Una despedida

Como a uno le educaron en las formas, las buenas quiero decir, es deber la despedida. De igual modo el primer saludo, aunque el saludado nos lastime con su presencia, con su existencia, al caso. Más gozosa será entonces la despedida, exhalación educada de la repugnancia que pueden provocarnos ciertas personas. Yo he venido hoy, aquí, a decirle adiós a un hombrecillo que llegó a vicepresidente del Gobierno del Reino de España. ¿Recuerdan aquel dicho de que “cualquiera puede llegar a ser presidente de los EEUU”? Pues esta vieja nación nuestra se lo ha tomado al pie de la letra. Y no porque no hayan personas capacitadas, incluso inteligentes, sino a causa del baño de la opinión pública en el lodazal mediático, desde 2008, aproximadamente. De aquella crisis nacieron todos esos personajes atribulados, incultos, sin experiencia ninguna en la gestión. Idóneos para la demagogia de taberna.

También él, Pablo, campeón de las huestes revolucionarias, es un subproducto de la decadencia hispana, educativa, moral y estética. Mucho se ha escrito sobre sus nexos con Venezuela y con Irán; sus simpatías con cualquier cosa que estuviera en el lado podrido de la democracia, los nacionalismos vasco y catalán. Queda, en cualquier caso, conocer más elementos formales y sombríos, su relación con Roures, los compromisos ocultos con el insurreccionalismo catalanista. Acabaremos sabiéndolo, apenas su poder e influencia se diluyan. Y cuando la Justicia, que él tanto desprecia, le ponga en su lugar.

Llega, pues, el momento más deseado, decirle adiós. Despedir con una sonrisa a quien ha malgastado nuestro precioso tiempo. A quien ha llenado de chatarra ideológica la conversación pública. A quien ha fomentado el mal rollo entre españoles. A quien ha colocado a dedo a familiares y amiguetes, a cual más inútil, a costa del erario. A quien ha fomentado la destrucción del Estado de Derecho con sus ataques al poder judicial. A quien le regaló una serie de televisión al Rey “para que le diera las claves de la crisis política”. A quien aparecía en el Congreso en camisa sucia y sudando. A quien, en definitiva, ha aportado un grueso de fealdad imperdonable a la vida política de España.

El acto de despedirse parece siempre metafórico, porque, en realidad, hay solo una despedida indudable, ustedes ya saben cual es. Para lo que nos ha ocupado hoy aquí, el deseo no es un final físico, sino una muerte política, con forenses del star system que agachen la cabeza y la firmen. El gozoso espectáculo de la verdad, iluminando, al fin, sobre semejante personaje. Adieu!

(Nota publicada en Ok Diario)

Una mujer

Quiero hablarles de una mujer a la que no conocí, pero que me parece conocer bien. Por esas circunstancias de la general tragedia, murió antes de nacer yo, y entonces todas las historias, los recuerdos de su vida, fueron arremolinándose, durante años. En las preguntas, en sus respuestas y en los silencios. Bañando objetos que ella había tocado, pomos de puertas, sábanas de hilo, vajillas y vidrios tallados, broches de oro y brillantes. Los cuadritos que pintaba a la acuarela, especialmente motivos florales y paisajes bucólicos, siguen colgados de las paredes en la casa donde ella vivió, que mi madre habita hoy. Hay también un buen puñado de fotografías en blanco y negro, con bordes de sierra, pues mi abuelo era aficionado y tenía cámaras. En una de esas fotos, ella está sentada en la cubierta de un barco, mirando el mar. Creo que ambos se dirigían a Mallorca o a Ibiza, pues existen en los álbumes imágenes de las dos islas, la Catedral de Palma, las murallas ibicencas sobre el puerto.

Ella fue esposa, madre de dos hijos y ama de la casa. No sé si cocinaba o más bien daba instrucciones al servicio sobre cómo elaborar tal o cual receta, pero en aquel piso se comía muy bien y todavía mi madre rememora un cardo gratinado con almendras o la merluza al horno rellena de gambas. Mi abuela fue una persona esencialmente feliz, con todos los accidentes que la vida reproduce, e hizo por tanto feliz a su marido. Su extraordinario poder sobre la casa, incluido mi abuelo en ella, se basó en aparentar no tenerlo. Él se ocupaba de la fábrica, iba cada día al casino y llevaba una metódica existencia. Sus pequeñas manías, como tener las zapatillas, un coñac y el batín preparados cuando llegaba a casa, eran cumplidas puntualmente. También cenar cada noche del año dos huevos fritos con puntillas y, después, escuchar música clásica en el despacho. Y disponer de todos los trajes, camisas y corbatas en estado de revista. Tuvo, así, siempre, la impresión de que en aquella casa se hacía lo que él decía. Que mandaba él sobre todos los asuntos. Sin embargo, esto no era así, ni mucho menos. Ella, sencillamente, se limitaba a hacer cumplir esas costumbres, que a él le parecía que regían sobre el buen funcionamiento de las cosas domésticas. Pero todo lo decidía y resolvía ella, incluyendo por supuesto las cuestiones importantes, las decisiones gruesas, el motor de aquellas vidas. Hasta que una enfermedad se la llevó, dejando a mi abuelo como un monarca sin reina, en un palacio memorial, abarrotado de silencios.

Ahora que el neofeminismo se encrespa en demagogias, he pensado en ella, en mi abuela. Qué opinaría de este río bárbaro, enternecedor vocerío de la ministra que lo es gracias a su hombre, fatalidades del machismo. De esta cateta degradación del bello sexo, al que desearían las libertadoras encerrar entre sus barrotes totalitarios y feos. No puedo saber qué opinaría ella; sin embargo, me parece verla allá arriba, esbozando una media sonrisa, conocedora de una certeza indisoluble a la vida.

(Nota publicada en Ok Diario)

Yo me quedo

Me quedo, pero no a la manera de aquellos versos que cantaba Pablo Milanés, propaganda del criminal régimen caribeño. Me quedo por la sombra blanca de un destino. Me quedo como mi tía Maribel, que no se ha ido aunque su cuerpo ya no esté. Me quedo por la visión del Tibidabo, allá arriba, cada mañana cuando salgo de casa. Me quedo porque Julio, camarero gallego y de larga retranca, me da los buenos días. Me quedo también por este piso centenario que no lograrán nunca incendiar, ni con su TV3 ni con sus algaradas. Me quedo por Cristina Losada, querida amiga, siempre compañera. Y por Ricardo Pobla, que me llama para tomar un dry martini. Me quedo por el bar Anahuac, parece de Chamberí y eso nos gusta. Por Via Veneto, legendario, Gorría, casa nuestra, y por el Miguelitos, su esforzada familia de un pueblito andaluz, construyendo la mejor Cataluña. Por los pocos libreros que quedan, los limpias y el eco de la farándula, Violeta La Burra. Me quedo aunque broten lágrimas mientras escribo esto, porque recuerdo a mi padre, subiendo en coche, calle Ganduxer, la iglesia redonda, yo en el asiento de atrás y él mirándome en cada semáforo. Me quedo porque viene mamá en primavera a darse largos paseos y luego me da el parte de tiendas. Me quedo por mi amigo Carlos Jánovas, ácido y clasista. Me quedo por esa mujer que estoy conociendo. Me quedo por Angelito, cuántas noches en Tirsa y en otros lugares inconfesables. Y por Ignacia de Pano, una señora de la resistencia, pero la educada, la del discreto charme. Me quedo por Ignacio Iturralde, el mejor tipo que uno pueda tener cerca. Me quedo por el rat pack de los viernes, Ellakuría, Planas, Garayoa y Trillas, últimas voces de la opinión certera y salvaje. Me quedo por los miles de quilómetros de barra acariciados, por el Dry Martini y el maestro Ceferino. Me quedo por el caudal melancólico, estas aceras pateadas, la manera barcelonesa de la memoria. Y miren, me quedo a pesar de todo lo demás. Me quedo porque les jode y querrían echarme, como a tantos otros catalanes. Me quedo contra mis enemigos políticos, qué digo, sociales, estéticos, y sus votos suicidas. Me quedo porque si muero quiero ver cómo morimos todos, juntos, ellos también, por supuesto.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (VIII)

Tras un noventero periplo, volví a la tierra del Dante, de los condes sin Rey y de la augusta bizarría. Solitarias plazoletas rococó, callejuelas distraídas, vieja luz de pintores. Tráfico, ruido, voces, la magnífica consistencia vital. Con la edad que afina la vista, tanto el norte como el sur (miembros de una misma familia que se critican a las espaldas) renovaron en mí todos los amores. En la ciudad del bardo Jannacci, seguía Verdi paseando la atildada figura por el salón del Grand Hotel et de Milan, donde vivió postrera etapa. Yo me alojaba allí, y la habitación siempre era pequeña, con la piel de maderas viejas y sábanas de hilo, como en el madrileño Wellington de los toreros. La capital lombarda no necesita reivindicarse con piedras legendarias, su leyenda está hecha de letras libres, ricos con buen gusto y esa reminiscencia franca, la erre (moscia) pronunciada como los galos.

Luego están las rusas, reciente riqueza humana que ha acogido la urbe húmeda. Nada más aterrizar, llamé a la señorita Lobakina para que me llevara por ahí, primeramente a algún bar que sirviera dry martini a la americana. En Milán gustan los cócteles, aquel spritz originariamente vermú con agua carbonatada y que determinada marca comercial ha hecho suyo, cambiando también el agua por un vino espumoso corriente. Además, prolifera el gusto por el negroni o el insustancial mojito, rebosante de hielo y hierba, verdadera plaga mundial. Tales cosas suelen pedirse a la hora del aperitivo vespertino, acompañadas de emparedados y chucherías varias. Es esa una institución milanesa. En cuanto al dry martini -decía a la manera americana-, lo prefiero en diminuto recipiente, porque en Italia se ha impuesto una copa de dimensiones extravagantes, donde cabrían todas las esperanzas de I promesi sposi (Los novios).

Así las cosas, hallamos un recoleto restaurante donde la ginebra helada, apenas casada con una gota de Martini seco, era servida en copitas de tres tragos, exacta medida del cóctel. Tras unos cuantos trasiegos las cosas se pusieron caprichosas. Yo veía, alma apaciguada por efecto del líquido, a la Lobakina alimentando con mi steak tartar a un perro labrador de la mesa vecina. Eran dos fieras magníficas, de pelo dorado. La ginebra suele despertar un hambre canina, perdí la cuenta de copas y carne roja que desfilaron ante nosotros, mujer, hombre y can, a cuyos dueños no hacía ya ni el menor caso. En verdad, me hubiera quedado allí un par de siglos, contemplando esa prueba de belleza rutilante.

Abierta la calle, el espíritu colmado mas deseando todavía combates en la oscuridad, vimos a Enzo Jannacci, alma de San Siro, su gabardina beige, zapatos alados y mirada milanesa, burlona. Claro, salía del restaurante, porque los artistas no sólo pintan o escriben música, también y sobre todo se sujetan a las amarras de la vida mundana. Jannacci había estado allí sin percatarlo nosotros, a pocos metros, en el cielo de aquella animalesca escena de carne cruda, italiano de acento ruso y ginebra seca. No tuvimos el oído suficiente para advertirlo, y es que “ci vuole orecchio / bisogna avere il pacco / immerso dentro al secchio / bisogna averlo tutto / anzi parecchio / per fare certe cose / ci vuole orecchio.”

Actualización del imbécil barcelonés

Por esa vida callejera, uno encuentra a veces pruebas del devenir de la época. Indicios fuertes, versadas iluminaciones que los oídos atrapan para gusto de la experiencia. Se asienta el trasero en la silla de una terraza y, con suerte y sin previo aviso, ahí al lado, un capullo florece. Ya desde el momento en que va abriéndose, se intuye que será una gran flor, esplendorosa. En el caso que nos ocupa, la maravilla ocurrió en un establecimiento del barcelonés barrio San Gervasio, el día pasado de las enésimas elecciones autonómicas. El imbécil en cuestión, parlanchín, abrió ante su comensal, que no decía mucho, un apasionado y colorido catálogo de estupideces à la mode con ínfulas ilustradas. Era gracioso verle comer con guantes de lana, mientras contaba que estaba escribiendo un libro ambientado en Calella, aunque no había estado nunca en Calella. Eso prometía, así que agudicé el oido al tiempo que pedía otro martini, convencido de haber hallado un filón, la prueba de supervivencia del imbécil barcelonés, renovado en sus opiniones.

En seguida, y conforme al ambiente plebiscitario tan querido de los catalanes, la cosa derivó a la política nacional. Mientras se llevaba a la boca un trozo de alcachofa rebozada, confesó haber votado a Junts, no sin aclarar antes que lo había hecho “por estrategia”, porque su preferencia primera hubiera sido la CUP. Y ahí introdujo un elemento preciosista, de principios indiscutibles: “no hay que actuar siempre conforme a los intereses propios”. Habiendo votado nuestro héroe al partido del prófugo Puigdemont, eyaculó a continuación unas apasionadas sentencias sobre la Unión Europea, “que no es democrática, e incluso peor que el modelo americano” (se refería a la vieja democracia de los Estados Unidos de América, fundada a finales del siglo XVIII), “con sus empresas haciendo fracking por ahí”. Este punto de engarce me sorprendió, si bien, raudo, puso el punto de apoyo ecologista: “¡la Shell está haciendo fracking, removiendo por ahí el carbono que hace miles de años se está solidificando!”. Pobre carbono, eché un tragó de martini mientras mi conciencia se ensombrecía ante aquella terrible noticia.

Quizás por efecto de la Coca Cola, la disertación se volvió efervescente, sin mucho sentido, como una lista desordenada de ideitas inconexas. La indignación discurrió entonces por caminos sinuosos: en TV3 habían permitido a algunos candidatos hablar en español (“¡si ya en La Sexta era en español!”). Los sintagmas “hay que regular” (cualquier cosa; quizás este “regular” era más bien aquel amado “ordenar” que todo reaccionario español lleva dentro) y “no es sostenible” comenzaron a poblar la homilía, concluyendo al fin con un optimista “las nuevas generaciones lo tienen claro”. Y realmente, a tenor de las cosas que pasan, habría que darle la razón a este nuestro iluminador: lo tienen claro, o crudo. Sobre la preocupante sostenibilidad de las cosas, la cuenta que le trajo el camarero dio la medida del cierre. “¡¿Cuatro euros el pan?!” Al final pagaron a medias la desorbitante cantidad de setenta euros, gesto grave, herido el saldo en cuenta y el devenir de la política, actualización del imbécil barcelonés.

(Nota publicada en Ok Diario)

La jauría

Todo proceso insurreccional que se precie necesita de una jauría. Como ilustra el ejemplo francés de 1789, paradigmático, fundador, ese elemento no nace espontáneamente. Digamos que en su cristalización se ha hecho necesario un periodo de manipulación más o menos lento, pero constante. Los acontecimientos de violencia callejera, en tiempos pasados y presentes en Cataluña, reflejan una voluntad revolucionaria, “de arriba a abajo” en este caso. Si en el inicio las elites políticas y periodísticas procesistas jugaron a una cierta ambigüedad insurreccional, en los actuales momentos parece dificultoso el distanciamiento con los desórdenes públicos. Los graves disturbios en Barcelona hace cuatro años fueron el pistoletazo de salida de las opciones coactivas, aquella kale borroka reeditada a la catalana. Disponen de una guerrilla en la sombra, atenta a la llamada para atacar a los rivales y crear el caos urbano. No en vano, la señora Rahola, voz y nexo independentista entre política y opinión pública catalanas, ha avalado sin ambages el asedio a un partido que se presenta a las elecciones (es decir, que cumple la legalidad vigente, democrática). Ha hablado del “orgullo de un pueblo que no quiere a la extrema derecha”, y es esta una perla con la que, pongamos, un Marat, un Lenin o un Castro se hubieran sentido identificados. Por la sencilla razón de que el nacionalismo catalán expresa (y alienta, desde 2017) un espíritu alejado de la contingencia democrática. Sobre esto, el trabajo de manipulación del lenguaje ha resultado incansable, logrando, al fin, transgredir términos como “democracia”, “fascismo” y “libertad”. Prostituyéndolos.

La cuestión de fondo que prevalece es la masa, “la gente”: su manipulación es directamente proporcional a su nivel formativo y a la capacidad crítica. Un pueblo de ignaros, radicalizados desde el poder. Y con conexiones callejeras muy preocupantes: en la agresión a VOX en Vic (aquella a la que se refería ufana la Rahola), cachorros catalanes y menas atacaron, después y al unísono, la estación de Renfe. Descontada la alianza con el viejo terrorismo vasco (tarea emprendida por la CUP en alianza con Artur Mas y culminada ahora por Junqueras), el nacionalismo catalán se antoja ajeno a la idea de orden, abrazado a un insurreccionalismo de bulto, en que cualquier fuerza antisistema es bienvenida.

Algunos llevamos unos años escribiéndolo: el procés fue algo típicamente ibérico, que entroncaba con la vieja idea y dinámicas de las elites revoltosas, sediciosas. El podemismo no es más que su traslación (con un discurso más amplio) al conjunto de la nación española. Quien organiza y da eco mediático a esa traslación, de Cataluña al resto de España (y manda sobre Iglesias y los suyos), es un burgués de Barcelona, romántico de las revoluciones caribeñas, refractario al constitucionalismo. El caso es que, por muy posmoderno que nos parezca todo desde el procés, las insurrecciones siguen aflorando los ingredientes comunes de la constante demagógica, la violencia sostenida y sus líderes inmaculados. Se juega con fuego, la voluntad última es que arda todo.

(Nota publicada en Ok Diario)

El siglo melancólico

El título de esta nota se sostiene en una idea fuerte. Podría haber sugerido otro calificativo similar, el siglo imbécil, o el siglo chino, es decir, comunista. En cualquier caso, ahora que hemos entrado en su tercera década y ya el monstruo tiene vello y camina, hagamos aproximaciones a su naturaleza. Es melancólico en cuanto reproduce, por otras vías y con diferentes medios, mas con idéntica pasión, las filias y fobias que arruinaron los mundos del anterior corte cronológico, el siglo veinte. Melancólico, por tanto, en su vida europea, la de estas naciones viejas de incurables achaques y perdida fe en el pasado.

Sobrevive un gusto ilustrado, aunque en realidad es más bien una cosa biedermeier. Ese elitismo, en lógica, se siente amenazado por la arrogancia de la posverdad marxista. Puede reivindicarse con lanzamientos editoriales (de Pinker, por ejemplo) y debatir en prensa y coloquios. Es decir, no conserva el poder de seducción de antaño. “La gente”, en bautismo podémico, es llevada en volandas por élites nuevas, y apunta altos deseos. Dispone de redes de comunicación formidables, espejismos de una autoridad tan ficticia como molesta. Sube, parece que tocará el cielo del poder; pero es como la espuma gruesa de un mal cava, baja con idéntico ímpetu. Es “la gente” tan vistosa como aquella muchedumbre campando por las Tullerías pidiendo la cabeza de Luis XVI. Perfectamente maleable y susceptible de ser conducida por los caminos que el liderazgo desee.

Sin embargo, el grueso opinante no cuestiona los principios rectores ilustrados porque, sencillamente, sus planteamientos son de orden decorativo. El pueblo no vive ajeno al sistema ilustrado, de hecho lo tiene tan interiorizado que ni lo percibe como un elemento capaz de ser siquiera expuesto, ni discutido. El vértigo aparecerá al ver rodar la cabeza de un rey, en forma de matanzas fratricidas, prueba escarlata de un gran fracaso colectivo, irreversible miedo.

El siglo se encanta en rancios simbolismos, madura su melancolía. Huelga decir que Occidente (su civilización cristiana) se da semejantes lujos mientras en otra latitud el órgano más poderoso del mundo (Partido Comunista chino) celebra sus reuniones quinquenales con nostálgica coreografía (gigantescos hoz y martillo), orden científico -ilustración de partido único- y motores a todo gas. Me temo que esta melancolía secular nos entretiene de las grandes amenazas, claro que nosotros no entendemos el mandarín. Y seguimos tuiteando sarpullidos.

(Nota publicada en Ok Diario)

La autoridad

En los años ochenta del pasado siglo, encontró un cierto éxito el gritito “¡mucha policía, poca diversión!”, que actualizaba en democracia la tirria progre hacia los temibles grises del general. Los uniformados, en dictadura, hacían cumplir las disposiciones vigentes del régimen y, si era menester, le pasaban la mano por la cara al quinqui de turno, amén de padecer ellos el terrorismo etarra desde finales de los cincuenta. Progresivamente, los gobiernos de la UCD y socialistas fueron liberándolos de la desagradable tarea de controlar si un grupo de púberes se fumaba un porro el viernes por la tarde o de interrogar al hijo de la estanquera, que se había hecho una cresta y llevaba chupa de cuero. Son cosas que hoy nos parecen chocantes, y está bien que así sea, la libertad individual se ha abierto camino. Quizás por eso, aquella cultura política antipolicial, o antiautoritaria, ha decaído en general. Sobrevive en algunos ambientes de Navarra y el País Vasco, ligada al nacionalismo, aunque diría que incluso ahí el reguetón ha desterrado a Kortatu.

Así, la policía (o policías, pues en España somos apasionados coleccionistas de cuerpos, dependientes cada uno de una administración pública diferente) es el elemento categórico sobre el control de la violencia, cedido al Estado. Los episodios estrafalarios del procés en Cataluña dieron al traste con esa función clásica, primordial y ejemplarizante, de someterse y hacer respetar los uniformados el imperio de la ley. Una marranada del politiqueo nacionalista, esos líderes enloquecidos que comían las paellas de Trapero en la Costa Brava, con la Rahola de incansable animadora. El caso es que, a pie de calle, los mossos vieron resquebrajado su prestigio, tanto por la sardanística del volem votar! como por quienes no dudamos nunca de nuestra condición de catalanes, españoles y libres. En Barcelona, gracias a los irresponsables coqueteos de Arturo Mas (no habla catalán en casa) con los antisistema, amigos a su vez de Otegui, se ha instalado la estética del radicalismo ochentero, eso sí, con deportivos NB y la casita de papá en La Cerdaña.

Colau es ferviente servidora de tales cosas, de todo lo que signifique erosionar el sistema democrático vigente. Ella también tiene a su policía, aunque la ha intentado utilizar tan groseramente que se le ha puesto en contra. Significativa e ideológica es la equiparación de delincuentes (manteros) y agentes, asunto destinado a deteriorar la ciudad y su ordenado funcionamiento. En cualquier caso, como en el de aquellos mossos puestos a los pies de los caballos, hay excepciones indecorosas. El pasado sábado, a las 21 horas, y sin cometer ninguna ilegalidad ni violación de las medidas restrictivas del COVID, un agente de la Guardia Urbana, visible tatuaje en el cuello y aros en la oreja, conminó con aires macarras a un ciudadano a hablarle en catalán. Y cuando el citado barcelonés, educado, le contestó que seguiría hablando español, el urbano le soltó: “Vuélvete a tu puto país de mierda”. Quede aquí retratado, superiores del funcionario en cuestión. ¿O es que la cultura Kortatu ha infectado el cuerpo?

Vivir sin Podemos

Las contradicciones tumbarán a Podemos como lo hicieron con el mundo tras el Telón de Acero. Cuando Andrópov subió a la secretaría general del PCUS (1982), los adolescentes rusos ya tenían colgado en la pared del dormitorio un póster de Michael Jackson, mientras sus madres llevaban a casa algún bote de berenjenas comprado a un vecino con carnet del partido. El problema de las altas expectativas (a los rusos se les habló durante setenta años del paraíso socialista) reside en la intrínseca dificultad de cumplirlas y la consiguiente depresión ante tal incumplimiento.

La muerte (no tan lenta) de la formación morada se está retransmitiendo en directo, desde sus mismas tripas y corazón, en entrega diaria de tuits cada vez más agónicos y sinceros. Así, leemos al líder máximo que, aprovechando una escena de la última serie que está viendo, amonesta a algún rival mediante sibilina referencia televisiva. O proclama, para ruina de la decencia, que Puigdemont es como un exiliado republicano. La imagen de Iglesias, aunque no se haya reproducido en medios, aparece clara en el imaginario nacional: moño y desaliñada postura, repantingado en el sofá mientras, ahí fuera, un puñado de guardias civiles a la intemperie le protegen. Y la vida sigue su curso. Tenemos también a la señora, ministra Montero por gracia del nepotismo revolucionario, quien alcanza tuiteando la idea cristiana de la compasión, pobre Irene. Ella es más gráfica que su hombre. En los pensamientos compartidos asoma un grito novelesco, ficción de corte Disney políticamente correcta. El suyo es un chillido desesperado, intelectualmente anodino y de una ingenuidad próxima al ridículo. Recuerda a las consuetudinarias batallitas políticas de pubertad en torno a cuatro cervezas: fervorosas, imaginarias, fuera de toda realidad. El triunvirato de la constelación comunicativa podémica se cierra, a la espera de mayores genialidades, con el diputado Echenique. Como un temible Beria, es feroz censor de quienes integran la espuria lista de socialdemócratas, liberales, conservadores, pasotas y libérrimos varios; es decir, todos los demás. Los críticos con el líder y sus tejemanejes orgánicos fueron ya purgados, para gloria del partido. La leche agria es ingrediente principal de la mensajería de este argentino al que el maldito régimen del 78 le paga una magnífica soldada.

Pero las diatribas de esos faros de la política nacional no se limitan a sus adversarios, o sea, a todos menos los independentistas vascos y catalanes (incluyendo a Bildu). Con idéntico salero soviético, su labor ejemplarizante incluye al mismísimo Gobierno, del que forman parte. Esta maravilla dialéctica no sólo obedece a la cultura leninista, poso de épocas estudiantiles. Iglesias, de turismo político y cenas secretas en Cataluña, aprendió muchas cosas del independentismo, entre otras a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. En efecto, y como algunos venimos escribiendo, el procés es clave para comprender el fenómeno Podemos, su éxito en el camino hacia el poder. Una cosa barcelonesa, de elites políticas y económicas nacionalistas, engrasada con los formatos televisivos made in Barcelona.

El título de esta nota, vivir sin Podemos, no es tan alegórico como premonitorio. Hay que desconfiar de los adivinos, si bien el periodismo de opinión también vive de la cabalística. Y no está mal que así sea, siempre que no se anuncie el fin del mundo o del whisky de malta, noticias en exceso desagradables. Mi pronóstico es que el partido lila ha entrado en su fase melancólica madura, antesala de la insignificancia. La prueba más sólida es la literatura (breve y reveladora) que generan sus jefes. Comunicaciones de una ridícula desesperanza, de un inconfesable pero latente temor al castigo ganado, que se materializará en los próximos comicios, cuando los haya. Tengan paciencia, o no la tengan si no quieren, pero un día no tan lejano viviremos sin Podemos. Y viviremos mejor, desde luego.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (VII)

Las ventanas se hicieron para mirar el mundo, o un pedazo de ese. También para encerrar al que mira, enmarcarlo como un deseo. Esto elucubraba yo, después de haber leído algo del profesor Ruiz-Domènec, una mañana inclemente de 1997. Recuerdo la circunstancia de una cita, el reloj advirtiendo la hora de salir y el panorama ahí fuera, un hormigueo de paraguas bajo la ventisca. Era una mujer la que esperaba. Me ajusté la gabardina y pensé en el bello sexo, que, por fortuna, había abandonado las ventanas y bajado de las torres, muriendo la imagen medieval que explicaba el viejo profesor.

De camino constaté que la lluvia tenía el efecto de una descarga de alfileres sobre el rostro, en la justa medida de causar un dolor sostenido. Pero la idea del combate sensual es incluso más fuerte que los dichosos elementos. El romanticismo, reserva literaria, se nutre de las cosas más banales, informalismos de toda ralea, muchos indecorosos. Yo esto ya lo había aprendido en la época que relato. También que la seducción debe tener en cuenta la naturaleza impúdica del romanticismo y modularse. A partir de aquella conciencia, propuse para la cita un lugar donde sólo se comía cerdo cocido y huevos (también cocidos). Un figón interclasista visitado tanto por curtidos obreros de chato y bocadillo de panceta como por abogados y periodistas gruesos, platazo de morro, manitas, pernil, salchichas y botella de vino. El puerco, del rabo a la cabeza, se cocía en grandes recipientes de acero que ocupaban la entera barra, inundando los vapores aromáticos todo el establecimiento. Los camareros eran de una antipatía proverbial, y la comunicación con ellos apenas se reducía a las órdenes propias de comida, bebida y nota. Y a algún gruñido por su parte, un más o menos inteligible “¿mostaza?”

Así las cosas, la tarde transcurrió prendada entre mordiscos a orejas, morros, muslos y gruesas longanizas, mientras el vinillo ayudaba a templar todos los fríos (los carnales y los demás). Del figón nos llegamos a una bodega donde las copas, mojadas de barbaresco, sobrevolaban nuestras cabezas y se posaban en manos y labios, conjuro de la noche goliárdica que venía. Vino y fruta, lecho de púrpura, cortinajes barrocos, maderas centenarias que crujían, lozanas curvas trotando allegro prestissimo con fuoco. ¡Roma, Roma!

La resaca no es algo digno, amén de una crueldad metafórica. La sera leoni, la mattina coglioni. Busqué al amanecer, por los pasillos, el cuarto de baño y, luego, una redentora cafetera. Desde la cocina se veían los tejados de Piazza Borghese. Una voz femenina susurró en mi cabeza un recuerdo, domani andremo da papà, in Toscana. Eso sucedía antes del siglo melancólico. No eran tiempos de culpabilidades inducidas. La libertad y sus accidentes (apelación de la Deneuve) dominaban la imaginación de la mayoría, feliz. Ahora que la mujer corre el riesgo de volver a la ventana, a la torre, fuera de la aventura y del mundo infinito, rememoro las epicúreas jornadas en el castillo toscano, después de la noche blanca, romana. Pero esa es otra historia.