La revolución

“Un pueblo en estado de revolución es invencible.”

“Ya estamos lanzados, tras nosotros los caminos están cortados, hay que avanzar, por las buenas o por las malas. Sobre todo hoy es cuando se puede decir: vivir libre o morir.”

“Acabamos de atracar en la isla de la Libertad y hemos quemado la nave que nos condujo allí.”

“¿No tiene el pueblo el derecho de sentir las efervescencias que lo conducen a un delirio patriótico?”

“Cuando la fuerza pública no hace sino secundar la voluntad general, el Estado es libre y pacífico. Cuando la contraría, el Estado está esclavizado.”

“¿Es la ley la expresión de la voluntad general cuando el mayor número de aquellos para quienes está hecha no puede contribuir, de ninguna manera, a su formación? No.”

“No demos libertad a los enemigos de la libertad.”

“Un pueblo que se apresura hacia la libertad debe ser inexorable hacia los conspiradores; que en tales casos la debilidad es cruel, la indulgencia es bárbara.”

“Decid los nombres, decidme los nombres de los súbditos cuya sentencia firmará mi mano.”

“Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie.”

“En un estado revolucionario, hay dos clases, los sospechosos y los patriotas.”

“No te dejes engañar cuando te digan que las cosas están mejor ahora. Incluso si no hay pobreza por ver porque la pobreza ha estado oculta.”

“La gente solo pide lo que es necesario, solo quiere justicia y tranquilidad, los ricos aspiran a todo, quieren invadir y dominar todo. Los abusos son el trabajo y el dominio de los ricos, son el flagelo de la gente: el interés de la gente es el interés general, el de los ricos es un interés particular.”

“Tienes un bonito traje, paciencia, dentro de poco si tienes dos me darás uno, así es como nosotros lo entendemos; será así como en cualquier otra cosa.”

“No podemos contar los años en que los reyes nos oprimían como un tiempo en el que hemos vivido.”

Querido lector, si ha llegado Ud. hasta aquí, debo aclararle (aunque quizás sea innecesario) que las frases antes transcritas fueron todas pronunciadas hace más de doscientos años. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Podría argumentarse que el contexto histórico era radicalmente diferente, y en verdad lo era: esas palabras, la construcción que emana de su conjunto, sirvieron para tumbar un viejo régimen, monárquico. Sin embargo, la sospecha que provoca su lectura hoy, bajo una democracia parlamentaria, es de orden candente, actual. No resultan tales afirmaciones, eslóganes, tan anacrónicos como refulgentes. Todavía resuena la llamada “a la movilización” del vicepresidente del Gobierno, Iglesias, hace solo unos días. Señaló al adversario y ofreció la fórmula para combatirlo: la calle. Como una lluvia fina, ideológica, propiciada por un pacto de conveniencia entre periodistas televisivos y políticos nacional-populistas, van calando en la sociedad lugares comunes, falsedades, simplicidades irrefutables. La maquinaria parece engrasada, hay un público adepto que ya siente que su ‘misión’ política, inexcusable, es la lucha contra el enemigo, eso que llaman, sin escrúpulos, ‘fascismo’. Monstruo identificado por no comulgar con quienes, en realidad, ni creyeron ni creen en las formalidades éticas y exigencias estéticas de la democracia. ¿Los verdaderos totalitarios? En la Generalitat y, también, en el Gobierno de España. Una postrera cita, si me permite, querido lector:

“La fuerza de las cosas puede arrastrarnos a resultados que no habíamos previsto.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (V)

(Enric Satué)

Siete días apuntando las cosas de los políticos, y qué semana, señores. Este puede ser el proceso electoral más extraño de nuestra historia, si exceptuamos aquellas (fraudulentas) elecciones municipales de 1931 que hicieron caer la monarquía. Tiene el momento un tufo a cadáveres inmemoriales, regeneración por vía del historicismo más bobo. El general Franco ha salido de su tumba a petición del PSOE. La violencia catalanista se apodera de Barcelona, homenaje a Companys. Las izquierdas radicales aprovechan la coyuntura para su entretenimiento ideológico predilecto (sean las circunstancias las que sean): reprochar que la policía haga su trabajo. Hasta qué punto esta nueva izquierda ha quedado reducida a bufonada lo demuestra la afectación de actor de relleno. El procés y su derivada violenta resulta fascinante para quien tiene enquistada la idea más funesta (negra leyenda propia) de España. En otro lado del Reino (la pequeña Europa), parece que la derecha de las tradiciones y singularidad hispanas ha llegado para quedarse. Lo llaman “fascismo” sólo quienes no han leído un libro sobre los años treinta y los que juegan con desechos intelectuales. En cualquier caso, el voto mayoritario expresa el deseo de orden sin llegar a ensoñaciones imperiales, según apuntan encuestas. De alguna manera, la lección política es que siempre acabamos volviendo a la patria amada, tras las aventuras. Cuánto suspira el Presidente (en funciones) por ganar treinta escaños y coronarse rey de la circunspección. El personaje Sánchez no es tanto un político gestor como una criatura a lo Mitterrand, interesada, dedicada exclusivamente al juego del poder. No deberíamos alterarnos en demasía, a pesar de las piruetas, de las palabras y fotografías de nuestro beau: las clases medias siguen ideológicamente donde deben, en el medio, el espacio señalado por Madariaga. Por otra parte, Cataluña prosigue su particular descenso a la nadería. Con un furor inaudito, aunque las fiebres catalanas resultan invariablemente pasajeras. La semana de violencia es el estertor, podrido, del procés. Perversiones del discurso populista, el fuego acabará consumiéndose como se consume la pasión, desmesura. Que el Estado existe lo demuestra la actuación del cuerpo policial catalán dando palos a la muchachada del President. O más bien a la prole de la vieja burguesía barcelonesa, que se encantaba la noche del sábado en los palcos del Liceo gritando ‘libertad’ mientras els nens perdían la virginidad en cuestiones de fogatas y carreras ante la policía. La semana, en efecto, trajo pesadumbre: desde el balcón de mi domicilio vi contenedores arder, independentistas ‘de uniforme’ (sudadera negra y capucha), ultras, leñazos, cristales rotos, turistas huyendo despavoridos de las terrazas y al chino del bazar mirando tras la persiana bajada. El fuego, purificador, podría simbolizar el fin del sentimentalismo catalán, que tiene el alma en la cartera. Decía aquel Aznar educado por Gimferrer que Cataluña se rompería antes que España. Algo así también temía (en la intimidad) Pujol, excursionista y versado conocedor de esta tierra, de ahí su obra homogeneizadora del poble català. Sin embargo, después de esta trágica semana, Cataluña volverá a los trabajos y los días, a las querellas entre elites políticas, a aquella condición orteguiana que le es propia.

La frase de la semana: “¡Fuera, fuera, fuera!” (dedicada por la turba independentista a Rufián, que tuvo que irse de la manifestación).

(Nota publicada en Ok Diario)