Y de repente, el último verano

Fue durante el ardiente mediodía, en una terraza barcelonesa. Se sucedían los habituales accidentes: la desgana de los camareros, el “hola chico”, la mesa sucia y el presagio de una comanda equivocada. También en esto Madrid puede ofrecernos buenas lecciones. A nosotros, que tuvimos la más grande y animada terraza del país, el Café Español, propiedad del señor “Pepet” Carabén. De eso hace mucho, ahora nos gustamos en una contumaz soberbia, que es decadentismo. Abunda un barcelonés disminuido por exceso patriótico. Reblandecido su otrora orgullo de ciudad, se relame en su versión catalanista. Diría que el neogramsciano Juliana parió intelectualmente a la criatura: el català emprenyat, escolti. Especialista, la izquierda le puso su estética. Ella, siempre ávida de participar en los peores inventos. Luego, coherentes, alzamos de jefe a un Nerón que toca la lira mientras la ciudad arde, exclamando “¡Qué gran artista se pierde el mundo!”, según el tópico cinematográfico.

Siervo de todas las perezas, pedí un café tardío. Ojeé la prensa. Durante la noche habían acuchillado a un hombre para robarle el reloj. “Un reloj de lujo”, se destacaba. En el cómputo de esta Barcelona que vuelve a la navaja aparecía incluso un embajador. Por caridad, qué manía la de internacionalizar nuestros asuntos. Era el sexto o séptimo acero encarnado en unas semanas, quizás tenga que ver con la política del “mal menor”.

Caía el sol sobre la pérgola, corona de fuego. Alcé la vista del café y allí estaba, a unos metros de mi mesa. Vestía de largo vaporoso, tela que predecía divinas órbitas. Voluptuosa prusiana. Carne celeste incendiando toda misantropía. Cruzó las piernas imperiales y vi sus pies, en los que me detuve desconcertado. Unas chanclas. Las chanclas azules con rayas blancas de las clases de natación de la niñez, sobre las que algún gurú ha debido proclamar su homologación callejera. Si algo bueno acarrean esas modas es, por cotejo, la feliz marginalidad de la elegancia, misterio siempre intuitivo.

La dama estaba contenta, incluso parecía feliz. Bebió zumo verde, se hizo un millar de selfies, comió vegetales y sorbió con entusiasmo la familiaridad de la globalización. Providencial, Barcelona, ajena a sus viejas penumbras, no la contradecía. En todo caso la reafirmaba con su carácter friendly todas las causas bonitas, las del entero mundo. Política naif. El gran abrigo de Occidente en su estertor. Por comparación, anoté mis hábitos reaccionarios, la tostada de huevos con panceta, un vino y café con cinco cubitos. Casi nadie piensa en la fragilidad, combustible de este Bizancio tecnológico, imperio moribundo al fin. Un voluntarismo que, navajas y deshielo de los Polos, incendio luciferino del Amazonas, cobija miedos muy antiguos.

Azucaramiento barcelonés

El barcelonés ilumina una suerte de teatralidad que hubiera gustado (aventuro) a Erving Goffman. Escuelas de la dulce sensibilidad, el disimulo, un flujo de susceptibilidad y la elusión de cualquier conflicto. Estos elementos explicarían que el barcelonés tipo puede hoy apuntarse a una opinión pública y mañana a otra de signo contrario. Sin problemas de coherencia. De todos los trazos característicos, la azucarada sensibilidad me conmueve especialmente. Y tiene implicaciones políticas.

Noble Ensanche. Cae una tarde de acerada luz, los estertores del infierno estival. Vuelve a la ciudad un carácter, un cierto orden. Tengo enfrente a los hijos de mi amigo Armand Carabén, juegan en un parque homologado. El padre pierde a sus vástagos de vista -hay un elixir encerrado en vidrio delante mismo-, y entonces dice no soportar el reinado de sentimentalismo instaurado en la sociedad barcelonesa, acaso catalana, acaso mundial. Yerra quien pueda suponer que la política, el procés en nuestro caso, es ajeno a tal reinado. La televisión, ese amplificador, recoge el fenómeno: una suerte de relato emocionado que se confunde con humanismo naif, progresía en zapatillas (ah, el ámbito doméstico, donde todas las cosas ocurren) y regeneracionismo perenne.

La televisión, decía, descifra al espectador a través de dramas pavorosos. Es algo más que la tradicional sensiblería, encantadora, de mesa camilla y crimen pasional; es una suerte de género de sucesos mezclado con responsabilidad social. Una politización corrosiva. Y sobre todo muy pesada. Los barceloneses hemos sido mecidos hace lustros en tales amores. Lo que nos faltaba. Por eso salió elegida esta alcaldesa, por un cálculo del todo sensiblero. También coherente. Y por eso hubo tantas esteladas, que alteraron la percepción de una Barcelona cosmopolita.

Echando la vista atrás, creo haber encontrado (¡aleluya!) el origen del procés, el Santo Grial (nada de sentencias del Constitucional). Fue un programa televisivo en que un conejo obeso, de nombre Carlitus (nótese la sofisticación semántica), debía ser sometido a una operación a vida o muerte. Todo el mundo en vilo durante semanas. En Madrid esto no se comprendería. Carlitus, el conejo obeso y azotado por un cruel enemigo (la injusticia), era la patria de todos y de cada uno. Así comenzó el procés. Creo que Pla hablaba de eso, de un terreno emocional idóneo.

Mi amigo Armand ha pedido otro elixir. Los niños siguen deslizándose tobogán abajo, es una imagen agradable de la caída, lenta, satinada, inevitable.