La Cataluña alucinada

El año 2009 se celebró en Barcelona una exposición titulada Iluminacions. La Catalunya visionària. Estaba organizada por el Centre de Cultura Contemporània (CCCB) en colaboración con la Generalitat. En líneas generales, la muestra trataba de ofrecer una idea de Cataluña a través de algunas manifestaciones artísticas, iluminaciones creativas desde el Románico leridano a Gaudí, Brossa o Dalí. He querido rescatar el catálogo, coeditado por el Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona. Conforme avanzaba en su lectura, coincidían en mi mente dos torrentes de memoria, o recuerdos si prefieren. Uno traía las viejas perversiones del catalanismo (el pensamiento contemporáneo principal sobre Cataluña) y el otro aportaba el lodo de los desastres acumulados en estos últimos años. Ambos formaban, al unirse, la caracterización de una criatura henchida de ensoñaciones autocomplacientes, formuladas y repetidas con insistencia en las décadas pretéritas. Iluminaciones que figuran como un singular capítulo dentro del canon catalanista. 

En el mencionado catálogo, Pilar Parcerisas daba cuenta de algunas: “Cataluña ha sido un espacio de deseo, de sueños incompletos y no conseguidos”; “En Cataluña se fusionan los dos sentidos de la utopía […], el que reflejan los utopistas «imaginarios» y «fantasistas» y el que ponen en marcha los reformadores sociales”. Unas páginas después, Joan Ramón Resina reconocía en el individuo catalán una circunstancia diferente al resto del mundo: “El catalán es el único ser del universo que «sueña con tortillas». Y que tan pronto «sale del huevo» como «devora curas».”

En todo caso, las iluminaciones se comprenden (bien) en el marco de una obra colectiva, sea el submarino de Monturiol, los pastiches escatológicos de Tàpies o el ojo ubicuo (y clínico) de Zush. De hecho, Resina prolongaba así, fervor poético, su fantasía compartida: “Hace más de un milenio que la sangre de Wilfredo sostiene una creación política con la consistencia de los sueños”. Veamos. El devenir (romántico) de este imaginado país está trufado de reveladores hechos. Sujeto a los humores del molde epistemológico del catalanismo. Del siglo XX, podemos resaltar sus momentos álgidos (lamentos y pataleos históricos) como factores computables a la idea abstracta de la nación. Esto se halla, preclaro, en Prat de la Riba, tótem intelectual de Jordi Pujol. En perspectiva, y como deberíamos haber temido, el asunto de Cataluña es espiritual, mágico. Y el catalán, un ser extraordinario, cautivo de tales fuerzas simbólicas. La problemática catalana (y la asunción orteguiana, de moda otra vez), su sucesión de episodios nacionales, son fantásticas iluminaciones. Identifico en dicho encantamiento, o trance, tanto los sangrientos meses de Companys president (habría gritado, antes de ser fusilado: “¡Por Cataluña!”) como la sincera, profusa militancia franquista catalana durante el régimen del general, indistintamente.

Esos episodios podrían calificarse coyunturales, servidumbres a los tiempos, si no fuera por la magnífica energía que este rincón de la península ha producido y produce en cada época, bajo cada régimen aunque sea antagónico al precedente. Según la hipótesis alucinatoria, conviene citar más ejemplos, quizás menos célebres que los de los años treinta, pero que constituirían una tradición renovada. De toda la legión de delirios contemporáneos, fauna de grupúsculos maoístas, prosoviéticos, marxistas-leninistas, promarihuana, anticapitalistas, asociaciones excursionistas y caus, destaco a Lluis Maria Xirinacs. Sacerdote, enlazó hasta cinco huelgas de hambre a partir de 1970, la primera de ellas en solidaridad con los etarras procesados en consejo de guerra en Burgos. Su pensamiento, razonado en un diario personal, mezcla cristianismo socialista con nacionalismo, muy sensible a los derechos de los pueblos propio y vasco. Entre sus notas, en las que aflora una personalidad bondadosa y politizada, hay este pasaje: “Hace cinco meses que se alzó una gran ola en el mar. Era agosto, el tiempo del calor. Entré en contacto con los héroes del siglo XIX y del XX, aquellos hombres que luchaban y que luchan de verdad por el pueblo. Y decidí jugar del todo a favor del pueblo. No fui yo quien lo decidió.” Xirinacs se suicidó, el año 2007, en los interiores de un bosque. 

El sentir político puede causar verdaderos fulgores de creatividad. Joel Joan (actor y admirador de Xirinacs) reconocía, oh lirismo, que “la independencia [de Cataluña] es un estado de ánimo”. En los interminables anales de las cosas dichas y escritas en estados alucinatorios, pasajeros o permanentes, el asunto de la Historia atesora enjundiosos capítulos, estupideces en grado sumo de paroxismo. Para tal labor ha trascendido últimamente un señor de apellido Cucurull. Afirma, al calor de esa alucinación colectiva denominada procés, que Cervantes, Santa Teresa de Jesús o Colón eran catalanes. En el ambiente historiográfico, la fama de este personaje puede causar risa o malestar. No obstante, un catedrático (Sobrequés) observa: “hoy día, no hay postura más inteligente para un catalán que ser independentista”.

La lista de deslumbramientos parece harto extensa. Y aunque debemos tener en cuenta que las palabras de Joan y Sobrequés -por seguir ambos ejemplos- buscan, sencillamente, acomodarse en el enorme sistema de prebendas catalán, cumplen su función cegadora. Alimentan al pueblo llano: piénsese que en algunos villorrios los vecinos han salido de noche por las calles portando antorchas (paganismo de estética nazi) y que, en Terrassa, un bolardo fue objeto de ofrendas patrióticas. Si el procés puede entenderse como una reacción de ciertas elites catalanas al perder la hegemonía política (los hitos de tal pérdida son los tripartitos de izquierdas, 2003, 2006; el caso Palau, 2009; el caso Pujol, 2014), sus efectos alucinatorios han gozado de enorme implantación. Consuetudinario hechizo de las masas, cautivadas: desfilan por los escenarios (televisivos, mayormente) voces autorizadas iluminando a la crédula plebe con un argumentario delirante. Estos señores, -alguna señora también-, creadores de opinión pública, fingen, son asalariados de una causa. Sin embargo, en algunos casos particulares la enajenación ha podido resultar sincera. Carme Forcadell, presidenta del Parlament cuando se violaron el Estatut y la Constitución (2017), confesaba a su abogado, a las puertas del juzgado en que le esperaba Llarena, que no podía creerse la situación: según ella, nunca hubiera imaginado cualquier circunstancia que no fuera vivir en una neonata República Catalana.  

Así, el momento catalán, borrados ya los ecos de Pla y su idea del compatriota pragmático y melancólico, pone de relieve que el deslumbramiento recurrente, aunque adormecido en algunas épocas, sigue transitando cual flujo histórico. Una suerte de llamada de la naturaleza a la que muchos catalanes no pueden resistirse. En tiempos de Dante, la gente tenía visiones, era un “significativo, interesante y disciplinado modo de soñar”, según T. S. Elliot. Podría pensarse, con rigor, que aquellas legendarias visiones medievales y modernas fueron relegadas en Europa a la oscuridad. Sin embargo, un rincón del continente, Cataluña, hoy, vuelve a ser tierra alucinada, extraña en cualquier caso a las virtudes que el poeta inglés identificaba.

Melancolías en campaña

Escribir melancolías, ayer como hoy, aprieta las letras. A estas me las imagino un mojón informe en mitad del páramo, como aquel en el que Holmes buscaba a un perro sin (casi) saberlo. Qué sortilegio la primavera política. Serían malos tiempos para cierta lírica, murió este mes Sánchez Ferlosio; y casi nadie recuerda a Bachelard, que nació en Champagne en junio de hace ciento treinta y cinco años. Estamos envueltos en el lío de la campaña (electoral, dicen) y el páramo, aunque se extienda raso y tedioso, está sembrado de trampas dialécticas, trucos prerromanos, aromas necios y no sé si, incluso, duelos morales. Yo pongo mi pequeño charco de letras, bajo la neblina y las estrellas. El caso es que escribir sobre lo perdido salva lo mismo que entierra.

El probable presidente del Gobierno aloja al sistema y al antisistema; desde este punto de vista, tiene todos los mimbres para quedarse con el Estado. Concentra él tanto al hidalgo Don Quijote como al escudero Sancho Panza, las simbologías con que Cervantes iluminó la modernidad, y aún estamos ahí. Sus rivales, personajes de la obra, han sido traídos a la arena por el clasicismo más exasperante, canónico. Tampoco habría que leer libros de caballerías, su versión cervantina o el tebeo del Capitán Trueno. Están todos los que tienen que estar y formulan lo suyo. No sé hasta qué punto la patria merece obra tan bien tejida. Incluso siento una simpatía proverbial por algunos que están ahí de buena fe, pero que quizás malgastan su patrimonio intelectual. En cualquier modo, imagino al doctor Sánchez regocijándose, como el niño que espera sabiendo que en breve llegará el regalo.

Adenda:

De Ferlosio no me quedaría con su ensayística, más bien prefiero el modelo de fecundidad, su ilusión arisca, su gato de porte sabio, tan leído.

En cuanto a Bachelard, sobre el que escribiré algún día un gran artículo conmemorativo, quiero recordar el tema de la caracola, objeto de sus estudios: nos dice que el poeta, un tal Valéry, se vio falto de imágenes al hablar de ella y “quedó detenido, en su evasión hacia los valores soñados, por la realidad geométrica de las formas.” Luego el filósofo nos conduce al inicio, cuando, en el momento de tomar forma, la caracola puede enrollarse hacia la derecha o hacia la izquierda, decisión de la que dependerán tantos sueños.