Apologías itálicas (VII)

Las ventanas se hicieron para mirar el mundo, o un pedazo de ese. También para encerrar al que mira, enmarcarlo como un deseo. Esto elucubraba yo, después de haber leído algo del profesor Ruiz-Domènec, una mañana inclemente de 1997. Recuerdo la circunstancia de una cita, el reloj advirtiendo la hora de salir y el panorama ahí fuera, un hormigueo de paraguas bajo la ventisca. Era una mujer la que esperaba. Me ajusté la gabardina y pensé en el bello sexo, que, por fortuna, había abandonado las ventanas y bajado de las torres, muriendo la imagen medieval que explicaba el viejo profesor.

De camino constaté que la lluvia tenía el efecto de una descarga de alfileres sobre el rostro, en la justa medida de causar un dolor sostenido. Pero la idea del combate sensual es incluso más fuerte que los dichosos elementos. El romanticismo, reserva literaria, se nutre de las cosas más banales, informalismos de toda ralea, muchos indecorosos. Yo esto ya lo había aprendido en la época que relato. También que la seducción debe tener en cuenta la naturaleza impúdica del romanticismo y modularse. A partir de aquella conciencia, propuse para la cita un lugar donde sólo se comía cerdo cocido y huevos (también cocidos). Un figón interclasista visitado tanto por curtidos obreros de chato y bocadillo de panceta como por abogados y periodistas gruesos, platazo de morro, manitas, pernil, salchichas y botella de vino. El puerco, del rabo a la cabeza, se cocía en grandes recipientes de acero que ocupaban la entera barra, inundando los vapores aromáticos todo el establecimiento. Los camareros eran de una antipatía proverbial, y la comunicación con ellos apenas se reducía a las órdenes propias de comida, bebida y nota. Y a algún gruñido por su parte, un más o menos inteligible “¿mostaza?”

Así las cosas, la tarde transcurrió prendada entre mordiscos a orejas, morros, muslos y gruesas longanizas, mientras el vinillo ayudaba a templar todos los fríos (los carnales y los demás). Del figón nos llegamos a una bodega donde las copas, mojadas de barbaresco, sobrevolaban nuestras cabezas y se posaban en manos y labios, conjuro de la noche goliárdica que venía. Vino y fruta, lecho de púrpura, cortinajes barrocos, maderas centenarias que crujían, lozanas curvas trotando allegro prestissimo con fuoco. ¡Roma, Roma!

La resaca no es algo digno, amén de una crueldad metafórica. La sera leoni, la mattina coglioni. Busqué al amanecer, por los pasillos, el cuarto de baño y, luego, una redentora cafetera. Desde la cocina se veían los tejados de Piazza Borghese. Una voz femenina susurró en mi cabeza un recuerdo, domani andremo da papà, in Toscana. Eso sucedía antes del siglo melancólico. No eran tiempos de culpabilidades inducidas. La libertad y sus accidentes (apelación de la Deneuve) dominaban la imaginación de la mayoría, feliz. Ahora que la mujer corre el riesgo de volver a la ventana, a la torre, fuera de la aventura y del mundo infinito, rememoro las epicúreas jornadas en el castillo toscano, después de la noche blanca, romana. Pero esa es otra historia.

Apologías itálicas (VI)

Sacrario Militare di Redipuglia. Quizá a muchos españoles esto no nos dice gran cosa. Por dos motivos, creo: está anclado en los límites austrohúngaros de Italia (remotos), lejos de las ciudades turísticas; y España no participó en los dos conflictos mundiales del pasado siglo (una cierta dinámica histórica de ir a nuestro aire). En cualquier caso, se trata del mayor monumento funerario italiano (y uno de los más grandes del mundo) y acoge, en la septentrional localidad que le da nombre, los cuerpos de cien mil caídos de la Primera Guerra Mundial. Fue inaugurado en 1938 sobre la colina Sei Busi, provincia de Gorizia, sitio de crudas batallas, regado literalmente de sangre.

La visita a Redipuglia tiene, debido a su diseño, una lógica que no puede ser transgredida. Primero, uno toma la “via eroica”, flanqueada por placas de bronce de diecinueve metros de longitud. Allí están grabados los nombres de las localidades donde se registraron los combates más duros. Después, accede a una gran explanada, base del monumento, donde se halla, en el centro, la tumba de Emanuele Filiberto de Savoia-Aosta, comandante de la Tercera Armada, custodiado, a derecha e izquierda, por las sepulturas de sus generales. A partir de ahí, y ocupando la entera colina, se extiende una gigantesca escalinata: veintidós escalones de más de dos metros de altura y doce de fondo cada uno. Forman las tumbas de 39.867 caídos identificados. Ya en la cima, dos fosas comunes acogen a 60.330 caídos no identificados. Todo el conjunto está coronado por tres cristianas cruces.

Redipuglia fue alzado bajo las terribles secuelas de la guerra, en el contexto del régimen de Mussolini. Si otras naciones mantuvieron una red de cementerios nacionales en viejas áreas de combate, dejando reposar a millares de sus finados en el extranjero (caso de alemanes en Francia), el fascismo los monumentalizó. El resultado es un cuerpo único que extravía el vestigio de cualquier identidad individual, ya comprometida por el número e ingente proporción de cadáveres sin reconocer. Teatralidad colosal, culto patriótico a la muerte: en cada gran escalón, esculpidos, infinitos nombres y apellidos, gobernados por un incesante «presente». Todavía acuden allí descendientes de aquellos hombres de vida brevísima. Aquí y allá, un modesto ramo de flores, diminuto punto colorido, rescata a la vida a piedras y bronces.

Finalizo con un ejercicio mínimo, memorialesco. Palabra de combatiente, acercamiento a la terrible experiencia personal de la guerra. Un testimonio describe la degradación intelectual en las trincheras, profundas y, normalmente, de un solo metro de anchura. Dice: «Nuestros cerebros se vuelven perezosos en el ejercicio único y limitado de la cotidianeidad, siempre igual, bajo tierra». Otro deja escrito: «Estamos a pocos pasos del enemigo y la guerra parece lejana. Quien figure gritos y fusiles se ha hecho de la guerra una idea fantástica y convencional, diferente de la realidad. Una acción decisiva es mucho más que eso, es un martillo infernal, el exterminio, un horrendo huracán de hierro y fuego, del que se sale como de un cataclismo; pero una acción decisiva es rara, ocurre sólo en las grandes avanzadillas, y es el resultado último de una larga y compleja preparación, que a veces dura meses y sobre la que nosotros no tenemos más que vagos y raros indicios: un trabajo inmenso, colosal, que se cumple con la majestuosa y terrible lentitud de semana en semana, y que no alertamos precisamente por su vastedad, si bien vivimos en su interior». Infantes de Redipuglia, sangre de las piedras, almas prendidas en la guerra atroz.

Apologías itálicas (V)

De todas las cosas buenas que uno puede hacer en Italia, el asunto báquico ocupa un lugar preminente. Debe ocuparlo, diría incluso. A no ser que nos hallemos esclavizados por algún tipo de conciencia posmo, poderosa y última enemiga de la civilización. «Donde no hay vino no hay amor; ni ningún otro goce para los mortales», proclama Eurípides en Las Bacantes. Así, una vez nuestras suelas pisen aquel milagro de tierra ensartado en el Mediterráneo, abandonemos prejuicios y adocenamientos, y hagamos volar la cartera. De Italia se debe volver colmado de placeres y sin dinero; o no volver.

Nación que venera el vino, los italianos beben de costumbre poca cerveza, como sucede en el norte de España. Dejemos unos días el hábito gozoso de la caña (madrileñismo) y abracemos, ya desde el aperitivo, los caldos transalpinos, que los hay de toda piel y en divina abundancia. Degustemos un fresco grecanico de Sicilia, quizás frente a un plato de fritura marina, y después una vieja añada de marsala con trenzas (treccine) a la miel, cuales senadores imperiales. Con pasta y almejas va bien un greco di tufo vesubiano, antes de repantingarnos en el hotel y mirar con igual placer que temor al gigante dormido, al otro lado de la bahía napolitana, sobre la villa de Herculano. En la Ciudad Eterna podremos deleitar el gusto con alcachofas judaicas, sesos y un frascati reserva de uva malvasía, servidos por curtidos camareros con pajarita sobre mantel blanco del clásico restaurante Nino (allí comía cierto Presidente della Repubblica).

Conquistando el país hacia el norte, las cosas comienzan a ponerse muy serias a partir de la Toscana, paisaje de viñedos míticos. El que esto escribe, por esas circunstancias del amor, fue invitado una vez a un castillo con lago, señor y vino chianti. El chianti ganó (mala) fama hace décadas por aquellas botellas de cuello largo y camisa de esparto, contenedoras de líquidos infames pero vistosas en los films del último Hollywood dorado. Olvidemos tales dramas: las colinas de Chianti están salpicadas de bodegas centenarias que producen tintos de extraordinaria categoría, astringentes y elegantes como caballeros de otras épocas. Seguramente, así lo afirma su fama, Bolonia sea todavía capital culinaria de Italia, allí donde la exigencia de tradición en el plato se torna tan categórica como salvífica: el recetario antiguo y su puesta en práctica provoca debates encendidos y memoriales de ofensas. Todo un triunfo, esa veneración. Para contradecir un poco el campanilismo (nacionalismo de campanario) yo les recomendaría pedir en Bolonia (región de Emilia-Romagna) una cottoletta alla bolognese (ternera en salsa), pero acompañarla de un chianti (región Toscana) de los marqueses de Antinori.

Decía antes que en el norte las cosas se ponen muy serias. Aligeren crédito, despréndanse de billetes a cuenta de los más venerables vinos de Italia. Hasta un galo cargado de chauvinismo borgoñón o bordelés deberá quitarse el sombrero ante la grandeza de estos y otros nombres de la constelación vinícola sita en Piemonte, Lombardía, Veneto y Friuli-Venezia Giulia: Aldo Conterno, Romano dal Forno, Gaja, Roberto Voerzio, Ca’ del Bosco, Prunotto, Vie de Romans. Allí donde la niebla se espesa y el frío arriba del vasto continente, donde la cocina nos abraza con carnes porcinas, verduras de peso, quesos nobles y guisos de caza, pueden ustedes, también y sin remilgos, enamorarse de las burbujas del franciacorta, elegante, finísimo epílogo de este viaje a uno mismo, a los orígenes vivos de la civilización.

Apologías itálicas (III)

En la gruta civilizada (fotografía de Miguel Navarro)

El camino era abrupto y la pequeña Autobianchi A112 comenzaba a quejarse. Creo recordar que, antes de llegar a destino, debimos frenar, abrir el capó humeante y refrescar el motor con agua destilada. ¿Y cuál era el destino? Pues un gran agujero excavado en la tierra para fermentar, mezclar, resguardar y embotellar el báquico elemento. A decir verdad, tanto mi amigo Miguel Navarro, fotógrafo venido de Barcelona, como el que esto escribe no estábamos en mejores condiciones que nuestro agotado vehículo. Veníamos de larga noche templada con caldos del Friuli y nos comprometía una cita en la meseta italiana lindante con Eslovenia. Serían las diez de la mañana cuando, sentados ya a la mesa junto a sus rudos jornaleros, Edi Kante, ordeno y mando, nos plantó una ración de macarrones con panceta y jarra de vino común. Dijo: “ahora comer, después fumar, luego partir.”

Partimos, sí, cambiando la Autobianchi por un magnífico Range. Al volante aquel esloveno parco en palabras, creador de soberbios, minerales caldos blancos de vitovska. Para alcanzar el citado agujero atravesamos el Carso agreste, por rutas en que los caminos desaparecían y uno se acordaba de los fantasmas que pueblan la tierra, inmenso cementerio de la Primera y la Segunda guerras mundiales. También de las últimas matanzas allí perpetradas. Silos a los que partisanos del mariscal Tito arrojaban (vivos) a italianos de todo jaez, militares, mujeres, campesinos, sospechosos. Ocurrió hacia las postrimerías del conflicto, firmado ya el armisticio. Hay cálculos, unas veinte mil víctimas. La metodología era la siguiente: encadenaban a una fila de prisioneros entre ellos, se ametrallaba a los primeros, situados junto al abismo, y cuando comenzaban a caer por el silo arrastraban a los demás a las profundidades. Después de todo eso, el mariscal y su flamante república de autogestión socialista fueron premiados con la península de Istria. Cosas de la “memoria histórica”: hasta 2005 los italianos no se enteraron de tales crímenes.

Con los reponedores macarrones y el vinillo en la panza, entramos en la bodega foso con Edi. Construcción ovoide, tres plantas hacia el fondo, a saber: la primera donde sacaba el mosto de la uva, la segunda donde se fermentaba en cubas de acero y una tercera, la más honda, donde el vino crecía en barricas bordolesas. Cuanto más abajo nos encontrábamos menor era la temperatura y mayor la humedad: las paredes babeaban moho, bacterias. Un mérito de aquella costosísima obra era que había sido excavada en la roca viva. Allí, y tras catar varios caldos, todo se animó. Los tres cumplimos unas vueltas al circuito de barricas, la entera sala, corriendo al trote ágil y beodo sobre la madera francesa. Kante lo hacía con destreza, hasta que, finalizando un épico giro a gran velocidad y calculadas zancadas, dijo: “Ahora, a comer. Tengo una anguila viva en la bañera de casa. Mi mujer nos la preparará con spaghetti.”

Edi Kante camina sobre su vino (fotografía de Miguel Navarro)

Si este diario debiera hacer algún modestísimo favor a la vida, tanto que ver con Italia, no podría soslayar el vino, tampoco el aceite y la sensualidad cotidiana de sus gentes. El vino, allí, su industria, las grandes bodegas, las míticas haciendas familiares, los garagistas afrancesados o este señor Kante son -como aquí- materia cristiana y sustento de pasiones terrenales. A los españoles, hermanos bebedores, nos resulta prácticamente desconocida la excelsa geografía vinícola italiana, del mar azul meridional al viejo puerto austrohúngaro. Literatura y teatro cotidiano se bañan, todavía (aleluya), en líquidos rojos para hallar su medida, su comodidad, el habla antigua. Seguiremos aventuras, tierras y palacetes donde desayunan aún con un calice, mientras el milenario viñedo se despereza entre el sol y el rocío.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (II)

Dejó escrito Madame de Staël acerca de los italianos y su modo de andar por el mundo que, para ellos, “la vida no es nada más que un abandono soñador bajo un bello cielo”. Esta señora, y muchos otros visitantes europeos de la geografía transalpina, cargaron tintas sobre el carácter de sus habitantes, indignos de altas expectativas: no se correspondían con el idealizado clasicismo de los viajeros del grand tour. Yo leía esas cosas, una tarde en el Grand Hotel et de Milán, y me parecían aseveraciones inmodestas y, gastado el tiempo, entretenidas. Visiones de guiris encandilados (Stendhal se quedó a gusto en sus reflexiones sobre el ser itálico) que sirven todavía a los flageladores contemporáneos para sus particulares flagelaciones.

Sorbí el último trago de un dry martini y abandoné la lectura con la firme idea de adentrarme en la noche milanesa. Mi tío Albert me había enviado allí desde Barcelona a cumplir cierta misión, que fijé para la mañana siguiente, pudiendo así darme un garbeo disoluto. De Milán nace, en 1881, el tópico de ser “capital moral” de Italia, a la luz de la manía septentrional respecto a la corrupta Roma. Y se alimenta después dicho mito por su potencia industrial, por ser referencia de la resistencia en la última guerra y aparecer como puntal de la modernidad, moda incluida. La capital de Lombardía representa, también, un libertinaje extraño a una nación tan conservadora. Incrustada en el continente, ha sido una ciudad culta e interesante, “la más europea”, apunta su orgullo. Si en España nos pensamos campeones de una defectuosa nacionalización, cenen algún día con una familia lombarda o véneta y, una vez trasegado algo de vino, saquen a la conversación el Sur, que mentalmente comienza donde el Tíber serpentea bajo el mausoleo de Augusto y finaliza en Sicilia. De Milán han dicho los demás, con ese aire inmemorial de, pongamos, un florentino, que es fea. Yo la he visto siempre bellísima. De adoquines mojados, tardes largas, siluetas esbeltas bajo los paraguas y escaparates tan discretos como deslumbrantes.

A la puerta del hotel me esperaba un coche deportivo, demasiado pequeño para tres. La señorita Lobakina tuvo que sentarse sobre mis rodillas, y yo veía las lágrimas en la ventanilla, las gabardinas y los tacones veloces, aquella feliz estampa milanesa, un poco afrancesada, elegante, atildada. Me llevaron a un piso grande, abarrotado de oros, cortinajes azules y tigres de porcelana. Unas maniquís rusas, ocupando un sofá apartado, fumaban y hablaban entre ellas. Pensé en el gusto decorativo de Dolce & Gabbana mientras alguien anunció el restaurante y la sala de fiestas a los que acudiríamos. De la cena apenas recuerdo una lubina al azafrán, que una de las rusas había destrozado con el tenedor sin probar bocado. Más tarde, en la sala de fiestas, los destrozos se concentraron en carnes propias y ajenas, ligera de trapos la troupe femenina. Había por allí dos muchachos libios con séquito que competían por ver quién gastaba más en botellas de Dom Pérignon. Precisamente al fenecido Gadafi deben los italianos el término “bunga bunga”, un “vero puttanaio” aireado en el proceso contra Berlusconi.

Despuntando el alba y una gran resaca metafísica, me hice cargo de la misión por la que estaba en Italia. Debía pedirle en préstamo a un millonario coleccionista de pintura barroca un cuadro, que se exhibiría en Madrid. En aquel estado semimoribundo, llegué con la señorita Lobakina hasta el despacho del coleccionista, uno de esos mundos que ciudades como Milán esconden celosamente tras portales burgueses de madera y latón. Apenas mostradas mis credenciales y a la vista de la belleza salvaje de los Urales, aposentada en un sillón tapizado de Missoni, todo fue coser y cantar. De camino a Fiumicino en un taxi, la radio cantaba un viejo hit de Fabio Concato: “partire quando Milano dorme ancora/vederla sonnecchiare/e accorgermi che è bella/prima che cominci a correre e ad urlare”.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apologías itálicas (I)

Durante unos años, entre el pasado siglo y el presente, vagué por Italia. En el momento esos garbeos no me parecían, como ahora, mi particular tour, adaptado al ambiente y comodidades de nuestra era. El tiempo y su armadura melancólica adornan los hechos, convirtiéndolos en aventura. Incluso una vida entera conduciendo un autobús puede acabar cubierta por un manto novelesco: las cinco de la madrugada, el hangar apenas iluminado, la cantina con su estufa y los compañeros tomando café; acariciar el volante helado y llegar a la primera parada, donde una figura solitaria espera, envuelta en la bruma. Miles de kilómetros y rostros, cuarenta o cincuenta años de aparente monotonía. No sabemos si esta novela concluye con la secuencia trepidante de los millares de rostros almacenados en su memoria, mientras el conductor cierra los párpados por última vez.

El caso es que, con la edad de los vigores inmortales, daba yo vueltas por Italia, aprendía la bella lingua y estudiaba su larga e importantísima historia. Gobernaba entonces Silvio Berlusconi y el país se encontraba algo dividido entre quienes le odiaban y quienes le amaban. La mayoría de italianos le amaban o, sencillamente, confiaban en que barriera el polvo acumulado desde los tiempos de la democracia cristiana. Silvio encarnaba al hombre de éxito, al empresario hecho a sí mismo, una idea fuerte en el país transalpino. Me hizo siempre gracia, era atractivo, tenía un club de futbol, le rodeaban mujeres bellas y lucía una gran inteligencia y sagacidad. Además, cantaba (ya lo había hecho, mucho antes de alcanzar la fama política y empresarial, en cruceros marítimos). Todos los mimbres de una existencia soñada por el compatriota medio los poseía Silvio. ¿Enemigos? Incontables, lo que, como afirmara el poeta Mackay, significa que se batió sin cobardía en la pelea. De cualquier modo, la valoración general sobre el ejercicio del poder en aquel país debe tener en cuenta tanto la pasión esteta de sus ciudadanos (su nacionalismo) como la debilidad de los gobernantes, en definitiva del Estado (asesinato del juez Falcone por Cosa Nostra).

Al ser yo extranjero, veía con distancia el gran circo de la política itálica, de enorme calidad lírica y cinismo, habitada por señores elegantes, muy astutos. Además del primer ministro, la polémica y gruesa figura del periodista Giuliano Ferrara, architaliano, representaba a mis ojos un hilo que viene desde la Roma clásica y que teorizó el diplomático Maquiavelo. Por su exuberancia y el cultivo de las artes políticas, por el ensalzamiento de la oratoria, la vida pública en la península de la bota era mejor que la nuestra. O más interesante. Luego, en absoluto desdeñable, estaba la buena educación general, incluso el miedo a la ignorancia; e, inmemorial finalidad, el arte de la seducción. Amén de todas las demás cosas sabidas: un cierto desorden, belleza antigua, gastronomía riquísima, vinos opulentos y coches deportivos. También su melancolía, contra el tópico de la alegría, infundado a todas luces. En los nobles caserones sicilianos, entre la niebla nocturna que inunda Lombardía, bajo los tendidos del barrio napolitano degli spagnoli, en Piazza Unità, abierta al Adriático: en la ineluctable conciencia de ser hijo de gloriosas piedras, con el Vaticano siempre al fondo del alma vieja, el italiano no es un ser ligero, ni tampoco optimista. Italia va de Manzoni a Moravia o Levi cumpliendo los episodios intelectuales de un sumario europeo, existencialista, digno de toda muerte.

(Nota publicada en Ok Diario)

De aquí a la eternidad

Caminando el tiempo en prisión “perimetral”, según léxico pandémico-autonómico, se amontonan las horas domiciliares. Barcelona, sin ocio, cerradas a cal y canto sus puertas al exotismo y la calidez, tiene aire de gran camposanto. Urbe de tráfico provinciano y paseantes a la fuerza, postula un momento abúlico. Sólo los locos guardan dudas sobre el hundimiento, urdido por los votantes, por los elegidos en las urnas y acelerado por este fantasmal virus de corte chino, comunistizante. La pareja bufa Sánchez-Iglesias pergeña unos presupuestos insolventes, condenados a la muerte europea. Serán, según los anhelos de la oposición, la muerte del PSOE. Que remite a los viejos asesinos de socialistas y sus cómplices, hoy demócratas impolutos al calor de Zapatero. Pero aquí no habrá ningún funeral: de Fouché a Sánchez una tradición de ejercicio político va renovándose.

En Cataluña, los nacionalistas han colmado su capacidad de hacer daño y manejan los hilos de un poder ridículo, cuales espíritus condenados a vagar eternamente. Sus cuitas, antaño trascendentales, son sólo sainetes a los que, en general, nadie atiende ni comprende. El gran paso adelante del pujolismo ha resultado en conclusión dramático: del control absoluto de una próspera y orgullosa comunidad a un puñado de siglas ininteligibles, PDCAT, JPCAT, etcétera. Y Rufián de estrellita de variedades, que es su concepto del parlamentarismo. Por la parte municipal, Colau desapareció un día de marzo, quizá haya decidido retirarse y leer algún buen libro de no ficción. Podría ser esta una feliz consecuencia del virus. En cualquier caso, su ausencia, pasados todos los ridículos de corte feminista, ecologista, antimilitarista, anticapi de chicha y nabo, resulta elocuente. Como lo es la constatación de una palmaria inutilidad para el cargo en condiciones normales (no digamos en las actuales). En Cataluña en general, y en la Ciudad Condal en particular, el pueblo soberano se entregó hace sólo ocho años, con espíritu corajoso y sin pertrecho alguno, a dudosas aventuras, conducido por Artur Mas y el sistema de periodistas y comentaristas palmeros. De aquellas siembras nacional-populistas, esta desolación.

La gran cuestión patria tiene mucha enjundia: el derribo del edificio aflora consecuencias culturales, hondas. Era la nuestra mundología de estética familiar, suave, hecha de fidelidades. Ya saben, historia y vida a refugio de un viaje, de una mesa compartida, de las Navidades, las fiestas con sus pregones y la Semana Santa; el fútbol, la gran industria del cotilleo, el bipartidismo; los cumpleaños, las bodas de plata y los funerales. De aquellas maneras pasamos al españolito cautivo entre las paredes del miedo y el hastío. Y con sus pecados capitales, que tan bien sirvieron a Fernando Díaz-Plaja para retratarnos, restringidos. Por ahí sale, puntual a su cita con la Historia, la ministro Montero-Savonarola y sus emocionadas reflexiones, su acalorada fe. Le sugeriría que prohibiera ya las relaciones sexuales entre hombres y mujeres y creara una hoguera-observatorio para la cremación de los penes. Que diera rienda suelta a eso que tanto excita su concepto de justicia amatoria. Consecuencias de tal panorama, me recomendó un abogado visionario que invirtiera en asuntos de divorcio y separación de bienes.

Exceptuando la comida (allí donde se puede comer) y los restos del arte salero en pelotas (allí donde se celebra, proscrito), toda información generada estos días resulta ingrata y muy pesada. Conmovedor es el desaliño de las autoridades y el absoluto desamparo al que han llevado a los ciudadanos. Y supongo que algún peso deberá caer de igual forma sobre esos ciudadanos, a no ser que nos encontremos con la primera sociedad limpia de polvo y paja. No habrá, presumo, un Böll que ponga en la figura de un payaso el elocuente azote y la miseria de los tiempos nuevos. Quién sabe si recordaremos, a la vista de unos lustros o antes, este maltrecho espíritu mediterráneo, cuna de genios, luz que agoniza. Quizá evoquemos entonces la comunidad que fuimos, algo pintoresca, feliz y consagrada a la nada, en expresión de Eugenio D’Ors. ¿Cómo invocaremos a España, tras su enésimo deceso? “Camisa blanca de mi esperanza / A veces madre y siempre madrastra”, aproximaba la voz de una vieja sociata, Ana Belén, un canto vano.

Una lección americana

Jasper Johns, Flag (1958)

Como ocurre cada cuatro años, la petulancia española respecto a los Estados Unidos de América brilla en tertulias y columnas periodísticas. La actual pugna electoral despierta en las conciencias y pieles de los comentaristas profesionales, galopando para vencer la carrera de campeón anti Trump, un brío tan espectacular como acomodaticio. El jolgorio maravilla, es harto entretenido escuchar, rancio lenguaje decimonónico, los desgarres de ciertos periodistas ante lo que consideran, en el fondo de sus prejuicios, una nación de granjeros blancos ignorantes y armados. ¡Y con derecho a voto! Comparado todo con la ilustrísima Europa. Si bien, tiempo escaso, parió nuestra Diosa el fascismo y el comunismo; y fue luego liberada de esos monstruos por aquellos granjeros descendientes de las antiguas persecuciones europeas.

Tratemos sintéticamente de aclarar algunas cosas, libres de lugares comunes, sobre las elecciones presidenciales en EEUU. Vox populi, ese proceso electoral es anómalo, o indirecto, en cuanto los votantes no eligen a su Presidente, sino que escogen a los compromisarios del candidato. Anómalo, también, porque el Presidente es el único cargo público que no ejerce dentro o en representación de cada Estado. Sobre esta circunstancia y el sistema de recuento, he podido escuchar las teatrales iras y acusaciones de algunos estandartes de nuestra democracia, avanzada y pulcra respecto al imperfecto sistema americano. La respuesta, sencilla, es que no hay un recuento, sino cincuenta, por cada uno de los Estados que forman la Unión. Naturalmente, la impugnación de boquilla del candidato Trump a dicho sistema arcaico enciende el ansia de aguerridos tertulianos, viendo ahí, cuales internacionalistas, la oportunidad de honrar la democracia en peligro. Pero, queridos, no se percibe en esos calores nada más que la afición de los europeos en general, y los españoles en particular, por dar lecciones de superioridad a la nación de Lincoln. El Tribunal Supremo puede ser invocado (Trump lo ha hecho) e incluso dirimir sobre los resultados definitivos (aquí aparece la hispana sospecha de que los jueces han sido comprados, todo un vodevil de la opinión periodística patria).

Otra confusión extendida trata del Presidente, su poder absoluto. En realidad, encarna la autoridad ejecutiva federal, ni más ni menos. Desde su nacimiento, a finales del siglo XVIII, tal figura política ha crecido (y a veces menguado) en sus atribuciones, dependiente siempre del Congreso y, en última instancia, del Tribunal Supremo. El Congreso se ha armado, mediante una compleja red de instituciones crecida a lo largo de la historia, para limitar el poder presidencial. Y las facultades del Presidente (a diferencia del sistema constitucional español) resultan bastante limitadas, siendo los EEUU un modelo universal de federalismo. A saber. Tiene funciones de Jefe de Estado (aunque nominalmente no lo sea), como el derecho a veto en leyes federales, derecho de gracia sobre condenas y encargado de las credenciales diplomáticas (embajadores extranjeros y propios). Es, también, primer representante y encargado de las tareas protocolarias, que ocupan buena parte de su mandato. El Presidente es, además, jefe de la Administración, o sea, debe velar por el cumplimiento de las leyes. Y es quien dirige las relaciones internacionales (controladas por el Senado) y comandante supremo de las Fuerzas Armadas.

En el momento de escribir estas líneas desconozco quién ejercerá el cargo de lo que, tópico o realidad, se da en denominar “el hombre más poderoso del planeta” (bien poco se habla de Xi Jinping). Casi todas las energías ideológicas, desde posiciones socialdemócratas a liberales o conservadoras, han formado estos cuatro años pasados una especie de frente común a Donald Trump. Las postreras horas agolpan un sinfín de ideas preconcebidas sobre la nación americana y el millonario de rubio flequillo y mujer despampanante, para discurrir finalmente en el deseo de victoria del anodino Biden. Del primero, incluso las voces menos antipáticas a él han sugerido que no ha comenzado ningún conflicto bélico y ha permitido el dominio del populismo de izquierdas en el sur del continente. Apuntar, en cualquier caso, la guerra comercial con China, amén de los factores culturales, o sentimentales, que su estatura despierta en aquellos eternos granjeros que, a nosotros, orgullosos, desagradecidos y decadentes europeos, nos salvaron la vieja civilización. Vendrán más presidentes, y los europeos seguiremos mirándolos por encima del hombro. Muy profunda, prevalece la idea (y el amor) del hijo descarriado.

Carne y libertad

Apurando el régimen setentero, sentenciado a muerte desde dentro según moda del actual populismo, me decido por el placer de la carne. Reacción contra esa mojigatería de nuevo púlpito que ha encontrado en la pandemia su oportunidad puritana. En cada neoprogre se esconde un censor. No pido ostras, champán y un cigarro, siguiendo el común criterio de quienes van a ser ejecutados, aunque tampoco estaría mal. Sugiero, en cambio, una chuleta. El propietario del mesón me mira y, cerrando un poco los ojillos cual espíritu salaz, pronuncia la palabra “buey” sin esperar respuesta, innecesaria en tal caso. Basta un ligero asentimiento con la cabeza para poner en marcha la civilización. Instantes después, lo veo cruzar la sala sosteniendo un entero lomo entre las manos, hasta recostarlo sobre un gran pedazo de madera custodiado por una hilera de refulgentes cuchillos.

Una televisión ambienta a los parroquianos con la deletérea carraca, mezcla inmunda de medias verdades, amarillismo, griterío y ejemplaridad. Esta es la feliz tarea encomendada a los mass media en pro del aturdimiento general. La cosa más graciosa es que lo llaman “información”. Y su complemento ilustrado sería la Wikipedia, donde uno puede alcanzar la alta cultura con artículos bodrios de gramática insostenible. Bien, culminada la borrachera populista, las masas, tan ofendidas como obedientes al poder (pobres criaturas), se creen armadas para decidir todo destino. Alguien, desde las alturas, ha procurado en la última década una lluvia ideológica, fina, constante, y así estos nuevos protagonistas de la Historia creen serlo, cuando en realidad son mera y necesaria comparsa de oscuros intereses. Si queman una iglesia en Chile o se arrodillan ante un smartphone no hacen sino reproducir aquella categoría consustancial del títere, ridícula servidumbre.

“Un quilo y cien”, informa el mesonero mientras descorcha una botella de la Rioja alavesa. El corte ya descansa sobre las brasas, evocador del suave sacrificio que es la vida, alimentarse de otros vivos, elevar al altar del agradecimiento su mejor muerte, carne sobre carne. Pero incluso dicho código natural está siendo refutado, monstruosidad del régimen antiguo, claman los animalistas, románticos ignorantes de su propia animalidad. Así, aquí y allá, en el plato, en las palabras o en el sexo, la revolución halla su emotividad y arrojo. Observando el caso español, ejemplar en la universal deriva populista (fuimos ensayo del último conflicto mundial con nuestra guerra civil), beau Sánchez es fruto fresco de esa actualidad inculta y soberbia. Y, como el anterior edificio franquista demolido por sus hijos -algunos de ellos intachables falangistas-, nuestra democracia imperfecta camina cabizbaja hacia el cadalso conducida por quienes habitan palacios y engordan el BOE. Ya la soga ha sido dispuesta para abrazar, prontamente, aquella pompa y circunstancia constitucional, monárquica, demodé, hasta ahogarla. Yo, que no soy Tomás Moro pero tengo ajustados mis intereses a unos cuantos principios, como el de la carne escarlata, derivo el placer a la chuleta, recién llegada a la mesa, brillante, dulce, libérrimo vestigio. Cuiden y defiendan, apreciados lectores, esa dieta tolerante, abierta, recia cultura. Nos va la libertad.

(Nota publicada en Ok Diario)

España una

Los españoles, insufribles sobre todo para nosotros mismos, ponemos a prueba los límites de la Nación cada cincuenta años, más o menos. Es la edad máxima a que llegan los regímenes políticos en este apéndice europeo. Luego amamos eso de nombre España, sangre y palabras derramadas. Y que nadie se lleve a engaño: quienes dicen odiarla, quienes la cambiarían por otra cosa o quienes pretenden ignorarla son los más enamorados de ella. Perdidamente enamorados del ‘ser español’, conciben esa relación en términos barrocos. Honor herido y consiguiente drama.

Un caso último y encendido de tales romances patrios es el catalán. Madariaga dice que el separatismo es la “fuerte conciencia de lo distintivo y lo diferenciado en el yo, la tendencia profundamente española que hallamos en el alma del catalanismo”. Y sigue con el ejemplo de un prohombre, Rovira i Virgili, periodista y diputado por ERC durante la Segunda República: “Sería difícil hallar en toda la Península un tipo más español que el de este hombre que sinceramente se imagina no serlo.”

La cualidad de la intransigencia, el retorcimiento de los hechos al calor de la pasión intelectual pueden comprenderse en el ámbito del carácter, de la cultura política. Piel vieja de los que habitamos la fortaleza, Reino de España. Pero esa explicación resulta incompleta. Hay una organización política del Estado a la que podemos considerar un enorme y enrevesado sistema clientelar. Fabulosa red de instituciones pequeñas, medianas y portentosas que obligan a la pleitesía de quienes las dirigen por turnos, sean las derechas o las izquierdas.

Los nacionalismos periféricos han sido, en el actual régimen autonómico, los que han comprendido mejor esa corrupción conceptual del Estado, extendida con puestos de trabajo y funcionarios acólitos. Iliberal. Para muestra, un botón: cuenten cuántos servicios meteorológicos existen en el territorio nacional. Y así todo.

La resolución de las eternas perezas y vicios hispanos parece, en estos momentos críticos, lejana. Ni siquiera es fácil imaginarla. Quizás la actual crisis (menos dinero, más desnudez política) podría disolver los casticismos disonantes, llamados cínicamente “históricos”. O, en sentido contrario, animar a los millones de compatriotas ofendidos (sin motivo) a fundar un nuevo desorden republicano. Es decir, a aumentar la polifonía de derechos identitarios hasta hacerla un mero e insoportable arte y ensayo. España, una.

(Nota publicada en Ok Diario)