Postal barcelonesa

Hubiera querido titular esta reseña postal navideña, o algo parecido. Una voz que protegiera un poco la evocación de las fechas en que acostumbramos a hacer cuatro o cinco cosas sin muchas dudas. Celebrar comidas de compromiso, enviar felicitaciones, comprar regalos y aprovisionarnos, religiosamente, de bebidas y dulces. No sé si en otros lugares patrios se conoce, pero estas fiestas son las primeras en que en Barcelona no es Navidad. Meridiano: penuria de luces (recorran la Diagonal), destierro del villancico -algunos sentirán agradecimiento-, y un belén del consistorio que tiene la exacta magnitud del insulto artístico. 

La Navidad padece el sometimiento, perenne, a la política doméstica. Entendida esta como un Tómbola (¿recuerdan aquel programa televisivo fundacional?) de 24 horas y siete días a la semana. No existe tregua, y las señoras, cuando quedan para el café, en lugar de hablar del papel couché lo hacen sobre la bufonada partitocrática del día. No nos ha hecho falta a los barceloneses un Fo que ciñera la comedia con gangas ideológicas. Aparece el presumido, diputado, alcalde o presidente regional, que bosqueja alguna ocurrencia por la noche, cuando el público dormita y sueña con igualdades, para vomitarla al amanecer. El espectáculo, sesión continua; los intérpretes, celosos de sus papeles. Aunque demasiadas veces parecen creados por Pirandello.

Trascendieron fiestas inadvertidas, hambrientas, sangrientas, felices, pomposas, nevadas. Bajo las bombas o desbocadas con la última burbuja inmobiliaria. Las de este año pasarán a la Historia, el baúl profundo que todo lo guarda, por ejemplarmente anodinas. La prudencia me guarda de un adjetivo más abultado, a la espera de los queridos comanches del procés, esos CDR. Pesa sobre el porvenir una parodia, ganas de jugar, de recrearse con los viejos cachivaches del pasado, su imaginación. Está le peuple, enemigo siempre de sí mismo: qué presagio cuando profesa el destino y, excitado, abre el baúl en acto de pureza. Algún comentarista piensa que eso encarna cierto peligro. Ya se verá. Mientras escribo, sólo es molesta bullanga. Dios no quiera que pasemos del victimismo a las víctimas.

Como buen barcelonés, y visto el ambiente, he decidido llevar al extremo nuestra más genuina particularidad, el disimulo. Esta tarde iré a jugar a tenis con mi amigo Carlos Janovas. Ninguna servidumbre, regeneracionismos zafios, la larga performance catalana y los populismos justicieros. Sobre dichos fenómenos, apunto que podrían adornarse con la gracia del maoísmo: un solo libro, uniforme plomizo y aseado pelo. Mi amigo Carlos, ya reeducable, vive a su aire y habla del amor y del dinero con la jovialidad de otras épocas. Mantiene una sentida fe en el naturalismo. “Mejor ser enemigo del pueblo que enemigo de la realidad”, decía Pasolini.

Cita con la paz sobrante

Así el horizonte: la mesa ya casi desierta, campo honrado de restos, vino y salsas, migas de pan y trocitos de turrón. Alguien se ha entretenido en construir proyectiles de mazapán, aquí y allá, mientras esperaba, quizás aburrido, el desenlace. Como edificios abandonados, se erigen botellas y copas; hay servilletas dejadas de cualquier manera, serían los lustres de un asunto milenario. Hemos dado cuenta de guisos, monstruos marinos y caldos rojos, sangre. Observamos con disciplina la dimensión binaria del destino: un trabajo entre el bien y el mal, y la necesidad de celebrar.

Jesucristo ya ha nacido. Y el erotismo con él, también. Al fondo de la mesa, con las camisas descansadas y los pelos alborotados, dos hombres, copa en mano, mantienen una conversación casi silenciosa, un rumor del brillo que se va. Ocupa la casa el sosiego tras una noche blanca, imposible juventud. La gente ha hecho sus corrillos, en el sofá, en los sillones, en el suelo sobre la alfombra, en un pequeño salón contiguo. Y quedan esos dos hombres como una buena esperanza, mansos, deseando que la novela se haga eterna, nunca se acabe la copa de brandy y las cosas, en general, tengan la misma música de vidrio, el tono dorado.

Viene la Navidad y, a muchos todavía, parece agradarnos. Uno está estrictamente pervertido, mas las fechas permanecen destiladas en la memoria como un rescate, la niñez, antes de empezar a repetirla siendo adultos, con las groserías de adultos. La costumbre de las fiestas puede ser aguada, anquilosa, molesta e insoportable para otros tantos. Forma parte todo del mismo evento, del mismo desencanto y pasión. Se soporta la Navidad en la medida en que se aguantan familiaridades, propias y ajenas. Liturgia de gran consumo, letanía del capitalismo: regalos inapetentes, comilonas y mucho azúcar, líquido o compacto, ansiolítico para el rebaño. Esbozo hipertrofiado de nuestra civilización, rendida de admirar y aplaudir. Vendrá la Navidad, una cita con la paz sobrante.