Apuntes electorales (VII)

(Carteles electorales, en plan Rauschenberg)

La campaña afronta sus últimos días y los elementos que se arremolinan en torno (periodistas, fieras en nómina de partido, amigos políticos) comienzan a gastar tono profético. Algunos, circunspectos, lo hacen con prosa trémula, modulando las ganas de acertar en algo. Es normal, cuesta ganarse el pan y decir cosas originales; no digamos acertar la quiniela del poder. Así, se va introduciendo en la opinión pública una suerte de pesimismo que anuncia nuevas elecciones a la vuelta de Navidad. El mensaje cae cual reprimenda a esos políticos profesionales que no saben ponerse de acuerdo para gobernar el país más complicado del mundo, exagerando un poco. Fatalidad, los sondeos indican que Sánchez, el bello interino, podría haberse equivocado confiando al tiempo y al pueblo la solución a sus problemas con los demás. Veamos, el panorama tras el rito de las urnas podría traer, oh melancolía, el inconfundible perfume a bipartidismo. En cierto modo, sería el cierre político de la crisis, que comenzó siendo económica, luego tele-populista y al final ha atenazado las mismas patas del régimen. La formulación simple, psicológica, que estaría invadiendo ya el anhelo de una mayoría de compatriotas es que desde el fin del bipartidismo aquí todo han sido problemas. E incluyo a los dirigentes catalanes, encantados en aquellos tiempos de turnismo en Madrid. Dicha circunstancia, o toma de conciencia, arrojaría al tablero de los pactos una apuesta por la centralidad, las formas ideológicas de la madre Transición. Liquidado Ciudadanos (un suponer) y domeñadas Unidas Podemos (una realidad), volvería a iluminarse la idea de una Große Koalition (gran coalición) PSOE-PP en loor de la responsabilidad. Beau Sánchez tendría entonces la posibilidad de transformarse en estadista, y aquí paz y después gloria. La pureza quedaría depositada en VOX, reserva espiritual, y los dinosaurios harían lo que mejor saben, gestionar el BOE. En cualquier caso, hará falta el empujón del IBEX y algún latigazo de Bruselas para tamaña operación. Pérdida de la inocencia, la terrible responsabilidad del gran pacto. Abandono de la adolescencia guerracivilista (periodo Zapatero) con la exhumación de Franco como última farra: España se hace, al fin, adulta.

Cataluña ha sido el tema (casi el único) de la vida nacional y, por supuesto, de este ya largo periodo electoral. El conocido farol de la independencia (Ponsatí dixit) se pergeñó para no perder hegemonía, si bien ahora parece que el farol estaba cargado de gasolina. La violencia callejera ha dado paso a una acampada de universitarios jugando a su revolución, en medio de la Gran Vía. Uno piensa qué suerte correrían estos cerriles en una universidad menos vendida al nacionalismo. O en un país menos amable, menos mediterráneo. En la Ciudad Condal, con motivo de los premios Princesa de Girona, el lunes una turba nacionalista agredió impunemente a quienes acudían al acto. Al empresario y concejal Bou le salvaron del linchamiento su aplomo y un guardia urbano de paisano. La visita del Rey es afrenta que el independentismo aprovecha para seguir hundiendo la imagen y la vida de dicha urbe. No ha faltado en este episodio el inestimable y siempre equidistante sostén de la izquierda nacional-iletrada: Ada Mal Menor planta al monarca, también Torra y compañía. Resulta ya tan difusa la distancia de los Comunes (Podemos catalán) respecto al nacionalismo como lejanas sus aspiraciones justicialistas, aquello de alcanzar el cielo y los sentimentalismos insurreccionales de papá Roures. La antorcha del politiqueo patrio más rancio (demagogia, nepotismo y sillones) la porta, campeona, la señora Colau en la segunda ciudad de España.

La frase de la semana: “La promiscuidad que hay en el Congreso… Hay veces que abres la puerta de un baño y dices: ‘hostias’… la cierras y piensas que de eso no puedes hablar.” (Pablo Iglesias)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (II)

El tiempo electoral discurre de un modo entretenidísimo. Los políticos regalan gruesos propósitos (hay que postularse de vez en cuando para estadista) y detalles adorables (la barba de Casado). Esa barba pudiera ser homenaje a nuestro último político del turnismo (Rajoy) o desafío al facial -e imperial- pelo de Abascal. En cualquier caso, con su estrategia, más templada, Casado ha ganado edad y porte, elementos que los españoles apreciamos en nuestros gobernantes. Se piense, por ejemplo, en el epíteto “aniñado” (u otros menos amables) con que la usual inquina periodística señala a Errejón, novedad en la carrera a Moncloa. Gastar careto, jersey de púber y desplegar un argumentario tan ligero, por no decir vacuo, daña sus alegres aspiraciones de poder. A estas alturas, uno tiene la convicción de que el experimento podemita, estéticamente juvenil, se ha agotado para siempre. Dónde hemos llegado, hay guerra de guerrillas entre Iglesias y Más (¿País?) a cuenta de la pureza, si bien el combate posee tonos berlanguianos. Por no decir románticos: ante el colapso climático por culpa del capitalismo (Irene Montero dixit) la nueva izquierda pelea por imponerse en un Comité Central imaginario de la república popular que no fue. De Errejón se afirma que es un juguete sanchista, bonito trasto a abandonar en el baúl del revisionismo una vez agotados los juegos. Sánchez estuvo hablando en Barcelona como rojo de orden, disfraz para el sarcasmo. El PSOE amaga con el 155. También Iceta salió en los medios con una contundencia inaudita. ¿Pero no se trataba de “hacer política” siempre? Serán las febrículas electorales, parece que el concepto de finezza de los socialistas catalanes -aplicar como dogma el pensamiento buenista al nacionalismo- ha sido relegado. Aunque, finalmente, no habrá apoyo a una moción de censura contra Torra: el PSC de los amores, burgués con conciencia social y nacional, no defrauda nunca. Hizo Sánchez duras advertencias a Torra tras lo sucedido en el Parlament de Cataluña los días pasados. Allí hubo bronca. ¡Carrizosa, fuera de clase!, ordenó el atildado Torrent, regalando novedosos bríos a Ciudadanos. El esperpento indepe gana fuerza, alguien ha mandado pisar el acelerador. Qué tiempos aquellos del oasis catalán. A la propuesta parlamentaria de expulsión -ilegal- de la Guardia Civil de esa comunidad autónoma se suman filtraciones (hay todavía secreto de sumario) que apuntan a Torra y Waterloo, el retiro espiritual del Dalai Puigdemont. Torna la oscura percepción de un ahondamiento en la crisis política, y no parece tener solución sin medidas valientes y enérgicas, adjetivos espeluznantes en estas épocas. Vuelven las imágenes feas en Barcelona, muchedumbres formadas en la antipatía, esos rostros abotargados por sobredosis ideológica. Es la evolución natural del català emprenyat, criatura parida por el periodista Juliana. La Cataluña alucinada. Fíjense, ya ni se habla de VOX, del inminente infierno fascista habitado por toreros, curas, cazadores, muchachos con chalecos acolchados y señoras franquistas del barrio de Salamanca.

La frase de la semana: “La pieza de caza mayor en estas elecciones somos nosotros.” (Pablo Iglesias)

 

(Nota publicada en Ok Diario)

VOX, una hipótesis catalana

Un fantasma recorre España. Desmiente, una vez más, la excepcionalidad respecto al continente de que pendemos. Esta premisa general, ser una soberbia anomalía en la Historia, ha seducido a intelectos de toda época y ralea. Incluso Madariaga invocó la geografía -nuestra península sería un castillo inexpugnable y por tanto aislado- para ilustrar algunas dinámicas hispanas, en su magistral ensayo España. Hasta hace dos días, superado el encandilamiento podemita, nuestra última excepción era carecer de ultraderecha.

Sobre VOX se han apresurado algunos comentaristas en busca de una explicación plausible: habitaba el engendro dentro del Partido Popular (madre) y sólo su crisis lo ha emancipado (culpa de Rajoy). Luego está, un poco mejor armado y complejo, el razonamiento que mira desde más alto: por una parte, los dirigentes del socialismo se escoran a la izquierda (las bases ya lo hicieron antes); y, por otra, la cuestión catalana, enquistada. Tanto lo primero como lo segundo, excentricidades sumadas, en efecto cansan a un electorado, digamos, centrista, que vivía más tranquilo en el turnismo PSOE-PP y el oasis pujolista. Un cierto orden. 

En este sentido, el notable peso de Cataluña dentro de España (su irradiación) quedaría, también, en evidencia. El eje político observa desplazamientos y parece gravitar, en ocasiones, desde el Principado. Si aquel tripartito de Maragall (2003-2006) fue un ensayo estético, lo que vino después con Podemos y Mareas era ya la representación al público general, llámese Españas. Un programa de consumo político adaptado a los gustos diferenciales, insolentemente concéntricos, de esta pequeña Europa. Para el caso de la ultraderecha, nuevo fenómeno, podríamos inferir que su éxito andaluz tiene algo de catalán. En el detalle, Cataluña (eufemismo de Barcelona y su área metropolitana) se presentaría, futurible, como la madre de todas las batallas entre los restos de la rebelión independentista, el narcisismo inepto de Colau, los equilibristas naranjas, la cosa llamada PSC, la sorpresa Álvarez de Toledo en el maltrecho PP catalán y el turbador despegue del partido de Abascal. Sobre éste último, Iñaki Ellakuría publicó hace un tiempo un buen análisis de sus raíces y expectativas catalanas, poniendo negro sobre blanco una realidad poco conocida. Según el periodista, el núcleo de VOX en la capital catalana estaría en algunos despachos de abogados barceloneses, sector en el que contaría con bastante predicamento. 

Una observación fría, menos apremiante de lo que se acostumbra, podría incidir en la influencia cultural y política de Barcelona sobre España. Veamos sus productos comunicativos, sus estilos periodísticos y de entretenimiento. Buena porción de los formatos de éxito televisivo de las últimas dos décadas (de Crónicas Marcianas a Salvados) es barcelonesa. De igual modo, el desparpajo de una politización se ha forjado en el ejemplo de la Ciudad Condal: cargos electos que se declaran por encima de la ley, componendas de una indisimulada demagogia y, en constante desenfreno, los governs desde 2012 (ahora tenemos uno en Waterloo y otro en la plaza Sant Jaume). Espectáculo político-mediático que podríamos bautizar estilo catalán posmoderno. Aquella secular, suspirada conquista de España por parte de unas elites catalanas podría haberse cumplido, aunque con hechuras diferentes a las imaginadas. Conquista cultural formativa, triunfo de unos heterodoxos; política en permanente crisis, con sus indeseables e imprevistas consecuencias. 

La moda VOX podría interpretarse como una reacción. Reacción a esa conquista catalana y a los movimientos imitativos (bajo la marca Podemos) de su particular estilo posmoderno. Un empacho general. Desde 2012, el procés, en efecto, ha provocado una invariable miríada de descomposiciones. Y el partido que ahora atrapa a las audiencias tiene tanto de flamante contestación como de vieja osadía. Ganivet, pensando siempre en el misterio español, hablaba del “misticismo, que fue la exaltación poética, y el fanatismo, que fue la exaltación de la acción.” Nuestro intelectual era ciertamente severo, espejo de un momento histórico en que la españolidad había cabalgado sobre todas sus contradicciones. 

Quizás la comedia presenta hoy inéditos giros: en el laboratorio catalán habrá próxima función con las elecciones convocadas. No deberíamos subestimar las capacidades que nos encumbran y que nos hacen tan europeos como, por ejemplo, los alemanes. La mística de la flagelación colectiva. Lo veremos. El régimen constitucional ha visto nacer, en cualquier caso, insólitos y briosos impugnadores desde la última depresión económica, severa, que fue también crisis de confianza. Parece que, en unos cuantos y turbulentos años, haya envejecido y sufra los achaques de una decadencia. Ningún régimen español contemporáneo ha sobrevivido más de cinco décadas.