¿Qué diablos le pasa a la izquierda?

Una señora de muchas lecturas y en absoluto conservadora me dijo un día que yo le había echado un cable al franquismo por escribir que “Franco fue un gobernante muy popular”. En el antifranquismo sin franquismo hay un aspecto melancólico, e incluso podría haber un principio freudiano. Archivé para mis adentros que echarle un cable a un régimen muerto hace cuarenta años tenía gracia. Así, ¿de qué manera, dotado de qué extraordinario vigor pudiera reflotar, por ejemplo, el hundido Imperio Austrohúngaro? Escribir para resucitar. Pero no a Franco, a quien no guardo ninguna simpatía, sino a Francisco I.

Los muertos, los imperios y los regímenes extinguidos solo resucitan en la fantasía o las películas, podría haber contestado a mi querida señora. Pero nunca lo hice porque la severidad requiere tiempo y sosiego. De hecho, no existe nada tan severo como el tiempo. A ningún historiador puede sorprender que un gobernante, dictador o autócrata que ostenta tantas décadas el poder haya gozado en alguna época de cierta popularidad. Ocurrió, por ejemplo, con Nicolae Ceaucescu, a quien el pueblo adoraba en los años sesenta y después acabó detestando como se detesta a un padre sobre el que hemos descubierto un terrible secreto.

Esta indisposición sobrevenida de la izquierda respecto a Franco es impostura. Tiene relación con ciertas expectativas, con la aspiración al poder. Nada que ver con justicias históricas ni urgentes conquistas sociales, aunque el discurso insista en tales elementos. Tampoco con una súbita afición por la Historia: de otros episodios, como la dictadura de Primo de Rivera, en la que el PSOE colaboró, nadie se acuerda. Del mismo modo, conviene omitir el nefasto papel del socialismo (Largo Caballero) durante la República y la Guerra Civil. Un uso grosero (y consuetudinario) del pasado. Por lo que atañe a las grandes conquistas sociales, el trabajo está acabado. El Estado social europeo es viejo; incluso vetusto, en naciones como Francia. Ya en el siglo XIX, Bismarck y el positivismo burgués hicieron mucho más por las clases bajas que Marx, Engels y todo el ejército anglosajón de frikis igualitaristas. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la izquierda dominante (comunismo) se presentó alternativa revolucionaria al Estado burgués. También en España. Si bien nuestra particular guerra civil dejó esas opciones fuera del juego político, durante cuarenta años. Y Franco, favorecido por la dinámica de la Guerra Fría, hizo su Estado social. En democracia, el PSOE significó la revancha, pero bajo la forma socialdemócrata, por supuesto antirrevolucionaria. Los socialistas de Felipe González prefirieron así olvidarse del general que (todavía) guarda reposo en el Valle de los Caídos.

Tras la caída del muro de Berlín y muerte del modelo socialista real, la lenta reacción de la izquierda fue ir moviendo su discurso hacia terrenos de sentimentalismo pop, algo que ya había abonado Foucault: las identidades, la condición sexual; o los pobres animales y plantas que se mueren por culpa del capitalismo y sus exigencias. A esta corriente mundial se suma el fenómeno (local) de la nostalgia por Franco. Pero el cinismo pseudo-revolucionario comienza a encantarse. Y, sin duda, se encallará. Mientras, la derecha, a remolque cultural, participa también de la histeria igualitarista. Todo esto ocurre en un mundo al galope sobre la inconsistencia intelectual. Un Occidente fatuo, hechizado con ciertas boberías. Entretenido en un aquelarre de imbecilidades mientras el salón sigue ardiendo. Interesa persuadir al votante de que el fantasma del caudillo continúa habitando despachos, instituciones y palacios de este país. Al menos hasta que Sánchez asegure la poltrona.

Nota publicada en Ok Diario: https://okdiario.com/opinion/que-diablos-pasa-izquierda-4510440

España en proceso

Ya tenemos a Sánchez midiéndose presidente, después de un sinfín de reuniones y conversaciones telefónicas ocultas al pueblo, por el pueblo y todo por el pueblo. Se denominan negociaciones y amparan detalles de naturaleza prosaica, trozos de la tarta que son los presupuestos del Estado. Podemos seguir leyendo a Galdós en sus Episodios Nacionales y tener la certeza de que la vieja nación conserva la salud de siempre.

Las debilidades del nuevo tiempo político (erosión del bipartidismo) son fortalezas en unos pocos, indispensables para la investidura del líder socialista. En tal pomposa circunstancia, tenemos a lo más granado de la España que se aborrece, una manera agotadora y muy antigua de ser español. Iglesias se pone estupendo, semblante grave ante la mirada de la Historia. Quiere despachos ministeriales para salvarnos de tantos peligros que acechan a la nación. Así de desmedido tiene el ego el muchacho. Luego, los nacionalismos periféricos (incluso el más activo y criminal en el propósito de un terruño limpio de compatriotas refractarios e invasores españoles) arriman el ascua a su sardina gracias a Sánchez. Estos proponen también una salvación, pero limitada a la pequeña patria (País Vasco, Cataluña).

En el terreno de las cábalas, se habla y escribe ya sobre los posibles ministros del futuro gobierno. Leo hoy que suena un tal Gerardo Pisarello, argentino y durante años mano derecha del “mal menor” Colau. Para los barceloneses, este personaje tiene un retrato fijo en la reciente historia de la ciudad: absoluta incapacidad de gestión unida a la más escandalosa de las perezas. Hay del mismo modo una fotografía que complementa el retrato, cuando Gerardo forcejeó con el concejal Alberto Fernández Díaz para evitar que la bandera de España luciera en el balcón consistorial. Es un extraño modo de agradecimiento al país que te ha acogido. En esa misma imagen una estelada ondeaba sin causarle a Pisarello ninguna reacción. Sí, queridos lectores, Podemos y sus sucursales (en este caso Barcelona en Comú de Colau) han percibido siempre en el procés una oportunidad. Una energía que entronca con la motivación primera de su fundación como partido: el derrocamiento del régimen constitucional.

En efecto, si el proceso catalán posee unas características estéticas, unas modulaciones propias, también ofrece oportunidades más allá del Ebro. En la tesitura actual, se está produciendo su traslación al conjunto del país, vía Podemos y los socialistas. Aunque los promotores y financiadores del procés no lograron su objetivo último (la independencia de Cataluña), sí han conseguido el objetivo secundario, y no es poco: la desestabilización del régimen vigente. Algo que está en la erótica fundacional de Podemos. Sin eludir suculentas partidas presupuestarias (seguimos en Galdós).

Que sea el partido socialista quien vaya a liderar este episodio ibérico no me parece inverosímil. Tampoco incoherente. Algunos se rasgan las palabras recordando el orden y la lealtad institucional de la etapa González comparándolo a lo de ahora. Pero hay que, simplemente, hacer un suave ejercicio de memoria histórica. Estos son los tiempos y las solvencias del PSOE a lo largo de su historia: el tiempo del marxismo clásico de su fundador; el de colaboración con el Régimen de Primo de Rivera; el populista republicano de Largo Caballero; el del silencio sepulcral en la Dictadura de Franco; el socialdemócrata de la Transición con Felipe; el postmoderno de Zapatero y éste último neopopulista de Sánchez. Toda una hoja de servicios a la nación.

Columna publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/espana-proceso-4407309