Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)

La deriva hortelana de la izquierda

Entre columnas de humo y polvo, borrones de sangre, acero y adoquines, levitaba, por segunda vez, el alma de Marat. Tan querida por aquellas cándidas muchedumbres con escarapela tricolor, repetía su simbólica muerte en París bajo la bandera roja de la Comuna. Tintura decretada para toda la historia de la izquierda, hasta el derrumbe del monstruo soviético. La izquierda, dicho así ligeramente, se ha partido la cara desde su fundación: el Gran Miedo, el Terror, las matanzas de campesinos en la Vendée. Con el vigor de una fiera y un intelecto extraordinario, la violencia política (inducida, ejercida, atenuada según la oportunidad) fue dejando el camino expedito a una idea republicana en que se acomodaría el racionalismo que, ahora, vemos agonizar. Un racionalismo, por cierto, nunca patrimonio exclusivo de la izquierda. Ni mucho menos. 

Atrás quedaron relevantes arritmias de la Historia, provocadas por la fuerza revolucionaria, inmarcesibles episodios en que el hombre se liberó de las cadenas del capitalismo. “La libertad, ¿para qué?”, le soltó Lenin a Fernando de los Ríos, conspicua pregunta que dominaría el mundo socialista hasta que el camarada Gorbachev no pudo ya seguir asumiendo sus contradicciones y, ay Manolo, se cargó el paraíso obrero. Sí, hubieron muchas riñas y desencuentros, incluso algunas bofetadas (en Angola, en los años setenta, pudo producirse un cuerpo a cuerpo entre americanos y soviéticos, desliz de la Guerra Fría) y un mundo fantástico de espías y paraguas búlgaros venenosos; un eurocomunismo, unas trifulcas italianas a costa de los intelectuales, hasta la pasión socialista de nuestro Felipe González Márquez quien, decepción del nacionalismo pecé, metió a España en la OTAN y en la Europa de los mercaderes.

El viaje de la izquierda, visto en perspectiva, resulta fascinante. Y su actual tramo del camino, una broma del historicismo. Hace dos años, Félix Ovejero analizaba en el ensayo La deriva reaccionaria de la izquierda el proceso de mutación de tal cultura política. Recojo algo sobre esa izquierda antiilustrada: “espadachines a sueldo”, “infantilismo”, “frivolidad intelectual”, “apelación al sentimiento”. Retornando un momento a Italia, nación de brillantes intelectos, me gusta citar la altura de Pasolini, ejemplo de aquella crítica tan abandonada, verso suelto, pero qué verso: se declaró, fuera del rebaño de comité central y de los atribulados ácratas boloñeses, contrario al aborto.

La última parada de la izquierda, florida y verde, es la horticultura (¡si Marx y los santones del comunismo levantaran la cabeza!). A saber, la llamada ideológica a cultivar huertos urbanos como barricada política. Sí, querido lector, la lechuga y el pepino curtidos en humos negros de motor como vanguardia de la lucha. Así lo escriben José Luis Fernández Casadevante ‘Kois’ y Nerea Morán Alonso en un artículo reciente: “Los huertos urbanos, ligados a los tejidos vecinales y a las emergentes dinámicas solidarias de proximidad, deben ser un dique más de contención contra los riesgos de que arraiguen en los barrios los valores y actitudes favorables a la extrema derecha”. Añadamos dos vocablos esplendorosos, que dan fe no ya de aquella deriva autoritaria argumentada por Ovejero, sino de, propiamente, una manifestación de estulticia que haría gozar a Maurizio Ferraris: “renaturalización” y “huertopía”.

Finalicemos, derrotas contadas, con una revisión musical, himno actualizado a los tiempos de la nueva izquierda, ya en el salvífico huerto: 

¡Arriba huertanos de la urbe!

¡En pie iphonera legión!

Atruenan los brócolis en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión hortícola a vencer!

El mundo va a cambiar de nabos.

Los verdes de hoy todo han de ser.

(Nota publicada en Ok Diario)

Correr en Barcelona

Esta nota bien podría parecer un epílogo, borrón que cerrara una trayectoria, la mía, trufada de principios, pretextos y soluciones imaginativas a la vida. Sí, yo que he abominado del deporte urbano, de la imagen asidua de un hombre que viste la mañana con corbata, pongamos Marinella, y que en la tarde se abandona, ridículos pantaloncillos, a la agitación del running. Homo agitatus que con escarpelo de filósofo nos detalla Jorge Freire en un reciente ensayo. Pues bien, en una manifestación digna de tal impulso, salí esta mañana a trotar, asestando así, y por la circunstancia última que relataré, un golpe mortal a un decoro tiempo cultivado. 

La primera eventualidad de la carrera al trote es que mis pies, sin duda sabios y afligidos por estas semanas de confinamiento, me condujeron hasta la puerta de Via Veneto, institución sita en la calle Ganduxer. Naturalmente, la situación actual española, de orden marxista-leninista, ha cerrado también esa puerta de madera, trance oprobioso que debe ser invertido a la mayor brevedad. Al volver los pasos hasta Diagonal, pensando en una tortilla con trufa y un pato a la presse, me crucé con Joan Laporta. No se altere nadie, paseaba su figura vistiendo camisa y chaqueta, bronceado como siempre. Le conocí hace unos años en casa de los Carabén, cuando Marjolijn, ya viuda del famoso economista, escritor y dirigente deportivo (fichó a Cruyff para el FCB), celebraba su cumpleaños. Excuso, pero no me dejaré llevar ahora por el natural impulso comunicativo de todo catalán (“Cataluña es un país de grandes chafarderos”, le había dicho Marjolijn a Arcadi Espada en 1999). 

De la tez morena de Laporta salté hasta la acera baja de la avenida, rigurosa frontera para el gran Tito B. Diagonal, cliente de Dom Pérignon, Wodehouse, Lamborghini, Baqueira y el Club de Polo. Allí, en el cruce del antiguo camino de Sarriá, pueblo de mis primeros años, se alza el edificio donde vivió Caterina Lloret, señora de Barcelona, amiga de la familia, estudiosa y gran cocinera, aquellos celestiales ravioli rellenos de calabaza, con salsa de uvas pasas y nueces. Así, perfumando mi trote de agridulces recuerdos (Lloret murió, sorpresivamente, en su residencia de Palau Sator), pasé exhalador ante el Kahala, bar tiki desde 1971, donde siguen sirviendo mai-tais, nui-nuis y zombies, preparaciones todas de los años treinta. Me da que este tiki superviviente es una cosa feliz, una horterada feliz si quieren, venida de los treinta y no de las tristezas politizadas del sesenta y ocho (compárenla, por ejemplo, con el Roxy de Edward Kienholz). 

Ya próximo a mi domicilio, una fugaz mirada a la acera que baja desde Calvo Sotelo por Infanta Carlota me trajo de nuevo las puertas del Mister Dollar, sitio de moral muy distraída que desapareció en 2012. Pero no todo iban a ser fantasmas, dos manzanas más allá se materializó el golpe mortal a mi decoro: allí estaba, sin posibilidad de esquivarlo, mi amigo Carlos Janovas, camisa rosa, pantalón crema, mocasines Tod’s y, horror, móvil en mano para fotografiarme de tal guisa. Lo que pasó después, tras veinte minutos de ilegalidad, pues estábamos violentando el toque de queda, fue una negociación de mucho brillo y mucho oro (como todo lo que compete a Janovas), y de la que, en cualquier caso, no puedo dar más detalles. A merced de ese señorito barcelonés queda mi imagen, y que Dios se apiade de este pobre corredor. 

(Nota publicada en Ok Diario)

Las formas

Sobre las formas en política, eso que en un tono pretendidamente elevado tiende a formularse como ‘estética’, se escribe mucho y muy categóricamente. Desgastado está afirmar que sin ética no hay estética, aunque pueda ser verdad. Quizás debido a una urgencia neosecular, vemos un severo modo de contradecir a la mujer del César, cuando estableció que además de ser honesta había de parecerlo, sibilino asunto. Hay un relajamiento general, señoras derrotadas en ropa de deporte, caballeros de una austeridad pavorosa, aunque acaso sea el reflejo del palacio, de sus sombras y de quienes lo habitan. Únicamente las personas de poco seso no juzgan por las apariencias, sentenciaba religiosamente Oscar Wilde.

Lleguemos ahora hasta China, tal vez sea momento de conjugar argumentos un poco sólidos, amén de no perder nuestra compostura estética respecto a su régimen político, por otra parte rehén de creaciones tan genuinamente occidentales como el marxismo y el capitalismo. El caso es que la cultura china atesora una estricta visión sobre las relaciones entre ética y estética. Según recoge Simon Leys, la búsqueda de la belleza en aquella civilización es “una tentación vulgar, una trampa, una tentativa deshonesta de seducir”. Así, nadie concibe una obra admirable si el autor, sea un poeta, un calígrafo o por extensión el pueblo, no exhibe pureza de corazón.

Volvamos a casa, a Occidente. Giulio Andreotti, estadista menudo que tuvo un entero Estado (el italiano, nada menos) en su cabeza, educado en la Democracia Cristiana de Aldo Moro, aprendió que el arte de la política lo es cuando, además de conspirar, seducir y jugar con numerosos contrapesos, las formas permanecen imperativas, su conocida finezza. Un cuerpo necesario, instrumento con el que gobernarse a sí mismo y a los demás. Aquel señor imperturbable conocía el efecto de las formas cuando estas son las apropiadas, las justas en cada situación. Permítanme que hable un momento de un amigo, del que no revelaré el nombre: una vez le echaron de un lugar, pero la persona que le transmitió la noticia lo hizo de tal forma que más que una invitación a irse parecía una petición de matrimonio. Con lo que no puso objeción alguna a largarse con viento fresco y sin hacer ruido.

Las formas todo lo son, incluso, y volviendo al argumento inicial de la ética y a los chinos, cuando se justifican en lo profundo, en el alma. A modo de ejemplo candente, esta semana el presentador de realities Jorge Javier Vázquez gritó que su programa es “de rojos y maricones y quien no lo quiera ver que no lo vea”. La reacción al aspaviento televisivo por parte de Inmaculada Colau fue que “hacía tiempo que nadie le callaba la boca al fascismo en prime time y con tanto estilo”. Hay aquí un concierto de formas del señorito de las variedades televisivas y de la señora de las varietés políticas, al fin unidos ambos por el cotilleo partisano: se sienten rojos pero viven como perfectos burgueses; conmemoran la quincalla de entreguerras y sacan a relucir al espectral fascismo. Del cual, me temo, no tienen ni pajolera idea, pero da igual. The show must go on!

(Nota publicada en Ok Diario)

Los aplausos

Las frías agujas marcan las ocho de la tarde y millones de manos chocan entre sí. Producen un ruido blando, quizás ya algo fatigado respecto a los primeros días de confinamiento, cuando alguien (desconozco quién) tuvo la ocurrencia de salir al balcón a aplaudir. Alcanzo la voluntad simbólica de tales aplausos, la de aclamar a los servicios sanitarios (médicos, enfermeras, etc.) en su ardua tarea por curar a los enfermos de coronavirus. Pero, al cabo, la cuestión es si el sentir humanitario deriva forzosamente en empalagoso sentimentalismo. El sonido de las ocho nace de la exigencia social que, como lastres de la francesa revolución, todavía nos impele: de vez en cuando, bajo la sombra de una tragedia, nos secuestra la urgencia de proclamar que somos una nación más o menos identificable, y nos reconocemos en ella con esas manifestaciones espontáneas.

Esto tiene algunos problemas, ya evidentes. La costumbre actúa como perversión. Y el significado, que al principio parecía incontestable, se diluye cual azucarillo en el océano de los acontecimientos, de las noticias que esos generan. Los sanitarios prosiguen con su labor, también lo hacían antes de la pandemia, pero arrastran las habituales (malas) condiciones laborales, si acaso aumentadas por el desastre en la gestión política del asunto. La realidad, para ellos, no ha sucumbido a esa especie de realismo mágico que se da cita en los balcones cada tarde. Lo sustantivo convierte las felices palmas en un bulto anodino, melodía de una palabra cien veces repetida, fonema vacuo. Otro problema es la contradicción: se celebra qué, ¿el encierro forzado? ¿la muerte visitadora de residencias de ancianos? ¿el hundimiento de la economía? Vemos un homenaje corrompido, al fin un ejercicio de imbecilidad. Si bien el aplauso, en la España atribulada, está hace tiempo viciado, tocado por un retorcimiento estético, cuando en los funerales la gente se arranca a vitorear con las manos mientras el muerto desfila hacia la tierra negra. Está de igual modo extendida la mansedumbre, sometimiento a la cultura de lo colectivo, convertida en cárcel ideológica. Hay una ventura hispana, abotargada y feliz, manejada por la ralea de políticos que votamos, que alzamos para llevar este viejo carro a través del tiempo. El camino parece a veces tortuoso, la estética urge ser desbrozada. Esta actual desgracia debiera quizás alertarnos de unos males que, en ningún caso, autorizan el aplauso, sino un silencio meditado, crítico, de provechosos efectos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Servir para algo

(Fotografía del autor)

Es común estos días de confinamiento encontrar en prensa el entrañable género del diario de la pandemia. Muchos nos hemos lanzado a trazarlo, algunos mediante el teclado qwerty y los más con la rudimentaria memeteca, confeccionando una lista pavorosa de series en Netflix o, de un modo encantador, en repetidos monólogos silenciosos mientras la leche se calienta en el microondas. La domiciliación de las conciencias tiene, estos días, algunas ramificaciones estéticas: el solitario que protege su naturaleza tras esas cortinas que nunca se descorren; la jovencita en mallas que hace spinning frente a un público encantado, en el edificio de enfrente; la familia que sale a armar ruido al balcón cada tarde. De estas cosas, observadas desde la propia vivienda, sospechamos la concentración doméstica de la vida y sus pequeños dramas. Por ejemplo, el hartazgo de comer en lata todos los grandes platos de legumbres de la cocina española, día sí y día también; vestirse como si uno tuviera reunión del consejo de administración para en realidad repantingarse todo el día en el sofá. Incluso podríamos elaborar un mapa anímico, aquella enquistada monotonía que la diaria distancia física disimulaba y que ahora se torna exasperante; o el severo roce durante estas jornadas de obligado acercamiento. Todas las pulsiones se han debido concentrar, pero de manera obligada, lo cual puede sacar de quicio hasta al más pintado.

Hay un breve momento del día en que vemos a un señor sacar la cabeza por la ventana y fumarse uno de esos cigarrillos estoicos, y resulta admirable. Asimismo, oímos, lejanamente, quién sabe en qué piso, algarabía de los sexos y, cuando la noche extiende su manto negro, un silencio exótico, ausente desde tiempos muy lejanos, quizás desde la última guerra. Desconozco cuál será el consumo de recuerdos, con todo este periodo de soledades y cifras escalofriantes, pero podría la melancolía estar librando una de sus batallas, como suele de tanto en tanto. Veremos, cuando abandonemos los hogares, el índice de quiebras, personales y colectivas. Por otra parte, deben existir grupos familiares boyantes, casas enloquecidas con niños y abuelos perseverando en la disciplina, desbaratada por las manías del menor de la prole o los despistes del padre. Todos esos retratos me quedan lejos, al otro lado del teléfono, cuando llamo para interesarme por los allegados.

Se alcanza una certeza gracias al confinamiento y es que, aun en condiciones de forzada soledad, buscamos por cualquier medio sabotearla. El animal casero tiende a la feliz idea de la comunidad, aunque en verdad le importen tres rábanos los problemas y pasiones de los demás. También propende, como aquel Richard Sherman en La tentación vive arriba, a la imaginación sensual, esa que brota inesperadamente entretanto la tortilla se cuaja en la sartén humeante. Los diarios de la pandemia desempolvan un género individualista, principio denostado por la muy iliberal campaña política del confinamiento. De todo este extraño periodo, refutación de lo posmoderno, retorno a la Historia por vía de una pandemia, no sé si la literatura se verá enriquecida o si estaremos, tras su paso, demasiado ocupados en olvidar, ejercicio aquí siempre practicado. Ambas soluciones, en cualquier caso, me remiten a un concepto vago de utilidad, servir o no para algo.

Un virus para la posverdad (V)

En la gestión de la pandemia, este Gobierno ha colocado a España en cotas de leyenda negra. Lo cual, digamos, ahonda en una funesta tradición -inventada o no, exagerada por ciertos intereses patrios y extranjeros, alimentada durante el Franquismo- que el país había conseguido quitarse de encima en las últimas décadas, amén de la modernización iniciada por unos ya lejanos tecnócratas y consolidada en democracia. Embarrado por un atropello de tardías y pésimas decisiones y una abultadísima cifra de fallecidos, el actual caso político nos pone en un desprestigio nacional e internacional con el que se deberá cargar en los próximos y decisivos tiempos. Un estado de melancolía con importantes pretendientes a su rescate y los riesgos derivados. La corrupción del vigente gabinete de inútiles (no se aclaran ni al redactar un decreto) está en su concepción del ejercicio político, y tiene dos manantiales: el de un populista bolivariano y el de un lúbrico mediático. El primero aguarda la oportunidad para, desde el Estado, subvertir el constitucionalismo en otra cosa, partisana, nacionalizadora, de espíritu anticapitalista (en la CEOE lo tienen claro y así lo han manifestado públicamente). El segundo es un animal político, no parece seguir ningún ideario, excepto el que hoy pueda instrumentalizar para perpetuarse mañana en Moncloa. Ambos personajes convergen en una perversión gigantesca, la del poder que tiene a la mentira (la posverdad) como principal herramienta de uso, sin ningún tipo de sonrojo ni precaución. El resultado es una democracia en horas bajas, merced a una oposición (hay gratas excepciones, como el sorpresivo Almeida) que carga todavía con complejos de inferioridad, aplanada por una época de valores blandos y referentes idiotas. Panorama poco halagüeño, los medios afines trabajan denodadamente para que cualquier atisbo de crítica sea denigrado, por cuenta de las exitosas etiquetas (caverna, ultraderecha). Luego está la reina televisión (la web no la mató), abono diario de la estulticia por vía del entretenimiento político (ahorren ingenuidades del tipo “ofrecemos un servicio público”, somos enanos pero viejos). Incluso, y excusen esta vía de escape argumental, los humoristas y demás farándula, siervos de la izquierda, nos proponen sus infectas ocurrencias; lo hacen para retener algo del botín público. Es quizás éste el sector menos dado a la coherencia entre lo que proclama y lo que en realidad ha hecho siempre y sigue haciendo. Todas las toneladas de demagogia se vierten sobre el español medio, una gruesa bolsa humana que, antes, estaba rendida a la institución familiar, con sus entrañables sistemas de verificación, como los problemas de papá en el trabajo, derivados de un jefe envidioso, o las croquetas de mamá, insuperables. Pero “aquellas familias ya no existen, en su lugar se ha instalado la web, un espacio que permite hacer conjeturas sobre lo que se quiera. Y todo ello para satisfacer la más grande esperanza que pueda motivar a un ser humano: la de ser reconocido por sus semejantes, aunque sea solo por un like”, escribe Ferraris. Respecto al juego de la política, en una nación abotargada, empachada de eslóganes y debates estériles, el cuerpo electoral sanciona lo que sanciona. Inyectada la plebe en burdos conceptos ideológicos, en la casi imposible comprobación de la veracidad del relato (al que habría que comenzar a denominar, por salud mental, ‘cuento chino’), los líderes deben brindar ufanos, conocedores de una circunstancia tan benévola a su maraña de posverdad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Españolerías

«Cada pueblo tiene sus cóleras, y ya el padre Gracián, que no rechazaba los Cariñena, pese a su delicado estómago, advertía que la ‘cólera natural del español exige la libertad de palabra’», escribía Álvaro Cunqueiro para justificar sus letras sobre saberes, invenciones y gozos de la imaginación coquinaria y vinícola. Con parecido espíritu, que no pluma, inicia Barcelonerías un blog coquinario, o cocinólogo, término éste de Xavier Domingo.

Si gustan, pueden ya comenzar a leer esas españolerías, que irán publicándose periódicamente, pinchando en el siguiente enlace:

Españolerías

Gracias por su amable atención.

Un virus para la posverdad (IV)

Más de trece mil fallecidos. El cómputo macabro, cuando sobrepasa ciertas cifras, deja de conservar un valor, digamos, espiritual para presentarse frío, carente de emotividad. En una consideración desiderativa, vale lo mismo un muerto que diez mil, pero la gran suma es ya sólo eso, estadística. Difícil acercar un único relato siendo tantos los que contiene, particulares, dramáticos para muchas familias. Consideremos, además, la lista de daños colaterales, personas que esperaban una intervención y que no han podido ser atendidas. Doy un dato, que no pretende culpabilizar sino poner luz: en el hospital general de Vall d’Hebron (Barcelona) hay operativos solamente cinco quirófanos de veinte. 

Luego está el tema cultural. España, me da la impresión, nunca ha sido muy buena recordando, a pesar de la machacona propaganda de la memoria. Eso nos lo pueden explicar los parientes y amigos de los asesinados por el terrorismo, por ejemplo. Digamos que es la nuestra una nación en que la simbología de los caídos está sujeta al desprecio, sea por desidia, pereza o por algún interés político. 

No iba a ser menos en el aspecto de la tabula rasa, del olvido sinuoso, este Gobierno de la posverdad. Recorrido un camino lleno de obstáculos, salvados todos con las artes de un príncipe maquiavélico, el presidente se ha acomodado en las charlas televisivas y en las ruedas de prensa a su medida, que quizás le parezcan a él suficiente compensación a los dislates de la gestión gubernamental de la pandemia. En cualquier caso, Sánchez debe conocer bien la distendida psicología de los españoles, a la que fía su juicio para la posteridad, o sea, el secular mecanismo patrio de vivir en un presente sin melancolías. Y a otra cosa, mariposa. Los muertos, ausentes de cualquier crónica, de toda imagen que no sea el estremecedor y siempre caduco número, no merecen ni un postrero adiós y sus allegados lloran invisibles en pisitos, tras los balcones tristes donde no suenan ni aplausos ni canciones del Dúo Dinámico. 

Sánchez está construido a la medida del populismo y sus maneras. Estas no incluyen necesariamente la verdad, como sabemos, sino las múltiples e intercambiables verdades según la necesidad del momento. “Nadie (aparte del Mesías) tiene la pasión de la verdad, a menos que no sea la propia”, escribe Giuliano Ferrara. Superando lo posmoderno, nuestro líder -que es un líder de su tiempo- se apoya en la sacrosanta credulidad del nuevo milenio: aunque se demuestre la falsedad de un argumento, el éxito de la denuncia se ahoga en el relativismo. Así, no existe una verdad, existen muchas y podemos echar mano de la que más nos guste cuando convenga. Este es el magnífico fruto, esplendoroso principio de aquel renacimiento nietzscheano que las izquierdas fecundaron el siglo pasado. Un monstruo que ahora nos domina.

Con el decreto del estado de alarma, Sánchez prueba una cosa populista: el cesarismo. Deslegitimada la fuente de autoridad del saber, estos políticos de inédita talla erotizan la práctica del poder con la otra secular fuente de autoridad, el imperium, como bien apunta el filósofo Ferraris. A dicho fenómeno tenemos que añadirle, inmaculado adorno de la posverdad, el papel que el emperador de Galapagar y su partido juegan en la actual trama: gesticulación, insolvencia intelectual, pero también descrédito del régimen vigente (socavar el capitalismo es tarea más enjundiosa). Resultan entrañables las alocuciones públicas de estos señoritos, arañazos al léxico y ensombrecimiento estético del poder: como soñador bolivariano, Iglesias advierte de la existencia de un golpismo, y uno ya va teniendo la mosca detrás de la oreja respecto a tales mensajes, en absoluto inocentes. La próxima semana, si es que no lo hemos hecho todavía, hablaremos de la imbecilidad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (III)

La semana pasada cerraba mi nota con tonos bélicos, recordando que la Gran Guerra (1914-1918) supuso el final de un mundo, el largo siglo decimonónico. Hoy, la vuelta al planeta Tierra del COVID-19 podría tener las consecuencias culturales de un conflicto mundial, pues ya intuimos que, tras su paso, nuestras sociedades no serán las de antes, aunque el ‘antes’ se sitúe solo dos o tres meses en el calendario finado. Dicen las almas agoreras que experimentaremos una especie de posguerra. Sobre ello, una puntualización: se habla muchas veces de las posguerras (la nuestra de los años cuarenta, por ejemplo) como periodos durísimos. Sí, durísimos, pero ¿comparados con qué? ¿con las anteriores bombas, masacres y campos de batalla? Bien, advirtamos el pasado para el futuro, si es que de algo pudiera servir a alguien, además de asustarnos todos.

El apocalipsis ya está aquí (en realidad nunca se fue, pero la tesitura le brinda una magnífica ocasión para publicitarse), y nos coge encerrados en el domicilio, donde las ideas y los temores tienen poca posibilidad de airearse. Gracias a las redes, que lo son todo en un mundo de posverdad, los bulos, las tergiversaciones y los chistes más o menos malos, más o menos realistas, se transmiten de un modo abultado. El mecanismo de este nuevo mundo que ya no es el posmoderno sino el postruista, según las tesis de Ferraris que aquí seguimos, es fácil: las redes sociales convierten al receptor de ‘noticias’ en productor y transmisor. Todos podemos expresar nuestra opinión, aunque no sea razonable, aunque sea una imbecilidad, con el perjuicio de que, además, tal opinión puede tener éxito.

Pero el poder conserva su espíritu, mayormente dedicado a la propia supervivencia. Gozamos de un Gobierno que disimula su incompetencia con propaganda populista. Cada mala noticia deriva de aquella torpeza. Y Sánchez intenta mitigarlas con charlas sentimentales en televisión y turnos de preguntas de estilo régimen autoritario (periodismo gregario). Por su parte, Iglesias sigue como un postruista ad hoc, paladín de la posverdad. Así, sale de su ministerio simbólico y ordenancista una idea tan vieja como diseñada para la actual ocasión: los empresarios son malos, se aprovechan del pobre trabajador. De tal manera, allana el terreno con demagogia para una posterior acción, la de la marginación del eterno enemigo de la izquierda, el cruel patrono. Quizás la renovación de un discurso populista rancio encuentre fortuna, pues el terreno está, ideológicamente, bastante llano desde 2008, merced a una incesante campaña mediática. Hay unos cuantos millones de españoles extraños a la crítica ilustrada, fenómeno que Ferraris explica así: “Ajeno a toda cautela crítica, impermeable a cualquier desmentido, el postruista verá en las voces disidentes los hilos de una telaraña universal, de una maniobra organizada por poderes fuertes, aristocracias intelectuales.”

Como es público y notorio, el fin de semana, con nocturnidad, el Gobierno siguió la senda de hundir la economía y flirtear con la inseguridad jurídica, sin consultar a nadie (ni a empresarios, ni a la oposición, ni a Europa). Las formas del gabinete son, por tanto, del secular y muy castizo ordeno y mando. En cuanto al fondo, resulta preocupante evocar la conocida erótica del poderoso que avanza en su particular control de los gobernados, al fin súbditos y no ciudadanos. En cualquier caso, quiero finalizar esta nota semanal, querido lector, con esperanza reformadora y plausible optimismo. Estando el país en confinamiento y los españoles con mucho tiempo a su disposición, exorcicemos las sombras que se ciernen sobre la nación y alberguemos una posible ganancia: lo dejó escrito Samuel Johnson, “todo progreso intelectual deriva del ocio”.

(Nota publicada en Ok Diario)