Aseveración del viaje

(Mapa de Frederick Walrond Rose, 1877)

Los mapas disertan, en un sentido estricto. También discuten, litigan, se enzarzan, la suya es jerga universal. No son inocentes, ni por supuesto imparciales. Tienen la gracia artística de una pornografía exacta, abierta, esta es la mayor gloria de Mercator, año 1569. Además, como es sabido, avivan ambiciones y sueños en los hombres. Recorrer con el dedo índice montañas y valles lejanos, imperios, guerras, renuncias imposibles del ejemplo de Bizancio. Auge y caída, vigor y abandono, esas dinámicas hiperbólicas del gusto humano. Acariciar mastodontes estalinistas. Tentar la sal roja del Malabar o la espuma blanca en el regreso de Ulises. Deslizarse por la costa africana y sus infinitas playas hasta el cabo de Nueva Esperanza, donde crecen plantas gigantes del tamaño de torreones. Seguir la ruta dramática del Batavia y, tras algunos minutos de navegación digital por el Pacífico, salvar desventuras y fondear en el mar de China. Cualquiera puede exaltarse sobre el papel, del mismo modo en que Guido Gustavo Gozzano invocó su imaginario viaje infantil a Goa. Su caso testimonia también el infinito viajar de Magris.

Hay mapas mentales asombrosos: sobre el papel, una línea dibuja el periplo geográfico de la vida. Sus accidentes. Existe un mapa de los innumerables viajes de Churchill durante la guerra contra Hitler, algunos sin explicación, todos justificados. Imaginemos la cartografía que produjo Casanova en sus andanzas. O Maigret, quien, íntimamente, trazó dibujos criminales de las entrañas de París, alcobas, oscuros patios de vecinos, antros de Montmartre. Pensemos en el tesoro oculto (de Stevenson), el mito era el mapa. ¿Y el cuerpo de Justine, la de Sade, acaso no lo fue, de igual forma, en las lecturas solapadas de juventud? Ahí al alcance, alambicado hasta su futura condena, exhausto como la ruta de la seda.

Se ha insinuado hasta la insolencia que Marco Polo no vio la Gran Muralla y que quizás tampoco sus ojos se plantaron en todas las maravillas relatadas en Il Milione sobre el reino del Gran Kan. Esa afición de los amantes de la verosimilitud, quienes nunca han osado emprender travesías comparables a las de Jim Hawkins, Little Nemo, Peter Pan o la absurda Alicia, quien anuncia un antimapa:

“Había comprado un gran mapa del mar,

ni un solo vestigio de tierra.

Y toda la tripulación estaba feliz al ver que era

un mapa que todos entendían.”

No sólo la tierra, incluso sus problemas y distracciones, me baso en el magnífico ensayo de Simon Garfield (On the map). Mapas de la peste medieval, de las calles más peligrosas de Londres durante el siglo XIX, de las heladerías de Roma, de la censura en Asia o de los canales de Marte. O de las cincuenta islas remotas a las que Judith Schalansky confiesa que nunca irá, Fangataufa (en Polinesia), Soledad (en el Mar de Kara). Está, luego, el más trascendental mapa, el que no refiere tanto el erotismo de la aventura como la pérdida, el documento inmaculado que los años van dibujando en las personas, cito a Edward Thomas:

“Ningún viajero ha descansado nunca

con tanta paz como hay en este instante,

entre dos vidas, cuando las estrellas

y la penumbra esconden lo que nunca ha sido,

lo mejor o más alto que cuanto pueda ser.”

Una amistad barcelonesa

Una gran pasión se esconde en toda literatura sobre un árbol caído, una bala de fuego que busca la paz a partir de la furia. Esta furia se confunde con la decepción. Y cómo definir la decepción sin su ingrediente de acepción. Tuve un amigo, pero un aire se lo llevó. Un día a la semana, los jueves, íbamos a un restaurante chino a comer esas recetas cantonesas adaptadas al gusto occidental. A la entrada al local había dos grandes tigres que recibían al cliente con gesto hostil (no me parece mal) y, al fondo de la sala, se desplegaba un enorme paisaje de verde naturaleza con garzas, montañas y cascadas. Animaba mucho el espíritu. Ocurren esas cosas con la amistad, hay una etapa de enamoramiento y después otras etapas de desenamoramiento, que pueden durar años y entonces se califica la relación con grandes adjetivos. Normalmente, no se pasa de un idilio y cuando se agota el espíritu de conquista, motor de las relaciones humanas, la flor es abandonada. Podría decirse que la amistad es una experiencia estética.

Mi amigo, economista, miope y de pequeña estatura, casado con una mujer hegeliana, era una de aquellas personas formadas en la historia olvidada de Barcelona, o mejor, en los intramuros de una clase inmaculada por gracia de las rentas, Hermes de identidad catalano-españolísima (existió siempre y aún) y un atropellado vivir. Quizás no el más interesante, pero sí el más seductor. No pertenecía a una de las ciento cincuenta familias que mandan en mi ciudad desde tiempos lejanos, más lejanos que la república, el franquismo y esta democracia; pero tenía la posición acomodada de las otras cinco mil familias inmediatamente inferiores a las dominantes. Acera lado montaña de Diagonal. Se comprende que la naturaleza de ese dominio social, económico e ideológico ni es inmutable ni está a salvo de sacudidas y dramas. Mas, en todas las sociedades europeas, hay apellidos que son infinitos hilos temporales. Un mundo, barcelonés en nuestro caso, para el que los cambios de régimen político apenas han molestado algo, cuando no han sido recibidos abriendo botellas de espumoso. Es tan solo un ejercicio de sentido común alumbrar que esas buenas familias fueron un pilar fundamental de anteriores regímenes, ahora que está de moda abjurar con pose de Heródoto pero sin haber leído nunca un maldito libro. “Una monstruosa mezcla de imbecilidad, extravagancia e histerismo político”, podría decir Lord Randolph Churchill (padre de Winston).

Bien, el viejo amigo que un aire se lo llevó era de aquella prosapia tan salada, que quizás por contacto capilar o por contacto visual en el cine y las novelillas de una época nos es familiar. El varón español, compendio de todos los calores habidos en este país desde Adán y Eva, habituado a trabajar poquísimo, dedicado a los camaradas, a cruzar umbrales de insigne nombre y dar, en caso de necesidad, precisos puñetazos en la mesa. Empeñado en una fama, en definitiva. Cuántos vuelos rasantes por el bulevar de Pau Casals, rodeando el Turó Park cual circuito monegasco para acabar estampándose en las puertas del Bacarrá, aquellos hombres corpulentos de traje negro bajo las luces rosadas, la entrada escaleras abajo que sin duda concibió el mismo Diablo. Al amanecer “irán amontonándose las flores cortadas, en los puestos de las Ramblas” (Gil de Biedma); y una terrible resaca se disolvía en la piscina del viejo Arsenal, club deportivo que tenía mucho menos de deportivo que de sociedad, madre que amamantó a tantos hijos de esta querida Barcelona. Pergeñaba entonces la vuelta a la vida. Y, como aquel don Joaquín Masagual de Vilallonga, se inventaba una oración: “Dios mío, haz que mañana, o a mediodía, me encuentre vivo, apercibido y fuerte, para poder servirte mejor”. Eso podía traducirse, horas después, en la reserva de mesa en Casa Jordi; y vuelta a empezar.

En fin, las amistades mueren como mueren los amores, excepto algunos indestructibles, por ejemplo el de Tracy y Hepburn o el de España y su mala sombra, y esta es una circunstancia que debemos asumir, aunque nos apetezca muy poco. Respecto al caso particular que refiero, mi amigo se evaporó, algo endiablado, parecería inspiración de una de aquellas maravillosas y breves vidas que John Aubrey se deleitaba en anotar. El delito precede al castigo, pero si no se conoce delito, ¿qué dignidad, qué decoro se asume ante la ciega Justicia?