¿Qué hacer en Cataluña?

Los que hemos vivido cerca el procés catalán conocemos sus detalles sustanciales, sus efectos metafísicos. Algunos enterramos quizás para siempre cualquier espíritu optimista referido a la política. Un cansancio adornado de hastío. Vimos a la criatura nacer, cómo era alimentada y crecía. El término ‘proceso’ es bastante exacto, ilumina la naturaleza del fenómeno. Pero hay que aplicarlo a un periodo de unos cuarenta años, si contamos su gestación. No se logra fácilmente instaurar en una sociedad democrática la energía que toda porquería insurreccional necesita. Requiere de recursos y tiempo, cosas de las que el nacionalismo ha disfrutado.

Se ha escrito mucho sobre el Programa 2000 de Jordi Pujol, que sentó las bases para la construcción de una Cataluña nación, primero, y una Cataluña Estado, después. Esa gestación nacional encontró un hito en la famosa sentencia del Constitucional (2006-2010) sobre un Estatut que el ilusionista Maragall se sacó de la chistera para borrar cualquier complejo de “mal catalán”. No es que dicha sentencia atentara contra la estructura legal y emocional de Cataluña, sino que el nacionalismo (incluyo al PSC) decidió que sí lo hacía. Los grandes medios de comunicación catalanes se pusieron manos a la obra en el parto de la criatura. Un editorial, de título La dignidad de Cataluña y publicado en plan régimen de partido único por todos esos medios, anunció la buena nueva, en forma de velada amenaza a la independencia del poder judicial: ya había nacido el procés. A partir de ahí, todos los trabajos y los días se dedicaron a su alimentación y engorde. Se nos hizo vivir a los catalanes bajo una incesante propaganda que mezclaba el romanticismo insurreccional (la libertad de los oprimidos) con las poderosas y radiantes herramientas del siglo XXI. Sin la colaboración de la izquierda catalana (se le llamó “equidistancia”) este proceso no hubiera tenido ni el vigor ni tampoco su justificación por parte de una notable porción de compatriotas. El procés catalán tuvo, por tanto, inteligencia y medios. Tanto públicos como privados. La idea es que, aunque no haya logrado su objetivo último (la independencia de Cataluña), sí ha conseguido el objetivo secundario, y no es poco: la desestabilización del régimen vigente, me refiero a la entera España. Algo que está también en la erótica fundacional de algunos partidos allende el Ebro, como Podemos.

Si el engendro fue catalán, estimo que también podría ser catalán su defenestración. Es más, lo contemplo un deber estético. Los empresarios no nacionalistas, como el señor Bruguera (Círculo de Economía), han intentado en loables ocasiones ofrecer propuestas “de consenso”. La dificultad es su espíritu, la amabilidad del moderantismo en tiempos muy exaltados.

Deberían ser los políticos quienes hicieran este trabajo de reencuentro. Reencuentro de las instituciones catalanas (mayores y menores) con España, con la mayoría (no nacionalista) de catalanes. Hay uno que va a intentarlo sin componendas ni eufemismos de tercera vía, Alejandro Fernández (PP). Además de cantarle a Torra un estribillo de Manolo Escobar en el Parlament, momento de saludable heterodoxia, se ha propuesto elaborar, contando con personalidades de muy diferentes ámbitos, un libro blanco para Cataluña. Sí, yo también guardo como oro en paño todas las fobias y las poquísimas filias cuando pienso en sus señorías y los partidos a que se deben. Sin embargo, hacen falta políticos audaces y también política abierta, pero no como afirma machaconamente el independentismo (y sus simpatizantes de la izquierda) con el fin de eludir el peso de la Justicia. Fernández, persona sensata, consciente de los graves errores del PP, recogerá propuestas y convicciones en ese libro blanco. Esperemos que no sea solo un instrumento de promoción política, sino que sirva para el citado reencuentro catalán.

 

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España en proceso

Ya tenemos a Sánchez midiéndose presidente, después de un sinfín de reuniones y conversaciones telefónicas ocultas al pueblo, por el pueblo y todo por el pueblo. Se denominan negociaciones y amparan detalles de naturaleza prosaica, trozos de la tarta que son los presupuestos del Estado. Podemos seguir leyendo a Galdós en sus Episodios Nacionales y tener la certeza de que la vieja nación conserva la salud de siempre.

Las debilidades del nuevo tiempo político (erosión del bipartidismo) son fortalezas en unos pocos, indispensables para la investidura del líder socialista. En tal pomposa circunstancia, tenemos a lo más granado de la España que se aborrece, una manera agotadora y muy antigua de ser español. Iglesias se pone estupendo, semblante grave ante la mirada de la Historia. Quiere despachos ministeriales para salvarnos de tantos peligros que acechan a la nación. Así de desmedido tiene el ego el muchacho. Luego, los nacionalismos periféricos (incluso el más activo y criminal en el propósito de un terruño limpio de compatriotas refractarios e invasores españoles) arriman el ascua a su sardina gracias a Sánchez. Estos proponen también una salvación, pero limitada a la pequeña patria (País Vasco, Cataluña).

En el terreno de las cábalas, se habla y escribe ya sobre los posibles ministros del futuro gobierno. Leo hoy que suena un tal Gerardo Pisarello, argentino y durante años mano derecha del “mal menor” Colau. Para los barceloneses, este personaje tiene un retrato fijo en la reciente historia de la ciudad: absoluta incapacidad de gestión unida a la más escandalosa de las perezas. Hay del mismo modo una fotografía que complementa el retrato, cuando Gerardo forcejeó con el concejal Alberto Fernández Díaz para evitar que la bandera de España luciera en el balcón consistorial. Es un extraño modo de agradecimiento al país que te ha acogido. En esa misma imagen una estelada ondeaba sin causarle a Pisarello ninguna reacción. Sí, queridos lectores, Podemos y sus sucursales (en este caso Barcelona en Comú de Colau) han percibido siempre en el procés una oportunidad. Una energía que entronca con la motivación primera de su fundación como partido: el derrocamiento del régimen constitucional.

En efecto, si el proceso catalán posee unas características estéticas, unas modulaciones propias, también ofrece oportunidades más allá del Ebro. En la tesitura actual, se está produciendo su traslación al conjunto del país, vía Podemos y los socialistas. Aunque los promotores y financiadores del procés no lograron su objetivo último (la independencia de Cataluña), sí han conseguido el objetivo secundario, y no es poco: la desestabilización del régimen vigente. Algo que está en la erótica fundacional de Podemos. Sin eludir suculentas partidas presupuestarias (seguimos en Galdós).

Que sea el partido socialista quien vaya a liderar este episodio ibérico no me parece inverosímil. Tampoco incoherente. Algunos se rasgan las palabras recordando el orden y la lealtad institucional de la etapa González comparándolo a lo de ahora. Pero hay que, simplemente, hacer un suave ejercicio de memoria histórica. Estos son los tiempos y las solvencias del PSOE a lo largo de su historia: el tiempo del marxismo clásico de su fundador; el de colaboración con el Régimen de Primo de Rivera; el populista republicano de Largo Caballero; el del silencio sepulcral en la Dictadura de Franco; el socialdemócrata de la Transición con Felipe; el postmoderno de Zapatero y éste último neopopulista de Sánchez. Toda una hoja de servicios a la nación.

Columna publicada en Ok Diario:

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¡Es Esquerra, estúpido!

Una de las gracias del periodismo de opinión es formular hipótesis. Incluso atreverse con el futuro (y esperar que se cumpla). Y como no hay vidente infalible, comenzaré por cubrirme un poco las letras con el pasado, que requiere también de poderes visionarios, como saben los historiadores.

ERC es un partido antiguo, de los más antiguos de España. Fue fundado en Sants (Barcelona) en 1931 y entre sus dirigentes aparecen nombres tan destacados como Macià (viejo cacique de comarca y militar), Companys (responsable de un periodo negro y criminal en Barcelona) o Tarradellas (un señor al que de vez en cuando alguien iba a visitar a su austero exilio francés). Sobre este último, y en virtud de una operación del gusto de la Transición, conservamos una imagen entrañable, cuando dijo desde el balcón de San Jaume aquello de “Catalans, ja soc aquí!”. En esos momentos Pujol debía estar ya maquinando, en la sombra, cómo bajar del balcón al viejito republicano.

ERC fue dirigida después por Heribert Barrera, hombre dedicado más a su particular acomodo en instituciones que al partido. Su pensamiento fue doméstico, de pureza xenófoba, ese que las elites catalanas con pedigrí, como la señora Ferrusola, han mantenido discretamente. Las siguientes aventuras políticas de Esquerra estuvieron ligadas al Tripartito, un ejercicio fuerte de poder. Aunque fuera tan estrambótico como la excursión de Carod-Rovira (a la sazón vicepresidente de la Generalitat) a Perpignan en coche oficial para pactar una “tregua” con ETA.

La inconsistencia, la imagen de organización poco fiable, con cuadros y líderes asilvestrados, funcionó como un estigma hasta la llegada de un profesor universitario llamado Junqueras. Hombre de misa diaria y devoto del catalanismo clásico de Prat de la Riba (intelectual de cabecera de Pujol), parecía la última rareza, una más en la esperpéntica trayectoria del partido.

Como sabemos, ERC volvió al poder de concentración (nacionalista) con su nuevo caudillo. Y, en efecto, sus actuaciones como número dos del gobierno Puigdemont en la preparación y ejecución política del procés entroncan con aquel histórico desmadre republicano. Una especie de ADN insurreccional que Esquerra no puede quitarse de encima. Y aquí entro en el terreno de las hipótesis, que podrían alterar una tradición. Junqueras recibirá condena, mas no se dilatará mucho su salida de prisión. Una vuelta al escenario político (si es que alguna vez lo ha abandonado) que será hito del catalanismo. La evocación de Tarradellas regresando a la patria (erótica soñada por el de Waterloo) y todo el mundo emocionado. Pero con la estimable diferencia de no tener a ningún Pujol en la sombra pergeñando su caída. El actual desorden convergente no vaticina su resurrección, aunque Mas quiere volver a la arena. Quizás a Madí, cerebro gris de la burguesía indepe, ya no le queden ganas de más aventuras.

En cualquier caso, Junqueras podrá ser presidente de la Generalitat un día no muy lejano. Siempre que haya aprendido la gran lección del fracasado golpe, que tiene estos elementos: nadie en España (ningún gobierno) va a  tocar el poder instituido de la Generalitat (presupuesto, competencias y organismos); el procés ha permitido medir los límites del sistema, los límites de la insurrección, por tanto. ¿Y qué hacer ahora? Conseguir la independencia de Cataluña por otros medios. ¿Cómo? Como ya estamos contemplando en ciudades gobernadas por ERC: acatamiento de la legalidad y buen gobierno (obras son amores). Ejercicio cotidiano de la política: todo lo que fue descuidado por los excesos del procés.

Si Esquerra y Junqueras han aprendido la lección, tendrán francas posibilidades de reescribir la agenda política catalana. ¿Y la independencia? Que el censo y la propaganda de baja intensidad, continuada, hagan su labor. ¿Pueden esperar veinte o treinta años? Por supuesto. El Estado tiene el reloj, pero ellos tienen el tiempo.

Columna publicada en Ok Diario:

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La libertad

Estaba en el club comportándome como un perfecto hombre contemporáneo, o lo que se espera de él: estoicismo sobre una máquina de remo, treinta minutos bogando con la satisfacción de permanecer anclado en el mismo sitio. Vi Barcelona a los pies. Sobre el mar, la montaña de Montjuic, su castillo, el camposanto en la ladera sur, el estadio olímpico llamado Lluís Companys, quizás por el récord de asesinatos bajo su funesta y breve presidencia. Y, recónditas, las calles de los aviadores del Plus Ultra, entre ellos un tal Ramón Franco, hermano del último caudillo y diputado por Esquerra Republicana de Catalunya.

Después del remo, bajé a la piscina. Allí, unos señores maduros conversaban ligeramente, cigarrillo en mano. Suelen pasar un buen rato en remojo en el jacuzzi de agua salada, situado sobre una pequeña terraza. Son camisas viejas, ustedes ya me entienden; no desentonan con el aire de esta nota. Mi club, como España, tiene dos almas, invocaciones: la que habita en la convicción del movimiento permanente y la que prefiere el viejo valor de la templanza. En un estado de franca incoherencia, están los que vagan entre el mundo de las máquinas, pesas y bicicletas, y el universo epicúreo de los chesterfields de cuero, copas y puros del área social, edificio cuya humanidad alumbra algunos templos de la urbe, restaurantes, saunas, bancos. Quizás en las dos almas, e incluso contando la tercera, el asunto sea la perseverancia de los ritos, las tradiciones de la microhistoria.

Una vez acabado el baño de sol, tomé con paso firme la calle Anglí, empinada, presidida por un palacete burgués en que se celebran fiestas del inmemorial género ya mostrado en el Papiro Erótico de Turín, cito ejemplo muy antiguo. Cruzando la Vía Augusta, llamé a un amigo periodista por si andaba por la zona. Estaba comiendo en La Focaccia de Dante Gori, donde el primogénito de Dante atiende a la clientela con imperiales modulaciones. Teniendo en cuenta la legión de ofendidos en TripAvisor, este señor merece todos mis respetos. Para el café nos sentamos en una cercana terraza, mientras la apacible vida de Tres Torres discurría en loor de filipinas con bebés, niños de uniforme con escudo bordado al pecho, niñas de uniforme con falda príncipe de Gales, obreros manchados de yeso en busca del carajillo, porteros con bata azul, señoras tomando café y alguna serpiente caribeña.

Mi amigo no estaba de un gran humor y la conversación pasó de las amistades comunes a España, el tema, nuestro tema. Se me ocurre que todos aquellos compatriotas agoreros son los hispanos inconmensurables, los que procuran a esta nación el grado de eternidad. De carga histórica. Sumando está el asunto del entorno, la actualidad de la cual mi amigo sólo hallaba dolores de cabeza, tristezas y decepciones. El procés, ya instalado, incluso acomodado entre nosotros y sin visos de esfumarse. Advertía John Stuart Mill, teórico de la libertad, que en un ambiente de esclavitud mental pueden existir grandes pensadores, si bien no deberían abrigarse esperanzas de encontrar un pueblo activo intelectualmente. Es una hipótesis, o una frase ocurrente. O un hundimiento. Pero no hay nada más inútil que llorar por los muertos.

La felicidad de los pececillos

Bajo del polvo de la Acrópolis, quiero decir, de las arenas arboladas del Turó Parc, donde me he entretenido un rato observando a los peces. Cuando perciben sobre el agua una sombra humana se apresuran al unísono hacia ella, como adoradores de un dios socialista. Estos peces gordos, malcriados, parecen insaciables. Habrían cumplido, porque la naturaleza es así (aleccionadora y lujuriosa), el camino de servidumbre de aquel Hayek que reprendía a los ingleses comportarse casi como alemanes nazis, después de la última gran contienda.

Hay, en los estertores del invierno, un aire indisciplinado, explosión de la vida política, dicho cursi. Decretos bonitos, regalo del edén a las almas tibias, a los que necesitan el amparo de la poética subvención. El nuestro es un país que se toma muy en serio el socialismo, gobierne quien gobierne. Millones regando a ninis, a pobres, a niños desamparados; a los jubilados que ven las tertulias políticas convencidos de aprender cosas, a su edad. La Weltanschauung gloriosa, un Gran Hotel Abismo en el que todos podemos hospedarnos. Quién hubiera imaginado esta muerte divina de la España que tan mal ha tratado siempre a sus hijos.

Así, nuestra primavera financia una cosa estupenda para los españoles. Sobre esto nos hablan los impertinentes alérgicos, su neolenguaje en forma de resuello que indica un severo rechazo a la alegría, a la belleza de la nación en flor, abundante y proverbialmente generosa. Son economistas cenizos, periodistas aguafiestas, intelectuales que citan a Scruton; el último burgués con conciencia de clase parapetado tras las cortinas del número diez de Ganduxer street.

En Barcelona gozamos de una geografía política extraordinaria, esta ha sido una balsa fundacional. Los peces catalanes, al menos dos o tres millones de ellos, han mostrado la vanguardia del nuevo siglo, ejemplo de energías y lirismo como nunca vistos en Europa desde los dorados años treinta. Las artes, la gastronomía, la astronomía, la Historia, la lengua, la literatura, los deportes: a todo ha impregnado la sensualidad de una república hegeliana de ocho segundos, que no pudo ser (todavía). Algún letrado hizo ese día las maletas. También volaron depósitos bancarios a tierra enemiga. Un querido amigo, quizás excesivo, llenó la casa de fabada en conserva y botellas de Rioja; después, se acercó a la joyería Rabat para comprarse siete relojes; por último, llamó a su abogado para que tramitara el divorcio de su mujer.

Ocho segundos muy caros; o sumamente baratos, según se mire. En todo caso, los pececillos republicanos se azoraban entre deseo y realidad; deseo de una naturaleza que se confundía con la fantasía. Qué vieja es la ciencia política. Ahora tenemos un gobierno en Madrid empeñado en la exuberancia de la balsa.

El humor, la cárcel, tampoco el cariño del PSC se han demostrado eficaces a las servidumbres arriba comentadas. Mas habría un remedio. Es una cura asequible, sencilla, quiero pensar que eficaz con un poco de esfuerzo y ternura. Y es medicinal, está apoyada en la ciencia y en la sabiduría milenaria: compren una droga predilecta, sobre la que todavía no haya caído el brazo censor de la farmacología, el mismo que se cargó el Myolastan, por ejemplo. Tómenla en sus mejores condiciones, acompañados o solos, con el capricho que se antoje. Aporto un testimonio, el de Alonso de la Torre, quien da fe del remedio: en su boda, se tomó un Optalidón con una copa de vino y un langostino y alcanzó “aquella noche el cielo de la literatura excelsa”. La misma persona explicaba que, durante un viaje en autobús de Cáceres a Badajoz, un comprimido de Biodramina D le proporcionó “tal lucidez” que dejó de ser marxista.

Aquel lejano veintiuno de diciembre

El viernes, 21D, estuve paseando la zona que amo y habito, en Barcelona. Contrariamente a la presunción, en mi barrio no vi policía, fogatas o banderas victoriosas (del Caribe). Tampoco antifascistas de negro (las modas cambian una barbaridad), ni carlistas ateos y republicanos (¡pardiez!). Por no ver, no vi siquiera a los oficiales de mi notario, tan disciplinados ellos en el café y el hojaldre de crema de las once de la mañana. Ahora que pienso, quizá sí encontrara en mi paseo a algún carlista auténtico, camino a misa, teba verde olivo, cabello marmóreo y prensa decana bajo el brazo. Respecto a esto del carlismo en el siglo XXI, muletilla periodística, todas mis dudas sobre su pertinencia. El elemento histórico que me parece más afinado referir es la constante española del insurreccionalismo. De hecho, tampoco llamaría golpe de Estado a lo del pasado año, sino una rebelión jurídica, en sintonía interpretativa con el profesor Ucelay-Da Cal. Una subversión de maneras berlanguianas, por otra parte. Aquellos agitadores que salieron a la calle temían llegar a casa demasiado tarde y perderse su propia revolución, retransmitida por TV3.

La jornada del 21D publicitaba (otra) revuelta catalana. Las calles vecinas al mar se vaciaron de apocados, el asunto ya no parecía tan festivo, folclórico como antaño. Entre centenarias construcciones burguesas, una escenografía: sirenas y hombres azules con cascos y realidades (¡La república no existe, idiota!); enfrente, fenomenología de sudaderas, capuchas y consignas de un declive intelectual pavoroso. Mientras, las alturas celebraban una cumbre ‘bilateral’. La incurable sensualidad socialista. En ese amaneramiento estaba el presidente Sánchez en la Condal, visitando al homólogo Torra. Ligoteo pseudoconstitucional, aun cuando, por tradición, los señores de Palau no confunden nunca cariño con intereses; Madrid, entérese de una vez.

Al siguiente día, sábado, el grueso barcelonés cayó en la cuenta navideña y se apresuró con las compras de última hora. La resaca del 21D sería esto, reformulación del ego nacionalista por la vía del consumo feliz, consuetudinario. También por la Lotería Nacional, sorteo que embelesa incluso a los de lazo amarillo en la solapa. Dicho de otro modo, el sábado se encendieron las luces, la orquesta sonó y París volvió a ser una fiesta, aun sobre los escombros de un bochorno. 

Epílogo: 

Según Thomas Carlyle, se nace aristotélico o platónico. Puesto en palabras de José Manuel Blecua, se es recto o curvo y nada más. He aquí el péndulo de nuestro querido repertorio, también de la vida nacional. Los trances ibéricos, si prefieren. En el meridiano de la realidad, aquel lejano 21D, ningún DNI fugó de las carteras. Ciudadanos españoles a todos los efectos, teatro, violencia, afecto.

Feliz Navidad.

Postal barcelonesa

Hubiera querido titular esta reseña postal navideña, o algo parecido. Una voz que protegiera un poco la evocación de las fechas en que acostumbramos a hacer cuatro o cinco cosas sin muchas dudas. Celebrar comidas de compromiso, enviar felicitaciones, comprar regalos y aprovisionarnos, religiosamente, de bebidas y dulces. No sé si en otros lugares patrios se conoce, pero estas fiestas son las primeras en que en Barcelona no es Navidad. Meridiano: penuria de luces (recorran la Diagonal), destierro del villancico -algunos sentirán agradecimiento-, y un belén del consistorio que tiene la exacta magnitud del insulto artístico. 

La Navidad padece el sometimiento, perenne, a la política doméstica. Entendida esta como un Tómbola (¿recuerdan aquel programa televisivo fundacional?) de 24 horas y siete días a la semana. No existe tregua, y las señoras, cuando quedan para el café, en lugar de hablar del papel couché lo hacen sobre la bufonada partitocrática del día. No nos ha hecho falta a los barceloneses un Fo que ciñera la comedia con gangas ideológicas. Aparece el presumido, diputado, alcalde o presidente regional, que bosqueja alguna ocurrencia por la noche, cuando el público dormita y sueña con igualdades, para vomitarla al amanecer. El espectáculo, sesión continua; los intérpretes, celosos de sus papeles. Aunque demasiadas veces parecen creados por Pirandello.

Trascendieron fiestas inadvertidas, hambrientas, sangrientas, felices, pomposas, nevadas. Bajo las bombas o desbocadas con la última burbuja inmobiliaria. Las de este año pasarán a la Historia, el baúl profundo que todo lo guarda, por ejemplarmente anodinas. La prudencia me guarda de un adjetivo más abultado, a la espera de los queridos comanches del procés, esos CDR. Pesa sobre el porvenir una parodia, ganas de jugar, de recrearse con los viejos cachivaches del pasado, su imaginación. Está le peuple, enemigo siempre de sí mismo: qué presagio cuando profesa el destino y, excitado, abre el baúl en acto de pureza. Algún comentarista piensa que eso encarna cierto peligro. Ya se verá. Mientras escribo, sólo es molesta bullanga. Dios no quiera que pasemos del victimismo a las víctimas.

Como buen barcelonés, y visto el ambiente, he decidido llevar al extremo nuestra más genuina particularidad, el disimulo. Esta tarde iré a jugar a tenis con mi amigo Carlos Janovas. Ninguna servidumbre, regeneracionismos zafios, la larga performance catalana y los populismos justicieros. Sobre dichos fenómenos, apunto que podrían adornarse con la gracia del maoísmo: un solo libro, uniforme plomizo y aseado pelo. Mi amigo Carlos, ya reeducable, vive a su aire y habla del amor y del dinero con la jovialidad de otras épocas. Mantiene una sentida fe en el naturalismo. “Mejor ser enemigo del pueblo que enemigo de la realidad”, decía Pasolini.