Panorama veraniego

Entre todos los juicios fabulosos a los que debería la izquierda española someterse algún día (en un mundo ideal) está el que trata de los derechos. Sobre la destrucción de los deberes, otra conquista, hace tiempo que terminó su trabajo histórico. Votos son amores. Ahora, el PSOE montaraz, de la mano de su asociado, planea sobre el periodismo libre, la propiedad privada y los pocos ahorros del españolito medio. Voy a adelantarme unos meses, hasta el futuro estival. Puede que quien frustre el ansiado veraneo en Benidorm no sea el virus chino, sino el hachazo impositivo de Moncloa. Siempre podrá uno quedarse en el pisito familiar, informarse verazmente con el programa de Jorge Javier Vázquez y, de paso, impedir que los okupas entren y se instalen. Mientras, la señora y los niños disfrutarán en casa de los suegros, en el pueblo, que sale más barato.

Quizás les parezca a ustedes precipitado decir cosas ahora sobre el venidero estío. Pero ese tiempo anuncia tropelías, y es normal que nuestros queridos líderes aprovechen el relajamiento habitual (atontamiento por las altas temperaturas, dicho de un modo más prosaico) del compatriota para acometerlas. Un impulso ejemplar del Gobierno Sánchez se centrará en socavar el equilibrio de poderes. La tarea de desmontar un poder judicial independiente del ejecutivo viene de su previo debilitamiento mediático. La campaña (Sexta y demás medios ocupados en ella) comenzó con el eslogan machacón, mil veces repetido, de que en España los jueces no son independientes. Y la paradoja es que, a partir de tal afirmación, se pretendía llegar a lo de ahora. Es decir, a que realmente no lo sean. Que se plieguen a la voluntad del Gobierno, de los políticos, al fin. Semejante maniobra, en un país tan crédulo, tuvo su gran público. ¡Pero si lo dice Évole y el Wyoming! ¿Cómo no vamos a creerlo? Y así nos ha ido: hay una opinión pública vacunada contra cualquier espíritu crítico, que necesita a diario su píldora ideológica antes de irse a dormir.

En el trabajo del Gobierno Bulldozer va a estar (está) no sólo la demolición de un Estado homologable en Europa, sino también la destrucción de la socialdemocracia. De una izquierda clásica, ya residual, llevada al cementerio de los elefantes, donde descansa el espíritu de la Transición. Aquella deriva autoritaria que señala el profesor Ovejero está al servicio de un nuevo paradigma, el de la identidad. Y a partir de eso la izquierda pretende una novedosa igualdad o sometimiento al citado paradigma. Conserva, en todo caso, la cultura profunda, su fascinación por someter al pueblo. Manipularlo, retorcerlo, porque, en realidad, ni lo comprende (nunca lo ha comprendido), ni le gusta. El drama freudiano de esa izquierda es que el objeto de sus deseos -“la gente”, dice Iglesias- no se comporta conforme al ideal. Y entonces se le castiga.

Así que, llegados a este punto, y con el riesgo de un próximo verano demasiado caliente para nuestra todavía joven democracia, yo recomendaría un ejercicio dual. Sensual incluso: sueñen con la playa, las noches estrelladas, la caricia de la brisa junto al mar; abracen la idea de vivir sin mascarilla. Hagan el amor, si les apetece. Pero no olviden votar siempre que se presente la oportunidad, no sea que, de repente, sea este el último verano.

(Nota publicada en Ok Diario)

Las amantes

La institución de las amantes sigue gozando de predicamento. Hay, de hecho, larga literatura al respecto. Si aquella cosa de que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer” podría argumentarse, discutirse e, incluso, ser asignatura en las facultades de Historia y Ciencias Políticas, no debería solo comprenderse en el restringido ámbito del matrimonio. Yo el champán lo bebo siempre en copas pompadour, referencia ineluctable del amantismo. Lo sabe casi todo el mundo, esa copa tiene la medida del seno de la citada madame, amante oficial de Luis XV, poderosa hembra. Cuando uno sorbe las burbujas que acaban donde los ángeles para gloria del placer, ampara con su mano y en voluptuoso acto, además, la mama de una gran cortesana. ¿Para qué beber Ruinart en copitas aflautadas, sostenibles sólo desde un atildado y chorra posmodernismo -se cogen por el pie de vidrio, dicen- cuando podemos sopesar una teta francesa mientras hablamos del hundimiento?

El poder, la civilización, trata de tales cosas. Detalles que pueden parecer ínfimos, cuando son pilares, qué digo, columnas ideales de la obra europea; de Francia para abajo, o mejor, de Roma hasta aquella nación espléndida para la política del eros, el Rey Sol, Mitterrand, Sarkozy. No tiene España fama de tantos roces y alcobas, aunque los hubo y los hay. Aquí seguimos en la simbólica cuerda, ya floja, de Olivares (nuestra inauguración del carácter hispano alzado a las altísimas cumbres imperiales) que instituyó la escuela del “sobre todo aparentar supremacía” en todo momento, aunque las fortalezas reales sean débiles.

Les cuento todo esto porque don Pablo, pobre hilo de la Historia española, lleva sus asuntos amatoriales con más pena que gloria, si bien, al disponer de un trocito del pastel presupuestario, se muestra agradecido a las carnes tocadas. “Niña, estás como para ponerte un piso en Triana”. O para hacerte un hueco en las listas electorales, cosa de tino decimonónico, Galdós lo ponía en letras. De eso al cine del destape, Pajares, Esteso u Ozores, computa la eterna renovación del macho ibérico, sus tribulaciones y adoración de las faldas. Y, por descontado, la forma que tenemos los ibéricos de saber echar una cana al aire y agradecer. Ni Marx ha podido con tales cimientos culturales, el revolcón y el heteropatriarcado.

(Nota publicada en Ok Diario)

Una despedida

Como a uno le educaron en las formas, las buenas quiero decir, es deber la despedida. De igual modo el primer saludo, aunque el saludado nos lastime con su presencia, con su existencia, al caso. Más gozosa será entonces la despedida, exhalación educada de la repugnancia que pueden provocarnos ciertas personas. Yo he venido hoy, aquí, a decirle adiós a un hombrecillo que llegó a vicepresidente del Gobierno del Reino de España. ¿Recuerdan aquel dicho de que “cualquiera puede llegar a ser presidente de los EEUU”? Pues esta vieja nación nuestra se lo ha tomado al pie de la letra. Y no porque no hayan personas capacitadas, incluso inteligentes, sino a causa del baño de la opinión pública en el lodazal mediático, desde 2008, aproximadamente. De aquella crisis nacieron todos esos personajes atribulados, incultos, sin experiencia ninguna en la gestión. Idóneos para la demagogia de taberna.

También él, Pablo, campeón de las huestes revolucionarias, es un subproducto de la decadencia hispana, educativa, moral y estética. Mucho se ha escrito sobre sus nexos con Venezuela y con Irán; sus simpatías con cualquier cosa que estuviera en el lado podrido de la democracia, los nacionalismos vasco y catalán. Queda, en cualquier caso, conocer más elementos formales y sombríos, su relación con Roures, los compromisos ocultos con el insurreccionalismo catalanista. Acabaremos sabiéndolo, apenas su poder e influencia se diluyan. Y cuando la Justicia, que él tanto desprecia, le ponga en su lugar.

Llega, pues, el momento más deseado, decirle adiós. Despedir con una sonrisa a quien ha malgastado nuestro precioso tiempo. A quien ha llenado de chatarra ideológica la conversación pública. A quien ha fomentado el mal rollo entre españoles. A quien ha colocado a dedo a familiares y amiguetes, a cual más inútil, a costa del erario. A quien ha fomentado la destrucción del Estado de Derecho con sus ataques al poder judicial. A quien le regaló una serie de televisión al Rey “para que le diera las claves de la crisis política”. A quien aparecía en el Congreso en camisa sucia y sudando. A quien, en definitiva, ha aportado un grueso de fealdad imperdonable a la vida política de España.

El acto de despedirse parece siempre metafórico, porque, en realidad, hay solo una despedida indudable, ustedes ya saben cual es. Para lo que nos ha ocupado hoy aquí, el deseo no es un final físico, sino una muerte política, con forenses del star system que agachen la cabeza y la firmen. El gozoso espectáculo de la verdad, iluminando, al fin, sobre semejante personaje. Adieu!

(Nota publicada en Ok Diario)

De aquí a la eternidad

Caminando el tiempo en prisión “perimetral”, según léxico pandémico-autonómico, se amontonan las horas domiciliares. Barcelona, sin ocio, cerradas a cal y canto sus puertas al exotismo y la calidez, tiene aire de gran camposanto. Urbe de tráfico provinciano y paseantes a la fuerza, postula un momento abúlico. Sólo los locos guardan dudas sobre el hundimiento, urdido por los votantes, por los elegidos en las urnas y acelerado por este fantasmal virus de corte chino, comunistizante. La pareja bufa Sánchez-Iglesias pergeña unos presupuestos insolventes, condenados a la muerte europea. Serán, según los anhelos de la oposición, la muerte del PSOE. Que remite a los viejos asesinos de socialistas y sus cómplices, hoy demócratas impolutos al calor de Zapatero. Pero aquí no habrá ningún funeral: de Fouché a Sánchez una tradición de ejercicio político va renovándose.

En Cataluña, los nacionalistas han colmado su capacidad de hacer daño y manejan los hilos de un poder ridículo, cuales espíritus condenados a vagar eternamente. Sus cuitas, antaño trascendentales, son sólo sainetes a los que, en general, nadie atiende ni comprende. El gran paso adelante del pujolismo ha resultado en conclusión dramático: del control absoluto de una próspera y orgullosa comunidad a un puñado de siglas ininteligibles, PDCAT, JPCAT, etcétera. Y Rufián de estrellita de variedades, que es su concepto del parlamentarismo. Por la parte municipal, Colau desapareció un día de marzo, quizá haya decidido retirarse y leer algún buen libro de no ficción. Podría ser esta una feliz consecuencia del virus. En cualquier caso, su ausencia, pasados todos los ridículos de corte feminista, ecologista, antimilitarista, anticapi de chicha y nabo, resulta elocuente. Como lo es la constatación de una palmaria inutilidad para el cargo en condiciones normales (no digamos en las actuales). En Cataluña en general, y en la Ciudad Condal en particular, el pueblo soberano se entregó hace sólo ocho años, con espíritu corajoso y sin pertrecho alguno, a dudosas aventuras, conducido por Artur Mas y el sistema de periodistas y comentaristas palmeros. De aquellas siembras nacional-populistas, esta desolación.

La gran cuestión patria tiene mucha enjundia: el derribo del edificio aflora consecuencias culturales, hondas. Era la nuestra mundología de estética familiar, suave, hecha de fidelidades. Ya saben, historia y vida a refugio de un viaje, de una mesa compartida, de las Navidades, las fiestas con sus pregones y la Semana Santa; el fútbol, la gran industria del cotilleo, el bipartidismo; los cumpleaños, las bodas de plata y los funerales. De aquellas maneras pasamos al españolito cautivo entre las paredes del miedo y el hastío. Y con sus pecados capitales, que tan bien sirvieron a Fernando Díaz-Plaja para retratarnos, restringidos. Por ahí sale, puntual a su cita con la Historia, la ministro Montero-Savonarola y sus emocionadas reflexiones, su acalorada fe. Le sugeriría que prohibiera ya las relaciones sexuales entre hombres y mujeres y creara una hoguera-observatorio para la cremación de los penes. Que diera rienda suelta a eso que tanto excita su concepto de justicia amatoria. Consecuencias de tal panorama, me recomendó un abogado visionario que invirtiera en asuntos de divorcio y separación de bienes.

Exceptuando la comida (allí donde se puede comer) y los restos del arte salero en pelotas (allí donde se celebra, proscrito), toda información generada estos días resulta ingrata y muy pesada. Conmovedor es el desaliño de las autoridades y el absoluto desamparo al que han llevado a los ciudadanos. Y supongo que algún peso deberá caer de igual forma sobre esos ciudadanos, a no ser que nos encontremos con la primera sociedad limpia de polvo y paja. No habrá, presumo, un Böll que ponga en la figura de un payaso el elocuente azote y la miseria de los tiempos nuevos. Quién sabe si recordaremos, a la vista de unos lustros o antes, este maltrecho espíritu mediterráneo, cuna de genios, luz que agoniza. Quizá evoquemos entonces la comunidad que fuimos, algo pintoresca, feliz y consagrada a la nada, en expresión de Eugenio D’Ors. ¿Cómo invocaremos a España, tras su enésimo deceso? “Camisa blanca de mi esperanza / A veces madre y siempre madrastra”, aproximaba la voz de una vieja sociata, Ana Belén, un canto vano.

Una lección americana

Jasper Johns, Flag (1958)

Como ocurre cada cuatro años, la petulancia española respecto a los Estados Unidos de América brilla en tertulias y columnas periodísticas. La actual pugna electoral despierta en las conciencias y pieles de los comentaristas profesionales, galopando para vencer la carrera de campeón anti Trump, un brío tan espectacular como acomodaticio. El jolgorio maravilla, es harto entretenido escuchar, rancio lenguaje decimonónico, los desgarres de ciertos periodistas ante lo que consideran, en el fondo de sus prejuicios, una nación de granjeros blancos ignorantes y armados. ¡Y con derecho a voto! Comparado todo con la ilustrísima Europa. Si bien, tiempo escaso, parió nuestra Diosa el fascismo y el comunismo; y fue luego liberada de esos monstruos por aquellos granjeros descendientes de las antiguas persecuciones europeas.

Tratemos sintéticamente de aclarar algunas cosas, libres de lugares comunes, sobre las elecciones presidenciales en EEUU. Vox populi, ese proceso electoral es anómalo, o indirecto, en cuanto los votantes no eligen a su Presidente, sino que escogen a los compromisarios del candidato. Anómalo, también, porque el Presidente es el único cargo público que no ejerce dentro o en representación de cada Estado. Sobre esta circunstancia y el sistema de recuento, he podido escuchar las teatrales iras y acusaciones de algunos estandartes de nuestra democracia, avanzada y pulcra respecto al imperfecto sistema americano. La respuesta, sencilla, es que no hay un recuento, sino cincuenta, por cada uno de los Estados que forman la Unión. Naturalmente, la impugnación de boquilla del candidato Trump a dicho sistema arcaico enciende el ansia de aguerridos tertulianos, viendo ahí, cuales internacionalistas, la oportunidad de honrar la democracia en peligro. Pero, queridos, no se percibe en esos calores nada más que la afición de los europeos en general, y los españoles en particular, por dar lecciones de superioridad a la nación de Lincoln. El Tribunal Supremo puede ser invocado (Trump lo ha hecho) e incluso dirimir sobre los resultados definitivos (aquí aparece la hispana sospecha de que los jueces han sido comprados, todo un vodevil de la opinión periodística patria).

Otra confusión extendida trata del Presidente, su poder absoluto. En realidad, encarna la autoridad ejecutiva federal, ni más ni menos. Desde su nacimiento, a finales del siglo XVIII, tal figura política ha crecido (y a veces menguado) en sus atribuciones, dependiente siempre del Congreso y, en última instancia, del Tribunal Supremo. El Congreso se ha armado, mediante una compleja red de instituciones crecida a lo largo de la historia, para limitar el poder presidencial. Y las facultades del Presidente (a diferencia del sistema constitucional español) resultan bastante limitadas, siendo los EEUU un modelo universal de federalismo. A saber. Tiene funciones de Jefe de Estado (aunque nominalmente no lo sea), como el derecho a veto en leyes federales, derecho de gracia sobre condenas y encargado de las credenciales diplomáticas (embajadores extranjeros y propios). Es, también, primer representante y encargado de las tareas protocolarias, que ocupan buena parte de su mandato. El Presidente es, además, jefe de la Administración, o sea, debe velar por el cumplimiento de las leyes. Y es quien dirige las relaciones internacionales (controladas por el Senado) y comandante supremo de las Fuerzas Armadas.

En el momento de escribir estas líneas desconozco quién ejercerá el cargo de lo que, tópico o realidad, se da en denominar “el hombre más poderoso del planeta” (bien poco se habla de Xi Jinping). Casi todas las energías ideológicas, desde posiciones socialdemócratas a liberales o conservadoras, han formado estos cuatro años pasados una especie de frente común a Donald Trump. Las postreras horas agolpan un sinfín de ideas preconcebidas sobre la nación americana y el millonario de rubio flequillo y mujer despampanante, para discurrir finalmente en el deseo de victoria del anodino Biden. Del primero, incluso las voces menos antipáticas a él han sugerido que no ha comenzado ningún conflicto bélico y ha permitido el dominio del populismo de izquierdas en el sur del continente. Apuntar, en cualquier caso, la guerra comercial con China, amén de los factores culturales, o sentimentales, que su estatura despierta en aquellos eternos granjeros que, a nosotros, orgullosos, desagradecidos y decadentes europeos, nos salvaron la vieja civilización. Vendrán más presidentes, y los europeos seguiremos mirándolos por encima del hombro. Muy profunda, prevalece la idea (y el amor) del hijo descarriado.

Carne y libertad

Apurando el régimen setentero, sentenciado a muerte desde dentro según moda del actual populismo, me decido por el placer de la carne. Reacción contra esa mojigatería de nuevo púlpito que ha encontrado en la pandemia su oportunidad puritana. En cada neoprogre se esconde un censor. No pido ostras, champán y un cigarro, siguiendo el común criterio de quienes van a ser ejecutados, aunque tampoco estaría mal. Sugiero, en cambio, una chuleta. El propietario del mesón me mira y, cerrando un poco los ojillos cual espíritu salaz, pronuncia la palabra “buey” sin esperar respuesta, innecesaria en tal caso. Basta un ligero asentimiento con la cabeza para poner en marcha la civilización. Instantes después, lo veo cruzar la sala sosteniendo un entero lomo entre las manos, hasta recostarlo sobre un gran pedazo de madera custodiado por una hilera de refulgentes cuchillos.

Una televisión ambienta a los parroquianos con la deletérea carraca, mezcla inmunda de medias verdades, amarillismo, griterío y ejemplaridad. Esta es la feliz tarea encomendada a los mass media en pro del aturdimiento general. La cosa más graciosa es que lo llaman “información”. Y su complemento ilustrado sería la Wikipedia, donde uno puede alcanzar la alta cultura con artículos bodrios de gramática insostenible. Bien, culminada la borrachera populista, las masas, tan ofendidas como obedientes al poder (pobres criaturas), se creen armadas para decidir todo destino. Alguien, desde las alturas, ha procurado en la última década una lluvia ideológica, fina, constante, y así estos nuevos protagonistas de la Historia creen serlo, cuando en realidad son mera y necesaria comparsa de oscuros intereses. Si queman una iglesia en Chile o se arrodillan ante un smartphone no hacen sino reproducir aquella categoría consustancial del títere, ridícula servidumbre.

“Un quilo y cien”, informa el mesonero mientras descorcha una botella de la Rioja alavesa. El corte ya descansa sobre las brasas, evocador del suave sacrificio que es la vida, alimentarse de otros vivos, elevar al altar del agradecimiento su mejor muerte, carne sobre carne. Pero incluso dicho código natural está siendo refutado, monstruosidad del régimen antiguo, claman los animalistas, románticos ignorantes de su propia animalidad. Así, aquí y allá, en el plato, en las palabras o en el sexo, la revolución halla su emotividad y arrojo. Observando el caso español, ejemplar en la universal deriva populista (fuimos ensayo del último conflicto mundial con nuestra guerra civil), beau Sánchez es fruto fresco de esa actualidad inculta y soberbia. Y, como el anterior edificio franquista demolido por sus hijos -algunos de ellos intachables falangistas-, nuestra democracia imperfecta camina cabizbaja hacia el cadalso conducida por quienes habitan palacios y engordan el BOE. Ya la soga ha sido dispuesta para abrazar, prontamente, aquella pompa y circunstancia constitucional, monárquica, demodé, hasta ahogarla. Yo, que no soy Tomás Moro pero tengo ajustados mis intereses a unos cuantos principios, como el de la carne escarlata, derivo el placer a la chuleta, recién llegada a la mesa, brillante, dulce, libérrimo vestigio. Cuiden y defiendan, apreciados lectores, esa dieta tolerante, abierta, recia cultura. Nos va la libertad.

(Nota publicada en Ok Diario)

España una

Los españoles, insufribles sobre todo para nosotros mismos, ponemos a prueba los límites de la Nación cada cincuenta años, más o menos. Es la edad máxima a que llegan los regímenes políticos en este apéndice europeo. Luego amamos eso de nombre España, sangre y palabras derramadas. Y que nadie se lleve a engaño: quienes dicen odiarla, quienes la cambiarían por otra cosa o quienes pretenden ignorarla son los más enamorados de ella. Perdidamente enamorados del ‘ser español’, conciben esa relación en términos barrocos. Honor herido y consiguiente drama.

Un caso último y encendido de tales romances patrios es el catalán. Madariaga dice que el separatismo es la “fuerte conciencia de lo distintivo y lo diferenciado en el yo, la tendencia profundamente española que hallamos en el alma del catalanismo”. Y sigue con el ejemplo de un prohombre, Rovira i Virgili, periodista y diputado por ERC durante la Segunda República: “Sería difícil hallar en toda la Península un tipo más español que el de este hombre que sinceramente se imagina no serlo.”

La cualidad de la intransigencia, el retorcimiento de los hechos al calor de la pasión intelectual pueden comprenderse en el ámbito del carácter, de la cultura política. Piel vieja de los que habitamos la fortaleza, Reino de España. Pero esa explicación resulta incompleta. Hay una organización política del Estado a la que podemos considerar un enorme y enrevesado sistema clientelar. Fabulosa red de instituciones pequeñas, medianas y portentosas que obligan a la pleitesía de quienes las dirigen por turnos, sean las derechas o las izquierdas.

Los nacionalismos periféricos han sido, en el actual régimen autonómico, los que han comprendido mejor esa corrupción conceptual del Estado, extendida con puestos de trabajo y funcionarios acólitos. Iliberal. Para muestra, un botón: cuenten cuántos servicios meteorológicos existen en el territorio nacional. Y así todo.

La resolución de las eternas perezas y vicios hispanos parece, en estos momentos críticos, lejana. Ni siquiera es fácil imaginarla. Quizás la actual crisis (menos dinero, más desnudez política) podría disolver los casticismos disonantes, llamados cínicamente “históricos”. O, en sentido contrario, animar a los millones de compatriotas ofendidos (sin motivo) a fundar un nuevo desorden republicano. Es decir, a aumentar la polifonía de derechos identitarios hasta hacerla un mero e insoportable arte y ensayo. España, una.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (III)

Antes de iniciar esta serie, estuve cavilando si titularla “Historietas de Barcelona”, habida cuenta que la ciudad hizo gala de explicarles la vida a los españoles mediante el género del tebeo, en el pasado siglo. Sensible y heterodoxa, habitada por mesetarios mediterráneos, en la Condal pervive una cosa romana: la ligereza a los pies de unas columnas que todavía sostienen la idea del templo.

En fin, dejemos suelta a la poesía, que corra por las calles pendientes, venas entre los mundos barceloneses, endémicamente dispares. El asfalto en la ciudad de los prodigios, en esas ocasiones que nos toca morderlo, es poroso y salado. A nuestro Gil de Biedma le pasaba que, noche cerrada y cuando la ciudad ya le había consumido, ésa le regalaba cuatro versos, como una consideración. En tal sendero me encontraba yo, terraza de farolillos y amigos mediante, cuando una gran señora le regaló a su hijo un episodio de Galdós: “Gracias, mamá. Es el mismo que me regalaste el año pasado, era muy bueno, aunque no lo leí.”

La querida fauna, siempre tan delicada, fue desfilando entre copas: apareció un insigne médico, tan alto como la estatua de Colón, para saludar y despacharse en dos minutos con un constructo todavía vigente entre ciertas clases acomodadas: “Franco hizo cosas buenas, el sistema de salud, los pantanos… ¡Y eso que era socialista!” No se sorprenda nadie, la lista de simpatizantes y amigos políticos del dictador entre lo que luego fue el catalanismo dominante (ERC incluida, amigo Rufián) es abultada. Pero para estos asuntillos no hay memoria histórica que valga.

Como decía, Barcelona es madre y señora del tebeo, arte ágil y suculento. A unos metros de mi mesa celebraban encuentro cinco o seis muchachas de Sarriá, de esas que cambiaron el bolso Vuitton por un bulto de tela, y el voto a CiU por las candidaturas antisistema de la CUP. Una especie de contestación imbécil, aunque al final intrascendente para el patrimonio familiar. Estéticamente, la burguesía local se ha descuidado hasta límites insospechados, si bien sigue habitando fincas con portero y ficus franquistas y acudiendo a esquiar a Baqueira. No es el caso de Bernat Dedéu, figura de una derecha independentista llegada ya a la estación del fracaso político, a Dios gracias. Un chico educado, pulcro y bien peinado, gustaría tanto a las señoras de Núñez de Balboa como a las de la barcelonesa avenida Pearson, sin distingo. Además, haría pendant, como dicen los italianos, con el cortinaje y la porcelana de Sèvres. Al final, las tribulaciones políticas catalanas se diluyen en la cuestión marxista de las clases.

Nota del lento desconfinamiento: abrieron Via Veneto y allí me comí una tortilla de comté y camembert que me hizo olvidar, durante unos instantes, el socialismo totalitario gobernante y los detritus del procés. Mientras paladeaba la untuosa receta, de un ambarino celestial, una voz susurró: “no podrán con nosotros.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)

La deriva hortelana de la izquierda

Entre columnas de humo y polvo, borrones de sangre, acero y adoquines, levitaba, por segunda vez, el alma de Marat. Tan querida por aquellas cándidas muchedumbres con escarapela tricolor, repetía su simbólica muerte en París bajo la bandera roja de la Comuna. Tintura decretada para toda la historia de la izquierda, hasta el derrumbe del monstruo soviético. La izquierda, dicho así ligeramente, se ha partido la cara desde su fundación: el Gran Miedo, el Terror, las matanzas de campesinos en la Vendée. Con el vigor de una fiera y un intelecto extraordinario, la violencia política (inducida, ejercida, atenuada según la oportunidad) fue dejando el camino expedito a una idea republicana en que se acomodaría el racionalismo que, ahora, vemos agonizar. Un racionalismo, por cierto, nunca patrimonio exclusivo de la izquierda. Ni mucho menos. 

Atrás quedaron relevantes arritmias de la Historia, provocadas por la fuerza revolucionaria, inmarcesibles episodios en que el hombre se liberó de las cadenas del capitalismo. “La libertad, ¿para qué?”, le soltó Lenin a Fernando de los Ríos, conspicua pregunta que dominaría el mundo socialista hasta que el camarada Gorbachev no pudo ya seguir asumiendo sus contradicciones y, ay Manolo, se cargó el paraíso obrero. Sí, hubieron muchas riñas y desencuentros, incluso algunas bofetadas (en Angola, en los años setenta, pudo producirse un cuerpo a cuerpo entre americanos y soviéticos, desliz de la Guerra Fría) y un mundo fantástico de espías y paraguas búlgaros venenosos; un eurocomunismo, unas trifulcas italianas a costa de los intelectuales, hasta la pasión socialista de nuestro Felipe González Márquez quien, decepción del nacionalismo pecé, metió a España en la OTAN y en la Europa de los mercaderes.

El viaje de la izquierda, visto en perspectiva, resulta fascinante. Y su actual tramo del camino, una broma del historicismo. Hace dos años, Félix Ovejero analizaba en el ensayo La deriva reaccionaria de la izquierda el proceso de mutación de tal cultura política. Recojo algo sobre esa izquierda antiilustrada: “espadachines a sueldo”, “infantilismo”, “frivolidad intelectual”, “apelación al sentimiento”. Retornando un momento a Italia, nación de brillantes intelectos, me gusta citar la altura de Pasolini, ejemplo de aquella crítica tan abandonada, verso suelto, pero qué verso: se declaró, fuera del rebaño de comité central y de los atribulados ácratas boloñeses, contrario al aborto.

La última parada de la izquierda, florida y verde, es la horticultura (¡si Marx y los santones del comunismo levantaran la cabeza!). A saber, la llamada ideológica a cultivar huertos urbanos como barricada política. Sí, querido lector, la lechuga y el pepino curtidos en humos negros de motor como vanguardia de la lucha. Así lo escriben José Luis Fernández Casadevante ‘Kois’ y Nerea Morán Alonso en un artículo reciente: “Los huertos urbanos, ligados a los tejidos vecinales y a las emergentes dinámicas solidarias de proximidad, deben ser un dique más de contención contra los riesgos de que arraiguen en los barrios los valores y actitudes favorables a la extrema derecha”. Añadamos dos vocablos esplendorosos, que dan fe no ya de aquella deriva autoritaria argumentada por Ovejero, sino de, propiamente, una manifestación de estulticia que haría gozar a Maurizio Ferraris: “renaturalización” y “huertopía”.

Finalicemos, derrotas contadas, con una revisión musical, himno actualizado a los tiempos de la nueva izquierda, ya en el salvífico huerto: 

¡Arriba huertanos de la urbe!

¡En pie iphonera legión!

Atruenan los brócolis en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión hortícola a vencer!

El mundo va a cambiar de nabos.

Los verdes de hoy todo han de ser.

(Nota publicada en Ok Diario)