Un virus para la posverdad (II)

(Ilustración de Fernando Krahn)

Segunda semana de pandemia, si bien queda meridianamente diáfano que el COVID-19, en su vertiginosa vuelta al mundo, se había paseado por España con anterioridad. La temperatura política, tradición que nunca abandonamos en esta tierra de reyes, va en aumento conforme la enfermedad destapa con crueldad la fragilidad humana y las capacidades intelectuales de quienes nos gobiernan. No así sus irrefrenables raptos dionisíacos. El presidente Sánchez, desde aquel iracundo Consejo de Ministros que decidió el estado de alarma, toma por hábito una indecorosa impuntualidad en sus apariciones televisivas. Como esas estrellas rutilantes de Hollywood, demora la cita, mientras los ibéricos, en sus domicilios, entre veloces visitas al cuarto de baño, una carrera a la nevera a por una cervecita o un cigarrillo rápido en el balcón sospechan algún anuncio importantísimo. Pero no, el presidente, a la par que impuntual (esas formas) se ha convertido ya, con sus cálidas y dilatadas charlas, en un miembro más de la gran familia hispana: mientras habla, el lapso sentados en el retrete se alarga, la nevera ofrece más información que su charla y el hilo azul de los cigarrillos, al negro fresco de la noche, dibuja el cielo serenamente. 

La cifra de finados y de enfermos se mezcla, como un torbellino de ansiedades, temores y buenos sentimientos, con la talla de nuestros representantes públicos. No vivimos tiempos gloriosos, a los dirigentes me refiero, mezclados en cuitas y cálculos miserables, sonrojante camarilla aplaudida por el periodismo mezquino. Hobbes afirmó que “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Me parece que la frase cobra un sentido fuerte hoy, del mismo modo que sugiere la cuestión de si los gobernantes veían la verdad antes de que fuera demasiado tarde. O si alguna vez la verán. En el lado bueno están quienes de manera ejemplar sostienen, momentos ásperos y tristes, la civilización, este común acuerdo, sus viejas columnas. Habrá, quizás, un frenesí de heridas morales no cerradas, un debe y un haber a revisar, cuando todo haya acabado, en la posguerra que se anuncia muy difícil. Cuando España, la de los honrosos médicos, enfermeros, soldados, barrenderos, camioneros, agricultores, ganaderos, empresarios, policías y un largo demás pueda mandar a sus casas a las huestes de la demagogia. Estos incapaces, hijos de la picaresca, que tanta fama, dinero y poder acumulan desde la ya lejana crisis de 2008.

Hay estampas de divergente tono. Donde habito (Barcelona) y en un orden zoológico menor, pintoresco, algunos jabalíes comienzan a bajar desde la montaña de Collserola para colonizar una ciudad vacía. Esta semana se vio a un magnífico ejemplar paseando por la Diagonal, imagen nueva que substituye a abogados en corbata y a señoras que han quedado con las amigas para tomar un gin & tonic en alguna terraza. También subrayo, alegre, la progresiva extinción de las colúmbidas, aves detestables. Es esta pequeña alegría una vorágine de la posverdad: todo paradigma tiene su romanticismo. 

Volviendo al homo sapiens, la alcaldesa de Guayaquil, señora doña Cynthia Viteri, ha surgido al mundo noticioso peleando por ganarse un lugar en el altar del postruismo: impidió con malas artes y redes sociales (espacio divino de la posverdad) que un avión aterrizara en su ciudad para repatriar a compatriotas nuestros. Puso incluso en peligro la vida de la tripulación cuando ordenó ocupar con vehículos la pista del aeropuerto. La muesca moral del episodio no tiene mucha discusión; en cuanto al mecanismo -lo que lo hace funcionar políticamente- no tengamos tampoco dudas: vivimos en el régimen que es fruto corrupto de lo posmoderno, que ya es decir. En palabras de Ferraris, impera “la estetización de la política, su popularización (la política debe tratarse con las masas, exaltarlas, persuadirlas)”. El miedo es, en cualquier caso, un viejo recurso para la finalidad (espuria) del populista. Culturalmente, el COVID-19 puede ser al siglo veintiuno lo que la Gran Guerra fue al largo diecinueve: el epílogo de un mundo conocido. 

La patria y las tostadas

Quedo con un amigo atildado en un nuevo café, esos establecimientos que imitan a los antiguos, ya cerrados. Se echa de bruces sobre una sensualidad y pide cuantas cosas ve, saladas, dulces, líquidas, cremosas, obscenas como el biberón (café y leche condensada). Desafecto a ingestas matinales, pido un americano con hielo y sin azúcar. Observo, entre madalenas, zumo y cereales estalinistas, dos tostadas con tomate, aceite y sal. Atribulado, mi compañía dice que el metafísico orgullo respecto al pa amb tomàquet es otro de esos abusos de la conciencia, catalanes somos.

Ahora, cuando alguien se manifiesta en tales términos, los barceloneses miramos instintivamente a nuestro alrededor, una rápida revista a los humanos más cercanos. Entiendo que es una fase primitiva de estado de natural alerta, comprobar el terreno, algún gesto de desaprobación. Digamos que hay un ambiente propicio a la polémica entre desconocidos, y lo digo por ciertas experiencias, desagradables, que he vivido y otro día contaré.

De vuelta a las tostadas, creo, sin embargo, que la patria íntima, incluso los oscuros deseos, pueden sustentarse en una humilde rebanada de pan, y que todo lo demás es tan bonito y cruel como huidizo. Ya no tenemos a una Isabel La Católica, ni tampoco a un Erasmo de quien enamorarnos. Sólo al caudillo Fukuyama, ese desalmado que nos dejó sin historia. En Europa, el patriotismo se mide, algunos piensan que por fortuna, con lo que cabe en un plato. En España también, aunque hay diferentes grados de afectación. Una medida de lo que ha sido y es Madrid, normativa, sentimentalmente, sería su exitosa importación del pa amb tomàquet, que allí denominan pantumaca (no es una divinidad inca). En cuanto a mi querido amigo, sigue comiendo y argumentándose: “en Italia hacen tostadas con tomate mucho mejores que las catalanas”. Y, bueno, es una verdad relativa, con perdón de los puritanos de la certeza: los transalpinos, que las llaman bruschette, cortan a cuchillo el tomate maduro y lo versan sobre el pan, con aceite, sal y, a veces, albahaca fresca. Yo las he probado trascendentes, cubiertas con finísimas láminas de panceta de cerdo tibias, sudorosas.

Sueño de una noche de verano

Anoche, en Barcelona, nos dieron veintiséis grados con humedad del ochenta por cien, una suerte de fiebre a orillas del Mediterráneo, que más bien parecía el Mekong. Tuve un sueño, versaba sobre la inmortalidad. Me asusté porque apareció de improviso el señor Hobbes y dijo: “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Estuvo un rato mirándome, hasta que se marchó con viento fresco. Era un pañuelo de hilo lavado cien mil veces, acariciado por una vida en marcha que nunca se detenía. Después de eso, unos turistas de calidad que pasaban por la calle gritando me despertaron. Salté de la cama, fui hasta la cocina, abrí la nevera y bebí un agua profunda. Luego me senté y vi sobre la mesa un catálogo de Ikea. No lo abrí porque continuaba Hobbes por allí, o eso me pareció. Quizás fuera mi asistenta. Qué existencia rara, adornos, la colección de manías, los adjetivos picantes, es lo que pensé retrospectivamente sobre mi paseo terrenal. Después de unos minutos transitando por el comedor, encontré la siguiente frase, y me pareció suficiente:

«Esa forma moderna de justicia que llamamos historia universal [que] exige que no se quede fuera de ella nada de lo que hacemos, pues hasta lo más idiota nos parece que consiste precisamente en hacer historia”.

(Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de los ismos, Siruela, Madrid, 2006)

Ruego a mis lectores perdón, esta ola de calor produce monstruos.