Apologías itálicas (II)

Dejó escrito Madame de Staël acerca de los italianos y su modo de andar por el mundo que, para ellos, “la vida no es nada más que un abandono soñador bajo un bello cielo”. Esta señora, y muchos otros visitantes europeos de la geografía transalpina, cargaron tintas sobre el carácter de sus habitantes, indignos de altas expectativas: no se correspondían con el idealizado clasicismo de los viajeros del grand tour. Yo leía esas cosas, una tarde en el Grand Hotel et de Milán, y me parecían aseveraciones inmodestas y, gastado el tiempo, entretenidas. Visiones de guiris encandilados (Stendhal se quedó a gusto en sus reflexiones sobre el ser itálico) que sirven todavía a los flageladores contemporáneos para sus particulares flagelaciones.

Sorbí el último trago de un dry martini y abandoné la lectura con la firme idea de adentrarme en la noche milanesa. Mi tío Albert me había enviado allí desde Barcelona a cumplir cierta misión, que fijé para la mañana siguiente, pudiendo así darme un garbeo disoluto. De Milán nace, en 1881, el tópico de ser “capital moral” de Italia, a la luz de la manía septentrional respecto a la corrupta Roma. Y se alimenta después dicho mito por su potencia industrial, por ser referencia de la resistencia en la última guerra y aparecer como puntal de la modernidad, moda incluida. La capital de Lombardía representa, también, un libertinaje extraño a una nación tan conservadora. Incrustada en el continente, ha sido una ciudad culta e interesante, “la más europea”, apunta su orgullo. Si en España nos pensamos campeones de una defectuosa nacionalización, cenen algún día con una familia lombarda o véneta y, una vez trasegado algo de vino, saquen a la conversación el Sur, que mentalmente comienza donde el Tíber serpentea bajo el mausoleo de Augusto y finaliza en Sicilia. De Milán han dicho los demás, con ese aire inmemorial de, pongamos, un florentino, que es fea. Yo la he visto siempre bellísima. De adoquines mojados, tardes largas, siluetas esbeltas bajo los paraguas y escaparates tan discretos como deslumbrantes.

A la puerta del hotel me esperaba un coche deportivo, demasiado pequeño para tres. La señorita Lobakina tuvo que sentarse sobre mis rodillas, y yo veía las lágrimas en la ventanilla, las gabardinas y los tacones veloces, aquella feliz estampa milanesa, un poco afrancesada, elegante, atildada. Me llevaron a un piso grande, abarrotado de oros, cortinajes azules y tigres de porcelana. Unas maniquís rusas, ocupando un sofá apartado, fumaban y hablaban entre ellas. Pensé en el gusto decorativo de Dolce & Gabbana mientras alguien anunció el restaurante y la sala de fiestas a los que acudiríamos. De la cena apenas recuerdo una lubina al azafrán, que una de las rusas había destrozado con el tenedor sin probar bocado. Más tarde, en la sala de fiestas, los destrozos se concentraron en carnes propias y ajenas, ligera de trapos la troupe femenina. Había por allí dos muchachos libios con séquito que competían por ver quién gastaba más en botellas de Dom Pérignon. Precisamente al fenecido Gadafi deben los italianos el término “bunga bunga”, un “vero puttanaio” aireado en el proceso contra Berlusconi.

Despuntando el alba y una gran resaca metafísica, me hice cargo de la misión por la que estaba en Italia. Debía pedirle en préstamo a un millonario coleccionista de pintura barroca un cuadro, que se exhibiría en Madrid. En aquel estado semimoribundo, llegué con la señorita Lobakina hasta el despacho del coleccionista, uno de esos mundos que ciudades como Milán esconden celosamente tras portales burgueses de madera y latón. Apenas mostradas mis credenciales y a la vista de la belleza salvaje de los Urales, aposentada en un sillón tapizado de Missoni, todo fue coser y cantar. De camino a Fiumicino en un taxi, la radio cantaba un viejo hit de Fabio Concato: “partire quando Milano dorme ancora/vederla sonnecchiare/e accorgermi che è bella/prima che cominci a correre e ad urlare”.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un evento barcelonés

Fui invitado a una fiesta patrocinada por una marca de relojes. Recibí mensajes en el móvil, una llamada telefónica y el correspondiente tarjetón en casa. Pensé que había interés en que asistiera y no quise defraudar ningún deseo. Cuando llegué al lugar en cuestión, avenida Diagonal, tres bellísimas azafatas sonrieron, al tiempo que un muchacho con traje azul y pajarita me daba calurosamente la mano mientras pronunciaba mis apellidos, que son la cosa más estimable que poseo, aunque a simple vista no parezcan nada extraordinario.

Lo primero que me ocurrió al entrar en el establecimiento, vaciado de vitrinas y relojes, fue un trago de Ruinart. Eso estaba bien. Me hice paso entre el gentío hasta llegar a un mostrador detrás del cual había un camarero enjuto y tres cubos llenos de botellas. Era el mejor sitio donde echar raíces, porque me ha sido siempre difícil estar entre más de cuatro o cinco personas. No por misantropía, sino por exceso de información.

En tal fortín, del que no me moví en toda la velada, pude admirar un barroquismo barcelonés y tener mi copa siempre medio llena y fría, al tiempo que un incesante revoloteo de jóvenes repartía variadas fruslerías, entre esas una falsa aceituna, invento del cocinero Adrià.

No digo que todo aquello, cien personas metidas en un espacio más bien reducido, fuera antielegante, pero sí heterogéneo. Había dos o tres señoras muy peripuestas, hombres encorbatados, hombres con pañuelo de seda al cuello, hombres sin esmero, un bastón, una mujer que recordaba a Jacqueline de Ribes y tres lechuguinos. Éstos llamaron en seguida mi atención, porque eran la prueba de que el mundo seguía conservando su gracia y que lo de la Bastilla no fue en absoluto anecdótico. Se situaron los tres cerca de mi y estuvieron un rato retratándose con los teléfonos. Contabilicé dos hombres y una mujer y, si no yerro, la mujer era pasto de alguna adicción, quizás la misma que Sherlock Holmes pero con efectos del todo diferentes, como saltaba a la vista.

De los dos varones, uno resultaba bastante anodino y el otro era, sin duda, lo llamativo de la fiesta. Ni el Rolls Royce aparcado a la puerta provocó tantas miradas como ese sujeto. Lucía peinado de futbolista, pero no lo era, ni nadie habría apostado un céntimo a que practicaba algún deporte. Vestía de negro, cargaba cadenas y calzaba botines de inspiración apocalíptica, el futuro y la tierra habitada por bandas de criminales y ejércitos de ratas. Quizás fueran creación de Dolce & Gabbana. También parecía sufrir un tipo de demencia leve al hablar y se movía de modo extraño. La anécdota que forja la Historia se produjo cuando los propietarios de la relojería se dedicaron a agasajarle, colmándolo de atenciones.

Pensé en el misterio que la Revolución y el capitalismo soeces enterraron y brindé por el marqués de Valancey, quien me decía, desde el más allá, que la próxima velada debía ir yo naturalmente vestido de cosaco.

Al salir, el muchacho de la puerta me ofreció la llave del Rolls Royce y en seguida rectificó, recordando que yo no conduzco, como, gracias al Cielo, tampoco nunca he esquiado.