La derecha (y una nota final)

Al momento que escribo estas frases, España sigue con sus juegos antagónicos. Los restos de Franco descansan en el Valle de los Caídos y la Tercera República española habita en los corazones de una ruidosa minoría de compatriotas. Es decir, la temperatura política se circunscribe a renglones de realismo mágico. Podría ser inspiración para un gran poema con un fantasma a caballo (el general) y un régimen de ensoñaciones (la república de nunca jamás). Así todo, como pesado referente, parecería que Francisco Franco Bahamonde inventara en España esa cosa singular llamada “derecha”. Pero esto no fue exactamente así. Veamos. El misterio de la derecha residió en Cánovas; en otro general, Primo de Ribera; también en el prosista Conde de Foxá y en el empresario Cambó; en el sable de Sanjurjo y, líquido, en las lágrimas de Arias Navarro. Una familia política, digamos, peculiar. Además, toda la tinta del ABC, al menos durante cien años, es río por donde han navegado esa y otras derechas. Como la febrícula fascista que representó Jose Antonio, las crónicas de postguerra de Pla o las finas letras andaluzas de un Pemán. Todos ellos, tan dispares, podrían representar lo que se ha venido en denominar “hombres de orden”. Y algunos tan solo fueron “reaccionarios”, surgidos de la comparación con las izquierdas republicanas y sus fantásticos desórdenes. 

Muerto el dictador, principal depositario de sus esencias, la derecha quedó representada en la figura de Fraga Iribarne, activo hombre a quien no dolía en prendas presentar en sociedad al jefe de los comunistas o mimar a las corrientes democristianas del moribundo régimen. Hasta Aznar, y con él, las muecas ideológicas del conservadurismo fueron renovándose poco. Permanecía esa inmortal estampa del “español de bien”, sus raigambres e imágenes distópicas, estas mayoritariamente ingeniadas por la izquierda. Surgió con Aznar, así, un orgullo conservador, patriótico. Pero la política es retorcida y aquel orgullo quedó atrapado en mil dificultades, también en los problemas comunicativos del personaje. En cualquier caso, la iniciativa FAES (think tank) indicaba que al fin alguien en el conservadurismo español había identificado el problema: la falta de creatividad intelectual. Tradicional dejadez hispana, el barroquismo de ir cada uno a su aire, reino poblado de reyes. Por más que un editor catalán (Vallcorba) editara profusamente a Chesterton y que Gregorio Luri (La imaginación conservadora) ilumine hoy una historia muy poco reconocida.

Si exceptuamos al ultramontano Blas Piñar y a los nacionalismos periféricos (con sus dinámicas propias), el Partido Popular monopolizó durante cuarenta años la voz y acción de la derecha española. Ocurrió así hasta el segundo mandato Rajoy, conservador de viejo estilo. Este monopolio excluía un tipo de discurso que, en Europa, ya se producía con cierta soltura desde hacía dos décadas. A saber, el reencuentro con la noción cristiano-nacionalista. Un ejemplo notable sería el Frente Nacional en Francia. La reciente aparición de VOX hace aflorar la actual guerra civil conservadora. Una atomización (Rivera también está en liza) que nos muestra un territorio de confusas fronteras y vagos principios. 

La derecha es un espacio de poder, pero sus moradores y pretendientes tienen poco interés en amueblarlo. No digamos decorarlo, apelo a Scruton. En algunas conversaciones que he mantenido con personas situadas en tal espectro político, se ha hecho siempre el silencio al llegar al tema de la cultura. El problema bascula entre un completo reduccionismo y una extraordinaria distancia. No ocurre así a la izquierda, que entendió y entiende muy bien esta cuestión (el PSOE de González respecto a la Movida o el PSC de Maragall en la Barcelona del cómic son dos ejemplos). La derecha, o sus generales, siguen ignorando la cultura, reduciéndola a un conjunto de cosas bellas (o singularidades) que no molestan. Es esta una asignatura, identificar sus manifestaciones, asimilar contenidos, articularse con las herramientas que ofrece, particularmente, la acción cultural.

(Columna publicada en Ok Diario)

La bodega y la revolución

 

Hace unos años, sería antes del procés, entré en Quimet, una oscura bodega del barrio de Gracia. Son estas instituciones del todo barcelonesas. Abarrotadas los fines de semana con el canónico vermut familiar, en los días comunes hacen caja con cuatro parroquianos y las señoras que compran vi blanc del Penedés para cocinar. Todavía quedan unas cuantas con solera. Solían estar regentadas por un viejo matrimonio (ella ineluctable bata azul de cuadros, él de calle) que vivía en la parte trasera del local, y, como disponían de cocina, uno podía embaularse un plato de cap i pota o unas albóndigas con sepia y degustar la vieja acidez del Priorato. Desde hace tiempo, la moda ha tocado muchos de estos establecimientos con sus habituales delitos: en aquella bodega sonaba música, los camareros vestían delantal negro y al llegar a la mesa te decían “¡hola chicos!”. Asperezas del progreso.

Recuerdo haber pedido anchoas de la Escala y un vaso de cerveza. Escruté entonces el ambiente. A unas mesas, un púber gritaba, excitadas sus imbecilidades de púber por el alcohol, en medio de un ritual que sólo los más crédulos denominarían conversación: ¡No me quiero morir sin ‘mi revolución’! Instintivamente, miré mis zapatos Santoni. Su piel había acumulado, por el uso, el exacto y deseable primor, aquel del cual los viejos ingleses hicieron un propósito grave. La voz aguda del pimpollo, el atropello de tópicos, la atribulada necedad, trajeron a mi mente una conexión resolutiva: la punta del zapato derecho y el culo insurrecto. Probé las anchoas, ajamonadas (Pla se hubiera ofendido, a la manera suave de un ampurdanés) y acabé la cerveza. Cuando salí por la desvencijada puerta, todavía los cristales adornados de adhesivos de La Casera y Estrella Damm, el púber proseguía la anhelada revolución, ya en su entelequia subido a una bicicleta municipal (nada de caballos) y atropellando burgueses encorbatados, u oficinistas, con tal que llevaran corbata.

Recuerdo esta anécdota y al maestro F. Furet: un hilo de la historia, de la cultura política, reproduce tal tipo de escenas y palpitaciones, el moho estético de un Marat, o del Che. La lista de héroes es abultada, también sus millones de víctimas. Sí, la gran revolución fue, en cualquier modo, una gran matanza (hay muy pocas revoluciones civilizadas), inaugural de una fértil época ideológica. Presuntamente finalizada en 1989. Una reunión de mocosos borrachos no es el fin de nada, pero podría ser el principio de algo. Las capacidades del ser humano, en sociedad, son inmensas. Lo ponía, con ironía, Woody Allen en boca de uno de sus mejores personajes, el inefable Harry: “Los récords están para ser superados”, referencia al último holocausto.

Llegando a la calle Balmes, que siempre me salva de los pesimismos, evoco el procés, todos sus días gloriosos, la cárcel y las fugas; y el juicio de estos días. ¿En qué andará hoy nuestro héroe revolucionario de vino agrio de bodega? Miren, voy a ser secamente optimista: a pesar del enorme precio, el procés habrá servido para darles una revolución a todos esos torrentes de natural subversión adolescente y, después, para plantarles un bofetón colmado de realidad. Transitarán el resto de sus vidas con el debido sosiego. Sosiego en ellos, en los hombres con corbata, en las bodegas supervivientes. Ah, y, cómo no, paz para mis espléndidos zapatos Santoni.

Una cosa fascista

Hay una crónica sobre la vuelta al país ampurdanés, tras la casi definitiva derrota del ejército republicano. Representó para su autor una pieza periodística importante. Fue publicada por La Vanguardia el día 10 de febrero de 1939 bajo el título Retorno sentimental de un catalán a Gerona y está firmada por José Pla. Un aire naturalista, letras de costumbres, paisaje, gentes como adornos, cultura, nuestro moralista afrancesado más notable. Notabilísimo. Luego hay una posición política del autor. En mí no despierta mucho interés comparándola al lenguaje, a las maneras suaves, abiertas, ejemplarizantes de su literatura.

En todo caso, y por no dejar tantos hilos sueltos: José o Josep (tanto da) Pla comenzó su carrera escribiente impulsado por Cambó, cubrió como periodista internacional (al amparo de Macià) la marcia su Roma (1922), quizás entrevistara a Hitler junto a Eugeni Xammar y estuvo en la Rusia revolucionaria durante un mes para relatar aquel proceso histórico. Al servicio o no de Cambó –de corazón, se ha dicho, asistió al entierro de José Antonio Primo de Rivera- publicó escritos en órganos vinculados a las derechas españolas y catalanas. Fue ferviente anticomunista, es este el dato menos discutible sobre las ideas políticas del gran ironista catalán.

Esa crónica ampurdanesa, belleza acre. Describe una situación desastrosa y, para el autor, también esperanzadora: las heridas, pero el fin de la guerra. La victoria. No alumbra sensiblería, morbosidad, dos amenazas del periodismo prebélico, bélico y postbélico. Siempre nos hallamos entre guerras o en ellas, ley irrefutable. Está el poema de carne lacerante, aquellos combatientes ya rendidos que desfilaban por la carretera y a los que Pla afea una carencia en absoluto honrosa, de anteriores batallas románticas, “la mirada altiva y soberbia del vencido auténtico”. Están los payeses, “tradición eterna del país”, resistentes a las “locuras anarco-comunistas” del gobierno Negrín. Está el deseo, acaso ya imposible, de los largos paseos vespertinos con el párroco o el farmacéutico del pueblo “hablando de las cosas de siempre”. El anhelo de la paz, del retorno a la vida insulsa, aunque los altares barrocos, carbonizados, los camposantos profanados, despiertan tristezas y dudas del todo inevitables, íntimas al género humano. Gerona, donde el autor estudió el bachillerato, donde descubrió a Santo Tomás, a Kant y a Schopenhauer, es un campamento. Y otro pesimismo, losa en su obra posterior, la “buena cocina clásica, concreta y antigua que se va ya perdiendo”.

Es pertinente insistir, maravillas de nuestro momento histórico, en que Pla no fue un autor ni, tampoco, un hombre ideologizado. La actual erótica política, tan sensiblera, en el caso de leerle, sufriría reacciones indeseadas y quién sabe si también deseables. Pero leer es una actividad ya casi desterrada y el género humano se complace en una libertad que ni los más jactanciosos moralistas hubieran imaginado. Pla fue una persona de gustos mayores: el olor de la hierba fresca bajo sus narices y las sardinas azules que traía la corriente fría del Golfo de León hasta la Costa Brava. Su figura, representatividad, ha permanecido, felizmente, tan alejada de un franquismo militante, Iglesia de por medio, como ajena al catalanismo, digamos, pujolista; o al divino de izquierdas, para quien nunca dejó de ser un franquista imperdonable. Más o menos.

Una resaca moral

Hay personas que celebran enlaces envenenados, y eso que existe hace décadas el divorcio, incluso la separación de bienes. Hay pueblos que celebran derrotas centenarias, ellos se las verán con la melancolía. Incluso la ONU celebra el día Internacional de la Felicidad (20 de marzo). Diría Evelyn Waught, con placer, que el mundo naufraga en celebraciones.

Día 12 de septiembre, post Diada. Barcelona amanece con un tráfico algo abotargado, sin la exultante chispa que se presupone en una gran ciudad. Parece que los conductores arrastran una considerable resaca. Los neumáticos pisan sin brío el asfalto que ayer sostuvo a una multitud contra algunos principios morales. Resalto una fotografía de Arnaldo Otegui con niños y sus padres sonriendo.

En mi particular, festejo este día siguiente como puedo, frugalmente. Llamo a las puertas de una nostalgia, la Barcelona que se evapora entre ardores xenófobos, irredentistas, austracistas, filoetarras, neocomunistas, padanos, qué se yo. El arquetipo barcelonés soporta una claudicación: cualquier cosa menos discutir con el vecino. Luego, cuando las santas paredes nos protejan y no pueda oírnos, ya lo pondremos verde. Hago, por tanto, como si ayer nada hubiese acaecido. Como si aquel aquelarre en que la moral ardía no se hubiera producido.

Me incrusto en la barra de un bar donde sirven una tapa que me subyuga: sepia diminuta -si no es así, este animal resulta incomestible; hay letras enfáticas de Pla al respecto-, salteada en su tinta con unos trocitos de patata cocida. Nada más. Todas las cosas importantes que se han dicho sobre la simplicidad, su encanto a la manera de aquella mar de Alberti o del borrico de Juan Ramón Jiménez o, intentando ser más precisos, a la manera de la pintura japonesa suiboku-ga, pueden resumirse en este discreto cefalópodo, armado de negra tinta, cortejado por unas humildes patatas.

Al cabo de dos horas, atisbo la calle. El tráfico revive, la ciudad se refunda en un ultrajado orden. Mi estatus político no ha mudado de condición. Senyora, no fotem!, le dijo el presidente del F. C. Barcelona, Narcís de Carreras, a la mujer del ministro de Gobernación cuando ésta le felicitó por un triunfo frente al Real Madrid: Le felicito porque Barcelona también es España, ¿verdad?.

Los ánimos repuestos gracias a la sepia y a una botella de Milmanda, extraordinario chardonnay que une el Penedés con el Nuevo Mundo. La moral, lastimada, se refugia en todo individuo, su domicilio natural. Que cada cual lama sus heridas.

Azucaramiento barcelonés

El barcelonés ilumina una suerte de teatralidad que hubiera gustado (aventuro) a Erving Goffman. Escuelas de la dulce sensibilidad, el disimulo, un flujo de susceptibilidad y la elusión de cualquier conflicto. Estos elementos explicarían que el barcelonés tipo puede hoy apuntarse a una opinión pública y mañana a otra de signo contrario. Sin problemas de coherencia. De todos los trazos característicos, la azucarada sensibilidad me conmueve especialmente. Y tiene implicaciones políticas.

Noble Ensanche. Cae una tarde de acerada luz, los estertores del infierno estival. Vuelve a la ciudad un carácter, un cierto orden. Tengo enfrente a los hijos de mi amigo Armand Carabén, juegan en un parque homologado. El padre pierde a sus vástagos de vista -hay un elixir encerrado en vidrio delante mismo-, y entonces dice no soportar el reinado de sentimentalismo instaurado en la sociedad barcelonesa, acaso catalana, acaso mundial. Yerra quien pueda suponer que la política, el procés en nuestro caso, es ajeno a tal reinado. La televisión, ese amplificador, recoge el fenómeno: una suerte de relato emocionado que se confunde con humanismo naif, progresía en zapatillas (ah, el ámbito doméstico, donde todas las cosas ocurren) y regeneracionismo perenne.

La televisión, decía, descifra al espectador a través de dramas pavorosos. Es algo más que la tradicional sensiblería, encantadora, de mesa camilla y crimen pasional; es una suerte de género de sucesos mezclado con responsabilidad social. Una politización corrosiva. Y sobre todo muy pesada. Los barceloneses hemos sido mecidos hace lustros en tales amores. Lo que nos faltaba. Por eso salió elegida esta alcaldesa, por un cálculo del todo sensiblero. También coherente. Y por eso hubo tantas esteladas, que alteraron la percepción de una Barcelona cosmopolita.

Echando la vista atrás, creo haber encontrado (¡aleluya!) el origen del procés, el Santo Grial (nada de sentencias del Constitucional). Fue un programa televisivo en que un conejo obeso, de nombre Carlitus (nótese la sofisticación semántica), debía ser sometido a una operación a vida o muerte. Todo el mundo en vilo durante semanas. En Madrid esto no se comprendería. Carlitus, el conejo obeso y azotado por un cruel enemigo (la injusticia), era la patria de todos y de cada uno. Así comenzó el procés. Creo que Pla hablaba de eso, de un terreno emocional idóneo.

Mi amigo Armand ha pedido otro elixir. Los niños siguen deslizándose tobogán abajo, es una imagen agradable de la caída, lenta, satinada, inevitable.