El fin

Tratamos indisimuladamente de esquivar a la muerte. Tememos su contingencia, aunque conocemos la inevitabilidad. Paseamos por el tiempo bajo una suerte de inconsciencia sobre el drama. Según el sociólogo alemán Wolfgang Sofsky, nos engañamos, buscamos olvidar a través de la cultura aquello que no puede ser olvidado. No sólo las grandes obras, los monumentos, la riqueza y ciertas instituciones que parecen inmortales; también la ironía y el detalle en apariencia frugal, los refinamientos de la civilización, pueden ser elevados como parte de esa voluntariosa inconsciencia. Hay unas reflexiones encantadoras de Montaigne en sus essais, libro más consistente -también cálido- de lo que yo pueda soportar mucho tiempo, sobre la muerte o sobre el momento en que nos viene ella a rescatar: este señor se preocupaba por el modo de morir y prefería, en su fantasía, hacerlo gracias al brebaje de Sócrates que hiriéndose como Catón; o deslizarse por un río tranquilo en vez de acabar en un horno ardiente. Hasta en eso Montaigne resulta moderno. Imagina coger la mano de la señora negra (o blanca), de repente y sin dolor, sin muchas presentaciones. Particularmente, imagino glorioso, unos días antes de largarme al reino de Caronte, pasear por ahí como una reliquia, a la manera del anciano Príncipe de Ligne por los salones del Congreso de Viena. La última ostra, otra copa de champagne, el postrero revolcón. Yo quisiera un testamento así, pleno de vida, mensajero de una época muerta.

A vueltas con la melancolía (II)

IMG_0031
(Fotografía del autor)

Todo se ha dicho sobre la melancolía. László F. Földényi la biografió con esmero. Epidemia según los Tratados hipocráticos, signo de genialidad para Aristóteles, locura en el terrenal/celestial Heracles, amor al saber en Sócrates, pecado, herejía y enfermedad mental para la Edad Media. Luego llegó Petrarca y contagió a la humanidad entera de sombríos pensamientos. El frenesí de la angustia, cuando posamos un ratito la mirada sobre un viejo reloj parado. Están esas imágenes del todo palmarias, que en nuestra contemporaneidad renuevan la melancolía a partir de una sensibilidad condenatoria: Kerensky paseando en Central Park hacia 1967; Battisti y Gogol a caballo por un prado; una lucecita que permanece encendida, aún de día, a la entrada a Bomarzo; la colección de paraguas abandonados en un café. Hasta tal punto hemos aprendido a domesticarnos, nuestro pan y nuestra casa. ¿Se puede esquivar la melancolía? Tratamos de hacerlo despilfarrando billetes, visitando restaurantes que nos gustan, engendrando hijos y haciendo imbecilidades, como ir al gimnasio. Pero todo eso es distracción, no podemos evitar que, en cualquier momento, el monstruo tinte nuestra alma, nuestro intelecto. Pinker, elocuente júbilo, no pudo haber nacido en la vieja Europa, mucho menos en el Mediterráneo.

Contra la melancolía:

Henri Bergson estudió el pasado y nos ofreció una plausible conclusión: el pasado existe. También el presente, que está hecho de pasado. Somos la síntesis de nuestra historia desde el alumbramiento. Es más, ya antes del nacimiento existen características programadas. “En los sueños y en mi comportamiento cotidiano (cosa común a todos los hombres) yo vivo mi vida prenatal”, soltó Pasolini. Dando por bueno lo que dice Bergson, las consecuencias culturales de estar amarrados a lo caduco son tan previsibles como cargantes. Es decir, la interiorización del drama nos impele a sollozar por las esquinas. La melancolía sería un leviatán, un defecto del tiempo que convive y nos atenaza bajo formas diversas. Jordi Gracia describió una de esas transmutaciones en un breve panfleto del todo acusatorio, El intelectual melancólico. Si bien el libro busca atacar el prestigio de esos intelectuales, no deja de ser un bonito agente tóxico contra el ideal nostálgico en general. La paradójica inconsistencia del intelectual melancólico -figura orgánica del siglo veinte- es que, siendo vocero del progresismo liberador hace cuarenta años, ahora florece en una queja amarga e interminable por los efectos del modelo estético que él mismo ayudó a edificar.