Historias de Barcelona (III)

Antes de iniciar esta serie, estuve cavilando si titularla “Historietas de Barcelona”, habida cuenta que la ciudad hizo gala de explicarles la vida a los españoles mediante el género del tebeo, en el pasado siglo. Sensible y heterodoxa, habitada por mesetarios mediterráneos, en la Condal pervive una cosa romana: la ligereza a los pies de unas columnas que todavía sostienen la idea del templo.

En fin, dejemos suelta a la poesía, que corra por las calles pendientes, venas entre los mundos barceloneses, endémicamente dispares. El asfalto en la ciudad de los prodigios, en esas ocasiones que nos toca morderlo, es poroso y salado. A nuestro Gil de Biedma le pasaba que, noche cerrada y cuando la ciudad ya le había consumido, ésa le regalaba cuatro versos, como una consideración. En tal sendero me encontraba yo, terraza de farolillos y amigos mediante, cuando una gran señora le regaló a su hijo un episodio de Galdós: “Gracias, mamá. Es el mismo que me regalaste el año pasado, era muy bueno, aunque no lo leí.”

La querida fauna, siempre tan delicada, fue desfilando entre copas: apareció un insigne médico, tan alto como la estatua de Colón, para saludar y despacharse en dos minutos con un constructo todavía vigente entre ciertas clases acomodadas: “Franco hizo cosas buenas, el sistema de salud, los pantanos… ¡Y eso que era socialista!” No se sorprenda nadie, la lista de simpatizantes y amigos políticos del dictador entre lo que luego fue el catalanismo dominante (ERC incluida, amigo Rufián) es abultada. Pero para estos asuntillos no hay memoria histórica que valga.

Como decía, Barcelona es madre y señora del tebeo, arte ágil y suculento. A unos metros de mi mesa celebraban encuentro cinco o seis muchachas de Sarriá, de esas que cambiaron el bolso Vuitton por un bulto de tela, y el voto a CiU por las candidaturas antisistema de la CUP. Una especie de contestación imbécil, aunque al final intrascendente para el patrimonio familiar. Estéticamente, la burguesía local se ha descuidado hasta límites insospechados, si bien sigue habitando fincas con portero y ficus franquistas y acudiendo a esquiar a Baqueira. No es el caso de Bernat Dedéu, figura de una derecha independentista llegada ya a la estación del fracaso político, a Dios gracias. Un chico educado, pulcro y bien peinado, gustaría tanto a las señoras de Núñez de Balboa como a las de la barcelonesa avenida Pearson, sin distingo. Además, haría pendant, como dicen los italianos, con el cortinaje y la porcelana de Sèvres. Al final, las tribulaciones políticas catalanas se diluyen en la cuestión marxista de las clases.

Nota del lento desconfinamiento: abrieron Via Veneto y allí me comí una tortilla de comté y camembert que me hizo olvidar, durante unos instantes, el socialismo totalitario gobernante y los detritus del procés. Mientras paladeaba la untuosa receta, de un ambarino celestial, una voz susurró: “no podrán con nosotros.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)

La deriva hortelana de la izquierda

Entre columnas de humo y polvo, borrones de sangre, acero y adoquines, levitaba, por segunda vez, el alma de Marat. Tan querida por aquellas cándidas muchedumbres con escarapela tricolor, repetía su simbólica muerte en París bajo la bandera roja de la Comuna. Tintura decretada para toda la historia de la izquierda, hasta el derrumbe del monstruo soviético. La izquierda, dicho así ligeramente, se ha partido la cara desde su fundación: el Gran Miedo, el Terror, las matanzas de campesinos en la Vendée. Con el vigor de una fiera y un intelecto extraordinario, la violencia política (inducida, ejercida, atenuada según la oportunidad) fue dejando el camino expedito a una idea republicana en que se acomodaría el racionalismo que, ahora, vemos agonizar. Un racionalismo, por cierto, nunca patrimonio exclusivo de la izquierda. Ni mucho menos. 

Atrás quedaron relevantes arritmias de la Historia, provocadas por la fuerza revolucionaria, inmarcesibles episodios en que el hombre se liberó de las cadenas del capitalismo. “La libertad, ¿para qué?”, le soltó Lenin a Fernando de los Ríos, conspicua pregunta que dominaría el mundo socialista hasta que el camarada Gorbachev no pudo ya seguir asumiendo sus contradicciones y, ay Manolo, se cargó el paraíso obrero. Sí, hubieron muchas riñas y desencuentros, incluso algunas bofetadas (en Angola, en los años setenta, pudo producirse un cuerpo a cuerpo entre americanos y soviéticos, desliz de la Guerra Fría) y un mundo fantástico de espías y paraguas búlgaros venenosos; un eurocomunismo, unas trifulcas italianas a costa de los intelectuales, hasta la pasión socialista de nuestro Felipe González Márquez quien, decepción del nacionalismo pecé, metió a España en la OTAN y en la Europa de los mercaderes.

El viaje de la izquierda, visto en perspectiva, resulta fascinante. Y su actual tramo del camino, una broma del historicismo. Hace dos años, Félix Ovejero analizaba en el ensayo La deriva reaccionaria de la izquierda el proceso de mutación de tal cultura política. Recojo algo sobre esa izquierda antiilustrada: “espadachines a sueldo”, “infantilismo”, “frivolidad intelectual”, “apelación al sentimiento”. Retornando un momento a Italia, nación de brillantes intelectos, me gusta citar la altura de Pasolini, ejemplo de aquella crítica tan abandonada, verso suelto, pero qué verso: se declaró, fuera del rebaño de comité central y de los atribulados ácratas boloñeses, contrario al aborto.

La última parada de la izquierda, florida y verde, es la horticultura (¡si Marx y los santones del comunismo levantaran la cabeza!). A saber, la llamada ideológica a cultivar huertos urbanos como barricada política. Sí, querido lector, la lechuga y el pepino curtidos en humos negros de motor como vanguardia de la lucha. Así lo escriben José Luis Fernández Casadevante ‘Kois’ y Nerea Morán Alonso en un artículo reciente: “Los huertos urbanos, ligados a los tejidos vecinales y a las emergentes dinámicas solidarias de proximidad, deben ser un dique más de contención contra los riesgos de que arraiguen en los barrios los valores y actitudes favorables a la extrema derecha”. Añadamos dos vocablos esplendorosos, que dan fe no ya de aquella deriva autoritaria argumentada por Ovejero, sino de, propiamente, una manifestación de estulticia que haría gozar a Maurizio Ferraris: “renaturalización” y “huertopía”.

Finalicemos, derrotas contadas, con una revisión musical, himno actualizado a los tiempos de la nueva izquierda, ya en el salvífico huerto: 

¡Arriba huertanos de la urbe!

¡En pie iphonera legión!

Atruenan los brócolis en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión hortícola a vencer!

El mundo va a cambiar de nabos.

Los verdes de hoy todo han de ser.

(Nota publicada en Ok Diario)

Los aplausos

Las frías agujas marcan las ocho de la tarde y millones de manos chocan entre sí. Producen un ruido blando, quizás ya algo fatigado respecto a los primeros días de confinamiento, cuando alguien (desconozco quién) tuvo la ocurrencia de salir al balcón a aplaudir. Alcanzo la voluntad simbólica de tales aplausos, la de aclamar a los servicios sanitarios (médicos, enfermeras, etc.) en su ardua tarea por curar a los enfermos de coronavirus. Pero, al cabo, la cuestión es si el sentir humanitario deriva forzosamente en empalagoso sentimentalismo. El sonido de las ocho nace de la exigencia social que, como lastres de la francesa revolución, todavía nos impele: de vez en cuando, bajo la sombra de una tragedia, nos secuestra la urgencia de proclamar que somos una nación más o menos identificable, y nos reconocemos en ella con esas manifestaciones espontáneas.

Esto tiene algunos problemas, ya evidentes. La costumbre actúa como perversión. Y el significado, que al principio parecía incontestable, se diluye cual azucarillo en el océano de los acontecimientos, de las noticias que esos generan. Los sanitarios prosiguen con su labor, también lo hacían antes de la pandemia, pero arrastran las habituales (malas) condiciones laborales, si acaso aumentadas por el desastre en la gestión política del asunto. La realidad, para ellos, no ha sucumbido a esa especie de realismo mágico que se da cita en los balcones cada tarde. Lo sustantivo convierte las felices palmas en un bulto anodino, melodía de una palabra cien veces repetida, fonema vacuo. Otro problema es la contradicción: se celebra qué, ¿el encierro forzado? ¿la muerte visitadora de residencias de ancianos? ¿el hundimiento de la economía? Vemos un homenaje corrompido, al fin un ejercicio de imbecilidad. Si bien el aplauso, en la España atribulada, está hace tiempo viciado, tocado por un retorcimiento estético, cuando en los funerales la gente se arranca a vitorear con las manos mientras el muerto desfila hacia la tierra negra. Está de igual modo extendida la mansedumbre, sometimiento a la cultura de lo colectivo, convertida en cárcel ideológica. Hay una ventura hispana, abotargada y feliz, manejada por la ralea de políticos que votamos, que alzamos para llevar este viejo carro a través del tiempo. El camino parece a veces tortuoso, la estética urge ser desbrozada. Esta actual desgracia debiera quizás alertarnos de unos males que, en ningún caso, autorizan el aplauso, sino un silencio meditado, crítico, de provechosos efectos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (V)

En la gestión de la pandemia, este Gobierno ha colocado a España en cotas de leyenda negra. Lo cual, digamos, ahonda en una funesta tradición -inventada o no, exagerada por ciertos intereses patrios y extranjeros, alimentada durante el Franquismo- que el país había conseguido quitarse de encima en las últimas décadas, amén de la modernización iniciada por unos ya lejanos tecnócratas y consolidada en democracia. Embarrado por un atropello de tardías y pésimas decisiones y una abultadísima cifra de fallecidos, el actual caso político nos pone en un desprestigio nacional e internacional con el que se deberá cargar en los próximos y decisivos tiempos. Un estado de melancolía con importantes pretendientes a su rescate y los riesgos derivados. La corrupción del vigente gabinete de inútiles (no se aclaran ni al redactar un decreto) está en su concepción del ejercicio político, y tiene dos manantiales: el de un populista bolivariano y el de un lúbrico mediático. El primero aguarda la oportunidad para, desde el Estado, subvertir el constitucionalismo en otra cosa, partisana, nacionalizadora, de espíritu anticapitalista (en la CEOE lo tienen claro y así lo han manifestado públicamente). El segundo es un animal político, no parece seguir ningún ideario, excepto el que hoy pueda instrumentalizar para perpetuarse mañana en Moncloa. Ambos personajes convergen en una perversión gigantesca, la del poder que tiene a la mentira (la posverdad) como principal herramienta de uso, sin ningún tipo de sonrojo ni precaución. El resultado es una democracia en horas bajas, merced a una oposición (hay gratas excepciones, como el sorpresivo Almeida) que carga todavía con complejos de inferioridad, aplanada por una época de valores blandos y referentes idiotas. Panorama poco halagüeño, los medios afines trabajan denodadamente para que cualquier atisbo de crítica sea denigrado, por cuenta de las exitosas etiquetas (caverna, ultraderecha). Luego está la reina televisión (la web no la mató), abono diario de la estulticia por vía del entretenimiento político (ahorren ingenuidades del tipo “ofrecemos un servicio público”, somos enanos pero viejos). Incluso, y excusen esta vía de escape argumental, los humoristas y demás farándula, siervos de la izquierda, nos proponen sus infectas ocurrencias; lo hacen para retener algo del botín público. Es quizás éste el sector menos dado a la coherencia entre lo que proclama y lo que en realidad ha hecho siempre y sigue haciendo. Todas las toneladas de demagogia se vierten sobre el español medio, una gruesa bolsa humana que, antes, estaba rendida a la institución familiar, con sus entrañables sistemas de verificación, como los problemas de papá en el trabajo, derivados de un jefe envidioso, o las croquetas de mamá, insuperables. Pero “aquellas familias ya no existen, en su lugar se ha instalado la web, un espacio que permite hacer conjeturas sobre lo que se quiera. Y todo ello para satisfacer la más grande esperanza que pueda motivar a un ser humano: la de ser reconocido por sus semejantes, aunque sea solo por un like”, escribe Ferraris. Respecto al juego de la política, en una nación abotargada, empachada de eslóganes y debates estériles, el cuerpo electoral sanciona lo que sanciona. Inyectada la plebe en burdos conceptos ideológicos, en la casi imposible comprobación de la veracidad del relato (al que habría que comenzar a denominar, por salud mental, ‘cuento chino’), los líderes deben brindar ufanos, conocedores de una circunstancia tan benévola a su maraña de posverdad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (IV)

Más de trece mil fallecidos. El cómputo macabro, cuando sobrepasa ciertas cifras, deja de conservar un valor, digamos, espiritual para presentarse frío, carente de emotividad. En una consideración desiderativa, vale lo mismo un muerto que diez mil, pero la gran suma es ya sólo eso, estadística. Difícil acercar un único relato siendo tantos los que contiene, particulares, dramáticos para muchas familias. Consideremos, además, la lista de daños colaterales, personas que esperaban una intervención y que no han podido ser atendidas. Doy un dato, que no pretende culpabilizar sino poner luz: en el hospital general de Vall d’Hebron (Barcelona) hay operativos solamente cinco quirófanos de veinte. 

Luego está el tema cultural. España, me da la impresión, nunca ha sido muy buena recordando, a pesar de la machacona propaganda de la memoria. Eso nos lo pueden explicar los parientes y amigos de los asesinados por el terrorismo, por ejemplo. Digamos que es la nuestra una nación en que la simbología de los caídos está sujeta al desprecio, sea por desidia, pereza o por algún interés político. 

No iba a ser menos en el aspecto de la tabula rasa, del olvido sinuoso, este Gobierno de la posverdad. Recorrido un camino lleno de obstáculos, salvados todos con las artes de un príncipe maquiavélico, el presidente se ha acomodado en las charlas televisivas y en las ruedas de prensa a su medida, que quizás le parezcan a él suficiente compensación a los dislates de la gestión gubernamental de la pandemia. En cualquier caso, Sánchez debe conocer bien la distendida psicología de los españoles, a la que fía su juicio para la posteridad, o sea, el secular mecanismo patrio de vivir en un presente sin melancolías. Y a otra cosa, mariposa. Los muertos, ausentes de cualquier crónica, de toda imagen que no sea el estremecedor y siempre caduco número, no merecen ni un postrero adiós y sus allegados lloran invisibles en pisitos, tras los balcones tristes donde no suenan ni aplausos ni canciones del Dúo Dinámico. 

Sánchez está construido a la medida del populismo y sus maneras. Estas no incluyen necesariamente la verdad, como sabemos, sino las múltiples e intercambiables verdades según la necesidad del momento. “Nadie (aparte del Mesías) tiene la pasión de la verdad, a menos que no sea la propia”, escribe Giuliano Ferrara. Superando lo posmoderno, nuestro líder -que es un líder de su tiempo- se apoya en la sacrosanta credulidad del nuevo milenio: aunque se demuestre la falsedad de un argumento, el éxito de la denuncia se ahoga en el relativismo. Así, no existe una verdad, existen muchas y podemos echar mano de la que más nos guste cuando convenga. Este es el magnífico fruto, esplendoroso principio de aquel renacimiento nietzscheano que las izquierdas fecundaron el siglo pasado. Un monstruo que ahora nos domina.

Con el decreto del estado de alarma, Sánchez prueba una cosa populista: el cesarismo. Deslegitimada la fuente de autoridad del saber, estos políticos de inédita talla erotizan la práctica del poder con la otra secular fuente de autoridad, el imperium, como bien apunta el filósofo Ferraris. A dicho fenómeno tenemos que añadirle, inmaculado adorno de la posverdad, el papel que el emperador de Galapagar y su partido juegan en la actual trama: gesticulación, insolvencia intelectual, pero también descrédito del régimen vigente (socavar el capitalismo es tarea más enjundiosa). Resultan entrañables las alocuciones públicas de estos señoritos, arañazos al léxico y ensombrecimiento estético del poder: como soñador bolivariano, Iglesias advierte de la existencia de un golpismo, y uno ya va teniendo la mosca detrás de la oreja respecto a tales mensajes, en absoluto inocentes. La próxima semana, si es que no lo hemos hecho todavía, hablaremos de la imbecilidad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (II)

(Ilustración de Fernando Krahn)

Segunda semana de pandemia, si bien queda meridianamente diáfano que el COVID-19, en su vertiginosa vuelta al mundo, se había paseado por España con anterioridad. La temperatura política, tradición que nunca abandonamos en esta tierra de reyes, va en aumento conforme la enfermedad destapa con crueldad la fragilidad humana y las capacidades intelectuales de quienes nos gobiernan. No así sus irrefrenables raptos dionisíacos. El presidente Sánchez, desde aquel iracundo Consejo de Ministros que decidió el estado de alarma, toma por hábito una indecorosa impuntualidad en sus apariciones televisivas. Como esas estrellas rutilantes de Hollywood, demora la cita, mientras los ibéricos, en sus domicilios, entre veloces visitas al cuarto de baño, una carrera a la nevera a por una cervecita o un cigarrillo rápido en el balcón sospechan algún anuncio importantísimo. Pero no, el presidente, a la par que impuntual (esas formas) se ha convertido ya, con sus cálidas y dilatadas charlas, en un miembro más de la gran familia hispana: mientras habla, el lapso sentados en el retrete se alarga, la nevera ofrece más información que su charla y el hilo azul de los cigarrillos, al negro fresco de la noche, dibuja el cielo serenamente. 

La cifra de finados y de enfermos se mezcla, como un torbellino de ansiedades, temores y buenos sentimientos, con la talla de nuestros representantes públicos. No vivimos tiempos gloriosos, a los dirigentes me refiero, mezclados en cuitas y cálculos miserables, sonrojante camarilla aplaudida por el periodismo mezquino. Hobbes afirmó que “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Me parece que la frase cobra un sentido fuerte hoy, del mismo modo que sugiere la cuestión de si los gobernantes veían la verdad antes de que fuera demasiado tarde. O si alguna vez la verán. En el lado bueno están quienes de manera ejemplar sostienen, momentos ásperos y tristes, la civilización, este común acuerdo, sus viejas columnas. Habrá, quizás, un frenesí de heridas morales no cerradas, un debe y un haber a revisar, cuando todo haya acabado, en la posguerra que se anuncia muy difícil. Cuando España, la de los honrosos médicos, enfermeros, soldados, barrenderos, camioneros, agricultores, ganaderos, empresarios, policías y un largo demás pueda mandar a sus casas a las huestes de la demagogia. Estos incapaces, hijos de la picaresca, que tanta fama, dinero y poder acumulan desde la ya lejana crisis de 2008.

Hay estampas de divergente tono. Donde habito (Barcelona) y en un orden zoológico menor, pintoresco, algunos jabalíes comienzan a bajar desde la montaña de Collserola para colonizar una ciudad vacía. Esta semana se vio a un magnífico ejemplar paseando por la Diagonal, imagen nueva que substituye a abogados en corbata y a señoras que han quedado con las amigas para tomar un gin & tonic en alguna terraza. También subrayo, alegre, la progresiva extinción de las colúmbidas, aves detestables. Es esta pequeña alegría una vorágine de la posverdad: todo paradigma tiene su romanticismo. 

Volviendo al homo sapiens, la alcaldesa de Guayaquil, señora doña Cynthia Viteri, ha surgido al mundo noticioso peleando por ganarse un lugar en el altar del postruismo: impidió con malas artes y redes sociales (espacio divino de la posverdad) que un avión aterrizara en su ciudad para repatriar a compatriotas nuestros. Puso incluso en peligro la vida de la tripulación cuando ordenó ocupar con vehículos la pista del aeropuerto. La muesca moral del episodio no tiene mucha discusión; en cuanto al mecanismo -lo que lo hace funcionar políticamente- no tengamos tampoco dudas: vivimos en el régimen que es fruto corrupto de lo posmoderno, que ya es decir. En palabras de Ferraris, impera “la estetización de la política, su popularización (la política debe tratarse con las masas, exaltarlas, persuadirlas)”. El miedo es, en cualquier caso, un viejo recurso para la finalidad (espuria) del populista. Culturalmente, el COVID-19 puede ser al siglo veintiuno lo que la Gran Guerra fue al largo diecinueve: el epílogo de un mundo conocido. 

Un virus para la postverdad (I)

En la mañana en que escribo esta nota, el panorama de pueblos y ciudades casi desiertos es general. El estado de alarma ha sido ampliamente obedecido. Incluso por los perseverantes lúdicos (nada sabemos de los lúbricos crónicos). Si esta es una pequeña muerte, no descontemos el fallecimiento general, flacidez estética definitiva, fin de todas las pasiones grecorromanas. Se han producido algunas aglomeraciones en ferrocarriles y metro. La imagen no altera una realidad que el sábado pasado parecía rotunda: desolación. Quizás también miedo, camarada mayor, siempre. En el transcurso de una semana los acontecimientos aparecen dispares, incoherentes. Primero, miles de personas (y autoridades) se manifestaron apretadas las filas, en Madrid. Era un ejemplo clásico de manipulación de las masas por el poder. Unos días después, episodio fantástico, la vida quedó arrancada de la calle, del bar, del restaurante, del contacto sensual con lo consuetudinario. Como si la anterior existencia, antes de la perturbación de las costumbres, hubiera sido un sueño. Este es un vocablo riguroso, porque nos sumerge en una especie de alucinación modulada, experiencia de los extraños nuevos días. De las muchedumbres reivindicativas, con miles de infectados (entre ellos, miembros del Gobierno), al decreto de alarma y la campaña de confinamiento (el populismo biempensante de “yo me quedo en casa”). Esta última circunstancia nos remite al despertar del sueño, el apremio: ¿cómo compraremos la comida y pagaremos las facturas si no acudimos a trabajar? Es lo que Boris Johnson -el inglés que recita de memoria a Homero- ha decidido hacer prevalecer, la economía, mientras los mediterráneos comenzamos a penetrar en otra misión histórica, según repiten los políticos: “ganar esta batalla”. Tengo mis dudas sobre esto último, al menos en el plazo suficiente para que España se vaya, líquida, al pozo de la historia. Para la propagación cultural del virus interviene el instrumento principal de la posverdad: las redes sociales. El sueño de la lucha contra la pandemia puede vencernos y concebir rutilantes situaciones, abajo, en la verdad que asoma aún de la civitas. El Ejecutivo pone en la calle a Ejército y policía para controlar el rumbo y destino de los transeúntes, cosa inquietante en nuestra común vida de europeos postruistas (felices homo web de la posverdad). No vierto sombra ninguna sobre las fuerzas de seguridad, son muy respetables, mucho más que un Gobierno falaz. Pero sospecho que la inoperancia intelectual de los actuales dirigentes -y la capacidad de acción que les otorga el estado de alarma- pueden traernos no ya escenas inimaginables, sino de una gravedad poco calculada.

(Nota publicada en Ok Diario)

Operación sabatina

En el día de hoy, cautiva y desarmada la resistencia, han alcanzado las huestes del populismo sus últimos objetivos políticos. La guerra ha terminado. Las postreras escaramuzas, definitivas, se produjeron en el coto nacional de Quintos de Mora, provincia de Toledo. Llegaron desde Madrid capital los mejores activos populistas, mayoritariamente en vehículos diesel, prescindiendo esta vez el líder máximo de la fuerza aérea en un acto de heroico cariz. Allí, rodeados de rebollos y encinas, tomaron la casa principal, donde lucieron el más alto ejemplo de gallardía política, mientras el país entero restaba en vilo ante los acontecimientos. Se usó, sobre todo, material ideológico de primer orden: lanzagranadas feministas, morteros ecologistas y obuses antifranquistas. Una energía dialéctica que destrozó cualquier foco de oposición. Las operaciones se desarrollaron a lo largo de una sola jornada, aunque para la entera nación y sus respectivas nacionalidades parecieron prolongarse mucho más tiempo, sin duda ninguna debido a la profusión de declaraciones, vídeos, fotografías y tuits. Esta exuberancia de recursos políticos, abigarrado populismo, trufó el acontecimiento de exquisitas imágenes que tardarán en borrarse de la memoria de los compatriotas, especialmente aquellos que se hallan bajo el cruel yugo del heteropatriarcado, el capitalismo y la derecha de la ultraderecha. Vívida y emocionante resultó la brava Irene Montero, vanguardia de esa nueva y denodada unidad de mujeres madres, trascendental épica. Qué referir del hombre, Iglesias, y su labor de inteligencia entre el nacionalismo ultramontano catalán y el Gobierno de España: mimetizado con el entorno campestre, cumplió con su deber de destrucción del último internacionalismo de clase. De resaltar la actuación del ministro Garzón, el chico Honecker, quien confesaba, a pesar de su neoestalinista dinamismo, sentirse “relajado”. Todos cumplieron la histórica misión, iluminados por el paladín Sánchez, héroe exhumador de Franco y enterrador, al fin, del enemigo resistente.

La revolución

“Un pueblo en estado de revolución es invencible.”

“Ya estamos lanzados, tras nosotros los caminos están cortados, hay que avanzar, por las buenas o por las malas. Sobre todo hoy es cuando se puede decir: vivir libre o morir.”

“Acabamos de atracar en la isla de la Libertad y hemos quemado la nave que nos condujo allí.”

“¿No tiene el pueblo el derecho de sentir las efervescencias que lo conducen a un delirio patriótico?”

“Cuando la fuerza pública no hace sino secundar la voluntad general, el Estado es libre y pacífico. Cuando la contraría, el Estado está esclavizado.”

“¿Es la ley la expresión de la voluntad general cuando el mayor número de aquellos para quienes está hecha no puede contribuir, de ninguna manera, a su formación? No.”

“No demos libertad a los enemigos de la libertad.”

“Un pueblo que se apresura hacia la libertad debe ser inexorable hacia los conspiradores; que en tales casos la debilidad es cruel, la indulgencia es bárbara.”

“Decid los nombres, decidme los nombres de los súbditos cuya sentencia firmará mi mano.”

“Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie.”

“En un estado revolucionario, hay dos clases, los sospechosos y los patriotas.”

“No te dejes engañar cuando te digan que las cosas están mejor ahora. Incluso si no hay pobreza por ver porque la pobreza ha estado oculta.”

“La gente solo pide lo que es necesario, solo quiere justicia y tranquilidad, los ricos aspiran a todo, quieren invadir y dominar todo. Los abusos son el trabajo y el dominio de los ricos, son el flagelo de la gente: el interés de la gente es el interés general, el de los ricos es un interés particular.”

“Tienes un bonito traje, paciencia, dentro de poco si tienes dos me darás uno, así es como nosotros lo entendemos; será así como en cualquier otra cosa.”

“No podemos contar los años en que los reyes nos oprimían como un tiempo en el que hemos vivido.”

Querido lector, si ha llegado Ud. hasta aquí, debo aclararle (aunque quizás sea innecesario) que las frases antes transcritas fueron todas pronunciadas hace más de doscientos años. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Podría argumentarse que el contexto histórico era radicalmente diferente, y en verdad lo era: esas palabras, la construcción que emana de su conjunto, sirvieron para tumbar un viejo régimen, monárquico. Sin embargo, la sospecha que provoca su lectura hoy, bajo una democracia parlamentaria, es de orden candente, actual. No resultan tales afirmaciones, eslóganes, tan anacrónicos como refulgentes. Todavía resuena la llamada “a la movilización” del vicepresidente del Gobierno, Iglesias, hace solo unos días. Señaló al adversario y ofreció la fórmula para combatirlo: la calle. Como una lluvia fina, ideológica, propiciada por un pacto de conveniencia entre periodistas televisivos y políticos nacional-populistas, van calando en la sociedad lugares comunes, falsedades, simplicidades irrefutables. La maquinaria parece engrasada, hay un público adepto que ya siente que su ‘misión’ política, inexcusable, es la lucha contra el enemigo, eso que llaman, sin escrúpulos, ‘fascismo’. Monstruo identificado por no comulgar con quienes, en realidad, ni creyeron ni creen en las formalidades éticas y exigencias estéticas de la democracia. ¿Los verdaderos totalitarios? En la Generalitat y, también, en el Gobierno de España. Una postrera cita, si me permite, querido lector:

“La fuerza de las cosas puede arrastrarnos a resultados que no habíamos previsto.”

(Nota publicada en Ok Diario)