Comunismo de guante blanco

Novedades de Moscú: Alberto Garzón, ministro de consumo. Si esto no refuta cualquier idea fuera de la ironía, que bajen los santones del comunismo y lo vean. El chico, pulcro y tierno, delicado en sus formas cual hijo deseado por toda antañona madre, gozará asiento en la ovalada mesa del Consejo, barniz sobre el que se tratan los grandes asuntos del país. Viendo quién se sentará allí, podemos afirmar que las reuniones tendrán un cariz fantasioso. La fantasía que cubre todo voluntarismo ideológico. Lo creamos o no, la muchedumbre de altos cargos, apretados cada semana en torno al misterio hispano, va a parecerse mucho a un delirante comité central. El de una república popular con Rey, con sus aplausos, sudores y codazos fratricidas. Hay una imaginaria España, un palacio de los sueños, y dentro un señor desmedidamente voluble que, en su desmesura -quizás en su narcisismo- ha querido un consejo de ministros superpoblado. Iberia, sus inmensos y cruentos problemas de los que indudablemente la derecha es culpable -cambio climático, toros, caza y violentos machos- necesita al ejército de salvadores. Fervorosos bolivarianos para quienes, por lógica de sus flácidos principios, Felipe González (y algún barón) debe ser un fascista de tomo y lomo.

Ahí tenemos a nuestro Garzón, en casa con camiseta de la República Democrática Alemana (dictadura que se derrumbó hacia 1989) y en su boda de chaqué, flamante jefe del consumo nacional. ¿Un chico comunista dirigiendo la más asquerosa circunstancia del capitalismo, el consumo y todos sus alambicados intereses y vicios culturales? En este asunto, Sánchez ha podido mostrar tanta ironía como aquel Montilla que, presidente de la Generalitat, nombró ‘conseller’ de interior a Joan Saura, marxista con Porsche. Anuncian las trompetas progresistas que las primeras medidas a tomar para el asunto del consumo van a centrarse en lo que nos llevamos a la boca, a la comida me refiero. Señoras, señores, niños y niñas: comemos demasiado, y cosas que no nos convienen (ahora cobra sentido la camiseta de la RDA). En cualquier caso, Alberto, zurda colección de demagogias, parece encantado por la cartera recibida. Es la eventualidad de la política, sincretismo obligado. Ni el califa rojo Anguita en épocas gloriosas (2.600.000 votos, 21 diputados frente a los 5 de Garzón en las últimas elecciones) traicionó con una poltrona los principios del materialismo histórico. Son otros vientos los actuales de la izquierda, preocupada mayormente por intereses particulares. Hay que alabar la gallardía garzoniana de parlamentar soflamas mientras se acomoda en los salones del Reino más viejo de Europa. La imaginación política no conoce confín. Ministro cocinitas, qué hubieran hecho de ti Honecker y su Stasi al verte viajar en primera clase (¡todavía hay clases!) e inclinarte ante un monarca. Tuvimos en la Transición el eurocomunismo (antisoviético) de Carrillo, presentado en sociedad por Fraga, tiempos de pacto y finezza. Ahora, de la mano del genio tenebroso Sánchez, llega al poder el comunismo de guante blanco. Estética inconsistente de camiseta y frac, repica mientras anda en procesión. Merodea por palacio, las horas nos dirán en qué medida logra agostar esta achacosa monarquía constitucional, cargada ya de enemigos.

(Nota publicada en Ok Diario)

La (corta) marcha de Podemos

Aquellos heroicos revolucionarios (en la imagen, columna de partisanos yugoslavos)

¿Recuerdan cuando Podemos era un absoluto desorden? Mareas, confluencias, asociaciones. Abanico heterogéneo al calor político de la crisis, activismo neosecular y tradición oportunista. Esos personajes surgidos de la nada, especuladores en ciertas coyunturas históricas. Un batiburrillo que convenía a algunos dulcificar y, sobre todo, agrupar: pasarlo por el lenguaje y maneras del marketing político. La revolución -vale la pena conocer el ejemplo de Lenin- no se logra sin el elemento de la unidad. Que significa en nuestro caso contemporáneo desterrar las asambleas de estilo universitario, los grupúsculos descontrolados y la estética de sudadera, mochila en el suelo y a ver quién la dice más gorda. La unidad leninista tenía también como fortalezas la ofensiva paulatina (un paso adelante, dos pasos atrás) y el establecimiento del terror, inspiración de Marat. Ni hablemos de la Larga Marcha de Mao, aquella larguísima excursión sembrada de muertos y penurias. Comparativamente, estos revolucionarios de hoy son en realidad hijos de una época muy fácil. Un mundo satisfecho, algo aburrido de sí mismo, que puede permitirse el lujo de jugar a la insurrección. Podemos bebe del folclore revolucionario, de boquilla: las sentadas en el césped de la facultad y algún acoso al profesor (o alumno) discrepante con la línea asamblearia. Los bolcheviques hubieran enviado a nuestros agitadores a trabajos forzados en Siberia. En cualquier caso, la crisis económica (y moral) de 2008 en adelante, vio brotar una contestación radical. Radical en cuanto volatilizaba desde la izquierda el patrimonio constitucionalista de comunistas (Carrillo) y socialistas (González). La inspiración de todo eso reside en Zapatero. Ascendió hasta puestos de poder a personas como Leire Pajín, que anunciaba el estilo podemita. Su calidad intelectual, apenas disimulada por un manto de rancia ideología, inauguró el actual desparpajo, en el que casi nadie se siente ya responsable de sus imbecilidades. Ocurrencias e impudicias proclamadas en redes sociales o en tribuna parlamentaria. Los jovenzuelos y endogámicos profesores de Políticas de la Complutense mamaron de tales modelos. Se entretenían en una Universidad convertida ya en campo de ardores rebeldes, acervo de Mayo del 68 y Berkeley vía Laclau. Eran, por tanto, muchachos melancólicos, muy ideologizados pero sin ideales fuertes. Es decir, eran moldeables (como se ha demostrado luego). Es ahí cuando se hicieron necesarios los medios. Una formidable fábrica de demagogia: tertulias, entrevistas, periodistas en labores de propaganda, escraches, actos de protesta. Con un epicentro en Mediapro, La Sexta, los programas de Évole. La operación tuvo de promotor y conseguidor a Jaume Roures, personaje sobre el que hace falta poner luz, habida cuenta de las sombras. Burgués de Barcelona, viejo militante de la Liga Comunista Revolucionaria, detenido en 1983 por colaboración con ETA y admirador de la revolución sandinista de Ortega. Nuestro Soros en labores de esparcimiento político, impulsando tanto a Podemos como a la otra gran energía del anticonstitucionalismo: la sedición independentista catalana. De la revolución que acabaría con el Régimen del 78 a la actualidad podemita hay un camino, que se consuma con el logro de sillones y la práctica nepotista. Salvo por los eslóganes, el partido de Iglesias-Montero es un ejemplo de adaptación al sistema (así mismo el griego Syriza). Podemos se asemeja ahora más al PCUS de los años ochenta, cuando sus militantes hacían contrabando con productos de consumo y los dirigentes, acabadas las purgas, residían felices en sus dachas, que al atribulado movimiento de la crisis económica. Parece que el sueño de Roures (también el catalán) ha tocado hueso. Mientras, el PSOE, concluida su mutación a los rigores de la nueva izquierda, trata de marginar a sus contrincantes, única idea cabal que se presume en Sánchez.

(Columna publicada en Ok Diario)

La derecha (y una nota final)

Al momento que escribo estas frases, España sigue con sus juegos antagónicos. Los restos de Franco descansan en el Valle de los Caídos y la Tercera República española habita en los corazones de una ruidosa minoría de compatriotas. Es decir, la temperatura política se circunscribe a renglones de realismo mágico. Podría ser inspiración para un gran poema con un fantasma a caballo (el general) y un régimen de ensoñaciones (la república de nunca jamás). Así todo, como pesado referente, parecería que Francisco Franco Bahamonde inventara en España esa cosa singular llamada “derecha”. Pero esto no fue exactamente así. Veamos. El misterio de la derecha residió en Cánovas; en otro general, Primo de Ribera; también en el prosista Conde de Foxá y en el empresario Cambó; en el sable de Sanjurjo y, líquido, en las lágrimas de Arias Navarro. Una familia política, digamos, peculiar. Además, toda la tinta del ABC, al menos durante cien años, es río por donde han navegado esa y otras derechas. Como la febrícula fascista que representó Jose Antonio, las crónicas de postguerra de Pla o las finas letras andaluzas de un Pemán. Todos ellos, tan dispares, podrían representar lo que se ha venido en denominar “hombres de orden”. Y algunos tan solo fueron “reaccionarios”, surgidos de la comparación con las izquierdas republicanas y sus fantásticos desórdenes. 

Muerto el dictador, principal depositario de sus esencias, la derecha quedó representada en la figura de Fraga Iribarne, activo hombre a quien no dolía en prendas presentar en sociedad al jefe de los comunistas o mimar a las corrientes democristianas del moribundo régimen. Hasta Aznar, y con él, las muecas ideológicas del conservadurismo fueron renovándose poco. Permanecía esa inmortal estampa del “español de bien”, sus raigambres e imágenes distópicas, estas mayoritariamente ingeniadas por la izquierda. Surgió con Aznar, así, un orgullo conservador, patriótico. Pero la política es retorcida y aquel orgullo quedó atrapado en mil dificultades, también en los problemas comunicativos del personaje. En cualquier caso, la iniciativa FAES (think tank) indicaba que al fin alguien en el conservadurismo español había identificado el problema: la falta de creatividad intelectual. Tradicional dejadez hispana, el barroquismo de ir cada uno a su aire, reino poblado de reyes. Por más que un editor catalán (Vallcorba) editara profusamente a Chesterton y que Gregorio Luri (La imaginación conservadora) ilumine hoy una historia muy poco reconocida.

Si exceptuamos al ultramontano Blas Piñar y a los nacionalismos periféricos (con sus dinámicas propias), el Partido Popular monopolizó durante cuarenta años la voz y acción de la derecha española. Ocurrió así hasta el segundo mandato Rajoy, conservador de viejo estilo. Este monopolio excluía un tipo de discurso que, en Europa, ya se producía con cierta soltura desde hacía dos décadas. A saber, el reencuentro con la noción cristiano-nacionalista. Un ejemplo notable sería el Frente Nacional en Francia. La reciente aparición de VOX hace aflorar la actual guerra civil conservadora. Una atomización (Rivera también está en liza) que nos muestra un territorio de confusas fronteras y vagos principios. 

La derecha es un espacio de poder, pero sus moradores y pretendientes tienen poco interés en amueblarlo. No digamos decorarlo, apelo a Scruton. En algunas conversaciones que he mantenido con personas situadas en tal espectro político, se ha hecho siempre el silencio al llegar al tema de la cultura. El problema bascula entre un completo reduccionismo y una extraordinaria distancia. No ocurre así a la izquierda, que entendió y entiende muy bien esta cuestión (el PSOE de González respecto a la Movida o el PSC de Maragall en la Barcelona del cómic son dos ejemplos). La derecha, o sus generales, siguen ignorando la cultura, reduciéndola a un conjunto de cosas bellas (o singularidades) que no molestan. Es esta una asignatura, identificar sus manifestaciones, asimilar contenidos, articularse con las herramientas que ofrece, particularmente, la acción cultural.

(Columna publicada en Ok Diario)

España en proceso

Ya tenemos a Sánchez midiéndose presidente, después de un sinfín de reuniones y conversaciones telefónicas ocultas al pueblo, por el pueblo y todo por el pueblo. Se denominan negociaciones y amparan detalles de naturaleza prosaica, trozos de la tarta que son los presupuestos del Estado. Podemos seguir leyendo a Galdós en sus Episodios Nacionales y tener la certeza de que la vieja nación conserva la salud de siempre.

Las debilidades del nuevo tiempo político (erosión del bipartidismo) son fortalezas en unos pocos, indispensables para la investidura del líder socialista. En tal pomposa circunstancia, tenemos a lo más granado de la España que se aborrece, una manera agotadora y muy antigua de ser español. Iglesias se pone estupendo, semblante grave ante la mirada de la Historia. Quiere despachos ministeriales para salvarnos de tantos peligros que acechan a la nación. Así de desmedido tiene el ego el muchacho. Luego, los nacionalismos periféricos (incluso el más activo y criminal en el propósito de un terruño limpio de compatriotas refractarios e invasores españoles) arriman el ascua a su sardina gracias a Sánchez. Estos proponen también una salvación, pero limitada a la pequeña patria (País Vasco, Cataluña).

En el terreno de las cábalas, se habla y escribe ya sobre los posibles ministros del futuro gobierno. Leo hoy que suena un tal Gerardo Pisarello, argentino y durante años mano derecha del “mal menor” Colau. Para los barceloneses, este personaje tiene un retrato fijo en la reciente historia de la ciudad: absoluta incapacidad de gestión unida a la más escandalosa de las perezas. Hay del mismo modo una fotografía que complementa el retrato, cuando Gerardo forcejeó con el concejal Alberto Fernández Díaz para evitar que la bandera de España luciera en el balcón consistorial. Es un extraño modo de agradecimiento al país que te ha acogido. En esa misma imagen una estelada ondeaba sin causarle a Pisarello ninguna reacción. Sí, queridos lectores, Podemos y sus sucursales (en este caso Barcelona en Comú de Colau) han percibido siempre en el procés una oportunidad. Una energía que entronca con la motivación primera de su fundación como partido: el derrocamiento del régimen constitucional.

En efecto, si el proceso catalán posee unas características estéticas, unas modulaciones propias, también ofrece oportunidades más allá del Ebro. En la tesitura actual, se está produciendo su traslación al conjunto del país, vía Podemos y los socialistas. Aunque los promotores y financiadores del procés no lograron su objetivo último (la independencia de Cataluña), sí han conseguido el objetivo secundario, y no es poco: la desestabilización del régimen vigente. Algo que está en la erótica fundacional de Podemos. Sin eludir suculentas partidas presupuestarias (seguimos en Galdós).

Que sea el partido socialista quien vaya a liderar este episodio ibérico no me parece inverosímil. Tampoco incoherente. Algunos se rasgan las palabras recordando el orden y la lealtad institucional de la etapa González comparándolo a lo de ahora. Pero hay que, simplemente, hacer un suave ejercicio de memoria histórica. Estos son los tiempos y las solvencias del PSOE a lo largo de su historia: el tiempo del marxismo clásico de su fundador; el de colaboración con el Régimen de Primo de Rivera; el populista republicano de Largo Caballero; el del silencio sepulcral en la Dictadura de Franco; el socialdemócrata de la Transición con Felipe; el postmoderno de Zapatero y éste último neopopulista de Sánchez. Toda una hoja de servicios a la nación.

Columna publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/espana-proceso-4407309