¡Es Esquerra, estúpido!

Una de las gracias del periodismo de opinión es formular hipótesis. Incluso atreverse con el futuro (y esperar que se cumpla). Y como no hay vidente infalible, comenzaré por cubrirme un poco las letras con el pasado, que requiere también de poderes visionarios, como saben los historiadores.

ERC es un partido antiguo, de los más antiguos de España. Fue fundado en Sants (Barcelona) en 1931 y entre sus dirigentes aparecen nombres tan destacados como Macià (viejo cacique de comarca y militar), Companys (responsable de un periodo negro y criminal en Barcelona) o Tarradellas (un señor al que de vez en cuando alguien iba a visitar a su austero exilio francés). Sobre este último, y en virtud de una operación del gusto de la Transición, conservamos una imagen entrañable, cuando dijo desde el balcón de San Jaume aquello de “Catalans, ja soc aquí!”. En esos momentos Pujol debía estar ya maquinando, en la sombra, cómo bajar del balcón al viejito republicano.

ERC fue dirigida después por Heribert Barrera, hombre dedicado más a su particular acomodo en instituciones que al partido. Su pensamiento fue doméstico, de pureza xenófoba, ese que las elites catalanas con pedigrí, como la señora Ferrusola, han mantenido discretamente. Las siguientes aventuras políticas de Esquerra estuvieron ligadas al Tripartito, un ejercicio fuerte de poder. Aunque fuera tan estrambótico como la excursión de Carod-Rovira (a la sazón vicepresidente de la Generalitat) a Perpignan en coche oficial para pactar una “tregua” con ETA.

La inconsistencia, la imagen de organización poco fiable, con cuadros y líderes asilvestrados, funcionó como un estigma hasta la llegada de un profesor universitario llamado Junqueras. Hombre de misa diaria y devoto del catalanismo clásico de Prat de la Riba (intelectual de cabecera de Pujol), parecía la última rareza, una más en la esperpéntica trayectoria del partido.

Como sabemos, ERC volvió al poder de concentración (nacionalista) con su nuevo caudillo. Y, en efecto, sus actuaciones como número dos del gobierno Puigdemont en la preparación y ejecución política del procés entroncan con aquel histórico desmadre republicano. Una especie de ADN insurreccional que Esquerra no puede quitarse de encima. Y aquí entro en el terreno de las hipótesis, que podrían alterar una tradición. Junqueras recibirá condena, mas no se dilatará mucho su salida de prisión. Una vuelta al escenario político (si es que alguna vez lo ha abandonado) que será hito del catalanismo. La evocación de Tarradellas regresando a la patria (erótica soñada por el de Waterloo) y todo el mundo emocionado. Pero con la estimable diferencia de no tener a ningún Pujol en la sombra pergeñando su caída. El actual desorden convergente no vaticina su resurrección, aunque Mas quiere volver a la arena. Quizás a Madí, cerebro gris de la burguesía indepe, ya no le queden ganas de más aventuras.

En cualquier caso, Junqueras podrá ser presidente de la Generalitat un día no muy lejano. Siempre que haya aprendido la gran lección del fracasado golpe, que tiene estos elementos: nadie en España (ningún gobierno) va a  tocar el poder instituido de la Generalitat (presupuesto, competencias y organismos); el procés ha permitido medir los límites del sistema, los límites de la insurrección, por tanto. ¿Y qué hacer ahora? Conseguir la independencia de Cataluña por otros medios. ¿Cómo? Como ya estamos contemplando en ciudades gobernadas por ERC: acatamiento de la legalidad y buen gobierno (obras son amores). Ejercicio cotidiano de la política: todo lo que fue descuidado por los excesos del procés.

Si Esquerra y Junqueras han aprendido la lección, tendrán francas posibilidades de reescribir la agenda política catalana. ¿Y la independencia? Que el censo y la propaganda de baja intensidad, continuada, hagan su labor. ¿Pueden esperar veinte o treinta años? Por supuesto. El Estado tiene el reloj, pero ellos tienen el tiempo.

Columna publicada en Ok Diario:

https://okdiario.com/opinion/esquerra-estupido-4355128

La libertad

Estaba en el club comportándome como un perfecto hombre contemporáneo, o lo que se espera de él: estoicismo sobre una máquina de remo, treinta minutos bogando con la satisfacción de permanecer anclado en el mismo sitio. Vi Barcelona a los pies. Sobre el mar, la montaña de Montjuic, su castillo, el camposanto en la ladera sur, el estadio olímpico llamado Lluís Companys, quizás por el récord de asesinatos bajo su funesta y breve presidencia. Y, recónditas, las calles de los aviadores del Plus Ultra, entre ellos un tal Ramón Franco, hermano del último caudillo y diputado por Esquerra Republicana de Catalunya.

Después del remo, bajé a la piscina. Allí, unos señores maduros conversaban ligeramente, cigarrillo en mano. Suelen pasar un buen rato en remojo en el jacuzzi de agua salada, situado sobre una pequeña terraza. Son camisas viejas, ustedes ya me entienden; no desentonan con el aire de esta nota. Mi club, como España, tiene dos almas, invocaciones: la que habita en la convicción del movimiento permanente y la que prefiere el viejo valor de la templanza. En un estado de franca incoherencia, están los que vagan entre el mundo de las máquinas, pesas y bicicletas, y el universo epicúreo de los chesterfields de cuero, copas y puros del área social, edificio cuya humanidad alumbra algunos templos de la urbe, restaurantes, saunas, bancos. Quizás en las dos almas, e incluso contando la tercera, el asunto sea la perseverancia de los ritos, las tradiciones de la microhistoria.

Una vez acabado el baño de sol, tomé con paso firme la calle Anglí, empinada, presidida por un palacete burgués en que se celebran fiestas del inmemorial género ya mostrado en el Papiro Erótico de Turín, cito ejemplo muy antiguo. Cruzando la Vía Augusta, llamé a un amigo periodista por si andaba por la zona. Estaba comiendo en La Focaccia de Dante Gori, donde el primogénito de Dante atiende a la clientela con imperiales modulaciones. Teniendo en cuenta la legión de ofendidos en TripAvisor, este señor merece todos mis respetos. Para el café nos sentamos en una cercana terraza, mientras la apacible vida de Tres Torres discurría en loor de filipinas con bebés, niños de uniforme con escudo bordado al pecho, niñas de uniforme con falda príncipe de Gales, obreros manchados de yeso en busca del carajillo, porteros con bata azul, señoras tomando café y alguna serpiente caribeña.

Mi amigo no estaba de un gran humor y la conversación pasó de las amistades comunes a España, el tema, nuestro tema. Se me ocurre que todos aquellos compatriotas agoreros son los hispanos inconmensurables, los que procuran a esta nación el grado de eternidad. De carga histórica. Sumando está el asunto del entorno, la actualidad de la cual mi amigo sólo hallaba dolores de cabeza, tristezas y decepciones. El procés, ya instalado, incluso acomodado entre nosotros y sin visos de esfumarse. Advertía John Stuart Mill, teórico de la libertad, que en un ambiente de esclavitud mental pueden existir grandes pensadores, si bien no deberían abrigarse esperanzas de encontrar un pueblo activo intelectualmente. Es una hipótesis, o una frase ocurrente. O un hundimiento. Pero no hay nada más inútil que llorar por los muertos.

La felicidad de los pececillos

Bajo del polvo de la Acrópolis, quiero decir, de las arenas arboladas del Turó Parc, donde me he entretenido un rato observando a los peces. Cuando perciben sobre el agua una sombra humana se apresuran al unísono hacia ella, como adoradores de un dios socialista. Estos peces gordos, malcriados, parecen insaciables. Habrían cumplido, porque la naturaleza es así (aleccionadora y lujuriosa), el camino de servidumbre de aquel Hayek que reprendía a los ingleses comportarse casi como alemanes nazis, después de la última gran contienda.

Hay, en los estertores del invierno, un aire indisciplinado, explosión de la vida política, dicho cursi. Decretos bonitos, regalo del edén a las almas tibias, a los que necesitan el amparo de la poética subvención. El nuestro es un país que se toma muy en serio el socialismo, gobierne quien gobierne. Millones regando a ninis, a pobres, a niños desamparados; a los jubilados que ven las tertulias políticas convencidos de aprender cosas, a su edad. La Weltanschauung gloriosa, un Gran Hotel Abismo en el que todos podemos hospedarnos. Quién hubiera imaginado esta muerte divina de la España que tan mal ha tratado siempre a sus hijos.

Así, nuestra primavera financia una cosa estupenda para los españoles. Sobre esto nos hablan los impertinentes alérgicos, su neolenguaje en forma de resuello que indica un severo rechazo a la alegría, a la belleza de la nación en flor, abundante y proverbialmente generosa. Son economistas cenizos, periodistas aguafiestas, intelectuales que citan a Scruton; el último burgués con conciencia de clase parapetado tras las cortinas del número diez de Ganduxer street.

En Barcelona gozamos de una geografía política extraordinaria, esta ha sido una balsa fundacional. Los peces catalanes, al menos dos o tres millones de ellos, han mostrado la vanguardia del nuevo siglo, ejemplo de energías y lirismo como nunca vistos en Europa desde los dorados años treinta. Las artes, la gastronomía, la astronomía, la Historia, la lengua, la literatura, los deportes: a todo ha impregnado la sensualidad de una república hegeliana de ocho segundos, que no pudo ser (todavía). Algún letrado hizo ese día las maletas. También volaron depósitos bancarios a tierra enemiga. Un querido amigo, quizás excesivo, llenó la casa de fabada en conserva y botellas de Rioja; después, se acercó a la joyería Rabat para comprarse siete relojes; por último, llamó a su abogado para que tramitara el divorcio de su mujer.

Ocho segundos muy caros; o sumamente baratos, según se mire. En todo caso, los pececillos republicanos se azoraban entre deseo y realidad; deseo de una naturaleza que se confundía con la fantasía. Qué vieja es la ciencia política. Ahora tenemos un gobierno en Madrid empeñado en la exuberancia de la balsa.

El humor, la cárcel, tampoco el cariño del PSC se han demostrado eficaces a las servidumbres arriba comentadas. Mas habría un remedio. Es una cura asequible, sencilla, quiero pensar que eficaz con un poco de esfuerzo y ternura. Y es medicinal, está apoyada en la ciencia y en la sabiduría milenaria: compren una droga predilecta, sobre la que todavía no haya caído el brazo censor de la farmacología, el mismo que se cargó el Myolastan, por ejemplo. Tómenla en sus mejores condiciones, acompañados o solos, con el capricho que se antoje. Aporto un testimonio, el de Alonso de la Torre, quien da fe del remedio: en su boda, se tomó un Optalidón con una copa de vino y un langostino y alcanzó “aquella noche el cielo de la literatura excelsa”. La misma persona explicaba que, durante un viaje en autobús de Cáceres a Badajoz, un comprimido de Biodramina D le proporcionó “tal lucidez” que dejó de ser marxista.

Aquel lejano veintiuno de diciembre

El viernes, 21D, estuve paseando la zona que amo y habito, en Barcelona. Contrariamente a la presunción, en mi barrio no vi policía, fogatas o banderas victoriosas (del Caribe). Tampoco antifascistas de negro (las modas cambian una barbaridad), ni carlistas ateos y republicanos (¡pardiez!). Por no ver, no vi siquiera a los oficiales de mi notario, tan disciplinados ellos en el café y el hojaldre de crema de las once de la mañana. Ahora que pienso, quizá sí encontrara en mi paseo a algún carlista auténtico, camino a misa, teba verde olivo, cabello marmóreo y prensa decana bajo el brazo. Respecto a esto del carlismo en el siglo XXI, muletilla periodística, todas mis dudas sobre su pertinencia. El elemento histórico que me parece más afinado referir es la constante española del insurreccionalismo. De hecho, tampoco llamaría golpe de Estado a lo del pasado año, sino una rebelión jurídica, en sintonía interpretativa con el profesor Ucelay-Da Cal. Una subversión de maneras berlanguianas, por otra parte. Aquellos agitadores que salieron a la calle temían llegar a casa demasiado tarde y perderse su propia revolución, retransmitida por TV3.

La jornada del 21D publicitaba (otra) revuelta catalana. Las calles vecinas al mar se vaciaron de apocados, el asunto ya no parecía tan festivo, folclórico como antaño. Entre centenarias construcciones burguesas, una escenografía: sirenas y hombres azules con cascos y realidades (¡La república no existe, idiota!); enfrente, fenomenología de sudaderas, capuchas y consignas de un declive intelectual pavoroso. Mientras, las alturas celebraban una cumbre ‘bilateral’. La incurable sensualidad socialista. En ese amaneramiento estaba el presidente Sánchez en la Condal, visitando al homólogo Torra. Ligoteo pseudoconstitucional, aun cuando, por tradición, los señores de Palau no confunden nunca cariño con intereses; Madrid, entérese de una vez.

Al siguiente día, sábado, el grueso barcelonés cayó en la cuenta navideña y se apresuró con las compras de última hora. La resaca del 21D sería esto, reformulación del ego nacionalista por la vía del consumo feliz, consuetudinario. También por la Lotería Nacional, sorteo que embelesa incluso a los de lazo amarillo en la solapa. Dicho de otro modo, el sábado se encendieron las luces, la orquesta sonó y París volvió a ser una fiesta, aun sobre los escombros de un bochorno. 

Epílogo: 

Según Thomas Carlyle, se nace aristotélico o platónico. Puesto en palabras de José Manuel Blecua, se es recto o curvo y nada más. He aquí el péndulo de nuestro querido repertorio, también de la vida nacional. Los trances ibéricos, si prefieren. En el meridiano de la realidad, aquel lejano 21D, ningún DNI fugó de las carteras. Ciudadanos españoles a todos los efectos, teatro, violencia, afecto.

Feliz Navidad.

Postal barcelonesa

Hubiera querido titular esta reseña postal navideña, o algo parecido. Una voz que protegiera un poco la evocación de las fechas en que acostumbramos a hacer cuatro o cinco cosas sin muchas dudas. Celebrar comidas de compromiso, enviar felicitaciones, comprar regalos y aprovisionarnos, religiosamente, de bebidas y dulces. No sé si en otros lugares patrios se conoce, pero estas fiestas son las primeras en que en Barcelona no es Navidad. Meridiano: penuria de luces (recorran la Diagonal), destierro del villancico -algunos sentirán agradecimiento-, y un belén del consistorio que tiene la exacta magnitud del insulto artístico. 

La Navidad padece el sometimiento, perenne, a la política doméstica. Entendida esta como un Tómbola (¿recuerdan aquel programa televisivo fundacional?) de 24 horas y siete días a la semana. No existe tregua, y las señoras, cuando quedan para el café, en lugar de hablar del papel couché lo hacen sobre la bufonada partitocrática del día. No nos ha hecho falta a los barceloneses un Fo que ciñera la comedia con gangas ideológicas. Aparece el presumido, diputado, alcalde o presidente regional, que bosqueja alguna ocurrencia por la noche, cuando el público dormita y sueña con igualdades, para vomitarla al amanecer. El espectáculo, sesión continua; los intérpretes, celosos de sus papeles. Aunque demasiadas veces parecen creados por Pirandello.

Trascendieron fiestas inadvertidas, hambrientas, sangrientas, felices, pomposas, nevadas. Bajo las bombas o desbocadas con la última burbuja inmobiliaria. Las de este año pasarán a la Historia, el baúl profundo que todo lo guarda, por ejemplarmente anodinas. La prudencia me guarda de un adjetivo más abultado, a la espera de los queridos comanches del procés, esos CDR. Pesa sobre el porvenir una parodia, ganas de jugar, de recrearse con los viejos cachivaches del pasado, su imaginación. Está le peuple, enemigo siempre de sí mismo: qué presagio cuando profesa el destino y, excitado, abre el baúl en acto de pureza. Algún comentarista piensa que eso encarna cierto peligro. Ya se verá. Mientras escribo, sólo es molesta bullanga. Dios no quiera que pasemos del victimismo a las víctimas.

Como buen barcelonés, y visto el ambiente, he decidido llevar al extremo nuestra más genuina particularidad, el disimulo. Esta tarde iré a jugar a tenis con mi amigo Carlos Janovas. Ninguna servidumbre, regeneracionismos zafios, la larga performance catalana y los populismos justicieros. Sobre dichos fenómenos, apunto que podrían adornarse con la gracia del maoísmo: un solo libro, uniforme plomizo y aseado pelo. Mi amigo Carlos, ya reeducable, vive a su aire y habla del amor y del dinero con la jovialidad de otras épocas. Mantiene una sentida fe en el naturalismo. “Mejor ser enemigo del pueblo que enemigo de la realidad”, decía Pasolini.

Una resaca moral

Hay personas que celebran enlaces envenenados, y eso que existe hace décadas el divorcio, incluso la separación de bienes. Hay pueblos que celebran derrotas centenarias, ellos se las verán con la melancolía. Incluso la ONU celebra el día Internacional de la Felicidad (20 de marzo). Diría Evelyn Waught, con placer, que el mundo naufraga en celebraciones.

Día 12 de septiembre, post Diada. Barcelona amanece con un tráfico algo abotargado, sin la exultante chispa que se presupone en una gran ciudad. Parece que los conductores arrastran una considerable resaca. Los neumáticos pisan sin brío el asfalto que ayer sostuvo a una multitud contra algunos principios morales. Resalto una fotografía de Arnaldo Otegui con niños y sus padres sonriendo.

En mi particular, festejo este día siguiente como puedo, frugalmente. Llamo a las puertas de una nostalgia, la Barcelona que se evapora entre ardores xenófobos, irredentistas, austracistas, filoetarras, neocomunistas, padanos, qué se yo. El arquetipo barcelonés soporta una claudicación: cualquier cosa menos discutir con el vecino. Luego, cuando las santas paredes nos protejan y no pueda oírnos, ya lo pondremos verde. Hago, por tanto, como si ayer nada hubiese acaecido. Como si aquel aquelarre en que la moral ardía no se hubiera producido.

Me incrusto en la barra de un bar donde sirven una tapa que me subyuga: sepia diminuta -si no es así, este animal resulta incomestible; hay letras enfáticas de Pla al respecto-, salteada en su tinta con unos trocitos de patata cocida. Nada más. Todas las cosas importantes que se han dicho sobre la simplicidad, su encanto a la manera de aquella mar de Alberti o del borrico de Juan Ramón Jiménez o, intentando ser más precisos, a la manera de la pintura japonesa suiboku-ga, pueden resumirse en este discreto cefalópodo, armado de negra tinta, cortejado por unas humildes patatas.

Al cabo de dos horas, atisbo la calle. El tráfico revive, la ciudad se refunda en un ultrajado orden. Mi estatus político no ha mudado de condición. Senyora, no fotem!, le dijo el presidente del F. C. Barcelona, Narcís de Carreras, a la mujer del ministro de Gobernación cuando ésta le felicitó por un triunfo frente al Real Madrid: Le felicito porque Barcelona también es España, ¿verdad?.

Los ánimos repuestos gracias a la sepia y a una botella de Milmanda, extraordinario chardonnay que une el Penedés con el Nuevo Mundo. La moral, lastimada, se refugia en todo individuo, su domicilio natural. Que cada cual lama sus heridas.

¡Viva el procés!

Siete hipérboles para los refractarios del procés:

1. Florecimiento intelectual. Se han escrito miles de páginas sobre el procés. Es un fenómeno político que genera infinidad de alegorías y doctas gracias. Incontables productos de consumo cultural que a cualquier alma masoquista (lectora antigua y procaz, por tanto) deleitaría sobremanera. A saber: ingenios periodísticos, rimas populares, disertaciones etéreas, teatro clásico y postmoderno, comedias zarrapastrosas, sátiras infamantes, relatos económicos, hipótesis hispanas, hipótesis extraterrestres, descubrimientos históricos, canciones ligeras, versos hondos, prosas inflamadas, ardientes misas. Etcétera, en un catálogo extensísimo. Por tanto, el primero de los tesoros que el procés ha dado a la humanidad es una indómita panoplia cultural. Un acervo.

2. Huida de políticos. Para una sensibilidad liberal, ácrata o sencillamente higiénica la fuga de políticos contemporáneos (no vivimos en época de excelsos oradores y administradores impolutos, si es que han existido nunca) es una magnífica noticia. La medida, demagógica si se quiere, del ostracismo griego queda lejos. Despertó durante siglos una cierta simpatía; el procés nos ha ofrecido la versión mejorada: ostracismo voluntario y veloz, sin necesidad de aclamaciones ni consensos (término este filogermánico, por cierto).

3. Recursos de una nueva poética, o pasar de pantalla. Como trovador de la realidad catalana, el cantante, africanista y escritor Lluis Llach, a la sazón diputado del Parlament de Cataluña, nos regaló un pathos de inconmensurable atractivo: aparcar los principios un buen rato y pasar de pantalla (fue el 8 de agosto de 2015, en Diari de Girona). Es decir, superar un tiempo de tinieblas. Esto, para cada catalán, puede aplicarse según su situación personal, en la forma y medida que estime. La patria comienza en uno mismo, señor mío. Nadie podrá decir, desde luego, que el siglo XXI carece de guía, rumbo y timón. Y además, parece un videojuego.

4. Lo bucólico, un encanto. La sucia e incomprensible Barcelona se ha visto adornada, gracias al procés, con tractores y hombres de bien que cultivan lechugas, nabos y patatas para nosotros, los urbanitas insensibles, que pensamos que legumbres y hortalizas nacen en los supermercados. Es de agradecer una comunión tal, hombre y tierra, cañas y barro y semáforos, que no se veía quizás desde los tiempos del pastoril régimen antiguo. La Diagonal, invadida por el agro, ha mostrado un mundo feliz y bizarro, orgullosa reserva de la silvestre verdad. Quizás nos falten los gorrinos, no perdamos la esperanza de completar una escena digna de Brueghel El Viejo.

5. Fin de los almuerzos familiares. Algunos catalanes no podrán agradecer lo suficiente al procés que les haya procurado tal liberación. La ruptura (justificadísima en muchos casos) entre consuegros, primos o hermanos ha instaurado una paz fría en que las tradicionales e irritantes reuniones familiares han dejado de celebrarse.

6. Superar a Kafka. El procés brinda un deleite: en Barcelona muchos han olvidado al escritor austrohúngaro, por buen gusto (en esto Valentí Puig tiene una cierta responsabilidad) y por su trascendencia: ¿Para qué leer El proceso si lo estamos viviendo?

7. Sexo. En el temprano 2008, Jaume Sisa lanzó una canción de título Aquest any follarem com folls. Me atrevo a decir que es arqueología del procés: el video estaba protagonizado por un pene con barretina y pañuelo amarillo (puede encontrarse en YouTube). No dispongo de estadísticas para conocer en qué medida el procés ha colmado de felicidad carnal a mis compatriotas, pero es sabido que en épocas convulsas la población tiende a intensificar su voluptuosidad.