier caso a las virtudes que el poeta inglés identificaba.

Apuntes electorales (epílogo)

Finaliza con esta nota una serie de género electoral por la que han desfilado nuestros queridos candidatos, la efervescencia política y los aviesos acontecimientos de Cataluña. El panorama, siento comprobarlo, guarda similitudes con los funestos años treinta, cuando los movimientos populistas catalanes presentaban gran vigor y el parlamentarismo madrileño se entretenía en simbolismos, en los recelos que llevarían a la guerra. Una gracia de España, tanto insistir en la ‘memoria’ y no en la ‘lectura’, es que sus aventuras políticas resultan siempre merecidísimas. Auténticas e inapelables hazañas del sentir con el pecho desnudo y la nación en el horizonte. El vigor hispano, tan poético, viene de las criadillas. No culpemos a los políticos por representar tan bien nuestras íntimas filias y fobias, nuestra absoluta carencia de un sentido de orden. El gobierno en ciernes posee todos los óxidos seculares. La mentira más o menos piadosa, las lecciones del Príncipe, se presuponen en el político; Sánchez, además, aporta una posmodernidad voluptuosa. La semana pasada lanzaba mis cábalas recordando el bipartidismo, aquel mundo de ayer que muchos añoran pero no volverá. Con el nuevo Ejecutivo vamos a ahondar en las nostalgias. Los mimbres humanos a disposición no permiten ilusiones, nos haría falta desenterrar no al general, sino a Suárez, a Fernández-Miranda, a Fraga y a Carrillo. En el gran debate televisivo de la semana pasada, el nivel intelectual fue espeluznante, aparte de ciertos detalles muy divertidos, como la gestualidad del beau Sánchez o la extraña telegenia de Rivera. Ya no veremos a Albert en los estrados, ha rodado su cabeza por la inconsistencia de las decisiones tomadas y porque, insisto, hay una inclinación de fondo a recuperar grandes bloques, tras esas aventuras emancipatorias, tan sañudas (Podemos, Ciudadanos). Con Iglesias de vice se abre una etapa, también inéditos bríos para los comentaristas. Aquí seguiremos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (VII)

(Carteles electorales, en plan Rauschenberg)

La campaña afronta sus últimos días y los elementos que se arremolinan en torno (periodistas, fieras en nómina de partido, amigos políticos) comienzan a gastar tono profético. Algunos, circunspectos, lo hacen con prosa trémula, modulando las ganas de acertar en algo. Es normal, cuesta ganarse el pan y decir cosas originales; no digamos acertar la quiniela del poder. Así, se va introduciendo en la opinión pública una suerte de pesimismo que anuncia nuevas elecciones a la vuelta de Navidad. El mensaje cae cual reprimenda a esos políticos profesionales que no saben ponerse de acuerdo para gobernar el país más complicado del mundo, exagerando un poco. Fatalidad, los sondeos indican que Sánchez, el bello interino, podría haberse equivocado confiando al tiempo y al pueblo la solución a sus problemas con los demás. Veamos, el panorama tras el rito de las urnas podría traer, oh melancolía, el inconfundible perfume a bipartidismo. En cierto modo, sería el cierre político de la crisis, que comenzó siendo económica, luego tele-populista y al final ha atenazado las mismas patas del régimen. La formulación simple, psicológica, que estaría invadiendo ya el anhelo de una mayoría de compatriotas es que desde el fin del bipartidismo aquí todo han sido problemas. E incluyo a los dirigentes catalanes, encantados en aquellos tiempos de turnismo en Madrid. Dicha circunstancia, o toma de conciencia, arrojaría al tablero de los pactos una apuesta por la centralidad, las formas ideológicas de la madre Transición. Liquidado Ciudadanos (un suponer) y domeñadas Unidas Podemos (una realidad), volvería a iluminarse la idea de una Große Koalition (gran coalición) PSOE-PP en loor de la responsabilidad. Beau Sánchez tendría entonces la posibilidad de transformarse en estadista, y aquí paz y después gloria. La pureza quedaría depositada en VOX, reserva espiritual, y los dinosaurios harían lo que mejor saben, gestionar el BOE. En cualquier caso, hará falta el empujón del IBEX y algún latigazo de Bruselas para tamaña operación. Pérdida de la inocencia, la terrible responsabilidad del gran pacto. Abandono de la adolescencia guerracivilista (periodo Zapatero) con la exhumación de Franco como última farra: España se hace, al fin, adulta.

Cataluña ha sido el tema (casi el único) de la vida nacional y, por supuesto, de este ya largo periodo electoral. El conocido farol de la independencia (Ponsatí dixit) se pergeñó para no perder hegemonía, si bien ahora parece que el farol estaba cargado de gasolina. La violencia callejera ha dado paso a una acampada de universitarios jugando a su revolución, en medio de la Gran Vía. Uno piensa qué suerte correrían estos cerriles en una universidad menos vendida al nacionalismo. O en un país menos amable, menos mediterráneo. En la Ciudad Condal, con motivo de los premios Princesa de Girona, el lunes una turba nacionalista agredió impunemente a quienes acudían al acto. Al empresario y concejal Bou le salvaron del linchamiento su aplomo y un guardia urbano de paisano. La visita del Rey es afrenta que el independentismo aprovecha para seguir hundiendo la imagen y la vida de dicha urbe. No ha faltado en este episodio el inestimable y siempre equidistante sostén de la izquierda nacional-iletrada: Ada Mal Menor planta al monarca, también Torra y compañía. Resulta ya tan difusa la distancia de los Comunes (Podemos catalán) respecto al nacionalismo como lejanas sus aspiraciones justicialistas, aquello de alcanzar el cielo y los sentimentalismos insurreccionales de papá Roures. La antorcha del politiqueo patrio más rancio (demagogia, nepotismo y sillones) la porta, campeona, la señora Colau en la segunda ciudad de España.

La frase de la semana: “La promiscuidad que hay en el Congreso… Hay veces que abres la puerta de un baño y dices: ‘hostias’… la cierras y piensas que de eso no puedes hablar.” (Pablo Iglesias)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (VI)

(Single del grupo Kortatu, 1986)

No ya esta rara campaña electoral, también los equilibrios sobre los que se sostiene el actual régimen constitucional tienen en Cataluña su punto crítico. Los detalles resultan hirientes, nadie añora el tradicional juego de mercaderes (“interlocutores”): lo que sucede hoy al noreste de España posee el tono guerracivilista, autoritario de tradición. Estamos en la justificación abierta de la violencia (Paluzie). Recordemos el camino andado hasta aquí. Cuando se inició formalmente el procés, sucedieron cosas antes impensables en Cataluña, al menos en la Cataluña pujolista. La circunstancia inaugural, el hecho grave, había sido la entrada de la policía al Palau de la Música con una orden judicial de registro. Digo inaugural porque su significado no era otro que un ataque sin paliativos a aquel régimen, sistema (oasis) en que las elites convergentes eran hegemónicas e integradoras. Las grandes empresas disfrutaban de amparo y complicidad por parte de las autoridades: una relación armoniosa entre gobernanza y negocios. Como sabemos, la corrupción (el famoso 3%) constituía el combustible que hacía funcionar el entero tinglado. Pero alguien decidió acabar con aquella “música celestial” (Manuel Trallero dixit) mandando a los mossos al templo de los coros y las mordidas. Y en eso se encomendó a Artur Mas una misión política delicada, pensada como una defensa de los interesados cual gato panza arriba. Su procés y las repetidas convocatorias electorales, en que CiU iba extraviando escaños, son el cuento de la pérdida de hegemonía. Un efecto encantador fue ver a las viejas y debilitadas elites del catalanismo subordinarse a un partido antisistema (CUP) al que habían votado sus propios hijos. Pidieron la cabeza de Mas y, por otra parte, se dedicaron, con el dinero y la repercusión que les dieron entrar en las instituciones, a un juego del que ahora vemos consecuencias elocuentes: la violencia. El diputado David Fernández (“el chico de la zapatilla”) invitó a Otegui a pasearse por Cataluña y establecer vínculos políticos entre el que fuera partido de ETA y el renaciente nacionalismo radical catalán. Independencia y socialismo, lemas compartidos. Después de eso, hemos tenido oportunidad de ver al de Bildu en las calles, recibido como un ídolo. Lo ha hecho estos días electorales, también, por supuesto. La operación, iniciada en 2012, ha dado frutos. La kale borroka luce mejor imagen que la policía entre el President Torra y las organizaciones de masas independentistas. También toma formalidad en la “Declaración de la Llotja”, excreción que habla de ‘conflicto’ y de una ‘mediación internacional’: asimilación del lenguaje filoetarra. Hay, por consiguiente, una fase última del procés en que el imaginario abertzale tiene su peso, su influencia. Se ha hablado en medios de la incursión de personas venidas del País Vasco en los lamentables incidentes de estos días. Barcelona en llamas, panorama antes inconcebible: ulsterización, fanatismo, incapacidad política de remediar nada. En definitiva, lo que debía ser una semana electoral (y estos unos apuntes sobre mítines, declaraciones, rumores y encuestas) queda sujeta al postrer capítulo del suicidio de la burguesía catalana, barcelonesa al fin. En contraposición, cientos de miles de ciudadanos no nacionalistas se manifestaron el domingo pacíficamente, con urbanidad, en la Condal urbe. Imagen inversa a la inmoralidad de un Torra que cortó una autopista o a nuestra alcaldesa Ada Mal Menor, quien se ha declarado partidaria de que la jefatura de policía abandone Vía Laietana. La nueva izquierda (o izquierda iletrada) sigue cooperando con el retrógrado nacionalismo.

La frase de la semana: “Nota para equidistantes, terceristas y mercaderes varios: no pienso aceptar que un condenado por sedición y malversación y yo tenemos razón a partes iguales y debemos encontrar el equilibrio entre la democracia y sus delitos.” (Alejandro Fernández, presidente del Partido Popular en Cataluña)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (V)

(Enric Satué)

Siete días apuntando las cosas de los políticos, y qué semana, señores. Este puede ser el proceso electoral más extraño de nuestra historia, si exceptuamos aquellas (fraudulentas) elecciones municipales de 1931 que hicieron caer la monarquía. Tiene el momento un tufo a cadáveres inmemoriales, regeneración por vía del historicismo más bobo. El general Franco ha salido de su tumba a petición del PSOE. La violencia catalanista se apodera de Barcelona, homenaje a Companys. Las izquierdas radicales aprovechan la coyuntura para su entretenimiento ideológico predilecto (sean las circunstancias las que sean): reprochar que la policía haga su trabajo. Hasta qué punto esta nueva izquierda ha quedado reducida a bufonada lo demuestra la afectación de actor de relleno. El procés y su derivada violenta resulta fascinante para quien tiene enquistada la idea más funesta (negra leyenda propia) de España. En otro lado del Reino (la pequeña Europa), parece que la derecha de las tradiciones y singularidad hispanas ha llegado para quedarse. Lo llaman “fascismo” sólo quienes no han leído un libro sobre los años treinta y los que juegan con desechos intelectuales. En cualquier caso, el voto mayoritario expresa el deseo de orden sin llegar a ensoñaciones imperiales, según apuntan encuestas. De alguna manera, la lección política es que siempre acabamos volviendo a la patria amada, tras las aventuras. Cuánto suspira el Presidente (en funciones) por ganar treinta escaños y coronarse rey de la circunspección. El personaje Sánchez no es tanto un político gestor como una criatura a lo Mitterrand, interesada, dedicada exclusivamente al juego del poder. No deberíamos alterarnos en demasía, a pesar de las piruetas, de las palabras y fotografías de nuestro beau: las clases medias siguen ideológicamente donde deben, en el medio, el espacio señalado por Madariaga. Por otra parte, Cataluña prosigue su particular descenso a la nadería. Con un furor inaudito, aunque las fiebres catalanas resultan invariablemente pasajeras. La semana de violencia es el estertor, podrido, del procés. Perversiones del discurso populista, el fuego acabará consumiéndose como se consume la pasión, desmesura. Que el Estado existe lo demuestra la actuación del cuerpo policial catalán dando palos a la muchachada del President. O más bien a la prole de la vieja burguesía barcelonesa, que se encantaba la noche del sábado en los palcos del Liceo gritando ‘libertad’ mientras els nens perdían la virginidad en cuestiones de fogatas y carreras ante la policía. La semana, en efecto, trajo pesadumbre: desde el balcón de mi domicilio vi contenedores arder, independentistas ‘de uniforme’ (sudadera negra y capucha), ultras, leñazos, cristales rotos, turistas huyendo despavoridos de las terrazas y al chino del bazar mirando tras la persiana bajada. El fuego, purificador, podría simbolizar el fin del sentimentalismo catalán, que tiene el alma en la cartera. Decía aquel Aznar educado por Gimferrer que Cataluña se rompería antes que España. Algo así también temía (en la intimidad) Pujol, excursionista y versado conocedor de esta tierra, de ahí su obra homogeneizadora del poble català. Sin embargo, después de esta trágica semana, Cataluña volverá a los trabajos y los días, a las querellas entre elites políticas, a aquella condición orteguiana que le es propia.

La frase de la semana: “¡Fuera, fuera, fuera!” (dedicada por la turba independentista a Rufián, que tuvo que irse de la manifestación).

(Nota publicada en Ok Diario)