¡Hala Madrid!

(Publicado en El Mundo, 29/10/2021)

No soy futbolero, pero sí madridista voluptuoso. En un pasado pre Colau (es decir, pre bárbaro) fui, como el cronista Joaquín M. de Nadal, barcelonista apasionado. Él usaba ese término no con la actual acepción balompédica, sino para expresar que era hincha de la Cuidad Condal en tiempos en que el entramado social barcelonés brillaba esplendoroso. Ahora, dos mujeres, una iliberal y sin dotes intelectuales y otra libertaria y armada de sentido común, me han hecho cambiar las pasiones urbanitas. Aunque, ciertamente, no debería cargar las causas del abandono y del enamoramiento a esa cosa que en España llamamos política, y que podríamos en realidad considerar solipsismo nacional. Colau sería sólo un producto de estos momentos en que la catalana capital arroja las peores noticias, la más ramplona estética. Y Madrid, un lugar que concentra turgentes fascismos por los que suspiran las personas cabales: la libertad y la vida sin corsés ideológicos.

Lo dijo otro catalán (Albert Boadella): la capital del Reino es una de las ciudades europeas más interesantes. Esta afirmación fuerte se basa en la feliz circunstancia del laissez faire (et laissez passer, Madrid va de lui même) en colorida versión hispana. No resulta fácil alcanzar tal estado de gracia, se ha de cuidar el pasado, el presente y el futuro de la máquina virtuosa (civis), no manosearla mucho, pues es tremendamente delicada. El acontecimiento general, la efervescencia madrileña, tiene algo de curiosidad histórica: si en el XVIII el mejor alcalde de Madrid fue Carlos III, la mejor alcaldesa, hoy, es Isabel Díaz Ayuso.

Así las cosas, a qué barcelonés condenado a la melancolía no puede complacer, al menos dos o tres veces al año, curarse el alma con una visita mesetaria, aunque suponga advertir la incomparecencia de Barcelona en la secular competencia con la otra gran urbe española. Cuando mandaba, Maragall advirtió, cursilería propia del político catalán, que «Madrid se iba». Yo desconozco dónde querían irse el oso y su madroño, si bien puedo asegurar que la que ha acabado yéndose ha sido Barcelona, y no escribo exactamente dónde por no resultar escatológico. Madrid, entonaba el malogrado Juan Antonio Canta, «no está en un lugar/Es tu manera de vivir:/El pecho alante, la mano atrás/Porque aquí estamos y nos vamos a quedar.» Resumen de España, allí suelo cotizar en tres o cuatro lugares a los que guardo mucho aprecio. El bar Richelieu (tres dry martini), Hevia (tres dry martini y un solomillo rebozado), Casa Rafa (ensaladilla rusa) o Salvador (merluza). Lugar éste que Savarín, conde de los Andes, nombra en su guía de los años setenta como «uno de los sitios donde mejor se come en Madrid». Ya al caer la noche, entre las sombras de plaza Margaret Thatcher, nos regalamos con Hughes una sesión espiritosa que si se repite el año venidero podría comenzar a sospecharse tradición. Avisada queda la izquierda existente. ¡Hala Madrid!

Un virus para la postverdad (I)

En la mañana en que escribo esta nota, el panorama de pueblos y ciudades casi desiertos es general. El estado de alarma ha sido ampliamente obedecido. Incluso por los perseverantes lúdicos (nada sabemos de los lúbricos crónicos). Si esta es una pequeña muerte, no descontemos el fallecimiento general, flacidez estética definitiva, fin de todas las pasiones grecorromanas. Se han producido algunas aglomeraciones en ferrocarriles y metro. La imagen no altera una realidad que el sábado pasado parecía rotunda: desolación. Quizás también miedo, camarada mayor, siempre. En el transcurso de una semana los acontecimientos aparecen dispares, incoherentes. Primero, miles de personas (y autoridades) se manifestaron apretadas las filas, en Madrid. Era un ejemplo clásico de manipulación de las masas por el poder. Unos días después, episodio fantástico, la vida quedó arrancada de la calle, del bar, del restaurante, del contacto sensual con lo consuetudinario. Como si la anterior existencia, antes de la perturbación de las costumbres, hubiera sido un sueño. Este es un vocablo riguroso, porque nos sumerge en una especie de alucinación modulada, experiencia de los extraños nuevos días. De las muchedumbres reivindicativas, con miles de infectados (entre ellos, miembros del Gobierno), al decreto de alarma y la campaña de confinamiento (el populismo biempensante de “yo me quedo en casa”). Esta última circunstancia nos remite al despertar del sueño, el apremio: ¿cómo compraremos la comida y pagaremos las facturas si no acudimos a trabajar? Es lo que Boris Johnson -el inglés que recita de memoria a Homero- ha decidido hacer prevalecer, la economía, mientras los mediterráneos comenzamos a penetrar en otra misión histórica, según repiten los políticos: “ganar esta batalla”. Tengo mis dudas sobre esto último, al menos en el plazo suficiente para que España se vaya, líquida, al pozo de la historia. Para la propagación cultural del virus interviene el instrumento principal de la posverdad: las redes sociales. El sueño de la lucha contra la pandemia puede vencernos y concebir rutilantes situaciones, abajo, en la verdad que asoma aún de la civitas. El Ejecutivo pone en la calle a Ejército y policía para controlar el rumbo y destino de los transeúntes, cosa inquietante en nuestra común vida de europeos postruistas (felices homo web de la posverdad). No vierto sombra ninguna sobre las fuerzas de seguridad, son muy respetables, mucho más que un Gobierno falaz. Pero sospecho que la inoperancia intelectual de los actuales dirigentes -y la capacidad de acción que les otorga el estado de alarma- pueden traernos no ya escenas inimaginables, sino de una gravedad poco calculada.

(Nota publicada en Ok Diario)

La derecha (y una nota final)

Al momento que escribo estas frases, España sigue con sus juegos antagónicos. Los restos de Franco descansan en el Valle de los Caídos y la Tercera República española habita en los corazones de una ruidosa minoría de compatriotas. Es decir, la temperatura política se circunscribe a renglones de realismo mágico. Podría ser inspiración para un gran poema con un fantasma a caballo (el general) y un régimen de ensoñaciones (la república de nunca jamás). Así todo, como pesado referente, parecería que Francisco Franco Bahamonde inventara en España esa cosa singular llamada “derecha”. Pero esto no fue exactamente así. Veamos. El misterio de la derecha residió en Cánovas; en otro general, Primo de Ribera; también en el prosista Conde de Foxá y en el empresario Cambó; en el sable de Sanjurjo y, líquido, en las lágrimas de Arias Navarro. Una familia política, digamos, peculiar. Además, toda la tinta del ABC, al menos durante cien años, es río por donde han navegado esa y otras derechas. Como la febrícula fascista que representó Jose Antonio, las crónicas de postguerra de Pla o las finas letras andaluzas de un Pemán. Todos ellos, tan dispares, podrían representar lo que se ha venido en denominar “hombres de orden”. Y algunos tan solo fueron “reaccionarios”, surgidos de la comparación con las izquierdas republicanas y sus fantásticos desórdenes. 

Muerto el dictador, principal depositario de sus esencias, la derecha quedó representada en la figura de Fraga Iribarne, activo hombre a quien no dolía en prendas presentar en sociedad al jefe de los comunistas o mimar a las corrientes democristianas del moribundo régimen. Hasta Aznar, y con él, las muecas ideológicas del conservadurismo fueron renovándose poco. Permanecía esa inmortal estampa del “español de bien”, sus raigambres e imágenes distópicas, estas mayoritariamente ingeniadas por la izquierda. Surgió con Aznar, así, un orgullo conservador, patriótico. Pero la política es retorcida y aquel orgullo quedó atrapado en mil dificultades, también en los problemas comunicativos del personaje. En cualquier caso, la iniciativa FAES (think tank) indicaba que al fin alguien en el conservadurismo español había identificado el problema: la falta de creatividad intelectual. Tradicional dejadez hispana, el barroquismo de ir cada uno a su aire, reino poblado de reyes. Por más que un editor catalán (Vallcorba) editara profusamente a Chesterton y que Gregorio Luri (La imaginación conservadora) ilumine hoy una historia muy poco reconocida.

Si exceptuamos al ultramontano Blas Piñar y a los nacionalismos periféricos (con sus dinámicas propias), el Partido Popular monopolizó durante cuarenta años la voz y acción de la derecha española. Ocurrió así hasta el segundo mandato Rajoy, conservador de viejo estilo. Este monopolio excluía un tipo de discurso que, en Europa, ya se producía con cierta soltura desde hacía dos décadas. A saber, el reencuentro con la noción cristiano-nacionalista. Un ejemplo notable sería el Frente Nacional en Francia. La reciente aparición de VOX hace aflorar la actual guerra civil conservadora. Una atomización (Rivera también está en liza) que nos muestra un territorio de confusas fronteras y vagos principios. 

La derecha es un espacio de poder, pero sus moradores y pretendientes tienen poco interés en amueblarlo. No digamos decorarlo, apelo a Scruton. En algunas conversaciones que he mantenido con personas situadas en tal espectro político, se ha hecho siempre el silencio al llegar al tema de la cultura. El problema bascula entre un completo reduccionismo y una extraordinaria distancia. No ocurre así a la izquierda, que entendió y entiende muy bien esta cuestión (el PSOE de González respecto a la Movida o el PSC de Maragall en la Barcelona del cómic son dos ejemplos). La derecha, o sus generales, siguen ignorando la cultura, reduciéndola a un conjunto de cosas bellas (o singularidades) que no molestan. Es esta una asignatura, identificar sus manifestaciones, asimilar contenidos, articularse con las herramientas que ofrece, particularmente, la acción cultural.

(Columna publicada en Ok Diario)

Villacís en el prado, la periodista y su tweet

Los acontecimientos, de común, se complacen en la multiplicación. Serían estas derivadas, estos hijos de los hechos primeros, quienes dan un sentido afectivo, cultural si se quiere, a lo acaecido. Puede pensarse que los hechos aparecen, milagrosamente, en primera instancia. Nada más ingenuo: se deben siempre a antigüedades, a oxidaciones propias del gusto morboso.

La gracia, el clasicismo guerrero, por tanto, de cualquier cosa que suceda y sus capacidades informativas, sensuales, reluce a posteriori y en dependencia de. Se nutre de todas las fatalidades anteriores, posteriores y falaces, ideológicas, como sabemos y comprobamos a diario.

(Metodología feroz. Una piedra cae de un risco. Puede parecer algo trascendental al poético geólogo que observa con sus ojos arcaicos, su cronología deal. Sin embargo, si la piedra golpea la cabeza del campesino que justo pasaba por allí, los amantes de las pesquisas comenzarán a generar literatura. Incluso, en la circunstancia de que en el escenario se encontrara también un buitre llevado por su apetito carroñero, podría, en esta España autonómica, hallar su fama informativa como fauna nacional (catalana, al ejemplo). Y no digamos si se descubre que el campesino tiene algún asunto biográfico oscuro, afiliado a uno de esos partidos fascistas que tanto han proliferado en el parlamento.)

La constatación de que un acontecimiento se multiplica y hace historia viene a cuenta del acoso al que se vio sometida la candidata Begoña Villacís, ayer en la Pradera de San Isidro, Madrid. Y se refiere, en particular, a un comentario (tweet) que la periodista Mamen Mendizábal escribió. Decía así: “Encuentro innecesario hacer pasar este momento a Begoña Villacís. La protesta es legítima. El objetivo elegido erróneo.”

No voy a referir los detalles estéticos, fílmicos, del hecho. Están a disposición de cualquiera que disponga de un dispositivo con pantalla y red wifi. No habría, por tanto, controversia sobre cómo cayó la piedra. Lo hizo con una determinación inquebrantable, dibujando una trayectoria que, incluso para los agnósticos, resultaría indiscutible. Tampoco me apetece, por no contribuir a una saturación del lenguaje, aludir a los detalles morales. He aquí una señora, Villacís, rodeada por una turba enfurecida con el mundo. Una turba paródica del jacobinismo, la inmortalidad del manipulado y feliz. En términos y usos del Ancien Régime, el acontecimiento sería susceptible de una pintura, pero ni las turbas son ya tan cruentas, ni aquí hablamos del peso del Cielo. Villacís está en estado de buena esperanza, y esto, volviendo al primer párrafo, sí ha sido subrayado por los amantes de las pesquisas. Son los intersticios del periodismo, que Espada, por ejemplo, ha trazado con insistencia. Volvamos al tweet. “La protesta es legítima”, afirma. Mas en el video se aprecia no ya protesta huérfana de cualquier agresividad, aquellos anglosajones que caminan civilizados con un cartelito en mano y reposan a la hora del sandwich. ¿Mendizábal ha visto la filmación o percibe quizás algo que yo, humilde antiperiodista, no veo?

Sería desatino, crimen contra el romanticismo, que esta informante Mendizábal hubiera cometido un error de escritura, debido quizás al corrector político que asola a la profesión, y en lugar de escribir “protesta legítima” debiéramos leer “violencia legítima”. O igual tan solo surge aquí una perversión: “La voluntad de deprimir aquella partícula de inteligencia que alberga en todos”, en palabras de Siciliano. De lo de Eguiguren con Josu Ternera, hablaremos mañana.

(Esta nota ha sido publicada simultáneamente en el blog de Carmen Álvarez Vela: https://carmenalvarezvela.com/2019/05/16/villacis-en-el-prado-la-periodista-y-su-tweet-por-carlos-garcia-mateo-barcelonerias/)

Aquel lejano veintiuno de diciembre

El viernes, 21D, estuve paseando la zona que amo y habito, en Barcelona. Contrariamente a la presunción, en mi barrio no vi policía, fogatas o banderas victoriosas (del Caribe). Tampoco antifascistas de negro (las modas cambian una barbaridad), ni carlistas ateos y republicanos (¡pardiez!). Por no ver, no vi siquiera a los oficiales de mi notario, tan disciplinados ellos en el café y el hojaldre de crema de las once de la mañana. Ahora que pienso, quizá sí encontrara en mi paseo a algún carlista auténtico, camino a misa, teba verde olivo, cabello marmóreo y prensa decana bajo el brazo. Respecto a esto del carlismo en el siglo XXI, muletilla periodística, todas mis dudas sobre su pertinencia. El elemento histórico que me parece más afinado referir es la constante española del insurreccionalismo. De hecho, tampoco llamaría golpe de Estado a lo del pasado año, sino una rebelión jurídica, en sintonía interpretativa con el profesor Ucelay-Da Cal. Una subversión de maneras berlanguianas, por otra parte. Aquellos agitadores que salieron a la calle temían llegar a casa demasiado tarde y perderse su propia revolución, retransmitida por TV3.

La jornada del 21D publicitaba (otra) revuelta catalana. Las calles vecinas al mar se vaciaron de apocados, el asunto ya no parecía tan festivo, folclórico como antaño. Entre centenarias construcciones burguesas, una escenografía: sirenas y hombres azules con cascos y realidades (¡La república no existe, idiota!); enfrente, fenomenología de sudaderas, capuchas y consignas de un declive intelectual pavoroso. Mientras, las alturas celebraban una cumbre ‘bilateral’. La incurable sensualidad socialista. En ese amaneramiento estaba el presidente Sánchez en la Condal, visitando al homólogo Torra. Ligoteo pseudoconstitucional, aun cuando, por tradición, los señores de Palau no confunden nunca cariño con intereses; Madrid, entérese de una vez.

Al siguiente día, sábado, el grueso barcelonés cayó en la cuenta navideña y se apresuró con las compras de última hora. La resaca del 21D sería esto, reformulación del ego nacionalista por la vía del consumo feliz, consuetudinario. También por la Lotería Nacional, sorteo que embelesa incluso a los de lazo amarillo en la solapa. Dicho de otro modo, el sábado se encendieron las luces, la orquesta sonó y París volvió a ser una fiesta, aun sobre los escombros de un bochorno. 

Epílogo: 

Según Thomas Carlyle, se nace aristotélico o platónico. Puesto en palabras de José Manuel Blecua, se es recto o curvo y nada más. He aquí el péndulo de nuestro querido repertorio, también de la vida nacional. Los trances ibéricos, si prefieren. En el meridiano de la realidad, aquel lejano 21D, ningún DNI fugó de las carteras. Ciudadanos españoles a todos los efectos, teatro, violencia, afecto.

Feliz Navidad.