Colau y la revolución

A estas alturas del nuevo siglo, descartadas catarsis imaginativas, podemos afirmar que la revolución ha muerto. O al menos, no se la espera como antes. Eso que llamamos ‘opinión pública’ y los mecanismos cínicos del sistema democrático han acabado con ella. Quizás a Pedro Sánchez le apetezca, por vanidad, darle el puyazo nombrando a Iglesias ministro de alguna cosa. En verdad, y después de los denodados trabajos de la elite podemita estos años, vemos perecer, por fin, al monstruo. Sus últimas apariciones, en España, obedecen a lo que Marx calificaba de “miserable farsa”.

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Una asignatura pendiente para Podemos

Una impertinencia: a los chicos de la nueva política (antes había una new left, pero quedó anticuada por exceso intelectual) les pondría una asignatura. Se denominaría ‘Visionado de unas cuantas películas del señor Lubitsch’. Una asignatura troncal. Esto, no lo dudo, tendría consecuencias molestas, curativas de mala fe. Especialmente en ciertos departamentos universitarios endogámicos. El efecto deseado sería antiinflamatorio ideológico. Digo deseado porque no sólo hay enfermedades, también existen los enfermos, y la ciencia cinematográfica hace lo que puede, mas no es siempre resolutiva.

Cuando la cabeza está amueblada con la austeridad de un saloncito de la RDA no pueden esperarse adornos cáusticos.

Tras el Telón de Acero todo fue realismo, la ironía se consideraba un producto burgués. Si lo pienso bien, Lubitsch para neoleninistas es una ocurrencia descabellada, como colgar una araña de cristal de roca con caireles en aquel saloncito gris de homo sovieticus. El techo hundido y la familia rota en mil pedazos; un escándalo en el vecindario. La policía política aparecería, tarde o temprano, para poner orden. Aquí veo oportuno un apunte controvertido: a los leninistas del siglo XXI tampoco los imagino en un apartamento socialista homologado, años 1970; se ahogarían en el formalismo, en el orden revolucionario. Serían sospechosos enemigos de la patria y sus teléfonos estarían pinchados por la Stasi. Por demócratas.