Apuntes electorales (VI)

(Single del grupo Kortatu, 1986)

No ya esta rara campaña electoral, también los equilibrios sobre los que se sostiene el actual régimen constitucional tienen en Cataluña su punto crítico. Los detalles resultan hirientes, nadie añora el tradicional juego de mercaderes (“interlocutores”): lo que sucede hoy al noreste de España posee el tono guerracivilista, autoritario de tradición. Estamos en la justificación abierta de la violencia (Paluzie). Recordemos el camino andado hasta aquí. Cuando se inició formalmente el procés, sucedieron cosas antes impensables en Cataluña, al menos en la Cataluña pujolista. La circunstancia inaugural, el hecho grave, había sido la entrada de la policía al Palau de la Música con una orden judicial de registro. Digo inaugural porque su significado no era otro que un ataque sin paliativos a aquel régimen, sistema (oasis) en que las elites convergentes eran hegemónicas e integradoras. Las grandes empresas disfrutaban de amparo y complicidad por parte de las autoridades: una relación armoniosa entre gobernanza y negocios. Como sabemos, la corrupción (el famoso 3%) constituía el combustible que hacía funcionar el entero tinglado. Pero alguien decidió acabar con aquella “música celestial” (Manuel Trallero dixit) mandando a los mossos al templo de los coros y las mordidas. Y en eso se encomendó a Artur Mas una misión política delicada, pensada como una defensa de los interesados cual gato panza arriba. Su procés y las repetidas convocatorias electorales, en que CiU iba extraviando escaños, son el cuento de la pérdida de hegemonía. Un efecto encantador fue ver a las viejas y debilitadas elites del catalanismo subordinarse a un partido antisistema (CUP) al que habían votado sus propios hijos. Pidieron la cabeza de Mas y, por otra parte, se dedicaron, con el dinero y la repercusión que les dieron entrar en las instituciones, a un juego del que ahora vemos consecuencias elocuentes: la violencia. El diputado David Fernández (“el chico de la zapatilla”) invitó a Otegui a pasearse por Cataluña y establecer vínculos políticos entre el que fuera partido de ETA y el renaciente nacionalismo radical catalán. Independencia y socialismo, lemas compartidos. Después de eso, hemos tenido oportunidad de ver al de Bildu en las calles, recibido como un ídolo. Lo ha hecho estos días electorales, también, por supuesto. La operación, iniciada en 2012, ha dado frutos. La kale borroka luce mejor imagen que la policía entre el President Torra y las organizaciones de masas independentistas. También toma formalidad en la “Declaración de la Llotja”, excreción que habla de ‘conflicto’ y de una ‘mediación internacional’: asimilación del lenguaje filoetarra. Hay, por consiguiente, una fase última del procés en que el imaginario abertzale tiene su peso, su influencia. Se ha hablado en medios de la incursión de personas venidas del País Vasco en los lamentables incidentes de estos días. Barcelona en llamas, panorama antes inconcebible: ulsterización, fanatismo, incapacidad política de remediar nada. En definitiva, lo que debía ser una semana electoral (y estos unos apuntes sobre mítines, declaraciones, rumores y encuestas) queda sujeta al postrer capítulo del suicidio de la burguesía catalana, barcelonesa al fin. En contraposición, cientos de miles de ciudadanos no nacionalistas se manifestaron el domingo pacíficamente, con urbanidad, en la Condal urbe. Imagen inversa a la inmoralidad de un Torra que cortó una autopista o a nuestra alcaldesa Ada Mal Menor, quien se ha declarado partidaria de que la jefatura de policía abandone Vía Laietana. La nueva izquierda (o izquierda iletrada) sigue cooperando con el retrógrado nacionalismo.

La frase de la semana: “Nota para equidistantes, terceristas y mercaderes varios: no pienso aceptar que un condenado por sedición y malversación y yo tenemos razón a partes iguales y debemos encontrar el equilibrio entre la democracia y sus delitos.” (Alejandro Fernández, presidente del Partido Popular en Cataluña)

(Nota publicada en Ok Diario)

Erótica de un proceso

Serán las primaverales fiebres, el indicio salado de sus rizos o porque, en palabras del bardo, “llevo tu luz y tu olor, por dondequiera que vaya”. Será lo que sea, pero estoy en la hipótesis de una conquista. Con gafas de colorines, pañuelos estampados de Jofré y dinero mediático. Evoco al galán: casa regia convertida en hotel, vajilla de la bisabuela recorriendo subastas y libros franquistas quemados. Se me ha aparecido el donjuán, invariable, en Via Veneto, con la indiferencia del potente hacia los adornos, mientras Javier Oliveira, maître, pelaba en el aire una voluptuosa naranja ensartada, elegante malabarismo. 

Retrocedamos. En el principio, fue la seducción. Camisas viejas al pozo del olvido, pues al Generalísimo lo habían ya enterrado. Un poco alocados aquellos tiempos: evoco la operación Roca, suspiro por Cambó; como atrasar el reloj unos cuarenta años, antes del Frente Popular y el puñetazo de Bahamonde en la mesa. Un acaloramiento catalanista, libido historicista. Desde 1978, aproximadamente, había carne fresca a pedir de boca, o sea, un nuevo régimen, otras oportunidades. La pasión catalana, en todo caso, resultó desmedida. Un arranque tipo Richard Burton ante la lolita Sue Lyon. No se llega a la entrepierna, al corazón, sin haber traspasado el rito de un café (infusión demócrata), la caricia recatada, un beso robado. Con el abogado Roca de celestino hubo gran calentura. Luego, el frío modelo alemán (federal, socialdemócrata, Willy Brandt en la cabeza del honorable President) alivió tales furores. Y entonces vino el onanismo: se desató una gran campaña inclusiva, diseñada por el publicista Bassat, de lema Som sis millons (Somos seis millones). Al fin y al cabo, España fue siempre muy complicada, agreste.

Y Barcelona al fondo de la barra. Objeto tan sexy como conveniente. Conocida como ciudad abierta, abierta de piernas, su fama arrastrada. Y en efecto ineducada, ingobernable, “tierra de nadie”, como la Hayworth en Gilda. Los primeros años setenta, Franco en vida, habían sido en exceso creativos, ilusiones subversivas a destajo, José Ribas dixit. En la geografía sucia e irresistible se citaban tanto los salones del Círculo Ecuestre como aquel piso en que dibujaba Max. Transitaban los prodigios de un sitio a otro, gloria de imposible final. Escritores acomodados, grandes empresarios, artistas sin cartel; y la inabarcable liga de refundadores, orígenes extremeños, andaluces, aragoneses. Una criatura exuberante la urbe, en la larga tradición hispana de la multiculturalidad.

Ya en los años dos mil, la Condal fue perdiendo su asilvestrada barahúnda. Había dado comienzo un largo banquete, o estupro, funcionarial. Silencioso, incesante, incestuoso y de incalculables efectos preservativos. Otro galán se había añadido a la fiesta, llamado PSC. Este último controlaba un cinturón urbano, menos obrero pero más subyugado por la erótica lumpen-televisiva. Junto a CiU decidieron la acometida. Así, mucho antes de 2012 los barceloneses (y por consiguiente los catalanes) éramos ya un Estado. Poseíamos incontables organismos para cualquier asunto, vegetación de los Països Catalans, relaciones con el mundo árabe o especulación urbanística. Pujol fue especialista en reciclar a quien pudiera molestarle, aquella panoplia de descarriadas rebeldías que pululaba por la urbe: editores arruinados, maoístas con piso en Sarrià, terroristas, periodistas infamantes, artistas muertos de hambre, y un largo etcétera. Maragall continuó esa dinámica, construcción de la patria por vía de la nómina, el carguito. A cambio de fidelidad nacional.

En 2012, doblegada Barcelona a la sensualidad nacionalista, nuestras elites emprendieron una solución final: ruptura y tránsito a la nadería, perfumada de animosidad y estulticia. No han faltado, en este larguísimo proceso, íntimos episodios: un aragonés cambió nombre y apellidos, y llegó a conseller; otro furibundo republicano de difícil disimulo, nieto de andaluces, tiene hoy asiento en las Cortes. Él representa como nadie el efecto más pernicioso: la ascensión a la bacanal por corrupción estética, y no gracias a algún mérito sin máscara, sin farsa. Flamantes nuevos emperadores del Paralelo, a la vida mórbida me refiero. La conquista heterodoxa, hoy, cuenta con un ejército de urgentes sensibilidades. Allí donde se ha requerido un imbécil siempre maltratado, brotaban suficientes como para cerrar una lista electoral. O para conducir un programa de televisión. Es este un amorío de despachos. En un sentido histórico, comparece nuestra picaresca inmortal; en el sentido trágico del momento, la insoportable levedad de la política.

Hay un objeto de deseo en esta nota, que cubre varias décadas. Invariablemente, de Barcelona a España acariciando Cataluña, la gran pasión que se ha perseguido tiene un solo objetivo: el poder. O el mantenimiento del mismo. La sensación íntima que en la ciudadanía está cuajando, cuajará también para los todavía excitados, es haber sido ramera y, además, poner la cama.