Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)

Aseveración del viaje

(Mapa de Frederick Walrond Rose, 1877)

Los mapas disertan, en un sentido estricto. También discuten, litigan, se enzarzan, la suya es jerga universal. No son inocentes, ni por supuesto imparciales. Tienen la gracia artística de una pornografía exacta, abierta, esta es la mayor gloria de Mercator, año 1569. Además, como es sabido, avivan ambiciones y sueños en los hombres. Recorrer con el dedo índice montañas y valles lejanos, imperios, guerras, renuncias imposibles del ejemplo de Bizancio. Auge y caída, vigor y abandono, esas dinámicas hiperbólicas del gusto humano. Acariciar mastodontes estalinistas. Tentar la sal roja del Malabar o la espuma blanca en el regreso de Ulises. Deslizarse por la costa africana y sus infinitas playas hasta el cabo de Nueva Esperanza, donde crecen plantas gigantes del tamaño de torreones. Seguir la ruta dramática del Batavia y, tras algunos minutos de navegación digital por el Pacífico, salvar desventuras y fondear en el mar de China. Cualquiera puede exaltarse sobre el papel, del mismo modo en que Guido Gustavo Gozzano invocó su imaginario viaje infantil a Goa. Su caso testimonia también el infinito viajar de Magris.

Hay mapas mentales asombrosos: sobre el papel, una línea dibuja el periplo geográfico de la vida. Sus accidentes. Existe un mapa de los innumerables viajes de Churchill durante la guerra contra Hitler, algunos sin explicación, todos justificados. Imaginemos la cartografía que produjo Casanova en sus andanzas. O Maigret, quien, íntimamente, trazó dibujos criminales de las entrañas de París, alcobas, oscuros patios de vecinos, antros de Montmartre. Pensemos en el tesoro oculto (de Stevenson), el mito era el mapa. ¿Y el cuerpo de Justine, la de Sade, acaso no lo fue, de igual forma, en las lecturas solapadas de juventud? Ahí al alcance, alambicado hasta su futura condena, exhausto como la ruta de la seda.

Se ha insinuado hasta la insolencia que Marco Polo no vio la Gran Muralla y que quizás tampoco sus ojos se plantaron en todas las maravillas relatadas en Il Milione sobre el reino del Gran Kan. Esa afición de los amantes de la verosimilitud, quienes nunca han osado emprender travesías comparables a las de Jim Hawkins, Little Nemo, Peter Pan o la absurda Alicia, quien anuncia un antimapa:

“Había comprado un gran mapa del mar,

ni un solo vestigio de tierra.

Y toda la tripulación estaba feliz al ver que era

un mapa que todos entendían.”

No sólo la tierra, incluso sus problemas y distracciones, me baso en el magnífico ensayo de Simon Garfield (On the map). Mapas de la peste medieval, de las calles más peligrosas de Londres durante el siglo XIX, de las heladerías de Roma, de la censura en Asia o de los canales de Marte. O de las cincuenta islas remotas a las que Judith Schalansky confiesa que nunca irá, Fangataufa (en Polinesia), Soledad (en el Mar de Kara). Está, luego, el más trascendental mapa, el que no refiere tanto el erotismo de la aventura como la pérdida, el documento inmaculado que los años van dibujando en las personas, cito a Edward Thomas:

“Ningún viajero ha descansado nunca

con tanta paz como hay en este instante,

entre dos vidas, cuando las estrellas

y la penumbra esconden lo que nunca ha sido,

lo mejor o más alto que cuanto pueda ser.”

Una cosa fascista

Hay una crónica sobre la vuelta al país ampurdanés, tras la casi definitiva derrota del ejército republicano. Representó para su autor una pieza periodística importante. Fue publicada por La Vanguardia el día 10 de febrero de 1939 bajo el título Retorno sentimental de un catalán a Gerona y está firmada por José Pla. Un aire naturalista, letras de costumbres, paisaje, gentes como adornos, cultura, nuestro moralista afrancesado más notable. Notabilísimo. Luego hay una posición política del autor. En mí no despierta mucho interés comparándola al lenguaje, a las maneras suaves, abiertas, ejemplarizantes de su literatura.

En todo caso, y por no dejar tantos hilos sueltos: José o Josep (tanto da) Pla comenzó su carrera escribiente impulsado por Cambó, cubrió como periodista internacional (al amparo de Macià) la marcia su Roma (1922), quizás entrevistara a Hitler junto a Eugeni Xammar y estuvo en la Rusia revolucionaria durante un mes para relatar aquel proceso histórico. Al servicio o no de Cambó –de corazón, se ha dicho, asistió al entierro de José Antonio Primo de Rivera- publicó escritos en órganos vinculados a las derechas españolas y catalanas. Fue ferviente anticomunista, es este el dato menos discutible sobre las ideas políticas del gran ironista catalán.

Esa crónica ampurdanesa, belleza acre. Describe una situación desastrosa y, para el autor, también esperanzadora: las heridas, pero el fin de la guerra. La victoria. No alumbra sensiblería, morbosidad, dos amenazas del periodismo prebélico, bélico y postbélico. Siempre nos hallamos entre guerras o en ellas, ley irrefutable. Está el poema de carne lacerante, aquellos combatientes ya rendidos que desfilaban por la carretera y a los que Pla afea una carencia en absoluto honrosa, de anteriores batallas románticas, “la mirada altiva y soberbia del vencido auténtico”. Están los payeses, “tradición eterna del país”, resistentes a las “locuras anarco-comunistas” del gobierno Negrín. Está el deseo, acaso ya imposible, de los largos paseos vespertinos con el párroco o el farmacéutico del pueblo “hablando de las cosas de siempre”. El anhelo de la paz, del retorno a la vida insulsa, aunque los altares barrocos, carbonizados, los camposantos profanados, despiertan tristezas y dudas del todo inevitables, íntimas al género humano. Gerona, donde el autor estudió el bachillerato, donde descubrió a Santo Tomás, a Kant y a Schopenhauer, es un campamento. Y otro pesimismo, losa en su obra posterior, la “buena cocina clásica, concreta y antigua que se va ya perdiendo”.

Es pertinente insistir, maravillas de nuestro momento histórico, en que Pla no fue un autor ni, tampoco, un hombre ideologizado. La actual erótica política, tan sensiblera, en el caso de leerle, sufriría reacciones indeseadas y quién sabe si también deseables. Pero leer es una actividad ya casi desterrada y el género humano se complace en una libertad que ni los más jactanciosos moralistas hubieran imaginado. Pla fue una persona de gustos mayores: el olor de la hierba fresca bajo sus narices y las sardinas azules que traía la corriente fría del Golfo de León hasta la Costa Brava. Su figura, representatividad, ha permanecido, felizmente, tan alejada de un franquismo militante, Iglesia de por medio, como ajena al catalanismo, digamos, pujolista; o al divino de izquierdas, para quien nunca dejó de ser un franquista imperdonable. Más o menos.