La derecha (y una nota final)

Al momento que escribo estas frases, España sigue con sus juegos antagónicos. Los restos de Franco descansan en el Valle de los Caídos y la Tercera República española habita en los corazones de una ruidosa minoría de compatriotas. Es decir, la temperatura política se circunscribe a renglones de realismo mágico. Podría ser inspiración para un gran poema con un fantasma a caballo (el general) y un régimen de ensoñaciones (la república de nunca jamás). Así todo, como pesado referente, parecería que Francisco Franco Bahamonde inventara en España esa cosa singular llamada “derecha”. Pero esto no fue exactamente así. Veamos. El misterio de la derecha residió en Cánovas; en otro general, Primo de Ribera; también en el prosista Conde de Foxá y en el empresario Cambó; en el sable de Sanjurjo y, líquido, en las lágrimas de Arias Navarro. Una familia política, digamos, peculiar. Además, toda la tinta del ABC, al menos durante cien años, es río por donde han navegado esa y otras derechas. Como la febrícula fascista que representó Jose Antonio, las crónicas de postguerra de Pla o las finas letras andaluzas de un Pemán. Todos ellos, tan dispares, podrían representar lo que se ha venido en denominar “hombres de orden”. Y algunos tan solo fueron “reaccionarios”, surgidos de la comparación con las izquierdas republicanas y sus fantásticos desórdenes. 

Muerto el dictador, principal depositario de sus esencias, la derecha quedó representada en la figura de Fraga Iribarne, activo hombre a quien no dolía en prendas presentar en sociedad al jefe de los comunistas o mimar a las corrientes democristianas del moribundo régimen. Hasta Aznar, y con él, las muecas ideológicas del conservadurismo fueron renovándose poco. Permanecía esa inmortal estampa del “español de bien”, sus raigambres e imágenes distópicas, estas mayoritariamente ingeniadas por la izquierda. Surgió con Aznar, así, un orgullo conservador, patriótico. Pero la política es retorcida y aquel orgullo quedó atrapado en mil dificultades, también en los problemas comunicativos del personaje. En cualquier caso, la iniciativa FAES (think tank) indicaba que al fin alguien en el conservadurismo español había identificado el problema: la falta de creatividad intelectual. Tradicional dejadez hispana, el barroquismo de ir cada uno a su aire, reino poblado de reyes. Por más que un editor catalán (Vallcorba) editara profusamente a Chesterton y que Gregorio Luri (La imaginación conservadora) ilumine hoy una historia muy poco reconocida.

Si exceptuamos al ultramontano Blas Piñar y a los nacionalismos periféricos (con sus dinámicas propias), el Partido Popular monopolizó durante cuarenta años la voz y acción de la derecha española. Ocurrió así hasta el segundo mandato Rajoy, conservador de viejo estilo. Este monopolio excluía un tipo de discurso que, en Europa, ya se producía con cierta soltura desde hacía dos décadas. A saber, el reencuentro con la noción cristiano-nacionalista. Un ejemplo notable sería el Frente Nacional en Francia. La reciente aparición de VOX hace aflorar la actual guerra civil conservadora. Una atomización (Rivera también está en liza) que nos muestra un territorio de confusas fronteras y vagos principios. 

La derecha es un espacio de poder, pero sus moradores y pretendientes tienen poco interés en amueblarlo. No digamos decorarlo, apelo a Scruton. En algunas conversaciones que he mantenido con personas situadas en tal espectro político, se ha hecho siempre el silencio al llegar al tema de la cultura. El problema bascula entre un completo reduccionismo y una extraordinaria distancia. No ocurre así a la izquierda, que entendió y entiende muy bien esta cuestión (el PSOE de González respecto a la Movida o el PSC de Maragall en la Barcelona del cómic son dos ejemplos). La derecha, o sus generales, siguen ignorando la cultura, reduciéndola a un conjunto de cosas bellas (o singularidades) que no molestan. Es esta una asignatura, identificar sus manifestaciones, asimilar contenidos, articularse con las herramientas que ofrece, particularmente, la acción cultural.

(Columna publicada en Ok Diario)

Y de repente, el último verano

Fue durante el ardiente mediodía, en una terraza barcelonesa. Se sucedían los habituales accidentes: la desgana de los camareros, el “hola chico”, la mesa sucia y el presagio de una comanda equivocada. También en esto Madrid puede ofrecernos buenas lecciones. A nosotros, que tuvimos la más grande y animada terraza del país, el Café Español, propiedad del señor “Pepet” Carabén. De eso hace mucho, ahora nos gustamos en una contumaz soberbia, que es decadentismo. Abunda un barcelonés disminuido por exceso patriótico. Reblandecido su otrora orgullo de ciudad, se relame en su versión catalanista. Diría que el neogramsciano Juliana parió intelectualmente a la criatura: el català emprenyat, escolti. Especialista, la izquierda le puso su estética. Ella, siempre ávida de participar en los peores inventos. Luego, coherentes, alzamos de jefe a un Nerón que toca la lira mientras la ciudad arde, exclamando “¡Qué gran artista se pierde el mundo!”, según el tópico cinematográfico.

Siervo de todas las perezas, pedí un café tardío. Ojeé la prensa. Durante la noche habían acuchillado a un hombre para robarle el reloj. “Un reloj de lujo”, se destacaba. En el cómputo de esta Barcelona que vuelve a la navaja aparecía incluso un embajador. Por caridad, qué manía la de internacionalizar nuestros asuntos. Era el sexto o séptimo acero encarnado en unas semanas, quizás tenga que ver con la política del “mal menor”.

Caía el sol sobre la pérgola, corona de fuego. Alcé la vista del café y allí estaba, a unos metros de mi mesa. Vestía de largo vaporoso, tela que predecía divinas órbitas. Voluptuosa prusiana. Carne celeste incendiando toda misantropía. Cruzó las piernas imperiales y vi sus pies, en los que me detuve desconcertado. Unas chanclas. Las chanclas azules con rayas blancas de las clases de natación de la niñez, sobre las que algún gurú ha debido proclamar su homologación callejera. Si algo bueno acarrean esas modas es, por cotejo, la feliz marginalidad de la elegancia, misterio siempre intuitivo.

La dama estaba contenta, incluso parecía feliz. Bebió zumo verde, se hizo un millar de selfies, comió vegetales y sorbió con entusiasmo la familiaridad de la globalización. Providencial, Barcelona, ajena a sus viejas penumbras, no la contradecía. En todo caso la reafirmaba con su carácter friendly todas las causas bonitas, las del entero mundo. Política naif. El gran abrigo de Occidente en su estertor. Por comparación, anoté mis hábitos reaccionarios, la tostada de huevos con panceta, un vino y café con cinco cubitos. Casi nadie piensa en la fragilidad, combustible de este Bizancio tecnológico, imperio moribundo al fin. Un voluntarismo que, navajas y deshielo de los Polos, incendio luciferino del Amazonas, cobija miedos muy antiguos.

Villacís en el prado, la periodista y su tweet

Los acontecimientos, de común, se complacen en la multiplicación. Serían estas derivadas, estos hijos de los hechos primeros, quienes dan un sentido afectivo, cultural si se quiere, a lo acaecido. Puede pensarse que los hechos aparecen, milagrosamente, en primera instancia. Nada más ingenuo: se deben siempre a antigüedades, a oxidaciones propias del gusto morboso.

La gracia, el clasicismo guerrero, por tanto, de cualquier cosa que suceda y sus capacidades informativas, sensuales, reluce a posteriori y en dependencia de. Se nutre de todas las fatalidades anteriores, posteriores y falaces, ideológicas, como sabemos y comprobamos a diario.

(Metodología feroz. Una piedra cae de un risco. Puede parecer algo trascendental al poético geólogo que observa con sus ojos arcaicos, su cronología deal. Sin embargo, si la piedra golpea la cabeza del campesino que justo pasaba por allí, los amantes de las pesquisas comenzarán a generar literatura. Incluso, en la circunstancia de que en el escenario se encontrara también un buitre llevado por su apetito carroñero, podría, en esta España autonómica, hallar su fama informativa como fauna nacional (catalana, al ejemplo). Y no digamos si se descubre que el campesino tiene algún asunto biográfico oscuro, afiliado a uno de esos partidos fascistas que tanto han proliferado en el parlamento.)

La constatación de que un acontecimiento se multiplica y hace historia viene a cuenta del acoso al que se vio sometida la candidata Begoña Villacís, ayer en la Pradera de San Isidro, Madrid. Y se refiere, en particular, a un comentario (tweet) que la periodista Mamen Mendizábal escribió. Decía así: “Encuentro innecesario hacer pasar este momento a Begoña Villacís. La protesta es legítima. El objetivo elegido erróneo.”

No voy a referir los detalles estéticos, fílmicos, del hecho. Están a disposición de cualquiera que disponga de un dispositivo con pantalla y red wifi. No habría, por tanto, controversia sobre cómo cayó la piedra. Lo hizo con una determinación inquebrantable, dibujando una trayectoria que, incluso para los agnósticos, resultaría indiscutible. Tampoco me apetece, por no contribuir a una saturación del lenguaje, aludir a los detalles morales. He aquí una señora, Villacís, rodeada por una turba enfurecida con el mundo. Una turba paródica del jacobinismo, la inmortalidad del manipulado y feliz. En términos y usos del Ancien Régime, el acontecimiento sería susceptible de una pintura, pero ni las turbas son ya tan cruentas, ni aquí hablamos del peso del Cielo. Villacís está en estado de buena esperanza, y esto, volviendo al primer párrafo, sí ha sido subrayado por los amantes de las pesquisas. Son los intersticios del periodismo, que Espada, por ejemplo, ha trazado con insistencia. Volvamos al tweet. “La protesta es legítima”, afirma. Mas en el video se aprecia no ya protesta huérfana de cualquier agresividad, aquellos anglosajones que caminan civilizados con un cartelito en mano y reposan a la hora del sandwich. ¿Mendizábal ha visto la filmación o percibe quizás algo que yo, humilde antiperiodista, no veo?

Sería desatino, crimen contra el romanticismo, que esta informante Mendizábal hubiera cometido un error de escritura, debido quizás al corrector político que asola a la profesión, y en lugar de escribir “protesta legítima” debiéramos leer “violencia legítima”. O igual tan solo surge aquí una perversión: “La voluntad de deprimir aquella partícula de inteligencia que alberga en todos”, en palabras de Siciliano. De lo de Eguiguren con Josu Ternera, hablaremos mañana.

(Esta nota ha sido publicada simultáneamente en el blog de Carmen Álvarez Vela: https://carmenalvarezvela.com/2019/05/16/villacis-en-el-prado-la-periodista-y-su-tweet-por-carlos-garcia-mateo-barcelonerias/)

Aquel lejano veintiuno de diciembre

El viernes, 21D, estuve paseando la zona que amo y habito, en Barcelona. Contrariamente a la presunción, en mi barrio no vi policía, fogatas o banderas victoriosas (del Caribe). Tampoco antifascistas de negro (las modas cambian una barbaridad), ni carlistas ateos y republicanos (¡pardiez!). Por no ver, no vi siquiera a los oficiales de mi notario, tan disciplinados ellos en el café y el hojaldre de crema de las once de la mañana. Ahora que pienso, quizá sí encontrara en mi paseo a algún carlista auténtico, camino a misa, teba verde olivo, cabello marmóreo y prensa decana bajo el brazo. Respecto a esto del carlismo en el siglo XXI, muletilla periodística, todas mis dudas sobre su pertinencia. El elemento histórico que me parece más afinado referir es la constante española del insurreccionalismo. De hecho, tampoco llamaría golpe de Estado a lo del pasado año, sino una rebelión jurídica, en sintonía interpretativa con el profesor Ucelay-Da Cal. Una subversión de maneras berlanguianas, por otra parte. Aquellos agitadores que salieron a la calle temían llegar a casa demasiado tarde y perderse su propia revolución, retransmitida por TV3.

La jornada del 21D publicitaba (otra) revuelta catalana. Las calles vecinas al mar se vaciaron de apocados, el asunto ya no parecía tan festivo, folclórico como antaño. Entre centenarias construcciones burguesas, una escenografía: sirenas y hombres azules con cascos y realidades (¡La república no existe, idiota!); enfrente, fenomenología de sudaderas, capuchas y consignas de un declive intelectual pavoroso. Mientras, las alturas celebraban una cumbre ‘bilateral’. La incurable sensualidad socialista. En ese amaneramiento estaba el presidente Sánchez en la Condal, visitando al homólogo Torra. Ligoteo pseudoconstitucional, aun cuando, por tradición, los señores de Palau no confunden nunca cariño con intereses; Madrid, entérese de una vez.

Al siguiente día, sábado, el grueso barcelonés cayó en la cuenta navideña y se apresuró con las compras de última hora. La resaca del 21D sería esto, reformulación del ego nacionalista por la vía del consumo feliz, consuetudinario. También por la Lotería Nacional, sorteo que embelesa incluso a los de lazo amarillo en la solapa. Dicho de otro modo, el sábado se encendieron las luces, la orquesta sonó y París volvió a ser una fiesta, aun sobre los escombros de un bochorno. 

Epílogo: 

Según Thomas Carlyle, se nace aristotélico o platónico. Puesto en palabras de José Manuel Blecua, se es recto o curvo y nada más. He aquí el péndulo de nuestro querido repertorio, también de la vida nacional. Los trances ibéricos, si prefieren. En el meridiano de la realidad, aquel lejano 21D, ningún DNI fugó de las carteras. Ciudadanos españoles a todos los efectos, teatro, violencia, afecto.

Feliz Navidad.

La patria y las tostadas

Quedo con un amigo atildado en un nuevo café, esos establecimientos que imitan a los antiguos, ya cerrados. Se echa de bruces sobre una sensualidad y pide cuantas cosas ve, saladas, dulces, líquidas, cremosas, obscenas como el biberón (café y leche condensada). Desafecto a ingestas matinales, pido un americano con hielo y sin azúcar. Observo, entre madalenas, zumo y cereales estalinistas, dos tostadas con tomate, aceite y sal. Atribulado, mi compañía dice que el metafísico orgullo respecto al pa amb tomàquet es otro de esos abusos de la conciencia, catalanes somos.

Ahora, cuando alguien se manifiesta en tales términos, los barceloneses miramos instintivamente a nuestro alrededor, una rápida revista a los humanos más cercanos. Entiendo que es una fase primitiva de estado de natural alerta, comprobar el terreno, algún gesto de desaprobación. Digamos que hay un ambiente propicio a la polémica entre desconocidos, y lo digo por ciertas experiencias, desagradables, que he vivido y otro día contaré.

De vuelta a las tostadas, creo, sin embargo, que la patria íntima, incluso los oscuros deseos, pueden sustentarse en una humilde rebanada de pan, y que todo lo demás es tan bonito y cruel como huidizo. Ya no tenemos a una Isabel La Católica, ni tampoco a un Erasmo de quien enamorarnos. Sólo al caudillo Fukuyama, ese desalmado que nos dejó sin historia. En Europa, el patriotismo se mide, algunos piensan que por fortuna, con lo que cabe en un plato. En España también, aunque hay diferentes grados de afectación. Una medida de lo que ha sido y es Madrid, normativa, sentimentalmente, sería su exitosa importación del pa amb tomàquet, que allí denominan pantumaca (no es una divinidad inca). En cuanto a mi querido amigo, sigue comiendo y argumentándose: “en Italia hacen tostadas con tomate mucho mejores que las catalanas”. Y, bueno, es una verdad relativa, con perdón de los puritanos de la certeza: los transalpinos, que las llaman bruschette, cortan a cuchillo el tomate maduro y lo versan sobre el pan, con aceite, sal y, a veces, albahaca fresca. Yo las he probado trascendentes, cubiertas con finísimas láminas de panceta de cerdo tibias, sudorosas.

Madrid-Barcelona (II)

Con Barcelona a cuestas, salí del Retiro y pedí un coche negro, con chofer encorbatado. Al Richelieu, por favor. Un dry martini, besar la copa helada de ginebra, mientras flota como un náufrago perfumado una peladura de limón frente a la nariz. A cada trago, mi ciudad natal se alejaba, sentí los hombros descansar, ligeros, afortunados. Delito de lesa Barcelona. Hacia mediodía, otro chofer me llevó a un pequeño restaurante llamado Viridiana. Estaba decorado con fotos de la película de Buñuel, pero la verdad decorativa y culinaria se movía sobre el eje de su alma mater, un señor con sombrero y aficionado a la hípica, de nombre Abraham. El sombrero, como la corbata son objetos animados, vívidos, que transportan el espíritu de sus dueños. Y era reluciente que el propietario gustaba de escribir y citar, de cubrir la casa con la piel de su conciencia. Esto, en suma, se traducía en recetas algo originales, a veces extrañas -lo cual puede ser bueno y también muy malo-, un voluntarismo mestizo. Pedí pichón y la cosa no fue bien. El pichón me entusiasma, siempre bajo el mismo proceder: pechugas sanguinolentas y muslos tiernos como angelotes barrocos. Sin necesidad de haber comido ningún angelote, tengo la seguridad de que son tiernos. Si las pechugas no tienen un color y un sabor profundos, entristece la indigna muerte de ese ave. En otro ejemplo, también flojo, desfilaron por la mesa una extraordinaria cecina de toro de lidia Domecq-Jandilla rodeada de enemigos: melón, higos y mango. Hay algo en Viridiana que traspasa su cocina y es un sentido ego. Digo Viridiana aunque valdría para cualquier restaurante con autor. Los sombreros, el rastro del Perú, la obra, en suma, de un hombre alado.

Sin salir de un círculo vicioso, obra del marqués de Salamanca, estuve por la tarde buscando una corbata, había quedado a cenar en Horcher. En Sastrería Jaime Gallo me vendieron una que reunía lo que Filippo de Pisis consideró inexcusable en esa prenda, el canon: “sencilla, de seda o lana, con un tono profundo”. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que no se podía entrar en ciertos sitios sin esa tarjeta de tela al cuello, pero la laxitud estética ha desbrozado muchas sensualidades de la frágil Europa, los adornos en apariencia estériles. Incluso en Horcher, donde basta llevar chaqueta. Via Veneto no exige ya esa prenda para sentarse a la mesa. Se piense que no sólo la izquierda se desmoronó con el muro de Berlín; la derecha también ha sufrido sus derribos. 

En Barcelona, la clase dominante, reactiva, culta, se rindió hace ya unos cuantos años. Ahora parece conformarse con cuidar el patrimonio familiar, comprar libros en la librería La Central y llevar en verano gafas de pasta amarilla de Santa Eulalia. Esquí en Baqueira, visita estival a Formentera, ese tipo de orden. Ah, y comer de fábula en los restaurantes predilectos. Alguien podría suponer un estremecimiento barcelonés ante el misterio madrileño: la capital nos estaría ganando en vitalidad. Pero no se produce. La derrota larga de Barcelona en el tablero que es España ha sido servida. La Ciudad Condal va condenándose a la memoria de un tiempo lento, el de los pueblos heridos que callan y bajan la cabeza, porque tienen la íntima conciencia de su declive. Esto todavía no se explicita mucho, pero hay indicios de ello. Sólo falta que aparezca un Camus y nos escriba otro L’Étranger.

Por el mantel de hilo de Horcher desfilaron un arenque Bismarck, un steak tártaro, un pato asado, un goulash y dos botellas de Mauro VS. Enfrente, un conde solitario, de aspecto campechano, se encargaba, ufano, de un ragout de ciervo. El doctor Iturralde, con quien compartía mesa, decía que hemos descuidado Barcelona en nuestras manos, regalándosela alegremente a los peores gestores que pasaban por ahí, los de las causas chillonas y zafias. Y éstos se han dedicado a la autocomplacencia, nada más. En términos que sobrepasan la privacidad, la cultura ha servido de muy poco, sulfatada de neo-noventayochismo, una postmodernidad para empezar siglo. La información cotidiana, en cafeterías, farmacias, fruterías, pescaderías, en la sala de espera del proptólogo Bardají, segunda generación al cuidado del paciente, deja entrever un hastío general (en el último ejemplo que cito quizás esté justificado el hastío). Un horizonte anodino, pintado por inercias tan fantásticas como desmoralizadoras, la imagen que me viene a la cabeza es el insoportable El caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich.

Cuando, en 1987, llegué de nuevo a Barcelona, existía un orgullo ciudadano de pertenencia. Aunque el nacionalismo hacía ruido entre la juventud, a la pregunta dicotómica de “¿tú qué te sientes, catalán o español?”, despuntaba automáticamente la respuesta: “¡barcelonés!”.

Ah, los restaurantes, todo en España pasa por ellos. Desde 1929, existió en mi ciudad uno de nombre Madrid-Barcelona. Servían cocina clásica, popular y a precios contenidos. Situado frente al antiguo apeadero de la calle Aragón, vía férrea descubierta hasta su soterramiento en 1960, atraía a los viajeros entre las dos urbes. Ese restaurante ya no existe, la última vez que acudí, y tras probar tres platos, me marché a comer a otro sitio. Los tres platos figuraban en su carta de siempre, tres viandas del corpus gastronómico catalán, maltratadas, vulgarizadas. En un tiempo, el nuestro, encantado con las simbologías de medio pelo, esto podría figurar como un síntoma, o esquizofrenia si se prefiere: el formidable amor a la patria y los despropósitos que genera. 

Madrid-Barcelona (I)

Puse rumbo a Madrid. En el tren, mientras trataba de ingerir el desayuno de cortesía, pensé en el Estado viejo, su significación, las muestras somáticas y etéreas, también la gran bandera en Plaza Colón. Ese pensamiento sería tanto una barcelonesa estupidez como un ejercicio de realismo. Me complacería, una vez más, en comprobar que, vilipendiado por muchos de mis conciudadanos, seguía el Reino de España en flor. Turismo estatalizante, según el argot normativo del periodismo catalán de masas. Traición o valor estético, en el cada vez más polarizado hábitat barcelonés. La opinión, ese dios nuevo, es un factor general a esquinar. Personalmente, visito siempre que puedo la capital, una especie de terapia feliz para no acabar de diluirse en la irritación del érase que se era una república de idilios, bellas palabras y emociones lacrimógenas.

Algo que suelo hacer en Madrid, tras dejar la maleta en el hotel, es pasear un rato. El paseo, institución nacida tras la muerte del Antiguo Régimen y de la que las sociedades civilizadas llegaron a convertir en arte accesible, del cual París debió ser su capital. En España, salvando los veraneos regios en San Sebastián y en Santander, y el antiguo Paseo de Gracia, Madrid lo fue todo en el paseo, madrileñismo parisien según Umbral. Hay buena literatura sobre esta actividad, que implica mucho más que recorrer una distancia a pie: el libro de Schelle (El arte de pasear); el de Le Breton (Elogio del caminar); el de Sebald (El paseante solitario), el de Walser (El paseo). Para mí, Walser es depresivo, aún no me he repuesto de sus hermanos Tanner, y al consumir las primeras páginas de El paseo saboreé otra vez una sobredimensionada tristeza, los detalles en apariencia insignificantes de aquel mundo del ayer que el gran mal barrió.

Anduve por la Castellana y, frente al patio de la Fiscalía General, sus dos imponentes madroños tras la verja de hierro me sumieron en un erotismo que arrastré toda la jornada. Llegando a la Puerta de Alcalá cogí Alfonso XII hasta la puerta de España al Retiro. Tras pisar un rato la arena, descansé bajo la sombra de los eucaliptos y, como buen barcelonés, continué comparando el mundo con mi ciudad natal. Veía, a través de las rejas que dan a Alcalá, el tráfico intenso. Más allá, algunas terrazas hervían de clientes y camareros veloces, “Madrid terraza planetaria”, según Ángel Antonio Herrera, aunque quizás, como a París, le sucede que el otoño la viste de una luz apropiada, decimonónica, sugestión de la Europa proverbialmente vieja y bella.

Todas las ciudades soportan clichés, de Madrid todavía se afirma que es un pueblo grande. Su santo pueblerino, sus buhardillas galdosianas, fiestas con farolillos venecianos y plazas de acacias y gorriones, evocación de Foxá. ¿Existe una melancolía madrileña? El asfalto, los edificios y las plazas no habrían podido enterrar el efecto antinostálgico de sus antiguas huertas, encinas, su aroma; acaso sí hay una nostalgia, mas se disipa por las emanaciones afectivas de sus incontables tascas y bares, sangre y corazón de esta ciudad; “puerta cerrada, taberna encendida: nadie encarcela sus libres licores”, decía Miguel Hernández.

Allí sentado, viendo las coqueterías que una joven asistenta dedicaba a un anciano con aires de general retirado, al que debía pasear cada mañana por el parque, la Ciudad Condal acaparó mis pensamientos. Los hijos de burgueses que ocuparon, sin miramientos y con mucha prisa, los sillones universitarios en el 68 (una revolución generacional y maleducada; lo demás son clichés y propaganda), se encantan hoy en el decadentismo de la literatura mitteleuropea. Vallcorba, genial y ya fallecido editor de Acantilado, conocía muy bien esa horma, o hambre, y les dio alimento hasta reventar. Esta sería, también, una interpretación del carácter barcelonés: la antijovial pócima del Walser, que además estaba un poco chalado. Quizás Arbasino, por citar otra penumbra literaria, pasó una temporada en Barcelona antes de escribir su testamento de Italia, Paesaggi italiani con zombi. No se lo pierdan, pero, tras la lectura, mantengan alejada de ustedes cualquier arma u objeto útil para inmolarse. Reiteración barceloní: residiendo una temporada en Trieste, ciudad cultísima e imperial, y más concretamente en la vetusta biblioteca de la facultad de letras, tuve una larga visión: el aprendizaje de lo que ocurre cuando se abre un armario lleno de ropa y enseres de alguien que murió hace mucho tiempo, quizás en 1918. En la cara se recibe, liberado al fin, el espíritu del fallecido, su olor raro, su aliento agrio y pesado que se dispersa en seguida por la habitación. ¡Abrid las ventanas, cerrad el libro del paseante suizo y que el futuro inculto se lo lleve todo!