Colau y la revolución

A estas alturas del nuevo siglo, descartadas catarsis imaginativas, podemos afirmar que la revolución ha muerto. O al menos, no se la espera como antes. Eso que llamamos ‘opinión pública’ y los mecanismos cínicos del sistema democrático han acabado con ella. Quizás a Pedro Sánchez le apetezca, por vanidad, darle el puyazo nombrando a Iglesias ministro de alguna cosa. En verdad, y después de los denodados trabajos de la elite podemita estos años, vemos perecer, por fin, al monstruo. Sus últimas apariciones, en España, obedecen a lo que Marx calificaba de “miserable farsa”.

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Mundología barcelonesa, un club en las Ramblas

El taxi trazaba, ritmo indolente, el asfalto de las Ramblas. No sonaba al saxo la melodía de Bernard Herrmann para la pieza de Scorsese, tampoco era de noche, pero caía una fina lluvia sobre el capó y el destino de la ciudad. Dentro del auto, un modelo Skoda del que nunca debieron producir tantos ejemplares, todos los olores del mundo. Una voz metálica, monótona, era la banda sonora del trecho. El conductor miraba impávido al frente, diría que se amansaba, con cierta desgana, en la letanía urdú que exhalaba un viejo Samsung enganchado a la guantera. Me fijé en su nuca montañosa; de vez en cuando, como un automatismo, la acariciaba la mano derecha, quizás un gesto reflexivo al inalterable sermón del móvil. 

Fuera, tras la ventanilla, vi multitud de tipos humanos, y todos tenían un común denominador, como si hubieran sido producidos en la misma familia y bajo idénticos preceptos: eran turistas. A pesar del tiempo, un tanto desapacible, destapaban considerablemente sus cuerpos, piernas al aire, brazos desnudos, barrigas al viento, conquistadores de la augusta Barcino. Advertí un gusto generalizado por la fruta, muchos de ellos portaban macedonia en vasos de plástico, mientras se admiraban de las maravillas que el viejo bulevar les había reservado. A ellos, venidos de una aldea de Lusacia o de un suburbio de Liverpool. Camisetas del Futbol Club Barcelona, estatuas humanas, coloridos menús kebab y, al fondo, Colón señalando al mar.

El taxi se detuvo, aboné el viaje y bajé; lo vi alejarse como un hastío, el convencimiento de nuevos encuentros con sus profundidades, hundido el culo en los asientos de skay. Atravesé una fila de blondas que esperaban el turno para comprar helados y empujé la puerta de un club. Qué bien hacen ciertas puertas cuando se cierran a nuestras espaldas. Asia y el imaginario guiri con chancletas quedaron atrás, fuera de un mundo en que el silencio, la breve bienvenida del bedel y las maderas viejas eran alivio. La secuencia guardaba otros hitos: un busto de Juan Carlos I, la placa de los socios “caídos por Dios y por España” y el ascensor modernista más longevo de Europa. 

Luego, encadenándose, vinieron felices coincidencias. Sobre un mantel blanco, habas a la catalana, albóndigas con sepia, vino de la Rioja; compartiendo mesa, la policía exquisita y el periodismo noble (existen, sí, ambas categorías). Por los ventanales veíamos ríos humanos, coloridos, revueltos en nacionalidades. Parecía una corriente de cándida dicha, aunque la calle está en su momento histórico más vulgar e impostado. Desde el club podía corroborarse este extremo, también la alucinante pérdida de influencia de sus socios. Hay un deporte barcelonés y burgués predilecto: el lamento. No cejan las elites en su empeño de parecer y comportarse como perfectos burgueses -el patrimonio a salvo-, si bien, gracias al procés, han acentuado su provinciana sombra. Ya se murmura en los salones, entre cuadros de Ramón Casas, dorada época, el riesgo que acarrea pintar muy poco en política. 

El policía, albóndiga ensartada en un tenedor, recordó la furgoneta asesina de 2017, los bolardos y las miserias morales que, puntuales, afloran tras ese tipo de crímenes. Pero el tiempo es un fin en sí mismo, reviste de olvido y desdén todas las tragedias, invariablemente. Las Ramblas soportaban su historia, ya hecha de baratijas y paellas congeladas, indómita de noche. En el club, al lado del piano, el cristal se emborrachaba de Laphroaig. Nos hubiéramos quedado allí, entre hilos de tabaco, hasta acabar el siglo. Observando el definitivo trance de la ciudad.

Salvados

Los últimos gritos del empoderamiento político (que debemos ya dar por resuelto) son una niña atormentada por el planeta (Tierra) y la diputada más joven del Congreso. El juicio a los movimientos antisistémicos, desde Robespierre más o menos, se ha hecho con bayonetas y letras, librando batallas intelectuales y propagandísticas. Con la postmodernidad, el sistema aprendió a darle al pueblo su propio opio, la vanidad, que resulta era la misma golosina que inspiró a Marat y los suyos. Benetton, o su publicista, tuvo una premonición tras caer el muro de Berlín y llenó Occidente de mensajes incorrectos para vender más camisetas. Luego, como es consuetudinario, lo incorrecto se fue tornando nueva corrección y los irreparables melancólicos se vieron confinados a las catacumbas intelectuales. Cosa sofisticada, un sistema que juega, en apariencia, a la ruleta rusa. Aunque los enemigos no son lo que eran. Quizás la deriva reaccionaria de la izquierda, Ovejero dixit, sea el postrer modo de esta de amoldarse definitivamente al capitalismo (vencedor).

En todo caso, vamos a los últimos chillidos. A partir del primero -Greta Thunberg- puede establecerse que al público sigue conmoviéndole una Baby Jane. Y permanece en la reserva de los lugares comunes cómo suelen acabar estos prodigios inmaduros, cuando ya no entretienen a nadie. Muñecas rotas, habrá que llamarlas para no ofender al género de la gramática. La niña Thunberg reúne todas las condiciones para una historia triste, un drama del gusto de Hollywood dorado, con familia singular, intereses oscuros y la tierna debilidad y descaro de la protagonista en cuestión. Un cuento de franca humanidad. En un orden menos interpretativo, ensombrece el ánimo observar a grandes instituciones (ONU, Parlamento Europeo, donde ha discurseado la criatura) celebrando tan grotescas funciones. 

De niña a mujer: nuestro segundo grito se llama Andrea Fernández, cuenta veintiséis años y es diputada por el grupo socialista. Esta cumplida empoderada se ocupa no tanto del inminente apocalipsis, sino de los desórdenes del heteropatriarcado, tiránico régimen del que todos los hombres por el solo hecho de serlo somos responsables. Y los vicios inmundos que nos entretienen. Nuestra salvadora se postula para la imperiosa censura (el eufemismo es necesidad de regular), orientando su sensibilidad benefactora hacia la pornografía. En su argumentario de intachable reaccionaria brilla la categórica afirmación de que el porno “educa a las manadas”. Hay en tal asunto una feliz sincronía y sitúa a la izquierda en lo más alto de la decencia, ese recato de naftalina que advierte sobre la degeneración: los prohibicionistas de la pornografía tienen a una diputada en Cortes.

A riesgo de parecer inoportuno, no diré cabal, cabría una objeción general a ambos ejemplos citados, y se refiere a las fuentes: Greta no es una experta en el clima, siquiera ha tenido tiempo todavía de entrar en la Universidad ni, seguramente, leer las páginas del viaje de Ulises en que se describen olas gigantes y poderosos vientos provocados por el rayo de Zeus, que agitan el vinoso ponto; en cuanto a Andrea, nuestra compatriota, sus diagnósticos resultan tan aventurados como la edad que los proclama. No faltarán conversos entusiastas de su cruzada y bosquejos de hombres nuevos que activen un control parental en sus móviles y ordenadores. Por último, y respecto a la correspondencia entre estas dos cándidas ideológicas y las instituciones que las arropan, fascina la imparable conquista y triunfo de la imbecilidad.

Maribel

Ella vino de un tiempo en que las bombas enloquecían España. Su padre reparaba obras públicas conforme la guerra se iba retirando. En las cronologías últimas de este país, aturdido por cierta memoria, no cabe elusión a unos hechos tan rocosos, nuestros belicismos y el régimen nacido de esos. En todo caso, de guerra a guerra viajamos por la historia, y a Maribel lactante le tocó la suya, sin más heridas de las que una tierna conciencia pueda comprender. Un abuelo asesinado y la severa capa de dolor, esperanzas y penumbras en postguerra, tal y como Pla, por ejemplo, nos contó.

Más tarde, adulta, fueron dos los escenarios. En el ámbito del largo veraneo, Ibiza. Toni Roca, en Diario de Ibiza, anunciaba con alharacas su llegada a la isla. Allí conoció y compartió vida con un insular, Albert, el hombre de las mil exposiciones. Por aquel tiempo, el precepto del gold gotha mundial era poder refugiarse en algún lugar bello y, sobre todo, discreto, donde nadie molestara. Y la isla fue tal refugio. Rescato un poco el ambiente, del que tengo imágenes fijadas: Julio Iglesias en Sausalito, la casa cercana de Ursula Andress, el viejo Pachá de Urgell, la boutique Paula’s, los desayunos continentales en la terraza del Montesol, las comidas en Can Alfredo, cuyo propietario en realidad se llamaba Juanito. La crónica se tejía con Luís Cantero, que un día organizó una sesión de fotos (con chica, claro) en el jardín de casa; con el cántabro Josechu, en el restaurante S’Oficina y las alargadas sobremesas; con el torero Augusto y su coyote; con el vecino Víctor Palomo, piloto de motos, lisiado, que llegaba hasta la orilla del mar, tiraba las muletas y se lanzaba como desde la línea de salida. 

Y Formentera. El guiso de tortuga, el viejo Seiscientos que transportaba desde Ibiza la barcaza Joven Dolores. Gabrielet, intérprete del clasicismo, amigo en Roma de la reina Victoria Eugenia, dibujó aquella lagartija azul que luego la masificación hizo estandarte de la menor de las Pitiusas. Allá compró Maribel un chiringuito, Can Tranquil, a donde acudía el citado artista a tomar una cerveza y darse un baño con su cabra. En la extraña selección que el bisturí de los recuerdos disecciona, están las botellas de Pepsi Cola y, bajo cada chapa, un dibujo de los planetas del Sistema Solar. Esto sucedía a finales de los setenta. No había italianos catetos con camiseta de Dolce&Gabbana, ni futbolistas comiendo langosta mauritana, ni esa pasmosa legión de belleza eslava que entiende el mundo como un inacabable tocador. La libertad puede desplegarse, en efecto, como un campo de afectos letales, ofensivos.

Fuera del veraneo, en Barcelona, Maribel dio clases de filosofía, y fue queridísma de sus alumnos de un colegio de San Gervasio. Parece ayer, los actuales campeadores del independentismo, en silencio, tomando notas sobre Kant. En la ciudad Condal gustaba ir al restaurante Pitarra, las manitas de cerdo, el ambiente de artistas conocidos y burgueses que bajaban a las calles angostas a comer y luego darse una vuelta por los laberintos de la vida. 

Hija de los dioses de la ternura, Maribel marchó este mayo del mundo material. La última vez que la vi, en la clínica, cogí su mano y ella apretó la mía. Era una mano temblorosa, frágil en apariencia. Me pareció su energía el mensaje concentrado de toda una vida, los tiempos en que me llevaba a Plaza Cataluña y me compraba almendras garrapiñadas y un balón de plástico; del amor que nos iluminó, que nos hizo discutir a veces, de este sentido pletórico que ahora han tomado las cosas, con su tragedia. Leí en los Essais que las penas nada arreglan porque lo hecho no tiene vuelta atrás; lo traslado a la íntima tristeza, no sé si sirve como ejemplaridad. Queda el objeto del afecto, el hilo de las añoranzas. La descriptible impresión de que te has ido, en cierto sentido, aunque temo que no lo hayas hecho en realidad. Siempre en mí, Maribel.

¡Vivan las cadenas!

Hay una pregunta impertinente: ¿Quieren los hombres y las mujeres ser libres? A veces -la ciencia política sabrá el porqué- una persona o millones de ellas pueden sentir una pulsión irrefrenable por las cadenas, un temor erótico que les empuja a la sumisión. Da igual en nombre de qué uno se entrega para ser dominado. La prisión puede llamarse “libertad”. Los nacionalismos yugoslavos son ejemplo macabro. Sin llegar a meterlos en trenes pintados de verde olivo, sino en cómodos autobuses con aire acondicionado y bolsas con zumo y bocadillo, esos ciudadanos prestan su frágil entidad a un proyecto mayor, a una luz cegadora. El hecho principal es la dación de la propia libertad. Esto lo saben los poderosos, hay una cantera eterna de hombres y mujeres que no desean ser libres, griten lo que griten. Lo dejó apuntado el secretario florentino: “el que quiera engañar encontrará siempre a quien se deje engañar”.

Harakiri barcelonés

La escritura es fina condena; el cronista, prácticamente, un apuesto enterrador. En esta querida afición cuentan siempre los ambientes, Barcelona en el caso. Según un cálculo aproximativo, mi ciudad condiciona hoy, como lo hizo en algunos momentos importantes del pasado siglo, la producción literaria de este país eterno. La escritura local flâneur, Sempronio, Joaquín M. de Nadal, se antoja recuperable: acto de fe y notas para un obituario.

Bajo esa romántica misión, aireo la nariz por el imperio cuadriculado de Cerdá, donde habito. Si uno quiere alzar sobre el ayer una cierta idiosincrasia, estilo melancólico, la Condal posee dotes inmaculadas. El pasado que fue, competencia a Madrid, y la manera en que hoy se retuerce, al galope sobre las paradojas de la nueva política. Es este un sarcástico lenocinio. Tenemos el gótico falso, la playa grasienta y Gaudí escarnecido; al burgués oprimido con lazo amarillo en la solapa, casa en la Cerdaña e hijos anticapitalistas; al President huido y su ventrílocuo, a la alcaldesa bisexual, al futbolista politizado y al ejército de abogados (parece que de ultraderecha) abrazados al cumplimiento de la ley. Por recordar también algunas pérdidas, teníamos unos miles de empresas más que ahora; y el orgullo antiguo de ciudad mediterránea. Un querido amigo barcelonés, bregado en roces, me comentaba hace poco el paisaje de nuestra más célebre calle, La Rambla. Continuidad de souvenirs, turistas pegados a pozales de cerveza, tiendas de chucherías, paellas precongeladas, estatuas humanas. Pero la circunstancia trágica de Roma no es que el Coliseo esté ruinoso e inservible, sino que no haya ya romanos que lo usen.

A unos kilómetros de aquella tragedia ramblera, puede trazarse un itinerario de charm burgués, biempensante; aunque quizás sea arqueología. Caminando la calle Jaime Balmes, príncipe conservador, me adentro en una librería de gusto gauche. Vago entre las salas y acabo en una donde una chica presenta un libro. De su parlamento, micrófono en mano, rescato las siguientes cacofonías: “libro guay”, “emociona mogollón” y la deliciosa confesión “voy a hablaros del libro en plan aquel comentario de texto que hice en el instituto sobre Galdós y que no había leído” (risas). Es común que las carencias intelectuales se suplan con ideología. En el caso de esta chica se suplen con nihilismo de colegio, parece. Echo una ojeada instintiva a mi alrededor, con la esperanza de que Marsé ande por aquí y monte un literario escándalo; pero no, solo oigo un crujido hondo que proviene de la estantería en que dormitan Kant y Schopenhauer.

Con ánimo luciferino, compro un libro sobre la heroica del kamikaze y me lanzo a la atronadora calle Mallorca, frente a las Esclavas del Sagrado Corazón. En los paseos barceloneses uno suele toparse, de vez en cuando, con advertencias metafísicas, la necesidad de autodisciplina. Así, enfilo el paso bajo las celindas del Pasaje Mercader. Ya luce la primavera, la violencia de sus colores, hecho cultural que acota la institución del paseo a la circunstancia del otoño, el cromatismo parisien. Pongo la vista sobre una pequeña verja, en la parte alta de esa breve y agradable vía. En efecto, mi rumbo, escrupulosamente clasista, hace escala en Belvedere, su pequeño jardín con mesas de hierro, farolillos y enredaderas. Un lugar donde, a la luz de un dry martini, hojear el libro recién adquirido y, si el espíritu lo pide, comerse un steak tártaro o una perdiz alcántara rodeado de maderas y cuadros con marcos dorados, conversaciones discretas y silente arte del servicio.

Abro mi libro al azar y encuentro a Minamoto no Yoshitsune, quien a los treinta años se hizo el harakiri; paradigma de la derrota heroica, o cómo llegar a la victoria por la derrota, en palabras del autor, Ivan Morris. Veo estos asientos de piel en Belvedere y las proverbiales maderas, la barra acariciada incontables veces, los vidrios flagelados por el tiempo. Se hace uno la idea de la fragilidad, también de los caminos victoriosos, y las paradójicas derrotas. Constato una circunstancia barcelonesa, refiere a esa clase social que puso el escenario para un mundo feliz y que está ahora cimentando su ocaso. Despidiendo una época quizás. Síntoma de esto, y su gravedad: el despiste total en las formas, que todo lo son.

Pasan las horas, en la terraza hay un escritor, una anticuaria y un incipiente romance. Las esferas del entretenimiento se solapan, los negroni marcan el crepúsculo. El farolillo de la entrada resucita, dickensiano. Un manto oscuro no detiene la urbe, sólo acentúa sus contrastes. Camino a casa me cruzo con dos asuntos humanos: un viejo premio Planeta que trata de articular una frase mientras batalla, llave en mano, con el portal de una finca modernista. Es admirable lo que el alcohol ha hecho por la literatura. En Enrique Granados, solazada por sus terrazas, veo a un viejo cosaco rebuscar en un contenedor de basura. Rememoro el haiku escrito por un kamikaze muerto en combate con 22 años:

“¡Si por lo menos pudiéramos caer

Como flores de cerezo en primavera

Tan puras y radiantes!”

La libertad

Estaba en el club comportándome como un perfecto hombre contemporáneo, o lo que se espera de él: estoicismo sobre una máquina de remo, treinta minutos bogando con la satisfacción de permanecer anclado en el mismo sitio. Vi Barcelona a los pies. Sobre el mar, la montaña de Montjuic, su castillo, el camposanto en la ladera sur, el estadio olímpico llamado Lluís Companys, quizás por el récord de asesinatos bajo su funesta y breve presidencia. Y, recónditas, las calles de los aviadores del Plus Ultra, entre ellos un tal Ramón Franco, hermano del último caudillo y diputado por Esquerra Republicana de Catalunya.

Después del remo, bajé a la piscina. Allí, unos señores maduros conversaban ligeramente, cigarrillo en mano. Suelen pasar un buen rato en remojo en el jacuzzi de agua salada, situado sobre una pequeña terraza. Son camisas viejas, ustedes ya me entienden; no desentonan con el aire de esta nota. Mi club, como España, tiene dos almas, invocaciones: la que habita en la convicción del movimiento permanente y la que prefiere el viejo valor de la templanza. En un estado de franca incoherencia, están los que vagan entre el mundo de las máquinas, pesas y bicicletas, y el universo epicúreo de los chesterfields de cuero, copas y puros del área social, edificio cuya humanidad alumbra algunos templos de la urbe, restaurantes, saunas, bancos. Quizás en las dos almas, e incluso contando la tercera, el asunto sea la perseverancia de los ritos, las tradiciones de la microhistoria.

Una vez acabado el baño de sol, tomé con paso firme la calle Anglí, empinada, presidida por un palacete burgués en que se celebran fiestas del inmemorial género ya mostrado en el Papiro Erótico de Turín, cito ejemplo muy antiguo. Cruzando la Vía Augusta, llamé a un amigo periodista por si andaba por la zona. Estaba comiendo en La Focaccia de Dante Gori, donde el primogénito de Dante atiende a la clientela con imperiales modulaciones. Teniendo en cuenta la legión de ofendidos en TripAvisor, este señor merece todos mis respetos. Para el café nos sentamos en una cercana terraza, mientras la apacible vida de Tres Torres discurría en loor de filipinas con bebés, niños de uniforme con escudo bordado al pecho, niñas de uniforme con falda príncipe de Gales, obreros manchados de yeso en busca del carajillo, porteros con bata azul, señoras tomando café y alguna serpiente caribeña.

Mi amigo no estaba de un gran humor y la conversación pasó de las amistades comunes a España, el tema, nuestro tema. Se me ocurre que todos aquellos compatriotas agoreros son los hispanos inconmensurables, los que procuran a esta nación el grado de eternidad. De carga histórica. Sumando está el asunto del entorno, la actualidad de la cual mi amigo sólo hallaba dolores de cabeza, tristezas y decepciones. El procés, ya instalado, incluso acomodado entre nosotros y sin visos de esfumarse. Advertía John Stuart Mill, teórico de la libertad, que en un ambiente de esclavitud mental pueden existir grandes pensadores, si bien no deberían abrigarse esperanzas de encontrar un pueblo activo intelectualmente. Es una hipótesis, o una frase ocurrente. O un hundimiento. Pero no hay nada más inútil que llorar por los muertos.