La Barcelona ociosa

Ustedes ya habrán oído (y leído) muchas veces lo del catalán laborioso, dedicado con empeño a su negocio o profesión, continuador de una larga tradición de esforzados compatriotas. “¡Aqui es treballa, escolti!” Tan abigarrado ha sido el afán de crear riquezas en este rincón hispano que hubo que llamar, hace unos sesenta años, a todo un ejército de recios meridionales porque no se daba abasto. Esa cultura del trabajo se vio, en décadas democráticas, nacionalizada por Pujol, padre de todos los catalanes, que recibían así la bonita misión de pencar para construir una Cataluña libre, fer país.

Pero no quiero hablarles aquí de la laboriosidad de mis paisanos, sino de quienes la contradicen, aquellos que, dicho coloquialmente, no pegan sello. Por circunstancias de la vida, me he visto (y me veo) rodeado de esos ejemplares distraídos de los asuntos serios, rémoras del sistema, alarma de todo orden. Son personas privadas de cualquier sentido colaborativo, ajenos al significado de comunidad, caprichosos malandrines que no han conseguido nunca tomarse demasiado en serio. Por sus rentas los reconocerás, suelen vagar entre la soltería y los enamoramientos, maravilla sensual de la indolencia. Algunos, los menos, debieron asumir el matrimonio por requisito familiar, y los ves siempre escapándose a las terrazas o los comedores, hábitat de necesaria libertad donde se alargan hasta comprobar en el móvil unas cuantas llamadas de la esposa.

Durante las horas largas de la mañana, la mirada se pierde en el tráfico, el autobús que pasa (“¿qué es un autobús?”, pregunta uno), y la civilización describe una curva descendente, inevitable ya. A veces pueden observarse en sus ojos los alpes suizos, o el azul del último veraneo en el mar Egeo. Y de pronto otro suelta amarras: “vamos a Via Veneto a comer tortilla de comté”. Allí, entre cristales y conversaciones en voz baja, la rutilante rutina. Y pese a lo que pueda pensarse, todos ellos, nuestros héroes rentistas, tienen conciencia social. Mucho más articulada que Montalbán haciéndose el comunista en una mesa del restaurante Reno; contribuyen como nadie al progreso y a la belleza del mundo, gastando los días, ajenos al pulso de los tiempos. Alados en mocasines Tods, ¡vivan los vitelloni barceloneses!

(Nota publicada en El Mundo, 9/4/2021)

Cenar en agosto y el espíritu de Luján

Comer por ahí en agosto y esperar hacerlo bien es, en principio, de voluntaristas. En Barcelona, desde luego, hay que intentar evitarlo. El imperial mes atestigua una energía centrífuga en cuanto a restaurantes honestos y buenos. Quien no ha bajado la persiana pasa el temporal de clientes apretando las tuercas a sus proveedores. Es época de pingües beneficios; y de comer con sospechas. Excepciones haylas, desde luego.
(Un inmaculado romanticismo: pasé veranos durrellianos en Grecia y no me sentaba a la mesa a mediodía hasta que llegaba el pescador y una señora acostaba la captura sobre las brasas. Era cosa de dioses; por nuestro sur he oído que se producen todavía episodios así. Qué remembranzas teje el agosto.)
Anoche cené en la única terraza abierta que tengo cerca de casa, sita en Enrique Granados. Pedí pularda asada y una botella de Muga rosé, temiendo que el espíritu de Luján saliera de su casa a reprender tal concesión a un caldo despreciado por él. Ni blanco ni tinto. Desde mi mesa veía aquella puerta dorada que atravesaba nuestro querido gastrónomo para dirigirse a cualquier restaurante predilecto, quizás en Tuset. Era la época de un clasicismo, caza otoñal en el Orotava (que abans es deia l’Hostalet, nos recuerda Miró en un embaldosado que se aún se conserva sobre la antigua puerta al templo) y steaks tártaros en Reno. ¿Qué le habremos hecho a los restauradores para que nos encontremos este plato, desanimalizado, hasta en los chiringuitos de playa? El steak tártaro y la universidad son las dos cosas de obligado cumplimiento para todo nacido hispano. En Via Veneto siguen preparándolo como manda Dios; yo lo pido siempre con un filete de anchoa.
Vuelvo a la cena de agosto. En una mesa contigua, dos mujeres galas ventilaban un arroz caldoso con bogavante acompañado de negroni. Recordé a Kinsgley Amis, testimonio de un maridaje excepcional: en algún momento de los años 1980 un matrimonio inglés habría cenado rodaballo mojando el alma con una botella de pipermint. Lo que yo observé anoche pudiera estar en esas cumbres humanas del comer y del beber. Escuché una risa tibia, apoyada en una feliz papada; quizás fuera don Néstor que volvía a casa.