Contra Colau

En el cómputo de la estulticia neosecular, en la galería de sus mejores ejemplos, de sus mayores procuradores, está la alcaldesa de la Ciudad Condal, doña Inmaculada Colau Ballano. Corren precisos retratos, apuntes del natural de la magnitud, que es resumen y tragedia barcelonesa. Están su descaro y picaresca, ya articulados en torno a la crisis de finales de la última década, cuando se forjó el personaje anti-establishment. Defensora de los más débiles, clamaba; impostada heroicidad, ha demostrado. Está también la manifiesta ineptitud gestora y la dilaceración de un prestigio urbano con mucho esfuerzo ganado. El retorcimiento de la pública institución al erial de su mentalidad, su ideología funesta (aunque decir ideología sea del todo conmiserativo en este caso). Reina, además, del nepotismo, del enchufismo tribal, enterramiento cínico de la meritocracia. Si aquella recesión económica de antaño tuvo abigarrados padres, vergonzantes bandoleros con corbata, logró de igual modo parir sorpresivos monstruos, el resultado estético que ahora padecemos. No alcemos ingenuidades, tanto en la fiesta como en el funeral participaron muchos, el pueblo si se quiere: la alcaldesa que venía a salvarle fue votada, refrendada en un episodio democrático para mayor depresión del propio sistema.

Resalto en la semblanza política del personaje su mayor pecado: la ignorancia. La torpeza no ya gramatical, sino el desconocimiento de la ciudad que gobierna, de la historia y la complejidad social y cultural que esa alberga, como toda gran concentración humana. Una cuestión que se torna oscurantismo ideológico, política municipal grosera, hecha de golpes de efecto para su siempre indignada (y por otra parte acomodaticia) parroquia. Lo escribía Albert de Paco tiempo ha: en la Condal habita un considerable número de Colaus, personas que piensan que el mundo les debe algo por el solo hecho de existir. Una comunión electoral de infantes mentales orgullosos de serlo, sin límites al propio engreimiento, desdeñosos de cualquier libertad ajena que juzguen inapropiada. Fascistoide transformación de la izquierda, que abandonó para siempre aquel “prohibido prohibir”. El rodillo soez, pasado sin clemencia por una coalición de asnería y rufianesca, deja un panorama desolador. Uno imagina el asesinato civil por esta ralea de endiosados indoctos y fantasea, pesaroso, con un Lenin o un Marat, que, no por criminales, lucían una altura intelectual nada despreciable. La de nuestros nuevos izquierdistas es una revolución en versión barrio sésamo con checas digitales.

Barcelona era una fiesta, no ya por lo que en los años noventa se conoció mundialmente como renacimiento de la ciudad, vía Juegos Olímpicos, y creación de la ‘marca’ de éxito. Los patrimonios fueron algunos más, anteriores: la libertad, el libertinaje, la extraordinaria creatividad, también en época dictatorial. Delicioso desorden. Hoy, la primera autoridad municipal suma, luce y resume cual listado de fracasos todas las pérdidas irrecuperables. Es esa su obra, intangible en lo material, perfectamente identificable en lo ambiental. El tono grisáceo representativo de la nueva política, servil a los particularismos y ajena a cualquier tipo de grandeza.

(Nota publicada en Ok Diario)

Barcelona se va

El año 2001, Pascual Maragall publicaba en prensa (El País) un artículo de título ‘Madrid se va’. Este señor, hoy enfermo, no habitaba todavía el despacho de Palau, fortaleza que conservaba Pujol. Lo haría dos años más tarde, en 2003, gracias al desgaste de Convergencia y bajo el aura recordada de la Barcelona olímpica. El argumento principal del citado artículo era la potencia de la capital; la advertencia del mismo se fundamentaba en la periferia, aquellas otras urbes en los bordes peninsulares. Madrid, según el entonces líder del PSC, ‘se iba’, jugaba en una liga internacional de ciudades, obviando su papel de centro político del Reino. Mientras, otras como Barcelona, Valencia o Bilbao quedaban en la España que a la capital interesaba ya relativamente.

Así, Maragall exponía que el Reino estaba siendo descuidado por la vanidad (el crecimiento) de la capital, a quien ya sólo importaban las lejanas regiones en la medida que pudieran servir a su vorágine. Desde un punto de vista político y en clave interna, el programa o caramelo que el futuro President ofrecía era una adaptación del tradicional catalanismo a un positivismo ‘republicano’. La superación del ‘problema catalán’ por vía de la ‘catalanización de España’. Algo que, si ya era viejo en la idea, trataba de ofrecerse como alternativa a la manera de funcionar de Pujol, un comerciante de competencias que despreciaba íntimamente a España.

Después de esto, Maragall quiso superar el problema histórico por otras vías: buscó borrar la honda huella de su predecesor haciéndose más nacionalista, mediante un Estatut que nadie quería ni necesitaba. Aquello resultó, aun artificiosamente, el comienzo de un desastre, la aparición -según fábula del vocero Enric Juliana- del catalán enfadado: en realidad del catalán infectado y manejado por intereses políticos que le eran ajenos.

Han pasado casi veinte años de tales asuntos. Sólo un enajenado o un imbécil político podría resumir este tiempo como constructivo. Siquiera bueno en algún sentido. Barcelona ha perdido miles de empresas, ya no es modelo de nada positivo y los dirigentes políticos se comportan como chiflados. Las elites económicas permanecen ocultas, protegiendo su patrimonio. Hay masas profundamente ideologizadas, al margen de la realidad. Ha habido un asalto nacionalista a la Ciudad Condal, que tardará décadas en recuperar la confianza y el prestigio de antaño. ¿Y Madrid se ha ido, como afirmaba Maragall en 2001? Pues no, no se ha ido a ningún lado. Ha crecido, ha ganado vigor desde entonces; es ahora una de las ciudades europeas más interesantes, con más oportunidades. La que se sí se ha ido es Barcelona. Y no precisamente a jugar una liga mejor, sino a la competición de la decadencia. Una oscura liga de la que es harto difícil ascender.

(Nota publicada en Ok Diario)

Verano barcelonés

Los rigores estivales ofrecen al público bellas estampas de Barcelona. Vemos a manteros exigiendo papeles –estamos en la era de exigir, no de ofrecer–, a carteristas sisando con fruición, a asesinos ejerciendo en el puerto que aún llaman “olímpico”, a okupas protegidos por la Administración. Se nos aparece una ciudad de malas calles, aunque la empalagosa política dominante advierte que todo el mundo es bueno. Y si, a veces, no parece que lo sea –el caso de los delincuentes multireincidentes–, es que estamos ante una víctima más de nuestro monstruoso sistema económico y social.

Culpa nuestra, en último término. Con estos mimbres ideológicos se va horadando Occidente, hasta que nos quede irreconocible. Y en tal encomienda trabaja, con denuedo, la nueva política (la vieja duerme tranquila). Para el caso urbano que nos ocupa, tenemos a la flamante alcaldesa, conocida ya como ‘Ada Mal Menor’. A los feos acontecimientos callejeros, que postulan a Barcelona como la nueva Marsella del Mediterráneo, según el oscuro cliché, se suma la palpable inquietud de algunos sectores empresariales importantes, vitales diría.

Este lunes estuve departiendo con un hostelero de la ciudad. Nos tomamos un café y luego algo con hielo. No tuve que tirarle mucho de la lengua. Más bien me pareció, como en otras ocasiones y con otras personas, que tenía ganas de explicar cosas. Asuntos sobre el sector y el panorama general que los cuatro años de alcaldía podemita han dejado. A ambos nos extrañó que casi nadie se haya ocupado de este análisis, contar con fidelidad y rigor cómo estaba Barcelona cuando Ada Colau fue elegida y cómo la deja ahora. En efecto, ni se ha hecho este servicio informativo a la sociedad ni la alcaldesa ha dejado nada, pues sigue con la vara de mando. La realidad viene transmitida por noticias insólitas, ese ejercicio intachable del periodismo cuando ocurre un crimen, una atraco o cualquier cosa extraordinaria.

Es una lluvia fina de sucesos, la manera que tiene esta enfermedad urbana de manifestarse. Rica en evidencias que han querido silenciarse, taparse, disimularse con la más escandalosa de las desvergüenzas. Ahora supura, será el verano bizarro. Mi amigo el hostelero me pasa una radiografía: caída de ingresos, destrucción del modelo Barcelona, recambio del tipo de turista, de uno que gastaba a otro que no tiene para gastar. Sí, la tormenta perfecta del procés y un equipo de gobierno que sacó a la policía de las calles y lanzó el mensaje de “bienvenidos todos” ya ha cumplido su función histórica: la decadencia insoslayable de la Ciudad Condal.

 

Nota publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/verano-barcelones-4448690