Una juventud

“Quererse un poco es como beber; más fácil es respirar”, escucho a Lucio Battisti. Entona, con voz de íntimo arrollo, las palabras de Mogol. Tenacidad de un cronista exquisito. Las encrucijadas y aventuras de la urbe, sus humedades y elegancias. Debía ser yo aún un niño, pero nada he olvidado gracias a la música. La voz delgada, el alma florecida en un instituto donde todo comenzó: la autoridad y los juegos que nos hicieron chavales europeos, con los imponderables del romanticismo. El amor, un porro, una guitarra exhausta, aquel libro de Conrad, Freya de las siete islas. Las carreras por la calle carpeta en mano, párate y deja pasar a la señora del paraguas, por las estrechas aceras siempre mojadas. Y los cómics, un momento suspendido en el dormitorio, la distancia respecto a la imaginación monstruosa, vívida, la mejor utopía entre la mesilla de noche y el cielo estrellado.

Algunos dramas impertinentes, las guerritas con el padre, las peyas, las chorradas. Y esas canciones de fondo, sangre propia, espesa, que brilla aún hasta el fin. Bicicletas, rasguños, un polo azul marino, segunda piel hasta las ocho de la tarde. De noche, un sandwich o las penosas verduras hervidas, acábatelas. Nada de televisión, la cabeza sobre los deberes y volando por los mundos de Moebius, enredada entre los cabellos dorados de aquella chica, nueva en clase. Battisti, Corto Maltés y Wayne en su taberna de Kauais: hubiera sido un marinero quemado por la sal y la fortuna. O un espía de Le Carré, entre tinieblas. La imaginación de hacerlo todo, representar cualquier papel inasequible. La vida es una idea, y cualquiera tiene derecho a rendirse. O hacer de los deseos un sistema.

También, sí, todas las (malditas) perturbaciones que trae la primavera. El sueño eterno (todavía dura) con la rubia de la fotografía, desnuda sobre un caballo andaluz en la revista Penthouse, que descansaba bajo los periódicos grises. Diarios de la sangre derramada por el terrorismo, esa manera despiadada de la historia española. Años ochenta. Y todos los desórdenes de uno que no logra nunca abrocharse la talla de un hombre, aunque lo sea, en efecto. Un desencanto que mata el sueño adolescente, escrito en los tebeos, marcado por la fiebre de la lectura inculcada en casa, alzado por una guitarra Rickenbacker. Pensar, puntualmente los sábados, en escapar: salir a las aguas profundas con el velero del amigo Ramón y bebernos el 100 Pipers de su padre. Imaginar a la rubia en el timón, no habrán más exámenes, ni pisos de estudiantes, ni otro viaje que no sea este. Los hubieron, claro. Mas siempre, la bandera de Battisti, susurrado el tesoro:

“Non è questione di cellule,

Ma della scelta che si fa

La mia è di non vivere a metà.”

Nota veneciana

Algo decadente, la Serenissima sabe mucho de eso. Y lo ofrece, un reclamo. Nosotros no hemos tenido la oportunidad de venir aquí en los tiempos del imperio del león alado, ni siquiera en el dorado diecinueve, ni para las fiestas de los felices veinte. Tampoco durante la infausta y poética República de Saló. Venecia ha sido la nueva Sodoma, el “centro del placer” (Wortley Montagu), “la puta del Adriático” (Otway), un “lugar encantado” (Hester Piozzi), “una sombra de lo que fue” (Wordswoth). Henri de Régnier escribe en 1907 que «el remo del gondolero parece cavar, en el agua, la tumba del silencio y el lloro de sus lágrimas». Y, en su correspondencia, Henry James nos regala que «en las góndolas se alcanza la perfección del placer indolente». También él describe Venecia como una dama celosa de su libertad. Más tarde, el dibujante Moebius -a falta de pintores extraordinarios, el mérito artístico ha bajado al mundo de la plumilla ensangrentada- crea una ciudad de canales secos y abisales, por donde circulan góndolas voladoras. Todavía existe algún viejo cínico, al estilo inglés del implacable y afectado Brian Sewell, que desprecia Venecia: escenario que testimonia achaques, ya incurables, de la Humanidad entera.

He visto allí a un hombre bañado en oro, una mujer a cada lado haciéndose selfies, hiriendo en góndola las aguas infectas, y no era el príncipe negro. Es una imagen que habla del pasado tanto como del presente, humedece el certificado del fin veneciano. Los problemas de Venecia, según se comenta, serían dos: la literatura y que alcanzó una cierta singularidad. Un experimento de tal calibre, el vanidoso triunfo sobre la líquida vanidad, es metáfora del ser humano, de sus posibilidades y de su imposibilidad final.

Hay que venir a Venecia, atentar contra ella una vez más. Y no dejar cabos sueltos, el destino sugerente: un negroni en Florian y, al atardecer, contemplar en el plateado reflejo del Gran Canal la próxima muerte de todas las pequeñas y grandes perversiones.