Y de repente, el último verano

Fue durante el ardiente mediodía, en una terraza barcelonesa. Se sucedían los habituales accidentes: la desgana de los camareros, el “hola chico”, la mesa sucia y el presagio de una comanda equivocada. También en esto Madrid puede ofrecernos buenas lecciones. A nosotros, que tuvimos la más grande y animada terraza del país, el Café Español, propiedad del señor “Pepet” Carabén. De eso hace mucho, ahora nos gustamos en un contumaz orgullo, que es decadentismo. Abunda un barcelonés disminuido por exceso patriótico. Reblandecido su otrora orgullo de ciudad, se relame en su versión catalanista. Diría que el neogramsciano Juliana parió intelectualmente a la criatura: el català emprenyat, escolti. Especialista, la izquierda le puso su estética. Ella, siempre ávida de participar en los peores inventos. Luego, coherentes, alzamos de jefe a un Nerón que toca la lira mientras la ciudad arde, exclamando “¡Qué gran artista se pierde el mundo!”, según el tópico cinematográfico.

Siervo de todas las perezas, pedí un café tardío. Ojeé la prensa. Durante la noche habían acuchillado a un hombre para robarle el reloj. “Un reloj de lujo”, se destacaba. En el cómputo de esta Barcelona que vuelve a la navaja aparecía incluso un embajador. Por caridad, qué manía la de internacionalizar nuestros asuntos. Era el sexto o séptimo acero encarnado en unas semanas, quizás tenga que ver con la política del “mal menor”.

Caía el sol sobre la pérgola, corona de fuego. Alcé la vista del café y allí estaba, a unos metros de mi mesa. Vestía de largo vaporoso, tela que predecía divinas órbitas. Voluptuosa prusiana. Carne celeste incendiando toda misantropía. Cruzó las piernas imperiales y vi sus pies, en los que me detuve desconcertado. Unas chanclas. Las chanclas azules con rayas blancas de las clases de natación de la niñez, sobre las que algún gurú ha debido proclamar su homologación callejera. Si algo bueno acarrean esas modas es, por cotejo, la feliz marginalidad de la elegancia, misterio siempre intuitivo.

La dama estaba contenta, incluso parecía feliz. Bebió zumo verde, se hizo un millar de selfies, comió vegetales y sorbió con entusiasmo la familiaridad de la globalización. Providencial, Barcelona, ajena a sus viejas penumbras, no la contradecía. En todo caso la reafirmaba con su carácter friendly todas las causas bonitas, las del entero mundo. Política naif. El gran abrigo de Occidente en su estertor. Por comparación, anoté mis hábitos reaccionarios, la tostada de huevos con panceta, un vino y café con cinco cubitos. Casi nadie piensa en la fragilidad, combustible de este Bizancio tecnológico, imperio moribundo al fin. Un voluntarismo que, navajas y deshielo de los Polos, incendio luciferino del Amazonas, cobija miedos muy antiguos.

España en proceso

Ya tenemos a Sánchez midiéndose presidente, después de un sinfín de reuniones y conversaciones telefónicas ocultas al pueblo, por el pueblo y todo por el pueblo. Se denominan negociaciones y amparan detalles de naturaleza prosaica, trozos de la tarta que son los presupuestos del Estado. Podemos seguir leyendo a Galdós en sus Episodios Nacionales y tener la certeza de que la vieja nación conserva la salud de siempre.

Las debilidades del nuevo tiempo político (erosión del bipartidismo) son fortalezas en unos pocos, indispensables para la investidura del líder socialista. En tal pomposa circunstancia, tenemos a lo más granado de la España que se aborrece, una manera agotadora y muy antigua de ser español. Iglesias se pone estupendo, semblante grave ante la mirada de la Historia. Quiere despachos ministeriales para salvarnos de tantos peligros que acechan a la nación. Así de desmedido tiene el ego el muchacho. Luego, los nacionalismos periféricos (incluso el más activo y criminal en el propósito de un terruño limpio de compatriotas refractarios e invasores españoles) arriman el ascua a su sardina gracias a Sánchez. Estos proponen también una salvación, pero limitada a la pequeña patria (País Vasco, Cataluña).

En el terreno de las cábalas, se habla y escribe ya sobre los posibles ministros del futuro gobierno. Leo hoy que suena un tal Gerardo Pisarello, argentino y durante años mano derecha del “mal menor” Colau. Para los barceloneses, este personaje tiene un retrato fijo en la reciente historia de la ciudad: absoluta incapacidad de gestión unida a la más escandalosa de las perezas. Hay del mismo modo una fotografía que complementa el retrato, cuando Gerardo forcejeó con el concejal Alberto Fernández Díaz para evitar que la bandera de España luciera en el balcón consistorial. Es un extraño modo de agradecimiento al país que te ha acogido. En esa misma imagen una estelada ondeaba sin causarle a Pisarello ninguna reacción. Sí, queridos lectores, Podemos y sus sucursales (en este caso Barcelona en Comú de Colau) han percibido siempre en el procés una oportunidad. Una energía que entronca con la motivación primera de su fundación como partido: el derrocamiento del régimen constitucional.

En efecto, si el proceso catalán posee unas características estéticas, unas modulaciones propias, también ofrece oportunidades más allá del Ebro. En la tesitura actual, se está produciendo su traslación al conjunto del país, vía Podemos y los socialistas. Aunque los promotores y financiadores del procés no lograron su objetivo último (la independencia de Cataluña), sí han conseguido el objetivo secundario, y no es poco: la desestabilización del régimen vigente. Algo que está en la erótica fundacional de Podemos. Sin eludir suculentas partidas presupuestarias (seguimos en Galdós).

Que sea el partido socialista quien vaya a liderar este episodio ibérico no me parece inverosímil. Tampoco incoherente. Algunos se rasgan las palabras recordando el orden y la lealtad institucional de la etapa González comparándolo a lo de ahora. Pero hay que, simplemente, hacer un suave ejercicio de memoria histórica. Estos son los tiempos y las solvencias del PSOE a lo largo de su historia: el tiempo del marxismo clásico de su fundador; el de colaboración con el Régimen de Primo de Rivera; el populista republicano de Largo Caballero; el del silencio sepulcral en la Dictadura de Franco; el socialdemócrata de la Transición con Felipe; el postmoderno de Zapatero y éste último neopopulista de Sánchez. Toda una hoja de servicios a la nación.

Columna publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/espana-proceso-4407309

Isla de Vis. Notas desde el Adriático

Patio en Vis capital

La facultad humana de sorprenderse debe ser inagotable. Entre otras cosas porque todo viviente se considera único e irrepetible, aunque exista la posibilidad de que no seamos ni únicos ni irrepetibles. Allá donde uno vaya, quiero decir en las fronteras de la sexy Europa, tiende a conocer los límites propios. Manifestaciones de dudoso gusto y principios relajados. Si Europa es bella en apariencia, es fea en el detalle. Alimenta y hiere en idéntico grado.

Los Balcanes, según encantadora y británica apreciación, serían los pies del continente sagrado; normalmente insoportables, felices en muy raras ocasiones. El tópico es el rincón polvoriento, los Mercedes robados en Alemania y las montañas violentas. Pero el mar es civilización. Croacia tiene una bella costa y maravillosas islas, si bien sus infraestructuras son algo viejas. En materia de hospedaje no se ha completado aún el tránsito entre el gris yugoslavo y la denominación boutique; ambos subsisten, aunque el primero sea casi inevitable porque, al final, la clase media croata sigue siendo estéticamente yugoslava. Así que si uno gusta de la nostalgia, por aquí se pueden ver estampas veraniegas que recuerdan a los setenta o antes. La guerra pasó, nadie diría que hubo una hace solo veintitantos años. Los niños juegan en el agua, felices, mientras sus padres conversan con los vecinos de toalla.

El extremo este de la bahía de Issa

Vis fue una isla militarizada y prohibida a los extranjeros hasta la caída del Muro de Berlín. Montañosa, la pueblan pinos, olivos, viñas, romero, rúcula y salvia. Y, como en el Jónico, los cipreses se elevan sobre las mismas orillas del mar, imagen de clasicismo irredento. La cuidan los pescadores, granjeros y viticultores, con algo de sentido monetario. Pero debe también considerarse un accidente antiguo, la indeleble visita de los griegos y la graciosa arquitectura de la Serenissima.

Lo que traen en sus barcas los pescadores es poco y bueno, pajeles, gallos de San Pedro, alguna lubina, doradas, escórporas, pero, como pasa en el Egeo, se tiende a cocinarlo un pelín más de lo deseado (generalmente en brasa de leña, en la ‘peka’ o campana de hierro). En Vis la anchoa fue industria, hoy solo quedan resquicios de aquel pasado. El vino local es muy agradable, elaborado ya en atención a criterios orgánicos. Tengo entendido que existe entre la población una tendencia conservacionista de los productos autóctonos, lo cual es una feliz noticia según el principio de no sembrar el capitalismo de monotonía. Por lo demás, Italia fue y sigue siendo una nación poderosa, incluso antes de ser estrictamente Italia, y esto se percibe en la mesa y las posibilidades comunicativas con los nativos si no se habla croata.

Tuve oportunidad de visitar el restaurante Senko, casita sin luz eléctrica situada en la cala de Travna, donde se cocina casi íntegramente con productos de la isla: pescado, queso, aceite, vino, verduras y hierbas. Este lugar conserva algunas reminiscencias estéticas. Yugoslavia, en los sesenta, organizó la cumbre de los Países No Alineados, una suerte de ‘tercera vía’ en el contexto de la Guerra Fría. Eso le permitió al Mariscal Tito mantener buenas relaciones con ambos bandos y que las fronteras de la federación fueran blandas en comparación a otros regímenes vecinos. Como derivada, Yugoslavia recibía muchos turistas, algunos ideológicos: entre la izquierda occidental surgió una cierta fascinación por aquel socialismo amable. Creí contemplar sus reminiscencias en el restaurante Senko, me recordó a la Ibiza de los setenta. Unos principios beatnik aderezados con el posmodernismo ecologista. A un cliente británico le mandaron a lavar los platos de la comida en la orilla del mar, en atención a la solidaridad comunitaria.

Adriáticos spaghetti

Aunque alguna guía no lo indique, otro buen restaurante de la isla es el Pojoda. Está ubicado en el extremo este de la bahía de Issa, lugar pintoresco de callejuelas adoquinadas, en apariencia mejor conservado, y más apacible, que el centro de la capital. Pojoda se enorgullece de un patio bonito, con naranjos y limoneros y un gato obeso y perezoso que dormita a los pies del propietario. Un señor grueso, casi siempre sentado a la entrada de la cocina, en un extremo del mismo patio, respirando cigarrillos con frenesí. Este hombre parsimonioso y de muy pocas palabras, conduce desde su silla -rara vez se levanta- y con brazo de hierro al personal, que es muy eficiente. De vez en cuando, algún hijo de la Gran Bretaña se acerca a saludarle y decirle que volverá a visitarle el verano próximo, una vez más. En verano la clientela de este lugar es europea y americana, venida de paso en algún yate de ruta por las islas. Esto quiere decir que se junta el dinero, la exigencia y la buena fama, así que en Pojoda si no es temporada de cigalas no te las darán o si las doradas no tenían un buen tamaño no las veremos en la bandeja que transporta el camarero de mesa en mesa. Como curiosidad musical, una tarde sonaban entre los naranjos The Animals, Television y Percy Sledge.

Una noche, en un lugar de nombre Bako, comiendo una escórpora, las vistas del pueblo eran terrific, lucecitas sobre el mar y una brisa privilegiada. Como el vino malvasia de Korčula, feliz, agradable, mediterráneo. Pero los humanos tenemos capacidades irreconciliables entre sí. En la mesa de una familia tipo croata, la hija de unos ocho años recibía llamadas al móvil, se levantaba y se sentaba poseída, viendo sin ver aquel escenario dionisíaco. En otra mesa contigua, el hijo pródigo, unos seis años, pasaba todo el tiempo mirando el ipad, excepto en los lapsos en que mordisqueaba una cigala como si fuera una big hamburguer. Noticias del futuro, desde el mar Adriático.

¡Es Esquerra, estúpido!

Una de las gracias del periodismo de opinión es formular hipótesis. Incluso atreverse con el futuro (y esperar que se cumpla). Y como no hay vidente infalible, comenzaré por cubrirme un poco las letras con el pasado, que requiere también de poderes visionarios, como saben los historiadores.

ERC es un partido antiguo, de los más antiguos de España. Fue fundado en Sants (Barcelona) en 1931 y entre sus dirigentes aparecen nombres tan destacados como Macià (viejo cacique de comarca y militar), Companys (responsable de un periodo negro y criminal en Barcelona) o Tarradellas (un señor al que de vez en cuando alguien iba a visitar a su austero exilio francés). Sobre este último, y en virtud de una operación del gusto de la Transición, conservamos una imagen entrañable, cuando dijo desde el balcón de San Jaume aquello de “Catalans, ja soc aquí!”. En esos momentos Pujol debía estar ya maquinando, en la sombra, cómo bajar del balcón al viejito republicano.

ERC fue dirigida después por Heribert Barrera, hombre dedicado más a su particular acomodo en instituciones que al partido. Su pensamiento fue doméstico, de pureza xenófoba, ese que las elites catalanas con pedigrí, como la señora Ferrusola, han mantenido discretamente. Las siguientes aventuras políticas de Esquerra estuvieron ligadas al Tripartito, un ejercicio fuerte de poder. Aunque fuera tan estrambótico como la excursión de Carod-Rovira (a la sazón vicepresidente de la Generalitat) a Perpignan en coche oficial para pactar una “tregua” con ETA.

La inconsistencia, la imagen de organización poco fiable, con cuadros y líderes asilvestrados, funcionó como un estigma hasta la llegada de un profesor universitario llamado Junqueras. Hombre de misa diaria y devoto del catalanismo clásico de Prat de la Riba (intelectual de cabecera de Pujol), parecía la última rareza, una más en la esperpéntica trayectoria del partido.

Como sabemos, ERC volvió al poder de concentración (nacionalista) con su nuevo caudillo. Y, en efecto, sus actuaciones como número dos del gobierno Puigdemont en la preparación y ejecución política del procés entroncan con aquel histórico desmadre republicano. Una especie de ADN insurreccional que Esquerra no puede quitarse de encima. Y aquí entro en el terreno de las hipótesis, que podrían alterar una tradición. Junqueras recibirá condena, mas no se dilatará mucho su salida de prisión. Una vuelta al escenario político (si es que alguna vez lo ha abandonado) que será hito del catalanismo. La evocación de Tarradellas regresando a la patria (erótica soñada por el de Waterloo) y todo el mundo emocionado. Pero con la estimable diferencia de no tener a ningún Pujol en la sombra pergeñando su caída. El actual desorden convergente no vaticina su resurrección, aunque Mas quiere volver a la arena. Quizás a Madí, cerebro gris de la burguesía indepe, ya no le queden ganas de más aventuras.

En cualquier caso, Junqueras podrá ser presidente de la Generalitat un día no muy lejano. Siempre que haya aprendido la gran lección del fracasado golpe, que tiene estos elementos: nadie en España (ningún gobierno) va a  tocar el poder instituido de la Generalitat (presupuesto, competencias y organismos); el procés ha permitido medir los límites del sistema, los límites de la insurrección, por tanto. ¿Y qué hacer ahora? Conseguir la independencia de Cataluña por otros medios. ¿Cómo? Como ya estamos contemplando en ciudades gobernadas por ERC: acatamiento de la legalidad y buen gobierno (obras son amores). Ejercicio cotidiano de la política: todo lo que fue descuidado por los excesos del procés.

Si Esquerra y Junqueras han aprendido la lección, tendrán francas posibilidades de reescribir la agenda política catalana. ¿Y la independencia? Que el censo y la propaganda de baja intensidad, continuada, hagan su labor. ¿Pueden esperar veinte o treinta años? Por supuesto. El Estado tiene el reloj, pero ellos tienen el tiempo.

Columna publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/esquerra-estupido-4355128

Una juventud

“Quererse un poco es como beber; más fácil es respirar”, escucho a Lucio Battisti. Entona, con voz de íntimo arrollo, las palabras de Mogol. Tenacidad de un cronista exquisito. Las encrucijadas y aventuras de la urbe, sus humedades y elegancias. Debía ser yo aún un niño, pero nada he olvidado gracias a la música. La voz delgada, el alma florecida en un instituto donde todo comenzó: la autoridad y los juegos que nos hicieron chavales europeos, con los imponderables del romanticismo. El amor, un porro, una guitarra exhausta, aquel libro de Conrad, Freya de las siete islas. Las carreras por la calle carpeta en mano, párate y deja pasar a la señora del paraguas, por las estrechas aceras siempre mojadas. Y los cómics, un momento suspendido en el dormitorio, la distancia respecto a la imaginación monstruosa, vívida, la mejor utopía entre la mesilla de noche y el cielo estrellado.

Algunos dramas impertinentes, las guerritas con el padre, las peyas, las chorradas. Y esas canciones de fondo, sangre propia, espesa, que brilla aún hasta el fin. Bicicletas, rasguños, un polo azul marino, segunda piel hasta las ocho de la tarde. De noche, un sandwich o las penosas verduras hervidas, acábatelas. Nada de televisión, la cabeza sobre los deberes y volando por los mundos de Moebius, enredada entre los cabellos dorados de aquella chica, nueva en clase. Battisti, Corto Maltés y Wayne en su taberna de Kauais: hubiera sido un marinero quemado por la sal y la fortuna. O un espía de Le Carré, entre tinieblas. La imaginación de hacerlo todo, representar cualquier papel inasequible. La vida es una idea, y cualquiera tiene derecho a rendirse. O hacer de los deseos un sistema.

También, sí, todas las (malditas) perturbaciones que trae la primavera. El sueño eterno (todavía dura) con la rubia de la fotografía, desnuda sobre un caballo andaluz en la revista Penthouse, que descansaba bajo los periódicos grises. Diarios de la sangre derramada por el terrorismo, esa manera despiadada de la historia española. Años ochenta. Y todos los desórdenes de uno que no logra nunca abrocharse la talla de un hombre, aunque lo sea, en efecto. Un desencanto que mata el sueño adolescente, escrito en los tebeos, marcado por la fiebre de la lectura inculcada en casa, alzado por una guitarra Rickenbacker. Pensar, puntualmente los sábados, en escapar: salir a las aguas profundas con el velero del amigo Ramón y bebernos el 100 Pipers de su padre. Imaginar a la rubia en el timón, no habrán más exámenes, ni pisos de estudiantes, ni otro viaje que no sea este. Los hubieron, claro. Mas siempre, la bandera de Battisti, susurrado el tesoro:

“Non è questione di cellule,

Ma della scelta che si fa

La mia è di non vivere a metà.”

Harakiri barcelonés

La escritura es fina condena; el cronista, prácticamente, un apuesto enterrador. En esta querida afición cuentan siempre los ambientes, Barcelona en el caso. Según un cálculo aproximativo, mi ciudad condiciona hoy, como lo hizo en algunos momentos importantes del pasado siglo, la producción literaria de este país eterno. La escritura local flâneur, Sempronio, Joaquín M. de Nadal, se antoja recuperable: acto de fe y notas para un obituario.

Bajo esa romántica misión, aireo la nariz por el imperio cuadriculado de Cerdá, donde habito. Si uno quiere alzar sobre el ayer una cierta idiosincrasia, estilo melancólico, la Condal posee dotes inmaculadas. El pasado que fue, competencia a Madrid, y la manera en que hoy se retuerce, al galope sobre las paradojas de la nueva política. Es este un sarcástico lenocinio. Tenemos el gótico falso, la playa grasienta y Gaudí escarnecido; al burgués oprimido con lazo amarillo en la solapa, casa en la Cerdaña e hijos anticapitalistas; al President huido y su ventrílocuo, a la alcaldesa bisexual, al futbolista politizado y al ejército de abogados (parece que de ultraderecha) abrazados al cumplimiento de la ley. Por recordar también algunas pérdidas, teníamos unos miles de empresas más que ahora; y el orgullo antiguo de ciudad mediterránea. Un querido amigo barcelonés, bregado en roces, me comentaba hace poco el paisaje de nuestra más célebre calle, La Rambla. Continuidad de souvenirs, turistas pegados a pozales de cerveza, tiendas de chucherías, paellas precongeladas, estatuas humanas. Pero la circunstancia trágica de Roma no es que el Coliseo esté ruinoso e inservible, sino que no haya ya romanos que lo usen.

A unos kilómetros de aquella tragedia ramblera, puede trazarse un itinerario de charm burgués, biempensante; aunque quizás sea arqueología. Caminando la calle Jaime Balmes, príncipe conservador, me adentro en una librería de gusto gauche. Vago entre las salas y acabo en una donde una chica presenta un libro. De su parlamento, micrófono en mano, rescato las siguientes cacofonías: “libro guay”, “emociona mogollón” y la deliciosa confesión “voy a hablaros del libro en plan aquel comentario de texto que hice en el instituto sobre Galdós y que no había leído” (risas). Es común que las carencias intelectuales se suplan con ideología. En el caso de esta chica se suplen con nihilismo de colegio, parece. Echo una ojeada instintiva a mi alrededor, con la esperanza de que Marsé ande por aquí y monte un literario escándalo; pero no, solo oigo un crujido hondo que proviene de la estantería en que dormitan Kant y Schopenhauer.

Con ánimo luciferino, compro un libro sobre la heroica del kamikaze y me lanzo a la atronadora calle Mallorca, frente a las Esclavas del Sagrado Corazón. En los paseos barceloneses uno suele toparse, de vez en cuando, con advertencias metafísicas, la necesidad de autodisciplina. Así, enfilo el paso bajo las celindas del Pasaje Mercader. Ya luce la primavera, la violencia de sus colores, hecho cultural que acota la institución del paseo a la circunstancia del otoño, el cromatismo parisien. Pongo la vista sobre una pequeña verja, en la parte alta de esa breve y agradable vía. En efecto, mi rumbo, escrupulosamente clasista, hace escala en Belvedere, su pequeño jardín con mesas de hierro, farolillos y enredaderas. Un lugar donde, a la luz de un dry martini, hojear el libro recién adquirido y, si el espíritu lo pide, comerse un steak tártaro o una perdiz alcántara rodeado de maderas y cuadros con marcos dorados, conversaciones discretas y silente arte del servicio.

Abro mi libro al azar y encuentro a Minamoto no Yoshitsune, quien a los treinta años se hizo el harakiri; paradigma de la derrota heroica, o cómo llegar a la victoria por la derrota, en palabras del autor, Ivan Morris. Veo estos asientos de piel en Belvedere y las proverbiales maderas, la barra acariciada incontables veces, los vidrios flagelados por el tiempo. Se hace uno la idea de la fragilidad, también de los caminos victoriosos, y las paradójicas derrotas. Constato una circunstancia barcelonesa, refiere a esa clase social que puso el escenario para un mundo feliz y que está ahora cimentando su ocaso. Despidiendo una época quizás. Síntoma de esto, y su gravedad: el despiste total en las formas, que todo lo son.

Pasan las horas, en la terraza hay un escritor, una anticuaria y un incipiente romance. Las esferas del entretenimiento se solapan, los negroni marcan el crepúsculo. El farolillo de la entrada resucita, dickensiano. Un manto oscuro no detiene la urbe, sólo acentúa sus contrastes. Camino a casa me cruzo con dos asuntos humanos: un viejo premio Planeta que trata de articular una frase mientras batalla, llave en mano, con el portal de una finca modernista. Es admirable lo que el alcohol ha hecho por la literatura. En Enrique Granados, solazada por sus terrazas, veo a un viejo cosaco rebuscar en un contenedor de basura. Rememoro el haiku escrito por un kamikaze muerto en combate con 22 años:

“¡Si por lo menos pudiéramos caer

Como flores de cerezo en primavera

Tan puras y radiantes!”

Villacís en el prado, la periodista y su tweet

Los acontecimientos, de común, se complacen en la multiplicación. Serían estas derivadas, estos hijos de los hechos primeros, quienes dan un sentido afectivo, cultural si se quiere, a lo acaecido. Puede pensarse que los hechos aparecen, milagrosamente, en primera instancia. Nada más ingenuo: se deben siempre a antigüedades, a oxidaciones propias del gusto morboso.

La gracia, el clasicismo guerrero, por tanto, de cualquier cosa que suceda y sus capacidades informativas, sensuales, reluce a posteriori y en dependencia de. Se nutre de todas las fatalidades anteriores, posteriores y falaces, ideológicas, como sabemos y comprobamos a diario.

(Metodología feroz. Una piedra cae de un risco. Puede parecer algo trascendental al poético geólogo que observa con sus ojos arcaicos, su cronología deal. Sin embargo, si la piedra golpea la cabeza del campesino que justo pasaba por allí, los amantes de las pesquisas comenzarán a generar literatura. Incluso, en la circunstancia de que en el escenario se encontrara también un buitre llevado por su apetito carroñero, podría, en esta España autonómica, hallar su fama informativa como fauna nacional (catalana, al ejemplo). Y no digamos si se descubre que el campesino tiene algún asunto biográfico oscuro, afiliado a uno de esos partidos fascistas que tanto han proliferado en el parlamento.)

La constatación de que un acontecimiento se multiplica y hace historia viene a cuenta del acoso al que se vio sometida la candidata Begoña Villacís, ayer en la Pradera de San Isidro, Madrid. Y se refiere, en particular, a un comentario (tweet) que la periodista Mamen Mendizábal escribió. Decía así: “Encuentro innecesario hacer pasar este momento a Begoña Villacís. La protesta es legítima. El objetivo elegido erróneo.”

No voy a referir los detalles estéticos, fílmicos, del hecho. Están a disposición de cualquiera que disponga de un dispositivo con pantalla y red wifi. No habría, por tanto, controversia sobre cómo cayó la piedra. Lo hizo con una determinación inquebrantable, dibujando una trayectoria que, incluso para los agnósticos, resultaría indiscutible. Tampoco me apetece, por no contribuir a una saturación del lenguaje, aludir a los detalles morales. He aquí una señora, Villacís, rodeada por una turba enfurecida con el mundo. Una turba paródica del jacobinismo, la inmortalidad del manipulado y feliz. En términos y usos del Ancien Régime, el acontecimiento sería susceptible de una pintura, pero ni las turbas son ya tan cruentas, ni aquí hablamos del peso del Cielo. Villacís está en estado de buena esperanza, y esto, volviendo al primer párrafo, sí ha sido subrayado por los amantes de las pesquisas. Son los intersticios del periodismo, que Espada, por ejemplo, ha trazado con insistencia. Volvamos al tweet. “La protesta es legítima”, afirma. Mas en el video se aprecia no ya protesta huérfana de cualquier agresividad, aquellos anglosajones que caminan civilizados con un cartelito en mano y reposan a la hora del sandwich. ¿Mendizábal ha visto la filmación o percibe quizás algo que yo, humilde antiperiodista, no veo?

Sería desatino, crimen contra el romanticismo, que esta informante Mendizábal hubiera cometido un error de escritura, debido quizás al corrector político que asola a la profesión, y en lugar de escribir “protesta legítima” debiéramos leer “violencia legítima”. O igual tan solo surge aquí una perversión: “La voluntad de deprimir aquella partícula de inteligencia que alberga en todos”, en palabras de Siciliano. De lo de Eguiguren con Josu Ternera, hablaremos mañana.

(Esta nota ha sido publicada simultáneamente en el blog de Carmen Álvarez Vela: https://carmenalvarezvela.com/2019/05/16/villacis-en-el-prado-la-periodista-y-su-tweet-por-carlos-garcia-mateo-barcelonerias/)