Azucaramiento barcelonés

El barcelonés ilumina una suerte de teatralidad que hubiera gustado (aventuro) a Erving Goffman. Escuelas de la dulce sensibilidad, el disimulo, un flujo de susceptibilidad y la elusión de cualquier conflicto. Estos elementos explicarían que el barcelonés tipo puede hoy apuntarse a una opinión pública y mañana a otra de signo contrario. Sin problemas de coherencia. De todos los trazos característicos, la azucarada sensibilidad me conmueve especialmente. Y tiene implicaciones políticas.

Noble Ensanche. Cae una tarde de acerada luz, los estertores del infierno estival. Vuelve a la ciudad un carácter, un cierto orden. Tengo enfrente a los hijos de mi amigo Armand Carabén, juegan en un parque homologado. El padre pierde a sus vástagos de vista -hay un elixir encerrado en vidrio delante mismo-, y entonces dice no soportar el reinado de sentimentalismo instaurado en la sociedad barcelonesa, acaso catalana, acaso mundial. Yerra quien pueda suponer que la política, el procés en nuestro caso, es ajeno a tal reinado. La televisión, ese amplificador, recoge el fenómeno: una suerte de relato emocionado que se confunde con humanismo naif, progresía en zapatillas (ah, el ámbito doméstico, donde todas las cosas ocurren) y regeneracionismo perenne.

La televisión, decía, descifra al espectador a través de dramas pavorosos. Es algo más que la tradicional sensiblería, encantadora, de mesa camilla y crimen pasional; es una suerte de género de sucesos mezclado con responsabilidad social. Una politización corrosiva. Y sobre todo muy pesada. Los barceloneses hemos sido mecidos hace lustros en tales amores. Lo que nos faltaba. Por eso salió elegida esta alcaldesa, por un cálculo del todo sensiblero. También coherente. Y por eso hubo tantas esteladas, que alteraron la percepción de una Barcelona cosmopolita.

Echando la vista atrás, creo haber encontrado (¡aleluya!) el origen del procés, el Santo Grial (nada de sentencias del Constitucional). Fue un programa televisivo en que un conejo obeso, de nombre Carlitus (nótese la sofisticación semántica), debía ser sometido a una operación a vida o muerte. Todo el mundo en vilo durante semanas. En Madrid esto no se comprendería. Carlitus, el conejo obeso y azotado por un cruel enemigo (la injusticia), era la patria de todos y de cada uno. Así comenzó el procés. Creo que Pla hablaba de eso, de un terreno emocional idóneo.

Mi amigo Armand ha pedido otro elixir. Los niños siguen deslizándose tobogán abajo, es una imagen agradable de la caída, lenta, satinada, inevitable.