La provocación

En tiempos en que las brochas de la política eran más finas, se tenía una idea temerosa de la coherencia. El trazo de un Pasolini (izquierda antiabortista) o de un Foucault (juguetón nietzscheano) vinieron a iluminar contradicciones. No es que fuéramos más coherentes, pero el temor a parecer incoherentes nos hacía poner un poco de cuidado a la hora de decir cosas. Confesión profunda, fin de época, fue la de Vázquez Montalbán ‘asumiendo sus contradicciones’. Luego vinieron los pinceles gruesos, se cargaron los micromarxismos, las disputas ideológicas y los libros saltaron por los aires. Como en una hoguera del olvido. Quizás haya sido esta una finalidad demócrata, la adscripción al partido único de los no leídos. Una inmensa soflama.

En el ámbito certero de las caricias, se han vuelto estas de una aspereza y antipatía elocuentes. Hace unos días, gastaba palabras para lo ocurrido con un acto de la asociación estudiantil S’ha acabat! en la UAB, acto en el que pretendían participar una serie de personas del todo provocativas, como dicta el ambiente y el partido único. Esto me llevó a pensar en los pretéritos tiempos del citado Pasolini, asesinado en las calles de Roma. Intelectual, homosexual, provida y, válgame Dios, a su aire. En el PCI de la época había personas de izquierdas, indeterminadas y de derechas; y fuera, extrañas y atribuladas criaturas. Los italianos, es conocido, renunciaron muchos siglos a tener un Estado para dedicarse a hacer de la política una finezza.

La fineza, en todo caso, ha sido sepultada bajo el marmóreo aire de esta democracia. Aquí puede venir un Pinker a decir que nos rescatemos en la Ilustración, mas, siendo profundamente, inconmensurablemente demócratas, cualquier cosa parece una provocación. Como el acto aquel de la universidad, y gracias al cual retorno a los viejos tiempos. A los tiempos de las temerosas e indiscutibles coherencias. Supongo que se recordará aquella coletilla cuando una muchacha había sido acosada por la calle: “¡Es que iba provocando!”. Pues eso, como Álvarez de Toledo, Pagaza, Arenas. Provocando.

A vueltas con la melancolía (II)

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(Fotografía del autor)

Todo se ha dicho sobre la melancolía. László F. Földényi la biografió con esmero. Epidemia según los Tratados hipocráticos, signo de genialidad para Aristóteles, locura en el terrenal/celestial Heracles, amor al saber en Sócrates, pecado, herejía y enfermedad mental para la Edad Media. Luego llegó Petrarca y contagió a la humanidad entera de sombríos pensamientos. El frenesí de la angustia, cuando posamos un ratito la mirada sobre un viejo reloj parado. Están esas imágenes del todo palmarias, que en nuestra contemporaneidad renuevan la melancolía a partir de una sensibilidad condenatoria: Kerensky paseando en Central Park hacia 1967; Battisti y Gogol a caballo por un prado; una lucecita que permanece encendida, aún de día, a la entrada a Bomarzo; la colección de paraguas abandonados en un café. Hasta tal punto hemos aprendido a domesticarnos, nuestro pan y nuestra casa. ¿Se puede esquivar la melancolía? Tratamos de hacerlo despilfarrando billetes, visitando restaurantes que nos gustan, engendrando hijos y haciendo imbecilidades, como ir al gimnasio. Pero todo eso es distracción, no podemos evitar que, en cualquier momento, el monstruo tinte nuestra alma, nuestro intelecto. Pinker, elocuente júbilo, no pudo haber nacido en la vieja Europa, mucho menos en el Mediterráneo.

Contra la melancolía:

Henri Bergson estudió el pasado y nos ofreció una plausible conclusión: el pasado existe. También el presente, que está hecho de pasado. Somos la síntesis de nuestra historia desde el alumbramiento. Es más, ya antes del nacimiento existen características programadas. “En los sueños y en mi comportamiento cotidiano (cosa común a todos los hombres) yo vivo mi vida prenatal”, soltó Pasolini. Dando por bueno lo que dice Bergson, las consecuencias culturales de estar amarrados a lo caduco son tan previsibles como cargantes. Es decir, la interiorización del drama nos impele a sollozar por las esquinas. La melancolía sería un leviatán, un defecto del tiempo que convive y nos atenaza bajo formas diversas. Jordi Gracia describió una de esas transmutaciones en un breve panfleto del todo acusatorio, El intelectual melancólico. Si bien el libro busca atacar el prestigio de esos intelectuales, no deja de ser un bonito agente tóxico contra el ideal nostálgico en general. La paradójica inconsistencia del intelectual melancólico -figura orgánica del siglo veinte- es que, siendo vocero del progresismo liberador hace cuarenta años, ahora florece en una queja amarga e interminable por los efectos del modelo estético que él mismo ayudó a edificar.