Cenar en agosto y el espíritu de Luján

Comer por ahí en agosto y esperar hacerlo bien es, en principio, de voluntaristas. En Barcelona, desde luego, hay que intentar evitarlo. El imperial mes atestigua una energía centrífuga en cuanto a restaurantes honestos y buenos. Quien no ha bajado la persiana pasa el temporal de clientes apretando las tuercas a sus proveedores. Es época de pingües beneficios; y de comer con sospechas. Excepciones haylas, desde luego.
(Un inmaculado romanticismo: pasé veranos durrellianos en Grecia y no me sentaba a la mesa a mediodía hasta que llegaba el pescador y una señora acostaba la captura sobre las brasas. Era cosa de dioses; por nuestro sur he oído que se producen todavía episodios así. Qué remembranzas teje el agosto.)
Anoche cené en la única terraza abierta que tengo cerca de casa, sita en Enrique Granados. Pedí pularda asada y una botella de Muga rosé, temiendo que el espíritu de Luján saliera de su casa a reprender tal concesión a un caldo despreciado por él. Ni blanco ni tinto. Desde mi mesa veía aquella puerta dorada que atravesaba nuestro querido gastrónomo para dirigirse a cualquier restaurante predilecto, quizás en Tuset. Era la época de un clasicismo, caza otoñal en el Orotava (que abans es deia l’Hostalet, nos recuerda Miró en un embaldosado que se aún se conserva sobre la antigua puerta al templo) y steaks tártaros en Reno. ¿Qué le habremos hecho a los restauradores para que nos encontremos este plato, desanimalizado, hasta en los chiringuitos de playa? El steak tártaro y la universidad son las dos cosas de obligado cumplimiento para todo nacido hispano. En Via Veneto siguen preparándolo como manda Dios; yo lo pido siempre con un filete de anchoa.
Vuelvo a la cena de agosto. En una mesa contigua, dos mujeres galas ventilaban un arroz caldoso con bogavante acompañado de negroni. Recordé a Kinsgley Amis, testimonio de un maridaje excepcional: en algún momento de los años 1980 un matrimonio inglés habría cenado rodaballo mojando el alma con una botella de pipermint. Lo que yo observé anoche pudiera estar en esas cumbres humanas del comer y del beber. Escuché una risa tibia, apoyada en una feliz papada; quizás fuera don Néstor que volvía a casa.

Violeta la Burra

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Violeta la Burra y el autor, a punto del delirio (fotografía de Cristina Losada Salgado)
De ella escribió Umbral que era Andalucía, mitad burra de carga, mitad violeta de Juan Ramón Jiménez. Voz rasgada por la noche del Paralelo, vida con que ilumina sus identitarias hortalizas y butifarras, a modo de diademas o de collares sobre el pecho sevillano, escarnio de un orden imposible: la madre amantísima quiso una niña y le salió Violeta, Pedro de día, artista de noche. O como dice ella: Violeta de arriba, Pedro de abajo. Conoció el éxito en el Teatro Arnau, mundo del que ya nada queda, excepto Ella, misterio barcelonés. Soy la noche, llegó a afirmar. Jaca negra, luna roja.
Después de eso, subió a Enrique Granados, donde vive y, nocturna, canta coplas, canciones de su sello y vende flores. Famosa en esta calle cual aquella Moños de la Rambla, que un amor equivocado enloqueció. Por las mañanas la encuentro comprando verdura, sin peluca ni maquillaje, verbo invariable.
El transformismo suyo es un sur desproporcionado, Violeta del cachondeo y la provocación inocua, el salero subido de tono. Cena algo en Paco Meralgo o en La Moderna, donde la conocen y estiman. Vende rosas en el Dry Martini, ¡antes qué buena clientela!, se lamenta: aquellos señores espléndidos con sus queridas, tras la cortina de terciopelo que separaba ambos mundos, el de la luz pueril y el de las gratas tinieblas.
Ha grabado discos, algunos autofinanciados, por los que desfilan Cristiano Ronaldo, un butanero, Paquito nardos y su poesía barcelonesa: salchichón, salchichón; maricón, maricón, ay que ver lo que tengo que hacer pa comer. Estuvo unos años en París, pero la madre enfermó y ella lo dejó todo para venir a cuidarla, a Sevilla, donde conserva casa en un pueblo blanco. En el Dry Martini, sus rosas beben de una botella de tónica que le proporciona Ceferino, inmaculado camarero de rizado bigote. Frecuenta también la coctelería Solange, antiguo Harrys con piano de cola en torno al cual pasaban esas cosas de la nuit. Bizarría perdida.
El perejil ha sido también su enseña, lo aireaba por ahí como ha aireado pepinos, nabos y berenjenas, regalos de la naturaleza feroz. Canta Francisco Alegre por unas monedas y los turistas no cazan ni una sombra, esos bobalicones. Si le preguntas qué tal, contesta bien, mariconeando. Cómprame un cucurucho, grande, de turrón, y mientras chupa el cono un niño callejero la mira con ojos de plato vacío. Casi no parece Barcelona, durante unos instantes.