Barcelona ciudad

En Barcelona, por su condición portuaria, los amores han sido anodinos, fragmentarios o puros de aroma grave. Amores litúrgicos, carnales, fruto de la casualidad. Querencias sangrantes, la pose -siglo veinte- agreste de páginas amarillentas, erotomanía de ‘chicas de careto guay’ y púberes exagerados en ropas. Informalismo, pequeñas drogas, comedia del compromiso.

¿Compromiso? Todos mis viejos amigos, rockeros, mods, casados, divorciados, con hijos, conservan sus ojos brillantes desde aquella época-ciudad. Salado pop, envejecimiento. Algunos mantienen el espíritu maravillado, original del tiempo en que nos guiábamos por el papel impreso, véase Diario de Barcelona, 1984, Víbora, Cairo, fanzines como Reacciones, joya del buen gusto que elaboraba, dibujaba, fotocopiaba Ringo Julián, fallecido en 2016. Había yo caído en su casa familiar, algunas noches, tras recorrer un Paseo de Gracia que en los crepúsculos habitaban chulos y chaperos, vidas muertas de la elegancia diurna.

Es esta solo una noticia, tardío obituario a Ringo, delgadísimo, fulares de cachemir, trajes a medida, inmensa discoteca, chico museo de habitación con pósteres. Una ciudad. Aquella Barcelona de la que Pepe Albert de Paco rememora ahora, comiendo frente a mí: volver a casa sin las bambas nuevas, ser esclavos de un puerto hierro y callejuelas; y su resumen, tan vívido: “de dónde veníamos”.