Apuntes electorales (epílogo)

Finaliza con esta nota una serie de género electoral por la que han desfilado nuestros queridos candidatos, la efervescencia política y los aviesos acontecimientos de Cataluña. El panorama, siento comprobarlo, guarda similitudes con los funestos años treinta, cuando los movimientos populistas catalanes presentaban gran vigor y el parlamentarismo madrileño se entretenía en simbolismos, en los recelos que llevarían a la guerra. Una gracia de España, tanto insistir en la ‘memoria’ y no en la ‘lectura’, es que sus aventuras políticas resultan siempre merecidísimas. Auténticas e inapelables hazañas del sentir con el pecho desnudo y la nación en el horizonte. El vigor hispano, tan poético, viene de las criadillas. No culpemos a los políticos por representar tan bien nuestras íntimas filias y fobias, nuestra absoluta carencia de un sentido de orden. El gobierno en ciernes posee todos los óxidos seculares. La mentira más o menos piadosa, las lecciones del Príncipe, se presuponen en el político; Sánchez, además, aporta una posmodernidad voluptuosa. La semana pasada lanzaba mis cábalas recordando el bipartidismo, aquel mundo de ayer que muchos añoran pero no volverá. Con el nuevo Ejecutivo vamos a ahondar en las nostalgias. Los mimbres humanos a disposición no permiten ilusiones, nos haría falta desenterrar no al general, sino a Suárez, a Fernández-Miranda, a Fraga y a Carrillo. En el gran debate televisivo de la semana pasada, el nivel intelectual fue espeluznante, aparte de ciertos detalles muy divertidos, como la gestualidad del beau Sánchez o la extraña telegenia de Rivera. Ya no veremos a Albert en los estrados, ha rodado su cabeza por la inconsistencia de las decisiones tomadas y porque, insisto, hay una inclinación de fondo a recuperar grandes bloques, tras esas aventuras emancipatorias, tan sañudas (Podemos, Ciudadanos). Con Iglesias de vice se abre una etapa, también inéditos bríos para los comentaristas. Aquí seguiremos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (VII)

(Carteles electorales, en plan Rauschenberg)

La campaña afronta sus últimos días y los elementos que se arremolinan en torno (periodistas, fieras en nómina de partido, amigos políticos) comienzan a gastar tono profético. Algunos, circunspectos, lo hacen con prosa trémula, modulando las ganas de acertar en algo. Es normal, cuesta ganarse el pan y decir cosas originales; no digamos acertar la quiniela del poder. Así, se va introduciendo en la opinión pública una suerte de pesimismo que anuncia nuevas elecciones a la vuelta de Navidad. El mensaje cae cual reprimenda a esos políticos profesionales que no saben ponerse de acuerdo para gobernar el país más complicado del mundo, exagerando un poco. Fatalidad, los sondeos indican que Sánchez, el bello interino, podría haberse equivocado confiando al tiempo y al pueblo la solución a sus problemas con los demás. Veamos, el panorama tras el rito de las urnas podría traer, oh melancolía, el inconfundible perfume a bipartidismo. En cierto modo, sería el cierre político de la crisis, que comenzó siendo económica, luego tele-populista y al final ha atenazado las mismas patas del régimen. La formulación simple, psicológica, que estaría invadiendo ya el anhelo de una mayoría de compatriotas es que desde el fin del bipartidismo aquí todo han sido problemas. E incluyo a los dirigentes catalanes, encantados en aquellos tiempos de turnismo en Madrid. Dicha circunstancia, o toma de conciencia, arrojaría al tablero de los pactos una apuesta por la centralidad, las formas ideológicas de la madre Transición. Liquidado Ciudadanos (un suponer) y domeñadas Unidas Podemos (una realidad), volvería a iluminarse la idea de una Große Koalition (gran coalición) PSOE-PP en loor de la responsabilidad. Beau Sánchez tendría entonces la posibilidad de transformarse en estadista, y aquí paz y después gloria. La pureza quedaría depositada en VOX, reserva espiritual, y los dinosaurios harían lo que mejor saben, gestionar el BOE. En cualquier caso, hará falta el empujón del IBEX y algún latigazo de Bruselas para tamaña operación. Pérdida de la inocencia, la terrible responsabilidad del gran pacto. Abandono de la adolescencia guerracivilista (periodo Zapatero) con la exhumación de Franco como última farra: España se hace, al fin, adulta.

Cataluña ha sido el tema (casi el único) de la vida nacional y, por supuesto, de este ya largo periodo electoral. El conocido farol de la independencia (Ponsatí dixit) se pergeñó para no perder hegemonía, si bien ahora parece que el farol estaba cargado de gasolina. La violencia callejera ha dado paso a una acampada de universitarios jugando a su revolución, en medio de la Gran Vía. Uno piensa qué suerte correrían estos cerriles en una universidad menos vendida al nacionalismo. O en un país menos amable, menos mediterráneo. En la Ciudad Condal, con motivo de los premios Princesa de Girona, el lunes una turba nacionalista agredió impunemente a quienes acudían al acto. Al empresario y concejal Bou le salvaron del linchamiento su aplomo y un guardia urbano de paisano. La visita del Rey es afrenta que el independentismo aprovecha para seguir hundiendo la imagen y la vida de dicha urbe. No ha faltado en este episodio el inestimable y siempre equidistante sostén de la izquierda nacional-iletrada: Ada Mal Menor planta al monarca, también Torra y compañía. Resulta ya tan difusa la distancia de los Comunes (Podemos catalán) respecto al nacionalismo como lejanas sus aspiraciones justicialistas, aquello de alcanzar el cielo y los sentimentalismos insurreccionales de papá Roures. La antorcha del politiqueo patrio más rancio (demagogia, nepotismo y sillones) la porta, campeona, la señora Colau en la segunda ciudad de España.

La frase de la semana: “La promiscuidad que hay en el Congreso… Hay veces que abres la puerta de un baño y dices: ‘hostias’… la cierras y piensas que de eso no puedes hablar.” (Pablo Iglesias)

(Nota publicada en Ok Diario)