Apuntes electorales (III)

La política española, que algunos se empeñan en animar, quizás esté entrando en una suerte de síndrome. Síndrome del extranjero, aquella distancia de uno consigo mismo y el entorno con que Camus documentó una trama existencial. Les hablaba hace siete días sobre la italianización de nuestro hábitat, en el sentido de gobiernos breves y elecciones cada cuatro días, y no cada cuatro años como Dios manda. Las diversas crisis solapadas (el independentismo catalán y la irrupción de las huestes antisistémicas) han provocado tal caudal de acontecimientos y relatos que no sorprende el alejamiento ciudadano. Cabría al respecto otra breve reflexión: retratado el presidente en funciones como cesarista, gran apasionado del poder, podríamos quedar atrapados en un purgatorio político hasta que votemos bien, o sea, hasta volver al añorado bipartidismo. Perenne provisionalidad, con Sánchez de director de orquesta. No voy a decir del Titanic, algunos comentaristas llaman a esta insólita situación “país bloqueado”, a todas luces una exageración. Quizás al presidente, un seductor con falta de escaños, agrade la vida eternamente momentánea. Goza de un cargo que, por provisional, está hecho a la medida de sus capacidades. Es decir, se representa en las televisiones, vuela en el amado Falcon y charla de vez en cuando con gente importante. Algo así como aquel miembro de un consejo de administración que va a la junta anual, saluda, firma, aprovecha para quedar a jugar a golf y se larga, hasta nueva convocatoria, con el deber cumplido. Pudiera resultar que el cambio de Régimen ansiado por la izquierda fuera tener un presidente socialista con Presupuestos Generales de la derecha. De hecho, vivimos al día bajo las cuentas del antiguo ministro Montoro, ejemplo de pervivencia después de la muerte (política). Hablando del más allá, el tema del general Franco da ya para una novela shakesperiana con toque tragicómico español.

Nuestro largo veraneo político puede traducirse (así lo señalan las encuestas) en una baja participación. Decepción, divorcio o cansancio, a los españoles no parece gustarles que se les tenga tanto en cuenta. En la vecina Portugal, no votó el 45% del censo en las elecciones legislativas del domingo y aquí hay quien ha aprovechado para dar la voz de alarma. Los partidos, muy sensibles a lo que se comenta por ahí, temen que les caiga la bronca (en forma de abstención) y se echan la culpa de la repetición electoral. Hay rumores de desaceleración económica, pero los socialistas (y amigos mediáticos) silban mirando a otro lado. Mientras, Casado está contento; en el partido los rumores apuntan a una posible victoria. Iglesias sigue enfadado con el mundo, o más bien con el IBEX, esa fuerza oscura que habría frustrado su maleta ministerial. Idus de marzo para el de la dacha en Galapagar: ¿Tu quoque, Errejón? En Vistalegre, VOX ha vuelto a escenificar una nostalgia por algunas cosas que la derecha descuidó con Rajoy, vaciándose ideológicamente. El partido de Abascal se reafirma gendarme de la civilización cristiana y azote del gobierno mundial (en la sombra) de Soros y sus afectos. Observando el acto de Vistalegre y los pronunciamientos allí emitidos, cabe pensar en VOX como un partido melancólico. Y esto no siempre es improductivo: la melancolía puede ser una energía formidable. A excepción de las demás, la formación verde podría no verse afectada por aquel síndrome del extranjero al que aludíamos.

La frase de la semana: “Los gallegos somos ordenados y no andamos en la política de egos que hay en España.” (Núñez Feijóo)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (II)

El tiempo electoral discurre de un modo entretenidísimo. Los políticos regalan gruesos propósitos (hay que postularse de vez en cuando para estadista) y detalles adorables (la barba de Casado). Esa barba pudiera ser homenaje a nuestro último político del turnismo (Rajoy) o desafío al facial -e imperial- pelo de Abascal. En cualquier caso, con su estrategia, más templada, Casado ha ganado edad y porte, elementos que los españoles apreciamos en nuestros gobernantes. Se piense, por ejemplo, en el epíteto “aniñado” (u otros menos amables) con que la usual inquina periodística señala a Errejón, novedad en la carrera a Moncloa. Gastar careto, jersey de púber y desplegar un argumentario tan ligero, por no decir vacuo, daña sus alegres aspiraciones de poder. A estas alturas, uno tiene la convicción de que el experimento podemita, estéticamente juvenil, se ha agotado para siempre. Dónde hemos llegado, hay guerra de guerrillas entre Iglesias y Más (¿País?) a cuenta de la pureza, si bien el combate posee tonos berlanguianos. Por no decir románticos: ante el colapso climático por culpa del capitalismo (Irene Montero dixit) la nueva izquierda pelea por imponerse en un Comité Central imaginario de la república popular que no fue. De Errejón se afirma que es un juguete sanchista, bonito trasto a abandonar en el baúl del revisionismo una vez agotados los juegos. Sánchez estuvo hablando en Barcelona como rojo de orden, disfraz para el sarcasmo. El PSOE amaga con el 155. También Iceta salió en los medios con una contundencia inaudita. ¿Pero no se trataba de “hacer política” siempre? Serán las febrículas electorales, parece que el concepto de finezza de los socialistas catalanes -aplicar como dogma el pensamiento buenista al nacionalismo- ha sido relegado. Aunque, finalmente, no habrá apoyo a una moción de censura contra Torra: el PSC de los amores, burgués con conciencia social y nacional, no defrauda nunca. Hizo Sánchez duras advertencias a Torra tras lo sucedido en el Parlament de Cataluña los días pasados. Allí hubo bronca. ¡Carrizosa, fuera de clase!, ordenó el atildado Torrent, regalando novedosos bríos a Ciudadanos. El esperpento indepe gana fuerza, alguien ha mandado pisar el acelerador. Qué tiempos aquellos del oasis catalán. A la propuesta parlamentaria de expulsión -ilegal- de la Guardia Civil de esa comunidad autónoma se suman filtraciones (hay todavía secreto de sumario) que apuntan a Torra y Waterloo, el retiro espiritual del Dalai Puigdemont. Torna la oscura percepción de un ahondamiento en la crisis política, y no parece tener solución sin medidas valientes y enérgicas, adjetivos espeluznantes en estas épocas. Vuelven las imágenes feas en Barcelona, muchedumbres formadas en la antipatía, esos rostros abotargados por sobredosis ideológica. Es la evolución natural del català emprenyat, criatura parida por el periodista Juliana. La Cataluña alucinada. Fíjense, ya ni se habla de VOX, del inminente infierno fascista habitado por toreros, curas, cazadores, muchachos con chalecos acolchados y señoras franquistas del barrio de Salamanca.

La frase de la semana: “La pieza de caza mayor en estas elecciones somos nosotros.” (Pablo Iglesias)

 

(Nota publicada en Ok Diario)