Los aplausos

Las frías agujas marcan las ocho de la tarde y millones de manos chocan entre sí. Producen un ruido blando, quizás ya algo fatigado respecto a los primeros días de confinamiento, cuando alguien (desconozco quién) tuvo la ocurrencia de salir al balcón a aplaudir. Alcanzo la voluntad simbólica de tales aplausos, la de aclamar a los servicios sanitarios (médicos, enfermeras, etc.) en su ardua tarea por curar a los enfermos de coronavirus. Pero, al cabo, la cuestión es si el sentir humanitario deriva forzosamente en empalagoso sentimentalismo. El sonido de las ocho nace de la exigencia social que, como lastres de la francesa revolución, todavía nos impele: de vez en cuando, bajo la sombra de una tragedia, nos secuestra la urgencia de proclamar que somos una nación más o menos identificable, y nos reconocemos en ella con esas manifestaciones espontáneas.

Esto tiene algunos problemas, ya evidentes. La costumbre actúa como perversión. Y el significado, que al principio parecía incontestable, se diluye cual azucarillo en el océano de los acontecimientos, de las noticias que esos generan. Los sanitarios prosiguen con su labor, también lo hacían antes de la pandemia, pero arrastran las habituales (malas) condiciones laborales, si acaso aumentadas por el desastre en la gestión política del asunto. La realidad, para ellos, no ha sucumbido a esa especie de realismo mágico que se da cita en los balcones cada tarde. Lo sustantivo convierte las felices palmas en un bulto anodino, melodía de una palabra cien veces repetida, fonema vacuo. Otro problema es la contradicción: se celebra qué, ¿el encierro forzado? ¿la muerte visitadora de residencias de ancianos? ¿el hundimiento de la economía? Vemos un homenaje corrompido, al fin un ejercicio de imbecilidad. Si bien el aplauso, en la España atribulada, está hace tiempo viciado, tocado por un retorcimiento estético, cuando en los funerales la gente se arranca a vitorear con las manos mientras el muerto desfila hacia la tierra negra. Está de igual modo extendida la mansedumbre, sometimiento a la cultura de lo colectivo, convertida en cárcel ideológica. Hay una ventura hispana, abotargada y feliz, manejada por la ralea de políticos que votamos, que alzamos para llevar este viejo carro a través del tiempo. El camino parece a veces tortuoso, la estética urge ser desbrozada. Esta actual desgracia debiera quizás alertarnos de unos males que, en ningún caso, autorizan el aplauso, sino un silencio meditado, crítico, de provechosos efectos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Un virus para la posverdad (V)

En la gestión de la pandemia, este Gobierno ha colocado a España en cotas de leyenda negra. Lo cual, digamos, ahonda en una funesta tradición -inventada o no, exagerada por ciertos intereses patrios y extranjeros, alimentada durante el Franquismo- que el país había conseguido quitarse de encima en las últimas décadas, amén de la modernización iniciada por unos ya lejanos tecnócratas y consolidada en democracia. Embarrado por un atropello de tardías y pésimas decisiones y una abultadísima cifra de fallecidos, el actual caso político nos pone en un desprestigio nacional e internacional con el que se deberá cargar en los próximos y decisivos tiempos. Un estado de melancolía con importantes pretendientes a su rescate y los riesgos derivados. La corrupción del vigente gabinete de inútiles (no se aclaran ni al redactar un decreto) está en su concepción del ejercicio político, y tiene dos manantiales: el de un populista bolivariano y el de un lúbrico mediático. El primero aguarda la oportunidad para, desde el Estado, subvertir el constitucionalismo en otra cosa, partisana, nacionalizadora, de espíritu anticapitalista (en la CEOE lo tienen claro y así lo han manifestado públicamente). El segundo es un animal político, no parece seguir ningún ideario, excepto el que hoy pueda instrumentalizar para perpetuarse mañana en Moncloa. Ambos personajes convergen en una perversión gigantesca, la del poder que tiene a la mentira (la posverdad) como principal herramienta de uso, sin ningún tipo de sonrojo ni precaución. El resultado es una democracia en horas bajas, merced a una oposición (hay gratas excepciones, como el sorpresivo Almeida) que carga todavía con complejos de inferioridad, aplanada por una época de valores blandos y referentes idiotas. Panorama poco halagüeño, los medios afines trabajan denodadamente para que cualquier atisbo de crítica sea denigrado, por cuenta de las exitosas etiquetas (caverna, ultraderecha). Luego está la reina televisión (la web no la mató), abono diario de la estulticia por vía del entretenimiento político (ahorren ingenuidades del tipo “ofrecemos un servicio público”, somos enanos pero viejos). Incluso, y excusen esta vía de escape argumental, los humoristas y demás farándula, siervos de la izquierda, nos proponen sus infectas ocurrencias; lo hacen para retener algo del botín público. Es quizás éste el sector menos dado a la coherencia entre lo que proclama y lo que en realidad ha hecho siempre y sigue haciendo. Todas las toneladas de demagogia se vierten sobre el español medio, una gruesa bolsa humana que, antes, estaba rendida a la institución familiar, con sus entrañables sistemas de verificación, como los problemas de papá en el trabajo, derivados de un jefe envidioso, o las croquetas de mamá, insuperables. Pero “aquellas familias ya no existen, en su lugar se ha instalado la web, un espacio que permite hacer conjeturas sobre lo que se quiera. Y todo ello para satisfacer la más grande esperanza que pueda motivar a un ser humano: la de ser reconocido por sus semejantes, aunque sea solo por un like”, escribe Ferraris. Respecto al juego de la política, en una nación abotargada, empachada de eslóganes y debates estériles, el cuerpo electoral sanciona lo que sanciona. Inyectada la plebe en burdos conceptos ideológicos, en la casi imposible comprobación de la veracidad del relato (al que habría que comenzar a denominar, por salud mental, ‘cuento chino’), los líderes deben brindar ufanos, conocedores de una circunstancia tan benévola a su maraña de posverdad.

(Nota publicada en Ok Diario)

Volviendo a una tradición

Que la izquierda sea, otra vez, la que interponga entre los españoles y España todos los escollos y premuras ideológicas imaginables no debería sorprender. Atiende a una tradición muy suya, en cierto modo desmentida por los gobiernos de Felipe González. La misión de este no fue exactamente darle la razón a la vieja (y quizás apócrifa) frase del canciller Bismarck, aquello de los hispanos trabajando sin denuedo y largamente por la destrucción de su patria. Que demostraría ser, con la resistencia a morir a manos de sus hijos, la nación más fuerte del mundo. Los socialistas fueron, en consonancia con los intereses de la Europa liberal, el partido ideal en el momento justo. El hecho, un poco misterioso, es que consiguieran recoger los frutos del antifranquismo habiendo estado ausentes durante toda la dictadura del general. Volviendo al cainismo, se podrá decir, en cualquier caso, que España es un enigma aún indescifrado y que tal cosa permite diversas definiciones, contradictorias. Un país esquizofrénico entre afectos y desafectos. Y ahí, por la inconmensurable afición de los íberos a las cuitas y desgarros políticos (también Bartrina y Ortega advirtieron tales males), el diseño de la Transición, afianzado por González tras el trabajo sucio de Suárez, resultó muy oportuno.

Pero, querido lector, como no hay régimen español que cincuenta años dure, aquel ambiente ha caducado. Merced a las últimas aventuras del inquilino actual de Moncloa, quien primero se adueñó del partido del puño y la rosa, y después metió en el poder a los antagonistas de siempre, renovados: comunistas y nacionalistas de duro pelaje. Una obra política que no ha hecho más que comenzar. La coyuntura cultural, creo importante decirlo, les es favorable, amén de un nivel de exigencia intelectual que nos remite, en lineas generales, a una imaginación orwelliana. Un país de distraídos gobernados por un comité de perversos astutos. Fervorosamente fatuos, por cierto. Pero conocedores de las máximas maquiavélicas para conservar el poder. Parecen alumnos aventajados de Mitterrand, al que cito por su práctica cerrada de la política por la política, la ambición que alimenta a la ambición. Aunque habrían superado a aquel Mito Errante galo con el uso indisimulado, pornográfico, de la mentira. Con la inestimable promoción del periodismo televisivo, genuflexo a la homilía oficial del izquierdismo. ¡Si hasta Matías Prats se ha apuntado a la demagogia del neofeminismo!

En términos de actualidad, la deriva española es ya tema internacional: si fuimos afrancesados (González), después atlantistas (Aznar) y más tarde galleguistas (Rajoy), ahora estamos en la seducción venezolana. Ahí tenemos a nuestro atareado Zapatero, agente del totalitarismo tropical. En estas cuestiones, como en otras de orden interno (señalar y estigmatizar al oponente para disfrazarlo de enemigo), la izquierda hispana retoma hoy una tradición. La camaradería con los archiespañoles hostiles a España, nacionalismos periféricos y atolondrados comunistas. El mayor temor es que parece agotado el tiempo de las modulaciones, imprescindibles para el (buen) funcionamiento de la cívica democracia.

(Nota publicada en Ok Diario)

La revolución

“Un pueblo en estado de revolución es invencible.”

“Ya estamos lanzados, tras nosotros los caminos están cortados, hay que avanzar, por las buenas o por las malas. Sobre todo hoy es cuando se puede decir: vivir libre o morir.”

“Acabamos de atracar en la isla de la Libertad y hemos quemado la nave que nos condujo allí.”

“¿No tiene el pueblo el derecho de sentir las efervescencias que lo conducen a un delirio patriótico?”

“Cuando la fuerza pública no hace sino secundar la voluntad general, el Estado es libre y pacífico. Cuando la contraría, el Estado está esclavizado.”

“¿Es la ley la expresión de la voluntad general cuando el mayor número de aquellos para quienes está hecha no puede contribuir, de ninguna manera, a su formación? No.”

“No demos libertad a los enemigos de la libertad.”

“Un pueblo que se apresura hacia la libertad debe ser inexorable hacia los conspiradores; que en tales casos la debilidad es cruel, la indulgencia es bárbara.”

“Decid los nombres, decidme los nombres de los súbditos cuya sentencia firmará mi mano.”

“Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie.”

“En un estado revolucionario, hay dos clases, los sospechosos y los patriotas.”

“No te dejes engañar cuando te digan que las cosas están mejor ahora. Incluso si no hay pobreza por ver porque la pobreza ha estado oculta.”

“La gente solo pide lo que es necesario, solo quiere justicia y tranquilidad, los ricos aspiran a todo, quieren invadir y dominar todo. Los abusos son el trabajo y el dominio de los ricos, son el flagelo de la gente: el interés de la gente es el interés general, el de los ricos es un interés particular.”

“Tienes un bonito traje, paciencia, dentro de poco si tienes dos me darás uno, así es como nosotros lo entendemos; será así como en cualquier otra cosa.”

“No podemos contar los años en que los reyes nos oprimían como un tiempo en el que hemos vivido.”

Querido lector, si ha llegado Ud. hasta aquí, debo aclararle (aunque quizás sea innecesario) que las frases antes transcritas fueron todas pronunciadas hace más de doscientos años. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Podría argumentarse que el contexto histórico era radicalmente diferente, y en verdad lo era: esas palabras, la construcción que emana de su conjunto, sirvieron para tumbar un viejo régimen, monárquico. Sin embargo, la sospecha que provoca su lectura hoy, bajo una democracia parlamentaria, es de orden candente, actual. No resultan tales afirmaciones, eslóganes, tan anacrónicos como refulgentes. Todavía resuena la llamada “a la movilización” del vicepresidente del Gobierno, Iglesias, hace solo unos días. Señaló al adversario y ofreció la fórmula para combatirlo: la calle. Como una lluvia fina, ideológica, propiciada por un pacto de conveniencia entre periodistas televisivos y políticos nacional-populistas, van calando en la sociedad lugares comunes, falsedades, simplicidades irrefutables. La maquinaria parece engrasada, hay un público adepto que ya siente que su ‘misión’ política, inexcusable, es la lucha contra el enemigo, eso que llaman, sin escrúpulos, ‘fascismo’. Monstruo identificado por no comulgar con quienes, en realidad, ni creyeron ni creen en las formalidades éticas y exigencias estéticas de la democracia. ¿Los verdaderos totalitarios? En la Generalitat y, también, en el Gobierno de España. Una postrera cita, si me permite, querido lector:

“La fuerza de las cosas puede arrastrarnos a resultados que no habíamos previsto.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (epílogo)

Finaliza con esta nota una serie de género electoral por la que han desfilado nuestros queridos candidatos, la efervescencia política y los aviesos acontecimientos de Cataluña. El panorama, siento comprobarlo, guarda similitudes con los funestos años treinta, cuando los movimientos populistas catalanes presentaban gran vigor y el parlamentarismo madrileño se entretenía en simbolismos, en los recelos que llevarían a la guerra. Una gracia de España, tanto insistir en la ‘memoria’ y no en la ‘lectura’, es que sus aventuras políticas resultan siempre merecidísimas. Auténticas e inapelables hazañas del sentir con el pecho desnudo y la nación en el horizonte. El vigor hispano, tan poético, viene de las criadillas. No culpemos a los políticos por representar tan bien nuestras íntimas filias y fobias, nuestra absoluta carencia de un sentido de orden. El gobierno en ciernes posee todos los óxidos seculares. La mentira más o menos piadosa, las lecciones del Príncipe, se presuponen en el político; Sánchez, además, aporta una posmodernidad voluptuosa. La semana pasada lanzaba mis cábalas recordando el bipartidismo, aquel mundo de ayer que muchos añoran pero no volverá. Con el nuevo Ejecutivo vamos a ahondar en las nostalgias. Los mimbres humanos a disposición no permiten ilusiones, nos haría falta desenterrar no al general, sino a Suárez, a Fernández-Miranda, a Fraga y a Carrillo. En el gran debate televisivo de la semana pasada, el nivel intelectual fue espeluznante, aparte de ciertos detalles muy divertidos, como la gestualidad del beau Sánchez o la extraña telegenia de Rivera. Ya no veremos a Albert en los estrados, ha rodado su cabeza por la inconsistencia de las decisiones tomadas y porque, insisto, hay una inclinación de fondo a recuperar grandes bloques, tras esas aventuras emancipatorias, tan sañudas (Podemos, Ciudadanos). Con Iglesias de vice se abre una etapa, también inéditos bríos para los comentaristas. Aquí seguiremos.

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (VII)

(Carteles electorales, en plan Rauschenberg)

La campaña afronta sus últimos días y los elementos que se arremolinan en torno (periodistas, fieras en nómina de partido, amigos políticos) comienzan a gastar tono profético. Algunos, circunspectos, lo hacen con prosa trémula, modulando las ganas de acertar en algo. Es normal, cuesta ganarse el pan y decir cosas originales; no digamos acertar la quiniela del poder. Así, se va introduciendo en la opinión pública una suerte de pesimismo que anuncia nuevas elecciones a la vuelta de Navidad. El mensaje cae cual reprimenda a esos políticos profesionales que no saben ponerse de acuerdo para gobernar el país más complicado del mundo, exagerando un poco. Fatalidad, los sondeos indican que Sánchez, el bello interino, podría haberse equivocado confiando al tiempo y al pueblo la solución a sus problemas con los demás. Veamos, el panorama tras el rito de las urnas podría traer, oh melancolía, el inconfundible perfume a bipartidismo. En cierto modo, sería el cierre político de la crisis, que comenzó siendo económica, luego tele-populista y al final ha atenazado las mismas patas del régimen. La formulación simple, psicológica, que estaría invadiendo ya el anhelo de una mayoría de compatriotas es que desde el fin del bipartidismo aquí todo han sido problemas. E incluyo a los dirigentes catalanes, encantados en aquellos tiempos de turnismo en Madrid. Dicha circunstancia, o toma de conciencia, arrojaría al tablero de los pactos una apuesta por la centralidad, las formas ideológicas de la madre Transición. Liquidado Ciudadanos (un suponer) y domeñadas Unidas Podemos (una realidad), volvería a iluminarse la idea de una Große Koalition (gran coalición) PSOE-PP en loor de la responsabilidad. Beau Sánchez tendría entonces la posibilidad de transformarse en estadista, y aquí paz y después gloria. La pureza quedaría depositada en VOX, reserva espiritual, y los dinosaurios harían lo que mejor saben, gestionar el BOE. En cualquier caso, hará falta el empujón del IBEX y algún latigazo de Bruselas para tamaña operación. Pérdida de la inocencia, la terrible responsabilidad del gran pacto. Abandono de la adolescencia guerracivilista (periodo Zapatero) con la exhumación de Franco como última farra: España se hace, al fin, adulta.

Cataluña ha sido el tema (casi el único) de la vida nacional y, por supuesto, de este ya largo periodo electoral. El conocido farol de la independencia (Ponsatí dixit) se pergeñó para no perder hegemonía, si bien ahora parece que el farol estaba cargado de gasolina. La violencia callejera ha dado paso a una acampada de universitarios jugando a su revolución, en medio de la Gran Vía. Uno piensa qué suerte correrían estos cerriles en una universidad menos vendida al nacionalismo. O en un país menos amable, menos mediterráneo. En la Ciudad Condal, con motivo de los premios Princesa de Girona, el lunes una turba nacionalista agredió impunemente a quienes acudían al acto. Al empresario y concejal Bou le salvaron del linchamiento su aplomo y un guardia urbano de paisano. La visita del Rey es afrenta que el independentismo aprovecha para seguir hundiendo la imagen y la vida de dicha urbe. No ha faltado en este episodio el inestimable y siempre equidistante sostén de la izquierda nacional-iletrada: Ada Mal Menor planta al monarca, también Torra y compañía. Resulta ya tan difusa la distancia de los Comunes (Podemos catalán) respecto al nacionalismo como lejanas sus aspiraciones justicialistas, aquello de alcanzar el cielo y los sentimentalismos insurreccionales de papá Roures. La antorcha del politiqueo patrio más rancio (demagogia, nepotismo y sillones) la porta, campeona, la señora Colau en la segunda ciudad de España.

La frase de la semana: “La promiscuidad que hay en el Congreso… Hay veces que abres la puerta de un baño y dices: ‘hostias’… la cierras y piensas que de eso no puedes hablar.” (Pablo Iglesias)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (V)

(Enric Satué)

Siete días apuntando las cosas de los políticos, y qué semana, señores. Este puede ser el proceso electoral más extraño de nuestra historia, si exceptuamos aquellas (fraudulentas) elecciones municipales de 1931 que hicieron caer la monarquía. Tiene el momento un tufo a cadáveres inmemoriales, regeneración por vía del historicismo más bobo. El general Franco ha salido de su tumba a petición del PSOE. La violencia catalanista se apodera de Barcelona, homenaje a Companys. Las izquierdas radicales aprovechan la coyuntura para su entretenimiento ideológico predilecto (sean las circunstancias las que sean): reprochar que la policía haga su trabajo. Hasta qué punto esta nueva izquierda ha quedado reducida a bufonada lo demuestra la afectación de actor de relleno. El procés y su derivada violenta resulta fascinante para quien tiene enquistada la idea más funesta (negra leyenda propia) de España. En otro lado del Reino (la pequeña Europa), parece que la derecha de las tradiciones y singularidad hispanas ha llegado para quedarse. Lo llaman “fascismo” sólo quienes no han leído un libro sobre los años treinta y los que juegan con desechos intelectuales. En cualquier caso, el voto mayoritario expresa el deseo de orden sin llegar a ensoñaciones imperiales, según apuntan encuestas. De alguna manera, la lección política es que siempre acabamos volviendo a la patria amada, tras las aventuras. Cuánto suspira el Presidente (en funciones) por ganar treinta escaños y coronarse rey de la circunspección. El personaje Sánchez no es tanto un político gestor como una criatura a lo Mitterrand, interesada, dedicada exclusivamente al juego del poder. No deberíamos alterarnos en demasía, a pesar de las piruetas, de las palabras y fotografías de nuestro beau: las clases medias siguen ideológicamente donde deben, en el medio, el espacio señalado por Madariaga. Por otra parte, Cataluña prosigue su particular descenso a la nadería. Con un furor inaudito, aunque las fiebres catalanas resultan invariablemente pasajeras. La semana de violencia es el estertor, podrido, del procés. Perversiones del discurso populista, el fuego acabará consumiéndose como se consume la pasión, desmesura. Que el Estado existe lo demuestra la actuación del cuerpo policial catalán dando palos a la muchachada del President. O más bien a la prole de la vieja burguesía barcelonesa, que se encantaba la noche del sábado en los palcos del Liceo gritando ‘libertad’ mientras els nens perdían la virginidad en cuestiones de fogatas y carreras ante la policía. La semana, en efecto, trajo pesadumbre: desde el balcón de mi domicilio vi contenedores arder, independentistas ‘de uniforme’ (sudadera negra y capucha), ultras, leñazos, cristales rotos, turistas huyendo despavoridos de las terrazas y al chino del bazar mirando tras la persiana bajada. El fuego, purificador, podría simbolizar el fin del sentimentalismo catalán, que tiene el alma en la cartera. Decía aquel Aznar educado por Gimferrer que Cataluña se rompería antes que España. Algo así también temía (en la intimidad) Pujol, excursionista y versado conocedor de esta tierra, de ahí su obra homogeneizadora del poble català. Sin embargo, después de esta trágica semana, Cataluña volverá a los trabajos y los días, a las querellas entre elites políticas, a aquella condición orteguiana que le es propia.

La frase de la semana: “¡Fuera, fuera, fuera!” (dedicada por la turba independentista a Rufián, que tuvo que irse de la manifestación).

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (III)

La política española, que algunos se empeñan en animar, quizás esté entrando en una suerte de síndrome. Síndrome del extranjero, aquella distancia de uno consigo mismo y el entorno con que Camus documentó una trama existencial. Les hablaba hace siete días sobre la italianización de nuestro hábitat, en el sentido de gobiernos breves y elecciones cada cuatro días, y no cada cuatro años como Dios manda. Las diversas crisis solapadas (el independentismo catalán y la irrupción de las huestes antisistémicas) han provocado tal caudal de acontecimientos y relatos que no sorprende el alejamiento ciudadano. Cabría al respecto otra breve reflexión: retratado el presidente en funciones como cesarista, gran apasionado del poder, podríamos quedar atrapados en un purgatorio político hasta que votemos bien, o sea, hasta volver al añorado bipartidismo. Perenne provisionalidad, con Sánchez de director de orquesta. No voy a decir del Titanic, algunos comentaristas llaman a esta insólita situación “país bloqueado”, a todas luces una exageración. Quizás al presidente, un seductor con falta de escaños, agrade la vida eternamente momentánea. Goza de un cargo que, por provisional, está hecho a la medida de sus capacidades. Es decir, se representa en las televisiones, vuela en el amado Falcon y charla de vez en cuando con gente importante. Algo así como aquel miembro de un consejo de administración que va a la junta anual, saluda, firma, aprovecha para quedar a jugar a golf y se larga, hasta nueva convocatoria, con el deber cumplido. Pudiera resultar que el cambio de Régimen ansiado por la izquierda fuera tener un presidente socialista con Presupuestos Generales de la derecha. De hecho, vivimos al día bajo las cuentas del antiguo ministro Montoro, ejemplo de pervivencia después de la muerte (política). Hablando del más allá, el tema del general Franco da ya para una novela shakesperiana con toque tragicómico español.

Nuestro largo veraneo político puede traducirse (así lo señalan las encuestas) en una baja participación. Decepción, divorcio o cansancio, a los españoles no parece gustarles que se les tenga tanto en cuenta. En la vecina Portugal, no votó el 45% del censo en las elecciones legislativas del domingo y aquí hay quien ha aprovechado para dar la voz de alarma. Los partidos, muy sensibles a lo que se comenta por ahí, temen que les caiga la bronca (en forma de abstención) y se echan la culpa de la repetición electoral. Hay rumores de desaceleración económica, pero los socialistas (y amigos mediáticos) silban mirando a otro lado. Mientras, Casado está contento; en el partido los rumores apuntan a una posible victoria. Iglesias sigue enfadado con el mundo, o más bien con el IBEX, esa fuerza oscura que habría frustrado su maleta ministerial. Idus de marzo para el de la dacha en Galapagar: ¿Tu quoque, Errejón? En Vistalegre, VOX ha vuelto a escenificar una nostalgia por algunas cosas que la derecha descuidó con Rajoy, vaciándose ideológicamente. El partido de Abascal se reafirma gendarme de la civilización cristiana y azote del gobierno mundial (en la sombra) de Soros y sus afectos. Observando el acto de Vistalegre y los pronunciamientos allí emitidos, cabe pensar en VOX como un partido melancólico. Y esto no siempre es improductivo: la melancolía puede ser una energía formidable. A excepción de las demás, la formación verde podría no verse afectada por aquel síndrome del extranjero al que aludíamos.

La frase de la semana: “Los gallegos somos ordenados y no andamos en la política de egos que hay en España.” (Núñez Feijóo)

(Nota publicada en Ok Diario)

Apuntes electorales (II)

El tiempo electoral discurre de un modo entretenidísimo. Los políticos regalan gruesos propósitos (hay que postularse de vez en cuando para estadista) y detalles adorables (la barba de Casado). Esa barba pudiera ser homenaje a nuestro último político del turnismo (Rajoy) o desafío al facial -e imperial- pelo de Abascal. En cualquier caso, con su estrategia, más templada, Casado ha ganado edad y porte, elementos que los españoles apreciamos en nuestros gobernantes. Se piense, por ejemplo, en el epíteto “aniñado” (u otros menos amables) con que la usual inquina periodística señala a Errejón, novedad en la carrera a Moncloa. Gastar careto, jersey de púber y desplegar un argumentario tan ligero, por no decir vacuo, daña sus alegres aspiraciones de poder. A estas alturas, uno tiene la convicción de que el experimento podemita, estéticamente juvenil, se ha agotado para siempre. Dónde hemos llegado, hay guerra de guerrillas entre Iglesias y Más (¿País?) a cuenta de la pureza, si bien el combate posee tonos berlanguianos. Por no decir románticos: ante el colapso climático por culpa del capitalismo (Irene Montero dixit) la nueva izquierda pelea por imponerse en un Comité Central imaginario de la república popular que no fue. De Errejón se afirma que es un juguete sanchista, bonito trasto a abandonar en el baúl del revisionismo una vez agotados los juegos. Sánchez estuvo hablando en Barcelona como rojo de orden, disfraz para el sarcasmo. El PSOE amaga con el 155. También Iceta salió en los medios con una contundencia inaudita. ¿Pero no se trataba de “hacer política” siempre? Serán las febrículas electorales, parece que el concepto de finezza de los socialistas catalanes -aplicar como dogma el pensamiento buenista al nacionalismo- ha sido relegado. Aunque, finalmente, no habrá apoyo a una moción de censura contra Torra: el PSC de los amores, burgués con conciencia social y nacional, no defrauda nunca. Hizo Sánchez duras advertencias a Torra tras lo sucedido en el Parlament de Cataluña los días pasados. Allí hubo bronca. ¡Carrizosa, fuera de clase!, ordenó el atildado Torrent, regalando novedosos bríos a Ciudadanos. El esperpento indepe gana fuerza, alguien ha mandado pisar el acelerador. Qué tiempos aquellos del oasis catalán. A la propuesta parlamentaria de expulsión -ilegal- de la Guardia Civil de esa comunidad autónoma se suman filtraciones (hay todavía secreto de sumario) que apuntan a Torra y Waterloo, el retiro espiritual del Dalai Puigdemont. Torna la oscura percepción de un ahondamiento en la crisis política, y no parece tener solución sin medidas valientes y enérgicas, adjetivos espeluznantes en estas épocas. Vuelven las imágenes feas en Barcelona, muchedumbres formadas en la antipatía, esos rostros abotargados por sobredosis ideológica. Es la evolución natural del català emprenyat, criatura parida por el periodista Juliana. La Cataluña alucinada. Fíjense, ya ni se habla de VOX, del inminente infierno fascista habitado por toreros, curas, cazadores, muchachos con chalecos acolchados y señoras franquistas del barrio de Salamanca.

La frase de la semana: “La pieza de caza mayor en estas elecciones somos nosotros.” (Pablo Iglesias)

 

(Nota publicada en Ok Diario)

¿Qué diablos le pasa a la izquierda?

Una señora de muchas lecturas y en absoluto conservadora me dijo un día que yo le había echado un cable al franquismo por escribir que “Franco fue un gobernante muy popular”. En el antifranquismo sin franquismo hay un aspecto melancólico, e incluso podría haber un principio freudiano. Archivé para mis adentros que echarle un cable a un régimen muerto hace cuarenta años tenía gracia. Así, ¿de qué manera, dotado de qué extraordinario vigor pudiera reflotar, por ejemplo, el hundido Imperio Austrohúngaro? Escribir para resucitar. Pero no a Franco, a quien no guardo ninguna simpatía, sino a Francisco I.

Los muertos, los imperios y los regímenes extinguidos solo resucitan en la fantasía o las películas, podría haber contestado a mi querida señora. Pero nunca lo hice porque la severidad requiere tiempo y sosiego. De hecho, no existe nada tan severo como el tiempo. A ningún historiador puede sorprender que un gobernante, dictador o autócrata que ostenta tantas décadas el poder haya gozado en alguna época de cierta popularidad. Ocurrió, por ejemplo, con Nicolae Ceaucescu, a quien el pueblo adoraba en los años sesenta y después acabó detestando como se detesta a un padre sobre el que hemos descubierto un terrible secreto.

Esta indisposición sobrevenida de la izquierda respecto a Franco es impostura. Tiene relación con ciertas expectativas, con la aspiración al poder. Nada que ver con justicias históricas ni urgentes conquistas sociales, aunque el discurso insista en tales elementos. Tampoco con una súbita afición por la Historia: de otros episodios, como la dictadura de Primo de Rivera, en la que el PSOE colaboró, nadie se acuerda. Del mismo modo, conviene omitir el nefasto papel del socialismo (Largo Caballero) durante la República y la Guerra Civil. Un uso grosero (y consuetudinario) del pasado. Por lo que atañe a las grandes conquistas sociales, el trabajo está acabado. El Estado social europeo es viejo; incluso vetusto, en naciones como Francia. Ya en el siglo XIX, Bismarck y el positivismo burgués hicieron mucho más por las clases bajas que Marx, Engels y todo el ejército anglosajón de frikis igualitaristas. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la izquierda dominante (comunismo) se presentó alternativa revolucionaria al Estado burgués. También en España. Si bien nuestra particular guerra civil dejó esas opciones fuera del juego político, durante cuarenta años. Y Franco, favorecido por la dinámica de la Guerra Fría, hizo su Estado social. En democracia, el PSOE significó la revancha, pero bajo la forma socialdemócrata, por supuesto antirrevolucionaria. Los socialistas de Felipe González prefirieron así olvidarse del general que (todavía) guarda reposo en el Valle de los Caídos.

Tras la caída del muro de Berlín y muerte del modelo socialista real, la lenta reacción de la izquierda fue ir moviendo su discurso hacia terrenos de sentimentalismo pop, algo que ya había abonado Foucault: las identidades, la condición sexual; o los pobres animales y plantas que se mueren por culpa del capitalismo y sus exigencias. A esta corriente mundial se suma el fenómeno (local) de la nostalgia por Franco. Pero el cinismo pseudo-revolucionario comienza a encantarse. Y, sin duda, se encallará. Mientras, la derecha, a remolque cultural, participa también de la histeria igualitarista. Todo esto ocurre en un mundo al galope sobre la inconsistencia intelectual. Un Occidente fatuo, hechizado con ciertas boberías. Entretenido en un aquelarre de imbecilidades mientras el salón sigue ardiendo. Interesa persuadir al votante de que el fantasma del caudillo continúa habitando despachos, instituciones y palacios de este país. Al menos hasta que Sánchez asegure la poltrona.

Nota publicada en Ok Diario: https://okdiario.com/opinion/que-diablos-pasa-izquierda-4510440