Apuntes electorales (II)

El tiempo electoral discurre de un modo entretenidísimo. Los políticos regalan gruesos propósitos (hay que postularse de vez en cuando para estadista) y detalles adorables (la barba de Casado). Esa barba pudiera ser homenaje a nuestro último político del turnismo (Rajoy) o desafío al facial -e imperial- pelo de Abascal. En cualquier caso, con su estrategia, más templada, Casado ha ganado edad y porte, elementos que los españoles apreciamos en nuestros gobernantes. Se piense, por ejemplo, en el epíteto “aniñado” (u otros menos amables) con que la usual inquina periodística señala a Errejón, novedad en la carrera a Moncloa. Gastar careto, jersey de púber y desplegar un argumentario tan ligero, por no decir vacuo, daña sus alegres aspiraciones de poder. A estas alturas, uno tiene la convicción de que el experimento podemita, estéticamente juvenil, se ha agotado para siempre. Dónde hemos llegado, hay guerra de guerrillas entre Iglesias y Más (¿País?) a cuenta de la pureza, si bien el combate posee tonos berlanguianos. Por no decir románticos: ante el colapso climático por culpa del capitalismo (Irene Montero dixit) la nueva izquierda pelea por imponerse en un Comité Central imaginario de la república popular que no fue. De Errejón se afirma que es un juguete sanchista, bonito trasto a abandonar en el baúl del revisionismo una vez agotados los juegos. Sánchez estuvo hablando en Barcelona como rojo de orden, disfraz para el sarcasmo. El PSOE amaga con el 155. También Iceta salió en los medios con una contundencia inaudita. ¿Pero no se trataba de “hacer política” siempre? Serán las febrículas electorales, parece que el concepto de finezza de los socialistas catalanes -aplicar como dogma el pensamiento buenista al nacionalismo- ha sido relegado. Aunque, finalmente, no habrá apoyo a una moción de censura contra Torra: el PSC de los amores, burgués con conciencia social y nacional, no defrauda nunca. Hizo Sánchez duras advertencias a Torra tras lo sucedido en el Parlament de Cataluña los días pasados. Allí hubo bronca. ¡Carrizosa, fuera de clase!, ordenó el atildado Torrent, regalando novedosos bríos a Ciudadanos. El esperpento indepe gana fuerza, alguien ha mandado pisar el acelerador. Qué tiempos aquellos del oasis catalán. A la propuesta parlamentaria de expulsión -ilegal- de la Guardia Civil de esa comunidad autónoma se suman filtraciones (hay todavía secreto de sumario) que apuntan a Torra y Waterloo, el retiro espiritual del Dalai Puigdemont. Torna la oscura percepción de un ahondamiento en la crisis política, y no parece tener solución sin medidas valientes y enérgicas, adjetivos espeluznantes en estas épocas. Vuelven las imágenes feas en Barcelona, muchedumbres formadas en la antipatía, esos rostros abotargados por sobredosis ideológica. Es la evolución natural del català emprenyat, criatura parida por el periodista Juliana. La Cataluña alucinada. Fíjense, ya ni se habla de VOX, del inminente infierno fascista habitado por toreros, curas, cazadores, muchachos con chalecos acolchados y señoras franquistas del barrio de Salamanca.

La frase de la semana: “La pieza de caza mayor en estas elecciones somos nosotros.” (Pablo Iglesias)

 

(Nota publicada en Ok Diario)

Erótica de un proceso

Serán las primaverales fiebres, el indicio salado de sus rizos o porque, en palabras del bardo, “llevo tu luz y tu olor, por dondequiera que vaya”. Será lo que sea, pero estoy en la hipótesis de una conquista. Con gafas de colorines, pañuelos estampados de Jofré y dinero mediático. Evoco al galán: casa regia convertida en hotel, vajilla de la bisabuela recorriendo subastas y libros franquistas quemados. Se me ha aparecido el donjuán, invariable, en Via Veneto, con la indiferencia del potente hacia los adornos, mientras Javier Oliveira, maître, pelaba en el aire una voluptuosa naranja ensartada, elegante malabarismo. 

Retrocedamos. En el principio, fue la seducción. Camisas viejas al pozo del olvido, pues al Generalísimo lo habían ya enterrado. Un poco alocados aquellos tiempos: evoco la operación Roca, suspiro por Cambó; como atrasar el reloj unos cuarenta años, antes del Frente Popular y el puñetazo de Bahamonde en la mesa. Un acaloramiento catalanista, libido historicista. Desde 1978, aproximadamente, había carne fresca a pedir de boca, o sea, un nuevo régimen, otras oportunidades. La pasión catalana, en todo caso, resultó desmedida. Un arranque tipo Richard Burton ante la lolita Sue Lyon. No se llega a la entrepierna, al corazón, sin haber traspasado el rito de un café (infusión demócrata), la caricia recatada, un beso robado. Con el abogado Roca de celestino hubo gran calentura. Luego, el frío modelo alemán (federal, socialdemócrata, Willy Brandt en la cabeza del honorable President) alivió tales furores. Y entonces vino el onanismo: se desató una gran campaña inclusiva, diseñada por el publicista Bassat, de lema Som sis millons (Somos seis millones). Al fin y al cabo, España fue siempre muy complicada, agreste.

Y Barcelona al fondo de la barra. Objeto tan sexy como conveniente. Conocida como ciudad abierta, abierta de piernas, su fama arrastrada. Y en efecto ineducada, ingobernable, “tierra de nadie”, como la Hayworth en Gilda. Los primeros años setenta, Franco en vida, habían sido en exceso creativos, ilusiones subversivas a destajo, José Ribas dixit. En la geografía sucia e irresistible se citaban tanto los salones del Círculo Ecuestre como aquel piso en que dibujaba Max. Transitaban los prodigios de un sitio a otro, gloria de imposible final. Escritores acomodados, grandes empresarios, artistas sin cartel; y la inabarcable liga de refundadores, orígenes extremeños, andaluces, aragoneses. Una criatura exuberante la urbe, en la larga tradición hispana de la multiculturalidad.

Ya en los años dos mil, la Condal fue perdiendo su asilvestrada barahúnda. Había dado comienzo un largo banquete, o estupro, funcionarial. Silencioso, incesante, incestuoso y de incalculables efectos preservativos. Otro galán se había añadido a la fiesta, llamado PSC. Este último controlaba un cinturón urbano, menos obrero pero más subyugado por la erótica lumpen-televisiva. Junto a CiU decidieron la acometida. Así, mucho antes de 2012 los barceloneses (y por consiguiente los catalanes) éramos ya un Estado. Poseíamos incontables organismos para cualquier asunto, vegetación de los Països Catalans, relaciones con el mundo árabe o especulación urbanística. Pujol fue especialista en reciclar a quien pudiera molestarle, aquella panoplia de descarriadas rebeldías que pululaba por la urbe: editores arruinados, maoístas con piso en Sarrià, terroristas, periodistas infamantes, artistas muertos de hambre, y un largo etcétera. Maragall continuó esa dinámica, construcción de la patria por vía de la nómina, el carguito. A cambio de fidelidad nacional.

En 2012, doblegada Barcelona a la sensualidad nacionalista, nuestras elites emprendieron una solución final: ruptura y tránsito a la nadería, perfumada de animosidad y estulticia. No han faltado, en este larguísimo proceso, íntimos episodios: un aragonés cambió nombre y apellidos, y llegó a conseller; otro furibundo republicano de difícil disimulo, nieto de andaluces, tiene hoy asiento en las Cortes. Él representa como nadie el efecto más pernicioso: la ascensión a la bacanal por corrupción estética, y no gracias a algún mérito sin máscara, sin farsa. Flamantes nuevos emperadores del Paralelo, a la vida mórbida me refiero. La conquista heterodoxa, hoy, cuenta con un ejército de urgentes sensibilidades. Allí donde se ha requerido un imbécil siempre maltratado, brotaban suficientes como para cerrar una lista electoral. O para conducir un programa de televisión. Es este un amorío de despachos. En un sentido histórico, comparece nuestra picaresca inmortal; en el sentido trágico del momento, la insoportable levedad de la política.

Hay un objeto de deseo en esta nota, que cubre varias décadas. Invariablemente, de Barcelona a España acariciando Cataluña, la gran pasión que se ha perseguido tiene un solo objetivo: el poder. O el mantenimiento del mismo. La sensación íntima que en la ciudadanía está cuajando, cuajará también para los todavía excitados, es haber sido ramera y, además, poner la cama.