Apuntes electorales (V)

(Enric Satué)

Siete días apuntando las cosas de los políticos, y qué semana, señores. Este puede ser el proceso electoral más extraño de nuestra historia, si exceptuamos aquellas (fraudulentas) elecciones municipales de 1931 que hicieron caer la monarquía. Tiene el momento un tufo a cadáveres inmemoriales, regeneración por vía del historicismo más bobo. El general Franco ha salido de su tumba a petición del PSOE. La violencia catalanista se apodera de Barcelona, homenaje a Companys. Las izquierdas radicales aprovechan la coyuntura para su entretenimiento ideológico predilecto (sean las circunstancias las que sean): reprochar que la policía haga su trabajo. Hasta qué punto esta nueva izquierda ha quedado reducida a bufonada lo demuestra la afectación de actor de relleno. El procés y su derivada violenta resulta fascinante para quien tiene enquistada la idea más funesta (negra leyenda propia) de España. En otro lado del Reino (la pequeña Europa), parece que la derecha de las tradiciones y singularidad hispanas ha llegado para quedarse. Lo llaman “fascismo” sólo quienes no han leído un libro sobre los años treinta y los que juegan con desechos intelectuales. En cualquier caso, el voto mayoritario expresa el deseo de orden sin llegar a ensoñaciones imperiales, según apuntan encuestas. De alguna manera, la lección política es que siempre acabamos volviendo a la patria amada, tras las aventuras. Cuánto suspira el Presidente (en funciones) por ganar treinta escaños y coronarse rey de la circunspección. El personaje Sánchez no es tanto un político gestor como una criatura a lo Mitterrand, interesada, dedicada exclusivamente al juego del poder. No deberíamos alterarnos en demasía, a pesar de las piruetas, de las palabras y fotografías de nuestro beau: las clases medias siguen ideológicamente donde deben, en el medio, el espacio señalado por Madariaga. Por otra parte, Cataluña prosigue su particular descenso a la nadería. Con un furor inaudito, aunque las fiebres catalanas resultan invariablemente pasajeras. La semana de violencia es el estertor, podrido, del procés. Perversiones del discurso populista, el fuego acabará consumiéndose como se consume la pasión, desmesura. Que el Estado existe lo demuestra la actuación del cuerpo policial catalán dando palos a la muchachada del President. O más bien a la prole de la vieja burguesía barcelonesa, que se encantaba la noche del sábado en los palcos del Liceo gritando ‘libertad’ mientras els nens perdían la virginidad en cuestiones de fogatas y carreras ante la policía. La semana, en efecto, trajo pesadumbre: desde el balcón de mi domicilio vi contenedores arder, independentistas ‘de uniforme’ (sudadera negra y capucha), ultras, leñazos, cristales rotos, turistas huyendo despavoridos de las terrazas y al chino del bazar mirando tras la persiana bajada. El fuego, purificador, podría simbolizar el fin del sentimentalismo catalán, que tiene el alma en la cartera. Decía aquel Aznar educado por Gimferrer que Cataluña se rompería antes que España. Algo así también temía (en la intimidad) Pujol, excursionista y versado conocedor de esta tierra, de ahí su obra homogeneizadora del poble català. Sin embargo, después de esta trágica semana, Cataluña volverá a los trabajos y los días, a las querellas entre elites políticas, a aquella condición orteguiana que le es propia.

La frase de la semana: “¡Fuera, fuera, fuera!” (dedicada por la turba independentista a Rufián, que tuvo que irse de la manifestación).

(Nota publicada en Ok Diario)

VOX, una hipótesis catalana

Un fantasma recorre España. Desmiente, una vez más, la excepcionalidad respecto al continente de que pendemos. Esta premisa general, ser una soberbia anomalía en la Historia, ha seducido a intelectos de toda época y ralea. Incluso Madariaga invocó la geografía -nuestra península sería un castillo inexpugnable y por tanto aislado- para ilustrar algunas dinámicas hispanas, en su magistral ensayo España. Hasta hace dos días, superado el encandilamiento podemita, nuestra última excepción era carecer de ultraderecha.

Sobre VOX se han apresurado algunos comentaristas en busca de una explicación plausible: habitaba el engendro dentro del Partido Popular (madre) y sólo su crisis lo ha emancipado (culpa de Rajoy). Luego está, un poco mejor armado y complejo, el razonamiento que mira desde más alto: por una parte, los dirigentes del socialismo se escoran a la izquierda (las bases ya lo hicieron antes); y, por otra, la cuestión catalana, enquistada. Tanto lo primero como lo segundo, excentricidades sumadas, en efecto cansan a un electorado, digamos, centrista, que vivía más tranquilo en el turnismo PSOE-PP y el oasis pujolista. Un cierto orden. 

En este sentido, el notable peso de Cataluña dentro de España (su irradiación) quedaría, también, en evidencia. El eje político observa desplazamientos y parece gravitar, en ocasiones, desde el Principado. Si aquel tripartito de Maragall (2003-2006) fue un ensayo estético, lo que vino después con Podemos y Mareas era ya la representación al público general, llámese Españas. Un programa de consumo político adaptado a los gustos diferenciales, insolentemente concéntricos, de esta pequeña Europa. Para el caso de la ultraderecha, nuevo fenómeno, podríamos inferir que su éxito andaluz tiene algo de catalán. En el detalle, Cataluña (eufemismo de Barcelona y su área metropolitana) se presentaría, futurible, como la madre de todas las batallas entre los restos de la rebelión independentista, el narcisismo inepto de Colau, los equilibristas naranjas, la cosa llamada PSC, la sorpresa Álvarez de Toledo en el maltrecho PP catalán y el turbador despegue del partido de Abascal. Sobre éste último, Iñaki Ellakuría publicó hace un tiempo un buen análisis de sus raíces y expectativas catalanas, poniendo negro sobre blanco una realidad poco conocida. Según el periodista, el núcleo de VOX en la capital catalana estaría en algunos despachos de abogados barceloneses, sector en el que contaría con bastante predicamento. 

Una observación fría, menos apremiante de lo que se acostumbra, podría incidir en la influencia cultural y política de Barcelona sobre España. Veamos sus productos comunicativos, sus estilos periodísticos y de entretenimiento. Buena porción de los formatos de éxito televisivo de las últimas dos décadas (de Crónicas Marcianas a Salvados) es barcelonesa. De igual modo, el desparpajo de una politización se ha forjado en el ejemplo de la Ciudad Condal: cargos electos que se declaran por encima de la ley, componendas de una indisimulada demagogia y, en constante desenfreno, los governs desde 2012 (ahora tenemos uno en Waterloo y otro en la plaza Sant Jaume). Espectáculo político-mediático que podríamos bautizar estilo catalán posmoderno. Aquella secular, suspirada conquista de España por parte de unas elites catalanas podría haberse cumplido, aunque con hechuras diferentes a las imaginadas. Conquista cultural formativa, triunfo de unos heterodoxos; política en permanente crisis, con sus indeseables e imprevistas consecuencias. 

La moda VOX podría interpretarse como una reacción. Reacción a esa conquista catalana y a los movimientos imitativos (bajo la marca Podemos) de su particular estilo posmoderno. Un empacho general. Desde 2012, el procés, en efecto, ha provocado una invariable miríada de descomposiciones. Y el partido que ahora atrapa a las audiencias tiene tanto de flamante contestación como de vieja osadía. Ganivet, pensando siempre en el misterio español, hablaba del “misticismo, que fue la exaltación poética, y el fanatismo, que fue la exaltación de la acción.” Nuestro intelectual era ciertamente severo, espejo de un momento histórico en que la españolidad había cabalgado sobre todas sus contradicciones. 

Quizás la comedia presenta hoy inéditos giros: en el laboratorio catalán habrá próxima función con las elecciones convocadas. No deberíamos subestimar las capacidades que nos encumbran y que nos hacen tan europeos como, por ejemplo, los alemanes. La mística de la flagelación colectiva. Lo veremos. El régimen constitucional ha visto nacer, en cualquier caso, insólitos y briosos impugnadores desde la última depresión económica, severa, que fue también crisis de confianza. Parece que, en unos cuantos y turbulentos años, haya envejecido y sufra los achaques de una decadencia. Ningún régimen español contemporáneo ha sobrevivido más de cinco décadas.