Una jornada particular

Como caminante barcelonés, estoy desarrollando un canon que hasta a Gombrich conmovería. No solo me ha servido de inestimable ayuda la ruptura de mi relación con el taxi, después de su última alevosía, como ya conté en otra nota. Aquí debo también considerar a la querida alcaldesa, espejo descarnado de estos tiempos y sus hondas lecciones: cada paseo parece una despedida, el tono austrohúngaro de un Zweig haciendo arqueología sentimental, la ciudad de ayer. En cualquier caso, no quiero exagerar más las letras, no vaya a quedar yo como un escritor de mundos cloroformizados. Alcanzaremos, firmes las piernas, henchido el disimulo, una nueva Barcino surgida de la indolencia. 

Este soleado día de marzo quedo para almorzar con un gran paseante. En casa, después de esclarecerme con café, agua, jabón y Acqua di Parma, elijo una camisa azul a rayas y una teba, digamos, algo transgresora, de botones encarnados. Además, y en previsión del viaje, rescato del olvido una bonita mariconera, recipiente de llaves, ibuprofeno, teléfono y otras cosas imaginativas. Al salir, el portero abre aquella puerta monumental de hierro forjado, tras la cual está el mundo pequeño y sus grandilocuencias. Oigo resonar las trombas y timbales de Rameau. Camino ciento cincuenta metros y me asomo a Diagonal. Enfilo rumbo a San Gervasio por la calle Muntaner, madrastra de corazón rocoso, hasta las Mantequerías Pirenaicas. Se trata de un sitio instalado en la idea casi desterrada de ser atendido de usted y, además, comer frugalmente, rápido y bien. Mi cita, que llega también a pie, pide las viandas y yo, el caldo: huevos con trufa, macarrones, una especie de strogonoff orientalizado, Pago de Carraovejas. El caso es que él, al igual que un servidor, pertenece a esa raza de hombres sin permiso de conducir. Seres en los que la tradición del paseo se ve sometida a los principios de Schelle, aunque sea por ciertos imponderables.

El almuerzo va bastante bien. Tras las bondades de los alimentos sólidos, líquidos, espirituales, se me ocurre ir a pasar la tarde al club. Me detengo, de camino, en un café. Fueron cayendo estos establecimientos, batallas entre tradición y ruptura. Ya conocen la dinámica, derrota de la tradición y posterior evocación (soez) del derrotado, extraña victoria. Uno llora tales pérdidas: el mundo, Combray entero y sus alrededores en una taza, la luz barroca, la cucharilla que remueve los pensamientos, el hilo blanco del cigarro y un libro sobre la mesa. Sin esas malditas ínfulas, en las que ya Sándor Márai advertía un romanticismo de pose (“todo escritor húngaro digno de ese nombre pasa su vida en el café”, había dicho), descanso un rato las piernas sobre la nostálgica modernidad, deslumbrante en carteles tan piadosos como il caffè di Florentino, lamparitas tiffany made in India, sillería desgastada de fábrica, un corazón dibujado sobre la crema del capuccino y la promesa de red wifi. Quiero un brandy catalán, afrancesado, pero no tienen ni Hors d’Age ni Mascaró; acabo naufragando en una familiaridad innombrable, acaricia el gaznate como aquella tía ricachona y cruel pellizcaba mis mofletes, hace cuarenta años.

Al acabar la copa, recupero el andar y me llevo a la calle Mandri. Allí, altura del viejo Montesquiu, oigo una inmortalidad: el alto deje barcelonés de una chica que ha estado en Goa y recomienda ir al “norte, norte, norte, que es lo guay”. Certifico que nunca acaban de morir los ochenta de polo, gala melena rubia y osea. He aquí una magnífica resistencia cultural, un eco fértil, cito a Steiner. Animado, tomo Paseo Bonanova para, finalmente y tras coronar la empinada calle Pomaret, llegar al club. Nada reconforta más que desnudarse, envuelto por la somnolencia de la cultura inmaterial (esa cursilada), y amansar en el jardín las heridas del brandy. Hay por allí desperdigados, cuales pompeyanos, unos hombres al borde de sus encantos. Cierro los ojos y voy descabalgando las conversaciones. El discreto know how del homo ludens y sus vitales asuntos: ¡El nuevo camarero del Scotch se queda siempre corto sirviendo la copa! o Antes había allí una joven dando masajes “mucho más simpática” que la de ahora. Se antoja acerada poesía, belleza a la altura de una Victoria de Samotracia. Me abandono al sueño, veo murallas de oro y diamantes, cúpulas de alabastro, agujas de plata y terrazas sobre terrazas relucientes en alto levantadas; es Barcelona, ha expiado su locura, los idiotas, las idiotas, han regresado por fin a sus casas.

Memorias triestinas, colchón toledano

Había yo cenado manitas de cerdo en salsa, regadas con un marqués riojano, y aquello tuvo sus consecuencias. Sobre el colchón, estos días tan de moda, volé hasta los años noventa. Mis años italianos. Así, el sueño personó al barman Walter Cusmich. Regentaba, en Trieste, el Malabar. Creo que todavía lo hace. El hombre vale una novela. De hecho, aparece en alguna. Enjuto, cabello rubio; vigoroso y noble. Se acostaba, no cada día, seducido por las magníficas botellas de su bodega. Y, cuando la temible bora aún no rugía entre las rocas blancas del Carso, echaba nuestro héroe la caña en el Adriático.

Alguna vez lo acompañé, temblando de frío pero bajo el abrigo del vino. A esas negras horas emergía en el plano horizonte la visión del imperio y sus hijastros. Sus fantasías sumergidas. De las brumas, un débil resplandor, el farolillo veneciano. Mi amigo y yo veíamos manchas de sangre oscura tiñendo el destino azul entre Italia e Iliria; entre Roma y Bizancio. Y oíamos también voces de marinos viejos, crujir de los palos torturados por las jarcias. Desde luego, uno tiene ya madura la conciencia de que Baco hace mejor o peor su trabajo, a juzgar por las letras que engendra.

El señor Cusmich nada pescaba, la suya era captura literaria, melancolía encarnizada. Boca seca por el cabernet franc, pronunciación árida de aquellas palabras eslavas, italianizadas tras el drama de la última contienda, la perdida Istria, un dolor del siglo. El episodio, jugado en un tablero de posguerra, fue más o menos así: Mariscal Tito, tuyo es este corazón antiguo, hazlo Yugoslavia. De allí los Cusmich, como otros muchos, se habían largado a Trieste, a Gorizia, a Udine, dejando atrás tierras, casas y vecinos, tumbas familiares. El comunismo.

En mi noche, sobre el colchón toledano, rebrotaron las esencias de una escritura, acaso del raro paraíso de relatar, computar. Bebíamos esos años con la fruición de una bestia bukowskiana y el temperamento forzoso de la Mitteleuropa, Svevo, Musil, Joyce. Encantador, hombre de acción, el barman Cusmich era capaz, por ejemplo, de atraer a su Malabar a los mismísimos Angelo Gaja o Romano Dal Forno, endosarles un delantal y ponerles a servir copas. Le debo dos cosas: la inmarcesible poesía muda; y hacerme conocedor de la sabia, punzante guía del señor Hugh Johnson.

La bodega y la revolución

 

Hace unos años, sería antes del procés, entré en Quimet, una oscura bodega del barrio de Gracia. Son estas instituciones del todo barcelonesas. Abarrotadas los fines de semana con el canónico vermut familiar, en los días comunes hacen caja con cuatro parroquianos y las señoras que compran vi blanc del Penedés para cocinar. Todavía quedan unas cuantas con solera. Solían estar regentadas por un viejo matrimonio (ella ineluctable bata azul de cuadros, él de calle) que vivía en la parte trasera del local, y, como disponían de cocina, uno podía embaularse un plato de cap i pota o unas albóndigas con sepia y degustar la vieja acidez del Priorato. Desde hace tiempo, la moda ha tocado muchos de estos establecimientos con sus habituales delitos: en aquella bodega sonaba música, los camareros vestían delantal negro y al llegar a la mesa te decían “¡hola chicos!”. Asperezas del progreso.

Recuerdo haber pedido anchoas de la Escala y un vaso de cerveza. Escruté entonces el ambiente. A unas mesas, un púber gritaba, excitadas sus imbecilidades de púber por el alcohol, en medio de un ritual que sólo los más crédulos denominarían conversación: ¡No me quiero morir sin ‘mi revolución’! Instintivamente, miré mis zapatos Santoni. Su piel había acumulado, por el uso, el exacto y deseable primor, aquel del cual los viejos ingleses hicieron un propósito grave. La voz aguda del pimpollo, el atropello de tópicos, la atribulada necedad, trajeron a mi mente una conexión resolutiva: la punta del zapato derecho y el culo insurrecto. Probé las anchoas, ajamonadas (Pla se hubiera ofendido, a la manera suave de un ampurdanés) y acabé la cerveza. Cuando salí por la desvencijada puerta, todavía los cristales adornados de adhesivos de La Casera y Estrella Damm, el púber proseguía la anhelada revolución, ya en su entelequia subido a una bicicleta municipal (nada de caballos) y atropellando burgueses encorbatados, u oficinistas, con tal que llevaran corbata.

Recuerdo esta anécdota y al maestro F. Furet: un hilo de la historia, de la cultura política, reproduce tal tipo de escenas y palpitaciones, el moho estético de un Marat, o del Che. La lista de héroes es abultada, también sus millones de víctimas. Sí, la gran revolución fue, en cualquier modo, una gran matanza (hay muy pocas revoluciones civilizadas), inaugural de una fértil época ideológica. Presuntamente finalizada en 1989. Una reunión de mocosos borrachos no es el fin de nada, pero podría ser el principio de algo. Las capacidades del ser humano, en sociedad, son inmensas. Lo ponía, con ironía, Woody Allen en boca de uno de sus mejores personajes, el inefable Harry: “Los récords están para ser superados”, referencia al último holocausto.

Llegando a la calle Balmes, que siempre me salva de los pesimismos, evoco el procés, todos sus días gloriosos, la cárcel y las fugas; y el juicio de estos días. ¿En qué andará hoy nuestro héroe revolucionario de vino agrio de bodega? Miren, voy a ser secamente optimista: a pesar del enorme precio, el procés habrá servido para darles una revolución a todos esos torrentes de natural subversión adolescente y, después, para plantarles un bofetón colmado de realidad. Transitarán el resto de sus vidas con el debido sosiego. Sosiego en ellos, en los hombres con corbata, en las bodegas supervivientes. Ah, y, cómo no, paz para mis espléndidos zapatos Santoni.

El juicio

Es martes, día en que comienza un juicio del Estado al Estado. Togados examinarán a díscolos representantes del viejo Leviatán. Se obtendrá, así, una clara imagen de su estructura ósea y los sistemas somáticos. De los adornos orales, de la estética, aflorarán detalles que los más sensibles fijarán para la literatura mundana. No digamos el acecho del periodismo, en sí un juicio no ya al Estado (las sospechas sobre el tribunal han sido aireadas para gusto del inquisidor que en cada español se amaga), sino a una entera sociedad, con sus alambicadas miserias, temores, irritaciones. Luego vendrá incluso el metaperiodismo, juicio del oficio al oficio, que es como un Estado también, pero asilvestrado por sus discusiones éticas. 

En España no ganamos para tanto tribunal. Toda la vida, armada de tragedia, deslices y pasiones pasa por el gusto del dictamen. Es el españolito un enamorado que busca sentencias a cualquier cosa, que si no anda perdido. 

Y en esto, el juicio, necesaria higiene institucional. En Barcelona, hoy, día soleado, las gentes han ido a trabajar, toman café en las terrazas, abren y cierran los periódicos; continúan fijadas en sus asuntos rutinarios. El daño está hecho: se habla en voz más baja, o no se habla, se tiene una grave y general sensación de apagamiento. Todo eso por lo que se celebra el juicio está anotado, registrado en el peregrinaje del barcelonés, que cada vez parece más un personaje novelesco, en busca de un tiempo perdido. Habrá sentencia, no satisfará a nadie, así son las buenas sentencias. Mas en mi ciudad reinará, por mucho tiempo, la presunción de unas culpabilidades tan enmarañadas, capilares, complejas, mientras nos vamos, literalmente, hundiendo. 

(Nota del hundimiento: nos falta un día, un honorable acusado, un don para sobrevivir.)

El fin

Tratamos indisimuladamente de esquivar a la muerte. Tememos su contingencia, aunque conocemos la inevitabilidad. Paseamos por el tiempo bajo una suerte de inconsciencia sobre el drama. Según el sociólogo alemán Wolfgang Sofsky, nos engañamos, buscamos olvidar a través de la cultura aquello que no puede ser olvidado. No sólo las grandes obras, los monumentos, la riqueza y ciertas instituciones que parecen inmortales; también la ironía y el detalle en apariencia frugal, los refinamientos de la civilización, pueden ser elevados como parte de esa voluntariosa inconsciencia. Hay unas reflexiones encantadoras de Montaigne en sus essais, libro más consistente -también cálido- de lo que yo pueda soportar mucho tiempo, sobre la muerte o sobre el momento en que nos viene ella a rescatar: este señor se preocupaba por el modo de morir y prefería, en su fantasía, hacerlo gracias al brebaje de Sócrates que hiriéndose como Catón; o deslizarse por un río tranquilo en vez de acabar en un horno ardiente. Hasta en eso Montaigne resulta moderno. Imagina coger la mano de la señora negra (o blanca), de repente y sin dolor, sin muchas presentaciones. Particularmente, imagino glorioso, unos días antes de largarme al reino de Caronte, pasear por ahí como una reliquia, a la manera del anciano Príncipe de Ligne por los salones del Congreso de Viena. La última ostra, otra copa de champagne, el postrero revolcón. Yo quisiera un testamento así, pleno de vida, mensajero de una época muerta.

La gran belleza

 

Habíamos encumbrado, un periodista poético, la policía exquisita y un servidor, la noche barcelonesa como lo hacen los héroes premodernos, al galope sobre la amistad, el forcejeo dialéctico con los queridos camareros y los verdes billetes (han proscrito los morados). Por supuesto no era sábado, ni viernes, tampoco jueves; esos días son para los que ‘quieren divertirse’. Unas horas más tarde, ya en casa, recostado en el sofá del salón hojeé unos cuantos libros, cogidos de la estantería más cercana. (Si sigo hojeando lograré convertirme en un intelectual hecho y derecho) En las páginas aparecieron personajes del todo respetables. Me servían, todavía hechizado por el perfume nocturno, las dosis precisas de un impertinente entremés. Y así se me ocurrió, no recuerdo ahora la fuente, que casi todo el arte del siglo xx, con su lógica insistencia en lo sublime -un mundo nacido de las guerras-, es la refutación de la idea amable de un tal Hegel de que el alma es bella. 

Nada se salva del horror y su disimulo en el querido veinte que nos vio nacer. Y que amamos, qué remedio, como a un padre insurrecto. Ese preludio (lector) a la gran resaca que vendría me hizo rememorar la noche, trufada de viejas bondades: gastar lo que no se tiene, dejar todas las puertas abiertas y admirarse por igual ante una pajarita bien anudada o aquella chica al fondo de la barra que parecía buscar el futuro en su copa de Manhattan. Una noche como cualquiera, en 1985, 1993 o 2019. Seguíamos incrustados en la vieja centuria: todos esos pequeños mundos eróticos, mientras la conciencia secular paría y volvía a parir monstruos como Miley Cyrus, el gazpacho de sandía, Nanni Moretti, el Sex on the Beach y las camisetas de la alcaldesa.

Abrí otro libro al borde del sofá, decía más o menos: el alma contiene un infierno, por eso en un mundo conflictivo, liberado y jacobino, que se ha cansado del naturalismo, el arte es la comunicación del espanto. El héroe Des Esseintes dice que la naturaleza, “esa sempiterna vieja chocha”, es un modelo agotado para los artistas. La más exquisita y bella de sus obras, la mujer, ya ha sido replicada por el hombre con la locomotora de acero, se afirma. Con eso, el acero dios, llegaron los ismos subversivos, inspiradores francos de ismos sistémicos: comunismo, fascismo, nazismo. (Y las camisetas, vuelvo a pensar.) Cirlot listó todos los ismos; mis amigos y yo, unas horas antes del fin, los diluimos con ron, ginebras y piedras de hielo.

La resaca comenzaba a sustituir al encanto. Era como una infantería pisando la hierba. Todavía resistí, parapetado en unos versos. Supongo que nos gusta la postración al dios Baudelaire, la cosa de que no existe belleza sin nostalgia, sin tristeza, sin infelicidad, en suma. Hoy día, doscientos treinta años después del Gran Desastre Fundacional, el empeño del arte y del folclore político es manifestar que se siente libre e irresponsablemente responsable, por encima de cualquier convención. Un mensaje imponderable del capitalismo con conciencia social, es decir, cínico. Los rayos del sol entraron, groseramente, en el salón. Rebusqué entre decenas de cajitas de papel con nombres maravillosos. Pero no encontré aquella pócima que se fabricaba en San Gervasio, Barcelona, renacimiento en polvo efervescente. Cerebrino Mandri. Lo habrán prohibido nuestros más severos nostálgicos, probablemente.

Breviario ventoso

 

Estos últimos días el viento ha soplado fuerte en Barcelona. Venía del noroeste, tierras de nuestro rey Fernando; rigurosa caricia que nos une, viejos catalanoaragoneses aireados. El viento es la historia, un saludo escalofriante. Es la suma de todas las fuerzas y constatación de la debilidad. “Me dio la ventolera”, decía un tío mío para justificar todo tipo de andanzas, cuando le habían descubierto. 

Desde el balcón, centenaria finca, he visto volar hojas como pensamientos, portados quién sabe adónde, depositados en algún lugar tras la ira. ¿Qué hubiera sido sin el viento, que conduce, frena, se lleva fresco, secuestra, susurra entre las columnas del templo? Hálito de una severa justicia, ordena el mundo entre pérdidas y extraordinarios hallazgos. Éolo es un joven bello rodeado de aves, alegoría de Rubens. Es quien lleva a los conquistadores a la tierra incógnita o, artificio del genial Wilder, levanta la falda a Marilyn Monroe. También, transformado en combatiente suicida, hace estragos en la marina de guerra americana, el kamikaze, divino viento en lengua nipona. Refresca el jardín levantino donde unas muchachas duermen, siesta de Sorolla, y sus blancos hijos excitan la locura romántica del caballero andante. Fiel a su madre patria, la ventisca siembra de cadáveres de la Grande Armée napoleónica la gélida estepa rusa, fatídica retirada de los invasores desde Moscú.

Cae la noche sobre la ciudad, un alarido recorre la calle Córcega, apéndice del ser que barre la Diagonal, a sólo dos manzanas de casa. No se me ha ocurrido abrir el balcón, sacar la nariz fuera. El viento es un querido monstruo para el género de terror. Trae las sombras hasta la casa solitaria; anuncia la muerte golpeando aquella ventana de madera que da al jardín. Victor Sjöström lo filma con maestría y belleza, cine mudo de autor, 1928. En el hotel de Cayo Largo, donde están Bogart, Bacall y G. Robinson, la atmósfera se va tornando asfixiante conforme el huracán, cuarto protagonista, ruge más recio fuera. Silba entre los párpados de Clint Eastwood, hace correr salicornios por la polvorienta calle, preludio del duelo final. Y se lleva a Rhett Butler tras cuatro horas de cargante dramón. Es una fuerza de la naturaleza que Massiel compara, indómita, al amor desgarrado que la atormenta: “Más fuerte que el viento es el dolor de no tenerte más.” Ladrón de amores, palabras, vidas. Y de muertos: en marzo de 2017 un misterioso torbellino, no registrado por la AEMET, destroza un pequeño cementerio en Zamora. Luego están los propios aires: Lope, Quevedo y Swift los subliman, tratan y se entretienen, materia seria de reyes y vasallos. 

Harto de la misma murga, me he retirado al dormitorio con la idea de dormir, pero el incesante coro, fantasmagórico, me sigue: en el patio interior de casa crea unas cacofonías muy desagradables, como de música contemporánea. He cogido un libro de la mesilla, el grueso londinense. En Battersea Park, cuando un niño torturado por la invisible violencia pide a su madre que quiten los árboles para que no haya viento, Chesterton se inspira: “No faltará pues el filósofo moderno dispuesto a mantener con toda firmeza que los árboles hacen al viento”, diserta el escritor. La conveniencia de poner a refugio la necedad o perder el sombrero.