Barcelona se va

El año 2001, Pascual Maragall publicaba en prensa (El País) un artículo de título ‘Madrid se va’. Este señor, hoy enfermo, no habitaba todavía el despacho de Palau, fortaleza que conservaba Pujol. Lo haría dos años más tarde, en 2003, gracias al desgaste de Convergencia y bajo el aura recordada de la Barcelona olímpica. El argumento principal del citado artículo era la potencia de la capital; la advertencia del mismo se fundamentaba en la periferia, aquellas otras urbes en los bordes peninsulares. Madrid, según el entonces líder del PSC, ‘se iba’, jugaba en una liga internacional de ciudades, obviando su papel de centro político del Reino. Mientras, otras como Barcelona, Valencia o Bilbao quedaban en la España que a la capital interesaba ya relativamente.

Así, Maragall exponía que el Reino estaba siendo descuidado por la vanidad (el crecimiento) de la capital, a quien ya sólo importaban las lejanas regiones en la medida que pudieran servir a su vorágine. Desde un punto de vista político y en clave interna, el programa o caramelo que el futuro President ofrecía era una adaptación del tradicional catalanismo a un positivismo ‘republicano’. La superación del ‘problema catalán’ por vía de la ‘catalanización de España’. Algo que, si ya era viejo en la idea, trataba de ofrecerse como alternativa a la manera de funcionar de Pujol, un comerciante de competencias que despreciaba íntimamente a España.

Después de esto, Maragall quiso superar el problema histórico por otras vías: buscó borrar la honda huella de su predecesor haciéndose más nacionalista, mediante un Estatut que nadie quería ni necesitaba. Aquello resultó, aun artificiosamente, el comienzo de un desastre, la aparición -según fábula del vocero Enric Juliana- del catalán enfadado: en realidad del catalán infectado y manejado por intereses políticos que le eran ajenos.

Han pasado casi veinte años de tales asuntos. Sólo un enajenado o un imbécil político podría resumir este tiempo como constructivo. Siquiera bueno en algún sentido. Barcelona ha perdido miles de empresas, ya no es modelo de nada positivo y los dirigentes políticos se comportan como chiflados. Las elites económicas permanecen ocultas, protegiendo su patrimonio. Hay masas profundamente ideologizadas, al margen de la realidad. Ha habido un asalto nacionalista a la Ciudad Condal, que tardará décadas en recuperar la confianza y el prestigio de antaño. ¿Y Madrid se ha ido, como afirmaba Maragall en 2001? Pues no, no se ha ido a ningún lado. Ha crecido, ha ganado vigor desde entonces; es ahora una de las ciudades europeas más interesantes, con más oportunidades. La que se sí se ha ido es Barcelona. Y no precisamente a jugar una liga mejor, sino a la competición de la decadencia. Una oscura liga de la que es harto difícil ascender.

(Nota publicada en Ok Diario)

La Cataluña alucinada

El año 2009 se celebró en Barcelona una exposición titulada Iluminacions. La Catalunya visionària. Estaba organizada por el Centre de Cultura Contemporània (CCCB) en colaboración con la Generalitat. En líneas generales, la muestra trataba de ofrecer una idea de Cataluña a través de algunas manifestaciones artísticas, iluminaciones creativas desde el Románico leridano a Gaudí, Brossa o Dalí. He querido rescatar el catálogo, coeditado por el Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona. Conforme avanzaba en su lectura, coincidían en mi mente dos torrentes de memoria, o recuerdos si prefieren. Uno traía las viejas perversiones del catalanismo (el pensamiento contemporáneo principal sobre Cataluña) y el otro aportaba el lodo de los desastres acumulados en estos últimos años. Ambos formaban, al unirse, la caracterización de una criatura henchida de ensoñaciones autocomplacientes, formuladas y repetidas con insistencia en las décadas pretéritas. Iluminaciones que figuran como un singular capítulo dentro del canon catalanista. 

En el mencionado catálogo, Pilar Parcerisas daba cuenta de algunas: “Cataluña ha sido un espacio de deseo, de sueños incompletos y no conseguidos”; “En Cataluña se fusionan los dos sentidos de la utopía […], el que reflejan los utopistas «imaginarios» y «fantasistas» y el que ponen en marcha los reformadores sociales”. Unas páginas después, Joan Ramón Resina reconocía en el individuo catalán una circunstancia diferente al resto del mundo: “El catalán es el único ser del universo que «sueña con tortillas». Y que tan pronto «sale del huevo» como «devora curas».”

En todo caso, las iluminaciones se comprenden (bien) en el marco de una obra colectiva, sea el submarino de Monturiol, los pastiches escatológicos de Tàpies o el ojo ubicuo (y clínico) de Zush. De hecho, Resina prolongaba así, fervor poético, su fantasía compartida: “Hace más de un milenio que la sangre de Wilfredo sostiene una creación política con la consistencia de los sueños”. Veamos. El devenir (romántico) de este imaginado país está trufado de reveladores hechos. Sujeto a los humores del molde epistemológico del catalanismo. Del siglo XX, podemos resaltar sus momentos álgidos (lamentos y pataleos históricos) como factores computables a la idea abstracta de la nación. Esto se halla, preclaro, en Prat de la Riba, tótem intelectual de Jordi Pujol. En perspectiva, y como deberíamos haber temido, el asunto de Cataluña es espiritual, mágico. Y el catalán, un ser extraordinario, cautivo de tales fuerzas simbólicas. La problemática catalana (y la asunción orteguiana, de moda otra vez), su sucesión de episodios nacionales, son fantásticas iluminaciones. Identifico en dicho encantamiento, o trance, tanto los sangrientos meses de Companys president (habría gritado, antes de ser fusilado: “¡Por Cataluña!”) como la sincera, profusa militancia franquista catalana durante el régimen del general, indistintamente.

Esos episodios podrían calificarse coyunturales, servidumbres a los tiempos, si no fuera por la magnífica energía que este rincón de la península ha producido y produce en cada época, bajo cada régimen aunque sea antagónico al precedente. Según la hipótesis alucinatoria, conviene citar más ejemplos, quizás menos célebres que los de los años treinta, pero que constituirían una tradición renovada. De toda la legión de delirios contemporáneos, fauna de grupúsculos maoístas, prosoviéticos, marxistas-leninistas, promarihuana, anticapitalistas, asociaciones excursionistas y caus, destaco a Lluis Maria Xirinacs. Sacerdote, enlazó hasta cinco huelgas de hambre a partir de 1970, la primera de ellas en solidaridad con los etarras procesados en consejo de guerra en Burgos. Su pensamiento, razonado en un diario personal, mezcla cristianismo socialista con nacionalismo, muy sensible a los derechos de los pueblos propio y vasco. Entre sus notas, en las que aflora una personalidad bondadosa y politizada, hay este pasaje: “Hace cinco meses que se alzó una gran ola en el mar. Era agosto, el tiempo del calor. Entré en contacto con los héroes del siglo XIX y del XX, aquellos hombres que luchaban y que luchan de verdad por el pueblo. Y decidí jugar del todo a favor del pueblo. No fui yo quien lo decidió.” Xirinacs se suicidó, el año 2007, en los interiores de un bosque. 

El sentir político puede causar verdaderos fulgores de creatividad. Joel Joan (actor y admirador de Xirinacs) reconocía, oh lirismo, que “la independencia [de Cataluña] es un estado de ánimo”. En los interminables anales de las cosas dichas y escritas en estados alucinatorios, pasajeros o permanentes, el asunto de la Historia atesora enjundiosos capítulos, estupideces en grado sumo de paroxismo. Para tal labor ha trascendido últimamente un señor de apellido Cucurull. Afirma, al calor de esa alucinación colectiva denominada procés, que Cervantes, Santa Teresa de Jesús o Colón eran catalanes. En el ambiente historiográfico, la fama de este personaje puede causar risa o malestar. No obstante, un catedrático (Sobrequés) observa: “hoy día, no hay postura más inteligente para un catalán que ser independentista”.

La lista de deslumbramientos parece harto extensa. Y aunque debemos tener en cuenta que las palabras de Joan y Sobrequés -por seguir ambos ejemplos- buscan, sencillamente, acomodarse en el enorme sistema de prebendas catalán, cumplen su función cegadora. Alimentan al pueblo llano: piénsese que en algunos villorrios los vecinos han salido de noche por las calles portando antorchas (paganismo de estética nazi) y que, en Terrassa, un bolardo fue objeto de ofrendas patrióticas. Si el procés puede entenderse como una reacción de ciertas elites catalanas al perder la hegemonía política (los hitos de tal pérdida son los tripartitos de izquierdas, 2003, 2006; el caso Palau, 2009; el caso Pujol, 2014), sus efectos alucinatorios han gozado de enorme implantación. Consuetudinario hechizo de las masas, cautivadas: desfilan por los escenarios (televisivos, mayormente) voces autorizadas iluminando a la crédula plebe con un argumentario delirante. Estos señores, -alguna señora también-, creadores de opinión pública, fingen, son asalariados de una causa. Sin embargo, en algunos casos particulares la enajenación ha podido resultar sincera. Carme Forcadell, presidenta del Parlament cuando se violaron el Estatut y la Constitución (2017), confesaba a su abogado, a las puertas del juzgado en que le esperaba Llarena, que no podía creerse la situación: según ella, nunca hubiera imaginado cualquier circunstancia que no fuera vivir en una neonata República Catalana.  

Así, el momento catalán, borrados ya los ecos de Pla y su idea del compatriota pragmático y melancólico, pone de relieve que el deslumbramiento recurrente, aunque adormecido en algunas épocas, sigue transitando cual flujo histórico. Una suerte de llamada de la naturaleza a la que muchos catalanes no pueden resistirse. En tiempos de Dante, la gente tenía visiones, era un “significativo, interesante y disciplinado modo de soñar”, según T. S. Elliot. Podría pensarse, con rigor, que aquellas legendarias visiones medievales y modernas fueron relegadas en Europa a la oscuridad. Sin embargo, un rincón del continente, Cataluña, hoy, vuelve a ser tierra alucinada, extraña en cualquier caso a las virtudes que el poeta inglés identificaba.

Apuntes electorales (VII)

(Carteles electorales, en plan Rauschenberg)

La campaña afronta sus últimos días y los elementos que se arremolinan en torno (periodistas, fieras en nómina de partido, amigos políticos) comienzan a gastar tono profético. Algunos, circunspectos, lo hacen con prosa trémula, modulando las ganas de acertar en algo. Es normal, cuesta ganarse el pan y decir cosas originales; no digamos acertar la quiniela del poder. Así, se va introduciendo en la opinión pública una suerte de pesimismo que anuncia nuevas elecciones a la vuelta de Navidad. El mensaje cae cual reprimenda a esos políticos profesionales que no saben ponerse de acuerdo para gobernar el país más complicado del mundo, exagerando un poco. Fatalidad, los sondeos indican que Sánchez, el bello interino, podría haberse equivocado confiando al tiempo y al pueblo la solución a sus problemas con los demás. Veamos, el panorama tras el rito de las urnas podría traer, oh melancolía, el inconfundible perfume a bipartidismo. En cierto modo, sería el cierre político de la crisis, que comenzó siendo económica, luego tele-populista y al final ha atenazado las mismas patas del régimen. La formulación simple, psicológica, que estaría invadiendo ya el anhelo de una mayoría de compatriotas es que desde el fin del bipartidismo aquí todo han sido problemas. E incluyo a los dirigentes catalanes, encantados en aquellos tiempos de turnismo en Madrid. Dicha circunstancia, o toma de conciencia, arrojaría al tablero de los pactos una apuesta por la centralidad, las formas ideológicas de la madre Transición. Liquidado Ciudadanos (un suponer) y domeñadas Unidas Podemos (una realidad), volvería a iluminarse la idea de una Große Koalition (gran coalición) PSOE-PP en loor de la responsabilidad. Beau Sánchez tendría entonces la posibilidad de transformarse en estadista, y aquí paz y después gloria. La pureza quedaría depositada en VOX, reserva espiritual, y los dinosaurios harían lo que mejor saben, gestionar el BOE. En cualquier caso, hará falta el empujón del IBEX y algún latigazo de Bruselas para tamaña operación. Pérdida de la inocencia, la terrible responsabilidad del gran pacto. Abandono de la adolescencia guerracivilista (periodo Zapatero) con la exhumación de Franco como última farra: España se hace, al fin, adulta.

Cataluña ha sido el tema (casi el único) de la vida nacional y, por supuesto, de este ya largo periodo electoral. El conocido farol de la independencia (Ponsatí dixit) se pergeñó para no perder hegemonía, si bien ahora parece que el farol estaba cargado de gasolina. La violencia callejera ha dado paso a una acampada de universitarios jugando a su revolución, en medio de la Gran Vía. Uno piensa qué suerte correrían estos cerriles en una universidad menos vendida al nacionalismo. O en un país menos amable, menos mediterráneo. En la Ciudad Condal, con motivo de los premios Princesa de Girona, el lunes una turba nacionalista agredió impunemente a quienes acudían al acto. Al empresario y concejal Bou le salvaron del linchamiento su aplomo y un guardia urbano de paisano. La visita del Rey es afrenta que el independentismo aprovecha para seguir hundiendo la imagen y la vida de dicha urbe. No ha faltado en este episodio el inestimable y siempre equidistante sostén de la izquierda nacional-iletrada: Ada Mal Menor planta al monarca, también Torra y compañía. Resulta ya tan difusa la distancia de los Comunes (Podemos catalán) respecto al nacionalismo como lejanas sus aspiraciones justicialistas, aquello de alcanzar el cielo y los sentimentalismos insurreccionales de papá Roures. La antorcha del politiqueo patrio más rancio (demagogia, nepotismo y sillones) la porta, campeona, la señora Colau en la segunda ciudad de España.

La frase de la semana: “La promiscuidad que hay en el Congreso… Hay veces que abres la puerta de un baño y dices: ‘hostias’… la cierras y piensas que de eso no puedes hablar.” (Pablo Iglesias)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (VI)

(Single del grupo Kortatu, 1986)

No ya esta rara campaña electoral, también los equilibrios sobre los que se sostiene el actual régimen constitucional tienen en Cataluña su punto crítico. Los detalles resultan hirientes, nadie añora el tradicional juego de mercaderes (“interlocutores”): lo que sucede hoy al noreste de España posee el tono guerracivilista, autoritario de tradición. Estamos en la justificación abierta de la violencia (Paluzie). Recordemos el camino andado hasta aquí. Cuando se inició formalmente el procés, sucedieron cosas antes impensables en Cataluña, al menos en la Cataluña pujolista. La circunstancia inaugural, el hecho grave, había sido la entrada de la policía al Palau de la Música con una orden judicial de registro. Digo inaugural porque su significado no era otro que un ataque sin paliativos a aquel régimen, sistema (oasis) en que las elites convergentes eran hegemónicas e integradoras. Las grandes empresas disfrutaban de amparo y complicidad por parte de las autoridades: una relación armoniosa entre gobernanza y negocios. Como sabemos, la corrupción (el famoso 3%) constituía el combustible que hacía funcionar el entero tinglado. Pero alguien decidió acabar con aquella “música celestial” (Manuel Trallero dixit) mandando a los mossos al templo de los coros y las mordidas. Y en eso se encomendó a Artur Mas una misión política delicada, pensada como una defensa de los interesados cual gato panza arriba. Su procés y las repetidas convocatorias electorales, en que CiU iba extraviando escaños, son el cuento de la pérdida de hegemonía. Un efecto encantador fue ver a las viejas y debilitadas elites del catalanismo subordinarse a un partido antisistema (CUP) al que habían votado sus propios hijos. Pidieron la cabeza de Mas y, por otra parte, se dedicaron, con el dinero y la repercusión que les dieron entrar en las instituciones, a un juego del que ahora vemos consecuencias elocuentes: la violencia. El diputado David Fernández (“el chico de la zapatilla”) invitó a Otegui a pasearse por Cataluña y establecer vínculos políticos entre el que fuera partido de ETA y el renaciente nacionalismo radical catalán. Independencia y socialismo, lemas compartidos. Después de eso, hemos tenido oportunidad de ver al de Bildu en las calles, recibido como un ídolo. Lo ha hecho estos días electorales, también, por supuesto. La operación, iniciada en 2012, ha dado frutos. La kale borroka luce mejor imagen que la policía entre el President Torra y las organizaciones de masas independentistas. También toma formalidad en la “Declaración de la Llotja”, excreción que habla de ‘conflicto’ y de una ‘mediación internacional’: asimilación del lenguaje filoetarra. Hay, por consiguiente, una fase última del procés en que el imaginario abertzale tiene su peso, su influencia. Se ha hablado en medios de la incursión de personas venidas del País Vasco en los lamentables incidentes de estos días. Barcelona en llamas, panorama antes inconcebible: ulsterización, fanatismo, incapacidad política de remediar nada. En definitiva, lo que debía ser una semana electoral (y estos unos apuntes sobre mítines, declaraciones, rumores y encuestas) queda sujeta al postrer capítulo del suicidio de la burguesía catalana, barcelonesa al fin. En contraposición, cientos de miles de ciudadanos no nacionalistas se manifestaron el domingo pacíficamente, con urbanidad, en la Condal urbe. Imagen inversa a la inmoralidad de un Torra que cortó una autopista o a nuestra alcaldesa Ada Mal Menor, quien se ha declarado partidaria de que la jefatura de policía abandone Vía Laietana. La nueva izquierda (o izquierda iletrada) sigue cooperando con el retrógrado nacionalismo.

La frase de la semana: “Nota para equidistantes, terceristas y mercaderes varios: no pienso aceptar que un condenado por sedición y malversación y yo tenemos razón a partes iguales y debemos encontrar el equilibrio entre la democracia y sus delitos.” (Alejandro Fernández, presidente del Partido Popular en Cataluña)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (IV)

Mientras escribo estas lineas, las universidades de Barcelona se han vaciado y sus cachorros (no todos, por cierto) han salido en desbandada para vivir otra jornada insurreccional: cortar alguna calle, colapsar el aeropuerto y tomarse unas birras antes de ir a casa a dormir. En esto ha quedado la revolución, o su último episodio, llamado procés. Según tradición, de un estudiante se espera que estudie un poco y haga también a veces el imbécil. Le acompañan las hormonas jaraneras y los acostumbrados tics, la sensualidad de ir contra algo o alguien de manera alocada. De un modo, digamos, tan elocuente como ignaro. La particularidad en nuestra actual revuelta, que llaman postmoderna aunque guarda memoria de cosas antes sucedidas, es su marco dialéctico: estúpido en grado novedoso. ¿Qué cosa es esta de que unos viejos poderosos y corruptos dirijan a voluntad a los universitarios? ¿A qué acomodaticio hábitat pertenecen esos bisoños que se conducen como zombies a merced de unas elites tan carrinclonas como ineptas? El ubú Torra, la vocera Rahola, el huidizo Puigdemont, la plañidera Llach, todo el ejército de frikis independentistas, a cual más feo y anodino, conforman el universo referencial de nuestros heroicos estudiantes. Miren, el Che fue un maoísta criminal (“sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”, proclamó en la ONU) y gustaba de acudir a las ejecuciones a fumarse un puro; pero en la fotografía de Korda, la del famoso póster que los adolescentes colgaban en el dormitorio, salía poderosamente sexy. Comparen ahora con nuestro President, hombre gris puesto en el cargo por ciertas (y exhaustas) aristocracias del poder nacionalista. Si Pasolini estuvo con los policías que aporreaban a la juventud rebelde en los mayos del 68 (los auténticos obreros, observó el intelectual boloñés), no quiero pensar qué opinaría de estos actuales insurrectos por horas. Hijos de una sudoración patriotera, guiñoles de la traición a Cataluña, ya arruinada.

El enmarañamiento político, más acuciante si cabe tras la sentencia del Supremo, tiene además a sus entrañables embajadores. Se han puesto rápido manos a la obra. Denuncian que se judicializa la política, si bien ellos mismos, desconociendo el rubor, politizan la justicia con indisimulada grosería. Están en la izquierda, la que queda tras los métodos de tierra quemada, de miseria intelectual y descarada picaresca: Colau, Iglesias, Errejón. Uno piensa hace tiempo que su delicada misión -cargo, nepotismo y retiro asegurado- es erosionar el equilibrio y contrapeso de poderes en favor del que ostentan. Se comportan, especialmente en las palabras (área de permanente autopropaganda), como antisistemas dentro del sistema: no es un fenómeno inédito, recordemos el parlamentarismo suicida en el Imperio Austrohúngaro o, más recientemente, a Chavez en Venezuela. Política parasitaria: hallan mecanismos en el sistema para ejercer la deslealtad a costa del mismo.

El procés y sus amigos (los tiene en toda España) entona el último berrido y monopoliza esta rara semana electoral. Sería el canto del cisne, tengamos todavía algo de paciencia. Por otra parte, la crónica nacional tomó sus senderos: hubo desfile militar el día doce, Abascal acaparó audiencia televisiva y Franco sigue en su tumba y en los medios, no le hace falta ya un NODO. Más País, nueva y divertida aventura del niño Errejón para conquistar el cielo de los sillones, nos garantiza más demagogia. Todo en orden, por tanto.

La frase de la semana: “Ahora más que nunca a vuestro lado.” (Carles Puigdemont, desde el chalet de Waterloo, dirigiéndose a los condenados por el Tribunal Supremo.)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (I)

Comienzo con esta crónica una serie semanal que, si el clima lo permite, dará cuenta de la campaña política hasta el próximo diez de noviembre. Aunque no estemos todavía, calendario en mano, metidos en harina, el lector comprenderá que es oportuno referirse al vigente sanchismo como tiempo “electoral” permanente.

Los grandes partidos temen, al contrario que los demás mortales, el adelgazamiento de sus cuerpos. La italianización de España está contribuyendo a tal causa, sin saber si esto es bueno o malo para el sistema. Tal fragmentación no sólo afecta al centro derecha. La izquierda vuelve a sus viejas tradiciones, las queridas luchas intestinas de aquel atribulado siglo XX. Dichas batallas por el poder antes se presentaban con disfraces ideológicos; ahora no se disimula que en cada sillón sólo cabe un culo, y los sillones están contados. Ha sido enternecedora, y diáfana, la negociación reciente entre Sánchez y el pretendiente a ministro Iglesias. Este último languidece, parece haber envejecido rápidamente. Su formidable ansia por desmantelar el Régimen del 78 (democracia ideada por el general Franco, según la autorizada voz del cineasta Amenábar) y las otrora energías bolivarianas se han desinflado mucho. Estamos perdiendo a un íntimo revolucionario, lo cual puede hacer decaer la comedia hasta el aburrimiento. Vuelve Errejón a escena para animar la función. Reivindicando el olvidado estilo asambleario, un errejonista (el concejal Ortega) ha declarado que ansía “recuperar la dignidad de las instituciones”. Renace así la salvación; torna el discurso de los dignos frente a todos los demás, es decir, los indignos. Esa cosa de la dignidad viene de mi tierra. Nunca podremos agradecerle al procés catalán todo lo que ha aportado al lenguaje de la política española. En Cataluña, siempre a la vanguardia de las Españas, vivimos no ya electoralmente, sino en estado de prolongada gimnasia política. El genio catalán, visionario, se reivindica en acciones de una creatividad apabullante: un bolardo ha sido homenajeado con flores, performance que nos devuelve al surrealismo. No obstante, hay noticias inquietantes. Una operación de la Guardia Civil contra miembros de los CDR destapa, según parece, que alguien comienza a jugar con mezclas explosivas, peligrosas no sólo para la salud mental de la comunidad.

La tensión política no afloja, hay gruesos intereses en que así sea. La izquierda, ensimismada en identidades, perspectivas de género (femenino) y apocalipsis climático acude a los comicios en guerra civil: Sánchez como estadista socialdemócrata, denostando a los atribulados podemitas, reclamándose izquierda ordenada; Iglesias como paladín de las esencias populistas, contra la casta setentayochista del PSOE; y el niño Errejón como revisionista barbilampiño, malo ramal para los señoritos de la dacha en Galapagar.

La afición hispana por los asuntos públicos, tratados en el Congreso de los Diputados, en las variadas instituciones y en las barras de los bares, es impermeable al desaliento. Estamos perfeccionando una nación de debates políticos con formato y jerga balompédica y de cotilleo desalmado. En realidad, los géneros de nuestra comedia nacional se confunden. La cita electoral, de la que Sánchez tiene una enorme responsabilidad, será una nueva fiesta de la democracia. Si bien la ejercitación plebiscitaria, muy severa, podría conducir al absentismo. Se escucha en los bares, caña o café en mano, un quejido antipolítico (fenómeno también italiano). Así lo apuntan encuestas recientes.

(Nota publicada en Ok Diario)

La (corta) marcha de Podemos

Aquellos heroicos revolucionarios (en la imagen, columna de partisanos yugoslavos)

¿Recuerdan cuando Podemos era un absoluto desorden? Mareas, confluencias, asociaciones. Abanico heterogéneo al calor político de la crisis, activismo neosecular y tradición oportunista. Esos personajes surgidos de la nada, especuladores en ciertas coyunturas históricas. Un batiburrillo que convenía a algunos dulcificar y, sobre todo, agrupar: pasarlo por el lenguaje y maneras del marketing político. La revolución -vale la pena conocer el ejemplo de Lenin- no se logra sin el elemento de la unidad. Que significa en nuestro caso contemporáneo desterrar las asambleas de estilo universitario, los grupúsculos descontrolados y la estética de sudadera, mochila en el suelo y a ver quién la dice más gorda. La unidad leninista tenía también como fortalezas la ofensiva paulatina (un paso adelante, dos pasos atrás) y el establecimiento del terror, inspiración de Marat. Ni hablemos de la Larga Marcha de Mao, aquella larguísima excursión sembrada de muertos y penurias. Comparativamente, estos revolucionarios de hoy son en realidad hijos de una época muy fácil. Un mundo satisfecho, algo aburrido de sí mismo, que puede permitirse el lujo de jugar a la insurrección. Podemos bebe del folclore revolucionario, de boquilla: las sentadas en el césped de la facultad y algún acoso al profesor (o alumno) discrepante con la línea asamblearia. Los bolcheviques hubieran enviado a nuestros agitadores a trabajos forzados en Siberia. En cualquier caso, la crisis económica (y moral) de 2008 en adelante, vio brotar una contestación radical. Radical en cuanto volatilizaba desde la izquierda el patrimonio constitucionalista de comunistas (Carrillo) y socialistas (González). La inspiración de todo eso reside en Zapatero. Ascendió hasta puestos de poder a personas como Leire Pajín, que anunciaba el estilo podemita. Su calidad intelectual, apenas disimulada por un manto de rancia ideología, inauguró el actual desparpajo, en el que casi nadie se siente ya responsable de sus imbecilidades. Ocurrencias e impudicias proclamadas en redes sociales o en tribuna parlamentaria. Los jovenzuelos y endogámicos profesores de Políticas de la Complutense mamaron de tales modelos. Se entretenían en una Universidad convertida ya en campo de ardores rebeldes, acervo de Mayo del 68 y Berkeley vía Laclau. Eran, por tanto, muchachos melancólicos, muy ideologizados pero sin ideales fuertes. Es decir, eran moldeables (como se ha demostrado luego). Es ahí cuando se hicieron necesarios los medios. Una formidable fábrica de demagogia: tertulias, entrevistas, periodistas en labores de propaganda, escraches, actos de protesta. Con un epicentro en Mediapro, La Sexta, los programas de Évole. La operación tuvo de promotor y conseguidor a Jaume Roures, personaje sobre el que hace falta poner luz, habida cuenta de las sombras. Burgués de Barcelona, viejo militante de la Liga Comunista Revolucionaria, detenido en 1983 por colaboración con ETA y admirador de la revolución sandinista de Ortega. Nuestro Soros en labores de esparcimiento político, impulsando tanto a Podemos como a la otra gran energía del anticonstitucionalismo: la sedición independentista catalana. De la revolución que acabaría con el Régimen del 78 a la actualidad podemita hay un camino, que se consuma con el logro de sillones y la práctica nepotista. Salvo por los eslóganes, el partido de Iglesias-Montero es un ejemplo de adaptación al sistema (así mismo el griego Syriza). Podemos se asemeja ahora más al PCUS de los años ochenta, cuando sus militantes hacían contrabando con productos de consumo y los dirigentes, acabadas las purgas, residían felices en sus dachas, que al atribulado movimiento de la crisis económica. Parece que el sueño de Roures (también el catalán) ha tocado hueso. Mientras, el PSOE, concluida su mutación a los rigores de la nueva izquierda, trata de marginar a sus contrincantes, única idea cabal que se presume en Sánchez.

(Columna publicada en Ok Diario)