Madrid-Barcelona (I)

Puse rumbo a Madrid. En el tren, mientras trataba de ingerir el desayuno de cortesía, pensé en el Estado viejo, su significación, las muestras somáticas y etéreas, también la gran bandera en Plaza Colón. Ese pensamiento sería tanto una barcelonesa estupidez como un ejercicio de realismo. Me complacería, una vez más, en comprobar que, vilipendiado por muchos de mis conciudadanos, seguía el Reino de España en flor. Turismo estatalizante, según el argot normativo del periodismo catalán de masas. Traición o valor estético, en el cada vez más polarizado hábitat barcelonés. La opinión, ese dios nuevo, es un factor general a esquinar. Personalmente, visito siempre que puedo la capital, una especie de terapia feliz para no acabar de diluirse en la irritación del érase que se era una república de idilios, bellas palabras y emociones lacrimógenas.

Algo que suelo hacer en Madrid, tras dejar la maleta en el hotel, es pasear un rato. El paseo, institución nacida tras la muerte del Antiguo Régimen y de la que las sociedades civilizadas llegaron a convertir en arte accesible, del cual París debió ser su capital. En España, salvando los veraneos regios en San Sebastián y en Santander, y el antiguo Paseo de Gracia, Madrid lo fue todo en el paseo, madrileñismo parisien según Umbral. Hay buena literatura sobre esta actividad, que implica mucho más que recorrer una distancia a pie: el libro de Schelle (El arte de pasear); el de Le Breton (Elogio del caminar); el de Sebald (El paseante solitario), el de Walser (El paseo). Para mí, Walser es depresivo, aún no me he repuesto de sus hermanos Tanner, y al consumir las primeras páginas de El paseo saboreé otra vez una sobredimensionada tristeza, los detalles en apariencia insignificantes de aquel mundo del ayer que el gran mal barrió.

Anduve por la Castellana y, frente al patio de la Fiscalía General, sus dos imponentes madroños tras la verja de hierro me sumieron en un erotismo que arrastré toda la jornada. Llegando a la Puerta de Alcalá cogí Alfonso XII hasta la puerta de España al Retiro. Tras pisar un rato la arena, descansé bajo la sombra de los eucaliptos y, como buen barcelonés, continué comparando el mundo con mi ciudad natal. Veía, a través de las rejas que dan a Alcalá, el tráfico intenso. Más allá, algunas terrazas hervían de clientes y camareros veloces, “Madrid terraza planetaria”, según Ángel Antonio Herrera, aunque quizás, como a París, le sucede que el otoño la viste de una luz apropiada, decimonónica, sugestión de la Europa proverbialmente vieja y bella.

Todas las ciudades soportan clichés, de Madrid todavía se afirma que es un pueblo grande. Su santo pueblerino, sus buhardillas galdosianas, fiestas con farolillos venecianos y plazas de acacias y gorriones, evocación de Foxá. ¿Existe una melancolía madrileña? El asfalto, los edificios y las plazas no habrían podido enterrar el efecto antinostálgico de sus antiguas huertas, encinas, su aroma; acaso sí hay una nostalgia, mas se disipa por las emanaciones afectivas de sus incontables tascas y bares, sangre y corazón de esta ciudad; “puerta cerrada, taberna encendida: nadie encarcela sus libres licores”, decía Miguel Hernández.

Allí sentado, viendo las coqueterías que una joven asistenta dedicaba a un anciano con aires de general retirado, al que debía pasear cada mañana por el parque, la Ciudad Condal acaparó mis pensamientos. Los hijos de burgueses que ocuparon, sin miramientos y con mucha prisa, los sillones universitarios en el 68 (una revolución generacional y maleducada; lo demás son clichés y propaganda), se encantan hoy en el decadentismo de la literatura mitteleuropea. Vallcorba, genial y ya fallecido editor de Acantilado, conocía muy bien esa horma, o hambre, y les dio alimento hasta reventar. Esta sería, también, una interpretación del carácter barcelonés: la antijovial pócima del Walser, que además estaba un poco chalado. Quizás Arbasino, por citar otra penumbra literaria, pasó una temporada en Barcelona antes de escribir su testamento de Italia, Paesaggi italiani con zombi. No se lo pierdan, pero, tras la lectura, mantengan alejada de ustedes cualquier arma u objeto útil para inmolarse. Reiteración barceloní: residiendo una temporada en Trieste, ciudad cultísima e imperial, y más concretamente en la vetusta biblioteca de la facultad de letras, tuve una larga visión: el aprendizaje de lo que ocurre cuando se abre un armario lleno de ropa y enseres de alguien que murió hace mucho tiempo, quizás en 1918. En la cara se recibe, liberado al fin, el espíritu del fallecido, su olor raro, su aliento agrio y pesado que se dispersa en seguida por la habitación. ¡Abrid las ventanas, cerrad el libro del paseante suizo y que el futuro inculto se lo lleve todo!

Violeta la Burra

IMG_2617
Violeta la Burra y el autor, a punto del delirio (fotografía de Cristina Losada Salgado)
De ella escribió Umbral que era Andalucía, mitad burra de carga, mitad violeta de Juan Ramón Jiménez. Voz rasgada por la noche del Paralelo, vida con que ilumina sus identitarias hortalizas y butifarras, a modo de diademas o de collares sobre el pecho sevillano, escarnio de un orden imposible: la madre amantísima quiso una niña y le salió Violeta, Pedro de día, artista de noche. O como dice ella: Violeta de arriba, Pedro de abajo. Conoció el éxito en el Teatro Arnau, mundo del que ya nada queda, excepto Ella, misterio barcelonés. Soy la noche, llegó a afirmar. Jaca negra, luna roja.
Después de eso, subió a Enrique Granados, donde vive y, nocturna, canta coplas, canciones de su sello y vende flores. Famosa en esta calle cual aquella Moños de la Rambla, que un amor equivocado enloqueció. Por las mañanas la encuentro comprando verdura, sin peluca ni maquillaje, verbo invariable.
El transformismo suyo es un sur desproporcionado, Violeta del cachondeo y la provocación inocua, el salero subido de tono. Cena algo en Paco Meralgo o en La Moderna, donde la conocen y estiman. Vende rosas en el Dry Martini, ¡antes qué buena clientela!, se lamenta: aquellos señores espléndidos con sus queridas, tras la cortina de terciopelo que separaba ambos mundos, el de la luz pueril y el de las gratas tinieblas.
Ha grabado discos, algunos autofinanciados, por los que desfilan Cristiano Ronaldo, un butanero, Paquito nardos y su poesía barcelonesa: salchichón, salchichón; maricón, maricón, ay que ver lo que tengo que hacer pa comer. Estuvo unos años en París, pero la madre enfermó y ella lo dejó todo para venir a cuidarla, a Sevilla, donde conserva casa en un pueblo blanco. En el Dry Martini, sus rosas beben de una botella de tónica que le proporciona Ceferino, inmaculado camarero de rizado bigote. Frecuenta también la coctelería Solange, antiguo Harrys con piano de cola en torno al cual pasaban esas cosas de la nuit. Bizarría perdida.
El perejil ha sido también su enseña, lo aireaba por ahí como ha aireado pepinos, nabos y berenjenas, regalos de la naturaleza feroz. Canta Francisco Alegre por unas monedas y los turistas no cazan ni una sombra, esos bobalicones. Si le preguntas qué tal, contesta bien, mariconeando. Cómprame un cucurucho, grande, de turrón, y mientras chupa el cono un niño callejero la mira con ojos de plato vacío. Casi no parece Barcelona, durante unos instantes.