¿Qué diablos le pasa a la izquierda?

Una señora de muchas lecturas y en absoluto conservadora me dijo un día que yo le había echado un cable al franquismo por escribir que “Franco fue un gobernante muy popular”. En el antifranquismo sin franquismo hay un aspecto melancólico, e incluso podría haber un principio freudiano. Archivé para mis adentros que echarle un cable a un régimen muerto hace cuarenta años tenía gracia. Así, ¿de qué manera, dotado de qué extraordinario vigor pudiera reflotar, por ejemplo, el hundido Imperio Austrohúngaro? Escribir para resucitar. Pero no a Franco, a quien no guardo ninguna simpatía, sino a Francisco I.

Los muertos, los imperios y los regímenes extinguidos solo resucitan en la fantasía o las películas, podría haber contestado a mi querida señora. Pero nunca lo hice porque la severidad requiere tiempo y sosiego. De hecho, no existe nada tan severo como el tiempo. A ningún historiador puede sorprender que un gobernante, dictador o autócrata que ostenta tantas décadas el poder haya gozado en alguna época de cierta popularidad. Ocurrió, por ejemplo, con Nicolae Ceaucescu, a quien el pueblo adoraba en los años sesenta y después acabó detestando como se detesta a un padre sobre el que hemos descubierto un terrible secreto.

Esta indisposición sobrevenida de la izquierda respecto a Franco es impostura. Tiene relación con ciertas expectativas, con la aspiración al poder. Nada que ver con justicias históricas ni urgentes conquistas sociales, aunque el discurso insista en tales elementos. Tampoco con una súbita afición por la Historia: de otros episodios, como la dictadura de Primo de Rivera, en la que el PSOE colaboró, nadie se acuerda. Del mismo modo, conviene omitir el nefasto papel del socialismo (Largo Caballero) durante la República y la Guerra Civil. Un uso grosero (y consuetudinario) del pasado. Por lo que atañe a las grandes conquistas sociales, el trabajo está acabado. El Estado social europeo es viejo; incluso vetusto, en naciones como Francia. Ya en el siglo XIX, Bismarck y el positivismo burgués hicieron mucho más por las clases bajas que Marx, Engels y todo el ejército anglosajón de frikis igualitaristas. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la izquierda dominante (comunismo) se presentó alternativa revolucionaria al Estado burgués. También en España. Si bien nuestra particular guerra civil dejó esas opciones fuera del juego político, durante cuarenta años. Y Franco, favorecido por la dinámica de la Guerra Fría, hizo su Estado social. En democracia, el PSOE significó la revancha, pero bajo la forma socialdemócrata, por supuesto antirrevolucionaria. Los socialistas de Felipe González prefirieron así olvidarse del general que (todavía) guarda reposo en el Valle de los Caídos.

Tras la caída del muro de Berlín y muerte del modelo socialista real, la lenta reacción de la izquierda fue ir moviendo su discurso hacia terrenos de sentimentalismo pop, algo que ya había abonado Foucault: las identidades, la condición sexual; o los pobres animales y plantas que se mueren por culpa del capitalismo y sus exigencias. A esta corriente mundial se suma el fenómeno (local) de la nostalgia por Franco. Pero el cinismo pseudo-revolucionario comienza a encantarse. Y, sin duda, se encallará. Mientras, la derecha, a remolque cultural, participa también de la histeria igualitarista. Todo esto ocurre en un mundo al galope sobre la inconsistencia intelectual. Un Occidente fatuo, hechizado con ciertas boberías. Entretenido en un aquelarre de imbecilidades mientras el salón sigue ardiendo. Interesa persuadir al votante de que el fantasma del caudillo continúa habitando despachos, instituciones y palacios de este país. Al menos hasta que Sánchez asegure la poltrona.

Nota publicada en Ok Diario: https://okdiario.com/opinion/que-diablos-pasa-izquierda-4510440

Y de repente, el último verano

Fue durante el ardiente mediodía, en una terraza barcelonesa. Se sucedían los habituales accidentes: la desgana de los camareros, el “hola chico”, la mesa sucia y el presagio de una comanda equivocada. También en esto Madrid puede ofrecernos buenas lecciones. A nosotros, que tuvimos la más grande y animada terraza del país, el Café Español, propiedad del señor “Pepet” Carabén. De eso hace mucho, ahora nos gustamos en una contumaz soberbia, que es decadentismo. Abunda un barcelonés disminuido por exceso patriótico. Reblandecido su otrora orgullo de ciudad, se relame en su versión catalanista. Diría que el neogramsciano Juliana parió intelectualmente a la criatura: el català emprenyat, escolti. Especialista, la izquierda le puso su estética. Ella, siempre ávida de participar en los peores inventos. Luego, coherentes, alzamos de jefe a un Nerón que toca la lira mientras la ciudad arde, exclamando “¡Qué gran artista se pierde el mundo!”, según el tópico cinematográfico.

Siervo de todas las perezas, pedí un café tardío. Ojeé la prensa. Durante la noche habían acuchillado a un hombre para robarle el reloj. “Un reloj de lujo”, se destacaba. En el cómputo de esta Barcelona que vuelve a la navaja aparecía incluso un embajador. Por caridad, qué manía la de internacionalizar nuestros asuntos. Era el sexto o séptimo acero encarnado en unas semanas, quizás tenga que ver con la política del “mal menor”.

Caía el sol sobre la pérgola, corona de fuego. Alcé la vista del café y allí estaba, a unos metros de mi mesa. Vestía de largo vaporoso, tela que predecía divinas órbitas. Voluptuosa prusiana. Carne celeste incendiando toda misantropía. Cruzó las piernas imperiales y vi sus pies, en los que me detuve desconcertado. Unas chanclas. Las chanclas azules con rayas blancas de las clases de natación de la niñez, sobre las que algún gurú ha debido proclamar su homologación callejera. Si algo bueno acarrean esas modas es, por cotejo, la feliz marginalidad de la elegancia, misterio siempre intuitivo.

La dama estaba contenta, incluso parecía feliz. Bebió zumo verde, se hizo un millar de selfies, comió vegetales y sorbió con entusiasmo la familiaridad de la globalización. Providencial, Barcelona, ajena a sus viejas penumbras, no la contradecía. En todo caso la reafirmaba con su carácter friendly todas las causas bonitas, las del entero mundo. Política naif. El gran abrigo de Occidente en su estertor. Por comparación, anoté mis hábitos reaccionarios, la tostada de huevos con panceta, un vino y café con cinco cubitos. Casi nadie piensa en la fragilidad, combustible de este Bizancio tecnológico, imperio moribundo al fin. Un voluntarismo que, navajas y deshielo de los Polos, incendio luciferino del Amazonas, cobija miedos muy antiguos.

Isla de Vis. Notas desde el Adriático

Patio en Vis capital

La facultad humana de sorprenderse debe ser inagotable. Entre otras cosas porque todo viviente se considera único e irrepetible, aunque exista la posibilidad de que no seamos ni únicos ni irrepetibles. Allá donde uno vaya, quiero decir en las fronteras de la sexy Europa, tiende a conocer los límites propios. Manifestaciones de dudoso gusto y principios relajados. Si Europa es bella en apariencia, es fea en el detalle. Alimenta y hiere en idéntico grado.

Los Balcanes, según encantadora y británica apreciación, serían los pies del continente sagrado; normalmente insoportables, felices en muy raras ocasiones. El tópico es el rincón polvoriento, los Mercedes robados en Alemania y las montañas violentas. Pero el mar es civilización. Croacia tiene una bella costa y maravillosas islas, si bien sus infraestructuras son algo viejas. En materia de hospedaje no se ha completado aún el tránsito entre el gris yugoslavo y la denominación boutique; ambos subsisten, aunque el primero sea casi inevitable porque, al final, la clase media croata sigue siendo estéticamente yugoslava. Así que si uno gusta de la nostalgia, por aquí se pueden ver estampas veraniegas que recuerdan a los setenta o antes. La guerra pasó, nadie diría que hubo una hace solo veintitantos años. Los niños juegan en el agua, felices, mientras sus padres conversan con los vecinos de toalla.

El extremo este de la bahía de Issa

Vis fue una isla militarizada y prohibida a los extranjeros hasta la caída del Muro de Berlín. Montañosa, la pueblan pinos, olivos, viñas, romero, rúcula y salvia. Y, como en el Jónico, los cipreses se elevan sobre las mismas orillas del mar, imagen de clasicismo irredento. La cuidan los pescadores, granjeros y viticultores, con algo de sentido monetario. Pero debe también considerarse un accidente antiguo, la indeleble visita de los griegos y la graciosa arquitectura de la Serenissima.

Lo que traen en sus barcas los pescadores es poco y bueno, pajeles, gallos de San Pedro, alguna lubina, doradas, escórporas, pero, como pasa en el Egeo, se tiende a cocinarlo un pelín más de lo deseado (generalmente en brasa de leña, en la ‘peka’ o campana de hierro). En Vis la anchoa fue industria, hoy solo quedan resquicios de aquel pasado. El vino local es muy agradable, elaborado ya en atención a criterios orgánicos. Tengo entendido que existe entre la población una tendencia conservacionista de los productos autóctonos, lo cual es una feliz noticia según el principio de no sembrar el capitalismo de monotonía. Por lo demás, Italia fue y sigue siendo una nación poderosa, incluso antes de ser estrictamente Italia, y esto se percibe en la mesa y las posibilidades comunicativas con los nativos si no se habla croata.

Tuve oportunidad de visitar el restaurante Senko, casita sin luz eléctrica situada en la cala de Travna, donde se cocina casi íntegramente con productos de la isla: pescado, queso, aceite, vino, verduras y hierbas. Este lugar conserva algunas reminiscencias estéticas. Yugoslavia, en los sesenta, organizó la cumbre de los Países No Alineados, una suerte de ‘tercera vía’ en el contexto de la Guerra Fría. Eso le permitió al Mariscal Tito mantener buenas relaciones con ambos bandos y que las fronteras de la federación fueran blandas en comparación a otros regímenes vecinos. Como derivada, Yugoslavia recibía muchos turistas, algunos ideológicos: entre la izquierda occidental surgió una cierta fascinación por aquel socialismo amable. Creí contemplar sus reminiscencias en el restaurante Senko, me recordó a la Ibiza de los setenta. Unos principios beatnik aderezados con el posmodernismo ecologista. A un cliente británico le mandaron a lavar los platos de la comida en la orilla del mar, en atención a la solidaridad comunitaria.

Adriáticos spaghetti

Aunque alguna guía no lo indique, otro buen restaurante de la isla es el Pojoda. Está ubicado en el extremo este de la bahía de Issa, lugar pintoresco de callejuelas adoquinadas, en apariencia mejor conservado, y más apacible, que el centro de la capital. Pojoda se enorgullece de un patio bonito, con naranjos y limoneros y un gato obeso y perezoso que dormita a los pies del propietario. Un señor grueso, casi siempre sentado a la entrada de la cocina, en un extremo del mismo patio, respirando cigarrillos con frenesí. Este hombre parsimonioso y de muy pocas palabras, conduce desde su silla -rara vez se levanta- y con brazo de hierro al personal, que es muy eficiente. De vez en cuando, algún hijo de la Gran Bretaña se acerca a saludarle y decirle que volverá a visitarle el verano próximo, una vez más. En verano la clientela de este lugar es europea y americana, venida de paso en algún yate de ruta por las islas. Esto quiere decir que se junta el dinero, la exigencia y la buena fama, así que en Pojoda si no es temporada de cigalas no te las darán o si las doradas no tenían un buen tamaño no las veremos en la bandeja que transporta el camarero de mesa en mesa. Como curiosidad musical, una tarde sonaban entre los naranjos The Animals, Television y Percy Sledge.

Una noche, en un lugar de nombre Bako, comiendo una escórpora, las vistas del pueblo eran terrific, lucecitas sobre el mar y una brisa privilegiada. Como el vino malvasia de Korčula, feliz, agradable, mediterráneo. Pero los humanos tenemos capacidades irreconciliables entre sí. En la mesa de una familia tipo croata, la hija de unos ocho años recibía llamadas al móvil, se levantaba y se sentaba poseída, viendo sin ver aquel escenario dionisíaco. En otra mesa contigua, el hijo pródigo, unos seis años, pasaba todo el tiempo mirando el ipad, excepto en los lapsos en que mordisqueaba una cigala como si fuera una big hamburguer. Noticias del futuro, desde el mar Adriático.

Una juventud

“Quererse un poco es como beber; más fácil es respirar”, escucho a Lucio Battisti. Entona, con voz de íntimo arrollo, las palabras de Mogol. Tenacidad de un cronista exquisito. Las encrucijadas y aventuras de la urbe, sus humedades y elegancias. Debía ser yo aún un niño, pero nada he olvidado gracias a la música. La voz delgada, el alma florecida en un instituto donde todo comenzó: la autoridad y los juegos que nos hicieron chavales europeos, con los imponderables del romanticismo. El amor, un porro, una guitarra exhausta, aquel libro de Conrad, Freya de las siete islas. Las carreras por la calle carpeta en mano, párate y deja pasar a la señora del paraguas, por las estrechas aceras siempre mojadas. Y los cómics, un momento suspendido en el dormitorio, la distancia respecto a la imaginación monstruosa, vívida, la mejor utopía entre la mesilla de noche y el cielo estrellado.

Algunos dramas impertinentes, las guerritas con el padre, las peyas, las chorradas. Y esas canciones de fondo, sangre propia, espesa, que brilla aún hasta el fin. Bicicletas, rasguños, un polo azul marino, segunda piel hasta las ocho de la tarde. De noche, un sandwich o las penosas verduras hervidas, acábatelas. Nada de televisión, la cabeza sobre los deberes y volando por los mundos de Moebius, enredada entre los cabellos dorados de aquella chica, nueva en clase. Battisti, Corto Maltés y Wayne en su taberna de Kauais: hubiera sido un marinero quemado por la sal y la fortuna. O un espía de Le Carré, entre tinieblas. La imaginación de hacerlo todo, representar cualquier papel inasequible. La vida es una idea, y cualquiera tiene derecho a rendirse. O hacer de los deseos un sistema.

También, sí, todas las (malditas) perturbaciones que trae la primavera. El sueño eterno (todavía dura) con la rubia de la fotografía, desnuda sobre un caballo andaluz en la revista Penthouse, que descansaba bajo los periódicos grises. Diarios de la sangre derramada por el terrorismo, esa manera despiadada de la historia española. Años ochenta. Y todos los desórdenes de uno que no logra nunca abrocharse la talla de un hombre, aunque lo sea, en efecto. Un desencanto que mata el sueño adolescente, escrito en los tebeos, marcado por la fiebre de la lectura inculcada en casa, alzado por una guitarra Rickenbacker. Pensar, puntualmente los sábados, en escapar: salir a las aguas profundas con el velero del amigo Ramón y bebernos el 100 Pipers de su padre. Imaginar a la rubia en el timón, no habrán más exámenes, ni pisos de estudiantes, ni otro viaje que no sea este. Los hubieron, claro. Mas siempre, la bandera de Battisti, susurrado el tesoro:

“Non è questione di cellule,

Ma della scelta che si fa

La mia è di non vivere a metà.”

Villacís en el prado, la periodista y su tweet

Los acontecimientos, de común, se complacen en la multiplicación. Serían estas derivadas, estos hijos de los hechos primeros, quienes dan un sentido afectivo, cultural si se quiere, a lo acaecido. Puede pensarse que los hechos aparecen, milagrosamente, en primera instancia. Nada más ingenuo: se deben siempre a antigüedades, a oxidaciones propias del gusto morboso.

La gracia, el clasicismo guerrero, por tanto, de cualquier cosa que suceda y sus capacidades informativas, sensuales, reluce a posteriori y en dependencia de. Se nutre de todas las fatalidades anteriores, posteriores y falaces, ideológicas, como sabemos y comprobamos a diario.

(Metodología feroz. Una piedra cae de un risco. Puede parecer algo trascendental al poético geólogo que observa con sus ojos arcaicos, su cronología deal. Sin embargo, si la piedra golpea la cabeza del campesino que justo pasaba por allí, los amantes de las pesquisas comenzarán a generar literatura. Incluso, en la circunstancia de que en el escenario se encontrara también un buitre llevado por su apetito carroñero, podría, en esta España autonómica, hallar su fama informativa como fauna nacional (catalana, al ejemplo). Y no digamos si se descubre que el campesino tiene algún asunto biográfico oscuro, afiliado a uno de esos partidos fascistas que tanto han proliferado en el parlamento.)

La constatación de que un acontecimiento se multiplica y hace historia viene a cuenta del acoso al que se vio sometida la candidata Begoña Villacís, ayer en la Pradera de San Isidro, Madrid. Y se refiere, en particular, a un comentario (tweet) que la periodista Mamen Mendizábal escribió. Decía así: “Encuentro innecesario hacer pasar este momento a Begoña Villacís. La protesta es legítima. El objetivo elegido erróneo.”

No voy a referir los detalles estéticos, fílmicos, del hecho. Están a disposición de cualquiera que disponga de un dispositivo con pantalla y red wifi. No habría, por tanto, controversia sobre cómo cayó la piedra. Lo hizo con una determinación inquebrantable, dibujando una trayectoria que, incluso para los agnósticos, resultaría indiscutible. Tampoco me apetece, por no contribuir a una saturación del lenguaje, aludir a los detalles morales. He aquí una señora, Villacís, rodeada por una turba enfurecida con el mundo. Una turba paródica del jacobinismo, la inmortalidad del manipulado y feliz. En términos y usos del Ancien Régime, el acontecimiento sería susceptible de una pintura, pero ni las turbas son ya tan cruentas, ni aquí hablamos del peso del Cielo. Villacís está en estado de buena esperanza, y esto, volviendo al primer párrafo, sí ha sido subrayado por los amantes de las pesquisas. Son los intersticios del periodismo, que Espada, por ejemplo, ha trazado con insistencia. Volvamos al tweet. “La protesta es legítima”, afirma. Mas en el video se aprecia no ya protesta huérfana de cualquier agresividad, aquellos anglosajones que caminan civilizados con un cartelito en mano y reposan a la hora del sandwich. ¿Mendizábal ha visto la filmación o percibe quizás algo que yo, humilde antiperiodista, no veo?

Sería desatino, crimen contra el romanticismo, que esta informante Mendizábal hubiera cometido un error de escritura, debido quizás al corrector político que asola a la profesión, y en lugar de escribir “protesta legítima” debiéramos leer “violencia legítima”. O igual tan solo surge aquí una perversión: “La voluntad de deprimir aquella partícula de inteligencia que alberga en todos”, en palabras de Siciliano. De lo de Eguiguren con Josu Ternera, hablaremos mañana.

(Esta nota ha sido publicada simultáneamente en el blog de Carmen Álvarez Vela: https://carmenalvarezvela.com/2019/05/16/villacis-en-el-prado-la-periodista-y-su-tweet-por-carlos-garcia-mateo-barcelonerias/)

La libertad

Estaba en el club comportándome como un perfecto hombre contemporáneo, o lo que se espera de él: estoicismo sobre una máquina de remo, treinta minutos bogando con la satisfacción de permanecer anclado en el mismo sitio. Vi Barcelona a los pies. Sobre el mar, la montaña de Montjuic, su castillo, el camposanto en la ladera sur, el estadio olímpico llamado Lluís Companys, quizás por el récord de asesinatos bajo su funesta y breve presidencia. Y, recónditas, las calles de los aviadores del Plus Ultra, entre ellos un tal Ramón Franco, hermano del último caudillo y diputado por Esquerra Republicana de Catalunya.

Después del remo, bajé a la piscina. Allí, unos señores maduros conversaban ligeramente, cigarrillo en mano. Suelen pasar un buen rato en remojo en el jacuzzi de agua salada, situado sobre una pequeña terraza. Son camisas viejas, ustedes ya me entienden; no desentonan con el aire de esta nota. Mi club, como España, tiene dos almas, invocaciones: la que habita en la convicción del movimiento permanente y la que prefiere el viejo valor de la templanza. En un estado de franca incoherencia, están los que vagan entre el mundo de las máquinas, pesas y bicicletas, y el universo epicúreo de los chesterfields de cuero, copas y puros del área social, edificio cuya humanidad alumbra algunos templos de la urbe, restaurantes, saunas, bancos. Quizás en las dos almas, e incluso contando la tercera, el asunto sea la perseverancia de los ritos, las tradiciones de la microhistoria.

Una vez acabado el baño de sol, tomé con paso firme la calle Anglí, empinada, presidida por un palacete burgués en que se celebran fiestas del inmemorial género ya mostrado en el Papiro Erótico de Turín, cito ejemplo muy antiguo. Cruzando la Vía Augusta, llamé a un amigo periodista por si andaba por la zona. Estaba comiendo en La Focaccia de Dante Gori, donde el primogénito de Dante atiende a la clientela con imperiales modulaciones. Teniendo en cuenta la legión de ofendidos en TripAvisor, este señor merece todos mis respetos. Para el café nos sentamos en una cercana terraza, mientras la apacible vida de Tres Torres discurría en loor de filipinas con bebés, niños de uniforme con escudo bordado al pecho, niñas de uniforme con falda príncipe de Gales, obreros manchados de yeso en busca del carajillo, porteros con bata azul, señoras tomando café y alguna serpiente caribeña.

Mi amigo no estaba de un gran humor y la conversación pasó de las amistades comunes a España, el tema, nuestro tema. Se me ocurre que todos aquellos compatriotas agoreros son los hispanos inconmensurables, los que procuran a esta nación el grado de eternidad. De carga histórica. Sumando está el asunto del entorno, la actualidad de la cual mi amigo sólo hallaba dolores de cabeza, tristezas y decepciones. El procés, ya instalado, incluso acomodado entre nosotros y sin visos de esfumarse. Advertía John Stuart Mill, teórico de la libertad, que en un ambiente de esclavitud mental pueden existir grandes pensadores, si bien no deberían abrigarse esperanzas de encontrar un pueblo activo intelectualmente. Es una hipótesis, o una frase ocurrente. O un hundimiento. Pero no hay nada más inútil que llorar por los muertos.

¡Qué tarde la de aquel día!

Durante la tarde del domingo electoral, algunos mundos se iban gustando en la desvaída pátina de la civilización. La consabida zozobra tras unos milenios de desgaste. Pasé el rato en la calle Santaló. Se citaban viejos blasones: onírico iberismo, aperitivos y camareros con chaqueta blanca. En aquella terraza las conversaciones eran sobre la nieve que cubre los Pirineos o lo difícil que es, en días festivos, conseguir un pollo asado del pollero A pluma (¡hay que llamar antes!). De igual modo, se escapaba alguna frase como un rubor feliz: “Son las primeras elecciones en que votamos para que salga ‘tal’, y no para que no salga ‘cual’.” Alguien comentaba un artículo leído y se tenía entonces la convicción de que no estaban (ni están) huérfanos los sistemas cognitivos y sus simpatías periodísticas. Ambos comparten boca y alma secas con el público náufrago; primeras y últimas fraternidades del náufrago, mientras la infinita agua de eso que llaman ‘realidad’ se las traga. En fin: el mar de animosidades y el dulce bamboleo de una satisfacción temblorosa, de una democracia delicada, diría incluso.

Santaló, empinada vía; resistencia cultural al torbellino pop de la alcaldesa. En la terraza, las señoras fumaban y bebían champagne con hielo. Los señores se complacían en tragos cortos. De vez en cuando, pasaba una ejemplar familia, los niños besaban a las señoras del cigarro (estandarte) y del repentino guirigay brotaban delicias del tipo “partido de tenis en el Godó”, “Cerdaña” o “¿Sabías que Marita se ha ido a vivir a Madrid?”. Nadie curioseaba por el sentido del voto, no hacía falta ninguna. Apenas la posibilidad de afinar un poco la ideología.

Después de unos caracoles con sal y pimienta, decidí alimentarme en otro ambiente, una coctelería. Vestido de madera, ese bar había sido, años ha, lugar predilecto de hombres y señoritas, policías de paisano, periodistas y literatos, tan proclives todos a hacer de la existencia un encierro golfo. Casi no quedan rastros de esa alegría, pues el personal ha sido sustituido, en parte, por parejitas de turistas que piden la carta de cocteles (horror) y se hacen fotografías desde dentro de la barra (depravación). Solo dos o tres personas habitaban el local; recordé la crónica que Maruja Torres escribió del 23 F, día en que acudió a la misma coctelería a beber y fue atendida por el histórico barman Carbonell, imperturbable, como si más allá de la cortina verde de la entrada nada extraordinario sucediera.

Caían las horas. Desierto rojo, los camareros mirando al techo, el leve tintineo del hielo golpeando el vidrio. Una calidez abrigaba los corazones cuando, de pronto, la democracia se hizo luz. Recordé todas aquellas botellas de champagne, las copas manchadas de carmín, el aroma de las últimas pieles. Una fiesta que, como todas las fiestas, encierra un final. Los resultados, imaginé, despedían la ilusión de un mundo solo ideado, hecho ya de bagatelas, de inservibles anacronismos. Bien, al día siguiente los viejos burgueses volverían a ocupar sus sillas en Santaló, a saludar con afecto antiguo al camarero, a encender un cigarrillo y esperar la copa de rigor.

Melancolías en campaña

Escribir melancolías, ayer como hoy, aprieta las letras. A estas me las imagino un mojón informe en mitad del páramo, como aquel en el que Holmes buscaba a un perro sin (casi) saberlo. Qué sortilegio la primavera política. Serían malos tiempos para cierta lírica, murió este mes Sánchez Ferlosio; y casi nadie recuerda a Bachelard, que nació en Champagne en junio de hace ciento treinta y cinco años. Estamos envueltos en el lío de la campaña (electoral, dicen) y el páramo, aunque se extienda raso y tedioso, está sembrado de trampas dialécticas, trucos prerromanos, aromas necios y no sé si, incluso, duelos morales. Yo pongo mi pequeño charco de letras, bajo la neblina y las estrellas. El caso es que escribir sobre lo perdido salva lo mismo que entierra.

El probable presidente del Gobierno aloja al sistema y al antisistema; desde este punto de vista, tiene todos los mimbres para quedarse con el Estado. Concentra él tanto al hidalgo Don Quijote como al escudero Sancho Panza, las simbologías con que Cervantes iluminó la modernidad, y aún estamos ahí. Sus rivales, personajes de la obra, han sido traídos a la arena por el clasicismo más exasperante, canónico. Tampoco habría que leer libros de caballerías, su versión cervantina o el tebeo del Capitán Trueno. Están todos los que tienen que estar y formulan lo suyo. No sé hasta qué punto la patria merece obra tan bien tejida. Incluso siento una simpatía proverbial por algunos que están ahí de buena fe, pero que quizás malgastan su patrimonio intelectual. En cualquier modo, imagino al doctor Sánchez regocijándose, como el niño que espera sabiendo que en breve llegará el regalo.

Adenda:

De Ferlosio no me quedaría con su ensayística, más bien prefiero el modelo de fecundidad, su ilusión arisca, su gato de porte sabio, tan leído.

En cuanto a Bachelard, sobre el que escribiré algún día un gran artículo conmemorativo, quiero recordar el tema de la caracola, objeto de sus estudios: nos dice que el poeta, un tal Valéry, se vio falto de imágenes al hablar de ella y “quedó detenido, en su evasión hacia los valores soñados, por la realidad geométrica de las formas.” Luego el filósofo nos conduce al inicio, cuando, en el momento de tomar forma, la caracola puede enrollarse hacia la derecha o hacia la izquierda, decisión de la que dependerán tantos sueños.

La felicidad de los pececillos

Bajo del polvo de la Acrópolis, quiero decir, de las arenas arboladas del Turó Parc, donde me he entretenido un rato observando a los peces. Cuando perciben sobre el agua una sombra humana se apresuran al unísono hacia ella, como adoradores de un dios socialista. Estos peces gordos, malcriados, parecen insaciables. Habrían cumplido, porque la naturaleza es así (aleccionadora y lujuriosa), el camino de servidumbre de aquel Hayek que reprendía a los ingleses comportarse casi como alemanes nazis, después de la última gran contienda.

Hay, en los estertores del invierno, un aire indisciplinado, explosión de la vida política, dicho cursi. Decretos bonitos, regalo del edén a las almas tibias, a los que necesitan el amparo de la poética subvención. El nuestro es un país que se toma muy en serio el socialismo, gobierne quien gobierne. Millones regando a ninis, a pobres, a niños desamparados; a los jubilados que ven las tertulias políticas convencidos de aprender cosas, a su edad. La Weltanschauung gloriosa, un Gran Hotel Abismo en el que todos podemos hospedarnos. Quién hubiera imaginado esta muerte divina de la España que tan mal ha tratado siempre a sus hijos.

Así, nuestra primavera financia una cosa estupenda para los españoles. Sobre esto nos hablan los impertinentes alérgicos, su neolenguaje en forma de resuello que indica un severo rechazo a la alegría, a la belleza de la nación en flor, abundante y proverbialmente generosa. Son economistas cenizos, periodistas aguafiestas, intelectuales que citan a Scruton; el último burgués con conciencia de clase parapetado tras las cortinas del número diez de Ganduxer street.

En Barcelona gozamos de una geografía política extraordinaria, esta ha sido una balsa fundacional. Los peces catalanes, al menos dos o tres millones de ellos, han mostrado la vanguardia del nuevo siglo, ejemplo de energías y lirismo como nunca vistos en Europa desde los dorados años treinta. Las artes, la gastronomía, la astronomía, la Historia, la lengua, la literatura, los deportes: a todo ha impregnado la sensualidad de una república hegeliana de ocho segundos, que no pudo ser (todavía). Algún letrado hizo ese día las maletas. También volaron depósitos bancarios a tierra enemiga. Un querido amigo, quizás excesivo, llenó la casa de fabada en conserva y botellas de Rioja; después, se acercó a la joyería Rabat para comprarse siete relojes; por último, llamó a su abogado para que tramitara el divorcio de su mujer.

Ocho segundos muy caros; o sumamente baratos, según se mire. En todo caso, los pececillos republicanos se azoraban entre deseo y realidad; deseo de una naturaleza que se confundía con la fantasía. Qué vieja es la ciencia política. Ahora tenemos un gobierno en Madrid empeñado en la exuberancia de la balsa.

El humor, la cárcel, tampoco el cariño del PSC se han demostrado eficaces a las servidumbres arriba comentadas. Mas habría un remedio. Es una cura asequible, sencilla, quiero pensar que eficaz con un poco de esfuerzo y ternura. Y es medicinal, está apoyada en la ciencia y en la sabiduría milenaria: compren una droga predilecta, sobre la que todavía no haya caído el brazo censor de la farmacología, el mismo que se cargó el Myolastan, por ejemplo. Tómenla en sus mejores condiciones, acompañados o solos, con el capricho que se antoje. Aporto un testimonio, el de Alonso de la Torre, quien da fe del remedio: en su boda, se tomó un Optalidón con una copa de vino y un langostino y alcanzó “aquella noche el cielo de la literatura excelsa”. La misma persona explicaba que, durante un viaje en autobús de Cáceres a Badajoz, un comprimido de Biodramina D le proporcionó “tal lucidez” que dejó de ser marxista.

Una jornada particular

Como caminante barcelonés, estoy desarrollando un canon que hasta a Gombrich conmovería. No solo me ha servido de inestimable ayuda la ruptura de mi relación con el taxi, después de su última alevosía, como ya conté en otra nota. Aquí debo también considerar a la querida alcaldesa, espejo descarnado de estos tiempos y sus hondas lecciones: cada paseo parece una despedida, el tono austrohúngaro de un Zweig haciendo arqueología sentimental, la ciudad de ayer. En cualquier caso, no quiero exagerar más las letras, no vaya a quedar yo como un escritor de mundos cloroformizados. Alcanzaremos, firmes las piernas, henchido el disimulo, una nueva Barcino surgida de la indolencia. 

Este soleado día de marzo quedo para almorzar con un gran paseante. En casa, después de esclarecerme con café, agua, jabón y Acqua di Parma, elijo una camisa azul a rayas y una teba, digamos, algo transgresora, de botones encarnados. Además, y en previsión del viaje, rescato del olvido una bonita mariconera, recipiente de llaves, ibuprofeno, teléfono y otras cosas imaginativas. Al salir, el portero abre aquella puerta monumental de hierro forjado, tras la cual está el mundo pequeño y sus grandilocuencias. Oigo resonar las trombas y timbales de Rameau. Camino ciento cincuenta metros y me asomo a Diagonal. Enfilo rumbo a San Gervasio por la calle Muntaner, madrastra de corazón rocoso, hasta las Mantequerías Pirenaicas. Se trata de un sitio instalado en la idea casi desterrada de ser atendido de usted y, además, comer frugalmente, rápido y bien. Mi cita, que llega también a pie, pide las viandas y yo, el caldo: huevos con trufa, macarrones, una especie de strogonoff orientalizado, Pago de Carraovejas. El caso es que él, al igual que un servidor, pertenece a esa raza de hombres sin permiso de conducir. Seres en los que la tradición del paseo se ve sometida a los principios de Schelle, aunque sea por ciertos imponderables.

El almuerzo va bastante bien. Tras las bondades de los alimentos sólidos, líquidos, espirituales, se me ocurre ir a pasar la tarde al club. Me detengo, de camino, en un café. Fueron cayendo estos establecimientos, batallas entre tradición y ruptura. Ya conocen la dinámica, derrota de la tradición y posterior evocación (soez) del derrotado, extraña victoria. Uno llora tales pérdidas: el mundo, Combray entero y sus alrededores en una taza, la luz barroca, la cucharilla que remueve los pensamientos, el hilo blanco del cigarro y un libro sobre la mesa. Sin esas malditas ínfulas, en las que ya Sándor Márai advertía un romanticismo de pose (“todo escritor húngaro digno de ese nombre pasa su vida en el café”, había dicho), descanso un rato las piernas sobre la nostálgica modernidad, deslumbrante en carteles tan piadosos como il caffè di Florentino, lamparitas tiffany made in India, sillería desgastada de fábrica, un corazón dibujado sobre la crema del capuccino y la promesa de red wifi. Quiero un brandy catalán, afrancesado, pero no tienen ni Hors d’Age ni Mascaró; acabo naufragando en una familiaridad innombrable, acaricia el gaznate como aquella tía ricachona y cruel pellizcaba mis mofletes, hace cuarenta años.

Al acabar la copa, recupero el andar y me llevo a la calle Mandri. Allí, altura del viejo Montesquiu, oigo una inmortalidad: el alto deje barcelonés de una chica que ha estado en Goa y recomienda ir al “norte, norte, norte, que es lo guay”. Certifico que nunca acaban de morir los ochenta de polo, gala melena rubia y osea. He aquí una magnífica resistencia cultural, un eco fértil, cito a Steiner. Animado, tomo Paseo Bonanova para, finalmente y tras coronar la empinada calle Pomaret, llegar al club. Nada reconforta más que desnudarse, envuelto por la somnolencia de la cultura inmaterial (esa cursilada), y amansar en el jardín las heridas del brandy. Hay por allí desperdigados, cuales pompeyanos, unos hombres al borde de sus encantos. Cierro los ojos y voy descabalgando las conversaciones. El discreto know how del homo ludens y sus vitales asuntos: ¡El nuevo camarero del Scotch se queda siempre corto sirviendo la copa! o Antes había allí una joven dando masajes “mucho más simpática” que la de ahora. Se antoja acerada poesía, belleza a la altura de una Victoria de Samotracia. Me abandono al sueño, veo murallas de oro y diamantes, cúpulas de alabastro, agujas de plata y terrazas sobre terrazas relucientes en alto levantadas; es Barcelona, ha expiado su locura, los idiotas, las idiotas, han regresado por fin a sus casas.