Sánchez y Churchill

Pudo ser y no fue. Bien valdría este epitafio político para Sánchez Pérez-Castejón. La (gran) oportunidad la brindaba el coronavirus, acontecimiento crítico, histórico. Pudo emular al grueso de Oxfordshire, Winston Churchill, calzarse una nueva suerte. En aquella primera aparición televisiva declarando el estado de alarma, logró transmitir una cierta hechura de hombre de Estado. Eso duró muy poco y el camino recorrido, en tan sólo dos meses, aparece trufado de decisiones atribuladas y mentiras sin temple.

Con antojo y algo de voluntarismo, la prensa rescató en marzo la figura de Churchill. Él fue quien le ganó la partida a Hitler impidiendo que Gran Bretaña cayera bajo sus garras. Pero comparar a Sánchez con el inglés, como estoy yo ahora haciendo, es un ejercicio de melancolía. Y no porque el señor de los puros y la mirada de zorro tuviera más habilidades que las que se le pedían: sorpresivamente, actuó como el líder que el país precisaba. Y obró con inteligencia y astucia. Nada más. No hacía falta que fuera apuesto, ni siquiera culto. De hecho, no era precisamente culto: hasta su vejez no leyó a Austen y a Trollope. El barón Charles Percy Snow, quien mantuvo un estrecho contacto con él, esbozó un cautivador y crítico retrato del mismo. Amado y detestado, «se le odió tanto por sus virtudes como por sus vicios», habiendo heredado de su padre la «ebullición, melancolía y egocentrismo». Hasta la guerra, coleccionó una abundante lista de fracasos y cambios de partido, considerándose entre las entretelas de la alta administración del reino un ejemplo de «hombre que tiene un brillante futuro tras él». Sin embargo, llegó 1940, su año, el año que escaló la más alta cumbre en los corazones y en la memoria de los británicos. «Era la voz de la esperanza. Era una voz que encarnaba la fuerza y la voluntad.»

Debemos recordar que Churchill llegó a primer ministro contra la abrumadora mayoría de su propio partido, el conservador. De hecho, sus apoyos ocupaban los bancos laboristas. Hasta aquí una sutil coincidencia con nuestro presidente, que logró imponerse en el PSOE con taimadas artes y a pesar del aparato. Después, su viaje hasta Moncloa se tejió con pactos contra natura y las consiguientes regalías. Tropel de negligentes y desaliñados ministros, altamente perniciosos para la nación (véanse los datos de fallecidos y sanitarios contagiados) y la salud mental de los gobernados.

«El patriotismo de Churchill era absoluto. Aunque era aristócrata, hubiera arruinado alegremente a su clase y a sus amigos si ese fuera el precio para que el país se salvara», relata P. C. Snow. Examinando a ambos personajes, ¿qué es lo que ha faltado en Sánchez, fuera del desmedido ego compartido? En primer lugar, el español no se apoya en los valores fuertes, imperantes en la época del inglés, sino en un mundo de eslóganes líquidos, de cuatro ideas falaces; y en un pueblo con una extraña forma de quererse y, como siempre, orgulloso de sus limitaciones culturales. Además, Churchill ostentó una cualidad fundamental, que al fin y al cabo transmitía en aquellos célebres discursos radiofónicos que toda la nación escuchaba, mientras caían las bombas de la Luftwaffe: nobleza.

Sánchez no explotó la oportunidad política que la pandemia le proporcionaba. Habría, así, salvado la memoria, ya aciaga en el trance actual de su presidencia. No obstante, para todo lo dicho con anterioridad cabe una excepción, al menos. Y es que nuestro apuesto gobernante supiera lo que le sucedió al inglés: perdió las elecciones de una manera rotunda, después de haber ganado la guerra. Con tal perspectiva, una noche en Moncloa, recostado en el sofá mientras la televisión parloteaba, Sánchez quizás masculló: «¿Quién diablos quiere ser Churchill?»

(Nota publicada en Ok Diario)

Los aplausos

Las frías agujas marcan las ocho de la tarde y millones de manos chocan entre sí. Producen un ruido blando, quizás ya algo fatigado respecto a los primeros días de confinamiento, cuando alguien (desconozco quién) tuvo la ocurrencia de salir al balcón a aplaudir. Alcanzo la voluntad simbólica de tales aplausos, la de aclamar a los servicios sanitarios (médicos, enfermeras, etc.) en su ardua tarea por curar a los enfermos de coronavirus. Pero, al cabo, la cuestión es si el sentir humanitario deriva forzosamente en empalagoso sentimentalismo. El sonido de las ocho nace de la exigencia social que, como lastres de la francesa revolución, todavía nos impele: de vez en cuando, bajo la sombra de una tragedia, nos secuestra la urgencia de proclamar que somos una nación más o menos identificable, y nos reconocemos en ella con esas manifestaciones espontáneas.

Esto tiene algunos problemas, ya evidentes. La costumbre actúa como perversión. Y el significado, que al principio parecía incontestable, se diluye cual azucarillo en el océano de los acontecimientos, de las noticias que esos generan. Los sanitarios prosiguen con su labor, también lo hacían antes de la pandemia, pero arrastran las habituales (malas) condiciones laborales, si acaso aumentadas por el desastre en la gestión política del asunto. La realidad, para ellos, no ha sucumbido a esa especie de realismo mágico que se da cita en los balcones cada tarde. Lo sustantivo convierte las felices palmas en un bulto anodino, melodía de una palabra cien veces repetida, fonema vacuo. Otro problema es la contradicción: se celebra qué, ¿el encierro forzado? ¿la muerte visitadora de residencias de ancianos? ¿el hundimiento de la economía? Vemos un homenaje corrompido, al fin un ejercicio de imbecilidad. Si bien el aplauso, en la España atribulada, está hace tiempo viciado, tocado por un retorcimiento estético, cuando en los funerales la gente se arranca a vitorear con las manos mientras el muerto desfila hacia la tierra negra. Está de igual modo extendida la mansedumbre, sometimiento a la cultura de lo colectivo, convertida en cárcel ideológica. Hay una ventura hispana, abotargada y feliz, manejada por la ralea de políticos que votamos, que alzamos para llevar este viejo carro a través del tiempo. El camino parece a veces tortuoso, la estética urge ser desbrozada. Esta actual desgracia debiera quizás alertarnos de unos males que, en ningún caso, autorizan el aplauso, sino un silencio meditado, crítico, de provechosos efectos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (IV)

Más de trece mil fallecidos. El cómputo macabro, cuando sobrepasa ciertas cifras, deja de conservar un valor, digamos, espiritual para presentarse frío, carente de emotividad. En una consideración desiderativa, vale lo mismo un muerto que diez mil, pero la gran suma es ya sólo eso, estadística. Difícil acercar un único relato siendo tantos los que contiene, particulares, dramáticos para muchas familias. Consideremos, además, la lista de daños colaterales, personas que esperaban una intervención y que no han podido ser atendidas. Doy un dato, que no pretende culpabilizar sino poner luz: en el hospital general de Vall d’Hebron (Barcelona) hay operativos solamente cinco quirófanos de veinte. 

Luego está el tema cultural. España, me da la impresión, nunca ha sido muy buena recordando, a pesar de la machacona propaganda de la memoria. Eso nos lo pueden explicar los parientes y amigos de los asesinados por el terrorismo, por ejemplo. Digamos que es la nuestra una nación en que la simbología de los caídos está sujeta al desprecio, sea por desidia, pereza o por algún interés político. 

No iba a ser menos en el aspecto de la tabula rasa, del olvido sinuoso, este Gobierno de la posverdad. Recorrido un camino lleno de obstáculos, salvados todos con las artes de un príncipe maquiavélico, el presidente se ha acomodado en las charlas televisivas y en las ruedas de prensa a su medida, que quizás le parezcan a él suficiente compensación a los dislates de la gestión gubernamental de la pandemia. En cualquier caso, Sánchez debe conocer bien la distendida psicología de los españoles, a la que fía su juicio para la posteridad, o sea, el secular mecanismo patrio de vivir en un presente sin melancolías. Y a otra cosa, mariposa. Los muertos, ausentes de cualquier crónica, de toda imagen que no sea el estremecedor y siempre caduco número, no merecen ni un postrero adiós y sus allegados lloran invisibles en pisitos, tras los balcones tristes donde no suenan ni aplausos ni canciones del Dúo Dinámico. 

Sánchez está construido a la medida del populismo y sus maneras. Estas no incluyen necesariamente la verdad, como sabemos, sino las múltiples e intercambiables verdades según la necesidad del momento. “Nadie (aparte del Mesías) tiene la pasión de la verdad, a menos que no sea la propia”, escribe Giuliano Ferrara. Superando lo posmoderno, nuestro líder -que es un líder de su tiempo- se apoya en la sacrosanta credulidad del nuevo milenio: aunque se demuestre la falsedad de un argumento, el éxito de la denuncia se ahoga en el relativismo. Así, no existe una verdad, existen muchas y podemos echar mano de la que más nos guste cuando convenga. Este es el magnífico fruto, esplendoroso principio de aquel renacimiento nietzscheano que las izquierdas fecundaron el siglo pasado. Un monstruo que ahora nos domina.

Con el decreto del estado de alarma, Sánchez prueba una cosa populista: el cesarismo. Deslegitimada la fuente de autoridad del saber, estos políticos de inédita talla erotizan la práctica del poder con la otra secular fuente de autoridad, el imperium, como bien apunta el filósofo Ferraris. A dicho fenómeno tenemos que añadirle, inmaculado adorno de la posverdad, el papel que el emperador de Galapagar y su partido juegan en la actual trama: gesticulación, insolvencia intelectual, pero también descrédito del régimen vigente (socavar el capitalismo es tarea más enjundiosa). Resultan entrañables las alocuciones públicas de estos señoritos, arañazos al léxico y ensombrecimiento estético del poder: como soñador bolivariano, Iglesias advierte de la existencia de un golpismo, y uno ya va teniendo la mosca detrás de la oreja respecto a tales mensajes, en absoluto inocentes. La próxima semana, si es que no lo hemos hecho todavía, hablaremos de la imbecilidad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (II)

(Ilustración de Fernando Krahn)

Segunda semana de pandemia, si bien queda meridianamente diáfano que el COVID-19, en su vertiginosa vuelta al mundo, se había paseado por España con anterioridad. La temperatura política, tradición que nunca abandonamos en esta tierra de reyes, va en aumento conforme la enfermedad destapa con crueldad la fragilidad humana y las capacidades intelectuales de quienes nos gobiernan. No así sus irrefrenables raptos dionisíacos. El presidente Sánchez, desde aquel iracundo Consejo de Ministros que decidió el estado de alarma, toma por hábito una indecorosa impuntualidad en sus apariciones televisivas. Como esas estrellas rutilantes de Hollywood, demora la cita, mientras los ibéricos, en sus domicilios, entre veloces visitas al cuarto de baño, una carrera a la nevera a por una cervecita o un cigarrillo rápido en el balcón sospechan algún anuncio importantísimo. Pero no, el presidente, a la par que impuntual (esas formas) se ha convertido ya, con sus cálidas y dilatadas charlas, en un miembro más de la gran familia hispana: mientras habla, el lapso sentados en el retrete se alarga, la nevera ofrece más información que su charla y el hilo azul de los cigarrillos, al negro fresco de la noche, dibuja el cielo serenamente. 

La cifra de finados y de enfermos se mezcla, como un torbellino de ansiedades, temores y buenos sentimientos, con la talla de nuestros representantes públicos. No vivimos tiempos gloriosos, a los dirigentes me refiero, mezclados en cuitas y cálculos miserables, sonrojante camarilla aplaudida por el periodismo mezquino. Hobbes afirmó que “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Me parece que la frase cobra un sentido fuerte hoy, del mismo modo que sugiere la cuestión de si los gobernantes veían la verdad antes de que fuera demasiado tarde. O si alguna vez la verán. En el lado bueno están quienes de manera ejemplar sostienen, momentos ásperos y tristes, la civilización, este común acuerdo, sus viejas columnas. Habrá, quizás, un frenesí de heridas morales no cerradas, un debe y un haber a revisar, cuando todo haya acabado, en la posguerra que se anuncia muy difícil. Cuando España, la de los honrosos médicos, enfermeros, soldados, barrenderos, camioneros, agricultores, ganaderos, empresarios, policías y un largo demás pueda mandar a sus casas a las huestes de la demagogia. Estos incapaces, hijos de la picaresca, que tanta fama, dinero y poder acumulan desde la ya lejana crisis de 2008.

Hay estampas de divergente tono. Donde habito (Barcelona) y en un orden zoológico menor, pintoresco, algunos jabalíes comienzan a bajar desde la montaña de Collserola para colonizar una ciudad vacía. Esta semana se vio a un magnífico ejemplar paseando por la Diagonal, imagen nueva que substituye a abogados en corbata y a señoras que han quedado con las amigas para tomar un gin & tonic en alguna terraza. También subrayo, alegre, la progresiva extinción de las colúmbidas, aves detestables. Es esta pequeña alegría una vorágine de la posverdad: todo paradigma tiene su romanticismo. 

Volviendo al homo sapiens, la alcaldesa de Guayaquil, señora doña Cynthia Viteri, ha surgido al mundo noticioso peleando por ganarse un lugar en el altar del postruismo: impidió con malas artes y redes sociales (espacio divino de la posverdad) que un avión aterrizara en su ciudad para repatriar a compatriotas nuestros. Puso incluso en peligro la vida de la tripulación cuando ordenó ocupar con vehículos la pista del aeropuerto. La muesca moral del episodio no tiene mucha discusión; en cuanto al mecanismo -lo que lo hace funcionar políticamente- no tengamos tampoco dudas: vivimos en el régimen que es fruto corrupto de lo posmoderno, que ya es decir. En palabras de Ferraris, impera “la estetización de la política, su popularización (la política debe tratarse con las masas, exaltarlas, persuadirlas)”. El miedo es, en cualquier caso, un viejo recurso para la finalidad (espuria) del populista. Culturalmente, el COVID-19 puede ser al siglo veintiuno lo que la Gran Guerra fue al largo diecinueve: el epílogo de un mundo conocido. 

Un virus para la postverdad (I)

En la mañana en que escribo esta nota, el panorama de pueblos y ciudades casi desiertos es general. El estado de alarma ha sido ampliamente obedecido. Incluso por los perseverantes lúdicos (nada sabemos de los lúbricos crónicos). Si esta es una pequeña muerte, no descontemos el fallecimiento general, flacidez estética definitiva, fin de todas las pasiones grecorromanas. Se han producido algunas aglomeraciones en ferrocarriles y metro. La imagen no altera una realidad que el sábado pasado parecía rotunda: desolación. Quizás también miedo, camarada mayor, siempre. En el transcurso de una semana los acontecimientos aparecen dispares, incoherentes. Primero, miles de personas (y autoridades) se manifestaron apretadas las filas, en Madrid. Era un ejemplo clásico de manipulación de las masas por el poder. Unos días después, episodio fantástico, la vida quedó arrancada de la calle, del bar, del restaurante, del contacto sensual con lo consuetudinario. Como si la anterior existencia, antes de la perturbación de las costumbres, hubiera sido un sueño. Este es un vocablo riguroso, porque nos sumerge en una especie de alucinación modulada, experiencia de los extraños nuevos días. De las muchedumbres reivindicativas, con miles de infectados (entre ellos, miembros del Gobierno), al decreto de alarma y la campaña de confinamiento (el populismo biempensante de “yo me quedo en casa”). Esta última circunstancia nos remite al despertar del sueño, el apremio: ¿cómo compraremos la comida y pagaremos las facturas si no acudimos a trabajar? Es lo que Boris Johnson -el inglés que recita de memoria a Homero- ha decidido hacer prevalecer, la economía, mientras los mediterráneos comenzamos a penetrar en otra misión histórica, según repiten los políticos: “ganar esta batalla”. Tengo mis dudas sobre esto último, al menos en el plazo suficiente para que España se vaya, líquida, al pozo de la historia. Para la propagación cultural del virus interviene el instrumento principal de la posverdad: las redes sociales. El sueño de la lucha contra la pandemia puede vencernos y concebir rutilantes situaciones, abajo, en la verdad que asoma aún de la civitas. El Ejecutivo pone en la calle a Ejército y policía para controlar el rumbo y destino de los transeúntes, cosa inquietante en nuestra común vida de europeos postruistas (felices homo web de la posverdad). No vierto sombra ninguna sobre las fuerzas de seguridad, son muy respetables, mucho más que un Gobierno falaz. Pero sospecho que la inoperancia intelectual de los actuales dirigentes -y la capacidad de acción que les otorga el estado de alarma- pueden traernos no ya escenas inimaginables, sino de una gravedad poco calculada.

(Nota publicada en Ok Diario)

Volviendo a una tradición

Que la izquierda sea, otra vez, la que interponga entre los españoles y España todos los escollos y premuras ideológicas imaginables no debería sorprender. Atiende a una tradición muy suya, en cierto modo desmentida por los gobiernos de Felipe González. La misión de este no fue exactamente darle la razón a la vieja (y quizás apócrifa) frase del canciller Bismarck, aquello de los hispanos trabajando sin denuedo y largamente por la destrucción de su patria. Que demostraría ser, con la resistencia a morir a manos de sus hijos, la nación más fuerte del mundo. Los socialistas fueron, en consonancia con los intereses de la Europa liberal, el partido ideal en el momento justo. El hecho, un poco misterioso, es que consiguieran recoger los frutos del antifranquismo habiendo estado ausentes durante toda la dictadura del general. Volviendo al cainismo, se podrá decir, en cualquier caso, que España es un enigma aún indescifrado y que tal cosa permite diversas definiciones, contradictorias. Un país esquizofrénico entre afectos y desafectos. Y ahí, por la inconmensurable afición de los íberos a las cuitas y desgarros políticos (también Bartrina y Ortega advirtieron tales males), el diseño de la Transición, afianzado por González tras el trabajo sucio de Suárez, resultó muy oportuno.

Pero, querido lector, como no hay régimen español que cincuenta años dure, aquel ambiente ha caducado. Merced a las últimas aventuras del inquilino actual de Moncloa, quien primero se adueñó del partido del puño y la rosa, y después metió en el poder a los antagonistas de siempre, renovados: comunistas y nacionalistas de duro pelaje. Una obra política que no ha hecho más que comenzar. La coyuntura cultural, creo importante decirlo, les es favorable, amén de un nivel de exigencia intelectual que nos remite, en lineas generales, a una imaginación orwelliana. Un país de distraídos gobernados por un comité de perversos astutos. Fervorosamente fatuos, por cierto. Pero conocedores de las máximas maquiavélicas para conservar el poder. Parecen alumnos aventajados de Mitterrand, al que cito por su práctica cerrada de la política por la política, la ambición que alimenta a la ambición. Aunque habrían superado a aquel Mito Errante galo con el uso indisimulado, pornográfico, de la mentira. Con la inestimable promoción del periodismo televisivo, genuflexo a la homilía oficial del izquierdismo. ¡Si hasta Matías Prats se ha apuntado a la demagogia del neofeminismo!

En términos de actualidad, la deriva española es ya tema internacional: si fuimos afrancesados (González), después atlantistas (Aznar) y más tarde galleguistas (Rajoy), ahora estamos en la seducción venezolana. Ahí tenemos a nuestro atareado Zapatero, agente del totalitarismo tropical. En estas cuestiones, como en otras de orden interno (señalar y estigmatizar al oponente para disfrazarlo de enemigo), la izquierda hispana retoma hoy una tradición. La camaradería con los archiespañoles hostiles a España, nacionalismos periféricos y atolondrados comunistas. El mayor temor es que parece agotado el tiempo de las modulaciones, imprescindibles para el (buen) funcionamiento de la cívica democracia.

(Nota publicada en Ok Diario)

La revolución

“Un pueblo en estado de revolución es invencible.”

“Ya estamos lanzados, tras nosotros los caminos están cortados, hay que avanzar, por las buenas o por las malas. Sobre todo hoy es cuando se puede decir: vivir libre o morir.”

“Acabamos de atracar en la isla de la Libertad y hemos quemado la nave que nos condujo allí.”

“¿No tiene el pueblo el derecho de sentir las efervescencias que lo conducen a un delirio patriótico?”

“Cuando la fuerza pública no hace sino secundar la voluntad general, el Estado es libre y pacífico. Cuando la contraría, el Estado está esclavizado.”

“¿Es la ley la expresión de la voluntad general cuando el mayor número de aquellos para quienes está hecha no puede contribuir, de ninguna manera, a su formación? No.”

“No demos libertad a los enemigos de la libertad.”

“Un pueblo que se apresura hacia la libertad debe ser inexorable hacia los conspiradores; que en tales casos la debilidad es cruel, la indulgencia es bárbara.”

“Decid los nombres, decidme los nombres de los súbditos cuya sentencia firmará mi mano.”

“Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie.”

“En un estado revolucionario, hay dos clases, los sospechosos y los patriotas.”

“No te dejes engañar cuando te digan que las cosas están mejor ahora. Incluso si no hay pobreza por ver porque la pobreza ha estado oculta.”

“La gente solo pide lo que es necesario, solo quiere justicia y tranquilidad, los ricos aspiran a todo, quieren invadir y dominar todo. Los abusos son el trabajo y el dominio de los ricos, son el flagelo de la gente: el interés de la gente es el interés general, el de los ricos es un interés particular.”

“Tienes un bonito traje, paciencia, dentro de poco si tienes dos me darás uno, así es como nosotros lo entendemos; será así como en cualquier otra cosa.”

“No podemos contar los años en que los reyes nos oprimían como un tiempo en el que hemos vivido.”

Querido lector, si ha llegado Ud. hasta aquí, debo aclararle (aunque quizás sea innecesario) que las frases antes transcritas fueron todas pronunciadas hace más de doscientos años. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Podría argumentarse que el contexto histórico era radicalmente diferente, y en verdad lo era: esas palabras, la construcción que emana de su conjunto, sirvieron para tumbar un viejo régimen, monárquico. Sin embargo, la sospecha que provoca su lectura hoy, bajo una democracia parlamentaria, es de orden candente, actual. No resultan tales afirmaciones, eslóganes, tan anacrónicos como refulgentes. Todavía resuena la llamada “a la movilización” del vicepresidente del Gobierno, Iglesias, hace solo unos días. Señaló al adversario y ofreció la fórmula para combatirlo: la calle. Como una lluvia fina, ideológica, propiciada por un pacto de conveniencia entre periodistas televisivos y políticos nacional-populistas, van calando en la sociedad lugares comunes, falsedades, simplicidades irrefutables. La maquinaria parece engrasada, hay un público adepto que ya siente que su ‘misión’ política, inexcusable, es la lucha contra el enemigo, eso que llaman, sin escrúpulos, ‘fascismo’. Monstruo identificado por no comulgar con quienes, en realidad, ni creyeron ni creen en las formalidades éticas y exigencias estéticas de la democracia. ¿Los verdaderos totalitarios? En la Generalitat y, también, en el Gobierno de España. Una postrera cita, si me permite, querido lector:

“La fuerza de las cosas puede arrastrarnos a resultados que no habíamos previsto.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Comunismo de guante blanco

Novedades de Moscú: Alberto Garzón, ministro de consumo. Si esto no refuta cualquier idea fuera de la ironía, que bajen los santones del comunismo y lo vean. El chico, pulcro y tierno, delicado en sus formas cual hijo deseado por toda antañona madre, gozará asiento en la ovalada mesa del Consejo, barniz sobre el que se tratan los grandes asuntos del país. Viendo quién se sentará allí, podemos afirmar que las reuniones tendrán un cariz fantasioso. La fantasía que cubre todo voluntarismo ideológico. Lo creamos o no, la muchedumbre de altos cargos, apretados cada semana en torno al misterio hispano, va a parecerse mucho a un delirante comité central. El de una república popular con Rey, con sus aplausos, sudores y codazos fratricidas. Hay una imaginaria España, un palacio de los sueños, y dentro un señor desmedidamente voluble que, en su desmesura -quizás en su narcisismo- ha querido un consejo de ministros superpoblado. Iberia, sus inmensos y cruentos problemas de los que indudablemente la derecha es culpable -cambio climático, toros, caza y violentos machos- necesita al ejército de salvadores. Fervorosos bolivarianos para quienes, por lógica de sus flácidos principios, Felipe González (y algún barón) debe ser un fascista de tomo y lomo.

Ahí tenemos a nuestro Garzón, en casa con camiseta de la República Democrática Alemana (dictadura que se derrumbó hacia 1989) y en su boda de chaqué, flamante jefe del consumo nacional. ¿Un chico comunista dirigiendo la más asquerosa circunstancia del capitalismo, el consumo y todos sus alambicados intereses y vicios culturales? En este asunto, Sánchez ha podido mostrar tanta ironía como aquel Montilla que, presidente de la Generalitat, nombró ‘conseller’ de interior a Joan Saura, marxista con Porsche. Anuncian las trompetas progresistas que las primeras medidas a tomar para el asunto del consumo van a centrarse en lo que nos llevamos a la boca, a la comida me refiero. Señoras, señores, niños y niñas: comemos demasiado, y cosas que no nos convienen (ahora cobra sentido la camiseta de la RDA). En cualquier caso, Alberto, zurda colección de demagogias, parece encantado por la cartera recibida. Es la eventualidad de la política, sincretismo obligado. Ni el califa rojo Anguita en épocas gloriosas (2.600.000 votos, 21 diputados frente a los 5 de Garzón en las últimas elecciones) traicionó con una poltrona los principios del materialismo histórico. Son otros vientos los actuales de la izquierda, preocupada mayormente por intereses particulares. Hay que alabar la gallardía garzoniana de parlamentar soflamas mientras se acomoda en los salones del Reino más viejo de Europa. La imaginación política no conoce confín. Ministro cocinitas, qué hubieran hecho de ti Honecker y su Stasi al verte viajar en primera clase (¡todavía hay clases!) e inclinarte ante un monarca. Tuvimos en la Transición el eurocomunismo (antisoviético) de Carrillo, presentado en sociedad por Fraga, tiempos de pacto y finezza. Ahora, de la mano del genio tenebroso Sánchez, llega al poder el comunismo de guante blanco. Estética inconsistente de camiseta y frac, repica mientras anda en procesión. Merodea por palacio, las horas nos dirán en qué medida logra agostar esta achacosa monarquía constitucional, cargada ya de enemigos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (epílogo)

Finaliza con esta nota una serie de género electoral por la que han desfilado nuestros queridos candidatos, la efervescencia política y los aviesos acontecimientos de Cataluña. El panorama, siento comprobarlo, guarda similitudes con los funestos años treinta, cuando los movimientos populistas catalanes presentaban gran vigor y el parlamentarismo madrileño se entretenía en simbolismos, en los recelos que llevarían a la guerra. Una gracia de España, tanto insistir en la ‘memoria’ y no en la ‘lectura’, es que sus aventuras políticas resultan siempre merecidísimas. Auténticas e inapelables hazañas del sentir con el pecho desnudo y la nación en el horizonte. El vigor hispano, tan poético, viene de las criadillas. No culpemos a los políticos por representar tan bien nuestras íntimas filias y fobias, nuestra absoluta carencia de un sentido de orden. El gobierno en ciernes posee todos los óxidos seculares. La mentira más o menos piadosa, las lecciones del Príncipe, se presuponen en el político; Sánchez, además, aporta una posmodernidad voluptuosa. La semana pasada lanzaba mis cábalas recordando el bipartidismo, aquel mundo de ayer que muchos añoran pero no volverá. Con el nuevo Ejecutivo vamos a ahondar en las nostalgias. Los mimbres humanos a disposición no permiten ilusiones, nos haría falta desenterrar no al general, sino a Suárez, a Fernández-Miranda, a Fraga y a Carrillo. En el gran debate televisivo de la semana pasada, el nivel intelectual fue espeluznante, aparte de ciertos detalles muy divertidos, como la gestualidad del beau Sánchez o la extraña telegenia de Rivera. Ya no veremos a Albert en los estrados, ha rodado su cabeza por la inconsistencia de las decisiones tomadas y porque, insisto, hay una inclinación de fondo a recuperar grandes bloques, tras esas aventuras emancipatorias, tan sañudas (Podemos, Ciudadanos). Con Iglesias de vice se abre una etapa, también inéditos bríos para los comentaristas. Aquí seguiremos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (VII)

(Carteles electorales, en plan Rauschenberg)

La campaña afronta sus últimos días y los elementos que se arremolinan en torno (periodistas, fieras en nómina de partido, amigos políticos) comienzan a gastar tono profético. Algunos, circunspectos, lo hacen con prosa trémula, modulando las ganas de acertar en algo. Es normal, cuesta ganarse el pan y decir cosas originales; no digamos acertar la quiniela del poder. Así, se va introduciendo en la opinión pública una suerte de pesimismo que anuncia nuevas elecciones a la vuelta de Navidad. El mensaje cae cual reprimenda a esos políticos profesionales que no saben ponerse de acuerdo para gobernar el país más complicado del mundo, exagerando un poco. Fatalidad, los sondeos indican que Sánchez, el bello interino, podría haberse equivocado confiando al tiempo y al pueblo la solución a sus problemas con los demás. Veamos, el panorama tras el rito de las urnas podría traer, oh melancolía, el inconfundible perfume a bipartidismo. En cierto modo, sería el cierre político de la crisis, que comenzó siendo económica, luego tele-populista y al final ha atenazado las mismas patas del régimen. La formulación simple, psicológica, que estaría invadiendo ya el anhelo de una mayoría de compatriotas es que desde el fin del bipartidismo aquí todo han sido problemas. E incluyo a los dirigentes catalanes, encantados en aquellos tiempos de turnismo en Madrid. Dicha circunstancia, o toma de conciencia, arrojaría al tablero de los pactos una apuesta por la centralidad, las formas ideológicas de la madre Transición. Liquidado Ciudadanos (un suponer) y domeñadas Unidas Podemos (una realidad), volvería a iluminarse la idea de una Große Koalition (gran coalición) PSOE-PP en loor de la responsabilidad. Beau Sánchez tendría entonces la posibilidad de transformarse en estadista, y aquí paz y después gloria. La pureza quedaría depositada en VOX, reserva espiritual, y los dinosaurios harían lo que mejor saben, gestionar el BOE. En cualquier caso, hará falta el empujón del IBEX y algún latigazo de Bruselas para tamaña operación. Pérdida de la inocencia, la terrible responsabilidad del gran pacto. Abandono de la adolescencia guerracivilista (periodo Zapatero) con la exhumación de Franco como última farra: España se hace, al fin, adulta.

Cataluña ha sido el tema (casi el único) de la vida nacional y, por supuesto, de este ya largo periodo electoral. El conocido farol de la independencia (Ponsatí dixit) se pergeñó para no perder hegemonía, si bien ahora parece que el farol estaba cargado de gasolina. La violencia callejera ha dado paso a una acampada de universitarios jugando a su revolución, en medio de la Gran Vía. Uno piensa qué suerte correrían estos cerriles en una universidad menos vendida al nacionalismo. O en un país menos amable, menos mediterráneo. En la Ciudad Condal, con motivo de los premios Princesa de Girona, el lunes una turba nacionalista agredió impunemente a quienes acudían al acto. Al empresario y concejal Bou le salvaron del linchamiento su aplomo y un guardia urbano de paisano. La visita del Rey es afrenta que el independentismo aprovecha para seguir hundiendo la imagen y la vida de dicha urbe. No ha faltado en este episodio el inestimable y siempre equidistante sostén de la izquierda nacional-iletrada: Ada Mal Menor planta al monarca, también Torra y compañía. Resulta ya tan difusa la distancia de los Comunes (Podemos catalán) respecto al nacionalismo como lejanas sus aspiraciones justicialistas, aquello de alcanzar el cielo y los sentimentalismos insurreccionales de papá Roures. La antorcha del politiqueo patrio más rancio (demagogia, nepotismo y sillones) la porta, campeona, la señora Colau en la segunda ciudad de España.

La frase de la semana: “La promiscuidad que hay en el Congreso… Hay veces que abres la puerta de un baño y dices: ‘hostias’… la cierras y piensas que de eso no puedes hablar.” (Pablo Iglesias)

(Nota publicada en Ok Diario)